viernes, 10 de marzo de 2017

NUEVE AÑOS ANTES




Recuerdo que un profesor que tuve cuando estudiaba bachiller, un hombre cultísimo, nos comentó que el ataque japonés a la base de Pearl Harbor hacía sido la lógica consecuencia de la provocación que los Estados Unidos estaba realizando en el Pacífico, para tratar de conseguir lo que, con el ataque a la base, por fin había logrado.
Los EE.UU estaban deseando entrar en la II Guerra Mundial, se lo pedían los aliados, sobre todo los británicos, pero no recibía, por parte de las potencias del eje, la provocación previa a una declaración de guerra.
Alemania e Italia se guardaban muy mucho de molestar al gigante norteamericano, sabedores del desequilibrio que causaría la entrada en combate de aquel poderoso ejército.
Entonces, el gobierno norteamericano comenzó la campaña de provocación a Japón, su vecino en conflicto más cercano y así consiguió que la aviación nipona bombardease la base naval de Pearl  Harbor.
Así lo explicaba el profesor, pero obviaba dos cosas fundamentales. La primera es la imperiosa necesidad que tenían los nipones de aprovisionamiento; Japón es un país pequeño, diseminado en centenares de islas y con una sobrepoblación, insoportable como constante histórica, que ningún otro país desarrollado hubiese sido capaz de soportar.
Tenía que ampliar sus territorios así como sus fuentes de aprovisionamiento. Los EE.UU. no veían con buenos ojos aquel avance japonés por todo el Pacífico, ni cómo, después de la crisis del 29, les andaban comiendo terreno, aprovechando la afinidad de razas con el continente asiático.
Los norteamericanos cortaron los suministros fundamentales y sobre todo el petróleo de alto octanaje, fundamental para la aviación japonesa que estaba adquiriendo proporciones muy elevadas.
La segunda cosa que olvidaba, o que quizás entonces no se conocía, es que el ataque a la Base de Pearl Harbor se ajustó a un plan concebido y desarrollado hasta en sus más mínimos detalles, pero no por los japoneses, sino por los propios norteamericanos.
Era una historia antigua, tenía ya nueve años: enero de 1932, cuando una flota norteamericana compuesta por doscientos buques de guerra y aprovisionamiento, se concentró en aguas de California para desarrollar unas maniobras navales.
El objetivo era poner a prueba las defensas de la base naval de las Islas Hawái, Pearl Harbor.
Esta base está en un pequeño mar interior en la isla de Oahu, cerca de la capital del archipiélago, la famosa ciudad de Honolulú. A este mar interior, más bien una bahía dividida en dos senos, se accede por un canal natural, lo que confiere una enorme protección a la base que se aloja en su interior.
La maniobra naval era dirigida por el almirante Harry E. Yarnell, un prestigioso marino cuya extensa carrera militar iba desde la guerra Hispano-Norteamericana, hasta la II Guerra Mundial. En la guerra de Cuba, de 1898, había participado como oficial del acorazado Oregón y se retiró del servicio activo en 1944, cuando era jefe de la Sección Especial de la Oficina de Operaciones Navales, del Gobierno de EE.UU.
Yarnell además de avezado militar y marino, era un hombre de ideas muy claras y desde un principio supo que el futuro de la marina era combinarla con la aviación, lo que hacía conformar una fuerza con extraordinario poder, desplazable a cualquier parte del mundo y capaz de atacar directamente a las costas o al interior. También sabía el almirante que Pearl Harbor sería muy bien defendida ante un ataque naval, pero si el ataque era aéreo, las cosas podrían ser muy distintas.

Almirante Harry E. Yarnell

Así, aquellas maniobras se formularon bajo una doble vertiente. Parte de la escuadra atacaría la basa hawaiana y la otra parte, junto con los efectivos de la propia base, se encargaría de defenderla.
Se dividió la escuadra en dos flotas. La atacante estaba compuesta por los portaaviones: Lexinton y Saratoga, en el que Yarnell colocó la insignia de comandante de la flota.
A estos dos buque se unieron solamente cuatro cazatorpedos, con la finalidad de actuar como escoltas, mientras el grueso de la flota navegaba por separado.
Favorecidos por una densa niebla y un tiempo muy tormentoso que cerraba el horizonte a cualquier tipo de observación visual y en una época en que los radares no tenían la precisión que posteriormente llegarían a alcanzar, los portaaviones y los cazatorpedos fueron avanzando hasta situarse en una posición noreste con respecto a la base y a un día de navegación, mientras la flota que estaba preparada para la defensa de un ataque naval, no tenía a su vista a ninguna fuerza enemiga. Se le había confiado la defensa del canal de la bahía de Pearl Harbor, colocando una flotilla de submarinos dentro de la propia bahía, mientras en tierra se concentraba una división de marines con suficiente potencia artillera con baterías de costa y antiaéreas.
El seis de febrero de 1932 los portaaviones y su escolta navegaron a toda máquina, con la intención de que al día siguiente, domingo, estuvieran a unas sesenta millas de la costa, distancia que se consideraba ideal para iniciar el ataque.
Antes del amanecer, en un mar casi arbolado que presentaba grandes dificultades para maniobrar, ciento cincuenta y dos aviones, cazas y bombarderos, despegaron de las cubiertas del Lexinton y del Saratoga, sin que ninguno tuviese incidencia.
Agrupados en escuadrillas de vuelo, se acercaron en la misma dirección en la que, durante todo el invierno, soplan los vientos alisios, que chocan con la cordillera Koolau, que alcanza unos novecientos metros, y que los detiene, creando una nubosidad casi permanente.
Todos esos datos eran perfectamente conocido por el almirante Yarnell que supo aprovecharlos, ocultando a sus aviones entre las espesas nubes, de las que salieron a penas sin tiempo para preparar la defensa antiaérea.
Los cazas atacaron a la flotilla de aviones que estaban en tierra, mientras los bombarderos machacaban los buques atracados en puerto, las instalaciones militares estratégicas, las vías de comunicación y cuanto pudiera ser de interés para la defensa de la base.
El análisis crítico efectuado por el Estado Mayor era concluyente: de haber sido un ataque real, todo hubiese quedado en ruinas.
Algunas voces quisieron restar importancia a aquel desastre, atribuyendo al mal tiempo y a la sorpresa todo lo ocurrido, pero Yarnell tenía muy claro que esas dos circunstancias se pueden dar cientos de veces con idénticas condiciones.
Pero el gobierno norteamericano no hizo caso de la advertencia y las cosas siguieron prácticamente igual.


Fotografía desde un avión japonés al inicio del ataque

Unas semanas más tarde, en Tokio, también se reunía el estado mayor de la Armada Imperial para estudiar el ataque. Desde hacía meses tenían desplegada una camuflada red de espionaje que ocupaba todas las alturas boscosas de las montañas de la isla, mientras que unas decenas de barquitos de pesca pululaban en todo el perímetro isleño fingiendo que pescaban, aunque en realidad lo que hacía era transmitir información de todo lo que acontecía alrededor de la isla.
Cuando tuvieron las informaciones detalladas de todos sus observadores, realizaron un intenso estudio que les sirvió de base para futuras maniobras navales y sobre todo, para nueve años después.
Los japoneses vieron con total claridad que le llovía del cielo un plan de ataque perfectamente estudiado, con todos sus detalles, hasta las inclemencias y las constantes meteorológicas y lo conservaron como oro en paño, hasta que el sábado seis de diciembre de 1941 lo pusieron en práctica.
En la madrugada del domingo 7, despegaron de cuatro portaaviones, un numero de aviones similar al de la maniobra anterior y surgieron de las nubes como un enjambre de abejas destruyendo todo a su paso.
Cierto que los nipones encontraron mayores dificultades que los aviones de Yarnell, pues las defensas antiaéreas de la isla se habían reforzado y sobre todo, los medios de detección por radar había prosperado mucho y su calidad era muy superior a la de entonces.
Aún así, la destrucción de la base fue total, como en el simulacro anterior y las pérdidas japonesas reales muy similares a las habidas en las maniobras.
La experiencia adquirida en Pearl Harbor hizo cambiar el sentido de las flotas norteamericanas. Ya no eran los acorazados los principales buques, había que sustituirlos por los portaaviones, porque el futuro de la guerra naval, hasta la llegada de los misiles, sería la aviación.
Los japoneses, que desde muchos años venían cimentando su producción en la copia de otros productos, copiaron hasta el diseño de aquel ataque por sorpresa y traicionero.
Los Estados Unidos, en los que prevalecía una fuerte presión para no entrar en la guerra, cambiaron de opinión de la noche a la mañana y de inmediato se declaró la guerra al Imperio Japonés, con el beneplácito del manejable pueblo, aunque los sectores de población de predominio asiático, sufrieron las duras consecuencias de la venganza popular.

Tres días más tarde, Alemania e Italia declararon la guerra a los EE.UU, lo que satisfizo y mucho, a los aliados europeos que hasta entonces había contado con una ayuda bélica encubierta y que a partir de ese momento sería abierta y comprometida.

viernes, 3 de marzo de 2017

EL COLÓN CHINO




Decía en el artículo anterior que la gloria de un descubrimiento no es solamente la de llegar primero, sino volver para contarlo. Darlo a conocer a los cuatro vientos y volver con más medios y más ganas: “no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”, decía la letra de El Rey.
Hoy se sabe positivamente y ha sido objeto de artículos anteriores, que Cristóbal Colón no fue el primero en llegar a América, pero nadie duda de que “supo llegar” y también volver y puso su descubrimiento a disposición de la humanidad.
Si desde Europa ya es meritorio navegar el Atlántico hacia el oeste para recorrer miles de leguas hasta llegar a las costas americanas, hacerlo en el Pacífico, cuya distancia desde cualquier punto es muchísimo mayor, tiene un mérito añadido.
Actualmente empezamos a conocer cosas del continente asiático, concretamente de China, que habían estado vedadas a todo el mundo como consecuencia de la fuerte presión ejercida por el confucianismo, doctrina del filósofo y pensador Kong Zi, al que también se le conocía como Kong Fu Tse y que fue el nombre de dio lugar a la traducción que muchos siglos después, los jesuitas misioneros en Asia, interpretaron por Confucio. Su doctrina que data del siglo quinto antes de nuestra era, ha perdurado en China hasta nuestros días.
Esa doctrina férrea impidió a China abrirse al exterior. Si alguien quería saber algo sobre ellos, habría de ir allí y ya serían los chinos los encargados de mostrarle o no sus secretos, según fuera de meritorio el visitante.
Pero durante un largo periodo de la historia, entre los siglos XIV y XVII, el poder fue ostentado por la dinastía Ming, la cual llevó a China a su mayor esplendor y no solamente eso, abrió sus fronteras y estableció innumerables relaciones comerciales y políticas con todos los países de su entorno. Las doctrinas de Confucio quedaron un poco arrinconadas, pero no desaparecieron del todo.
Fue en este período cuando surgió la figura de un  militar y navegante hasta entonces jamás igualado. Se trataba de Ma Ze, un chino de nacionalidad, pero no perteneciente a la raza china, sino a una etnia llamada Hui, cuya principal característica era que profesaban la religión islámica, pero usaban el chino como idioma habitual, de hecho, su nombre, Ma, es la adaptación al chino del nombre de Mahoma. Esta circunstancia fue determinante en su vida.
Ma Ze nació en la provincia de Yunnan, en el interior de China, haciendo frontera con Laos, Vietnam y Birmania.
Cuando la dinastía Ming se hizo con el poder tras el desmoronamiento de la dinastía Yuan fundada por Kublai Kan, las tropas de los nuevos gobernantes comenzaron la conquista de los territorios que permanecía fieles a la dinastía anterior, entre ellos, la provincia de Yunnan. Ma Ze fue cautivado, castrado y empleado como sirviente del príncipe Zhu Di, otra circunstancia trascendental en su vida, pues con los años, su amo, fue elevado a la categoría de emperador y gobernó durante veintiún años con el nombre de Yongle.
En la corte del príncipe recibió una exquisita educación y siguió la carrera militar, participando junto a su amo, en diferentes campañas guerreras que le acarrearon fama de buen militar y leal soldado. A pesar de ser un castrado, un eunuco, su apariencia era totalmente varonil y su voz grave y profunda, apta para dar órdenes.
Cuando en 1402 se produjo la rebelión de los eunucos, contra el emperador, Zhu Di los apoyó, consiguiendo destronarlo y colocándose él en su lugar. Por el apoyo prestado, los eunucos fueron restaurados en su condición de personas aspirantes a las máximas categorías sociales, que en el anterior mandato les estaba vedado.
El nuevo emperador, cambió el nombre del protagonista de esta historia que desde entonces se llamó Zhen He, nombre por el que ha sido conocido y reconocido. Ya con este nombre y como comandante del ejército chino, el castrado He, participó junto al emperador, en cuatro campañas militares contra los mongoles.
Pero la razón por la que Zhen He ha entrado en la historia es por haber comandado siete grandes expediciones navales por el Océano Índico, dentro de un plan pensado para abrir China al resto de países bañados por el océano Índico y sus mares interiores.
En 1403, el emperador Yongle, el gran protector de Zhen He, ordenó la construcción de más de trescientos buques, de los que casi doscientos tenían que estar adaptados para navegar por alta mar y en cuatro años se construyeron más de mil quinientas naves de todos los tipos, que fueron construidas o remodeladas en unos astilleros inmensos capaces de dar cabida a tan ingente trabajo y creados especialmente.
El principal motivo que inspiraba al emperador era el de abrir rutas comerciales marítimas, porque las rutas terrestres estaban bloqueadas por las hordas mongoles que se extendían desde el centro de China hasta parte de Europa. Pero no hay que obviar en él un cierto afán investigador de las culturas y conocimientos geográficos de sus países vecinos, así como la idea de abrir el abanico diplomático con otros países que complementara el que ya había comenzado por tierra, pues en ese momento China mantenía cordiales relaciones con países de Asia Menor y Oriente Medio.

Mapa de los viajes de Zhen He

Indudablemente la nueva dinastía gobernante, se abría al mundo y se distanciaba así de lo que, secularmente, había sido aquel inmenso país.
Con más de trescientos barcos, algunos de hasta nueve palos y casi treinta mil hombres, el eunuco He al mando de la expedición que se conoce como La Flota del Tesoro, se hizo a la mar en otoño de 1405, visitando Sumatra, Java, Ceilán, recalando por último en Calcuta, para volver a China dos años después y llevando a bordo a numerosos embajadores de los países visitados.
Desde ese momento se sucedieron otros siete viajes en los que seguramente tocó muchos puntos de la costa oriental africana y la isla de Madagascar, navegando por el Canal de Mozambique.
De por sí, esta dilatada aventura marítima hubiera encumbrado, como así fue, al navegante chino, pero recientemente el marino y escritor británico, criado en China, Gavin Menzies, publicó un libro titulado: 1421: El año que China descubrió el mundo, que inmediatamente levantó una fuerte polvareda.
Según este autor, los viajes de Zhen He no se limitaron a recorrer el Océano Índico, el Mar Rojo, o el de Arabia, sino que en sus incursiones llegó hasta las costas de América, cruzando el Océano Pacífico y así, adelantándose en más de setenta años al descubrimiento de Colón.
La teoría presentada por Menzies se basa fundamentalmente en la certeza de que la ingeniería naval china era, con diferencia, la más avanzada de su tiempo con elementos como el timón de rueda o los mamparos separadores, para impedir el hundimiento y por tanto capaz de realizar la proeza. Así mismo, la existencia de un mapa que es copia de otro que en 1418 habría manejado Zhen He y en el que se describe perfectamente toda Asia, África completa, parte de Europa y, sobre todo, América, vendría a demostrar que He, habría bordeado el cabo de Hornos, llegando incluso a las costas europeas.

Supuesta copia del mapa de 1418

Como es natural, tanto el libro de Menzies, como el supuesto mapa que está lleno de anotaciones al margen, como era costumbre, despertaron dudas sobre entre la comunidad académica historiadora, porque de ser auténtico, demostraría que el navegante chino navegó las dos costas de África y América, descubrió Australia, llegó a Europa y dibujó las costas del Mediterráneo.
Eso supondría haber descubierto América setenta y cuatro años antes que Colón y un siglo antes, haber hecho lo mismo con Australia o circundado la Tierra.
Curiosamente en las notas marginales se dicen cosas tan interesantes como que los nativos americanos tienen la piel de color rojizo y se adornan la cabeza con plumas, o que los aborígenes de Australia son negros y se adornan la nariz atravesándose un hueso.
Estos detalles asombraron a los investigadores, pero también se preguntaron cómo es que en el mapa no aparecían las Islas Británicas, o cómo la Península de California se representa como una isla, lo que había sido un error europeo, muy repetido hasta que se demostró que estaba unida al continente.
Eso hacía suponer que el mapa no era de la fecha que se indicaba, 1421, sino muy posterior, como indicaban la multitud de datos sobre las costas americanas del Atlántico, que en aquella época no podían ser conocidos.
Por otro lado, la teoría del escritor británico se basa en el hallazgo de una escultura china, de la dinastía Ming, hallada en Kenia, o diversos ejemplares de porcelanas chinas encontrados en Perú y California.
Pero esos detalles, aun cuando significativos, no soportan por si solos el peso de la teoría mantenida por Menzies.

Hubiese llegado a América o no, a este gran navegante se le conoce como “El Colón Chino”.

viernes, 24 de febrero de 2017

¿QUIEN DESCUBRIÓ AUSTRALIA?




Si hacemos caso de lo que dicen los libros de historia, Australia fue descubierta y cartografiada por primera vez por el británico James Cook, en el año 1770.
Efectivamente, a bordo del buque de la marina británica Endeavor, recorrió la costa dibujando sus perfiles y desembarcó el día veintinueve de abril en un lugar que bautizó como “Botany Bay”, una ensenada amplia que se encuentra al sur de la actual Sidney y en la que hallaron tal cantidad de plantas diferentes y tan frondosas, que dio lugar a su nombre.
Cook sabía ya la inmensidad de aquella tierra a la que puso por nombre Nueva Gales del Sur.
Sin embargo, con ese nombre no la conoce nadie en la actualidad y sí que se le llama Australia, pero antes de seguir hagamos un poco de historia.
Al contrario de lo que se cree, Australia fue poblada unos treinta mil años antes que Europa y sus primeros habitantes, hombres como nosotros, llegaron hasta allí andando.
Lo que actualmente sería una misión imposible, en aquellos momentos era tarea fácil pues casi toda la plataforma continental del océano Índico había quedado al descubierto como consecuencia de las glaciaciones, de manera que de isla en isla, los primeros pobladores procedentes de Asia fueron avanzando hacia el sur, hasta asentarse en la actual Australia, después de haber ido poblando las islas infinitas del Pacífico. Si se observa detenidamente un mapa de Oceanía se aprecia el rosario de islas que parece dirigirse desde Malasia hasta Australia, tan cercanas unas de otras y con tan escasa profundidad que al retirarse el mar hizo posible el desplazamiento andando.

En rojo la posible ruta de las migraciones

Al acabar el periodo glacial, las aguas reclamaron sus propiedades y entre los océanos Indico y Pacífico, se crearon los innumerables archipiélagos, quedando grandes masas de tierra emergida, como Australia, Nueva Zelanda, Tasmania o Papua-Nueva Guinea, cuyo conjunto se conoce como Oceanía.
Así que, hace unos cincuenta mil años, la que luego se llamaría “Terra remota Australis” fue poblada por hombres como nosotros y por una razón fundamental que era huir del frío que se cebaba con toda la zona norte, en donde se encontraba gran parte de Asia y toda Europa.
Dada su lejanía de todas las partes del mundo conocido y habitado, aquella tierra cálida, permaneció completamente aislada, dando lugar a una raza especial, los aborígenes y sobre todo a una fauna y flora únicas en la Tierra.
Desde la más remota antigüedad se pensaba que en la parte más meridional del planeta debía existir un gran continente que “contrapesara” las masas de tierra conocidas. Una teoría aristotélica, pero sin fundamento que, al cabo de los siglos resultó ser realidad.
A finales del siglo XVII y durante el XVIII, holandeses, belgas, británicos y otros navegantes europeos, se aventuraron en los llamados Mares del Sur, descubriendo y cartografiando las costas de las grandes islas que se iban colonizando. Así se descubrió Tasmania, por el navegante Abel Tasman, que arribó a sus costas en1642 a bordo de un buque de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.
Algo más de un siglo después, el capitán Cook dijo haber descubierto Nueva Zelanda y así ocurrió con otras grandes y pequeñas islas del Pacífico Sur, cuyos descubrimientos se adjudicaron los norte europeos.
Así continuaron las cosas y de ese modo se explicaba en los libros de historia, hasta que en 1982 Roger Hervè, conservador de la Biblioteca Nacional de París, publicó un estudio en el que aseguraba que Australia y Nueva Zelanda fueron descubiertas entre 1521 y 1528 por españoles y portugueses. Basaba su aseveración en la existencia dentro de la conocida Colección Dieppe, de unos mapas de aquel inmenso continente que se conservaban en la biblioteca y que estaban escritos en idioma español y datados en más de doscientos años antes de que Cook dijera haber descubierto la Nueva Gales del Sur. Este mapa, de mediados del siglo XVI había sido un regalo de Pierre Descelier, el famoso cartógrafo francés, al rey Enrique II de Francia y en él aparece Australia dibujada a la perfección y con numerosas banderas señalando puntos estratégicos de la costa, cabos, ensenadas y otros accidentes. Todas esas banderas eran españolas o portuguesas.
Es cierto que fue Gran Bretaña el primer país que mostró un interés en colonizar los dos “descubrimientos” de Cook y también el primero en cartografiarlo detalladamente, pero eso no quiere decir que fuera su descubridor.
Existe una poderosa razón para que Inglaterra se interesara de pronto en hacerse con aquellas tierras tan lejanas y es que estaban perdiendo sus colonias en Norteamérica y entre otras dificultades que se les venían encima, es que no sabían a donde llevar a sus presos, criminales, ladrones, desterrados, maleantes, prostitutas, golfos y borrachos, que hasta entonces iban a las Colonias Americanas. Australia quedaba lo suficientemente lejos como para desentenderse de ellos, abandonándolos un poco a su suerte. Precisamente en Botany Bay, donde arribó Cook por primera vez, se construyó la primera colonia penitenciaria.
El estudio publicado por Hervè se fundamenta en un hecho constatado y es en la expedición de García Jofre de Loaisa, el fraile manchego descubridor del Cabo de Hornos, que comandaba una flotilla compuesta por siete naves que iban a colonizar las Islas Molucas y en la que se habían alistados navegantes y mareadores de la talla de Elcano, del agustino Urdaneta, posiblemente nuestro mejor navegante, de Hoces o de Alonso de Solís.
En esta expedición navegaba una carabela, la San Lesmes, a cuyo mando iban precisamente estos dos últimos marinos señalados en el párrafo anterior, la cual se separó de la flota debido a una fuerte tormenta y fue navegando sola desde el archipiélago de Juan Fernández, frente e las costas de Chile, hasta llegar a Nueva Zelanda y Australia.
En aquella época, solamente España y Portugal estaban en condiciones de navegar por cualquier mar del mundo, pues desde que se circundara la Tierra, existía un pleno conocimiento de los comportamientos de los vientos en todos los océanos, habiéndose podido comprobar que éstos, al igual que las corrientes marinas, se comportaban de una forma razonablemente parecida en todos los mares y océanos, por lo que no resulta improbable que la San Lesmes fuera capaz de realizar ese enigmático viaje.
La teoría que se plasma en el estudio de Hervè se fundamenta, además de en los mapas, en ciertos hallazgos que en su día fueron desechados por incomprendidos.
En 1952, en el lecho de un río neozelandés, se encontró una espada española del siglo XVI con empuñadura de plata, así como un casco típicamente castellano, llamado morrión. Como quiera que aún no se hablaba de la presencia española en aquellas tierras en el siglo XVI, fueron catalogados y guardados como objetos fuera de lugar, sin dar explicación de su procedencia. Ambos objetos están actualmente expuestos en un museo de Nueva Zelanda.
Con posterioridad, fueron apareciendo en las costas australianas diversos objetos, como monedas, puñales, hojas de espadas, petos, incluso un trozo de campana que por su aleación se ha clasificado como española y una borgoñeta, un casco ligero que deja la cara al descubierto y que era muy usado por hombres de la mar, y todos ellos eran datados del siglo XVI. Todos estos datos confirman la presencia en aquellas aguas de un navío español, no pudiendo ser otro que la San Lesmes, pues el registro de buques que se hacían a la mar era muy controlado por la Casa de Contratación.

Borgoñetas en cuero y oro pertenecientes a Carlos I y Felipe II

Muy posiblemente, cuando la carabela navegaba por el sur de Australia, naufragó y con los restos de la embarcación, los tripulantes construyeron un barco más pequeño con el que siguieron su aventura, pues actualmente se sabe que llegaron hasta el Cabo York, la punta más septentrional del continente, muy cerca ya de Papúa Nueva Guinea.
En el cabo York terminó la aventura de la San Lesmes y todos sus tripulantes, pues fueron apresados por los portugueses allí asentados que los eliminaron a todos.
Era esta una costumbre de la época con el fin de proteger el descubrimiento y los portugueses no solo lo protegieron sino que se apropiaron de toda la cartografía levantada por los pilotos de la carabela. Estos datos, recogidos años más tarde por el capitán Hernando de la Torre, se conservan actualmente en el Archivo de Indias.
Según toda la documentación, avalada por los restos arqueológicos encontrados, la cartografía de Australia estaba realizada en el siglo XVI, lo cual quiere decir que tanto fueran españoles, como portugueses, fueron estos los descubridores del continente y no James Cook, quien antes de partir en su viaje con el Endeavor, ya conocía aquel mapa y tenía certeza absoluta de a donde se dirigía.

Lo mismo que diríamos para Cristóbal Colón, cabría atribuir a Cook, que no habiendo sido los primeros en llegar a tierras aisladas e ignoradas por la civilización, nadie puede sustraerles el honor de haber sido los primeros en dar a conocer sus descubrimientos.