lunes, 11 de junio de 2018

TAN INCORRECTO COMO CIERTO





No es mi deseo entrar en política, ni ir contra los sentimientos religiosos o culturales enfrentados  y ni siquiera asomarme al abismo de su realidad, pero digo lo que repetía una actriz en un programa de televisión: “Lo que es, es”.
Hace muy pocas fechas, en los primeros días de este mes de junio, cuando los musulmanes celebran su mes sagrado, el Ramadán, el mes en que se perdonan los pecados, vimos con estupor cómo, integrantes de la comunidad islámica de Londres, atacaban violentamente a los coches que pasaban por una determinada calle, porque las autoridades locales de la “city” no habían cerrado la calle a la circulación para que ellos celebraran sus fiestas nocturnas, tan propias de ese mes y de su religión.
Nada nuevo, hace más de veinticinco años, siendo Jefe de Ceuta, tuve que ordenar la actuación policial para restablecer el orden en una barriada llamada Villajovita, porque para celebrar una boda, un grupo de musulmanes, cerró varias calles y cuando Policía Local quiso restablecer el tráfico, la emprendieron contra ellos con la violencia más desaforada.
A raíz del descabellado ataque contra los fieles que salían de una mezquita de Londres, ataque al parecer aislado y llevado a cabo en solitario, la comunidad islámica británica se ha expresado con duras palabras contra el mismo, al que tacha de un acto de “islamofobia” .
Por un solo acto y que ojalá no vengan más, ya odiamos a los musulmanes y somos unos intransigentes, ellos, tras siglos de invasiones, unas bélicas y otras con semblante de pacíficas, decenas de atentados en todo el mundo y contra todo el mundo, sin embargo, no odian a nadie. Son como son porque su dios es el único verdadero y el resto del mundo está equivocado.
Pero siguen siendo acogidos en Europa, que los ha salvado de muertes seguras y siguen sin hacer el más mínimo esfuerzo por integrarse entre nosotros. No se refugian en Arabia, ni en Kuwait, ni en los Emiratos y mucho menos en Pakistán, en Marruecos o en otros países árabes en los que disfrutar de cierta seguridad; no, se vienen a Europa, donde exigen vivir a sus maneras y que los nativos respetemos sus costumbres; los que hemos construido estos países que están dispuestos a destruir, tenemos que adaptarnos a la forma de vida de quienes quieren destruirnos. ¡Sencillamente demencial!
Hace ya unos años, cuando era jefe Provincial de Policía en Ceuta, ya aprendí a ver venir estos fenómenos, como ya antes he relatado. En cierta ocasión una señora mayor, de amplia experiencia en la ciudad y en la vida, me comentó con mucha tristeza: De Ceuta no nos echará nadie, nos iremos nosotros solos. Llegará un momento en que sea imposible soportarlos.
Y ha cambiado mucho Ceuta, pero por fuera, por dentro, en las tripas, las cosas siguen igual. El día que algún moro sea capaz de poner de acuerdo a todos sus correligionarios de la ciudad, las instituciones pasarán a sus manos. Hasta ahora la política ha permitido tener a la población musulmana muy fragmentada en el voto, pero eso no ha de durar mucho tiempo.
Se dice que en Ceuta conviven pacíficamente las cuatro religiones más importantes que son: el cristianismo, el judaísmo, el islamismo y el hinduismo. Hasta cierto punto esta apreciación es cierta.


Vista aérea de casi toda la superficie de Ceuta

Yo he visto a un indio, conocido mío y persona muy apreciada en la ciudad, rezar durante un buen rato ante “El Cristo del Puente”, una talla del Nazareno, colocada en una hornacina junto al puente que salva el foso que antaño dividía la ciudad a modo defensivo. Una señal de respeto y devoción fácilmente clasificable. He visto hebreos  asistir a actos religiosos católicos sin ningún problema y a cristianos en celebraciones judías, pero también he visto  a un matrimonio musulmán esperando la llegada de una procesión, mientras dos niños pequeños jugaban tras ellos y cuando el paso se acercaba, la madre llamó a los niños: Fatoma, Ahmed, que vienen los “moniecos”; dicho en su peculiar forma de pronunciar el español.
No lo he visto, pero lo he padecido seis años, en cada Semana Santa, el apedreamiento del Cristo de Medinaceli en la barriada de El Príncipe, de mayoría musulmana.
No soy una persona vengativa, ni violenta y la Ley del Talión me parece una barbaridad de pueblos salvajes, pero ¿qué pasa cuando “el otro” no entiende nada más que ese razonamiento?
Con quien no se puede convivir, es conveniente evitar las coincidencias.
Otro ejemplo de la ciudad que llaman “La Perla del Mediterráneo”. A mediados de los años ochenta se empezó a construir una barriada para paliar, en parte, el gravísimo problema de vivienda en la que estaban todos los funcionarios destinados en la ciudad. Fue una idea feliz y en aquella urbanización se acomodaron alrededor de mil familias. La experiencia fue tan gratificante, por la satisfacción que produjo en la población, que de inmediato se pensó en una nueva fase, construida a continuación de la anterior, si bien en esta se iba a dar entrada a algunos ciudadanos musulmanes, con nacionalidad española, empleados públicos en su mayoría, aunque otros eran comerciantes o personal asalariado.
La falta de experiencia hizo creer que mezclando en los bloque a cristianos con musulmanes, como éstos serían minoría, iban a ser absorbidos y la convivencia se normalizaría.
No había pasado un año, cuando ya la nueva fase era conocida como el título de una serie de televisión: Si lo sé, no vengo. El título lo dice todo.
Ya se que esto que digo es incorrecto, pero es tan real, al menos, como de incorrecto lo quieran tratar. Cuando, como decía aquella persona que antes referí, los españoles tengan que abandonar la ciudad de Ceuta, seguramente que será una acción correcta.
Los musulmanes no son de ningún país al que hayan emigrado. ¡NO! Ellos son musulmanes, por encima de todo. Aunque hayan nacido en Ceuta, hijos de padres ceutíes, siguen sintiendo en su corazón a Marruecos como su verdadera patria.
A mediados de los años noventa viví una anécdota esclarecedora de esto que digo.
Yo acostumbraba una vez por semana, normalmente los sábados, a ir al mercado, que estaba justo enfrente de la comisaría.
Allí compraba frutas y verduras a un musulmán ya mayor, nacido en Ceuta, pero que no había sido capaz de dejar ese característico acento tan suyo. Tenía este hombre dos hijos estudiando en la “Pininsola”, en Granada, uno estudiaba medicina y otro derecho.
Aquel año había sido extremadamente seco y estaba aproximándose lo que vulgarmente se conoce como la “Fiesta del Borrego”. Esta es la fiesta mas grande de los musulmanes que la llaman Eid al Adha, Fiesta del Sacrificio, en la que cada familia sacrifica un cordero.
En un mensaje a la nación, el rey Hassan II, que a su vez era “Príncipe de los creyentes” (amir al-mu minin), dijo a su pueblo que la cabaña ovina de Marruecos no podía soportar aquel año el sacrificio de más de seis millones de corderos y que aunque comprendía el enorme esfuerzo que su pueblo tendría que hacer para no celebrar tan importante fiesta, pedía encarecidamente a todos los marroquíes que aquel año no se celebrara.
La noticia cayó como un jarro de agua fría en la población musulmana y muchos aceptaron la petición de su rey, pero también muchos otros, sobre todo en el Rif, sacrificaron dos corderos en vez de uno.
Desde muchos años antes, en que se había propagado la peste ovina, procedentes de corderos traídos a Ceuta desde Marruecos, las autoridades españolas tenían prohibido el paso de ganado desde el vecino país, pero para que nadie se considerase desabastecido, se transportaban miles de corderos españoles, desde La Mancha y otras regiones.
Aquel sábado, previo ya a la gran fiesta, fui al mercado como de costumbre y en la frutería felicité a mi amigo por la fiesta que celebraría en breve y cual no sería mi sorpresa cuando me dice que no, que este año no hay fiesta porque el rey ha dicho que no la haya.
Haciéndome el sorprendido le dije: ¡Cómo!, ¿el rey Juan Carlos ha dicho que no haya fiesta del borrego?
A lo que me respondió con la mayor naturalidad: ¡No, el rey de aquí, Hassan!
No entendía nada. Aquel “español de nacimiento”, con carnet de identidad y pasaportes español, que vivía en España y que en España estudiaban sus hijos carreras superiores que él costeaba con la venta de sus productos a españoles, que además no dañaba a la cabaña ovina marroquí por sacrificar un cordero español, obedeciera al rey de Marruecos antes que a sus propias costumbres ancestrales, era algo que no lograba entender.
No sé si el ejemplo está bien traído, o si me he dejado llevar por el recuerdo de la indignación que aquella postura me causó, pero en cualquier caso, es un fiel exponente de dónde está el corazón del musulmán, cosa que no va a cambiar por mucha alianza de civilizaciones que queramos.
Últimamente circulan por las redes mensajes estremecedores sobre el futuro que nos espera: desolador. Pero también hay otros mensajes en los que se hace saber que ya muchos países han puesto pie en pared, para atajar ese insensato sufrimiento que estamos padeciendo.
Hace diez años que publiqué una novela sobre este tema de la inmigración: “Las espinas del Edén” que puede descargarse en el enlace que hay en el encabezamiento de esta página. Allí contaba parte de mis experiencias con la inmigración ilegal, que se disparó en los primeros años noventa con el anuncio de los eventos que en España iban a ocurrir, y con los problemas de la acogida y la socialización de los inmigrantes.
Muy poco o nada ha cambiado desde entonces, aunque si advertimos que antes les dábamos acogida, aunque no la agradecieran, ahora, cuando pueden, se revuelven y nos matan.

viernes, 1 de diciembre de 2017

LOS "JUGUETES" DE TUTANKAMÓN




El cuatro de noviembre de 1922 el famoso arqueólogo londinense Howard Carter descubría una tumba en el Valle de los Reyes que se numeraba como “KV62” y en la que se encontró la conocidísima “Momia de Tutankamón”.
Quince años antes, en otra tumba, esta vez denominada “KV54” se habían encontrado objetos del ajuar funerario del mismo personaje, Tutankamón.
Esta extraña circunstancia parece explicarse por el gran número de saqueos que padecían todos los enterramientos egipcios, que por creer en la vida de ultratumba, enterraban a los muertos con sus más valiosas pertenencias, las cuales eran tremendamente apetecidas por los saqueadores que tras los expolios, ocultaban las piezas valiosas en los lugares más insospechados, por eso algunos de los tesoros funerarios eran escondidos en otras tumbas o en cuevas que cavaban los propios ladrones, esperando la ocasión propicia para sacarlos al mercado.
En las proximidades de la tumba real de Tutankamón, se asentó un pueblo nómada que sería empleado como mano de obra para las grandes construcciones egipcias y parte de las casas que se construyeron, estaban sobre la propia tumba, lo que la preservó de haber sido totalmente esquilmada.
Así, cuando Howard Carter llegó a la sala mortuoria se encontró con el sarcófago, completamente de oro y todas las demás piezas valiosísimas que durante nueve años, fue clasificando y entregando al Museo de Arte Egipcio de El Cairo, en donde la gran mayoría se pueden contemplar.

Tutankamón y su esposa, relieve en oro

Pero entre tanta orfebrería había algunos objetos que indudablemente se encontraban fuera de lugar y cuya existencia no podía aclararse. Uno de ellos era un cuchillo de lo que parecía acero inoxidable, casi tan bien conservado como si fuera actual.
¿Cómo había llegado allí si los egipcios no conocían el hierro? La hipótesis más manejada era que aquel cuchillo o puñal procedía de los “Hititas”, los enemigos mortales de Egipto que con sus espadas de hierro, destrozaban las de bronce egipcias y no tenían rival en la guerra, pero aquel cuchillo no era un arma de guerra; más bien era un objeto de decoración, para llevar prendido al cinto.
Es una hipótesis muy razonable, pero ¿qué explicación podía darse a otro de los objetos encontrados? Este era un “bumerang”, esa pieza de madera en forma de ángulo obtuso que se lanza y vuelve al tirador y que solamente ha sido usado en Australia.
¿Cómo es posible que un arma australiana se encuentre en la tumba de un faraón, si Australia no fue descubierta hasta finales del siglo XVIII?
En un artículo anterior, hablaba de la pericia como navegantes de los egipcios que, en el reinado de Ptolomeo III y amparados por las cartas náuticas y los conocimientos transmitidos por Eratóstenes, el conservador de la biblioteca de Alejandría, consiguieron llegar a las costas de Chile y quizás más allá.
Existen evidencias gráficas halladas en la costa del Pacífico de la América Hispana que acreditan que los egipcios estuvieron allí, pero nada hace pensar que aquellos avezados navegantes hubiesen llegado a Australia.
Australia es, sin lugar a dudas, el continente más curioso de cuantos existen; su flora y su fauna son únicas, producto de su aislamiento del resto del mundo durante siglos, pero además se da otra circunstancia que actualmente está completamente probada y es que fue el primer continente colonizado por nuestros antepasados y, curiosamente, esa colonización se hizo a pie, cruzando los inmensos territorios emergidos como consecuencia del descenso del nivel del mar por la última glaciación.
Es probable que, partiendo de la depresión del Rift, que recorre todo el cuerno oriental de África, desde en el Mar Rojo, hasta las costas de Mozambique y que es la zona geográfica donde se sitúa la cuna de la humanidad, hasta llegar a Australia, aquella enorme migración humana hubiesen de vadear brazos de mar y profundos ríos, pero a más de estas incidencias acuáticas, la migración se hizo andando.

La depresión del Rift

Cosa similar ocurrió con la población de América, a través del Estrecho de Bering, entonces un paso entre los dos continentes.
Desde que se empezó a conocer la cultura egipcia en toda su extensión, se tenía el presentimiento de que el pueblo egipcio había tenido que ir colonizando las zonas sur de su territorio, ya que por el norte y el este, tenía sendos mares y solamente lo unía con el Oriente Medio Asiático, el Istmo de Sinaí y por allí, salvo en casos puntuales para alejar peligros de invasiones, los egipcios no se habían adentrado, máxime teniendo al norte a los hititas, sus perpetuos enemigos.
Era de esperar que un pueblo próspero y de esplendorosa cultura, se hubiese extendido hacia el sur, trabando relaciones con los pobladores de aquellas zonas de África, incluso absorbiéndolas, dado su mayor grado de preparación cultural y potencial bélico, como ocurrió con el antiguo reino de Nubia.
De entre las muchas leyendas sobre prósperos reinos desaparecidos, figura uno de cuya constancia solamente se tenía noticias a través de jeroglíficos egipcios, hallados en una tumba perteneciente a un noble llamado “Harkhuf”, al parecer gobernador de la región de “Elefantina”, en el Alto Nilo.
En dicha inscripción se lee que este importante personaje fue enviado por el faraón Merenre, a explorar unos misteriosos países situados muy al sur de Egipto. Por la datación de los hechos, se cree que dicho acontecimiento debió suceder unos dos mil setecientos años antes de nuestra era.
Curiosamente, la expedición fue un éxito y Harkhuf regresó dejando constancia de su periplo y relatando que traía para su faraón regalos de lo más variado: pieles de leopardo y otros vistosos animales, colmillos de marfil, incienso, tallas de ébano y “bumerans”.
Aquel reino ignoto recibía el nombre de “Reino de Yam” y a lo que se ve, llegó a alcanzar un alto grado de civilización, pero como ocurre con otros muchos reinos, de las mismas características, su existencia fue sepultada por la historia y casi de la noche a la mañana, desapareció sin dejar rastro.
Los felices años veinte del siglo pasado, supusieron felicidad y desarrollo para muchas de las ramas del saber, entre ellas la arqueología, pues aparte del descubrimiento de la tumba a la que nos estamos refiriendo, se produjeron otros muchos descubrimientos de gran trascendencia, como unas pinturas rupestres halladas en una zona en las que confluyen Egipto, Libia y Sudán, un desierto inmenso y árido, abandonado muchos siglos atrás por las rutas de las caravanas, precisamente por la dificultad para transitar por él, con carencia de oasis y pozos donde abastecerse.
Aquellas pinturas eran una novedad, porque junto a ellas, se hallaron signos jeroglíficos egipcios que indicaban que hasta allí habían llegado y desde allí, mantenían relaciones comerciales y culturales con el mítico reino de “Yam”.
Pero este reino desapareció entre otras razones por el cambio climático que se estaba produciendo. La amplia zona entre Egipto y Yam, se fue desertizando; ya no eran posible las caravanas de burros, habituales de la época y los camellos y dromedarios, animales aptos para el desierto no habían llegado a aquellas latitudes. Por otro lado, el mar empezaba a subir y las rutas terrestres que les habían llevado a comerciar tan al sur como Australia, se hicieron imposibles para un pueblo de secano que no manejaba el arte de navegar.

El tiempo y la arena del desierto se encargaron de sepultar una civilización avanzada, de la que sabemos muy poco, casi nada, pero que floreció tanto, como para aportar un juguete al ajuar de uno de los faraones más famosos de la historia: un bumerang, que ahora sabemos cómo pudo llegar hasta su tumba.

viernes, 17 de noviembre de 2017

LOS MITOS SEPULTADOS




Hace muy pocas fechas se ha dado a conocer un sorprendente descubrimiento. La prestigiosa revista Nature publicaba que un grupo de científicos, usando una tecnología avanzadísima y no invasiva, basada en el acelerador de partículas, había descubierto que la pirámide de Keops, la mayor de las tres grandes pirámides, tiene una cámara secreta de unos treinta metros de largo, a la que todavía no se sabe cómo llegar, ni qué pueda contener, pero que es seguro que dará muchas pistas sobre la forma en que se construyeron estas ciclópeas edificaciones.
Conforme se van descubriendo cosas, se van desvelando enigmas, nos vamos dando cuenta que donde creíamos que ya todo se sabía, que todo estaba descubierto, mayor es nuestra ignorancia y que, como dijo el filósofo, estaríamos dispuestos a dar todo lo que se conoce, a cambio de la décima parte de lo que se ignora, y esto puede aplicarse a todas las facetas del saber.
El artículo de la semana pasada concluía en que han debido existir civilizaciones mucho más antiguas que la egipcia y la sumeria de las que no tenemos ni el más mínimo vestigio, pero ciertamente transmitieron unos conocimientos difíciles de interpretar a las luces actuales.
Un mapa de la Antártida sin los hielos; una isla llamada elefantina porque tiene forma de elefante que solo se aprecia desde el aire; una escultura de un astronauta e infinidad de muestras más, vienen a demostrar que hubo un conocimiento muy anterior que sin lugar a dudas estaba a la altura del actual, si no más avanzado.
Pruebas fehacientes de la existencia de esas civilizaciones no las tenemos, al menos pruebas que la ciencia ortodoxa esté dispuesta a admitir, pero testimonios si que los hay. Platón, en sus Diálogos, fue el primero en recoger una leyenda que dice que Critias, discípulo de Sócrates, la había oído a su abuelo, que a su vez la había escuchado al político ateniense Solón, al que se la habían transmitido los sacerdotes de Sais, una ciudad egipcia en el Delta del Nilo. En esa leyenda, se dice que en el Mediterráneo, nueve mil años antes, había existido una civilización: La Atlántida, que alcanzó tal grado de desarrollo y de esplendor hasta entonces nunca alcanzado, pero que fue destruida por un cataclismo de enormes proporciones, quedando sepultada bajo el mar.
Otras civilizaciones también fueron destruidas por la soberbia de sus ciudadanos: Sodoma y Gomorra, Mohenjo-Daro... Ésta dejó vestigios y fue hallada, Sodoma y Gomorra no dejaron ni rastro, aunque se sabe que estaban en las proximidades del Mar Muerto.
Hace años, el arqueólogo Juris Zarins, de la Universidad de Missouri quiso ubicar el Jardín del Edén, mítico lugar cuna de la raza humana, según La Biblia y que debería estar en el lugar en que se “unen los cuatro ríos”.
Lo primero que Zarins descubrió es que la palabra “Eden”, no es hebrea, procede de una civilización mucho más antigua, la sumeria, que contaba una leyenda parecida a la que la Biblia había plagiado.
Habría ocurrido lo mismo que con el Diluvio Universal y otras narraciones bíblicas que proceden de la historia más antigua jamás escrita: la Epopeya de Gilgamesh.
La investigación que inició Zarins y su equipo empezó por tratar de averiguar la forma en que aquella palabra de origen sumerio había llegado a Palestina y se había incorporado a su lengua, la forma en que aquellas leyendas eran transmitidas desde Mesopotamia hasta las orillas del Mediterráneo y la encontraron en la comercialización de un producto que en aquellas épocas alcanzaba un valor prodigioso. Era el incienso, una sustancia resinosa obtenida de plantas aromáticas que, tres mil años antes de nuestra era, ya se utilizaba por el hombre con fines muy diferentes que iban desde lo religioso a lo medicinal.


De todas las representaciones del Paraíso, la del Bosco 
es la más popular y enigmática
(Parte central del tríptico)

Las rutas de distribución del incienso, al que se sumaban otras sustancias como la mirra y los aceites aromáticos, así como la seda y maderas orientales, partían del sur de la península de Arabia y tomaban dos direcciones y formas de transporte: por mar, a través del Mar Rojo y por tierra, con caravanas que cruzaban toda la península, pasaban a Mesopotamia y llegaban hasta Palestina. Esta ruta era la más larga y lenta y pasaban por ciudades en las que se detenía para hacer las ventas y los trueques por otros productos.
De entre todas aquellas ciudades, por las que pasaban las caravanas, la más importante era la ciudad de Ubar, o Ciudad de las Columnas, una ciudad mítica cuyo emplazamiento se desconocía, pero de la que había evidencias de su existencia en el segundo milenio antes de nuestra era y que incluso se nombraba en Las Mil y una Noches.
De los cuatro ríos a los que los textos sagrados hacen referencia, dos están perfectamente localizados: son el Tigris y el Eufrates que se unen poco antes de su desembocadura en el Golfo Pérsico. Los otros dos son llamados Pishon y Gihon, pero de ellos no se sabe nada; jamás se les ha ubicado.
En el plano especulativo, una tendencia incansable de muchos arqueólogos, estos ríos podrían haberse secado, cosa muy probable con la progresiva desertización de la zona pero, sin lugar a dudas, sus antiguos lechos estarían localizables. Otras  teorías, ciertamente antiguas los hacen coincidir con el Nilo y el Ganges, que ni por asomo se acercan a los dos ya identificados y por lo tanto se tildan de descabelladas, aunque curiosamente, la del Nilo está bien argumentada.
El equipo multidisciplinar de Zarins se centró en ubicar, en el tiempo, las condiciones geológicas que se vivían en la zona y así se pudo hacer una interesante comprobación que científicamente estaba perfectamente avalada.
En los milenios tercero y segundo, antes de nuestra era, estaba concluyendo un período glacial que durante muchos siglos había helado grandes cantidades de agua en los polos y sobre los continentes, pero que en las zonas tropicales, no había supuesto más que un descenso de las temperaturas y del nivel del mar, sin mayores consecuencias.
Esta importante congelación había producido un descenso del nivel del mar que había dejado en seco enormes extensiones de tierra, lo que había permitido migraciones humanas y de fauna importantísimas de uno a otros continentes, pero que al derretirse posteriormente, produjo una inundación que alcanzó, en el Golfo Pérsico, los sesenta metros de altura.
Es decir, se inundaron zonas que por siglos habían permanecido sobre el nivel del mar y en esas circunstancias, teniendo en cuenta que la mayor profundidad actual de aquel Golfo es de aproximadamente cuarenta metros, casi toda la superficie marítima, estaba entonces al descubierto. Los ríos Tigris y Eufrates recorrían centenares de kilómetros más para desembocar en el mar y en ese recorrido se le unían los otros dos ríos: Pishon y Gihon.
Ciertamente es una teoría, pero que puede estar acertada y que situaría el Paraíso Terrenal, el que menciona la Biblia como el Edén, en el fondo del Golfo Pérsico.
La hipótesis que el equipo de Zarins manejaba se vio de pronto reforzada por un descubrimiento que es necesario resaltar.
En 1984, el transbordador espacial “Challeger”, aquel que explotó en el aire ante los ojos de todo el mundo un par de años más tarde, realizaba su última misión, sobrevolando la Tierra y sacando fotografías. Al pasar sobre la península de Arabia envió unas imágenes en las que aparecieron unas formaciones que muy bien podrían ser las ruinas de una ciudad situada al sur del  territorio del emirato árabe de Omán, la punta más oriental de la Península, desconociéndose de qué ciudad se trataba.
El equipo de Zarins se puso en contacto con la NASA y solicitó las fotos de las ruinas y de los alrededores, consiguiendo situarlas de forma muy concreta en los mapas de la zona. Inmediatamente se trasladaron al lugar, en medio de un desierto absolutamente intransitado y empezaron a estudiar sobre el terreno.
No fue fácil la localización a pesar de la inestimable ayuda de las imágenes de la NASA y se tardaron varios años en localizar las ruinas.

Las casi irreconocibles ruinas de Ubar
Se trataba de una ciudad construida alrededor de una ciudadela o castillo fortificado, de forma octogonal y con una torre defensiva en cada uno de sus vértices y cuyas ruinas se dataron en dos mil años de antigüedad, lo que supone decir que la ciudad, en todo su esplendor debió de existir muchos siglos antes.
Se trataba de la mítica ciudad de Ubar, despejando así una incógnita que puede aclarar mucho sobre las civilizaciones desaparecidas y es que a tenor del grado de técnica empleado en la arquitectura, se puede asegurar que sin lugar a dudas, una civilización pujante existió en la parte oriental de la Península Arábiga, capaz de competir con la civilización de Mesopotamia y con la que mantenía lazos comerciales.
Según las leyendas, la ciudad de Ubar sufrió un cataclismo y fue sepultada por las arenas del desierto lo que la ha mantenido oculta durante cuarenta siglos.

Pero es muy posible que todo esto no sean más que leyendas, sin ningún viso de realidad.