jueves, 17 de abril de 2014

ONDEAR DE BANDERAS




Hace poco más de tres años, al cumplir la edad reglamentaria, pasé a la situación de jubilado tras cuarenta y dos años de servicio como policía.
En el momento de mi jubilación estaba desempeñando el puesto de Comisario Provincial de Cádiz, en el que permanecí los últimos seis años y medio de mi vida profesional.
Como es casi natural, el día en que cumplía la edad reglamentaria, las autoridades provinciales, los compañeros y los amigos, me ofrecieron una comida de despedida, a la que asistieron más de doscientas personas.
Al final del acto, muchos de los asistentes me hicieron regalos conmemorativos, todos los cuales guardo con enorme satisfacción.
Terminado el acto, se me acercó para despedirse un buen amigo y antiguo colaborador, perteneciente al servicio de inteligencia naval de los Estados Unidos que tras felicitarme por haber llegado al final de mi vida profesional en bastante buenas condiciones físicas, me hizo saber que su departamento tenía previsto ofrecerme un detalle, pero que por una serie de circunstancias no había podido llegar a tiempo, pues habían de remitírselo desde los Estados Unidos, pero que tan pronto lo tuvieran, nos citaríamos para comer juntos en la Base Naval de Rota y hacerme entrega del presente.
Ciertamente que la información me dejó un poco descolocado, pues no podía ni imaginar qué clase de regalo era aquel que se resistía tanto al envío desde las tierras americanas. En fin, que algo intrigado, decidí no pensar más en ello y esperar a que el tiempo deshiciera la intriga.
Pasó algo más de un mes, cuando una mañana me llamó mi amigo para decirme que ya tenían el regalo y que quedábamos para cuando me viniese mejor para comer con el personal de sus servicios y entregarme solemnemente el obsequio.
Quedamos para el día siguiente, pues ya volvía a estar en ascuas por la incertidumbre que me proporcionaba aquel regalo y así, a la mañana siguiente, me presente en el restaurante de la Base en el que habíamos quedado.
Tras los postres, con toda solemnidad, el jefe del servicio sacó una bolsa de papel de cuyo interior extrajo una caja de cartón que abrió con toda solemnidad, mientras me dedicaba unas palabras de agradecimiento por los buenos años de estrecha colaboración que habíamos tenido.
Y mientras decía esto, me alargó la caja, cuyo contenido yo no había visto, pues mientras todos estábamos sentados a la mesa, él permanecía en pie durante su breve alocución.
Cuando recibí de sus manos la caja abierta, sentí un súbito escalofrío. En su interior, doblada en forma triangular, como lo hemos visto hacer muchas veces en el cine, una bandera de los Estados Unidos venía acompañada de una certificación del arquitecto del Capitolio en la que se dice que a petición del congresista Mike Rogers, la bandera que se acompaña, había ondeado sobre el edificio del Capitolio para dedicarla a José María Deira con ocasión de su retiro y en prueba de la amistad con el Gobierno de los EE.UU.
Yo no soy pusilánime ni me suelo emocionar, pero tengo que reconocer que aquello me amordazó la garganta y por un buen rato no pude ni articular palabra.
Lentamente me puse de pie y me abracé a mi amigo, al que solamente me salía darle las gracias por un regalo tan sencillo, a la vez que tan singular y entrañable.
No es frecuente que un español reciba un regalo de este tipo. Yo al menos no conozco a nadie, pero tampoco conozco a muchas personas que hayan colaborado por casi cuarenta años con los servicios de inteligencia norteamericanos, como lo había hecho yo.
Para un americano no hay nada más sagrado que su bandera y eso es lo que ellos me acababan de obsequiar.


Mi bandera y su certificación

De camino a casa no podía quitarme de la cabeza el emotivo momento que había vivido y cuanto sentía que ese instante no se hubiera producido en el acto oficial de mi jubilación, pero me explicaron que no todos los días se puede hacer que una bandera ondee en el Capitolio para entregarla como testimonio de agradecimiento a alguien y que tanto el congresista que se había hecho eco de su petición, como el arquitecto que certificaba, habían tardado más tiempo del que ellos previeron para cumplimentar el protocolo.
Tengo en mi casa, por tanto, una bandera que ha estado ondeando en lo más alto del edificio más emblemático de los EE.UU, sede del Congreso y del Senado de la nación más poderosa de La Tierra, para luego regalármela como prueba de afecto y amistad.
¿Puede haber algo más hermoso? ¿Hay algo más emotivo para un funcionario del montón que ser distinguido con detalle semejante?
En mi ya algo larga vida me he encontrado con individuos que no sentían por la bandera de España ninguna clase de respeto. He oído de todo, incluso referirse a nuestra enseña como “el trapo”, en la forma más despectiva que alguien pueda expresarse y siempre, exclamaciones así, me han producido urticarias.
Yo tuve la fortuna de jurar bandera cuando hice el servicio militar, allá por el año 1966 y tuve ocasión de reafirmar mi juramento a la bandera en el año 2002, con motivo de la última jura que se iba a producir, como consecuencia del cierre del Cuartel de Instrucción de San Fernando, el mismo en el que yo lo había hecho, varias décadas antes.
Quien no ama a su bandera, no ama a su pueblo, ni a su historia, ni a los que dieron su vida por defenderla, ni al resto de sus semejantes.
¿Y por qué cuento todo esto?, quizás alguno se pregunte, porque no suele ser motivo de estos artículos el contar vivencias personales, si no están relacionadas con la historia. Pues bien, este también guarda esa relación porque es que leyendo en los anuarios de la Real Academia de Historia, me he encontrado un artículo muy singular que me ha traído a la memoria todo lo que hasta aquí he relatado.
En los albores del pasado siglo, el embajador de España en Washington se dirigió a la Real Academia de la Historia, trasladando una consulta que la Universidad de Yale le hacía.
Como todo el mundo sabe, Yale y Harvard son las más prestigiosas universidades norteamericanas y el hecho de que una universidad se dirija a uno de nuestros representantes diplomáticos ya es de por sí singular, pero en  este caso el asunto era aún mucho más impar.
Quería saber la universidad qué bandera se enarbolaba en la Plaza de Armas de Nueva Orleáns (Luisiana), en los últimos años de la dominación española. Era una curiosidad histórica que querían tener muy clara, porque a los norteamericanos les importa y mucho todo lo relacionado con las banderas que para ellos es el más fiel exponente de la Patria, aunque en este caso no fuera la suya.
No fue tarea fácil para la Real Academia el encontrar respuesta a la pregunta, pues las banderas y estandartes nacionales habían sufrido innumerables modificaciones desde el momento en que se perdió la Luisiana, pero con el afán que caracteriza a esta institución, se consultaron archivos, museos e inventarios, así como diversos tratados sobre banderas, pendones y estandartes, sin encontrar una respuesta fidedigna a la pregunta de Yale.
Se acudió entonces a las legislaciones, materia sumamente dispersa, pero entre ellas se encontró una disposición que venía al caso. Se trataba de la llamada Legislación de Guerra, de Marina y de Indias, en donde se encontró respuesta a la consulta, pues, ya avanzado el reinado de Carlos III, concretamente en 28 de mayo de 1785, y que decía que para evitar confusiones que a veces la bandera nacional que usan la Armada Naval y las demás embarcaciones españolas pueda ocasionar, cuando se observan a largas distancias o con vientos calmosos, confundiéndola con las de otras nacionalidades, su majestad resolvió que en adelante los buques de guerra usen una bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas y la de en medio, de doble anchura, amarilla, colocándose sobre esta el escudo de armas reales, reducido a los cuarteles de Castilla y León y que las demás embarcaciones usen la misma pero sin escudo. No podrá usarse de otros pabellones en los Mares del Norte y en la América Septentrional, desde principios de año 1787.
Y se complementa diciendo que para que no haya diferencias entre los pabellones de mar y los de las costas, se unificará el uso de la bandera antes descrita.
Por tanto, la Real Academia de la Historia, no sin esfuerzo, fue capaz de dar respuesta a nuestro embajador, aclarando cuál era el pabellón que ondeó en Nueva Orleáns, en los últimos años de la dominación española.
Todos hemos visto infinidad de fotografías de los barcos de época que actualmente surcan el río Mississippi y cómo en ello se enarbola el pabellón español de ultramar, por eso nada tiene de extraño que quisieran saber más sobre las banderas españolas.
Los norteamericanos guardan esas tradiciones muy profundamente y son extremadamente respetuosos con cualquier insignia representativa de su país o de cualquier otro. En aquella ocasión querían conocer exactamente cual era la bandera española que ondeó en lo que hoy es su patria y no para vituperarla u ofenderla, sino para respetarla como respetan la suya propia, como respetan a los héroes extranjeros que a su lado combatieron contra los ingleses ayudándoles a alcanzar su independencia como país.
También hemos contemplado la estatua de Bernardo Gálvez, héroe de la toma de Penzacola a los ingleses que España regaló a los Estados Unidos y que fue entregada por nuestro rey en persona pudiéndose admirar hoy día en una plaza de Washington. (véase mi artículo El héroe de Macharaviaya http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-heroe-de-macharaviaya.html ).
Para un pueblo que apenas tiene historia, su Historia es valiosísima, para otros, cuya historia, por perderse en lo más profundo de los siglos, nos abruma, parece que nos avergüenza mostrar lo que a todos nos identifica: nuestra bandera.


Dibujo que acompañaba al informe de la Real Academia

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