viernes, 26 de diciembre de 2014

¿UNA LEYENDA HISTÓRICA?




Hace unos meses llegó a mis manos un libretillo en el que se compendiaban una treintena de leyendas cordobesas que fui leyendo poco a poco, encontrándolas a casi todas interesantes, aunque bastante escasas de contenido.
Pero alguna sí que estaba bien informada y ofrecía una visión de la leyenda que resultaba amena e instructiva.
Esto le sucedía a una que se titulaba Leyenda de los Comendadores de Córdoba y que empezaba diciendo que estaba basada en un hecho histórico ocurrido en aquella ciudad, a mediados del siglo XV, concretamente en 1448.
El hecho de que una leyenda se base en un hecho histórico contrastado le da, a mi entender, mucha más fuerza, pues al ser un suceso real, la imaginación lo puede haber coloreado en sus formas, pero su fondo será el que la historia haya documentado.
Habla esta narración de un personaje de existencia contrastada, don Fernando Alfonso de Córdoba que, fallecido en 1478, está sepultado en la capilla de San Antonio Abad, en la Mezquita Catedral de Córdoba.
Uno de los caballeros más importantes de la ciudad de Córdoba, contaba entre los Veinticuatro, cargo equivalente a lo que en la actualidad sería un concejal del ayuntamiento y que existía solamente en algunos municipios importantes de Andalucía.
Indudablemente emparentado con el que luego se conocería como el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, su antecesor, Fernando Alfonso también supo lo que era gozar de la amistad del rey Juan II de Castilla, padre de Isabel la Católica. Se ve que los Trastamara tuvieron debilidad por los Córdoba.
Fernando Alfonso estaba casado con doña Beatriz de Hinestrosa, dama bastante más joven que él y que a su lozanía añadía una belleza poco común, además de una simpatía y dulzura de carácter que la hacían verdaderamente adorable.
El matrimonio era la envidia de Córdoba pues a la inmensa riqueza del marido, se unía el amor inquebrantable que se profesaban. Sin embargo, pesaba sobre la pareja el hecho de no haber tenido hijos que perpetuaran su dicha.
Fracasados  cuantos intentos de brujos y curanderos prometieron conseguirle la deseada descendencia, el matrimonio optó por dejar toda actividad cortesana y retirarse a sus propiedades con la intención de realizar una vida alejada de las perturbaciones y ajetreos que pudieran turbarles el ánimo y dedicarse por entero el uno al otro.
Al conocer el rey que el caballero se alejaba de su lado, le regaló un bellísimo anillo como prueba de amistad, reconocimiento de gratitud hacia los servicios prestados por el cordobés y como recuerdo del tiempo que habían pasado juntos.
Tal era el amor de Fernando por su esposa que el anillo terminó entre las posesiones de Beatriz, como prueba más que evidente del amor que por ella sentía.
Poco tiempo después, recibieron la visita de los primos del caballero que a su vez eran hermanos gemelos llamados Fernando y Jorge de Córdoba y Solier que además, eran hermanos del obispo de Córdoba y caballeros de la Orden de Calatrava, una de las cuatro órdenes militares españolas.
Los dos caballeros eran jóvenes y apuestos, y tan iguales que ni siquiera sus padres tenía facilidad para distinguirlos.
La vida en la casa señorial del matrimonio cambió y se sucedieron fiestas y celebraciones en honor de los calatravos, en las que Beatriz brillaba siempre con luz propia.
El caballero Jorge comenzó a sentir una incontrolable pasión por Beatriz, de la que se enamoró perdidamente, siendo consciente de que nunca tendría ni siquiera la posibilidad de declararle sus sentimientos, pero el destino es azaroso y quiso que el ayuntamiento de la ciudad tuviese absoluta necesidad de hacer una importantísima petición al rey y quien mejor que el Veinticuatro Fernando Alfonso, amigo personal del monarca, para exponerla.
En contra de su voluntad, pero acuciado por el cumplimiento del deber, el caballero partió hacia la corte, en aquellos momentos en Valladolid, donde las gestiones cortesanas se complicaron de tal manera que impedían al caballero volver a Córdoba junto a su querida esposa, la cual le escribía encendidas cartas de amor, único consuelo a la soledad que en las frías tierras castellanas sentía el cordobés.
Pasaron hasta tres meses y las cartas de Beatriz se fueron distanciando en el tiempo así como bajando de la inflamación amorosa que tuvieron, lo que llenó al caballero de un notable desasosiego que alcanzó su máxima expresión cuando recibió una corta misiva de unos de sus criados más fieles en la que le conminaba a regresar a Córdoba lo antes posible.
Estaba decidido a volver pero sus gestiones no habían culminado y no era oportuno dejar a medias una tan importante negociación, cuando el mismo rey estaba en ella inmerso y así, resignado, contempló un día cómo aparecía en la corte su primo el calatravo Jorge que acudía también a una entrevista con el rey.
Aquel encuentro fue balsámico para el caballero, pues le permitió tener noticias certeras del estado de su querida esposa a la que Jorge alabó y ensalzó por demás.
Mantuvo Jorge su real entrevista y regresó a Córdoba de inmediato, mientras el rey mandaba llamar de urgencia al caballero cordobés.
Visiblemente enojado le recriminó que aquel anillo que con tanto afecto le había regalado, luciera ahora en un dedo de su primo, el calatravo, acción que consideraba una afrenta hacia su regia persona.
Fernando Alfonso no sabía de cierto a qué se estaba refiriendo el rey y así se lo hizo saber, a la vez que empezó a comprender la situación por la que estaba pasando aun cuando la había ignorado hasta ese momento en que comprendió que si había perdido la joya que su esposa guardaba, también había perdido su honra.
De hinojos, casi sin poder hablar, solicito de su rey permiso para retirarse a su tierra a recuperar anillo y honor.
A revientacaballo, regresó a Córdoba, donde halló a una Beatriz más encantadora y enamorada que nunca, tanto así que empezó a dudar de sus propias convicciones, creyéndolas una mala pasada de las casualidades.
Pero su fiel criado le devolvió a la realidad y le explicó, con todo género de detalles que Beatriz y Jorge eran amantes y que su propio lecho había sido mancillado en innumerables ocasiones, mientras el otro gemelo, Fernando, hacía lo propio con la prima de la señora que era su dama de confianza.
La leyenda continúa con el desenlace de estos hechos que se produce tras una supuesta partida nocturna de caza en la que el caballero Veinticuatro invita a sus primos que, por supuesto, declinan el ofrecimiento, para reunirse tan pronto como el caballero se marcha, con sus amantes, con las que cenaron y bailaron, mientras el caballero, sigilosamente se introducía en la vivienda a través del jardín, para sorprender a la adúltera en el lecho conyugal, matando a ambos y al otro gemelo que acudió a los gritos, así como a la prima de su fallecida esposa.
La leyenda sigue diciendo que no pararon ahí las muertes y cuantos tuvieron alguna intervención en aquella felonía y conocieron de su deshonra sin denunciarlo, encontraron la muerte.
Cumplida su venganza, Fernando Alfonso desapareció con su leal criado, tratando del olvidar la tremenda desgracia que le había acaecido.


Recreación imaginaria de la muerte de los amantes

Cuando llegué a este punto de la lectura, sabía, estaba completamente seguro de que la historia no era original. Yo había leído algo muy similar a lo que la leyenda cordobesa narraba, pero no sabía bien qué era.
Estuve pensando en eso durante varios días, hasta que empecé a hacer memoria y centrar en qué libro podía haber leído una narración similar a aquella y de pronto me acordé.
Era yo muy joven cuando compré, en el Círculo de Lectores, una recopilación de cuentos de Las mil y una noches, una de las obras más eróticas que en aquellos tiempos se podían leer y que me dejó boquiabierto.
El libro tiene más de mil páginas y está entre mis libros más antiguos, así que lo cogí y sopesándolo, me propuse encontrar aquel pasaje entre tantas páginas.
Afortunadamente no tuve que buscar mucho, es más, no tuve que buscar nada porque la historia que yo no conseguía recordar es el punto de partida del libro.
Schahriar y Schahzaman, eran dos hermanos, reyes cada uno en su reino, en donde gobernaban con justicia, recibiendo el cariño de sus pueblos.
Cierto día Schahzaman deseó a visitar a su hermano y emprendió viaje, pero al llegar la noche recordó que no ha cogido el regalo que quería hacerle y volvió solo a palacio, encontrando a su esposa en el lecho abrazada a un esclavo negro.
Sacando  su alfanje y acometiéndoles, los dejó muerto sobre los tapices de la cama matrimonial y continuó su viaje.
Su hermano el rey Schahriar se alegró mucho de verlo, pero lo encontró triste y abatido, preguntándole cual era la causa de tanta tristeza, a lo que su hermano no quería contestar.
Para distraerle, Schahriar, le propuso ir de caza, pero su hermano no aceptó, por lo que fue solo a la cacería.
No bien hubo marchado su hermano, el rey, Schahzaman se asomó por una ventana al jardín de palacio, en donde vio aparecer a su cuñada, la reina, acompañada de veinte esclavos y veinte esclavas. La reina llamó a un esclavo negro que acudió hasta ella, abrazándose y gozándose, momento en que los demás esclavos y esclavas comenzaron a hacer lo mismo.
Schahzaman recobró la alegría con aquella visión, pues era mucho peor que lo ocurrido a él. Contó a su hermano lo que había visto, pero este no quiso creerlo, por lo que montó otra partida de caza, para volver a palacio y esconderse en las alcobas de su hermano, desde donde pudo comprobar la veracidad de cuanto le había contado.
La visión que se contemplaba desde aquella ventana hizo que la razón se ausentase de la cabeza del monarca.
Abandonando el palacio vagaron sin rumbo…
Las mil y una noches es una compilación de cuentos orientales, cuya lectura recomiendo encarecidamente y que yo mismo voy a abordar de nuevo, pues me ha traído gratos recuerdos de muchas horas deliciosas sumergido en ese mágico ambiente oriental. Fue realizada en el siglo IX, por tanto muy anterior a la “histórica” leyenda cordobesa.

Si entre ambas narraciones se ha hallado similitud, júzguese la originalidad de la supuesta leyenda cordobesa, y no se pierda de vista que fue precisamente Córdoba, la capital del Califato, la ciudad por la que la cultura oriental entró en Europa.

1 comentario: