viernes, 27 de marzo de 2015

EL PRÍNCIPE DE ANDORRA





No; no me estoy refiriendo al miserable, digo honorable, señor Pujol, ni a ninguno de sus brillantes vástagos que, cualquiera de ellos, por poder político y económico, bien pudiera haberse convertido en rey del diminuto país encerrado en los Pirineos. Al menos allí tenían dinero como para aspirar a un nombramiento semejante.
No; tampoco me estoy refiriendo a los co-príncipes del país, el obispo de la Seo de Urgel y el presidente de la República Francesa. Me estoy refiriendo al rey de Andorra, Boris I, que reinó en 1934, aunque solamente fueron trece días y en unas circunstancias tan chuscas que merecen la pena contarlas ya que para muchos de nosotros han sido totalmente desconocidas.
El Principado de Andorra es un país soberano situado en los Pirineos y que está rodeado por España y por Francia. Tiene poco más de cuatrocientos cincuenta kilómetros cuadrados, más pequeño que algunos municipios peninsulares y actualmente su población total no llega a los ochenta mil habitantes; su altitud media es de casi dos mil metros sobre el nivel del mar y conjuga maravillosos valles con cumbres puntiagudas y estaciones de esquí; carece de fuerzas armadas y tiene encomendada su defensa, caso de que alguien ose atacarlo, a España y Francia. Su idioma es el catalán, aunque también se habla español y francés.
Desde tiempo inmemorial ha sido una tierra extremadamente pobre que conseguía subsistir de la ganadería y del producto de los bosques, pero con la Segunda Guerra Mundial y con la circunstancia de que años antes se había declarado paraíso fiscal, su auge se disparó, lo que unido al contrabando y al comercio, reflotó la economía andorrana.
Fue como consecuencia de convertirse en paraíso fiscal la razón por la que viene hoy a estas páginas.
Corría el año 1933 y en España estábamos en pleno desarrollo republicano, lo que quiere decir que si no se prestaban muchas atenciones al propio país, como parece que ocurría en aquellos tiempos, difícil sería prestarle atención a Andorra, cuando al pequeño enclave llegó quien decía ser un noble ruso a quien la revolución bolchevique había dejado sin patria y llevaba quince años dando vueltas por Europa, tratando de ubicarse y dedicándose a cualquier cosa que le reportara beneficios, sobre todo a las estafas y la caza de millonarias, campo en el que tenía un considerable éxito.
Este individuo se llamaba Boris Skossyreff y había nacido en 1896 en la ciudad de Vilna, la capital del actual estado de Lituania, entonces también estado independiente y tras la revolución de 1917, estado federado en la URSS.
En su deambular europeo y por su condición de ruso, llegó a trabajar para la inteligencia británica, como traductor, pero unos meses después fue expulsado de Gran Bretaña como consecuencias de unas estafas con cheques falsos que había protagonizado. No obstante, su paso por el espionaje británico le proporcionó contactos en círculos importantes en donde el refinado personaje, que se hacía pasar por noble, conoció a una joven norteamericana llamada Florence Marmon, a la que puso a trabajar como secretaria, aunque era poseedora de una gran fortuna.
Así las cosas, Europa empieza a prepararse para una gran guerra que todos los analistas aprecian en el horizonte, cuando la pareja Boris-Florence llega a Andorra, un principado similar a Mónaco, Liechtenstein, San Marino o Luxemburgo, pero infinitamente más pobre, donde apenas hay carreteras y en donde sus habitantes están encerrados en sus “parroquias” con ignorancia total del mundo que se mueve a su alrededor.
El aristocrático Boris, con sus trajes de última moda y de buen corte, su aristocrático monóculo, su elegante bastón con empuñadura de plata, su dominio de los idiomas y su abrillantada cabellera, que además se acompaña de su bella secretaria, cautiva a los pastores y agricultores andorranos, prometiéndoles que él traerá a aquellos valle perdidos, toda la prosperidad de que se disfruta en Francia, Italia o Gran Bretaña.

Fotografía de Boris Skossyref

Se establece en la población de Santa Coloma, una pequeña localidad próxima a Andorra la Vieja, en una casa que desde entonces se la conoce como casa de los rusos, desde donde comienza sus contactos con todos los sectores sociales del país.
Para conseguir que Andorra despegase social y económicamente lo más importante era hacer del país un paraíso fiscal, a semejanza de los otros principados europeos, pero para conseguirlo, exige que lo nombren rey del país.
Con algún despliegue de fondos con los que animar los escuálidos bolsillos andorranos, la labia característica de un embaucador y la ambición que a su lado hiciera crecer en las mentes de algunos de los consejeros del país, Boris intenta que el Consejo General, por mediación de uno de los consejeros, Pere Torras, captado hábilmente por el ruso, acepte su proposición y someta a votación su coronación como príncipe, pero el Consejo es contundente en esta ocasión y no solamente se niega a coronarlo, sino que le advierte que no se inmiscuya en asuntos políticos de los valles y que en caso de reincidencia se solicitará de la autoridad que se apliquen sanciones. El veintidós de mayo, recibió la orden tajante de expulsión del territorio andorrano.
No obstante, el ruso no se dio por vencido y marchó a la Seo de Urgel, hospedándose en un hotel e iniciando una campaña mediática, en la que se presentaba como duque, nombrado por la reina de Holanda, cosa que era falsa y concediendo entrevistas a numerosos periódicos de Europa y América, dándose a conocer de esta forma a todo el mundo.
En el colmo de su delirio, publicó una Constitución Andorrana de diecisiete artículos, de los que imprimió diez mil ejemplares que hizo repartir por todo el país. En esa constitución declara que Andorra será un paraíso fiscal, pero además establece las libertades de que gozarán sus habitantes, la modernización de todo su estado, las inversiones extranjeras y otros avances que encandilaron a los andorranos.
Uno de los ejemplares llegó a manos del obispo de Urgel, Justí Guitart y Vilardebó, que al leerlo montó en cólera.
Lo cierto es que en ese momento Andorra era tan pobre que no había ni carreteras, ni emisoras de radio, ni llegaba periódico alguno y que pasaba gran parte de los inviernos completamente aislada del resto del mundo, así que es comprensible que la desesperación anidase entre los consejeros que, ante las promesas que el aristócrata ruso les hacía y la explicación de la forma en la que los iba a sacar de su ancestral pobreza, conquistó el ánimo del Síndico General, el cargo más representativo dentro del país, el cual convocó nuevamente al Consejo General que se reunió el domingo, siete de julio de 1934, en donde el ruso explicó la forma en que lo iba a sacar de la miseria si era investido príncipe del país.
Los consejeros eran veinticuatro y entre la labia del ruso, las promesas hechas a Torras y la presión que ejerciera el síndico, consiguió convencerlos, menos a uno que permaneció firme ante lo que consideraba un despropósito; pero la mayoría aplastante  votaron a favor y el Consejo aceptó el nombramiento de Skossyreff como príncipe de Andorra, que reinaría con el nombre de Boris I.
En vista del éxito de su gestión, acompañado de un pequeño grupo de colaboradores entre los que se encontraban su amante y el consejero Torras, el reciente príncipe andorrano se estableció en la Fonda Calóns, del pueblecito de Sant Juliá de Lòria situado al sur del principado y muy próximo a la frontera española.
No he conseguido averiguar qué consejero se opuso a su nombramiento con tanto tesón, pero no sería muy complicado de averiguar si tuviera acceso a las actas del Consejo General, en donde estará reflejado su nombre.
El disidente se había puesto en contacto con las autoridades francesas, que no sintieron preocupación alguna, lo mismo que las españolas, parte de las cuales se frotarían las manos solo de pensar que a la Iglesia se le arrebataba el poder sobre el principado.
 En vista de su fracaso, el disidente se encaminó a la Seo de Urgel y se entrevistó con monseñor Guitart, el cual, ya calentito por las cosas que estaban ocurriendo, decidió invadir Andorra y restablecer el orden.
Y lo hizo. Lo hizo con cuatro guardias civiles y un sargento que se presentaron en la Fonda Calóns y cogiendo al ruso por las hombreras y el fondillo del pantalón, lo pusieron de patitas en España.
Era el veintiuno de julio, un día negro en la historia del pequeño país pirenaico que sufrió la más grave invasión militar de su dilatada historia, vio como era destronado su novísimo príncipe y pisoteados sus derechos constitucionales recién adquiridos, sin que ninguno de los ciudadanos hiciera nada por impedirlo.
Y así terminaron los delirios monárquicos de aquel ruso embaucador que terminó exilado en Portugal, donde se le perdió la pista para siempre, hasta que un periodista portugués recibió la información de que había fallecido y que estaba enterrado en Alemania.


Fotografía de la tumba de Boris I

1 comentario:

  1. Bonita y desconocida historia! No podía faltar la Guardia Civil!! Un abrazo amigo José María.

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