viernes, 6 de marzo de 2015

EL PODER DE UNA CUCHARA





Cuando los años nos van colocando a la cabeza del escalafón familiar, se nos va concediendo una situación de privilegio dentro de la familia. Importan nuestras opiniones, piden nuestros consejos y nos agasajan como ya nosotros habíamos hecho con nuestros mayores.
Pero éramos muchos más felices cuando ellos vivían y nosotros estábamos parapetados detrás, en la segunda o tercera línea de fuego. Cuando se nos van, se van también nuestras referencias, perdemos aquel contacto cálido con el pasado que tanta falta nos hace. Ya no tenemos quien nos cuente qué pasó en la familia cuando éramos pequeños, cómo se vivieron aquellos tiempos cuando aún no habíamos nacido.
Mi tío Luís era mi referente en materias relacionadas con la República y con la Guerra Civil, porque mi padre nunca habló de eso y la familia de mi madre lo había pasado tan mal con un padre republicano radical y masón, en el lado de los alzados, constantemente en peligro de que se lo llevaran a la tapia del cementerio que todo esfuerzo era poco para olvidar aquel calvario.
Quizás mi padre callaba porque en su forma de pensar, había perdido la guerra estando en el lado ganador y mi tío, en la suya, la había ganado estando en el bando perdedor.
A toda costa había que evitar que entre ellos hablaran de aquel pasado porque mi tío, el ganador, había estado en el frente, con el ejército de la República, mientras mi padre, el perdedor, no había cogido un fusil y a pesar de que lo movilizaron desde el principio, no pasó de Sevilla, donde lo destinaron a automovilismo.
Habían tenido papeles cambiados y a los dos afectó aquella circunstancia. Habían vivido dos guerras bien distintas y cualquier conversación acaba en discusión airada y a gritos.
Mi tío Luís había estudiado bachiller en su Palencia natal y luego se hizo maestro de escuela, mediante aquello que me parece se llamaba examen de grado.
En eso fue llamado a filas y realizó el servicio militar como alférez de complemento, dada su condición de maestro, pero al terminar la mili, decidió que ni el ejército ni la docencia eran lo suyo y empezó a prepararse para ingresar en el cuerpo de maquinistas de la Marina.
En esas se produce el alzamiento militar de julio del 36 y a él lo coge en Madrid. Inmediatamente lo movilizan y pasa destinado al V Cuerpo de Ejército, el del famoso general Líster.
Mi tío era de derechas y aquello no le hizo ninguna gracia, pero pensando, como pensaban muchos en aquellos momentos, que la guerra iba a durar poco, ocultó su condición de oficial de complemento y como soldado raso, lo mandaron a las trincheras.
Estuvo en el V Ejército toda la guerra y participó en las batallas del Guadarrama y en el frente de Teruel, lo hirieron varias veces y aún conservaba trozos de metralla que me hacía tocar a través de la piel para que viera que aquello que me contaba era verdad.
Y lo era, porque yo palpaba unos bultos, como garbanzos duros, clavados entre la carne y la piel.
“Antes estaban mucho más adentro, pero el cuerpo las va expulsando”, me decía y yo lo creía a pies juntillas.
Ya estaba la guerra dando las últimas boqueadas y mi tío, repuesto de las heridas, que no debieron ser demasiado graves, estaba otra vez en las trincheras cuando un mañana se le acercó un cabo y le dijo que el comandante de su batallón quería verlo.


El general Enrique Líster

Quizás pensara, por un instante, que el comandante le iba a dar un permiso por su buen comportamiento, pero aquel pensamiento efímero se le disolvió en el aire cuando entró al despacho y observó sobre la mesa un expediente en el que había cosida con una grapa una fotografía suya vistiendo el uniforme de alférez.
¿Qué por qué no había dicho que era un oficial, cuando la República estaba tan escasa de mandos?
Primero porque nadie le preguntó nunca nada y segundo porque creyó que aquello de la mili no servía para la guerra de verdad.
La verdad era de lo que se iba a enterar él, por traidor a la causa. Al calabozo y preparado para consejo de guerra. Consejo de guerra que ya sabía cómo iba a terminar: frente al pelotón de fusilamiento, que en tiempos de guerra ningún bando se andaba con tonterías.
Varias semanas estuvo encerrado en una especie de jaula de la que era fácil escapar, pero no tenía a donde ir, así que mejor quedarse allí, que por lo menos le daban de comer.
Pero la fortuna le sonrió. Bueno, le sonrió de momento. El ejército de Franco tomó las posiciones donde él estaba preso y pasó de un bando a otro, claro que entre los alzados lo recibieron como oficial del ejército de la República y por tanto, nuevamente al calabozo, aunque de éste ya no era tan fácil escapar.
Ante la comisión que vio su caso, mi tío se expresó con más miedo que vergüenza, pero diciendo la verdad. Él era de los de “Arriba España”, que lo movilizaron porque estaba en Madrid, pero que nunca quiso ni aceptó la causa republicana y buena prueba era que nunca dijo que era oficial de complemento y que por eso los republicanos lo iban a fusilar: por traidor a la República.
Pero ahora lo iban a fusilar los otros.
Alguien, con sentido común, debió advertir que la historia que contaba aquel soldado, o alférez, o lo que fuera, tenía sentido y después de algunos meses en la cárcel, lo pusieron en libertad, con todas sus responsabilidades extinguidas y libre de hacer lo que quisiera.
Tan libre debió quedar que suscribió las primeras oposiciones que se convocaron que no fueron otras que al Cuerpo General de Policía.
Sí, mi tío terminó siendo policía. De aquellos de chaqueta y corbata, gabardina y sombrero y placa detrás de la solapa y digo yo que no habrían visto mucha peligrosidad en él cuando lo dejaron ingresar en una cosa tan delicada como la Policía de la época.
En buena parte por él, ingresé yo en la Policía. Me entusiasmaban sus historias cuando me refería su estancia en Barcelona y cómo se luchaba contra los pistoleros anarquistas de la época: el Sabater, el Facerías, el Orive y otros cuyos nombres no recuerdo.
Pero de todas las historias que mi tío me contaba cuando era pequeño, hay una que me gustaba sobre las demás. Era la historia de la cuchara.
Él vivía en Madrid, concretamente en una pensión por las inmediaciones de la calle Barquillo. La dueña, doña “Guadita”, abreviatura de Guadalupe, viuda de un sargento que murió en la guerra de África, debía tenerle mucho afecto, porque cuando mi tío recibió la orden de movilización, le dijo: “Mira, Luisito, yo sé lo que es ir a la guerra y también lo que es perder un marido, allí todo va a ser duro, pero lo más duro de todo es el hambre que vas a pasar. No te puedo dar mucho, pero toma esta navaja que además tiene un tenedor y una cuchara. Átatela al cinto y no la pierdas. Tener una cuchara da mucho poder, ya lo verás”.



Y lo vio y además bien pronto. El ejército republicano carecía de todo y aparte de algunas botas que repartieron entre los primeros que llegaron, unas mantas y por supuesto las armas, poco utillaje más entregaron a los recién incorporados que sentados en el suelo, por grupos, esperaban que se sirvieran los ranchos devanándose los sesos sobre la forma de comerlo y esperando que no fuera muy caldoso.
Y es que los más intuitivos habían “fabricado” unas cucharas con corteza de pan duro, ahuecada y dejada secar durante días, pero si el rancho era "caldoso", como siempre solía ser, aquella improvisada herramienta no llegaba más allá que a la tercera o cuarta cucharada, mientras mi tío, con su magnífica, aunque pequeña cuchara metálica, comía y comía, ante la envidia de todos.
Yo no me creía que los soldados no tuvieran cuchara, pero él me lo aseguraba con tal rotundidad que no me quedaba más remedio que creerle. Después de algunas semanas movilizados, los más ingeniosos se habían provisto de cosas imprescindibles, como un peine para los piojos, alguna cuchara y otras cosas así, pero los que eran de lejos tuvieron que optar por tallar cucharas de madera o fabricarlas con latas de conserva que a veces repartían entre la tropa.
Quizás otros ejércitos estaban mejor avituallados, pero el de mi tío tenía esas carencias básicas, claro que viendo la pinta que tenía su general es fácil imaginar las carencias.
Por tener una cuchara lo eligieron representante de su pelotón y gracias a la cuchara, que podía alquilar a buen precio o prestarla por un paquete de tabaco, soportó mejor las calamidades del momento.
Yo le preguntaba si cuando alquilaba o prestaba la cuchara no temía que se la quitaran y siempre me respondía que no era fácil que nadie intentara quedársela después de haber hecho uso de ella, pues él se sentaba a espaldas del afortunado que la estaba usando y con el fusil apoyado en las rodillas.
Estaba decidido a recuperar la cuchara a costa de lo que fuera.
¡Qué lista era la señora “Guadita”!

Mi tío conservó su amistad siempre y cada vez que pasaba por Madrid, iba a visitarla.

3 comentarios:

  1. Me ha encantado y espero que del baúl de tus recuerdos saques mas historias de tu infancia, que a los que ya somos mayores nos hace recordar la nuestra.

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  2. Importe:nunca te quedes sin algo q t pueda ayudar a ti o a otros

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