jueves, 12 de marzo de 2015

JUICIOS TENGAS





Se dice como una maldición gitana y es verdad: Juicios tengas y los ganes; porque un juicio, cualquier clase de juicio es, en sí mismo, una ruina. Aunque lo ganes, ya antes de empezar todo el pleito, habías perdido.
Perdido el tiempo, perdida la paciencia, perdida la fe en la justicia y en el valor de la verdad y gastado dinero para no recuperar nada. Todo son pérdidas cuando te enzarzas en un pleito en el que la única parte que va a ganar es la del abogado. Los demás, pierden todos.
La ley es inflexible, pero la justicia es maleable. Un axioma que tiene de verdad lo que yo tengo de cura. La Ley, en sí misma, no existe. La hemos creado a nuestro entender y mejor conveniencia, con ese colmo de soberbia y egolatría que nos caracteriza.
Lo único que se parece a una ley y que funciona, es lo que se ha dado en llamar Ley Natural, aquella en la que priman los instintos, el grande se come al chico y el macho alfa se beneficia a todas las hembras que puede. Lo demás, todo son pamemas. Y los humanos, que por repugnarnos aquellas normas de obligado cumplimiento que imponía la naturaleza, empezamos a apartarnos de ellas y a crear otras a las que llamamos civilizadas, comenzamos a hundirnos en el cenagal de la injusticia.
Hace ya unos años, bastantes, un conocido mío que detentaba un cargo político de cierta envergadura me contó una anécdota en la que él fue protagonista.
Como consecuencia de las gestiones que desde su cargo se proponía iniciar, contó con un gran gabinete de expertos en cierta rama del derecho, el mejor y más brillante de España, al que se dirigió en solicitud de un informe jurídico en el que se viera claramente, apoyado en cuantos preceptos legales se pudiera, que la intención del político en aquel asunto estaba perfectamente recogida en el cuerpo jurídico. Vamos, que entraba dentro de la legalidad.
El titular de aquel gabinete de abogados expertos escuchó atentamente al político, tomó notas sobre cuales eran sus deseos, recogió la documentación que éste le entregaba y lo emplazó para dentro de un mes, plazo en el que el informe estaría listo.
No se habló en aquella reunión de dinero porque el político ya sabía que aquello le iba a costar tres millones de pesetas (no había euros todavía).
Al cabo del mes, se presenta nuevamente el político en el despacho del experto jurista y éste le entrega un informe perfectamente encuadernado, con más de cien folios pulcramente mecanografiados a dos caras, plagado de citas jurídicas y en triplicado ejemplar.
El político, que de aquello no tenía ni la más ligera idea, ojeó el informe y lo sopesó. Tres kilos, calculó al sopesar el informe, así que a millón por kilo. No estaba mal el precio, si el informe le permitía acometer aquella acción (imagino que urbanística) que le quitaba el sueño, pero una duda lo asaltó de pronto.
¿Qué pasaría si tuviera necesidad de tener un informe completamente contradictorio con aquel que sostenía en sus manos?
El experto jurista ni siquiera se inmutó ante la pregunta: Tres millones y lo tiene usted igualmente documentado y en el mismo plazo de tiempo.
¿Dónde está la justicia? ¿Dónde la legalidad? ¿Y la ética?
Nada de eso existe en la realidad. La verdad absoluta no existe. Tiene por lo menos tres caras: mi verdad, tu verdad y la verdad de otros.
Llevar al ánimo del juzgador la duda razonable es la mejor defensa y a veces, la única, porque desde que alguien en la Grecia clásica inventó la figura del “abogado”, la verdad tiene varios caminos.
En la colina de Ares, al aire libre, celebraban los griegos sus juicios y lo hacían a la intemperie porque ya pensaban que juzgador y juzgado no podían estar bajo un mismo techo.
Allí, acompañado de un orador, lo más experto que se pudiera uno costear, trataban los ciudadanos de convencer al juez de su razón o de su inocencia. Normalmente el orador solía conformarse con muy poco, un trabajillo, una invitación y poco más, hasta que apareció un personaje que puso precio real a su trabajo. Este fue el orador Antisoaes, allá por el siglo VI antes de nuestra era; el primero que en el campo de Ares, el Areópago, puso precio a sus servicios y desde entonces, si queremos salir bien parados de algún pleito, mejor será que vayamos buscando a uno de los seguidores de Antisoaes, porque los que son gratis, los de oficio, al final saldrán más caros. Luego, los jueces, los procuradores, los peritos y todos los que intervienen en la administración de la justicia, pusieron el cazo y todos a cobrar.
Un buen orador que se prestara a representar a un ciudadano en juicio, no tenía otra cosa que hacer que crear dudas, cuantas más y más extrañas, mejor, con tal de conseguir crear una confusión de tal envergadura, como la que formó Protágoras un siglo más tarde.
Era éste un personaje de gran calado social y político; amigo de Sócrates y de Pericles, aparece ampliamente reflejado en los Diálogos de Platón, pero la razón por la que viene a estas páginas es por su habilidad como polemista, como orador y como retórico, disciplinas en las que destacaba y en las que era maestro de numerosos alumnos.

Busto de Protágoras

Pertenecía a la escuela “sofista”, palabra que en griego quiere decir algo así como perseguidores de la sabiduría, aunque su prima hermana “sofisma” quiere decir todo lo contrario.
Protágoras, que se ganaba la vida enseñando, tenía entre sus alumnos a un tal Euathlos, un joven brillante pero de escasos recursos económicos que cierto día llegó a su maestro diciéndole que lo sentía mucho, pero que no podía seguir recibiendo clases, porque ya no tenía dinero para pagarle.
El maestro se compadeció del su alumno, al que auguraba un brillante porvenir como orador y estableció con el una especie de contrato, un pacto entre caballeros, sellado con un apretón de manos que tenía tanta validez como el contrato más perfectamente redactado y que consistía en que el alumno seguiría recibiendo las clases y le pagaría con el dinero que percibiera en el primer juicio que ganara.
Maestro y alumno continuaron las clases pero Euathlos no se decidía a presentarse a defender su primer juicio, aduciendo siempre que no estaba suficientemente preparado.
Harto de que pasaran los meses sin cobrar, Protágoras decidió denunciar ante el juez la situación a la que le estaba conduciendo su discípulo y para eso se hizo el siguiente planteamiento.
Si ganaba el juicio, el juez condenaría a su alumno a abonarle las cantidades que le debía, con lo que cobraría su deuda. Si por el contrario, ganaba su alumno, se encontraría ante su primer juicio ganado, por lo que en virtud del contrato sellado entre ellos, tendría que pagarle igualmente la cantidad adeudada.
En cualquiera de los dos casos, según su planteamiento, ganaría
Sin embargo, Euathlos, se hacía un planteamiento similar, aunque diametralmente opuesto. Si ganaba el juicio, el juez condenaría a su profesor y no tendría que pagarle nada, pues la sentencia le daría la razón; si por el contrario, lo perdía, el contrato entre ellos lo salvaguardaba de tener que pagar, pues no era sino hasta que ganase su primer juicio cuando tendría que abonar las clases.
Según su planteamiento, también ganaría pasara lo que pasara.
Esta controversia judicial se conoce como “Paradoja de la Corte” y desde que se planteó por primera vez en la Grecia clásica de hace veinticinco siglos, continúa en plena vigencia, sin que nadie ni nada haya aportado solución al problema.
¿Cuál de los dos “abogados” tenía razón? ¿De qué lado tendría que inclinarse la justicia?
La cosa no parece tan difícil. La razón tiene que estar solamente de una parte, el problema está en saber de cual.
Y la explicación, como no la tiene, es muy sencilla: de la parte que más empeño ponga en convencer al juzgador. O dicho de otra manera: del orador más hábil.

¿Qué tienen que ver la ley y la justicia con la oratoria? Pues a lo que parece tienen mucho que ver y es que la oratoria sirve para todo, pues mucho antes de que esta paradoja se presentara, ya había en el Ágora griega muchos personajes de dudosa honestidad que embaucaban al pueblo con sus pláticas y que por un dracma demostraban la existencia de los dioses y por otro, demostraban el razonamiento contrario, como el famoso jurista español de esta historia.

3 comentarios:

  1. Real como la vida misma amigo José María!!

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  2. Que buen articulo y cuanto enseña sobretodo a no olvidar el contenido.Gracias.ARoson

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