viernes, 21 de octubre de 2016

LA TIERRA DE MARÍA SANTÍSIMA



Aunque ahora nos parezca extraño, aunque creamos que la Virgen María no nació con el pecado original, ese que todos traemos a este mundo como una extraña e inmerecida lacra, lo cierto es que hasta el 8 de diciembre de 1854, día en el que el papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada, la Santísima Virgen había nacido, para la Iglesia Católica, exactamente igual que cualquiera otra persona en el mundo. Pero a partir de ese día todo cambió: María, por decisión pontificia, había nacido sin el pecado que todos traemos.
Ni siquiera su hijo se había librado de él y tuvo que ir al Jordán para que su primo Juan lo bautizara.
¡Qué manía de retorcerle el brazo a las cosas normales! ¿Qué necesidad hay de complicarlo todo para hacerlo menos creíble aun?
Ni siquiera sabemos con certeza que todos nazcamos con un pecado, cuando ya estamos indultando de esa injusta herencia a una persona en la que hacemos coincidir algunos misterios más, tan enrevesados de por sí que los sustentan exclusivamente la fe. La Iglesia define la fe como creen en algo que no se ve; y yo añadiría, ni se comprende.
Pero no fue siempre así, muy al contrario. Después de dieciocho siglos y medio, un buen día, el papa, al que indudablemente iluminó aquella jornada el Espíritu Santo, cedió por fin a la presión de buena parte de la cristiandad, fundamentalmente española, andaluza y más concretamente sevillana y declaró a María “sine labe concepta”.
Así es que llevamos solamente siglo y medio adorando a la Inmaculada, contra los más de dieciocho en que se la adoraba pero sin ese reconocimiento.
Curiosamente, desde aquel diciembre de 1854, pocas Inmaculadas se han pintado, esculpido o glosado y, sin embargo, qué enorme cantidad de cuadros, imágenes, prosa y poesía de Inmaculadas salieron de los pinceles, las gubias y las plumas más grandes de España en aquella época, en la que la inmaculada concepción de María, aún no tenía el respaldo dogmático.
Y es que España y más concretamente Sevilla, fueron los adalides del reconocimiento del nacimiento de María sin ninguna mancha, pues estaba destinada a ser la madre de Dios.
La veneración a la Virgen es consustancial al nacimiento y expansión del cristianismo, pero dentro de esa veneración, corrientes fuertemente encontradas, defendían con ardor la absoluta normalidad humana de María, contra la singularidad del “sin pecado concebida”.
Y entre los grandes defensores de esta segunda posición se encontraba España y más apasionadamente Andalucía y dentro de la región, con mucho más ardor, Sevilla.
La historia data de cuando la ciudad del Betis era la capital financiera, económica y social de España, cuando controlaba el oro y la plata de las Indias y cuando decidía qué y quién se embarcaba y qué y quién se quedaba en tierra.
Al menos desde el siglo XIII, Sevilla se ha decantado por venerar a la Virgen Inmaculada y desde el cincel de los escultores, hasta la pluma o el pincel de escritores y pintores, se han explayado en ensalzar el mito concepcionista.
Los gremios, las romerías, las fiestas y las cofradías, tenían por patrona a la Virgen Inmaculada, sobre todo, con la llegada del Renacimiento.
Pero un buen día de septiembre de 1613, el prior del convento dominico sevillano “Regina Angelorum”, el padre Diego Molina, en la fiesta dedicada a la natividad de María, de la que, por cierto, se ignora completamente qué día fue, se le ocurrió, desde el púlpito de su iglesia y en pleno sermón, manifestar sus dudas sobre la concepción inmaculada de la Virgen.
No lo decía este prior dominico al buen tuntún, que era una opinión muy meditada y basada en los grandes “padres de la Iglesia”, entre ellos el siempre admirado Tomás de Aquino.
La polémica saltó de inmediato y el pueblo llano que, sin dogma, había venerado desde muchos años atrás a la Virgen Inmaculada, estalló de ira contra el dominico, posiblemente incitado por una hermandad de penitencia llamada del Santo Crucifijo e Inmaculada Concepción, que precisamente tenía su sede en aquel convento, en la actual calle Regina, muy cerca del palacio de Dueñas.
Inmediatamente se encontraron las posiciones de los dominicos, haciendo causa común con su prior y los franciscanos y jesuitas que lideraban la facción contraria, a la que el pueblo llano era mucho más adepto.
Este enfrentamiento religioso no siembre fue pacífico pues de cuando en cuando saltaban conatos o meros altercados, protagonizados por los más enfervorecidos defensores de una y otra postura.
Las clases más pudientes, las nobiliarias, los asentadores a Indias, comerciantes y gran parte del clero, estaban a favor de la Inmaculada; las clases más desfavorecidas no consideraban necesario purificar más a una Virgen que ya de por sí gozaba de todos los atributos para su adoración.
Pero los pudientes emprendieron una campaña en la que se hacía publicidad con los pocos medios que en la época se conocían y que era encargando cuadros y más cuadros a los pintores más afamados, Murillo, Velázquez, Zurbarán, El Greco, Rubens, por citar a los más importantes.
Encargando imágenes y esculturas a los más prestigiosos imagineros como Martínez Montañés, Pedro Roldán y su hija, Luisa “La Roldana”, Juan de Mesa, Alonso de Mena y otros muchos.
Poemas y letrillas a las plumas más fértiles, Lope de Vega o Góngora, entre otros.
Por entonces, la Iglesia dictaba ciertas normas que debían observar las tallas o los cuadros, en orden a reconocer inmediatamente las pinturas e imágenes de Inmaculadas, como era el pintar siempre a la Virgen con una túnica blanca y una capa o manto azul.
Los textos bíblicos pusieron el resto de la composición: la mujer joven, hermosa, revestida de rayos de sol, rodeada de estrellas y pisando una media Luna, completaron el canon, aunque a veces, la Luna se convierte en serpiente.
Con esos colores se identificaron numerosos pintores y escultores, pero algunos, menos sumisos, no dejaron de pintar estas vestimentas en otros colores, como el rojo, el negro y el verde.
El arzobispo de Sevilla, don Pedro de Castro, en el mes de julio de 1615, envió a Roma, una delegación formada por dos franciscanos, un canónigo de la Catedral y un representante del movimiento cofrade, que llevaban por misión conseguir de la curia apostólica que desautorizase a los dominicos, reafirmara la doctrina de la Inmaculada y sobre todo, conseguir que el papa declarase el dogma de fe al respecto.
Pero la Santa Sede no se dejó convencer fácilmente y pasaron casi dos años y medio para que diese una respuesta que alegró enormemente a los sevillanos y andaluces en general, pero que no llegó a contentarlos del todo.

La Inmaculada de Rubens, que no sigue el canon de colores

Dos años más tarde, en 1619, Felipe III, rey muy católico, envió a Antonio Trejo, un franciscano obispo de Cartagena, a que se entrevistase con el papa Pablo V y le explicase, además del enfrentamiento existente entre las posturas de distintas órdenes religiosas, o entre los propios obispos y arzobispos,  o las universidades y las autoridades civiles, cómo buena parte del pueblo había interpretado la pugna entre una y otra creencia y se estaba llevando la situación a un límite cismático.
El silencio pontificio se impuso de nuevo. No era necesaria la decisión papal para zanjar el asunto.
El nerviosismo que empezaba a contagiar a la sociedad española, impulsó a Felipe IV a emprender una nueva embajada, esta vez con el duque de Alburquerque, que acompañado por un teólogo franciscano llamado José Vázquez, se entrevistaron con Gregorio XV, para exponer las mismas ideas que ya se habían expresado a sus antecesores.
La intervención real en estas dos ocasiones da idea del profundo calado que tenía el tema en toda la sociedad española y la preocupación por aquella situación, que se podría ir de las manos en cualquier momento.
En vista de que la autoridad pontificia no se definía, la iglesia española, con la anuencia de los poderes laicos, proclamó, en 1644, que la festividad de la Inmaculada, era fiesta de precepto.
Sorprende la insistencia con la que estado e iglesia se confabulan con las masas sociales en orden a conseguir una cosa tan etérea como innecesaria. Cómo se lucha y con qué ardor, por conseguir un reconocimiento oficialista que no desmerecía en nada la situación anterior, cuando la situación política y económica del país más poderoso del mundo, se estaba yendo al garete.
Reyes que no querían saber nada de los asuntos de estado, los cuales dejaban en manos de sus validos, agarran la bandera del sin pecado concebida y hacen de ella su único fin en la vida.
Pero eso carece de importancia a los fines de este artículo que trata de poner en relieve cómo un movimiento ciudadano, nacido en Sevilla, se fue abriendo camino insistentemente hasta conseguir, más de dos siglos después, que la cristiandad pudiera venerar, por fin, a una María Inmaculada.

¡Eso era lo realmente importante y por eso mi querida Andalucía es la “Tierra de María Santísima”!

7 comentarios:

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    1. Siento que mi comentario no haya sido digno de este foro y pido disculpas si en algo ha ofendido a alguien, aunque esa nunca haya sido mi intención y no sea consciente de ello. Un abrazo.

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  2. Querido José Maria, una vez mas un brillantisimo articulo que engloba dos vertientes, la puramente hstorica, con una importante investigación detras y la del analisis sociologico sobre esta "Tierra de Maria Santisima", de la me considero hijo, siquiera de adpción, haciendo mia la frase de mi admirado Cantante-Poeta Carlos Cano, que dijo aquello de que "los Andaluces nacemos donde nos da la gana" y ello por que en esta Tierra he vivivido mas de la mitad de mi vida y tengo hijos que son de ella por derecho propio de nacimiento.

    Solo dos apostillas:

    Una, ojalá nuestra Tierra fuera tan decidida y habil para tener mas presencia en la actualidad en España.

    Otra, a ver si tras tanto Doctorado otorgado con mucha alegria, la Universidad de Cadiz sigue tu trabajo y se acuerda de que existe y tiene a su dispocición el Doctorado "Honoris Causa" pues , estoy seguro que tu tarbajo de investigacion historica desarrollado en el tiempo, supera con creces alguna que otra Tesis "de andar por casa" que ha merecido un Doctorado "Cum laude".

    Mi enhorabuena y todo mi afecto, con un fuerte abrazo Compañero.

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  3. Leo despues de publicar mi comentario el que publica, Anonimo.

    Sin el mas minimo animo de polémica pero como el dice, no teniendo mas remedio que "entrar al trapo" (expresion de origen taurino que seguro, en partes de nuestra España actual, no cae muy bien) debo decirle que lo que uno opina o dice, en mi modesta opinion, debe firmarse y en segundo lugar que, a mi juicio, el valor del artículo de José Maria no radica en las opiniones teologicas que obviamente pueden estar connotadas de las propias creencias, que yo, como no puede ser do otra forma, respeto, sino del acumulo de datos historicos producto de un encomiable trabajo de investigación que, con independencia de que cada uno extraiga de ellos la conclusión que crea oportuna, constituye la verdadera labor del historiador, aunque este, en pleno uso de su derecho tambien opine lo que crea conveniente.


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    1. Respeto la opinión de todos, y tengo en muy alta estima a Jose Maria, al cual siempre tendre una consideración especial. El hecho de preservar mi identidad es una opción que este foro me permite con lo que considero que es un derecho y no una falta de respeto a nadie. Nunca he negado el trabajo y la calidad de Jose Maria como historiador, y no he pretendido criticarlo, simplemente exponer lo que es solo un argumento diferente que viene a colación. Este foro es privado y por lo tanto yo solo un invitado y no tengo ningún derecho (que tampoco reclamo). Siento que mi aportación no haya sido digna de esta pagina y repito mis disculpas si mi opinión en algo a ofendido a alguien, pero como diría Galileo " y si embargo se mueve". Un abrazo.

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  4. Eppur si muove o E pur si muove

    Estimado Sr. Anónimo: No soy yo quien esté faculatado para aceptar o rechazar sus disculpas sobre tema en que, desde la mas respetuosa discrepancia con Vd., solo estoy afectado en mi vertiente de amigo y compañero de José Maria y por supuesto, ferviente admirador de su trayectoria investigadora de la Historia, no obstante, no puedo reprimir, insisto, desde el respeto, el hacerle unas breves puntualizaciones.

    Respecto de entender como un derecho el mantener su anonimato, dadas las caractericticas de este foro, en principio, coincido con Vd. pero en mi opinión que expreso y asumo con mi identidad publicamente, debo decirle que cuando se va a criticar, que realmente es lo que usted hace en su comentario, pretendiendo demostrar unos conocimientos superiores a la persona criticada y aun mas si, como usted dice, se la tiene en alta estima; nobleza obliga, se identifica uno y se firma la critica o tesis contraraia que se mantiene. Asi lo estimo yo, como un deber moral del que critica a alguien amigo y como un derecho, tambien moral, del criticado, otra forma de proceder, en la modesta opinión de quien esto escribe, tendria otras adjetivaciones muy distintas a la de haber hecho uso de un derecho subjetivo.

    Respecto de su "disculpa", permitame decirle que la conocida frase de Galileo, que usted reproduce y que el pronunció tras haber abjurado delante del Tribunal de la Inquisición,convierte en vana la misma pues usted, que parece ser persona culta, sabe perfectamente que lo que Galileo pretendio decir es que mantenia las mismas opiniones y teorias que le habian llevado ante el Tribunal a pesar de haberse retractado en el aspecto formal para eludir una segura condena.

    Afortnadamente ni estamos ante un Tribunal inquisitorial, ni yo considero a mi querido amigo José Maria persona intolerante y dogmatica que no acepte la discusión o el dialogo cuando este se le hace de una forma frontal noble y desprovista de maldad, por tanto, si su critica reune estos requuisitos, permitame, con todo el repeto que me merece, aconsejarle que critique y debata todo aquello que crea conveniente pero, acepteme que le diga que lo haga de frente y desde la hidalguia que, estoy seguro, le caracteriza.

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  5. Muy interesante y lo de que en España se considero a la Virgen Inmaculada antes que se decretara dogma de fé, es muy cierto y la devoción a Ella también, sobretodo los marinos a la Virgen del Carmen y los que en algún momento hemos sufrido un temporal navegando la hemos invocado seguro.

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