viernes, 2 de diciembre de 2016

LAS DUEÑAS DE ZAMORA



Mi primer destino como Comisario fue la histórica ciudad de Zamora. Allí pasé tres años disfrutando del destino más agradable que tuve a lo largo de mi vida profesional.
Amigos, charlas, historia, románico y gastronomía. ¡Menudo coctel se me presentó como venido del cielo!
Allí conocí a un compañero, docto aficionado a la historia con el que sigo manteniendo una estrecha amistad y que me enseñó muchísimas cosas de las ásperas tierras zamoranas.
Hace unos meses, llegó a mis manos un estudio bastante serio sobre un convento de la capital, el de las Dueñas y como es natural, de inmediato me puse en contacto con mi amigo y tocayo.
Como también es natural, él conocía perfectamente dicho convento, en donde yo mismo había comprado los exquisitos dulces que fabrican las monjas. Me contó una historia que el documento que yo había encontrado corroboraba perfectamente.
Hace ya unas décadas, mi amigo quiso hacer una investigación en los archivos del mencionado convento, para lo que se valió de sus influencias y consiguió que el obispado le diera una carta de presentación para la madre superiora de las Dueñas a fin de que ésta le permitiese la entrada a sus archivos y la investigación que se proponía llevar a cabo.
Con el salvoconducto obispal, mi amigo se dirigió una fría mañana, muy ufano, al convento de Las Dueñas, al otro lado del Duero, en el llamado barrio de San Frontis. Tras el protocolario acto de presentación, llegó la superiora a la que le fue entregada la carta del obispo.
La respuesta de la superiora dejó a mi amigo como hecho de piedra: Muy bien, pero el señor obispo no tiene ninguna autoridad en este convento.
Sentenció la madre, a la vez que alargaba la carta, devolviéndosela a mi amigo. Sorpresa, incredulidad, estupefacción, fueron sus naturales reacciones.
¿Cómo es posible que el obispo, la máxima autoridad de la diócesis, no tuviera potestad en aquel convento?
Eso era algo que ya aclararía, de momento era necesario camelar a la abadesa para que, de todas formas, le permitiera realizar su investigación. Pocas cosas hay que mi amigo no sea capaz de conseguir con la palabra y en aquella ocasión, aunque la abadesa se le resistió un poco, terminó permitiendo que realizara su investigación.
Era un archivo completamente virgen del que emergieron infinidad de datos que pasaron a engrosar la ya dilatada historia zamorana. Pero eso, evidentemente, es también otra historia.
La que ocupa este artículo está unida a la exagerada religiosidad que presentaba la sociedad castellana a principios del siglo XIII, hasta el punto que las órdenes religiosas empezaron a abandonar sus enclaves monásticos de los medios rurales aislados, en donde los monjes vivían observando estrictamente las normas de las distintas órdenes religiosas, pero que en casi todas se circunscribían a pobreza, ayuno, castidad y oración, para trasladarse a las ciudades. Se abandona el sentimiento de pobreza y se sustituye por la prédica y la mendicidad, acercándose a los más necesitados que suelen estar en los núcleos urbanos. Surgen así las órdenes mendicantes, representadas principalmente por franciscanos y dominicos.
A principios de ese mismo siglo XIII, llegó a Zamora Domingo de Guzmán, que con el tiempo sería conocido como Santo Domingo, fundador de la orden de los dominicos, quizás la que más fuerza ha tenido dentro de la Iglesia y a la que han pertenecido personajes tan relevantes como Santo Tomás de Aquino o San Alberto Magno. Domingo se alojó en casa de una tía, María de Guzmán. La intención que le había llevado hasta allí era abrir un convento de la orden que había creado, a orillas del Padre Duero.
El primer convento que había fundado era un monasterio femenino, en Francia, y a semejanza de aquél, quería hacerlo en Zamora.
Su tía y otra dama de la que se sabe se llamaba Sancha, se apuntan a la obra fundadora y ceden algunas posesiones con el fin de acoger a un grupo de mujeres, viudas en su mayoría, con las que se funda el Monasterio de Santa María de las Dueñas, bajo la disciplina de la orden de los dominicos y las reglas monacales de San Agustín.
Dueñas era el término que se daba a las monjas, o beatas, que vivían en comunidad y que solían ser mujeres de cierta posición social, muchas veces viudas de caballeros o ricos-hombres, que a la muerte del esposo no deseaban contraer nuevas nupcias; aunque también había otras a las que la viudedad no les había dejado nada más que el estatus social y telarañas en la alacena, por lo que recurrían al convento como medio de subsistencia.
Hacia mediados de siglo, las instalaciones que en principio se cedieron y que estaban en el interior de las murallas, se habían quedado pequeñas y se trasladaron fuera de la ciudad, al otro lado del río, a un amplio edificio adquirido por dos damas zamoranas, madre e hija. En aquel lugar, con las consiguientes reformas y adaptaciones, permaneció el convento durante siglos, hasta que en el pasado XIX se trasladaron al que aún ocupan y que en principio iba a ser un palacete que un hombre rico cedió a las monjas cuando estaba en muy avanzado estado de construcción.

Aspecto actual del convento de Las Dueñas

Surgió así lo que se podría clasificar como uno de los escasos conventos que respeta las llamadas reglas de San Agustín, pero bajo el manto exclusivamente dominico, orden religiosa que se había creado por Bula del papa Honorio III, en 1216 y en la que se reconocía su dependencia total del pontífice, quedando muy de soslayo la obediencia que debieran a los obispos y otros prelados; y así, las monjas de Las Dueñas, se resistían a acatar ninguna autoridad, ni episcopal, ni laica.
En el centro de Europa había surgido un movimiento similar al de las Dueñas. Eran las beguinas, mitad monjas, mitad laicas, que formaban comunidades de  mujeres de todas las clases sociales que optaban por recluirse en conventos y monasterios sin normas estrictas, como alternativa al matrimonio o la clausura. Sobrevivían de su trabajo como maestras, enfermeras, costureras, bordadoras, pasteleras y, sobre todo, de las múltiples herencias y donaciones que recibían y que pronto la Iglesia interpretó que, de alguna manera, eran escamoteos que se hacían a lo que podría ser su propio patrimonio.
Así que el convento de las Dueñas optó por la ecléctica solución de ceder al obispado de Zamora los diezmos y primicias, a cambio de no tener ninguna otra dependencia del poder episcopal.
En aquella época ocupaba la poltrona diocesana un obispo llamado don Suero Pérez de Velasco, muy allegado al rey Alfonso X, guardián del sello real y designado directamente por el rey. Quiere decir esto que era uno de los obispos más influyentes y poderosos del panorama que presentaba en esos momentos el reino de León.
Descontento con el cariz que iban tomando los acontecimientos, respecto de aquellas monjas que no acataban su autoridad, giró una visita al convento, por otra parte a escasos metros del palacio episcopal, aunque para llegar hasta el debiera cruzar el Duero.
Se hizo acompañar el tal don Suero del abad de Moreruela, convento de la orden cisterciense y el de Valparaíso, fundado por Fernando III, El Santo, que había nacido en aquel lugar (Peleas de Arriba), los dos conventos más importantes de la provincia.
Llegados al convento de las Dueñas, reúnen a todas en capítulo e imaginamos que llegarían amenazas y otras lisuras, por parte de los “pater eclesiastaes”, conminando a las díscolas monjas a volver al redil de la obediencia.
No debió terminar muy bien aquella reunión, porque don Suero aceptó que dos de las monjas más críticas con su postura, doña Gimena Rodríguez y doña Marina Roderici (posiblemente madre e hija), tomaran la dirección del convento, pensando que quizás volvieran a la obediencia. Pero no fue así.
Persistieron en su postura y no comparecieron cuando fueron citadas a dar explicaciones.
Mientras, recibían a sus “colegas” dominicos en sus celdas, se negaban a los rezos, salían del convento solas y no respetaban las horas, nombre que reciben en los monasterios los rezos que tenían lugar a lo largo de todo el día y de la noche.
El obispo, don Suero, quiso escarmentar a aquella comunidad y se personó nuevamente en el convento, comenzando a interrogar a las monjas, muchas de las cuales reconocieron que era verdad todo lo que se decía de ella, pero otras no solo no asumieron la autoridad del obispo, sino que se marcharon con sus amantes.
Tuvo que intervenir ante el Papa, entonces Honorio IV, la máxima autoridad de la orden dominica, quejándose del acoso que el obispo ejercía sobre un convento que no estaba bajo su autoridad.
Lo cierto es que el papa llamó al obispo don Suero para que en el plazo de cuatro meses se presentara ante él, en el Vaticano, orden que don Suero no pudo cumplir porque en ese período le sobrevino la muerte.
El convento siguió funcionando a su aire y sin acatar otra autoridad que la de su orden y, al parecer, y por lo que mi amigo me contó, así sigue siendo hoy día, porque lo primero que la abadesa le dijo y eso debe ser como el estandarte que tienden, es que “aquí el obispo no manda nada”.

La muerte súbita de don Suero se debió, probablemente, al berrinche que debió coger el obispo más poderoso del reino, cuando pudo comprobar que aquellas monjas, díscolas y pecadoras, tenían más poder que él.

2 comentarios:

  1. Creo que quedan cuatro dueñas, ahora monjas.
    ¿Quién hará los dulces?
    Un abrazo.

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