viernes, 12 de abril de 2019

CAMPOAMOR, TESTIGO PRESENCIAL





No me estoy refiriendo al escritor Ramón de Campoamor y Campoosorio, autor de bellísimas y románticas poesías que en nuestra juventud aprendíamos de memoria, sino a otra Campoamor, más reciente y de la que se habla mucho en estos reivindicativos tiempos: a doña Clara.
Luchadora impenitente y verdadera madre del sufragio femenino que comenzó a colocar a la mujer en el lugar que verdaderamente le corresponde.
No me gusta escribir de política porque cada hecho, cada acto, tiene una interpretación según la manera de pensar de las personas; me gusta la historia porque es terca y por mucho que se la intente manipular, al final sale a relucir la verdad.
Por eso, aunque el personaje de hoy salió a la luz pública en el mundo de la política, es un personaje real de nuestra reciente historia.
De modistilla en el barrio de Malasaña por imposición cruel de la vida, a política de primer nivel, en un país en donde una mujer podía ser reina, pero no titular de un derecho tan esencial como el del sufragio.
Tenía Clara treinta y tres años, cuando en 1921, decide continuar aquellos estudios que la vida le había truncado y se matricula de bachillerato, compaginándolo con su trabajo, entonces como auxiliar de telégrafos y profesora de taquigrafía.
Dos años más tarde ya es bachiller y se matricula en la universidad, cursando estudios de derecho, en los que se licencia años más tarde. Abre un despacho en Madrid y empieza a crearse un nombre en el mundo de la abogacía y pasado un año ya es tan conocida que incluso se permite rechazar un cargo que le ofrece el dictador Primo de Rivera en su gobierno.
Años más tarde se declara ya abiertamente republicana integrándose en el partido Acción Republicana y con la proclamación del 14 de abril del 31, comienza a alcanzar la máxima popularidad, aunque después abandona su partido y se une a los radicales de Lerroux.

Recorte de prensa resaltando la noticia

En las primeras elecciones de la República, en las que las mujeres no pueden votar, pero si ser elegidas, obtiene acta de diputado.
Forma parte de la Comisión Constitucional, es nombrada delegada en la Asamblea de la Sociedad de Naciones y comienza su lucha para lograr el voto femenino.
La historia ya la conocemos, la he repetido para dejar bien claro el matiz republicano, la formación jurídica y el sentido común de esta notable mujer, pero la intención de este artículo va mucho más allá.
Un periodista, polémico donde los haya, que entrevistaba a Carlos Herrera, le preguntó si a Franco no había que exhumarlo del cerebro de los españoles y Herrera le respondió de inmediato: Sí, sobre todo del cerebro de los de izquierdas. Bueno, más o menos así.
Y es que de unos años a esta parte se ha desatado todo un tsunami mediático para convertir algo que a nadie había importado, en materia de primera necesidad nacional.
Y todo se inicia hace ya unos años con la ley de memoria histórica, a la que yo me niego a escribir con mayúsculas, porque esa ley no resiste ni siquiera un leve destello de la Historia.
Como en el futbol se quieren ganar en los despachos los partidos que se pierden en el campo y eso es lo que la susodicha ley quiere hacer, presentando como buenos, muy buenos a todos los que estaban del lado de la República y malos, muy malos a los sublevados.
Pues bien, estoy leyendo un libro, altamente recomendable, cuya autora es precisamente la titular de este artículo, doña Clara Campoamor y se llama “La revolución española vista por una republicana”.

Portada del libro

Desde el comienzo del libro, por cierto amenísimo, se entrevé el pensamiento de Campoamor. Comienza por analizar las causas por las que los insurgentes se alzan contra un Estado de Derecho, contra un gobierno nacido de una consulta popular totalmente legal y democrática celebrada en febrero de 1936.
Su análisis no tiene una sola fisura y explica lo que ella vivía como protagonista, en primera línea de aquella sociedad española a la que los líderes de izquierda y derecha prometían cosas que no podían llevar a cabo.
Tras el triunfo de la izquierda, republicanos socialistas y comunistas se ven obligados a formar bloque con los anarquistas, el verdadero núcleo duro y que empezaron a imponer sus programas que los no ácratas no conseguían detener. Se rompió así la continuidad política con los gobiernos anteriores y empezaron a radicalizarse las posturas, a encarnizarse las relaciones entre unos y otros y todos con los de derecha. En fin, una imposible armonía absolutamente necesaria para gobernar ya que el llamado “frente obrero” imponía unas exigencias cuyo cumplimiento se alejaba tanto de las posibilidades del gobierno que éste alargaba las cuestiones lo indecible, ante el incremento del nerviosismo y la agresividad de los otros.
Huelgas interminables asolaron Madrid en donde los del frente obrero iban a comer a hoteles y restaurantes, negándose a pagar las facturas y amenazando a los dueños, mientras que sus mujeres hacían lo mismo con sus compras, acompañadas de fornidos hombres que hacían ostentación de los revólveres que portaban en el cinto.
Se cortó, por averías, el suministro de agua a las casas y el Ayuntamiento, incapaz de arreglarlo optó por repartir agua en grandes cubas que circulaban por las calles. Mas tarde las huelgas empezaron a paralizar toda la ciudad, en donde los ascensores dejaron de funcionar por sabotaje de los obreros de las empresas del ramo, lo que produjo el confinamiento de miles de personas que eran incapaces de bajar las escaleras y a eso había que añadir las cinco o seis bombas que diariamente colocaban los huelguistas en los edificios en construcción, haciéndolos saltar por los aires.
Amnistía para todos los presos de revoluciones anteriores, reposición obligatoria en sus antiguos puestos de trabajo y otras exigencias inadmisibles. El gobierno ya es incapaz de mantener un mínimo de orden público y la agitación y la violencia se trasladan a las zonas agrarias, donde los campesinos revolucionarios iniciaron ataques contra los que no pensaban como ellos y, sobre todo, contra los patronos: ocupación de tierras, palizas, incendios de edificios religiosos y civiles, extorsiones, bandolerismo al estilo del siglo XIX, matanzas de gente de derecha, etc.
Haciendo correr el bulo de que las señoras católicas y los sacerdotes distribuían caramelos envenenados entre los niños, se desató una histeria colectiva que produjo incendio de iglesias y conventos, matanzas de religiosos, señoras católicas y algún vendedor de caramelos. Una verdadera locura.
La delación se impone y por no pagar una deuda se acusa de fascista. Las tapias de la Casa de Campo y la Pradera de San Isidro amanecen cada día llena de cadáveres amontonados. Se imponen los famosos “paseos”, seguidos de un tiro en la nuca.
La propia Campoamor hace un recuento de los primeros tres meses de gobierno del Frente Popular que estremece: centenares de incendios de edificios, laicos y religiosos, a veces con sus moradores dentro; más de setecientos atentados con setenta y dos muertes… y un gobierno incapaz de tomar una decisión contra tamaño disparate.
Ocurre entonces lo irremediable y es que la derecha fascista no sigue dispuesta a dejarse matar sin tomar protección o venganza y aunque eran muy pocos, sin siquiera representación parlamentaria, se enfrentan a los que los están acribillando a balazos y así se llega hasta el asesinato del teniente Castillo y del líder de la derecha Calvo Sotelo, un peso previo al alzamiento militar.
Cuando Campoamor dedica un capítulo entero a este último asesinato, lo hace desde el conocimiento y la frialdad de un análisis que produce escalofríos y lo cuenta ella como testigo presencial y de excepción, pues no cabe duda de que era conocedora de datos que a la mayoría escapaban.
Ella misma se pregunta si al gobierno le sorprende la sublevación militar, cuando desde hace mucho tiempo ha estado sordo y ciego a sus preparativos, es incapaz de reaccionar y lo único que hace es entregar armas a las organizaciones políticas.
Alaba la determinación con la que el pueblo hace frente a los ejércitos sublevados en ciudades como Madrid y Barcelona, pero critica que el gobierno de la República no gobernara ni fuera capaz de detener la entrega de armas y describe a Azaña como un prisionero de los socialistas.
España giraba más y más a la izquierda y las milicias populares, fuertemente armadas no se sometían a ninguna disciplina, actuaban a su aire y fueron las que dirigieron en Madrid el asalto a los cuarteles sublevados, hasta que los sitiados izaron la bandera blanca de la rendición. Se les había prometido respetar sus vidas, pero no fue así y fueron todos fusilados y sus cuerpos amontonados en el patio de los cuarteles, poniendo de manifiesto la falta de mesura por ambos bandos.
Leyendo a Clara Campoamor se comprende fácilmente que algo tenía que pasar, que la situación por la que se atravesaba era de todo punto insostenible y que en el horizonte había solamente tres opciones: la instalación de una república comunista libertaria, auspiciada por los anarco-sindicalistas, o caer bajo la egida de la Rusia bolchevique.
La tercera opción fue la sublevación militar. ¿Hubiésemos preferido cualquiera de las otras dos?
No se lo contó nadie, ni lo leyó en los libros de historia manipulados por los sectarismos. A lo sumo lo pudo leer en la prensa del día, el diario de sesiones del Congreso o en las caras de las gentes por la calle.

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