viernes, 26 de abril de 2019

UN TRIBUTO HISTÓRICO





Hace unos días, un amigo me prestó un libro sobre curiosidades escondidas de la historia, con un título ciertamente atractivo: Eso no estaba en mi libro de Historia de España.
El libro analiza una docena de casos, algunos de los cuales ya habían sido objeto de atención por parte de este blog, hace ya varios años, como la victoria de Blas de Lezo sobre el almirante inglés Vernon en la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins, la Inquisición y sus tormentos, la expedición de la vacuna de Balmis, o el descubrimiento de las fuentes del Nilo por el jesuita español Pedro Páez Jaramillo, pero hay varios más, todos muy bien documentados que merecen la pena leer, como este del que voy a hablar y sobre el que ya tenía conocimiento por unos amigos navarros y alguna documentación, escasa.
La cuestión es que, en la actualidad, existe un pacto entre dos comarcas a ambos lados de los Pirineos navarros que se viene cumpliendo, documentalmente, desde 1376, como consecuencia del cual, los habitantes del lado francés tienen que pagar un tributo a los españoles consistente en tres vacas de la llamada raza pirenaica.
Aunque hay historiadores que dicen que este tributo es mucho más antiguo, remontándose a la ápoca de dominación romana, solo que hasta el siglo XIV se contemplaba como un acto consuetudinario y desde la fecha indicada, fue recogido por escrito a raíz de unos graves incidentes ocurridos entre los vecinos del valle del Roncal, en el lado navarro y los del valle de Baretous, del lado francés.
En aquel momento, todo el territorio pertenecía a la corona navarra, pero con el tiempo se deslindó y parte del territorio en conflicto quedó en Navarra y parte en Francia.
Entonces y ahora ambas comarcas eran casi exclusivamente ganaderas, aprovechando la bonanza de los pastos y las muchas fuentes que riegan los valles. Precisamente por el aprovechamiento de una de aquellas fuentes surgió una pelea entre Pierre Sansoler, de Baretous y Pedro Carrica, del Roncal. La brutalidad incontrolada de aquella difícil época hizo que la discusión terminara en tragedia y Carrica mató a Sansoler y se inició un conflicto entre las dos comarcas que ensangrentó el lugar.
Los vecinos de Sansoler tomaron venganza y su primo, junto con un amigo, fueron a la casa de Carrica y al no encontrarlo, pues estaría en el monte con sus tareas de ganadero, mataron a su mujer, que estaba embarazada.
Como una reacción natural en la época, el asunto no podía quedar así y el roncalés con algunos acompañantes tan exaltados como él, fueron a la casa del primo  y lo encontraron junto con algunos amigos, lo que hace suponer que estaban esperando la visita. También estaba su mujer, con un hijo pequeño.
Carrica y su gente mataron al primo de Sansoler y a los acompañantes, pero respetaron la vida de la mujer y el niño.
Los franceses no dejaron pasar el asunto sin más derramamiento de sangre y en una emboscada mataron a varios ganaderos navarros que, según alguna documentación, pudieron ser veinticinco.
Tan teñido de sangre se volvió el asunto que la convivencia era imposible, pero también se dificultó la realización de los trabajos propios de la ganadería, por el temor de una acción de los del bando contrario.
No faltaron aventureros y hombres de fortuna que de uno y otro lado se allegasen en aquellas tierras para dar fortaleza y poderío a cada uno de los dos bando en conflicto que se organizaron como pequeños ejércitos.
Dicen las crónicas que a los franceses los dirigía un tal capitán Agote y a los navarros el capitán español Lucas López de Garde, seguramente un mercenario que acabó con la vida del francés.
Puede que la fantasía popular exacerbase la realidad, pues al capitán Agote lo describe como un individuo medio monstruoso, con cuatro orejas, pero también es posible que éste fuera un individuo perteneciente al reducido y autóctono grupo humano de los “agotes” , una minoría que presenta características morfológicas propias, excluida socialmente que vive aún a ambos lados de los Pirineos, desde Navarra hasta Huesca y de cuya existencia no se conoció hasta bien entrada la Edad Media.
Las relaciones se fueron enconando cada vez más, aglutinando a los pueblos desde los más cercanos a los más distantes de ambas regiones que, armados, se iban uniendo a las improvisadas huestes de uno y otro bando, hasta terminar en la batalla de Aguincea, donde murieron treinta y cinco navarros y casi doscientos franceses.
Tal proporción adquirió aquella lucha constante que el rey de Navarra, Carlos II, apodado “El Malo” y el vizconde de Foix, Gastón III, a cuyos dominios pertenecían el valle francés, vieron la urgente necesidad de poner fin a aquel asunto que tenía dos vertientes perfectamente definidas: por un lado estaba el fondo del mismo que era el aprovechamiento de las aguas y los pastos; por el otro, más grave, el enconamiento y el odio suscitado en ambas vertientes pirenaicas.
Y eligieron un fórmula civilizada como es la de proponer un organismo mediador, una especie de árbitro imparcial que llegando a la raíz del problema determinase culpabilidades y negociando entre las dos partes alcanzase un acuerdo que a todos satisficiera.
El “hombre bueno”, como entonces se llamaba a esta figura, fue el alcalde de Ansó, un pueblo de Huesca situado en el Pirineo, fronterizo con Navarra, que con otros cinco “hombres buenos” se reunieron en una iglesia del pueblo y estudiaron detenidamente el tema durante veinte días, en una especie de conclave del que no salieron hasta haber adoptado una decisión.
Debía de estar muy clara la mayor carga de culpabilidad en el conflicto, pues el fallo de aquel tribunal popular fue claramente favorable a los intereses navarros.
Cabe también la posibilidad de que el enfrentamiento entre un vizconde, no demasiado poderoso y un rey que reunía en sus manos todo el poder que en aquel momento se podía tener, inclinara favorablemente la balanza hacia los vecinos de el Roncal, los cuales, cada día 13 de julio, recibirían de los franceses un tributo consistente en tres vacas de la raza autóctona, de dos años de edad y sin daño en la cornamenta, la dentadura o las pieles, es decir, en perfecto estado de revista.
La decisión contentó a todos, o al menos los franceses se comprometieron a respetarla por “ciento et un aynnos”, formula que supone perpetuidad y de manera sorprendente, cada año, en el lugar estipulado por el dictamen de los “hombres buenos”, la “Piedra de San Martín”, los habitantes del valle francés de Baretous, encabezados por su alcalde, luciendo sus mejores galas y en comitiva festiva, se dirigen al lugar y hacen entrega del tributo, mientras van exclamando “pax avant, pax avant”.
Desde entonces, nunca ha dejado de cumplirse el tratado, si bien han habido varias vicisitudes a lo largo de los más de seiscientos años. Lo primero es que actualmente las vacas vuelven a Francia y los franceses pagan su valor en euros, cosa que ya habían hecho durante la Guerra de la Independencia, cuando no pudieron cumplir el compromiso de entregar las vacas.
En 1858 la Piedra de San Martin fue nominada como mojón 262 del nuevo trazado fronterizo entre ambos países y es allí donde se celebra el acto.

La famosa Piedra de San Martín


Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes impidieron la celebración del acto y cuando se pudo reanudar, los franceses entregaban cuatro vacas, en compensación, hasta que cubrieron el déficit producido.
El Tratado también tenía una parte compensatoria y era, como parece natural, acerca del aprovechamiento de los pastos y las aguas del lado navarro, estableciendo las fechas en que el ganado francés podía pastar en lado español y el uso que se daría a la fuente origen del conflicto, que se utilizaría solamente para consumo humano y para amasar pan.
En la actualidad es el tratado más antiguo de los que continúan vigente y con pleno cumplimiento, habiéndose convertido en toda una festividad muy celebrada entre los vecinos de ambos lados de la frontera y que concita una gran afluencia de público.
Como decía al principio, algunos historiadores y estudiosos de las viejas tradiciones han apuntado que el pacto por el que se entregaba tres vacas a cambio del aprovechamiento de pastos y aguas es mucho más antiguo y se remota nada menos que al siglo II antes de nuestra Era y que la verdadera causa por la que se inició el conflicto fue el incumplimiento de éste por el lado francés.
Un último detalle es que la comitiva francesa ataviada con traje de época y la bandera francesa cruzada en el pecho, luce descubiertas sus cabezas, mientras que los roncaleses, también con trajes de época, van cubiertos con sombreros y la bandera española no figura por ninguna parte.

Momento ceremonioso junto a la Piedra

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