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sábado, 30 de marzo de 2013

VIAJANDO CON SU ATAUD

Publicado el  1 de marzo de 2009




La primera vez que tuve conocimiento de una persona que era conocida como Pedrarias Dávila, no tuve muy claro a quien se estaba refiriendo, pues alguien que se llamase de esa manera me resultaba ciertamente desconocida. Para ser más concreto, en aquel, mi primer encuentro, lo que leí fue “Pedrerias Dávila”.
Como estaba con una historia de la conquista de América y la fundación de Panamá, comprendí de inmediato que no hacía referencia a una tienda de piedras preciosas cuyo dueño se llamase Dávila, como en principio hacía suponer.
Pedrerias, conforme fui profundizando en el tema, se convirtió en Pedrarias, verdadero nombre con el que fue conocido una persona importante en la conquista de Nicaragua y Panamá en el que ahondando, me pareció descubrir una historia interesante, digna de ser contada.
Allá por los mediados del siglo XV, en torno al año 1460, nació en la ciudad de Segovia un varón al que pusieron por nombre Pedro.
Era nieto de un judío converso, fundador de una de las más influyentes familias de aquel siglo, llamado Ysaque Benacar (por posible deformación del nombre Isaac), que renegó de su fe judía y se convirtió al catolicismo, adoptando el nombre de Diego Arias de Ávila y al que apodaban “El Viejo”.
Tuvo este converso tres hijos y una carrera meteórica, pues de la humildad de su cuna llegó a Contador Mayor del Reino, importantísimo cargo en las finanzas de la época. Su primogénito, Pedro Arias, nacido alrededor de 1430, cambió su segundo apellido por Dávila e inició una no menos fulgurante trayectoria, en parte por sus cualidades personales, en parte por el apoyo de su padre. Por sus condiciones militares y bravura en el combate, fue conocido como “El Valiente”, participando en innumerables batallas, primero junto a su Rey, Enrique IV de Castilla, y más tarde junto a su Reina, Isabel La Católica. Hacia 1450 contrajo matrimonio con María Ortiz de Cota y empezó a ser conocido como Pedrarias, contracción de su nombre: Pedro Arias.
Se sabe que tuvo varios hijos varones, el tercero de los cuales, al que antes hemos mencionado, recibió en el bautismo el mismo nombre de su progenitor y desde muy infante fue conocido como Pedrarias II, ya que en el escalafón, su padre ocupaba el primer puesto.


Grabado de Pedrarias Dávila II con coraza y yelmo

Fue educado en la carrera militar y junto a los Reyes Católicos, participó en la Guerra de Granada y con el Cardenal Cisneros en la toma de Orán y Bugía el 5 de enero de 1510, cuando ya ostentaba el grado de Coronel de Infantería.
A Pedrarias II se le apodaba “El Galán” y “El Justador”, por su pericia en torneos y justas y, desde luego, por la apostura de que hacía gala.
Por aquel tiempo, se decía en la corte: “Después de Isabel de Castilla, la Bobadilla”, en referencia a doña Beatriz de Bobadilla, marquesa de Moya, dama de confianza de la Reina Católica y sobre la que, al parecer, ejercía una gran influencia. Pues bien, con una sobrina de la Marquesa de Moya, llamada Isabel de Bobadilla, casó Pedrarias Dávila, viendo aumentada así su posición preferente en la corte, hasta el punto que el rey Fernando el Católico tuvo a bien nombrarle, en 1513, Gobernador de Castilla de Oro, nombre que los conquistadores habían dado a parte de la actual Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y algunas otras tierras centroamericanas. Tenía ya cincuenta y tantos años y una salud delicada.
Y es aquí, en la salud de este personaje en donde su historia se separa de las demás historias corrientes, convirtiendo al personaje en harto singular.
Buscando cuanta información hubiera de servirme a los fines de esta historia, he podido comprobar que existe cierta discrepancia con respecto a la edad del personaje cuando fue nombrado gobernador de Castilla de Oro. Se dice en algún lugar que contaba más de sesenta años y también se dice que murió con ochenta en el año 1531. De tener ochenta años en el día de su muerte, no podía haber nacido en torno a 1460, fecha que parece acertada según la documentación que he llegado a encontrar. Es probable que como quiera que usara nombres idénticos a su padre, algunos hechos que hayan servido para datar la vida del personaje, se hayan confundido con los del progenitor. Pero es asunto poco relevante a los fines de este relato.
No solamente había sido castigado en las batallas en las que había participado, sino que diversas enfermedades han hecho mella en él. Padece, de forma crónica, una dolencia que en aquella época, a falta de un diagnóstico más preciso y certero, se conocía como “Mal de Yjada”, que se caracterizaba por dolor en los ijares, que es el espacio blando entre las costillas y las caderas, que reciben el nombre científico de “hipocondrios”. Un dolor intenso, en esa zona podía significar un cólico nefrítico, biliar, apendicitis y un sin fin de afecciones del bazo, páncreas, estómago e intestinos, pero que a falta de una diagnosis, se englobaba todo en el genérico mal.
Pero también padeció Pedrarias otra dolencia mucho más importante, tanto que le dieron por muerto y dispuestos estaban a enterrarle cuando un criado, abrazado a su ataúd en señal de duelo, dijo haber escuchado ruidos dentro de la caja. Abrieron el féretro y encontraron a un Pedrarias vivo, sorprendido y desorientado por no saber dónde se encontraba ni cómo había llegado hasta allí.
Dice el eminente profesor Reverte Coma, especialista en medicina antropológica forense, en un estudio denominado “Biopatología de Pedrarias Dávila” que este personaje sufriría, posiblemente, un accidente vascular, imposible de diagnosticar en aquella época. Sin ningún ánimo de polemizar, en otro lugar encontré como causa posible que se le produjera una catalepsia, enfermedad del sistema nervioso que era conocida como la muerte aparente.
Es natural que la conmoción que el hecho produjo en los familiares fuese enorme, pero mucho mayor fue la que produjo en el pobre “difunto”, cuando se enteró de que estuvo a un tris de ser sepultado, con lo que su muerte hubiese sido real.
De tal manera condicionó su vida este hecho que cada año, por la misma fecha, se hacía encerrar en un féretro y decir por él una misa de “córpore in sepulto”, para que no se olvidara a nadie aquel episodio del que temía una repetición.
Tal obsesión le produjo aquello que desde entonces viajó siempre con un ataúd que unos dicen en miniatura y otros, de tamaño ajustado a su cuerpo y apropiado para abrir desde el interior, en caso de despertar y encontrarse enterrado. En sus aposentos, estuviese donde estuviese, era depositado el preciado ataúd.
Me imagino las sorpresas que iría produciendo por donde quiera que fuese, acompañado siempre de un ataúd.
Pues bien, con más de cincuenta años, con una esposa veinte años más joven, con el “Mal de Yjada” y con una grave dolencia neurológica, si fue catalepsia, o peor aún, una grave enfermedad vascular, como apunta el doctor Reverte, Pedrarias Dávila, parte para el Nuevo Mundo como gobernador de Castilla de Oro, en donde no le espera, precisamente, la paz paradisíaca de los trópicos, sino la cruel hostilidad de todos aquellos que se creen con derechos adquiridos que el nuevo gobernador viene a arrebatarle.
El 11 de abril de 1514, zarpó de Sanlúcar de Barrameda con una escuadra de veinte navíos y dos mil hombres, entre los que se encontraban algunos que luego alcanzarían renombrada fama en la conquista de tierras americanas, como Diego de Almagro que participó en la conquista de Perú y es considerado oficialmente como el descubridor de Chile, a donde llegó en un épico viaje a través del desierto de Atacama, el más árido del mundo; Hernando de Soto, conquistador de La Florida; el eclesiástico Hernando de Luque, nuestro paisano, natural de Olvera, convertido en defensor de los indios y otros muchos.
A lo que su salud arrastra y a la situación, incómoda donde las haya, que ha de encontrarse en las Américas, se ha de sumar todo lo que es inherente a aquellas latitudes: calor extremo y pegajoso, mosquitos, malaria, dengue y otras enfermedades, unidas a la modorra e inadaptación al clima.
Lo cierto es que a los ocho días, además de la actitud abiertamente hostil de todos los habitantes de Panamá, el problema que tiene planteado con Vasco Núñez de Balboa, su antecesor en el cargo y los problemas propios a la llegada a un nuevo y desconocido territorio, Pedrarias cae enfermo; gravemente enfermo.
A sus dificultades de salud ya descritas, se añade la “fiebre del trópico” y los médicos que lo atienden aconsejan evacuarlo lo antes posible a otro lugar menos inhóspito. Lo trasladan, de Santa María la Antigua, capital de Panamá, que fundó Núñez de Balboa, a un lugar llamado Caribari, en una isla del Caribe, en donde se le presenta una hemiplejía que viene a complicarlo todo. Este nuevo accidente cerebro-vascular, apunta en la misma dirección que aquella muerte aparente que tanto condicionó su vida.
Pero cuando lo normal de una situación así es que desemboque en la muerte, Pedrarias sale adelante, flaco y maltrecho; tullido del brazo izquierdo, cuya movilidad no volverá a recuperar, se incorpora a su puesto de Gobernador, donde se encuentra que su rival, Balboa, ha establecido muy buenas relaciones con su sustituto durante la enfermedad, el Obispo Quevedo, al que relega de inmediato. Para limar asperezas, ofrece a Balboa en matrimonio a su hija María de Peñalosa, que se encuentra en España y a donde envía al Obispo Quevedo para que la recoja y la lleve al Nuevo Mundo. Parece que las relaciones se normalizan, pero esa normalidad durará apenas dos años. El descubridor del Océano Pacífico no se conforma con un puesto de segundón y permanentemente está maquinando.
Como Pedrarias ve que sus capitanes no dan el cumplimiento deseado a las misiones que él les encomienda, decide tomar personalmente el mando y se adentra en el Istmo de Panamá con la intención de colonizarlo y crear ciudades. Así, en 1515, inicia la construcción de la ciudad de Acla, en la costa caribeña al noreste de Panamá. Esta ciudad estaba destinada a ser el inicio de un camino que uniera el Caribe con el Golfo de San Miguel, en el recién descubierto Pacífico. Pero al poco cae enfermo, nuevamente afectado por el Mal de Yjada y una llaga en la región genital que el doctor Reverte Coma, identifica con una de las muchas dolencias tropicales conocida como “Leishmaniasis”; enfermedad que se trasmite por la picadura de la hembra de una mosca que en la zona se conoce como “palomilla” y que en la actualidad sigue haciendo estragos, sobre todo en personas forasteras, no adaptadas al medio.
Pero Pedrarias se repone y continúa su saga colonial. El veinte de enero de 1519, ajusticia a Núñez de Balboa, acusándolo de conspirar contra la Corona y dejando viuda a su propia hija. Este episodio y otros de gran crueldad, le valen un nuevo apodo y a los de El Galán y El Justador, se une el de “Furor Domini” o Furia del Señor, que le puso el propio fray Bartolomé de las Casas.
Permanece en Panamá durante trece años, hasta 1526, en que el Emperador Carlos I lo envía a Nicaragua como Gobernador.
De entre las primeras cosas que resuelve es acabar con Francisco Hernández de Córdoba, conquistador de Nicaragua y fundador de las ciudades de Granada y León Viejo, esta última, capital del territorio.
Sufre entonces un ataque de “gota”, a la vez que periódicamente le acometen ataques de fiebres intermitentes y “poliartralgias”, dolor en todas las articulaciones que, según Reverte Coma, le dejan tullido durante largas temporadas en las que no puede ni andar, debiendo permanecer en cama o a lo sumo sentado.
Su carácter está mediatizado por las enfermedades y dolencias que padece y sus relaciones con todo el entorno son imposibles. Iracundo, despótico, cruel, inhumano, son algunos de los calificativos que su conducta merece.
Pedrarias, con un temperamento agriado, sin escrúpulos, lleno de miedos y pasiones, que ve traiciones en todo y en todos, manda prender a Hernández de Córdoba y ordena su decapitación. Su cabeza permanece durante cinco días clavada en una pica y su cuerpo expuesto en la ciudad de León, para ejemplo y escarmiento de todos, hasta que algunos de sus amigos consiguen que Pedrarias autorice su enterramiento, cosa que hacen en el atrio de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced.
Cinco años más tarde, en 1531, el propio Pedro Arias Dávila, Pedrarias Dávila, es enterrado junto a su enemigo.
Murió de “vejez y pasiones, además de las enfermedades que padecía” consta en la nota que el Alcalde Mayor de León, escribe a manera de certificado de defunción.

sábado, 30 de noviembre de 2013

PERÚ NO ERA EL PERÚ




El título de este artículo puede parecer enrevesado, quizás un juego de palabras, pero a lo largo de la exposición trataré de desentrañar el escaso misterio que pueda encerrar porque lo que conocemos como Perú, deformación del término Birú o Pirú no se refería, ni mucho menos, a los territorios que formaron el virreinato de Nueva Castilla, el antiguo imperio de los incas, conquistado por Pizarro, Almagro y Hernando de Luque.
La historia se remonta a la segunda década del siglo XVI, años antes de que estos conquistadores se lanzaran a la aventura del descubrimiento y conquista del reino de los incas. En aquel momento en el que apenas estaban consolidándose las posiciones en la llamada Tierra Firme, el rey Fernando el Católico, nombró a Pedro Arias Dávila, gobernador de Castilla de Oro, región que comprendía Nicaragua, Panamá y la parte norte de la actual Colombia.
El nuevo gobernador, conocido en la historia como Pedrarias Dávila, (recuérdese mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/viajando-con-su-ataud.html), llegó en el año 1514 con sus hombres a la región central del nuevo continente, con la misión de establecerse y colonizarlo.
Entre sus tropa figuraba un vasco llamado Pascual de Andagoya, un joven intrépido de poco menos de veinte años que destacaba por su entusiasmo y formación, lo que hizo que pronto prosperara entre las huestes y recibiera el encargo de fundar una ciudad al otro lado del istmo y así, en 1519 fundó la ciudad de Panamá, con cuatrocientos colonos que marchaban con la expedición.


Pascual de Andagoya

Pero Andagoya no se contentaba solamente con fundar ciudades y gobernarlas, su espíritu aventurero le hizo ponerse en marcha con un reducido contingente en dirección al sur, recorriendo el litoral colombiano del Pacífico.
Hacia 1522 se le nombró Visitador Indio de Castilla de Oro y con ese cargo y un grupo mejor formado de hombres de armas, empezó a explorar las tierras y litorales de Colombia. A sus expensas construyó unas naves y con ellas se hizo a la mar.
Recorriendo la costa del Pacífico encontraron un río navegable, cuyo cauce siguieron hasta encontrar una fuerte resistencia por parte de los indios, a los que tuvieron que enfrentarse y derrotarlos.
Para congraciarse con sus vencedores, el cacique se ofreció a ayudarles a explorar una vasta región conocida en la lengua indígena como “Chocó”  y que es buena parte del norte de la actual Colombia. Decía el cacique que unas tribus conocidas por ellos como de los territorios del Birú, situados más al sur, los acosaban llegándose por mar en canoas y causando muchos estragos entre su población.
Andagoya aceptó el ofrecimiento pero sus fuerzas eran escasas para continuar en campaña, por lo que una de sus naves volvió a Panamá para pedir refuerzos, mientras él y sus hombres se reponían en aquella tribu.
Con la llegada de los refuerzos, meses después y acompañados por una partida de exploradores indios, continuaron su viaje por el litoral, hasta llegar a un nuevo río que bautizaron con el nombre de San Juan, uno de los más importantes ríos de la región, que desemboca formando un delta turbulento en cuyas aguas zozobró la embarcación que Andagoya llevaba, quedando herido.
Aun así, remontaron el río hasta encontrar una fortaleza desde la que le hicieron frente. Con la inestimable ayuda de la fusilería, los indios se rindieron, consiguiendo pacificarlos, pero herido como se encontraba hubo de ordenar el regreso.
Fue allí, entre aquellos indígenas del río San Juan, donde tuvo por primera vez noticias de un poderoso imperio situado mucho más al sur y que era conocido por Tahuantinsuyo, país de muchas riquezas y con una civilización aparentemente más avanzadaa en donde el oro y la plata, los codiciados metales que movieron la maquinaria del descubrimiento y la colonización, abundaban por demás.
A su vuelta a Panamá, Andagoya dio a conocer sus descubrimientos y habló de aquellas tierras sureñas, del Birú, las tierras por él descubiertas y del imperio del sur, en donde el oro y la plata abundaban.
Aquel conocimiento hizo que en 1524 Pizarro, alcalde de la ciudad de Panamá, emprendiera la aventura de la conquista del imperio inca, a cuyas tierras puso el nombre de Pirú, según había oído a Andagoya referirse a aquellos territorios con ese nombre, pero, evidentemente debía de haber un error, porque los indios del Chocó no podían haber entrado en contacto con los incas del Cuzco o la Ciudad de los Reyes, dada la enorme distancia existente y la escasez de medios, por lo que es mucho más posible que se refirieran a unos territorios limítrofes con los suyos y no los incaicos.
De todas formas el nombre de Pirú, primero y Perú, más tarde, se acuñó para aquellos inmensos territorios conquistados a los incas y base de la expansión española en el sur del Nuevo Continente.
Pascual de Andagoya, además de aventurero y marino, tenía aficiones literarias y escribió los hechos de Pedrarias Dávila entre otras muchas cosas y a su llegada a Panamá, después de aquella aventura fallida, escribió unas memorias acerca de aquel viaje, documento que permanecía ignorado hasta que el prestigioso historiador peruano Miguel Maticorena lo rescató del olvido. Ese documento está fechado en 23 de julio de 1523 y Andagoya describe cómo ha descubierto las tierras colombianas a las que se refiere como “provincia del Perú”, que el año anterior había visitado.
Esta es la primera constancia escrita del nombre de Perú, que hace referencia a unos territorios al sur de la costa pacífica de Chocó (Colombia) que no se puede confundir con la zona del imperio inca. No obstante, cuando años después Pizarro y sus hombres derrotan a los incas, comienzan a llamar a aquel territorio con el nombre de Perú, pero evidentemente ese nombre hacía referencia a otras tierras que estaban  situadas mucho más al norte.
Basta echar un vistazo al mapa de la costa del Pacífico para comprender la enrome distancia que existe entre Buenaventura, un poco al sur de la desembocadura del río San Juan y Cuzco.

jueves, 3 de diciembre de 2020

EL ADELANTADO Y EL MOZO

 

En la larga historia de la conquista del continente americano es muy probable que enrolados en la misma expedición fueran padres e hijos, aunque no existen muchos casos contrastados, sobre todo si se trataba de personas de cierto rango.

Sí se sabe de hermanos que lucharon juntos y de estos hay casos tan significativos como los Pizarro.

En esta ocasión se trata de dos personas protagonistas de una gesta que iniciada por el padre, culminó el hijo con la conquista de una zona tan importante como la península del Yucatán.

Empecemos por el padre: Francisco de Montejo, que así se llamaba y del que aunque no se tiene certeza de la fecha de nacimiento, debió venir al mundo en Salamanca alrededor de 1476. Pertenecía a una familia de la baja nobleza castellana que le procuró una esmerada educación.

A principios del siglo XVI se trasladó a Sevilla, en donde tuvo amoríos con una tal Ana León, hija de un notario sevillano, fruto de esta relación nació en 1507 un varón al que su padre legitimó y le dio su nombre.

Poco más se sabe de la estancia de Montejo en Sevilla, ni de qué forma se ganaba la vida, hasta que alrededor de 1513 entra en contacto con Pedrarias Dávila, un noble y militar castellano que acababa de ser nombrado gobernador de Castilla del Oro y está preparando una expedición para partir a ocupar su cargo en la América Central.

A este personaje dediqué hace años un artículo que puede consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/search?q=pedrarias+d%C3%A1vila

Muy pronto se ganó la confianza del gobernador Pedrarias que lo envió por delante de la expedición para preparar la flota y reclutar gente y así, en 1514, llegó a Santo Domingo (La Española) y seguidamente a Cuba, desde donde se iba a ultimar el paso a Tierra Firme para la colonización de la región conocida como “Darien” y que comprendía los territorios entre Panamá y Colombia.

Pero a la postre, Pedrarias era un hombre muy particular y Montejo fue poco a poco desafectándose del gobernador, que entre otras rarezas viajaba cargando siempre con su ataúd, por las razones que en mi artículo explicaba.

En 1515, junto con otros compañeros, el capitán Montejo se dirigió a Cuba para participar en el final de la conquista de la isla y tras la ocupación de todo el territorio cubano, el gobernador, Diego de Velázquez, agradeciéndole su eficaz colaboración en la pacificación del territorio y en la fundación de la ciudad de La Habana, le concedió extensos terrenos y encomiendas para instalar los llamados “ingenios”, principalmente dedicados a elaborar azúcar a partir de la caña, muy abundante en la isla.

Sentido comercial y ambición fueron los dos ingredientes fundamentales para que en poco tiempo Montejo hiciese una pequeña fortuna que en 1518 le permitió fletar un navío con el que participó en la conquista de la península del Yucatán.

Una flota formada por cuatro barcos, uno de ellos capitaneado por Montejo, a las órdenes de Juan de Grijalva y en la que participaban personajes como Pedro de Alvarado o Bernal Díaz del Castillo, logró desembarcar en Yucatán y entablar relaciones con los indígenas, demostrándose nuevamente las buenas cualidades diplomáticas de Montejo, capaz de granjearse la amistad de los nativos, de los que obtuvieron gran cantidad de oro en joyas.

Al año siguiente, al mando de un navío, participó en la expedición de Hernán Cortés que tenía como objetivo asegurar los territorios descubiertos hasta ese momento en Tierra Firme. Era una expedición mucho más formal, compuesta por diez barcos que transportaban soldados y colonos para asentarse en las nuevas tierras.

En la península de Yucatán fundaron la ciudad de Villa Rica de la Vera Cruz, el primer asentamiento del continente y Cortés nombró a Montejo, primer alcalde de la ciudad.

Debido a las graves diferencias de Cortés con el gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, el conquistador de Méjico decidió enviar a España una misión diplomática, para explicar al rey cuál era la situación en los territorios de ultramar y utilizó las habilidades diplomáticas de Montejo para que fuera su embajador en esta misión.

Aunque Cortés le advirtió del peligro de recalar en la isla de Cuba, por necesidades de avituallamiento, Montejo se vio obligado a hacer escala, circunstancia que llegó a oídos del gobernador que mandó prender el barco, pero la habilidad del piloto Antón Alaminos les permitió escapar tomando una ruta hacia las Bahamas que al final se convirtió en la del tornaviaje de las flotas del Caribe.

La embajada de Cortés fue un éxito gracias a la exposición que de la misma hizo Montejo, consiguiendo todas las pretensiones del conquistador mejicano.

De regreso a las Indias, Cortés premió su exitosa misión con la concesión del título de regidor perpetuo de Veracruz, así como ricas encomiendas en territorios mejicanos.

Hay que tener presente que en aquel momento se creía que Yucatán era una enorme isla, no una península del propio territorio de Méjico, ya empezado a conocerse como Nueva España.

Desconociendo el mapa de la zona y creyendo que aquel territorio era una isla, Montejo centró en él su interés y empezó a recorrer sus costas y entablar relaciones con los nativos, en los que apreció un nivel cultural muy superior a los caribes que habían encontrado en el resto de islas.

Por esos nativos supo Montejo que en tierras del interior existían grandes poblaciones con edificaciones de piedra y una cultura muy adelantada.

Vio entonces la posibilidad de obtener alguna capitulación que le permitiera conquistar y explorar aquella “isla”, en nombre de su majestad el rey y obtener los cuantiosos beneficios que como conquistador se conseguían.

Así que en cuanto pudo, volvió a España, obteniendo audiencia real en Granada, donde el rey se encontraba y al que expuso su plan de conquista y colonización de Yucatán, obteniendo en diciembre de 1526 las capitulaciones que le otorgaban el privilegio exclusivo de continuar con la conquista y exploración de las “islas de Yucatán y Cozumel”.

Para los monarcas españoles conceder este tipo de autorización de conquista era muy fácil, pues toda la expedición corría a cargo del capitulado, el cual debía poner los territorios conquistados bajo dominio de la corona, recibiendo a cambio algún título, o el gobierno de la región, cargo que heredarían sus descendientes.

No se puede olvidar las compensaciones económicas derivadas de la conquista, salvando el quinto real y la adjudicación de tierras en propiedad.

De inmediato comenzó a preparar la expedición que habría de salir de Sevilla. Vendió todas las propiedades que tenía en Salamanca, solicitó rentas de la corona y además contó con la aportación que le hizo una rica viuda llamada Beatriz de Herrera, con la que se había relacionado muy bien y con la que contrajo matrimonio y tuvo una hija.

En junio de 1527, la expedición salió de Sevilla y atracó en las costas de la isla de Cozumel a finales de septiembre; en ella iba su hijo homónimo, al que había recogido en  Sevilla y que para diferenciarlo del padre recibía el nombre de “El Mozo”.

La conquista de Yucatán requirió mayores esfuerzos que los desplegados en otros territorios, pues la organización de la población nativa era muy superior a la de los demás indígenas, como se ha dicho anteriormente y por otro lado la escasez de oro y plata no incentivaba a los soldados españoles a esforzarse.

Así, la conquista de la península duró, en varias fases, desde 1527 hasta 1547, veinte años de sufrimientos y privaciones.

A partir de 1535 sería su hijo, “El Mozo” quien dirigiera la conquista, pues Montejo abandonó la zona marchando a Méjico, donde desempeñó diversos cargos administrativos, siempre en nombre del rey y como adelantado en toda la zona de Centro América.

 

Monumento a los Montejo en Mérida, Yucatán

Pero la historia no acaba aquí, pues no parece haber concedido nunca a Montejo el haber incorporado la península de Yucatán a la corona española, habiéndose revelado como gran conquistador y mejor administrador, antes bien, todo lo contrario.

Al cesar en su misión, fue sometido a un Juicio de Residencia de los que mencionaba en mi artículo anterior y el resultado fue un verdadero desastre para el conquistador.

Denunciado por los colonos de aquellas tierras y apoyados por una comunidad de franciscanos, se le acusó de tiranía personal, irregularidades en la administración y agravios a personas.

Ya había sido residenciado por sus actuaciones en Méjico, Honduras y Castilla de Oro y había salido absuelto, pero fue nuevamente enjuiciado por su gestión en Yucatán, del que salió mal parado.

En 1551 regresó a España para que tratar de reparar los perjuicios que había sufrido por lo que él consideraba un juicio injusto que le había desprovisto de la totalidad de sus cargos y posesiones.

Apenas consiguió ser escuchado y fue desposeído hasta del título vitalicio de Adelantado, que le forzaron a traspasarlo al marido de su hija.

Se retiró a Salamanca, donde murió el 12 de septiembre de 1553, en la más absoluta pobreza.


sábado, 21 de septiembre de 2013

SIEMPRE LOS MILAGROS




Estamos viviendo en España y en gran parte de Europa, unos momentos de crisis y recesión como nunca habíamos visto. Eso es lo que dicen los expertos y es más que probable que lleven razón en lo que a la segunda parte se refiere, es decir, que nunca lo habíamos visto nosotros, pero no tiene nada de cierto en que sean los peores momentos a lo largo de la historia.
España siempre ha estado en crisis y siempre ha sido pobre, a pesar de haber sido durante un siglo el país hegemónico del mundo y de haber recibido en las arcas del gobierno, las fortunas más incalculables.
El oro y sobre todo la plata que llegaban de las Américas nunca fueron capaces de frenar el endeudamiento crónico del estado. Mientras que muchas familias en el entorno del tráfico comercial con el Nuevo Mundo, los famosos Cargadores a Indias, se enriquecían a ojos vistas, la Corona era cada vez más pobre.
Los monarcas españoles estaban permanente endeudados con los prestamistas alemanes, holandeses y de cualquier otro país, casi siempre familias judías y poderosos banqueros, a los que llegaron a hipotecar hasta las minas de cinabrio de Almadén, cuando el metal que se extraía, el mercurio, era imprescindible para obtener oro y plata en América.
Pero así eran las cosas y todo porque España no cesaba de guerrear ni un solo instante y contra todo bicho viviente.
Contra los protestantes, por la cosa del acendrado catolicismo de nuestros monarcas, contra la Gran Bretaña, por ser enemiga mortal desde siempre, haber repudiado a una reina española y darnos constantemente la vara en el mar y para colmo de males, deshacerse de la autoridad papal y crear la religión anglicana a gusto del rey y sin más obediencia que al arzobispo de Canterbury.
En Italia,  para imponer la presencia española y mantener los efímeros reinos de los que disfrutamos, cambiamos, perdimos y al final nos arruinaron.
Y con los Países Bajos, en una guerra eterna que duró ochenta años y que al final, terminamos perdiendo, aunque ganamos casi todas las batallas.
Nuestro sino ha sido estar siempre en crisis, porque entrando el siglo XIX, la cosa no fue a mejor, ni mucho menos; y saliendo el siglo, por la otra puerta salieron todas las colonias, fuente principal de los ingresos del estado.
En fin, que la situación no tiene más remedio que un milagro, un buen milagro que nos saque de este atolladero, como siempre hemos pedido los españoles, tan católicos y cristianos. Y la verdad es que muchas veces las cosas han sido milagrosas y ya he referido en alguna ocasión cómo esos milagros, producidos porque Dios estaba siempre de nuestro lado, han salvado situaciones realmente comprometidas.
Precisamente en la guerra contra Flandes, la de los Ochenta Años, un “milagro” vino a salvar a nuestros Tercios de un desastre sin precedente.
El hecho es muy poco conocido, quizás por lo escasamente rentable que fue al final para nuestras tropas, pero se le ha venido en llamar “El Milagro de Empel”.
Ocurrió el día ocho de diciembre del año 1585, en un lugar de Flandes, entre la desembocadura de los ríos Mosa y Waal. El Waal es el nombre que toma el Rin en su último tramo y que forma un estuario enorme en el que se halla la Isla de Bommel.
Allí se encontraban, arrinconados por tropas de tierra y la escuadra flamenca, al mando del Almirante Holak, unos cinco mil soldados del llamado Tercio Viejo, el más temible ejército de infantería de todos los tiempos, veteranos en mil batallas y aguerridos soldados, al mando del Mariscal de Campo Francisco Arias de Bobadilla, titular del expresivo condado de Puñonrostro y sobrino-nieto de aquel Pedrarias Dávila que viajaba a todas partes con su féretro (consultar mi artículo “Viajando con su ataúd).


Francisco Arias de Bobadilla

Los Países Bajos se llaman así precisamente porque la mayor parte de su territorio está bajo el nivel del mar y las tropas flamencas aprovecharon esa circunstancia para abrir las compuertas del río Mosa y anegar todo el terreno alrededor de donde se encontraba el Tercio español.
Vista su situación de superioridad, el almirante Holak ofrece a los españoles que se rindan, pero la respuesta de Bobadilla es contundente: “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulaciones después de muertos”.
La respuesta es tomada como una insolencia y el flamenco da orden de abrir las demás compuertas y anegar más la zona, tanto, que sólo queda una pequeña colina llamada Empel, emergiendo sobre las aguas.
Sin posibilidad de auxilio, con pocas provisiones, todos los uniformes y pertrechos empapados y tiritando de frío, los españoles se disponen a resistir como se pueda y comienzan a cavar unas trincheras para resguardarse, cuando un soldado tropieza con algo duro, un objeto de madera que una vez desenterrado resulta ser una imagen de la Inmaculada Concepción.
En algún lugar se dice que era una tabla flamenca con la pintura de la Virgen, diferencia que no viene al caso porque lo importante es que, de inmediato y como no podía ser de otra manera en aquellos tiempos, se toma el hallazgo como una señal divina, máxime cuando aquel día es la víspera de la celebración de la festividad de la Inmaculada.
De inmediato se improvisa un altar, los soldados se encomiendan a la Señora y Bobadilla arenga a su gente enalteciéndolas para el combate.
Quiere la casualidad o he aquí el milagro que esa noche se desate un frío extremo, acompañado de vientos huracanados que en pocas horas, convierten en hielo toda el agua que anega la zona. Bobadilla observa el fenómeno y aunque ateridos, ordena a sus hombres caminar sobre el hielo después de comprobar su extrema dureza.
Así, los soldados marcharon sobre la capa helada en dirección a la flota flamenca que había quedado atrapada entre los hielos y que por ningún concepto esperaba un ataque.
El Tercio  Viejo fue, como siempre, implacable y después de asaltar los buques pasaron a cuchillo a sus tripulaciones.
Desde las fuerzas flamencas de tierra observaban cómo los barcos caían en poder de los españoles sin que ellos pudieran hacer nada.
Después de tomar los barcos, los soldados se aprovisionaron de armas y ropas secas y recomponiendo la formación, marcharon sobre el fuerte situado en tierra firme.
Cargaron con una virulencia inusitada y tomaron la posición en poco tiempo, produciendo una desbandada general, seguida hasta por el altanero Holak que no pudo oponerse al avance de los famosos cuadros de chispa y pica que formaban los tercios españoles.
Como parece natural, después de una victoria tan contundente, la Inmaculada fue declarada patrona del arma de Infantería, lo que continúa siendo hasta el día de hoy.
Pero se ve que este milagro no ha sido el único, aunque en esta otra ocasión y dado el carácter totalmente laico del beneficiario, no se atribuyó el hecho a la divina intercesión.
Un suceso muy similar, casi idéntico, ocurrió el día 21 de enero de 1795 durante las llamadas Guerras Revolucionarias Francesas y en un enfrentamiento contra Holanda en el que el general francés Jean Charles Pichegru llegó a tomar Ámsterdam, en donde pensaba fijar sus cuarteles de invierno.
Pero sus espías le informaron que la flota holandesa estaba anclada en Den Helder, una provincia al norte de Ámsterdam, distante unos ochenta kilómetros.
Dadas las características extremas de aquel invierno, la noticia era que todos los ríos estaban helados y que el mar también lo estaba, habiendo atrapado a los quince buques que formaban la escuadra, los cuales estaban inmovilizados y sin posibilidad de defenderse.


Toma de la escuadra en el hielo

En consecuencia, el general Pichegru envió un ejército de húsares a caballo al mando de un general, para que se dirigiera con toda urgencia a Den Helder. Cada caballo llevaba a la grupa a un soldado de infantería y a marchas forzadas se dirigieron a la zona, comprobando que entre Den Helder y la isla de Texel, que es la más próxima a tierra del archipiélago de Frisia Occidental, se encontraban los quince navíos completamente inmovilizados por la mar helada.
Aprovechando la dureza del hielo y la oscuridad de la noche, la caballería francesa llegó por sorpresa hasta los barcos y los tomó, sin que sus tripulaciones pudieran defenderse, pues aparte de que estaban confiados de encontrarse fuera de peligro, los barcos se habían escorado de tal manera que sus cañones apuntaban, una banda al cielo y la otra a pocos metros del propio buque aunque en la pintura no está así representado.
El resultado de la operación fue espectacular pues no hubo ni un solo herido y se capturaron quince navíos, de ellos once completamente equipados, con más de ochocientos cincuenta cañones.
De parte de los franceses estuvo solamente la estrategia y la decisión. En esta ocasión ningún milagro vino a poner la balanza a su favor, claro que los franceses saben de muchas cosas pero no de desenterrar imágenes de Vírgenes.