viernes, 6 de junio de 2014

EL VOTO DE SANTIAGO




Como casi siempre que se hurga en la historia acontece, desempolvando el artículo de la semana pasada sobre el obispo de Compostela, Sisnando II, me encontré un curioso tema que enseguida profundicé, advirtiendo que, por desconocido, merecía la pena dar a la luz.
Aunque el artículo 12 de la famosa Constitución de Cádiz, aquella “de marcado carácter liberal” a la que llamaron “La Pepa”, dice: “La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra”, es lo cierto a pesar de que un gran número de sus diputados eran religiosos, por razón de ser de los pocos españoles que sabían leer y escribir y además tenían algunos rudimentos de filosofía, teología, historia y, en fin, humanidades, aquella Constitución dio dos pasos definitivos en materia religiosa.
El primero fue el de suspender con carácter definitivo el Tribunal de la Santa Inquisición y el segundo suprimir el llamado Voto de Santiago, aunque se tardaron años antes de su definitiva abolición (1834), pues El rey Felón, Fernando VII, que deshizo todo lo acordado en Cádiz, volvió a ponerlo en vigor.
Sobre la Inquisición, todos sabemos de qué se trataba, aunque mucha leyenda hay que ha desvirtuado ampliamente el verdadero significado de aquel Tribunal, pero sobre el Voto de Santiago, tengo que confesar que, al menos yo, no tenía ni idea de qué era.
El Voto de Santiago es el nombre con el que se conocía el compromiso impuesto a los cristianos de los reinos de la Península, no sometidos al Islam, por el que se imponía el pago, además de los ya reconocidos y ancestrales diezmos y primicias que todo creyente debía a la Santa Madre Iglesia, de un nuevo diezmo del cereal recolectado y del vino producido, así como que, de todo botín que en las distintas expediciones guerreras se cogiesen a los sarracenos, se entregase al bienaventurado apóstol una parte exacta de la que correspondía a un soldado de a caballo y cuyo beneficiario sería el obispado de Compostela.
Percibir semejantes prebendas durante diez siglos reportó una riqueza extraordinaria a todas las instituciones eclesiásticas jacobeas, desde el obispado primero, arzobispado después, el cabildo catedralicio, el Hospital Real y otras muchas, pero a su vez era una situación de singularidad que nada apetecía detentar a la Iglesia que veía con buenos ojos las dádivas, pero no así su origen.
Y es que éste es de lo más incierto, cuando no mítico, pues se basa en el resultado de la Batalla de Clavijo, sobre la cual, numerosos historiadores y prestigiosos estudiosos de la historia, no se ponen de acuerdo ni se acepta unánimemente.
Cuenta la tradición, que no la historia, que todo parte de la negativa del rey Ramiro I de Asturias a pagar a Al-Ándalus, el llamado Tributo de las Cien Doncellas.
Este tributo fue una especie de reconocimiento del reino de Asturias, único reino cristiano de la Península en aquel momento, de la supremacía militar del Emirato de Córdoba, cuando allá por el año setecientos ochenta y tres, el rey Mauregato se hizo con la corona de Asturias gracias al apoyo del emir Abderramán I. El tributo que como de su nombre se desprende, consistía en entregar a los sarracenos cada año, cien doncellas, la mitad del pueblo llano y la otra mitad de la nobleza y castas privilegiadas (caballeros, ricos hombres, hidalgos, etc.), fue considerado bochornoso por toda la población del reino y así, cinco años más tarde, Mauregato fue asesinado por dos nobles como consecuencia de aquella vergonzosa firma, sentando en el trono a Bermudo I, el cual tiene una idea fija que era acabar con tan execrable tributo.
Bermudo lo consigue, aunque sustituyéndolo por un pago en dineros, cosa que tampoco era demasiado satisfactoria.
A la muerte de Bermudo le sucede Alfonso II, apodado El Casto, que ya había sido rey antes, cuando fue depuesto por Mauregato. El reinado de El Casto ha sido de los más largos de la historia de España, pues duró cincuenta y un años y durante el cual se descubrió la tumba del apóstol Santiago en el Campo de la Estrella, aunque parece que en realidad era la tumba del hereje Priscialiano (ver mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/04/santo-o-hereje.html).
Alfonso, consideraba ominoso el pago en dinero del tributo de las doncellas y determinó no pagarlo más y las cosas quedaron así, pero a su muerte le sucedió Ramiro I, cuyo reinado coincidió con el del poderoso emir Abderramán II, el cual se acordó de aquel viejo tributo que los asturianos debían satisfacer y lo reclamó al rey Ramiro.


Estatua de Ramiro I en Oviedo

Corría el año 844 y el monarca no estaba dispuesto a seguir doblando la cerviz ante el sarraceno y formando un ejército importante para la época y las circunstancias económicas y sociales de Asturias, salió en busca de los moros.
Al llegar a Nájera y Albelda, dos ciudades próximas, situadas en La Rioja, las tropas de Ramiro se vieron rodeadas por un numerosísimo ejército musulmán al mando del propio Abderramán II que cayó sobre ellos causando tremendas bajas, debiendo los cristianos batirse en retirada, refugiándose en el Castillo de Clavijo, en la cima de una montaña de poco más de mil metros de altura y del mismo nombre, desde el que se divisa gran parte de la comarca de La Rioja.
Retirados apresuradamente, los cristianos se guarecen en los riscos del monte y en el castillo que en aquella época debía ser poco más que una torre de vigilancia, en donde se disponen a pasar la noche, entre el frío del momento y el miedo al ejército moro, cuyas proporciones ya habían podido comprobar.
Y es aquí donde la leyenda entra en liza y cuenta que el rey Ramiro tuvo aquella noche un sueño en el que se le apareció el apóstol Santiago en todo su esplendor, asegurando su presencia en la batalla que al día siguiente tendría lugar y cuyo resultado, gracias a su ayuda, sería una rotunda victoria.
Siguiendo la leyenda, al día siguiente se libró tremenda batalla en la que apareció el apóstol totalmente vestido de blanco y montando un corcel del mismo color, animando y combatiendo a los moros y cuyo resultado fue una rotunda victoria cristiana que persiguiendo al ejército moro, ya derrotado y disperso, consiguieron llegar hasta la ciudad de Calahorra, en poder musulmán y restituirla a la fe cristiana.
Agradecido, el 25 de julio de aquel año, el rey instituyó en la ciudad de Calahorra, el llamado “Voto de Santiago”, por el que ofrecían al apóstol cosechas y botín de guerra.


Cuadro de Santiago “Matamoros”

Lo cierto es que de esta institución no se tiene constancia oficial, pues según cuentan las crónicas, al parecer, el diploma en el que se recogía el compromiso se habría extraviado en 1543, al ser presentado en la chancillería de Valladolid, con motivo de cierto pleito al respecto de algunas villas castellanas y el pago de dichos diezmos, pero, afortunadamente, existían copias en algunos monasterios, una de las cuales, escrita en latín, se conserva en la Biblioteca Nacional, aunque su legitimidad está más que en entredicho.
Desde la mítica batalla, se impuso, en los territorios cristianos del norte, la festividad del santo apóstol “Santiago Matamoros” el día 25 de julio y lo que fue mucho más importante es que se da a conocer que la tumba del apóstol, recién descubierta, está en Compostela y aquí se inicia la etapa de las peregrinaciones que tanto aportarían a Galicia y a toda la España cristiana.
Lo que haya de verdad en todo esto es algo que los historiadores deben esclarecer, pues mientras que desde el siglo XVIII se viene diciendo que la batalla de Clavijo nunca existió, excavaciones realizadas en Albelda, demuestran que allí sí que se produjo una batalla que por los restos encontrados debió ser importante. Poco importa que el escenario del sangriento encuentro fuera Albelda o Clavijo, lo cierto es que debió haberlo, lo que en aquel tiempo y lugar era cosa de casi todos los días y que la mención que el rey Ramiro hace de la visión que ha tenido, tuvo la eficacia de dar valor y coraje a los soldados asturianos que consiguieron despojarse del yugo sarraceno que los arruinaba a impuestos.
Una cosa hay de la que estoy completamente seguro: el apóstol Santiago, que ni siquiera se llamaba así, no se le apareció al rey, por la sencilla razón de que eso de las apariciones es una de las más enormes patrañas que el sentimiento religioso ha creado.
La historia, asentada en la leyenda popular, no de carta de naturaleza al hecho, antes al contrario, lo pone en duda, lo que habla a favor de la fragilidad del espíritu humano que para afianzarse en una creencia ha de necesitar testimonios, aun inventados, como son las maravillosas apariciones. No es otra cosa lo que hacía el Islam con las huríes que esperaban en el paraíso a los que dieran su vida en la guerra santa contra los infieles.

Igual que otras disciplinas humanísticas que en el devenir de los siglos se han transformado casi en ciencia, la Historia (con mayúsculas) es inexorable, resulta que se sabe que no es cierto que fuera el rey Ramiro I el que instaurara el tan repetido voto porque hay constancia que éste se instauró realmente en el siglo XII y que la primera vez que esta leyenda aparece escrita es hacia la mitad del siglo XIII, recogida por el militar, historiador y arzobispo toledano, Rodrigo Jiménez de Rada que fue uno de los principales protagonistas de la victoriosa Batalla de las Navas de Tolosa pero de todas las formas, la historia es bonita y los beneficios que a la Iglesia ha acarreado mucho más bonitos todavía.

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