sábado, 28 de junio de 2014

LA COFRADIA DE BELCHITE





Decía una enciclopedia de la Editorial Bruño con la que estudié antes de iniciar el bachiller que: “Los árabes eran un pueblo de Arabia que fanatizados por las predicaciones de Mahoma, emprendieron la conquista del mundo. La capital de su imperio que se extendió por Asia y África, fue Damasco”.
No creo que exista una mayor capacidad de síntesis para describir lo ocurrido y hacérselo comprensible a un niño de menos de diez años.
Porque eso fue lo que en realidad ocurrió, tras la Hégira, que es su huida de La Meca a Medina, las prédicas de Mahoma arraigaron de tal manera que enfervorecieron al pueblo que se lanzó, en una “guerra Santa” que los árabes llaman “Yihad”, a conquistar el mundo.
Y por poco lo consiguen, pues si Carlos Martel no los para en Poitiers, se cuelan en Europa lo mismo que se habían colado hasta la cocina en la Península Ibérica.
Mucho tardaron los cristianos en darse cuenta que el verdadero espíritu aglutinador de la idea de conquista no era otro que el de extender sus creencias hasta los confines de la Tierra, acabando con los infieles e implantando el Islam como religión única y verdadera, y lo que es más importante, como único modo de vida y sociedad.
Ya saben quienes me leen, que en temas de religión soy muy curioso a la vez que escéptico y no me creo nada, o casi nada, de nuestra religión, en la que fui bautizado y adoctrinado. ¡Cómo me voy a creer entonces que un arcángel, de los que inventaron los supuestos evangelistas y la Iglesia les dio carta de naturaleza, se vaya a aparecer a un musulmán! ¿Se le aparece a Mahoma y le inspira que pueden tener varias mujeres, que van a ir al cielo si matan a los cristianos, que no beban alcohol ni coman cerdo? Pues el que quiera que se lo crea.
Pero es que todo no queda ahí porque se cuenta en los “hadices”, algo así como para nosotros son los Hechos de los Apóstoles, que Mahoma recibió la visita del arcángel San Gabriel, el cual le abrió el pecho para sacar su corazón y extraer un coágulo negro. Después lavó el corazón en un recipiente de oro y lo devolvió a su sitio, como si fuese el famosísimo doctor Barnard, mientras le advertía que había limpiado el sitio donde Satán podía seducirle.
Dejando aparte mis personales inclinaciones, lo cierto es que un pueblo inculto y desarrapado como eran los árabes en aquel momento, se creyeron eso y muchas otras cosas más, a pies juntillas y sin pensárselo dos veces, emprendieron la conquista del mundo, como decía mi enciclopedia.
Pero pasados los años, incluso algunos siglos, los árabes se cultivaron y fue un pueblo culto, amante de la ciencia y la sabiduría, aunque siguieron creyendo en las mismas cosas y si me apuras, cada cierto período de tiempo dando un giro de tuerca y apretando más en las creencias fundamentalistas.
Por el contrario, sus oponentes y para centrarnos en nuestro caso, los cristianos de la Península, no entendían aquella invasión como una guerra de religión sino como una vil y consumada apropiación por la fuerza de nuestro suelo patrio, contra lo que lucharon con sus armas y su tesón, en desigual batalla que fueron ganando poco a poco.
No fue hasta que los cristianos se dieron cuenta de que aquel enfrentamiento de siglos tenía que revestirse de una religiosidad similar a como los invasores habían enfocado su tema, que las cosas no empezaron a cambiar.
Comenzando con el Voto de Santiago, que fue tema de un artículo reciente y siguiendo luego con el ejemplo que las cruzadas a Tierra Santa les proporcionaba, encontraron la solución. A las batallas contra los moros de Al-Andalus había que darles el mismo carácter de las cruzadas: como hacía el enemigo, considerarla Guerra Santa.
Sorprende ver el escaso número de batallas importantes acaecidas en los ochocientos años de invasión y presencia musulmana en la Península y es verdad que hubo pocas importantes, pero innumerables escaramuzas fronterizas, pequeñas batallas que se iniciaban de uno y otro lado, con la intención de apoderarse de territorio y colonizarlo.
Me saldré ahora un poco del tema porque me parece muy interesante y curioso comentar lo que viene seguidamente, porque la colonización fue el verdadero motor de la Reconquista y gracias a ella se fue ganando paulatinamente el territorio ocupado por los musulmanes, liberando pueblos y villas, o creándolos nuevos, aunque en estos casos el problema surgía a la hora de repoblar.
Para incentivar a los individuos a afrontar un riesgo cierto y trasladarse a zonas que quedaban casi en tierra de nadie y en donde sabían que les iba a resultar difícil recibir ayuda en caso necesario, se otorgaban, sobe todo en el reino de Aragón, las llamadas Cartas Pueblas o los Fueros, que no eran otra cosa que una relación de privilegios para los colonos, que pasaban a ser los llamados infanzones, o nobleza del pueblo, personas libres y dueñas de las tierras que cultivaban.
En algunos casos los beneficios eran de carácter pecuniario, como exención de tributos, pero en otros era de carácter más espiritual como los derechos de ingenuidad y de franqueza.
Al contrario de lo que pueda parecer, la ingenuidad no era convertir en simples o necios a los colonos, muy al contrario, era el derecho a ser libre por nacimiento y no doblar la rodilla ante el rey; y la franqueza era poder hablarle con claridad, francamente y recurrir a él en demanda de justicia.
Y hecho este paréntesis continúo con  el tema.
En aquella época era muy común ver cabalgar en la batalla, junto al rey, a los obispos o arzobispos implicados en el tema que se dilucidaba. Fueron estos altos cargos de la Iglesia quienes a través de su influencia, consiguieron que los Papas consideraran, como cruzada de la cristiandad, la guerra contra los moros y así, esas cruzadas eran proclamadas por las diferentes órdenes religiosas en todos los rincones de Europa.
Como consecuencia de esa llamada, una gran cantidad de nobles sobre todo franceses, pero también alemanes, italianos, británicos y de muchos otros lugares, se llegaron hasta la Península para ponerse, con sus huestes, a disposición de los reyes sobre todo de Aragón, pero también de Castilla.
Reinaba en Aragón Alfonso I, que ha pasado a la Historia con el merecido sobrenombre de El Batallador, porque fue quizás el rey más guerrero de todos los que coexistieron con el período de dominación musulmana, cuando las batallas contra los sarracenos empezaron a tener el carácter sagrado de cruzada.
Ese fenómeno se daba fundamentalmente porque en la Edad Media apareció un exagerado sentimiento religioso que impregnaba todo en la vida y que se unió a otro sentimiento también muy arraigado como era el ideal de la Caballería.
Un caballero andante se echaba a los caminos a defender al débil y a luchar contra la injusticia. Si era noble y rico, llevaba con él a su mesnada, si no lo era, se arriesgaba solo a afrontar todos los peligros.
Fue tan importante este movimiento que generó una amplísima literatura sobre el género que a todos nos entusiasmó cuando jóvenes.
Al unirse los dos sentimientos, tan fuertemente arraigados, en el contexto de las cruzadas, surgen las llamadas órdenes militares, compuestas por caballeros que abrazan la religión y la espada (miles Christi), dedicando exclusivamente su vida en servicio a la defensa de los Santos Lugares y de los caminos que a ellos conducían.
Estas órdenes fueron inicialmente los Templarios, los Hospitalarios y los del Santo Sepulcro, más tarde aparecieron muchas otras.
Para crear un paralelismo aún más fuerte con el espíritu de las cruzadas a Tierra Santa, el rey Batallador creó en Aragón la que sería la primera orden militar española: la Cofradía de Belchite.
Corría el año 1122 cuando Alfonso I tuvo la feliz idea de crear en la ciudad de Belchite, conquistada a los moros un par de años antes y a la que se dotó de un fuero muy ventajoso, en el que incluso se contemplaba la exoneración de las responsabilidades contraídas por la comisión de cualquier delito, a quien se afincara en sus tierras, una orden religiosa de carácter militar para proteger los campos y los caminos.



Alfonso I el Batallador

Para completar el panorama de dificultades que presentaba la repoblación y dar protección a los colonos que fueran llegando, el rey reunió al arzobispo primado de Toledo, al legado del Papa y a los arzobispos más influyentes de toda la Península, Gelmírez el de Compostela, y Olegario el de Tarragona, que junto a otros varios obispos, tanto leoneses como castellanos, asistieron al rey en la creación de aquella orden militar.
A los  cofrades, por el mero hecho de serlo, se le concedieron privilegios espirituales acorde a los ya concedidos en el fuero y consistentes en indulgencias, levantamiento del ayuno o la abstinencia, etc., pero si además donaban equipamientos o consumibles, postulaban con beneficio a la Cofradía, o la pregonaban, se les llegaba a redimir de las obligaciones propias de la Cuaresma.
Como se aprecia, era todo un beneficio importante en el que buscaron refugio innumerables caballeros tratados por la fortuna de forma poco amable que encontraban entre los muros de la Cofradía su descanso espiritual y físico y en el campo de batalla contra el moro, la máxima satisfacción.
Tan bien le fue al rey aquella invención que dos años más tarde y con la misma finalidad, creo la Orden Militar de Monreal, en la villa de Monreal del Campo, en Teruel.

Años más tarde, la Cofradía de Belchite se adhirió a la Orden del Temple, que fue extinguida el 13 de octubre de 1307, lo que supuso su desaparición, pero los resultados militares obtenidos hasta ese momento, han sido considerados de alto valor.

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