viernes, 22 de agosto de 2014

LA CULIANCHA




Hace unos años, cuando la efervescencia de una determinada inclinación a borrar todo lo que oliera al régimen anterior azotaba España, en el ayuntamiento de Bailén, a lo largo de un pleno, un concejal propuso quitar el nombre a una calle porque le traía malos recuerdos del reciente pasado.
La calle se llamaba, y se sigue llamando, 19 de Julio, pero no hace referencia a 1936, día siguiente al del alzamiento militar contra el gobierno de la república y que a aquel gárrulo concejal levantaba ampollas, sino al año 1808, fecha gloriosa en la historia de España en la que los ejércitos de Napoleón dejaron de ser invencibles a manos de un ejército muy inferior, pero con mucha más estrategia y afán de victoria.
Y es que en esa fecha se dio la famosa batalla de Bailén, en la que el General Castaños, venció a las muy superiores tropas francesas del general Dupont, que aun contando con menos soldados, estaban muchísimo mejor pertrechadas y entrenadas, ya que era un ejercito moderno y completamente profesional, veterano y bien pagado, frente a unas tropas formadas en sus dos terceras partes por restos de regimientos aglutinados: Regimiento de voluntarios de Madrid, de Infantería Mallorca, Ingenieros, Cuerpo de Fusileros, Milicias provinciales, regimiento de Dragones, Infantería Ligera de Barcelona, Húsares, Granaderos, todo ello con un tercio de civiles y guerrilleros, sin instrucción militar.
La batalla de Bailén se ha convertido en todo un mito que junto con la victoria de Los Arapiles y el asedio de Cádiz, son los tres más representativos de la larga contienda contra los invasores franceses.
Varias fueron las circunstancias que se aliaron a favor de las tropas españolas, sin dejar de lado que el valor y el coraje demostrado por nuestro ejército, jugó también un papel muy importante.
Pero fue quizás la climatología el principal aliado de nuestros soldados que junto con el coraje, inclinaron la balanza a favor. Y es que contra el calor es muy difícil combatir y su principal consecuencia, la sed, produce una situación anímica y física contra la que no se puede luchar si no es bebiendo agua.
Todos sabemos dónde se encuentra Bailén, pues ha sido, desde tiempo inmemorial, lugar de paso obligado en las rutas que comunican el norte con el sur de la Península y que atraviesan el paso de Despeñaperros, por la que todos los andaluces hemos pasado.
Es aquella una tierra llana y seca, donde el calor del verano aprieta con ganas de asfixiarte y del que no hay defensa posible, salvo en los tiempos modernos, con el aire acondicionado.
El verano de 1808 fue muy caluroso y aunque los españoles estaban más acostumbrados a la canícula, ésta, causaba estragos en las filas del general Castaños, que era el comandante en jefe de aquel ejército que se formó a la carrera.
Para tratar de dar siquiera un destello de formación militar, los muchos voluntarios que acudían a enrolarse en aquel ejército, eran sometidos a durísimas jornadas de entrenamiento, con una temperatura superior a los cuarenta grados y vestidos con la uniformidad adecuada.
Las tropas francesas estaban al mando del general Dupont, un experimentado y brillante general que había recibido órdenes de dirigirse hacia Cádiz, en donde la escuadra francesa del almirante Rosilly estaba bloqueada, liberar la escuadra y hacerla operativa, a la vez que se tomaba Cádiz, considerada llave del Mediterráneo por los asesores militares de Napoleón.
Tras esa campaña, que a todas luces se suponía un paseo militar, a Dupont le esperaba el ascenso a mariscal, el más alto grado del ejército francés.
Con esa misión, el veintitrés de mayo salió Dupont de Toledo hacia el sur, cruzando Despeñaperros, pero al llegar muy cerca de Córdoba, concretamente a la localidad de Alcolea, se encontró con una sorpresa y es que el gobierno de España, en ese momento instalado en Sevilla, había declarado la guerra a Francia y un contingente de unos tres mil soldados, pretendían impedir el paso de las tropas francesas hacia Cádiz.
Como es natural, las tropas españolas fueron arrasadas por los franceses que, furiosos por el retraso que le había supuesto aquella batalla, entraron en Córdoba donde durante tres días se dedicaron a saquear la ciudad y a violar y asesinar brutalmente a sus habitantes.
Con esta pérdida de tiempo, cuando llegaron a Cádiz no pudieron liberar la escuadra francesa, pues desde La Isla de León se habían cortado todas las comunicaciones por tierra y ya se habían preparado para resistir el asedio francés. Como todos sabemos, las dos ciudades resistieron sin claudicar hasta el fin de la guerra.
En ese momento, el General Castaños comprende que si es capaz, con su ejército, de cortar las comunicaciones y los abastecimientos con el sur, los ejércitos franceses tendrán muy difícil su situación, por lo que prepara a sus soldados para combatirlos, mientras que las partidas de guerrilleros hacen su labor de zapa incordiando cuanto pueden a las tropas y los convoyes franceses.
En vista del peligro que se les presenta por la retaguardia, Dupont retrocede con parte de su ejército, un cuerpo de más de veintitrés mil hombres de infantería y caballería y pensando, quizás, que el enfrentamiento sería un juego, como lo había sido la batalla de Alcolea, se encuentra con Castaños muy cerca de Bailén.
Con cuarenta y cinco grados a la sombra, el día 18, víspera de la batalla, había sido una jornada de verdadero fuego, pero lo había sido mucho más para los franceses, porque el suministro de agua no había sido debidamente planteado y el preciado líquido escaseaba, mientras que el ejército español, apoyado por los vecinos de Bailén y otras localidades cercanas, formaron una verdadera red de suministro de agua en la que participaban los mayores, las mujeres y los niños y todos aquellos que no podían empuñar un fusil o esgrimir un sable.
Los franceses recibieron de Porcuna, una reata de veinte mulas cargadas con cántaros de agua como único suministro.
Y aquí es cuando entra en la historia María “La Culiancha”, así llamada por lo que cualquiera se puede imaginar.
María Bellido Sánchez, “La Culiancha”, había nacido en Porcuna, cuarta hija de un matrimonio que tuvo nueve descendientes; se casó con un alfarero de Bailén llamado Luís Cobo de la Muela que se desplazaba por los pueblos de aquella zona vendiendo sus cántaros, lebrillos, botijos y otros objetos de barro que desde siempre, han tenido muchísima producción en la ciudad, a la que María se trasladó.
Cuando se preparaba la batalla, el general Castaños sabía que quien tuviese el agua, ganaría al final y así, se preocupó mucho en cuidar que pozos, norias, acequias y cuantas conducciones de agua de la zona pudieran servir para mitigar la sed y los calores, estuviesen perfectamente operativas.
Uno de esos pozos estaba en una hacienda muy próxima al río Rumblar, sobre el que se celebró gran parte de la batalla y que era propiedad del marido de “La Culiancha”, que en ese momento tenía sesenta y cinco años, la cual organizó a un grupo de mujeres a las que su esposo abasteció de cántaros con los que transportar el agua.
Cuando más apretaba el calor y más apretaban los franceses en un último esfuerzo por vencer, María, se dirigió con un cántaro hasta la tienda donde se encontraba el general Reding, segundo en el mando de Castaños, al que fue a ofrecerle un poco de agua.
En ese momento, una bala francesa, o quizás española, porque en aquellos momentos cada uno disparaba hacia donde podía, rompió el cántaro que María portaba, rompiéndose y cayendo al suelo, de donde, sin inmutarse apenas, María recogió un trozo que aún conservaba algo de agua y se lo ofreció al general, advirtiéndole que al momento regresaría con otro cántaro, cosa que hizo pocos minutos después.
Sorprendido de la sangre fría que aquella anciana mujer demostraba, el general Reding prometió recompensarla, cosa que se hizo, tiempo después, en la persona de una sobrina, pues María Bellido falleció a los pocos meses de la batalla, concretamente entre el siete y el ocho de marzo del año siguiente.
De todos los héroes de aquel día, es “La Culiancha” la única persona que tiene un monumento conmemorativo y no solamente eso es lo que la destaca del resto, es que la ciudad de Bailén decidió incorporar un cántaro agujereado por una bala al escudo de la ciudad.


Monumento a María Bellido y escudo de la ciudad de Bailén

Lamentablemente a la victoria de Bailén siguió una pésima negociación española, permitiendo a los más de dieciocho mil prisioneros franceses que se marchasen, algunos incluso con el botín de guerra que portaban.
A propósito del héroe de esta batalla, el general Castaño, se cuentan por César Vidal, dos anécdotas dignas de resaltar y que confirman su buen sentido del humor.
La primera es que tras la victoria, el general Dupont, con toda solemnidad y en señal de rendición, le entregó su sable diciéndole que era vencedor en cien batallas, a lo que Castaños le contestó escuetamente: Pues ésta es la primera que gano yo.
La segunda y de más calado es que, terminada la guerra, fue citado por el rey para comunicarle su agradecimiento, en una mañana del frío mes de enero madrileño. Castaño se presentó vestido con la uniformidad de verano y el monarca le preguntó cómo es que con el frío que hacía aquel invierno, iba vestido con aquellas ropas tan ligeras, a lo que Castaño, con ironía le contestó: ¿Invierno? ¡Pues ya ve, su majestad, aún no he cobrado la paga de julio!


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