jueves, 28 de agosto de 2014

PRIMERO, EL ROSARIO




Durante muchos años, el mejor y casi único remedio anticonceptivo que conocían nuestras “abuelas”, era una jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.
Y con esa frase confiaban no volver a quedarse embarazadas. ¡Ingenuas!, y bien intencionadas, pero sobre todo ingenuas porque olvidaban que el mensaje divino era justamente lo contrario: Creced y multiplicaos y llenad la Tierra. Y así, con jaculatoria o sin ella, volvían a quedarse embarazadas si el marido la pillaba en uno de sus días fértiles.
Algunas siguieron al pie de la letra el mandato divino, pero otras no consiguieron perpetuar la espacie, por mucho que lo intentaron y es que siempre han existido causas de esterilidad por ambas partes.
Tener muchos hijos era una “bendición de Dios”, no tenerlo podría ser un castigo también divino, pero en las familias normales, las del pueblo llano, ni una circunstancia ni la otra tenían importancia. Simplemente se aceptaban así las cosas y punto.
Curiosamente, en el estamento social en donde más se echaba de menos la capacidad reproductiva de la pareja, era en las familias reales, tan necesitadas ellas de un vástago, a ser posible varón, que perpetuase la línea sucesoria.
Quizás por el abuso de la consanguinidad, quizás por otras causas genéticas y hereditarias, seguro que por padecer ciertas enfermedades, lo cierto es que muchos monarcas españoles tuvieron grandes problemas reproductivos. Enrique IV, El Impotente, Carlos II, El Hechizado, Fernando VII, El Deseado y El Rey Felón…, en fin, y muchos más que pueblan la historia de nuestro país y de los que estos tres son los que me parecen más significativos, pues su falta de capacidad reproductiva trajo graves problemas, como divisiones de la sociedad, cambios de dinastía e incluso guerras y en cualquier caso, ruptura con la situación anterior.
Cuando una reina no se quedaba embarazada se recurría a los métodos tradicionales que eran las rogativas, como primera medida, las reliquias, como segundo ataque mucho más poderoso y por último, el único remedio medicinal que se conocía, el de los baños de aguas medicinales, alguna sangría para compensar los flujos y quizás una dieta alta en picantes, para exacerbar su líbido.
Casi nunca se pensaba que la imposibilidad de reproducción se debiera al varón, causa que solía ser la más común, pues aparte de los problemas hereditarios que ya presentaban por la consanguinidad, muchos estaban aquejados de sífilis congénita y otras enfermedades que devenían en una impotencia total. Cuando murió Carlos II, se descubrió que solamente tenía un testículo, completamente negro y con  el aspecto de un huevo de madera.
Lógicamente así no podía tener descendencia.
Y toda esta introducción para contar una de esas muchas situaciones de esterilidad que provocaron grave consternación en nuestro país.
Se trata precisamente de la del último de los reyes mencionados anteriormente: Fernando VII, que de Deseado, pasó a ser odiado y llamado el Rey Felón.
Después de casarse con su prima María Antonia que se le murió en cuatro años y con la que no tuvo descendencia, se casó en 1816 con su sobrina carnal (hija de una hermana), María Isabel de Braganza, que le duró menos que la anterior: dos años y con la que tuvo una hija que vivió poco más de cuatro meses.
Y en 1819 se casó, por tercera vez, con María Josefa de Sajonia, también pariente suyo y protagonista de esta historia.
María Josefa se quedó huérfana de madre cuando apenas contaba tres años de edad y su padre, loco por buscar otra esposa e incapaz de educar a la pequeña, la ingresó en un convento del que salió a los quince años, para casarse con el rey de España.
La elección de esta joven no había sido cuestión de azar, todo lo contrario, los consejeros del rey habían estudiado perfectamente a la familia de la madre, buena paridora, lo mismo que sus hermanas, primas y demás familiares, por lo que se presumía que al menos, por ese lado, la cosa podría salir bien.
La joven viajó hacia España y el día dos de agosto de 1819 fue recibida en Buytrago por el rey, con el que se casó el veinte de octubre de aquel mismo año.


Fernando VII y María Josefa de Sajonia

La joven María Josefa había recibido una profunda y esmerada educación religiosa, pues en los doce años que estuvo en aquel convento, a orillas del río Elba, no había hecho otra cosa que rezar y leer vidas de santos, sin que nadie le hablara nunca de otras cosas que no fueran de espiritualidad.
Es evidente que la pobre niña desconocía lo que era un matrimonio y las obligaciones inherentes al mismo, por eso, cuando en la noche de bodas, su tío-primo, el rey, veintiún años mayor que ella, con cara de bobo por su acusado prognatismo y al que la baba se le caía por la comisura de los desparejados labios, descubriera sus armas secretas que, al pertenecer de la estirpe de los borbones, deberían ser de cuidado y quisiera hacer uso del matrimonio, es comprensible que ella sintiera un terror que la hizo orinarse en la cama, seguido por un vacío interior que le produjo una vomitera que lo salpicó todo, incluso al rey, entrando a continuación en una crisis de histeria de la que tardo horas en reponerse.
De nada valió que las cortesanas le explicaran que su marido era como todos los hombres y que lo que pretendía era la consumación del matrimonio, cosa normal en todas las parejas.
Ella se había criado entre monjas y jamás había oído nada sobre ese particular, por lo que se pensó que quizás era conveniente que algún sacerdote le explicara cuales eran las obligaciones de la esposa.
Se fue probando con todo el escalafón curial y no había manera de convencer a la joven reina, la cual necesitó que el propio papa se le dirigiese para explicarle lo que una madre le habría dicho, preparándola para el altar.
Con la intervención del papa, la cosa le quedó clara a María Josefa, la cual puso algunas condiciones, como era que antes de realizar el acto carnal, su esposo y ella debían de rezar el rosario.
Como parece lógico, no es esta una situación que contribuya a fomentar el apetito sexual y la verdad es que después de un buen rosario y puesto en paz con Dios, a uno lo que le apetece es echarse a dormir y no empezar con escarceos amorosos.
De todas las formas, el Felón, que era un mujeriego muy aventajado, no iba a permitir que aquella pichoncita de quince años se le escapara virgen, así que con más dificultades que otra cosa por parte de la doncella, consiguió, por fin, consumar la coyunda, eso sí, después de rezar el rosario.
Pero pasaba el tiempo y la reina no se quedaba embarazada y la corona, cada vez más, necesitaba de un heredero que perpetuara por línea directa la monarquía, porque detrás de cada esquina estaba el hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, en torno al cual se amontonaba una camarilla con todos los descontentos de la política gubernamental y que a la larga desembocó en la Primera Guerra Carlista.
Como ni las misas, ni las bendiciones, ni el brazo incorrupto de Santa Teresa o el báculo de Santo Domingo, muy milagrero él, consiguieron que la reina se quedara preñada, se recurrió a lo que la ciencia médica aconsejaba y cada año, durante el verano, la comitiva real se desplazaba a la localidad de Beteta, en la provincia de Cuenca, donde se encuentra el balneario de Solán de Cabra, famoso ya en aquellos tiempos.
Y cuenta César Vidal una anécdota que parece ocurrió en uno de aquellos viajes por tierras secas y polvorientas, con un calor de justicia. La comitiva real caminaba rumbo al balneario levantando una polvareda como la de una manada de búfalos en estampida, cuando su majestad, el rey, sacando la cabeza por la ventanilla del carruaje lanzó un escupitajo para despejar su boca del polvo que iba tragando y dirigiéndose al oficial de la guardia que cabalgaba al lado del carruaje le dijo: “De este viaje vamos a salir preñados todos, menos la reina”.
A los diez años de su matrimonio y pese a las buenas perspectivas que presentaban los prolíficos antecedentes de su familia, María Josefa murió de unas fiebres, sin dar descendencia al rey.
Como es natural, Fernando se volvió a casar, esta vez con María Cristina de las dos Sicilias, hija de su hermana menor María Isabel, por tanto, nuevamente sobrina carnal suya.
Con esta sí tuvo descendencia, aunque no a su gusto, seguramente porque no rezaban el rosario antes del fornicio, pues la reina parió dos niñas, la mayor de las cuales, Isabel, llegó a gobernar con el nombre de Isabel II, después de que el rey decretara y aboliera y volviera a poner en vigor la Pragmática Sanción, que permitía gobernar a las mujeres cuyo reinado estaba proscrito por la Ley Sálica.

Esta decisión real provocó la primera Guerra Carlista por la insurgencia del hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, cuyo partido, los Carlistas, todavía tiene vigencia y que de haber reinado, como posiblemente le correspondía, habría cambiado la historia de España.

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