jueves, 30 de octubre de 2014

LOS NUEVOS VIENTOS




Esta no ha sido una buena semana en lo que a artículos se refiere. No he sido capaz de encontrar un tema interesante para desarrollar, así que, dando ya las boqueadas la noche del jueves, sin nada interesante que llevar a la pluma y revisando mis archivos, me topé con un artículo que de forma novelada, escribí un día sobre una noticia que publicaba la prensa gaditana en aquellos duros años del asedio francés.
Y es que las mujeres de Cádiz habían decidido confeccionar uniformes y calzado para los distintos regimientos que formaban la guarnición de la ciudad.
Se me ha ocurrido publicarlo para llenar el hueco, porque en parte sigue un poco la línea de los demás artículos, solo que esta vez relatado de forma diferente.
Todos los personajes, lugares y circunstancias que figuran en él son reales.
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-¡Maldito Levante! -Exclama tras los cristales de la ventana el diputado Andrés Morales.
Desde hace más de una semana un tórrido viento de levante, el Levante, como se le llama en Cádiz, sopla sin misericordia, levantando, en calles y plazas, nubes ardientes de tierra que se cuelan por las rendijas asfixiando a los habitantes de toda la zona que, como única protección, cierran puertas y ventanas, corren las cortinas para aislar en lo posible sus viviendas y cuando caminan por la calle, sujetan faldas y sombreros para evitar que el viento se los lleve.
El calor no da respiro de día ni de noche y lo que es peor, produce mal humor en muchas personas y Andrés es una de ellas.
Vestido para marchar al Oratorio, espera que la sirvienta le traiga el panfleto que se edita cada día y que gusta leer antes de salir a cumplir con su misión de Diputado del Común. Lo ha elegido el Ayuntamiento por su doble condición de comerciante y capitán de los Artilleros Voluntarios Distinguidos, para que represente los intereses de la ciudad en la redacción de la Constitución.
Apoyado en el alféizar de la ventana, en el primer piso del número ciento sesenta y cuatro de la calle de Linares, observa los remolinos de tierra, hojas y papeles que el viento forma, mientras piensa en la jornada que tiene por delante.
Le duele la grave situación del país, o lo que de él está quedando, pero eso no es más que un acicate para esforzarse en el trabajo que le ha tocado desarrollar y, mientras que los escasos ejércitos españoles y las abundantes guerrillas, se oponen con sus menguadas fuerzas al ejército más poderoso del mundo, cosechando milagrosamente más éxitos que fracasos, los diputados, venidos de los confines del imperio, se reúnen cada día para dar forma a una Constitución que permita a todos vivir en paz y armonía y que a la vez proteja los derechos de los ciudadanos frente al poder absoluto.
Unos golpes en la puerta lo sacan de sus pensamientos. La sirvienta entra ofreciéndole el número cincuenta y seis de El Redactor General, correspondiente a aquel nueve de agosto del año 1811.
Aunque sabe perfectamente la fecha en la que está, a Andrés le gustaba leer desde la primera hasta la última palabra de aquel periódico que empieza como si fuera la orden general de servicios de un cuartel que es en lo que casi se ha convertido aquella plaza sitiada y nombra a los jefes militares, los regimientos que harán la guardia y a los que les toca el baño.
Su amigo Agustín es el Coronel Jefe de día. Hace unas semanas que no lo ve, pero esa tarde, cuando terminen las sesiones irá a la Capitanía General a tomar una copa de vino de Chiclana con él.
“A las damas de Cádiz una gaditana”; así empieza el primer artículo que lee con interés y que firma  L.M.P.

Fotocopia del panfleto


Tira distraídamente de la leontina y saca del bolsillo del chaleco un reloj de plata. Un regalo de su padre cuando allá, en su Nueva España natal, cumplió los veintiún años. Desde entonces no se ha desprendido de él.
Mira la hora alzando la tapa. Faltan pocos minutos para las nueve de la mañana y aún no ha sonado el primer cañonazo. El maldito Levante, además de volver tarumba a las personas, arremolinar toda la suciedad y asfixiar a las gallinas que se apretujan en los gallineros de las azoteas de cada casa, empuja tanto las bombas francesas que casi llegan a Puerta de Tierra.
Como artillero, sabe perfectamente que para llegar hasta la ciudad, los franceses tendrían que construir cañones más grandes. Con los que tienen han hecho todo tipo de experimentos, incluso ahuecando las bolas de hierro que usan de proyectil y rellenándolas de plomo para que pesen más y que así puedan llegar a la ciudad, pero desde el Trocadero les resulta inalcanzable.
¿Qué es lo que dice esta supuesta gaditana? Se pregunta, coincidiendo con el primer cañonazo y volviendo a releer el periódico.  El artículo comenta que le han cambiado el nombre al Regimiento, que desde ahora llevará el de la ciudad de Cádiz y sigue hablando del deseo de esa gaditana de proteger a los beneméritos soldados y confeccionarles uniforme y calzado.
¿Qué es lo que quiere esta mujer? ¿Montar un taller de sastrería para hacerles uniformes a los soldados? ¿Una talabartería para trabajar el cuero? ¿Quién se esconde tras estas tres iniciales? ¿De dónde sacará los paños?
A lo mejor la idea no es mala –piensa–. ¡Seguro que el cura Terrero ya sabe algo de este asunto!
A la hora en punto, como cada día, sale de su casa para dirigirse al Oratorio. Él mismo fue quien propuso aquel lugar para continuar con las sesiones, cuando en la Isla ya era imposible continuar.
Por la calle de los Sacramentos alcanzó a ver la sotana parda y la teja desteñida del cura Terrero, diputado por Algeciras, caminando delante. Apresuró el paso para ponerse a su altura.
–Buenos días, padre Vicente –saludó–. ¿Habéis leído el Redactor? ¿Qué os parece esa idea de proporcionar vestimenta a los soldados?
–Como todos los días, querido Andrés, lo he leído y la idea ya la conocía y me parece bien. Hay una dama gaditana que de momento no se quiere dar a conocer, que propone a otras señoras de la ciudad la creación de una Sociedad Patriótica, como tantas de las que están funcionando en las zonas ocupadas.
–Sí, pero esas sociedades son para otras cosas, no para vestir soldados. De eso tiene que ocuparse el Gobierno. A lo sumo que cada regimiento se procure la uniformidad, tal como he hecho yo con los Artilleros Voluntarios, que incluso he ayudado a diseñar el uniforme.
–La escasez es tal que hasta a los soldados hay que vestirlos, amigo Andrés. ¿Por qué te parece mal la iniciativa? Ahora estamos en verano y hace calor, pero llegarán los fríos y las lluvias y nuestros soldados van casi desnudos y descalzos. ¡Así no podemos hacer frente a los franceses!
–¡Nosotros no podemos hacerle frente a nadie, padre Vicente! Solamente podemos resistir hasta que vengan en nuestra ayuda o los franceses se harten y se marchen. ¡O se muera ese maldito Napoleón!
–Pero mientras que eso ocurra no es malo que las mujeres estén ocupadas en algo productivo y vestir a nuestros soldados es una buena idea.
–¿De dónde van a sacar las telas para los vestidos y los cueros para los zapatos? ¿Lo ha pensado ya esa dama? –preguntó algo airado ante la prepotencia del cura.
–¡Ahí estará el mérito de toda esta operación, querido Andrés! Ya lo he hablado con algunas de las que están dispuestas a colaborar. Se trata de vaciar los armarios de viejas ropas inservibles, descoser vestidos guardados desde años atrás para aprovechar trozos de paños, arreglar pantalones, chalecos, camisas y casacas y luego teñir todas las prendas con un mismo color para que la idea de uniformidad no se pierda. En cuanto al cuero, desde hace ya algún tiempo se están curtiendo los cueros de todos los caballos y burros que mueren en la ciudad.
–Pues a mi me parece que poca ropa queda guardada. Ya no sé cuando fue la última vez que un sastre me confeccionó una casaca y no recuerdo haber visto una pieza de paño en mucho tiempo. Y pocos cueros habrá procedente de los escasos caballos hambrientos que quedan. Yo mismo tuve que sacrificar mi yegua porque no tenía nada que darle de comer. Y acuérdese de aquellos caballos que se comieron todas las cortezas de los árboles del paseo del Perejil. Luego nos los hemos comido a todos
–Seguro que en tu casa hay mucha ropa que ya no usas y aunque esté desgastada, siempre habrá trozos aprovechables. Es de eso de lo que se trata, de descoser y cortar las piezas que puedan servir. Luego volverlas a coser y confeccionar algo de ropa.
–¡Pero es un esfuerzo inútil, baldío! Es mejor reunir fondos y encargar a algún barco que nos traigan paños de Gibraltar o de Mahón. ¡Afán de notoriedad! Seguro que detrás está Frasquita Larrea, ¿verdad, señor cura?
–¡Te equivocas, Andrés! Detrás de esta idea está la de organizar una Sociedad Patriótica que contará con mujeres de la altura de la marquesa de Villafranca, la de Astorga y muchas otras damas que quieren actuar por sí mismas, sin ninguna tutela masculina, como viene ocurriendo siempre que por su iniciativa se crean sociedades: que luego los hombres pasan a dirigirlas, desplazándolas de manera intolerable. ¡Es la hora de la mujer!

Andrés se ha quedado pensativo. Él, que ha propuesto tantas cosas dispares, como que el ejército lo mande quien esté más preparado y no el de mayor graduación, se encuentra que no sabe qué decir ante la idea de que las mujeres tomen la iniciativa.

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