viernes, 3 de octubre de 2014

¡VIAJEROS AL TREN!




Durante muchos años con esta exclamación comenzaban los viajes en tren. Negras locomotoras soltando humo y carbonilla, tiraban de largos trenes formados por vagones de madera e incómodos asientos, hasta que otros más confortables vinieron a sustituirlos y a estos los sustituyeron las camas que hicieron el viaje de lo más confortable. Solamente así se explica la existencia de trenes tan emblemáticos como el Transiberiano o el Orient Espress, con larguísimos recorridos.
Pero, ¿que se hacía antes, cuando no existían estos medios de locomoción?
Pues a recorrer caminos, andando o a caballo, o cruzar los mares a remo o a vela. ¡No había más! Y aun así hubo quien tuvo el valor de recorrer medio mundo y lo que es más importante, dejar por escrito las crónicas de esos largos periplos.

Tren de mediados del siglo XIX

Desde siempre se nos ha presentado al célebre Marco Polo, como el primer gran viajero de la historia de occidente; un mercader veneciano que en el último tercio del siglo XIII viajó hasta el Extremo Oriente en un largísimo itinerario de veinticuatro años y muchos miles de kilómetros. Su aventura nos llegó en una obra titulada El libro de las maravillas, más conocida como Los viajes de Marco Polo que el veneciano dictó a un escritor de la época llamado Rustichello, mientras estuvo preso en Génova, implicado en cuestiones políticas.
Sin desmerecer la epopeya de Marco Polo, con la que nos deleitamos en nuestra juventud, no es cierto que este fuera el primer gran viajero de la Era Cristiana, ni tampoco el primero en dejar por escritos las memorias de sus viajes.
Nueve siglos antes de que el ilustre viajero hubiera nacido, cuando todavía el imperio romano extendía su dominación en una gran parte del mundo conocido, nació y vivió en la provincia romana de “Gallaecia”, una mujer llamada Egeria, escondida durante siglos en los entresijos de la historia y a la que recientemente se la ha rescatado para otorgarle la consideración de primera gran viajera mujer de la que se tiene noticia.
Los datos biográficos que de ella se conocen son bien escasos lo que se da a la especulación sobre sus orígenes y su familia, por eso hay quien la relaciona con la familia de la primera esposa del emperador romano Teodosio el Grande, que había nacido en Cacabelos (antigua Cauca), cerca de Ponferrada, en la comarca de El Bierzo y por tanto en la provincia de Gallaecia, hacia el año 350; otra opinión, también puramente especulativa, es que fue la esposa, o al menos, pareja, del obispo hispano Prisciliano, ejecutado por la Iglesia como hereje y del que en la actualidad se tienen serias sospechas de que sea su cadáver el que tantos peregrinos veneran en Santiago de Compostela ( ver mi artículo
De cualquier forma al pertenecer a una familia adinerada y muy poderosa, gozó de gran predicamento en la sociedad de su época, entre la que destacó por ser una mujer extremadamente religiosa y de una curiosidad ilimitada, habiendo llegado a ser abadesa de algún convento importante de aquella provincia romana, de ahí que se la relacione con Prisciliano, pues en aquella época no existían votos de castidad entre los religiosos.
Se sabe de ella y esta vez con certeza, que visitó los Santos Lugares, en un viaje que realizó en 381 y que duró tres años, recogiendo sus impresiones en un manuscrito en latín vulgar llamado Itinerario a los Santos Lugares (Itinerarium ad Loca Sancta).
Aunque viajar es una actividad que siempre se tiene por arriesgada, en aquella época, hacerlo dentro de los límites del Imperio Romano, no revestía graves dificultades. La Pax romana proporcionaba unos índices de seguridad más que aceptables y, como se verá más adelante, la viajera no lo hacía en solitario, sino fuertemente acompañada.
Aprovechando las vías romanas y el establecimiento en todos los itinerarios de las denominadas “mansio”, o casa de postas que jalonaban los caminos, viajar era relativamente confortable, máximo en el caso de esta abadesa que usó de su influencia para acogerse a la hospitalidad de conventos, monasterios y cuantas instalaciones religiosas iba encontrando en su camino.
Contaba, por añadidura de algún tipo de salvoconducto oficial que debía estar expedido por una alta personalidad del imperio, pues le autorizaba a recurrir a protección militar si llegaba el caso, por lo que en muchas de las etapas del viaje, iba acompañada de una escolta de soldados romanos.
Hay constancia de que en 381 llegó a Constantinopla, desde donde partió hacia Jerusalén, visitando todas las ciudades mencionadas en los Evangelios y describiendo los ritos y ceremonias religiosas que se observan en cada lugar, por lo que su Itinerario tiene el doble valor de libro de viajes y catálogo de cultos y ceremonias de los inicios del cristianismo.

Imperio romano en el siglo IV


En las orillas del Mar Muerto, visita el lugar donde la tradición situaba la estatua de sal de la mujer de Lot, no hallando vestigio alguno de dicha estatua y sube a lo más alto de la montaña en donde la tradición dice que ardía permanentemente la zarza a cuya luz recibiera Moisés las Tablas de la Ley.
En su cumbre, situada a más de mil quinientos metros de altura, esta ubicado el monasterio de Santa Catalina, hasta el que llega, sudorosa y jadeante, pero sin ayuda alguna, mientras que sus acompañantes han de ser socorridos.
Subió también al monte Nebo, lugar desde el que Yahvé permitió a Moisés que contemplase la Tierra Prometida y en el que se dice que está enterrado el patriarca.
Cuando ya se disponía a regresar a Gallaecia, oyó hablar de unos santos monjes de Mesopotamia y sin dudarlo cambió su itinerario para conocerlos.
Así llegó al río Eufrates, del que cuenta que es tan impetuoso como el Ródano, pero mucho mayor.
Acompañada del obispo Eulogio de Siria, visitó a aquellos monjes anacoretas que tanto despertaron su interés, los cuales vivían en pleno desierto y en unas condiciones extremadamente inhóspitas.
De todo aquello que observaba, tomaba buena nota en una colección de relatos que a modo de diario, pero mucho más detallado, iba escribiendo.
Había llegado al extremo oriente del imperio. A partir de aquel punto, se acababa la hegemonía romana y el terreno era peligroso, además, ya no podía contar con escolta militar, por lo que fue convencida de que se volviera y aunque ella quería adentrarse en Persia, fue convencida de que se diera la vuelta, que su viaje estaba cumplido y que le quedaba mucho que contar sobre su experiencia.
Llevaba cuatro años de viaje cuando decidió regresar a Constantinopla en donde siguió escribiendo con la ilusión de que aquellas páginas suyas fuesen leídas por sus queridas monjas de Gallaetia, aunque es más que probable que en ese momento se sintiese mal, pues no intentó siquiera regresar a su tierra.
Falleció con toda posibilidad en aquellas tierras próximas a Constantinopla y allí debe estar enterrada en algún lugar desconocido, perdido en aquel vastísimo territorio.
Lo mismo que su sepultura, su obra literaria también se perdió y durante más de quince siglos, nadie supo de ella.
A finales del siglo XIX, concretamente en 1884, en la ciudad italiana de Arezzo, apareció un códice en pergamino, de treinta y siete folios, que contenía una obra ya conocida de San Hilario de Poitiers y una segunda obra, desconocida e incompleta, a la que faltaban folios del principio y del final y en la que se relataba el viaje a Tierra Santa. Tras muchos estudios y especulaciones, se ha determinado que es una copia del manuscrito del Itinerarium.
Es fácil comprender que Egeria “nació” después de haberse descubierto su libro. Es decir, nadie había vuelto a hablar de ella desde que desapareciera en las postrimerías del siglo IV; la única referencia escrita que de ella se conoce es una carta de San Valerio, obispo de Zaragoza y personaje coetáneo, a unos monjes e El Bierzo, en la que se la menciona profusamente. Fue al descubrirse su libro cuando la autora afloró en la historia, que hubo que recomponer a su medida y más por las propias apreciaciones que ella formula en sus escritos que por verdadera constatación rigurosa.
Por eso hay quien la ha identificado con Pulcheria, hija del emperador Teodosio, del que ya antes se dijo que debió ser familia, lo que justificaría sus enormes privilegios.
A principios del siglo XX, un monje benedictino y destacado hispanista llamado Marius Ferotin, fue quien definitivamente centró el personaje y la autoría del Itinerarium, pues San Valerio había usado muchos de sus datos en aquella carta mencionada más arriba, usando incluso el mismo estilo y vocabulario en la descripción de los trayectos.
Desde entonces nadie duda de la autoría del libro, como nadie lo hace de que estamos ante la primera viajera de la historia que por más de cuatro años y sin descanso, recorrió todos los límites orientales del imperio romano, confeccionando un libro de viajes tenido por el primero escrito por mujer.
Posteriormente se han ido encontrando otras referencias a la obra de Egeria, como la hallada en el Liber de Locis Sanctus que escribió Pedro Diácono, monje benedictino, historiador y escritor del siglo XII.
Es momento de reivindicar para nuestra compatriota el honor que le cabe, tanto como viajera, como de persona de profundas convicciones y sobre todo, de transmisora de sus experiencias.

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