viernes, 29 de marzo de 2019

EL "PEREGRINO RARO"





Ramón Mesonero Romanos es un clásico escritor costumbrista de finales del siglo XIX que a base de indagar en la historia madrileña y publicar centenares de artículos y varios libros sobre las costumbres de la capital, fue nombrado y así se le consideraba, Cronista oficial de la Villa.
Gracias a él conocemos infinidad de historias, curiosas unas, dolorosas otras y vergonzosas algunas, sucedidas en la capital del reino a lo largo de siglos.
Una de ellas, de las más vergonzosas, es la que relata aquelarres en los conventos y los curiosos amoríos que se daban en las altas clases sociales, en la nobleza y con más infamia, en la realeza.
Empecemos por los aquelarres. En la calle de San Roque, una perpendicular a la famosa Gran Vía madrileña, existía un convento llamado de San Plácido, del que en la actualidad solo queda la iglesia que estaba integrada en él.
Dicho convento fue creado allá por 1620 por una mujer perteneciente a una poderosa familia de la época. Era doña Teresa Valle de la Cerda, descendiente de la famosa Princesa de Éboli, la cual estaba prometida en matrimonio con otro personaje de la nobleza española de la época, Jerónimo de Villanueva, protonotario mayor de Aragón y posteriormente secretario personal y consejero del rey Felipe IV.

Estado actual del Convento de San Plácido

A pesar de que ambas familias exultaban de alegría con un enlace tan ventajoso, doña Teresa, de la noche a la mañana, rompió su compromiso, manifestando su deseo de profesar hábitos.
Inexplicablemente el despreciado novio se tomó el asunto con una calma más propia de otras latitudes y en unión de su ex novia, decidieron la construcción de un convento en el que Teresa sería la priora y donde podrían buscar cobijo y consuelo espiritual hijas de buenas familias de la Villa que así lo deseasen.
Con un capital inicial de veinte mil ducados por cada una de las dos partes, Villanueva compró unos terrenos aledaños a una finca de su propiedad en la calle San Roque y se inició la construcción que concluyó unos años más tarde en un espléndido edificio con iglesia adjunta.
Pero el de Villanueva no era todo lo conformista que pudiera a simple vista parecer y desde su finca, lindante con el convento, hasta las entrañas de los sótanos de éste, hizo construir un pasadizo secreto, quizás con la intención de visitar privadamente a doña Teresa, o cualquier otra intención, desde luego poco confesable.
De inmediato el convento fue recibiendo jóvenes de destacada posición social, integrando su jerarquía un confesor, el sacerdote Francisco García Calderón, un hombre de cincuenta y seis años y de oscuro pasado y con el que ocurrirían extrañas cosas.
Hasta treinta novicias albergó el convento en poco tiempo y apenas habían pasado unos años desde su inicio, cuando en todo el barrio que hoy se conoce como de Malasaña, en el que se ubicaba el convento, se comenzó a hablar de las misteriosas voces, gritos y otras extrañas circunstancias que se estaba produciendo en su interior.
Es de señalar que por aquella época se estaba extendido una herejía en forma de secta religiosa conocida como los “alumbrados” o “iluminados”, cuyas raíces se pierden en el tiempo y que alcanzó gran difusión primero en Alemania y luego se fue extendiendo a otros países.
Según su doctrina, el “alumbrado”, ahonda tanto en su propia esencia que consigue llegar a un extremo de perfección y de irresponsabilidad que ya el pecado no es pecado, sino un acto de exaltación de su pureza.
Como casi todas estas sectas de oscuros orígenes y más oscuros objetivos, la lujuria era la condición humana que más se desataba y sus reuniones terminaban en orgias con explosión de delirantes gritos, contorsiones y expresiones.
Supuestamente, algunas de aquellas novicias encerradas en el convento ya venían de la calle tocadas por esa semilla de posesión maligna que había de ser curada y desde la priora, doña Teresa, hasta la casi totalidad de las jóvenes monjas, aceptaban de buen grado participar en aquellas milagrosas curaciones que el sacerdote, confesor de todas ellas, practicaba.
Como es comprensible, aquel director espiritual ejercía una enorme influencia en aquellas novicias, muchas de ellas casi niñas que encerradas en la clausura, no veían más que por los ojos del sacerdote. Este malvado personaje, del que no se llegó a aclarar si era realmente un profeso de la fe de los “alumbrados”, o si era realmente un pervertido que daba salida a sus más bajas pasiones con aquellas pobres desdichadas, empezaba por hacerles creer, incluida doña Teresa, que estaban poseídas por el demonio que se presentaba bajo la forma a la que llamaban el “Peregrino raro”.
Las manifestaciones externas de aquellas supuestas posesiones eran gritos, convulsiones, terroríficas visiones y otras que en la actualidad están descritas en la psiquiatría como episodios de histeria colectiva, pero que en la época, el médico que examinó a las novicias, no dudó en asegurar que estaban poseídas por el demonio y que el exorcismo era el único procedimiento a seguir.
Nadie mejor que el confesor para llevar a la práctica el ritual que realizó sin respeto a la liturgia que la Iglesia tenía establecida y dio rienda suelta a su más bajos instintos haciendo que, una a una, las novicias se le fueran entregando para realizar con ellas los más aberrantes actos sexuales, mientras las pobre infelices creían que aquellos actos sexuales las estaban librando del maligno, a la vez que podrían ofrecerle la gloria de engendrar a un nuevo profeta.
Pero entre las novicias había unas que ni presentaban sintomatología, ni podían comprender que aquellas practicas sexuales estuvieran encaminadas a liberar a sus hermanas del “Peregrino raro” y a través de sus familias, dieron conocimiento al Santo Oficio que actuó de inmediato sobre el sacerdote, la priora y veinticinco novicias que fueron trasladados a Toledo a las cárceles secretas que la Inquisición tenía en la ciudad.
Allí se obtuvieron las confesiones de todos los implicados y se dictaron las sentencias que, a pesar de la gravedad de los hechos, no fueron de gran dureza, salvo para el cura que fue condenado a reclusión permanente. Pero doña Teresa solamente fue condenada a una reclusión de cuatro años en el convento de Santo Domingo el Real, de Toledo, tras los cuales pudo regresar a San Plácido continuando de priora. El resto de las monjas fueron distribuidas por diferentes conventos sin ninguna otra sanción.
Curiosamente, tras estos vergonzosos hechos, la priora comenzó a adquirir cierta fama como adivinadora y potenciada esta dudosa habilidad por su antiguo novio que en ningún momento desapareció de la escena, aunque si estuvo ajeno a los aberrante sucesos, la fama de vidente llegó hasta el valido del rey Felipe IV, el Conde Duque de Olivares, don Gaspar de Guzmán, el cual comenzó a visitar el convento de San Plácido obsesionado por la falta de heredero que perpetuara su estirpe.

El Conde Duque pintado por Velázquez

En una de esas visitas, el poderoso valido, por indicaciones de su amigo Villanueva, se fijó en una joven, sobrina de la priora y de nombre sor Margarita de la Cruz, la cual había ingresado en el convento por decisión paterna y para apartarla del masculino asedio a que era sometida debido a su extraordinaria belleza.
El de Olivares pudo apreciar los encantos físicos de sor Margarita y con la intención de acrecentar su poder sobre el monarca, conociendo las tendencias sexuales de éste, le comento las excelencias de la novicia. Poco le falto al rijoso monarca que en público se mostraba extremadamente religioso, pero en privado era todo un dechado de vicio y depravación, para querer conocer a la pobre criatura, para lo cual, Villanueva, valiéndose de su fuerte vínculo con la priora, preparó una entrevista de ésta con el monarca, so pretexto de que el rey quería conocer las interioridades del convento, asegurándose que sor Margarita estuviese presente y el monarca pudiera contemplarla.
Ni que decir tiene que la belleza de aquella joven trastocó al Austria que de inmediato no dudó en poner en marcha toda la maquinaria palaciega y valiéndose de aquel pasadizo secreto que el de Villanueva había construido, penetrar en el convento para satisfacer sus libidinosos apetitos.
Una pequeña comitiva en la que iban el rey, el valido y Villanueva, se puso en marcha una noche cuando ya todo el plan había sido perfeccionado y usando aquel pasadizo llegaron a los sótanos del convento y desde allí se dirigieron a las celdas de las monjas conduciendo a un rey al que aquella aventura preocupaba mucho más que todos los problemas de estado, que a la postre era lo que el valido pretendía.
Pero al ir aproximándose a las celdas, empezaron a escuchar cánticos mortuorios, a ver luces de velas bailando en la oscuridad y un ambiente de tristeza y duelo a la puerta de una celda en cuyo interior se encontraba la priora y sobre el catre el cadáver de una monja.
A pesar de lo subrepticia de la entrada del rey y su cortejo, doña Teresa no pareció sorprenderse de la extraña presencia a altas horas del la noche y con gran compostura comunicó a los recién llegados que lo hacían en mal momento, pues estaban velando el cadáver de sor Margarita, les dijo mostrándoles el ataúd iluminado por cuatro hachones y en el que reposaba el cuerpo de la novicia.
La comitiva real se dio la vuelta y sin mediar palabra salieron del convento por donde mismo habían entrado, pero con mucha más prisa y pánico en el cuerpo.
Solamente Villanueva sabía lo que se iban a encontrar, pues tras conocer la decisión del rey de abordar de aquella forma a la monja, urdió con su inseparable Teresa el plan que ahuyentara al monarca y dejara tranquilo al convento.
Margarita estaba, naturalmente, viva y viva continuó muchos años en la paz del convento; el rey encontraría alguna otra joven doncella en la que fijar su libido y el Conde Duque inició su declive como valido, hasta perder la vida poco tiempo después.
El rey, en su “magnanimidad”, quiso compensar al convento por haber sido objeto de sus desmanes y le regaló un cuadro que actualmente se admira en el Museo del Prado y que se titula “El Cristo de Velázquez” y un espléndido reloj de carillón.
Aunque el asunto parece haberse resuelto en la intimidad de un claustro, lo cierto es que hasta el papa tomó cartas en el asunto, ya que informado por la Inquisición, quiso saber de lo ocurrido, obligando a un notario real llamado Alfonso de Paredes que confeccionase un informe y que lo llevase a Roma, pero los tentáculos del de Olivares hicieron desaparecer a notario y a informe cuando iba en camino de la Ciudad Eterna.

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