viernes, 25 de octubre de 2019

CONQUISTAR AL CONQUISTADOR





Afortunadamente nuestra historia está plagada de mujeres heroicas; tanto, que ese afán de querer visualizar al género femenino de nuestra raza, repitiendo constante y machaconamente eso de “ciudadanos y ciudadanas”, “españoles y españolas” o inventando palabras como “miembros y miembras” es, no solo innecesariamente reiterativo, sino aburrido y sobre todo síntoma de incultura.
Por fortuna, digo, tenemos una historia plagada de nombres de mujeres que se “han visualizado” al entrar por la puerta grande en los libros de historia. Ya he dedicado muchos artículos a estas mujeres y quedan muchas más a las que iré dedicando mis trabajos.
La de hoy es sin duda una mujer ejemplar. Ejemplar por su arrojo y valentía, por su decisión y por su carisma como líder y aunque ya se ha escrito sobre ella e incluso se ha rodado una película sobre su viaje, no me resisto a colocarla entres las figuras femeninas que orlan mi blog, a pesar de que la originalidad que siempre busco se vea en este caso muy mermada. Se trata de doña Mencía Calderón de Sanabria.
Nació esta mujer en Medellín, en la provincia de Badajoz al comienzo del siglo XVI. No existe constancia de su fecha exacta de nacimiento pero sí que se ha recogido un dato importante y es que casó en 1535 con Juan de Sanabria, primo del conquistador Hernán Cortés, el cual había quedado viudo poco tiempo antes y de cuyo matrimonio tenía un hijo de corta edad llamado Diego.
El matrimonio de Juan y Mencía tuvo pronto descendencia, pero con poca fortuna para la continuación del apellido pues fueron tres hembras.
Residían en Sevilla en donde Sanabria ostentaba un importante cargo en la corte, cuando llegó a España cargado de cadenas el que había sido Adelantado del Río de la Plata, Alvar Núñez Cabeza de Vaca.
El Adelantado era un alto dignatario al que se encomendaba llevar adelante una empresa o servicio por mandato real, y que poseía plenos poderes tanto en tiempos de paz como de guerra. Esto convertía al designado en una figura de máxima autoridad que más adelante podía ser sustituida por el virrey, como comparativo de la magnitud de sus atribuciones.
Alvar Núñez fue acusado de graves delitos por abuso de poder y terminó mal sus días, pero su trayectoria lo describe como un brillante descubridor que llenó páginas de gloria, aunque como muchos otros, en parte por enemistades y en parte por su extrema dureza en el trato con las personas bajo su mando, terminó aherrojado.
Corría el año 1547 y se hacía necesario designar de inmediato un relevo para tan importante cargo, pero a la vez había que dar solución a un problema que se estaba yendo de las manos.
El cristianísimo emperador Carlos tenía sobre su conciencia el desenfreno moral que en el nuevo continente se estaba experimentando, quizás como consecuencia de varias decisiones mal tomadas desde un principio.
Una vez descubierta la nueva tierra, el único afán era el de expandir los dominios en busca del codiciado oro y las especias. Eso hizo que, una tras otra, las expediciones fueran de conquistadores y no de colonizadores de las nuevas tierras. Las mujeres estaban prohibidas a bordo de las carabelas que cruzaban el Atlántico y salvo alguna enrolada de tapadillo como prostituta, para alivio del conquistador y unas pocas que consiguieron emigrar disfrazadas de hombres, lo cierto es que pocas mujeres españolas cruzaban el océano.
Por otro lado las guerras de los últimos años habían diezmado a la población masculina española, decremento que se veía aumentado por la emigración de varones hacia tierras de promisión.
Estas situaciones producían un resultado muy concreto y no era otro que abundancia de mujeres en España y escasez de ellas en las Indias.
Esto llevó a las generalizadas relaciones de concubinato con las mujeres del nuevo continente, con las que los conquistadores tenían múltiple descendencia, pero difícilmente formaban una familia que se asentara en un territorio y cuidara de él.
Se quiso paliar esta situación con una propuesta que la protagonista de esta historia, doña Mencía Calderón, hacía a su esposo Sanabria y que no era otra que la de llevar mujeres castellanas a las Indias, unas para encontrarse con sus esposos, otras para contraer allí matrimonio con los jóvenes soldados solteros.
Esa idea, después de haberla desechado durante años, pareció convencer al emperador Carlos, que en sustitución del depuesto Cabeza de Vaca, nombró Adelantado del Río de la Plata, por indicación del Consejo de Indias, a don Juan de Sanabria, el esposo de Mencía, con la condición de que preparase una expedición de seis naves para trasladarse a tierras del sur de América, donde él detentaría el cargo de Adelantado.
Juan de Sanabria murió al poco tiempo y la expedición, aún sin ultimar, corría serio peligro de ser anulada al nombrarse a otro adelantado, pero entonces doña Mencía tomó las riendas de aquella aventura y consiguió que se nombrase a Diego, hijo de su marido, como nuevo Adelantado y a ella como responsable de la expedición femenina, en atención a lo avanzado que llevaba las gestiones, pues no en vano había conseguido ya tres naves y que numerosas doncellas, sobre todo extremeñas  pertenecientes a las clases más privilegiadas, se hubiesen ofrecido voluntarias para emprender aquella incierta aventura, igual que las abandonadas esposas de muchos de los conquistadores que llevaban años sin aparecer por España.
Hay que considerar que en el ánimo de estas mujeres pesaba una gran losa, pues en aquellos tiempos las féminas solo tenían dos caminos en la vida que no eran otros que el matrimonio y el convento. El matrimonio estaba difícil y de baja calidad y el convento no era idea que atrajese a la mayoría de las mujeres, así que la de apuntarse a aquella aventura no parece tan descabellada: ir en busca del marido desconocido, en vez de descubrir la “Tierra Ignota”.
El diez de abril de 1550 zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda la primera parte de la expedición, la que dirigiría doña Mencía y que se componía de tres naves: el patache San Miguel, la carabela Asunción y la nao San Juan. En Sevilla quedaba su hijastro don Diego, tratando de fletar las tres naves que faltaban para completar la expedición.
La primera parte de la flota puso rumbo a las Canarias con el fin de avituallarse para la larga travesía y esperar a que los vientos alisios le fueran propicios; a bordo iban alrededor de sesenta mujeres y unos doscientos cincuenta jóvenes, aunque hay algunos autores que cifran en ochenta las damas de la expedición, pues algunas estaban casadas con conquistadores españoles y en realidad iban en busca de sus maridos, por lo que no rebajarían la tensión a la que estaban destinadas las solteras.
En Canarias, la ausencia de vientos retuvo la expedición más tiempo del deseado y cuando unos meses después emprendieron, por fin, la marcha, enfilaron hacia las Islas de Cabo Verde, donde les sorprendió una fuerte tormenta que dispersó las naves.
El patache San Miguel, la mejor de las naves, era la que transportaba a las mujeres y a Doña Mencía, el cual navegó hacia el Golfo de Guinea, para trazar luego la ruta hacia el continente americano.
Pero allí fue sorprendido por un barco pirata francés y doña Mencía tuvo que gestionar la libertad del barco y la inmunidad de las mujeres a su cargo, entregando gran parte de la carga a los piratas.
Del destino de las otras dos naves no se sabía nada, pero el plan del viaje fijaba un punto de reunión en la isla de Santa Catalina, en las costas de Brasil, cerca ya de la frontera con el actual Uruguay, a donde se dirigió el San Miguel, llegando en el mes de diciembre y en donde se encontró con la carabela Asunción. De la nao San Juan nunca se supo nada más.
El estado de las embarcaciones era lamentable y la Asunción se hundió en una maniobra de aproximación a la costa, donde el gobernador portugués de la isla tenía retenidos los dos barcos y sus tripulaciones.
Tres años estuvieron retenidas en tierras brasileñas hasta que por intervención directa del rey de España con el de Portugal, se levantó el confinamiento y las expedicionarias estuvieron en libertad.
Durante ese tiempo había recibido noticias de que Diego Sanabria y su expedición había llegado al Caribe pero su rastro se perdía en las selvas venezolanas.
Quedaba por tanto doña Mencía como única persona responsable de la expedición, pero ya no había opción de continuar por mar, así que armándose de valor y usando unos indígenas que se ofrecieron a guiarlas en un larguísimo viaje a través de la selva, consiguieron llegar dos años después y tras más de mil trescientos kilómetros, a la ciudad de Asunción, en donde algunas de las damas casadas que habían emprendido tan larga aventura, encontraron a sus esposos amancebados con indígenas y otras recibieron la funesta noticia de su muerte.

Mapa del recorrido por tierra desde la costa hasta Asunción


Por fin la expedición se había acabado y llegaban a su punto de destino, en donde las damas, deterioradas por las penalidades sufridas, se esforzaron en su tarea de encontrar esposo y asentarse en aquellas tierras.
Así nació el actual Paraguay y fue gracias a la constancia y tesón de una dama ilustre, a la que nadie empujaba para encumbrar, sino que lo hacía ella sola con su denuedo.
La historia debía haber sido más justa con esta persona que a pesar de ser del sexo femenino, tuvo un comportamiento heroico, contribuyendo notablemente con su aportación al engrandecimiento de las colonias americanas.
Hasta 1960 en que una escritora argentina llamada Josefina Cruz escribió una novela sobre este personaje, su recuerdo había permanecido dormido.

1 comentario: