viernes, 4 de octubre de 2019

EL DUQUE Y "LA GIORGINA"





Que a la nobleza masculina le enloquecen las coristas, cantantes y en general las buenas hembras del mundo de la farándula, no es nada nuevo. Desde la antigüedad hasta el presente más reciente hemos comprobado casos escandalosos de estos amoríos.
Actualmente la Iglesia apenas se entromete en estos asuntos, que bastante tiene con los suyos y se limita a aconsejar continencia, a sabiendas de que es un consejo vacuo, pero en otros tiempos no era así, pues el poder eclesiástico no era solo espiritual, era, sobre todo, terrenal.
En el siglo XVII el papa Inocencio XI se propuso reformar la sociedad romana, por otra parte totalmente corrompida en todos sus estamentos, pero para una reforma en profundidad no era suficiente forzar a sus prelados a abandonar el lujo y la lujuria de que estaban rodeados, ni cambiar las prédicas, prohibir el canto de las monjas o condenar el excesivo escote de las señoras.
Eran necesarias medidas más drásticas y así prohibió, además, que las mujeres ejercieran de actrices en las comedias, obligando a que fueran sustituidas por hombres y lo que es más extravagante, llegó a prohibir que cualquier mujer que cursara estudios de música o canto de cualquier clase y en cualquier lugar, aprendiesen con hombres, fueran religiosos o laicos, aunque hubiese entre ellos parentesco.
Pretendía tutelar la moral del peligro existente entre el maestro y sus pupilas.
Pero el arte salía notablemente perjudicado.
Triunfaba entonces en Roma una cantante llamada Angiola Voglia, a la que se conocía como “La Giorgina”, la cual había recibido una notable educación musical que agregar a su belleza personal, y ambas cualidades juntas hicieron de la joven todo un éxito artístico.
Su madre, dispuesta a sacar el mayor partido de las cualidades de la joven, la puso al servicio de un acaudalado “Príncipe de la Iglesia”, el cual no llegó a casarse con ella por prohibición expresa del papa, pero el prelado, loco de amor o de lujuria, estaba dispuesto a tirar la púrpura por la borda, con tal de conseguir a la cantante.
No había fiesta de la aristocracia en la que no participara la bella cantante, la cual recibía espléndidos regalos, como los que figuran en una relación del duque de Mantua: “…una bandeja de plata grabada de unas quince libras de peso y una cajita con una bandejita y algunas joyas.”
Fernando Carlos III fue, por cierto, el último duque de Mantua, un dechado de inteligencia que cuando el papa Inocencio XI le preguntó qué le había gustado más de Roma, le respondió que una joven que cantaba como nunca había oído; fue la gota que colmó el vaso de la fingida calma del Pontífice que lanzó un bando en el que además de las prohibiciones que se han señalado anteriormente, ordenó que todas las cantarinas se encerrasen en un convento o que abandonasen Roma.
En aquellos momentos Roma quería decir los Estados Pontificios, casi la mitad del centro de Italia.
La policía pontificia creyó oportuno empezar a detener a las que no habían cumplido el mandato papal por la más famosa de todas: “La Giorgina”, que consiguió escapar y refugiarse en el palacio de la reina Cristina de Suecia, la cual vivió muchos años en Roma y que acogió a la cantante con verdadero placer.
Allí gozó del correspondiente derecho de asilo, máxime cuando la reina Cristina estaba en Roma para abjurar del protestantismo y abrazar la religión católica, acto al que la Iglesia concedía la máxima prioridad.
Así transcurrió más de un año, cuando en enero de 1688, para celebrar la boda de dos altas personalidades de la aristocracia italiana, se celebró un certamen de canto, al que la reina permitió que asistiese “La Giorgina” y allí la conoció el embajador de España ante la Santa Sede, don Luis de la Cerda y Aragón, IX duque de Medinaceli, nacido precisamente en mi pueblo, El Puerto de Santa María, concretamente en el Castillo de San Marcos, joya arquitectónica de la ciudad perfectamente conservada, el cual quedó prendado de la cantante hasta el extremo de querer acogerla bajo su protección, pero se encontró con el escollo insalvable de la reina Cristina de Suecia, celosa hasta el extremo de los artista que estaba bajo su protección.
Rara en extremo, se dice que en realidad Cristina sentía amor por la bella cantante, con la que mantuvo un apasionado romance.
La reina enfermó en febrero de 1689 y aunque parecía haberse recuperado, a raíz de un grotesco incidente protagonizado por monseñor Vaini que se coló con fines lúbricos en el cuarto de Giorgina, la reina se agravó y falleció pocos días después.
Muerta la reina, la cantante pasó a la disposición del pontificado, donde decidieron ingresarla en un convento, pero no era querida por las congregaciones religiosas y buscarle un acomodo estaba resultando muy dificultoso. En estas, murió también el Papa Inocencio, al que sucedió Alejandro VIII, un papa que en dieciséis meses dilapidó la fortuna del Vaticano en dádivas a familiares y rebajas de impuestos y nombró a sus parientes para los cargos más importantes de los Estados Pontificios.
Menos mal que la muerte se lo llevó presto que de no ser así se hubiera cargado una institución que duraba ya diecisiete siglos.
El nuevo papa no dudó en entregar la custodia de Giorgina al duque de Medinaceli, a quien se acogió en la embajada española, con gran cólera del otro pretendiente, el duque de Mantua que había entrado en tratos con la familia de la joven para llevársela a su corte.
Por su parte el de Medinaceli exhibía su reciente conquista con verdadero descaro y orgullo, llegando a ser amonestado por la corona española, que en ese momento estaba sobre las sienes del infausto Carlos II.
Sorprendentemente todo esto se realizaba ante los ojos de la esposa del Medinaceli, María Teresa de las Nieves, hija del conde de Osuna, la cual estaba tan encariñada con la cantante que no alcanzaba a ver la realidad que se escondía tras aquella pretendida admiración exclusiva de su arte.
La admiración que despertaba Giorgina llevaba a los hombres a desenvainar la espada y hacer sangre por tal de preservar la primacía que la cantante detentaba, como ocurrió con el gentilhombre de la embajada española José de Villanueva que mató a dos lacayos del marqués de Rispoli, por querer que su carruaje entrase en una fiesta por delante del de Giorgina.
Lo cierto es que en Roma se llegaron a acuñar monedas dedicadas a la cantante, como esta de la fotografía.
 


En esas, el duque es nombrado virrey de Nápoles, uno de los cargos más importantes de la corte española, en donde hizo una entrada triunfal en los primeros días de abril de 1695 y en una de las carrozas de gala de la virreina pudo verse el bello rostro de la cantante, a la que acompañaba su hermana Bárbara, joven también de gran belleza.
Aparte de las dos hermanas, el ahora virrey no dudaba en dar cobijo en su palacio a cuanta cantante agraciada pasara por su virreinato, hasta alcanzar fama de libidinoso, extremo que el pueblo tradujo en un dicho, cuando fue cesado de su cargo y es que se decía que en Nápoles ya solo quedaban cinco pecados capitales pues la soberbia y la lujuria, se los había llevado el duque, que también se llevó a España a su amante Giorgina.
Pero además de lujurioso, soberbio y perezoso, cualidades que tenía con colmo, el duque no debía ser ni medianamente inteligente, pues siendo nombrado ministro por Felipe V en el año 1709, empezó a conspirar contra el monarca en defensa del archiduque Carlos, pretendiente al trono español.
Fue descubierto en esa burda conspiración y dio con sus huesos en el real Alcázar de Segovia y de allí trasladado a Pamplona, donde murió el 26 de enero de 1711, se dice que envenenado.
Con la muerte del duque comenzaron las desgracias de Giorgina que también fue presa en el Alcázar de Segovia. Nada más volvió a saberse de la amante ducal de la que también se llegó a afirmar que había muerto estrangulada en la prisión, cosa que no es cierta, pues en septiembre de 1714 un diario romano publicaba que Angiola Voglia, la famosa cantarina romana llamada “La Giorgina”, que había estado presa por ocultación de joyas, había sido puesta en libertad y obligada a salir del reino de España.
Después de esta noticia, nada más se volvió a saber de la guapa cantante y lo más probable es que regresase a Italia donde sería bien acogida en la casa de algún otro noble.
Los asuntos que atañen de cintura para abajo nunca han tenido arreglo, ni lo tendrán.

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