viernes, 19 de junio de 2015

LAS VACAS DE LA PAMPA





Ya he narrado en varias ocasiones los numerosos productos que España llevó al Nuevo Mundo y los que de allí trajo, pero casi nunca se habla de una especie animal que en países como Argentina se ha convertido en el motor del desarrollo.
Esta especie animal es el ganado vacuno que fue la causa principal del desarrollo del país desde el siglo XVIII.
En primer lugar, el ganado vacuno, las vacas, proporcionaban proteína animal y alimento básico muy fácil de conseguir. Su subproducto, la leche, era y sigue siendo alimento de primera necesidad. Luego, las vacas y los bueyes fueron el vehículo de empuje en la agricultura y en los transportes y por último, proporcionaba, tras su muerte, otro artículo de máxima utilidad: el cuero; un producto de consumo universal que durante muchas décadas se convirtió en el único fruto de exportación de Argentina.
A estos beneficios hay que agregar el escaso esfuerzo que suponía criar el ganado en aquellas feraces tierras, en la que casi no había que hacerle caso, salvo para seleccionar los animales que se iban a destinar al sacrificio, a la cría o al trabajo.
Así de fácil llegó Argentina a convertirse en la “carnicería del mundo”, circunstancia que en España conocemos muy bien, gracias a la gran ayuda, en forma de carne y cereales que recibimos de este país tras la guerra civil.
Pero la forma en que había llegado la Pampa a acumular una cabaña de vacuno de las dimensiones a las que llegó, es algo muy interesante.
Todo empezó hacia 1552 con la introducción de las llamadas “Siete vacas goes (grandes o gordas)”, en realidad un toro y seis vacas y cuando unos cuantos colonos españoles, afincados en el actual Paraguay, marcharon hasta las costas del Brasil con el fin de traer vacas, animal que todavía no existía en todo el cono sur americano.
Estos animales eran de la raza que entonces se denominaba “sansón”, por su fortaleza y más aptos para el trabajo o la producción de carne que la de leche.
Como es natural, los portugueses de Brasil no vieron con buenos ojos que los españoles pudieran introducir ganado vacuno en sus territorios, pues ellos conocían ya los enormes beneficios que en todos los órdenes proporcionaba este ganado, así que el gobernador de Brasil manifestó que sin la licencia expresa del rey de Portugal, de allí no se movía ni una sola vaca.
Pero los españoles eran hombres de arrestos y además iban bien provistos de fondos en forma de lingotes de oro y plata y piezas labradas, por lo que comenzaron a comprar animales y almacenarlos a escondidas, hasta que decidieron ponerse en marcha con una reata no demasiado grande.
Estas fueron las primeras; las segundas fueron varios centenares de cabezas que se trajeron desde Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia y que se vendieron al precio excesivamente alto de trescientos pesos. Esto significa que aquellas vacas “goes”, las primeras vacas, no debieron reproducirse de manera adecuada y la cabaña no habría prosperado. Pero esta nueva inyección de ganado sí que se reprodujo adecuadamente y en pocos años empezaron a salir cabezas de ganado hacia la recién fundada ciudad de Buenos Aires, así como hacia Santa Fe, El Chaco, Las Misiones, Córdoba, etc.
Pero el afán de los pobladores españoles era incrementar la cabaña, por lo que su consumo se producía muy escasamente, destinando todas las cabezas a la crianza, si bien los colonos tenían el ganado suelto, en las enormes dehesas donde la hierba crecía hasta la altura de la cintura y en la que muchas de las cabezas vacunas se hicieron montaraces, como consecuencia del pastoreo sin alambradas, en absoluta libertad.
Esto quiere decir que no estaban herradas ni se conocía a sus verdaderos dueños y que poco a poco se iban desplazando hacia el sur.

Ganado vacuno en total libertad en La Pampa

Ya en 1608 existe una mención del cabildo de Buenos Aires en el que se habla de ganado cimarrón y de la licencia que se da a algunos colonos para su captura y hacer matanza. En esa ocasión se rescatan casi mil quinientas cabezas.
Para tener derecho a realizar estos rescates de las cabezas montaraces, era suficiente una declaración jurada del colono ante el cabildo, expresando el número de cabezas que se poseían y cuantas se le habían escapado.
Ese ganado asilvestrado y no el de las granjas controladas por los colonos, es el que al final produce la inmensa cabaña vacuna de Argentina.
Pero la codicia humana iba en contra del desarrollo de la cabaña, pues al autorizarse las matanzas, se hacían de manera indiscriminada, sacrificando terneras que debían ser destinadas a la reproducción, cuando en realidad, de los sacrificios, solo se aprovechaba el sebo y la piel; el cuero, que ya entonces había alcanzado un valor de mercado y que, como es natural, era más valioso cuando procedía de animal joven y hembra que de macho y viejo. Era muy importante que la piel no presentase mataduras, heridas ni máculas y por eso se elegían los animales más sanos para esa industria, prefiriéndose los que se criaban en libertad que no los estabulados, pues estos se herían constantemente entre ellos, o con las vallas de los cercados.
Hubo de intervenir el gobernador de Buenos Aires que ante las enormes matanzas que se producía entre el ganado suelto, prohibió los desjarretaderos, una pieza de acero en forma de media luna, muy afilada, ensartada en la punta de una caña, con la que, a caballo, se cortaba el tendón del músculo llamado jarrete, casi como nuestro tendón de Aquiles, imposibilitando a los animales para la huída.
De igual manera que desde El Río de la Plata hacia el sur, se fueron asilvestrándo las cabezas de ganado (también caballos y yeguas se hacían mostrencos), llegando a constituir una cantidad importante, en otras provincias del interior iban ocurriendo cosas parecidas, calculándose que hacia 1625 existían más de cien mil cabezas de ganado cimarrón.
Como es natural, conforme este ganado iba avanzando hacia el sur y el interior del país, iba entrando en zonas pobladas por los indígenas del lugar, los patagonios, que veían como les llegaba aquel regalo llovido del cielo. Pero estos indígenas mostraron mucho más interés por los caballos y yeguas, que servían mejor a sus intereses laborales y para la monta y además su carne era más apreciada que la vacuna.
De aquellos patagonios descienden los gauchos, posiblemente los mejores ganaderos del mundo.

Típica imagen del gaucho

Conforme avanzan los años, el ganado, completamente descuidado se va internando por toda la Pampa sin que apenas se haga uso de él y los permisos para rescatarlos son cada vez más escasos y es que el precio del cuero ha caído notablemente en todos los mercados, muy posiblemente por la excesiva exportación desde Argentina y ya no es rentable hacer rodeos, matanzas, curado de pieles, viajes, etc., por lo que no hay rentabilidad en esa industria y el ganado destinado al consumo humano se recoge de las dehesas próximas a las ciudades, por lo que las más alejadas ven como el número de sus cabezas va en aumento, hasta que a principios del siglo XX se calcula la cabaña en treinta y seis millones de cabezas.
Pero no todo el tiempo ha sido de beneficio, pues los vecinos y colonos del Río de la Plata, mientras tenían ganado cimarrón a mano, descuidaron la producción del vacuno doméstico y se estima que hacia 1715 se cierran todas las vaquerías existentes en Río de la Plata, pues ya no quedaban vacas estabuladas, mientras varios años de pertinaz sequía, a la que ni rogativas ni novenas vencen, esquilma el ganado cimarrón que ha de emigrar a otros pastos mejor regados que los de la provincia de Buenos Aires.
Se calcula que hacia 1733 quedaban ochenta mil vacas en la jurisdicción de Buenos Aires, más otra buena cantidad pertenecientes a los jesuitas y estas sí que estaban en haciendas, debidamente cuidadas, contadas y en explotación.
Pero ni las sequías, ni los períodos de bonanza, son eternos y con un cambio en la meteorología, la hierba volvió a crecer y las vacas a reproducirse, llegando así a la cifra que antes se ha apuntado para el comienzo del siglo XX; cifra que podría ser muy superior, pues se hizo de una manera muy estimativa y carente de rigor, además de no haberse podido censar gran parte de los territorios pampeños más alejados y montañosos.
Actualmente se tiene un conocimiento más exacto del número de cabezas de ganado que libremente pastorea por la inmensa Pampa Argentina y ese número sobrepasa los cincuenta y cinco millones de cabezas vacunas que disponen de casi veinte mil metros cuadrados cada una para pastar.
Para referirse a las tierras feraces, suele decirse que incluso plantas un lápiz y crece, pues en aquellas tierras, sueltas un toro y una vaca y te encuentras con cincuenta millones. Es una exageración, como también lo sería decir que la mano del hombre nada tuvo que ver en ese prodigioso crecimiento, pero a lo largo del artículo se ha visto cómo una y otra vez se recurría al ganado silvestre, porque en las explotaciones la producción no era la adecuada.

Así pues, la cabaña vacuna argentina procede de unas pocas cabezas de ganado llevadas por los españoles que casi por ellas mismas se han ido reproduciendo hasta alcanzar cifras astronómicas.

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