viernes, 2 de agosto de 2019

DE FRAILE A CORSARIO





No es usual que alguien, una persona con amplia formación humanística, criado en el seno de una familia perteneciente a la alta burguesía, asidua visitante de cortes y palacios y en íntima conexión con los monarcas, en cuyo entorno llegaron a alcanzar puestos de gran relevancia, pueda efectuar un cambio tan radical que lo lleve a trocar su vida monástica, a la vez que prestigiosa, por otra tan azarosa como la de corsario.
Esto le sucedió a don Pedro Fernández de Bobadilla, más conocido como “Pedro de Bobadilla, el Corsario”.
Fue el sexto hijo del matrimonio formado por Andrés de Cabrera, hombre la total confianza de los reyes castellanos Juan II y de su hijo Enrique IV, llamado el Impotente, del que fue camarero real y regidor de todos los oficios palaciegos, y de su esposa, Beatriz de Bobadilla, amiga personal y camarera real de la reina Isabel, futura Reina Católica. Con el matrimonio de los reyes cabrera pasó a ocupar un puesto de la mayor confianza de Fernando el Católico.
La fecha de nacimiento del “cura-corsario” no está perfectamente datada, pues mientras éste se fijó en Jaén en 1486, cronistas contemporáneos aseguran que murió en 1522, a la edad de treinta y tres años, lo que supondría haber nacido tres años más tarde. Pero este detalle tiene escasa importancia al objeto de esta historia, porque lo cierto es que perteneciendo a una tan distinguida familia, el joven Pedro, lo mismo que todos sus hermanos, estuvieron sometidos a una promoción social y política poco usual.
Con cinco años fue nombrado caballero de la Orden de Santiago y el mismo cronista que nos habla de su muerte, hace el relato de esta ceremonia, de la que dice haber ocurrido en 1495.
El que un niño de cinco años profesase como monje-guerrero en una orden militar de la categoría de la de Santiago, era absolutamente fuera de lo normal, por lo que necesitaba una dispensa real, que el entonces rey Fernando el Católico, fácilmente le concedería. Casi a renglón seguido el joven caballero ingresó en el convento de los dominicos, en donde se ordenó sacerdote de la prestigiosa Orden de Predicadores, cuando apenas tenía catorce años.
En plena ebullición de su pubertad, el joven dominico empezó a mostrar su verdadero carácter que resultaba ser no sólo incompatible, sino antagónico con los votos profesados, revolucionando el convento. No había moza que se le resistiera ni tapia que no saltara para visitar a su enamorada, haciendo caso omiso a las advertencias de los frailes que, incapaces de reconducir la desconcertante línea que había tomado el joven, decidieron poner el hecho en conocimiento de sus padres.
Como es natural y más en la época, los padres recibieron un jarro de agua fría y optaron por una medida tan drástica como traer al joven a la casa paterna y encerarle en una jaula de madera bajo la custodia del alcaide del castillo en el que vivían. Allí lo mantuvieron con una alimentación tan menguada que a duras penas resistió el castigo de casi dos años al que estuvo sometido. Pensaban sus padres que una alimentación exigua eliminaría los furiosos apetitos sexuales del joven, el cual manifestaba que no quería seguir en el convento, que era tanto lo que le gustaban las mujeres que seguiría haciendo toda la vida lo mismo que había hecho que lo encerraran en aquella jaula.
A gritos pedía ingresar en la milicia, pero eso era imposible. Había sido consagrado sacerdote y esa es una condición que acompaña al hombre a la tumba, que imprime carácter.
No carente de inteligencia, el joven Pedro optó por una táctica más refinada; empezó a fingir que ya no tenía aquellos desaforados deseos sexuales, e incluso, de manera voluntaria empezó a ayunar, haciendo continuos actos de contrición por sus horrendos pecados y culpas.
Fue el propio alcaide quien recomendó el cese de aquella tortura, en vista del deterioro físico que presentaba y de su cambio de actitud, los frailes de su congregación accedieron a aceptarlo nuevamente en el convento.
Pero todo había sido una farsa para salir de aquella jaula y adquirir nuevamente la libertad y después de un año de pacífico comportamiento, coincidiendo con que la corte de los Reyes Católicos estuvo de forma itinerante en Madrid, él, como muchos otros frailes de diversos conventos, se vio desplazado a la villa junto a otros compañeros, para atender espiritualmente a toda la multitud que acompañaba a los monarcas.
Entre los que podríamos llamar “funcionarios”, que atendían a toda la logística alrededor del movimiento de miles de personas, los cronistas que relataban los sucedidos, militares, nobles, diplomáticos y muchas otras personas, viajaban también mercaderes de todo tipo. Había joyeros, comerciantes de caras sedas, armeros, talabarteros y artesanos de todo tipo.
En todo evento multitudinario de este tipo, los conventos realizaban una importante labor, acogiendo física y espiritualmente a menesterosos, así como a gente importante que por los monasterios desfilaban; y uno de estos personajes al que Pedro Bobadilla atendió y con el que trabó rápida amistad fue Pero Hernández, rico platero, servidor de la más acaudalada nobleza, entre los que se encontraban los padres del propio fraile.
Rápidamente el fraile desenterró su verdadera faz y convenció al platero de que un señor muy principal de Aragón, muy amigo suyo, llamado Luis de la Cerda, se había casado con una riquísima viuda llamada Juana de Rocabert y que el marido, profundamente enamorado quería hacerle un regalo de joyas por valor de trescientos o cuatrocientos “ducados labrados” y que su amigo le había pedido que él mismo escogiese las prendas.
Esa cantidad de oro equivalía a casi un kilo y medio, lo que puso al platero Hernández nervioso como un flan ante las enormes ganancias que podría obtener. Así, quedaron en que al día siguiente, el platero iría con toda su mercancía al convento, a donde acudiría el supuesto cliente, que naturalmente no apareció en todo el día, pues no tenía ni idea de lo que en su nombre se estaba tramando. Llegada la noche y ante el fracaso de la reunión, el platero Hernández temió volver a su casa con una carga tan valiosa y fiándose plenamente del fraile, le dejó las joyas en depósito.
Ahí se acabó definitivamente la vocación del fraile Bobadilla que aquella misma noche partió hacia Alicante.
Seguramente que el fraile tendría trazado sus planes con precisión, pues la estafa practicada a su amigo, fue cosa de mucha preparación, así que una vez llegado a Alicante, se instaló adecuadamente y comenzó a trabar relaciones con gentes de dudosa reputación, a los que agasajaba presentándose vestido a lo militar y siempre elegante, rumboso y con apariencia de rico, dejando caer en sus conversaciones que buscaba un navío con el que ir a combatir a los piratas moros, incluso hacer alguna incursión en sus países.
Después de algunas intentonas, encontró una carabela muy bien dispuesta, entablando negociación con su propietario para efectuar la compra, no sin antes probarla, cosa que hizo con una tripulación ya preparada por él y que al hacerse a la mar en pruebas, en realidad lo que hizo fue apoderarse de ella y poner rumbo a Sicilia, pero quiso la fortuna que a pocos días topase con una rica embarcación perteneciente al tesorero del reino de Valencia, el cual desconociendo la procedencia de aquella carabela, aceptó la gentil invitación que el fraile le hizo para que subiera a bordo y celebrar el encuentro.
Fatal decisión pues Pedro Bobadilla ya tenía decidido dedicarse por entero al corso y su tripulación albergaba las mismas intenciones que él; así que aquella fue su primera presa que por estar muy bien abastecida llevó a Sicilia, donde vendió la carga, sacando pingües beneficios.
No relatan los cronistas qué sucedió con el tesorero valenciano y su tripulación, pero es de esperar que fuese abandonada en la isla a su destino.

Una de las muchas banderas que usaron los piratas

Con dos naves, la piratería simplificaba mucho las cosas, pues permitía atacar por los dos flancos y pronto fueron tres las naves de su flota y sus correrías empezaron a alcanzar fama en todo el Mediterráneo y su flota fue creciendo a razón de continuar con sus acciones de piratería. Llegó a tener cuatro naos muy bien armadas, cada una de dos palos y otras cuatro carabelas. Una flota de ocho buques era capaz de cualquier enfrentamiento en el mar.
Entre las ocho embarcaciones reunió un contingente de más de quinientos hombres, todos perfectamente adiestrados, cada uno en su cometido, pero cometió un pequeño error.
En un puerto griego embarcó a una bella joven con la que compartía su vida, cosa que hubiese sido normal si entre la tripulación no se supiera que Pedro era un sacerdote renegado, que había abjurado de la fe de su patria y eso en aquella época era muy mal perdonado.
Aunque cueste creerlo en estos tiempos, eso le acarró algún que otro disgusto que el renegado solventaba con una mayor distribución del los botines que iban adquiriendo.
A su favor contaba un detalle de vital trascendencia y no era otro que salvo sus primeras acciones, Pedro Bobadilla y su gente iban siempre contra la piratería bereber y eso era algo muy importante para todos los reinos del marco Mediterráneo, incluso para el papado porque le permitía una más libre circulación de mercaderías por todo el Mare Nostrun. Tanto fue así que el cazador de piratas ya era conocido como “Fray Pedro” y todos sus pecados parecían perdonárseles.
Cuando ya llevaba años de granjeada fama, Fray Pedro y su considerable flota arribó a la isla de Rodas, en aquel momento sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, en donde, para su sorpresa recibió la invitación formal del Gran Maestre Guy de Rochefort, ya anciano y en mal estado de salud.
La propuesta que Rochefort le hizo lo dejó perplejo, pues el anciano guerrero le ofrecía nada menos que el nombramiento de Gran Maestre de la Orden, porque consideraba en él todas las virtudes que una persona necesitaba para hacer frente a su servicio a la comunidad cristiana: era joven, valeroso, experimentado en la guerra marítima, acaudalado y con un ejército de hombres fieles y curtidos y para colmo era de origen noble.
El cinismo llegó al extremo que la poderosa Orden lo consideró no como a un pirata que es lo que verdaderamente era, sino como a un caballero con licencia para ejercer el corso y que su flota, aumentando la de la Orden, estaba en disposición del enfrentarse al mayor pirata otomano de aquellos momentos: Kapudán Pachá.
En un acto de buena voluntad, devolvió todos los tesoros robados a barcos no piratas, pero la fortuna no se alió con él y tras mejorar considerablemente la salud de Rochefort, lo que le alejaba de la promesa del cargo, en un enfrentamiento naval contra Pachá, una tempestad mermó su flota a la vez que los otomanos le infligieron gran castigo.
Pero un nuevo golpe de suerte le vino otra vez de cielo, pues el papa Julio II estaba formando la llamada Liga Santa, contra Francia, que formaron en principio Génova y Milán y luego se fueron adhiriendo los Estados Pontificios, España, Venecia, Inglaterra, el Sacro Imperio, Suiza… y hasta cualquier navegante decidido y mediante una Bula Pontificia de diciembre de 1511, el papa decidió que cuantos se unieran a la noble causa contra los franceses quedarían reivindicados y su pecados, a los que llamó “travesuras” quedarían de inmediato perdonados.
Incluso perdonaba la apostasía que Pedro había hecho al abandonar el seno de la Iglesia para dedicarse a tan innoble oficio como era la piratería y además le autorizaba a usar su condición de caballero de la Orden de Santiago.
No se puede explicar con qué autoridad pudo el papa acceder a tamaños desafueros, pero el poder era el poder y el dinero el dinero y Julio II necesitaba al fraile renegado a su lado y como vicario de Cristo en la Tierra, hizo lo que mejor convenía a su poder y a su hacienda.
Restablecida su honra, el propio Carlos V lo llamó a su servicio, nombrándole almirante de la flota del norte, pero la suerte no pudo ayudarle más y murió ahogado en 1522, cuando navegaba por el norte de Francia, luchando contra las flotas francesas.

2 comentarios:

  1. muy interesante y Que tiempos tan distintos de los de ahora, pues un niño de 5 años no tiene nada que ver con los de entonces..

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