jueves, 31 de marzo de 2022

EL CANUTILLO

 

Recuerdo que en mis años de estudiante de literatura estudié a un escritor romántico de prestigio que reunía la particularidad de ser natural de Chiclana de la Frontera, un municipio vecino del mío, pero, ciertamente, no dejó una huella importante en mí, ni su figura se ensalzaba en el temario como un escritor fuera de lo común. Vamos, que el libro de literatura de sexto de bachiller despachaba a este insigne escritor con unos pocos renglones.

Se llamaba Antonio García Gutiérrez y nació el 5 de julio de 1813 en un pueblo bonito y muy completo, Chiclana de la Frontera, quizás de los más completos de la provincia de Cádiz. Tiene mar con playas preciosas, tiene marismas de una riqueza biológica incalculable, tiene campo, pinares, es una potencia vitivinícola y disfruta de unos alrededores dignos de ser conocidos y, por si fuera poco, tiene historia pues fue un importante bastión francés en su acoso a La Isla de León y Cádiz. Allí se celebraron batallas terrestres y combates navales y allí la huella quedó como el Pinar de los Franceses, donde las tropas gabachas estuvieron acampadas durante los largos meses del asedio, y que dieron nombre a un pinar espectacular.

Antonio nació en el seno de una familia modesta de artesanos y su infancia transcurrió en los años del férreo absolutismo impuesto por Fernando VII. Muy pronto empezó a dar muestras de su inclinación hacia la poesía y la literatura en general, actitud que no era bien vista por su padre, que a toda costa quería que su hijo fuera médico, para lo que, acabado el bachillerato, lo matriculó en la Facultad de Medicina de Cádiz, en la que solamente pudo aprobar dos cursos, pues su interés estaba muy alejado de la medicina y en 1833, aprovechando que el rey Fernando cerró todas las universidades, abandonó definitivamente la carrera y se marchó a Madrid en busca de la ansiada gloria literaria. En su alforja poco dinero, algo de ropa, unos cuantos poemas y cuatro piezas dramáticas, mitad comedias, mitad dramas

A pie y en compañía de un amigo, se puso en camino hacia el norte y en algo más de veinte día llegó a la capital de España; era en aquél mismo mes y año en el que también muría el Rey Felón, septiembre de 1833.

 

García Gutiérrez en una de las primeras fotografías

Debía tener el genio y la gracia andaluza tan característica, pues poco tardó en relacionarse con poetas y literatos de la época, como Espronceda y con algunos empresarios teatrales, a los que ofrecía sus obras con escaso éxito, como al famoso Grimaldi, dueño de los dos teatros más importantes de la capital: el Teatro del Príncipe y el de La Cruz.

Para ganarse le vida empezó a trabajar como periodista en algunas de las publicaciones periódicas de las muchas que por aquel tiempo salían a la luz y que no llegaban al gran público ni se leían fuera de los foros capitalinos. Esta actividad escasamente le daba para calentar su estómago y para ayudar a su escuálida economía, empezó a traducir pequeñas obras francesas que tampoco reflotaban su peculio.

Doblemente presionado por su pobreza y por su fracaso como escritor, se alistó como recluta en la leva que el gobierno realizó para luchar contra los carlistas, y sobre todo ilusionado porque el decreto de reclutamiento preveía que todo voluntario que tuviera dos años de estudios superiores, sería nombrado oficial a los seis meses de servicio. Así que sentó plaza de soldado voluntario con el ánimo de que al llegar a oficial, al menos solucionaría económicamente su vida.

Pero la fortuna se cruzó en su camino y ayudado por su amigo Espronceda, que ya tenía un lugar en las letras españolas, consiguió que su drama, El Trovador, fuese elegido para ser representado en el Teatro del Príncipe y así, el uno de marzo de 1836, el recluta chiclanero se escapa del cuartel para asistir a la “premier”  de su obra.

El éxito fue notable y al final se registró la más larga ovación que se había escuchado en aquel teatro; al día siguiente la crítica hizo también justicia, iniciándose una de las carreras más brillantes de la dramaturgia del siglo XIX.

Aparte del largo aplauso, se dio otra circunstancia novedosa y es que, por primera vez, el público reclamó la presencia en el escenario del autor, costumbre que sigue vigente cuando se produce un éxito escénico.

Indudablemente el ambiente había sido bien preparado, porque aunque entre el público se preguntaban quién era el autor, porque a todas luces era un desconocido, lo cierto es que el aforo estaba completo, no se sabe si de aficionados, o simplemente “clac”.

A partir de ese momento no tuvo ningún problema para que sus obras fueran representadas en los teatros madrileños, mientras El Trovador salía de gira por las principales capitales españolas.

 Y su fama trascendió las fronteras hasta el punto de que el gran músico Giuseppe Verdi compuso su famosa ópera Il Trovatore, basada en este drama, cuando precisamente estaba en la cima de su fama mundial como músico.

El argumento del drama es completamente inventado y la acción transcurre en el siglo XV y cuenta la vida del doncel Manrique de Lara, amante de la poesía y el canto, lo que en la época resultaba ser un trovador.

Hijo ilegítimo de un noble zaragozano, lo había criado una gitana llamada Azucena.

Manrique está enamorado de Leonor, a quien también ama Nuño, hijo del mismo conde, aunque ambos desconocen la circunstancia de ser hermanos de padre, no así la gitana Azucena que sabe perfectamente esa coincidencia.

Y, en fin, todo el enredo y característico de los dramas románticos que naturalmente terminan con la muerte dramática de los protagonistas, o al menos uno de ellos.

Lo cierto es que la obra no solo tuvo éxito en Madrid, sino que se fue representando en diferentes capitales y pueblos con notable acogida y los libretos que se editaban, se acababan casi de inmediato.

Antonio seguía sujeto a la disciplina militar a la que se había comprometido, lo que le restaba mucha capacidad de acción, no solo para seguir escribiendo, sino para acompañar a la compañía de teatro que representaba su obra.

El éxito del drama llegó a oídos de la reina regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, que acudió una noche al teatro a ver la representación, al término de la cual y sintiéndose entusiasmada, pidió conocer personalmente al autor, expresando su deseo de que fuera a su palco para saludarle.

Antonio tuvo que pedir prestada una levita algo más presentable que la suya para acudir a la cita con la reina regente y así, con los nervios lógicos del momento, se encaminó al palco proscenio que ocupaba su majestad, la cual tras los saludos y felicitaciones de rigor le concedió una petición y el chiclanero no se le ocurrió otra que lo que más le atenazaba en aquellos momento y le pidió “El Canutillo” , nombre con el que se conocía popularmente a la licencia del servicio militar, porque se guardaba en un tubo para preservarla de posibles deterioros, pues en tiempos tan convulsos nadie podía estar libre de que lo volvieran a reclutar si no presentaba la preciada licencia.

Poco tiempo hizo falta para que el gobierno, presidido por el también gaditano Mendizábal, concediera la licencia que supuso para el autor dedicarse plenamente a la actividad literaria, ahora que el éxito le sonreía.

Su siguiente obra en alcanzar gran fama fue Simón Bocanegra, un drama en el que el autor funde las vidas de los hermanos Simón y Egidio Bocanegra en uno solo y que también causó tanta impresión en Verdi que compuso su opera “Simón Boccanegra”, basada en este drama. Y ya van dos.

Pero no fue solamente literato el insigne chiclanero, pues fue cónsul de España en diferentes ciudades francesas e italianas y director del Museo Arqueológico de Madrid, cargo que ostentó desde 1872 hasta su muerte en 1884.

En su ciudad natal, a la que yo visito con frecuencia, hay pocos recuerdos de este prestigioso escritor que, en tiempos pasados contaba con un teatro construido a orillas del río Iro, un río corto y a veces muy caudaloso que vertebra la ciudad y que en varias ocasiones ha protagonizado riadas asombrosas; con el arreglo y canalización de sus riberas, el teatro desapareció.

 

Teatro García Gutiérrez a orillas del río Iro, hoy desaparecido

4 comentarios:

  1. Pues mira JM,siendo como soy enamorado, como tú, de Chiclana desconocía yo esta historia.
    Pienso compartirla con un italiano marítimo afincado allí, en la barrosa,con una pequeña pero excelente pizzeria(Soave).Tú que eres buen gourmet,visitala.
    Un abrazo, amigo. Generoso.

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  2. Como siempre interesante y desconocido para muchas personas gracias por sacarlo a la luz. Un abrazo

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  3. como siempre otra biografía muy interesante, un fuerte abrazo

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  4. ¡Cuántas personas interesantes como este chiclanero nos estamos perdiendo!

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