viernes, 1 de agosto de 2014

CON VIENTO SOLANO




Verdad o mera leyenda, es lo cierto que varios escritores de la época, todos adornados de enorme prestigio, resaltaron en sus páginas esta historia que voy a contar y que seguro que muchos ya conocerán.
Pero antes de narrarla, es preciso desvelar las fuentes en las que he tomado, siquiera, el sorbo que me ha servido para vertebrar este artículo que no hace otra cosa que recoger lo que Fray Bartolomé de las Casas, López de Gómara y, sobre todo, el Inca Gracilaso, relataron.
La primera vez que tuve noticias de este hecho, fue precisamente leyendo Comentarios Reales, la famosa e ingente obra del Inca Garcilaso, que en su capítulo tercero del Libro Primero, trata de este tema que titula “Cómo se descubrió el Nuevo Mundo”.
El Inca, que fue el primer hombre culto de nacionalidad peruana (llamémosle así) por nacimiento, escribió que allá por el año mil cuatrocientos ochenta y cuatro u ochenta y cinco, es decir, siete u ocho años antes del descubrimiento del Nuevo Mundo, un avezado piloto de la villa de Huelva llamado Alonso Sánchez de Huelva, vivió una extraordinaria aventura.
Este piloto tenía un navío pequeño con  el que transportaba mercaderías desde la Península hasta las Islas Canarias, en las que descargaba y volvía a embarcar, esta vez, frutas y otros productos típicos de Las Afortunadas que trasladaba a la Isla de la Madera (Madeiras), en donde volvía a embarcar azúcar y conservas de pescado, con las que volvía a España en una triangulación que el piloto conocía a la perfección y de la que aprovechaba todos sus vientos para hacer el viaje rápido y beneficioso.
Pero quiso la desgracia que su último viaje fuese menos afortunado que los anteriores y cuando desde las Canarias se dirigía a Madeira, le cogió una fuerte tormenta con vientos solanos, llamados así porque proceden de donde el Sol sale y que soplan invariablemente desde el este, que le sorprendió en mitad de su travesía.
Viendo que era inútil luchar contra aquel desaforado temporal, optó por dejarse llevar por él y durante veintiocho o veintinueve días, se dejó arrastrar por los fuertes vientos, sin saber ni por dónde iba, ni dónde estaba, pues el cielo estaba tan cerrado que durante ese tiempo no divisaron ni el Sol ni la estrella Polar, que les sirviera para tomar altura y para orientarse.
Fueron días de una tremenda zozobra, pues el fuerte temporal impedía a los marineros comer y dormir, proporcionándoles por añadidura un gran trabajo en el achique de la embarcación y en la reparación de las cosas que el temporal iba averiando.
Pasados esos día, la tormenta se fue aplacando, cedió el viento y se calmó la mar, cuando milagrosamente se encontraron frente a una isla para ellos completamente desconocida.
No se sabe qué isla era aquella, aunque el Inca supone que era la llamada La Española, actual sede de la República Dominicana y de Haití, deducción a la que llega aplicando la lógica al considerar que dicha isla se halla al oeste de las Canarias, dirección hacia la que el viento les habría empujado.
Hoy sabemos que esa isla, la segunda más grande de todas las Antillas, se encuentra algo más al sur que las Canarias y que es una isla muy característica, pues tiene un pico montañoso con un poco más de tres mil metros de altura, lo que le da un aspecto muy singular en una zona en donde las islas se identifican por su escasa altitud. De cualquier forma se ignora si el piloto hizo una descripción de la isla, cosa que carece de importancia a los fines de esta historia.
Saltaron a tierra y el piloto tomó la altura del Sol, anotando todo con meticulosidad, desde que empezó la tormenta hasta que desembarcaron.
Hicieron luego agua y leña y volvieron en un viaje a ciegas, sin saber muy bien dónde estaban, nada más que su posición sobre el ecuador terrestre y desconociendo cualquier sistema de vientos que predominara en aquellas latitudes.
Es necesario considerar que desde que el vapor se incorpora a la navegación, los barcos pueden tomar el rumbo que deseen, pero en la navegación a vela se hace necesario conocer los regímenes de viento que imperan en cada latitud, para poder dirigirse a un lugar concreto. Por tanto, sin conocer con qué vientos se encontraría, la aventura de vuelta del piloto onubense fue muy meritoria. Optó por alejarse del ecuador, siguiendo una dirección noreste, esperando encontrar vientos favorables que no halló y que con los conocimientos de siglos después, casi se puede afirmar que su tornaviaje fue posible gracias a la corriente del Golfo.
Pero ese tornaviaje le llevó mucho más tiempo del que hubiera previsto. No encontró vientos de empopada que le habían alejado hasta allí y el agua, los víveres y demás bastimentos empezaron a escasear, lo que unido al mucho trabajo que tanto en la ida como en la vuelta estaban padeciendo, hizo que muchos de los diecisiete marineros que iban a bordo, empezaran a enfermar y luego a morir, de tal manera que cuando al cabo de muchos días avistaron una isla que resultó ser la llamada Terceira, del archipiélago de las Azores, solamente quedaban con vida cuatro marineros y el piloto.
Vivía por aquellos años en la misma isla, un genovés universal, por nombre Cristóbal Colón, ya en aquella época conocido como gran piloto, mareante y cosmógrafo, además de cartógrafo, el cual, enterado de la llegada de aquella nao y de la aventura que había corrido, se apresuró a recibir en su casa a los tripulantes que quedaban con vida, aunque tan escasos de fuerzas y tan diezmada su salud, que todos murieron en su casa, dejándole en herencia toda la documentación que concienzudamente había recopilado el piloto.
Nada pudo hacerse por sus vidas, pues ni una adecuada alimentación ni los cuidos especiales que Colón les prodigó, fueron suficientes para sacarlos del enorme deterioro que su salud presentaba y alguno que había llegado a la isla en estado de inconsciencia, ni capaz fue de recuperar la claridad.
Aquel tesoro en manos de Colón fue el decisivo acicate de su perseverancia en la tarea descubridora.
Ahora estaba seguro de que sus teorías eran ciertas, que se podía llegar a las Indias por occidente y que solo había que seguir una línea recta desde las Canarias hacia el poniente.
Para el Inca Garcilaso esta circunstancia fue el principio y el origen del descubrimiento del Nuevo Mundo, en el que la villa de Huelva, habría jugado el papel fundamental de ser el lugar del que partieron sus dos descubridores.
La tozudez que desde ese momento demuestra Colón, que se ofrece a cualquiera que le quiera escuchar y tenga medios suficientes para ponerlos a su disposición, es una buena muestra de la certeza que abrigaba y cuando, por fin, los Reyes Católicos ponen aquella mísera escuadra a su disposición, lo hacen convencidos de que el navegante sabe de qué está hablando, pues Colón, que guardaba celosamente la preciosa información que poseía, había dejado caer pequeñas gotas en oídos de personas de mucha autoridad y cercanas a los Reyes.
Indudablemente, Colón debía ser un hombre muy convincente, a quien su fama como mareante arropaba cuando, con una certeza que solamente se explica por la circunstancia ya descrita, casi certificaba que navegando hacia poniente se encontraban las Indias.
Que solamente tardara sesenta y ocho días desde que salió del puerto de Palos hasta que puso pies en tierras caribeñas, después de hacer aguada en La Gomera, “solamente se explica porque de la relación que Alonso Sánchez le había entregado, sabía perfectamente qué rumbo debía tomar, pues de otra forma, en un mar tan grande, era casi milagro haber ido allá en tan breve tiempo.”
Así termina el relato el Inca Garcilaso, no sin antes hacer mención a las otras personas que mucho menos a fondo que él, recogieron la historia.
Poco se ha hablado de este piloto y de su aventura, desafortunada para él, pero muy beneficiosa para Colón que, sin lugar a dudas, le debe a Alonso Sánchez, buena parte de su descubrimiento.

            
Estatua erigida en Huelva al marino Alonso Sánchez

viernes, 25 de julio de 2014

UN GUERRILLERO OLVIDADO





Una parte muy importante de la derrota de Napoleón en España se debió a la acción continuada de los llamados “guerrilleros”, partidas de hombres montaraces y aguerridos que desde el principio se emboscaron en los montes y sierras de la Península, haciendo la vida imposible a los “gabachos”, interceptando sus correos, apoderándose de sus suministros y abatiendo a todos los que se ponían a tiro.
El Empecinado, El cura Merino, Chaleco, El Campesino, Renovales, Franch i Estalella, El Barbudo, Espoz y Mina, El Charro, El Marquesito y bastantes más, de los que algunos pasaron desapercibidos y otros, sin causa aparente, fueron olvidados por la historia y que entre todos fueron los verdaderos héroes de la independencia.
Olvidado, como el guerrillero que hoy ocupa estas páginas, un hombre de ciencia que dejó todo, para coger el trabuco y lanzarse a la sierra, culminando su tarea con una memorable victoria militar sobre los franceses que la historia se ha resistido en reconocer.
Cuando Napoleón invadió la Península Ibérica, tenía concebida una idea fija que era la de apoderarse de Cádiz, ciudad que su asesor particular, el duque de Cadore, le recomendaba tomar para hacerse dueño del Mediterráneo.
Y fue, precisamente, Cádiz (y mi querida Isla de León) la única ciudad que las tropas de Napoleón no pudieron tomar y que por dos años se vio asediada y bombardeada insistentemente, si bien con la escasa efectividad que ya la coplilla ha resaltado suficientemente (Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones).
Desde las fortificaciones del Trocadero, cuyos restos se pueden contemplar cada vez que se cruza el emblemático puente sobre la bahía de Cádiz, las bombas apenas llegaban a las murallas de Puerta de Tierra, pues las únicas piezas de artillería capaces de alcanzar los tres y pico kilómetros que los separaban, eran los famosos morteros Grand y de esos, los franceses no tenían muchos, pero sobre todo no tenían munición para ser disparada.
Parece impensable que un ejército con el potencial militar del francés no estuviese bien pertrechado, pero así era y no por fallo logístico, sino por la labor que los guerrilleros hacían en la retaguardia.
Hasta doscientos soldados de infantería y caballería debían acompañar a cada convoy francés de suministros que cruzara los caminos de España y aún así, su éxito no quedaba asegurado.
Mientras, el asedio de Cádiz se prolongaba y uno y otro bando empezaron a tomarse las cosas por una parte, con el humor propio de los asediados y por la otra con la idea chauvinista de victoria del invasor.
Pero en esto ocurre que el duque de Wellington derrota estrepitosamente a los franceses en la batalla de Los Arapiles, celebrada en tierras de Salamanca tras haber tomado dicha ciudad y los franceses huyen despavoridos.
Esta victoria supone la posibilidad de que la Península pueda quedar dividida en dos zonas, norte y sur y que el ejército francés que se encuentra fundamentalmente en Andalucía, quede encerrado en una ratonera, sin posibilidad de suministros y con los caminos de escape cortados.
En vista de esa contingencia, se levanta el asedio de Cádiz, abandonando ingentes cantidades de material que puede entorpecer la retirada y las tropas de Napoleón se repliegan hacia el norte a la máxima velocidad posible.
Ya están pensando los franceses en evacuar Madrid y para no dejar títere con cabeza, llevarse todo lo que puedan para lo que disponen de todo un convoy como nunca se ha conocido.
Dicen que más de veinticinco mil carruajes de todo tipo y veinte mil soldados, también de distintas armas, se concentraron el diez de agosto de 1812, en Madrid, con una sola intención: llevarse todo lo que en ese inmenso número de carros les cupiera.
Y de hecho se lo llevaron. Todo lo que les cupo en los carros y lo que los soldados, ya en pleno saqueo, guardaron en sus morrales.
Conventos, iglesias, monasterios, edificios oficiales y todas las casas particulares que exhibían cierta prestancia, fueron saqueadas por los soldados franceses que se llevaron todo lo que se podía transportar y por supuesto, cuadros y otras obras de arte, bibliotecas enteras, ajuares, vestuarios y hasta los más impensables e innecesarios objetos.
El convoy se marchó con su carga pero la capital seguía en manos de los franceses y era preciso tomarla, liberarla de aquellas hordas saqueadoras que en los últimos momentos, sabiéndose ya derrotados se dedicaban exclusivamente al pillaje, el latrocinio y las violaciones.
Y el libertador de Madrid, no fue otro que el guerrillero olvidado de esta historia: “El Médico”.
Juan Palarea y Blanes nació en Murcia el 27 de diciembre de 1780, hijo de un comerciante de seda, que muy pronto destacó como buen estudiante y niño despierto. A temprana edad, ingresó en el seminario, donde permaneció varios años hasta que comprobó que su inicial vocación había desaparecido, decidiendo entonces estudiar medicina, cosa que hizo en Zaragoza.
Hay historiadores que dicen que no terminó la carrera, pero consta que en el año 1807 consiguió una plaza de médico oficial en la población toledana de Villaluenga de la Sagra. Es probable que no hubiese terminado sus estudios, aunque se le autorizase a ejercer la medicina, si bien en pequeños núcleos urbanos, como el que nos ocupa, cosa que parece era habitual en aquella época de escasez de galenos.


Juan Palarea y Blanes

Tras los incidentes del dos de mayo, Palarea decidió alzarse contra los invasores y fundó su propia guerrilla con los que, dicen, se llamaron a sí mismos, “Los catorce de la fama”, como aquellos conquistadores que se enfrentaron al mapuche Lautaro, en la conquista de Chile.
Pronto la guerrilla de “El Médico” comenzó a tener renombre, en base a las acciones llevadas a cabo contra los franceses y Palarea fue nombrado comandante de guerrilla y alférez de caballería, a la vez que su guerrilla recibió el nombre de  Séptima Partida de patriotas de Castilla.
Tras diversos golpes contra los invasores que lo encumbran, en 1810 alcanzó el grado de teniente coronel, cuando llegó a internarse en la Casa de Campo de Madrid, causando un gran revuelo entre las fuerzas ocupantes. Meses después, consiguió interceptar un convoy de trigo, que salvó del hambre a buena parte de la población española, hecho por el que se le concedió la Cruz de la Orden de San Fernando.
Cuando llegado el momento supremo, el enfrentamiento de las fuerzas anglo-hispano-portuguesas contra los franceses se hace ya evidente, “El Médico” se traslada con su partida hasta tierras salmantinas, ocupando la retaguardia francesa, en donde se dedican a interceptar todos los correos que pudieran recibir o enviar las tropas francesas, así como a atacar los convoyes de suministro, causando un grave daño en la intendencia y sobre todo, en las estrategias que los generales franceses tuvieran pensado emplear y que se transmitían por los correos que ellos interceptaban.
Realizada la labor de zapa y planteada ya la batalla, el guerrillero se puso al lado del duque de Wellington, junto al que combatió valerosamente y su intervención personal, así como la de su partida, en la batalla de Los Arapiles, supuso el reconocimiento por parte del duque de Wellington, el cual le regaló un sable de honor, que le había obsequiado el rey Jorge III, de Inglaterra.
Es fácil comprender que en una España poco cultivada intelectualmente, un hombre de estudios, como este guerrillero, tuviese una inmediata proyección política y tras Los Arapiles, fue nombrado gobernador militar de Toledo.
Ya con fuerzas regulares, a las que se sumaron las de su partida, “El Médico” fue el verdadero artífice de la liberación de Madrid, cuando aquellos veinticinco mil carros se llevaron a Francia todo lo que encontraron de valor. Con sus tropas entró en la ciudad y puso en fuga a lo que quedaba del ejército invasor.
En el año 1813 fue nombrado jefe del Regimiento de Húsares Numantinos y colaboró eficazmente en la retirada definitiva del ejército invasor francés.
Más tarde, durante el llamado Trienio Liberal, se opuso a las tropas francesas que apoyaban al rey Fernando VII y a pesar de su brillante palmarés como guerrillero, es posible que como militar profesional no fuese tan buen estratega y fue derrotado estrepitosamente en León y Oviedo y definitivamente en la batalla de Gallegos del Campo, cerca de Zamora, donde el general francés Bourque lo hizo prisionero.
En 1839 fue nombrado senador, pero lo suyo era la batalla con armas, no la dialéctica y nunca llegó a ejercer de parlamentario.
“El Médico” terminó sus días el 7 de marzo de 1842, sumido en la desgracia, preso en el penal de  Cartagena, acusado de haber participado en el levantamiento militar de 1841.

Sirvan estos modestos renglones para sacar del anonimato a un héroe nacional cuyo nombre debió figurar siempre junto a todos los héroes de la resistencia contra los franceses y al que la Historia se ha olvidado colocar en su lugar.

viernes, 18 de julio de 2014

PEDRO HISPANO





A veces resulta muy costoso encontrar un tema sobre el que desarrollar un artículo, pero en otras ocasiones parece que te encuentras un insignificante cabo, tiras de él y toda una madeja se ofrece como un escondido tesoro sobre el que escribir.
Este es el caso del artículo anterior en el que hablaba de un papa corrupto y fornicador que, no obstante, fue declarado santo. Abundando sobre el mismo tema que yo encuentro apasionante, me topé con una de esa perlas de la historia que han pasado completamente desapercibidas y que es interesante sacar a la luz.
Los de mi generación conocimos a un papa de lo más bondadoso que adoptó el nombre de Juan XXIII. Angelo Giuseppe Roncalli adoptó ese nombre de forma excepcional, porque ya en la Iglesia hubo un papa que lo llevó, con mucha anterioridad.
 Se trataba en realidad de Baldassare Cossa, un antipapa durante el Cisma de Occidente que duró desde 1378 hasta 1417; Cossa fue elegido pontífice, sin ser sacerdote, por los cardenales reunidos en Pisa. Poco después y a la resolución del Cisma por el concilio de Constanza, tras el que fue encarcelado y obligado a dejar su posición, se avino y dejó el papado, terminando sus días como cardenal y obedeciendo al papa Martín V, con el que concluyó la mencionada división de la Iglesia. Su nombre fue borrado de la lista oficial de papas, quedando libre de nuevo.
Para deshacer aquella irregularidad histórica, según la cual había habido un papa, que no fue papa y que se llamó Juan XXIII, Roncalli adoptó ese nombre y la cuestión quedó zanjada más de quinientos años después.

Juan XXIII, el papa bondadoso

Pero con el nombre de Juan, quizás con el que más papas hayan reinado, ha habido más de un incidente, aparte del relatado, y uno de ellos, y muy curioso, es el ocurrido con la persona que se conoce como Pedro Juliâo, papa numero 187 de la Iglesia católica que ocupó la silla de Pedro desde 1276 a 1277 con el nombre de Juan XXI.
Estamos en el último tercio del siglo XIII y la división en el seno de la Iglesia es total. La causa no puede ser más mundana, ni más estúpida y se podría explicar fácilmente diciendo que había dos corrientes: la de aquellos que considerándose hombres normales querían desarrollar su labor apostólica como hombres casados y padres de familia; y la de los fanáticos misóginos que no veían en el matrimonio más que fornicación, vicio y perversión.
Los primeros sostenían y con razón, que nada impuro había en el matrimonio y que por contra, el celibato forzado conducía a la perversión oculta, en sus más diversas formas, tanto naturales, como antinaturales.
Los segundos no tenían otra consigna que la de erradicar las relaciones sexuales dentro del clero, claro que solamente de cara al exterior, porque en lo que a las intimidades se refiere, eran extremadamente permisivos y pervertidos. Cada religioso podía hacer lo que quisiera con el sexo, siempre que fuera de puertas para dentro de su casa, su iglesia, su convento o su palacio.
“Qué malo hay en acariciar o penetrar a otra persona, es roce de dos pieles, como si frotaras una mano contra la otra”, llegó a ser una excusa para tener acceso carnal que más de un alto dignatario empleó.
Detrás de cada facción cardenalicia estaban las poderosas familias italianas y francesas que luchaban por colocar a uno de los suyos en la silla de Pedro, pero tras unos y otros, solo había corrupción.
Una serie de “investigadores” del papa Gregorio X descubrió que el obispo de Lieja tenía setenta concubinas y era padre de setenta y cinco hijos. Se llamaba Enrique de Luttlich y el papa Gregorio se vio obligado a convocar un concilio en Lyon, para destituirle, muy a su pesar, pues había sido su mentor y su jefe.
Este obispo prometía el perdón de la confesión únicamente cuando se pasaba por su cama, claro que eso era si la mujer, o el joven que solicitaba el perdón de sus pecados, era guapa, o apuesto.
Gregorio escribió una carta que no se conserva, pero aparece reflejada en escritos vaticanos en la que recrimina al obispo Enrique de incurrir en simonía, fornicaciones y otros crímenes y lo acusa de entregarse a la concupiscencia de la carne y que desde que es obispo ha tenido varios hijos e hijas y también el haber tomado como concubina a la abadesa de la Orden de San Benito y haber dicho, en un banquete que había tenido catorce hijos en menos de dos años (según el ensayista y profesor universitario Eric Frattini).
Deberías servir a Dios con la misma pasión con lo que te entregas a la lujuria, debió decirle el papa, para que se arrepintiese y pidiese perdón, pero el obispo no lo hizo, continuando con su vida como si tal cosa hasta que un noble flamenco, a cuya hija había dejado embarazada, lo apuñaló repetidamente en la cara, causándole tremendas heridas aunque parece que el obispo no murió de ese incidente.
En enero de 1276 fallecía Gregorio X que ha pasado a la historia por ser el papa que introdujo el cónclave (encerrado bajo llave) para elegir nuevo obispo de Roma.
Y tras su muerte, después de varios papas, llegó al solio un hombre de conveniencia. Los cardenales no lograban ponerse de acuerdo y pasando los días, sus raciones de alimento se les iban disminuyendo y empezaban a pasar hambre, tal como el anterior papa había dispuesto en la famosa encíclica “Ubi periculum” (Cuando haya peligro) que unida a la tensión sexual que alguno ya estuviera padeciendo, hizo que se decidieran por un portugués. El único papa portugués de la historia: Pedro Juliâo.
Juliâo era cardenal y médico eminentísimo, autor de uno de los mejores tratados de oftalmología de la época, a la vez que brillante y muy afamado profesor universitario.
Sobre su figura, como hombre, existe cierta controversia que lo colocan en el campo de lo enigmático. Porque conocido como Pedro Hispano, se le atribuye la autoría de un texto célebre llamado Tractatus, un manual de lógica que se utilizó en las universidades europeas hasta el siglo XVII y del que se hicieron miles de copias, lo que acredita su popularidad, hasta el extremo de que fue llamado por importantes universidades para impartir clases en sus aulas.
Al parecer, había nacido en Lisboa, hacia el año 1215, hijo de un prestigioso médico llamado Juliâo Rebelo. A temprana edad inició sus estudios en la escuela episcopal de la catedral de Lisboa, para trasladarse muy pronto a la universidad de París, donde estudió medicina, teología, lógica, física y otras materias que eran muy comunes en la época.
Sus primeros pasos en la docencia fueron en el campo de la medicina, en la universidad de Siena, lugar en el que se granjeó una bien merecida fama de hombre inteligente y estudioso y en donde escribió su obra sobre oftalmología que se titula Thesaurus pauperum que fue libro de texto en muchas universidades y escuelas de medicina.
En el año 1250 fue llamado para dirigir la universidad de Lisboa y la escuela catedralicia de dicha ciudad y en ese cometido se encontraba cuando fue requerido por el papa Gregorio X, aquel del que antes se habló, que se lo llevó a Viterbo, como médico de la curia romana.
No se sabe muy bien cuándo profesó como sacerdote, pues su carrera personal estuvo siempre supeditada a su condición de intelectual, médico y profesor universitario, pero se sabe que el papa, cuando lo llamó a Italia, a la vez que como médico, lo nombró obispo de Frascati, una ciudad cercana a Roma que en los últimos años había adquirido mucha importancia.
A la muerte de su benefactor, el papa Gregorio X, Juliâo permaneció en Italia y allí continuaba cuando años después murió el Papa Adriano V. Como cardenal, participó en el cónclave de Viterbo que habría de elegir al sucesor de Adriano y en el que, para sorpresa de muchos, fue elegido papa adoptando el nombre de Juan XXI.
Y aquí es donde radica la curiosidad de esta historia porque nunca hubo un papa Juan XX.

Grabado de Juan XXI, en donde dice “PP XX” Hispanus.

No se sabe por qué razón el lugar correspondiente a Juan XX quedó sin cubrir, pero así fue y Juliâo, portugués, médico, profesor universitario y muchas cosas más, nos dejó un enigma que será muy difícil de desentrañar, porque pensar, como han dicho algunos historiadores, en que se debió a un error del propio Juliâo al denominarse, es ser demasiado ingenuo, sabiendo cómo estaban las cosas en aquellos momentos. En el grabado de más arriba, Juan aparece con el ordinal XX y lo identifica de manera indiscutible al llamarlo “Hispanus”. ¿Por qué, entonces, consta en los anales como el XXI?
Muy influido por las ideas de corrupción de la época, trasladó la corte papal a Viterbo, donde se mandó construir una pequeña casa, anexa al palacio episcopal.
Rápidamente empezaron a correr rumores de que el papa mantenía relaciones con una joven perteneciente a una de las familias poderosas, pero nada se ha podido comprobar sobre tal extremo y quizás fuera un bulo para desacreditar su política de rectitud.
Hasta su muerte fue enigmática porque falleció al derrumbarse un muro de la modesta casa que se había mandado construir y cuando solamente llevaba ocho meses de pontificado.

viernes, 11 de julio de 2014

HOGUERA DEL INFIERNO





No es la primera vez que trato sobre la inmoralidad, la promiscuidad sexual, en la que muchos de los representantes de Jesucristo en la Tierra se han visto envueltos, pero es que hay casos en los que, sin querer ofender en ningún momento las creencias de los que tienen la fortuna de seguir una doctrina sin detenerse a analizar su contenido, no tengo más remedio que detenerme y exponerlo, a la vez que expreso mi más profunda sorpresa al comprobar que aún después de tanto escándalo, la doctrina siga existiendo, cuando lo normal es que se hubiera extinguido por la falta de ejemplo de sus más altas magistraturas.
Ya me imagino cual será la respuesta de alguno a los que antes me he referido, pero yo prefiero respuestas más acertadas, más cercanas a la vida real y no tan próximas a la entelequia.
Hasta muy avanzada la Edad Media era normal que los sacerdotes, vicarios, obispos, cardenales e incluso el papa, estuviesen casados, o tuviesen novias, amantes, queridas o como queramos llamarlas, tanto fijas como esporádicas.
Esta costumbre de tener a sus ministros debidamente sujetos en la esfera matrimonial que muchas otras religiones consideran como higiénica y beneficiosa para el clero, tenía una fuerte corriente de oposición dentro de la Santa Madre Iglesia Católica, que consideraba, no sé por qué razón, que Jesucristo había sido un soltero y que sus apóstoles renunciaron a su familia para seguirle.
Indudablemente que tras esta singular creencia se ocultaba la profunda misoginia de algunos de los llamados “Padres de la Iglesia” de los primeros tiempos que abjuraban del matrimonio y que llegaron a decir aquello de: “cosa impía e impura es el matrimonio”, sin considerar que gracias a esa institución estábamos todos aquí.
Pero, en fin, así estaban las cosas y de cuando en cuando, llegaba a la silla de Pedro un pontífice que se las prometía felices para arreglar la cosa de los amancebamientos y las barraganerías, además de prohibir totalmente los matrimonio.
El veintidós de abril de 1073 fue elegido papa uno de esos: Hildebrando de Soana, hombre influyente en la curia romana, pues había sido secretario de Gregorio VI, tesorero de León IX y el hombre más influyente en los papados de Nicolás II y Alejandro II, representando la corriente reformista que trataba de cambiar las costumbres morales del curato, entendiendo por morales solamente las referidas a la sexualidad.
Hildebrando adoptó el nombre de Gregorio VII y ¡oh!, casualidad, resultó que ni siquiera estaba ordenado como sacerdote, requisito imprescindible para ser papa. Por tanto no era cura y mucho menos obispo o cardenal.
Un mes más tarde era ordenado a toda prisa, así que la curia sentó en la silla de San Pedro a un laico.
Por supuesto que no había unidad de criterios en el colegio cardenalicio y una buena facción de los llamados príncipes de la Iglesia le censuraban que había alcanzado el pontificado mediante sobornos, artimañas de baja estofa y otras acciones a cual más censurable, por lo que le daban el apelativo de San Satanás.
Siglos más tarde, el propio Lutero, reformador de la Iglesia, lo definía con el calificativo que da título a este artículo: Hoguera del infierno.
No se puede negar que este Gregorio era un hombre de carácter, pues llegó a excomulgar al emperador del Sacro Imperio, Enrique IV, por el tema, que ya otras veces también he tratado, de las investiduras.
Exigió a reyes y príncipes que besaran sus pies, costumbre que ya existía pero sin exigencias y que se extiende desde entonces hasta que un papa que padecía úlceras sifilíticas en los pies, eximió a la humanidad de besárselos, a la vez que de soportar el hedor que desprendían.
Algunos historiadores eminentes estiman que este papa dictó personalmente el llamado “Dictatus Papae”. Una colección de prerrogativas papales nada desdeñables y a la que todos deberíamos echar un vistazo, aunque sea por la mera curiosidad de adentrarnos un poco en la mentalidad papal de la época.
Con su recio carácter, el papa Gregorio, pretendía imponer el celibato y proscribir el concubinato o el amancebamiento de cualquier clase dentro de la Iglesia, sin embargo él mantenía una relación amorosa con una de las mujeres más influyentes y poderosos de su época: Matilda de Canossa, condesa de Toscana, joven y bellísima esposa del hombre más poderoso de Italia, Godofredo el Jorobado y públicamente reconocida como la amante del papa.

Retrato de Matilda de Canossa

En el año 1075, el papa Gregorio proclamó la Ley del celibato sacerdotal “ad divinis” y destituyó a todos los curas casados, pero su lucha topó con una fuerte contestación, en Alemania, Francia e Inglaterra, aunque entre el populacho aquella directiva papal supuso levantar la veda contra los clérigos y en buena parte de Europa, de la que España no quedó libre, se desató una persecución a muerte que se llegó a cumplir, tan sacrílegamente, como que muchos sacerdotes murieron dentro de las iglesias, asaltadas por las turbas y en el pleno ejercicio de su ministerio. Nada mejor les ocurrió a las esposas de estos clérigos que fueron violadas y asesinadas y su hijos muertos en las mismas iglesias.
Muchos obispos y arzobispos protestaron por tan sangrientos sucesos, recriminando al papa que era capaz de prohibir castos matrimonios dentro de la Iglesia, cuando aprobaba el asesinato. Matar a un clérigo no era un crimen, pero lo era que estos amasen a sus esposas.
Muchas esposas consiguieron huir degradando sus vidas para poder subsistir hasta convertirse en prostitutas, ladronas o buscándose la vida de la mejor manera posible.
Pero aunque el populacho, que si le das la oportunidad de divertirse a costa de un cura o de su mujer, estará encantado en aprovecharla, veía con buenos ojos la política de austeridad que el papa quería imponer, las jerarquías eclesiásticas sabían que no podrían encontrar hombres castos con los que reemplazar a los buenos sacerdotes casados que se negaban a abandonar a sus esposas, pues lo que ocurrió es que mucho advenedizo entró a formar parte del clero con el voto de castidad, mientras oculta en su casa mantenía a su amante. Y así, bajo el liderazgo del obispo de Pavía, un buen número de prelados decidieron excomulgar al papa que había propiciado el libertinaje del clero en lugar de la moral del matrimonio. Los obispos rebeldes, reunidos en el concilio de Brixen, bellísima ciudad del Tirol austriaco, decidieron condenar al papa por el innoble divorcio entre matrimonios legítimos, acusándole además de herejía, magia, simonía y pacto con el diablo.
La Nochebuena del año 1075, mientras el papa Gregorio oficiaba en la iglesia de Santa María la Mayor, un grupo de hombres armados irrumpió por la fuerza en el templo, prendieron al papa y lo hicieron prisionero en una torre del castillo de la familia Cenci. Un grupo de sus adeptos, consiguió liberarlo pocos días después.
Francesco Fiorentini, historiador del siglo XIX, estima que fue Godofredo el Jorobado quien planeó el golpe contra el papa y no solamente por la cuestión sacra, sino también por el peso de los cuernos que cada vez le costaba más trabajo llevar.
El emperador del Sacro Imperio Germánico, Enrique IV y veintiséis obispos, se reunieron en Alemania para juzgar al papa, al que encontraron culpable de tres delitos, el más grave el de su concubinato con mujer casada, pero el papa no lo dudó, los excomulgó a todos y también excomulgó al emperador.
En aquellos tiempos, estar a mal con la Iglesia era una situación muy comprometida, así que Enrique IV decidió pedir perdón al papa, para lo que viajó hasta la fortaleza de Matilda Canossa, en donde se encontraba el papa con su amante, el cual se negó a recibirlo, obligándole a permanecer tres días a la intemperie y solo por la intervención de su amante, consintió recibirlo en ropas de penitente y con la cabeza cubierta de cenizas.

Enrique IV implorando el perdón del papa, ante Matilda de Canossa

Enrique se arrepintió y besó los pies del papa, pero su arrepentimiento duró poco y en 1080 invadió Roma, deponiendo al papa y colocando en el trono de Pedro a Clemente III, un antipapa. Gregorio se refugió en el castillo de Sant Angelo, de donde fue rescatado por un ejército de mercenarios de las más diversas etnias que su amante Matilda formó.
Nuevamente en la silla de Pedro, los mercenarios que le servían de guardia pretoriana, se dedicaron, durante cuatro años, al saqueo y violaciones en la ciudad de Roma, hasta que el pueblo, harto de soportar la situación, decidieron repudiar a Gregorio y reconocer al antipapa Clemente.
Gregorio murió poco después, en 1085. Su sucesor, Desiderio, el abad de Montecasino, le sucedió en el solio pontificio con el nombre de Víctor III y del que se dijo que para llegar al trono había pasado previamente por la cama de Matilda.
Otros dos papas posteriores también pasaron por la alcoba de la bella Matilda que junto con Teodora y su hija Marozia, de las que ya hablé artículos atrás, forma una trilogía de mujeres influyentes en el papado por la vía de lo “húmedo”.

Por cierto, siglos después, concretamente en el XVII, Gregorio fue santificado.

viernes, 4 de julio de 2014

LAS TORRES DE LA REINA





Muchas mujeres ha habido, a lo largo de la historia, que se han caracterizado por su valor, su entusiasmo, su heroísmo, incluso sus dotes de mando en situaciones comprometidas en las que han arriesgado sus vidas y las de aquellos que las acompañaban.
Sus nombres son muy conocidos y todos les hemos rendido veneración, pero hay también algunas mujeres que habiendo protagonizado importantes capítulos de nuestra historia, han pasado muy desapercibidas, aun cuando sus méritos debieran haberlas colocado en lugar predominante.
Una de estas mujeres ocupa una tumba ignorada en la catedral de Santiago de Compostela; una sala casi siempre cerrada utilizada como almacén de reliquias y objetos de escaso valor y en la que reposan los restos de la que fuera una de las mujeres más grandes de la historia de su tiempo: la emperatriz Berenguela Berenguer de Barcelona.


Tumba de Berenguela en Compostela

Hija de Ramón Berenguer III y Dulce de Provenza, debió nacer alrededor del año 1108, en el palacio condal de Barcelona, desde donde su padre ejercía su hegemonía sobre los demás condados catalanes, a ambos lados de los Pirineos.
Con apenas veinte años fue casada en pacto de estado, con el rey Alfonso VII, que ha pasado a la historia como el rey Emperador, pues no en vano fue rey de Galicia, Castilla y León y recibió vasallaje del recién independizado Portugal y varias taifas moras, así como del reino de Navarra y del condado de Barcelona.
Con esta boda, Alfonso se aseguraba el vasallaje de Ramón Berenguer, a la vez que encerraba los territorios a su más directo rival, el rey cristiano de Aragón, Alfonso el Batallador, del que hablé en el artículo anterior, en una especie de tenaza territorial que lo agobiaba.
Alfonso, el Emperador, sentía poco interés físico por su esposa con la que a pesar de todo tuvo siete hijos, tres de los cuales no superaron la infancia. En un viaje a Asturias conoció a una dama de alta alcurnia llamada Gontrada, de la que se enamoró perdidamente en 1131, con motivo de una visita al Principado y con la que tuvo una sola hija, Urraca; pero a pesar de todo, Berenguela, criada en una familia que sabe cual es su posición en la vida, solamente por el hecho de pertenecer a los grandes del país, no olvida en ningún momento cuales son sus obligaciones como reina de León y Castilla y aguanta la situación estoicamente, sin alharacas ni escándalos que hubieran precipitado su salida de la vida real que le correspondía.
Entender la “España” de aquella época cuesta, sobre todo con nuestra mentalidad, pues existiendo un frente común, que eran los moros de Al-Andalus, muchos reyes cristianos recibían “parias”, tributos, de algunos de los reyes taifas, por defender sus fronteras de otros reyes cristianos.
De todas las formas la reconquista seguía inexorablemente, aunque atravesando periodos en los que languidecía de manera extraordinaria.
Pero en el momento histórico que estamos viendo, se daba la confluencia de dos importantísimos reyes cristianos que pugnaban por cual de los dos ejercía la supremacía reconquistadora.
El reino de Galicia, León y Castilla, unificado en Alfonso VII, había extendido sus territorios hasta el río Taja y había culminado su hazaña guerrera consiguiendo tomar Toledo, ciudad a la que se había trasladado la capitalidad del entonces llamado Imperio Hispánico.
Pero detrás habían quedado puntos débiles como Coria, en Extremadura, punto esencial para dominar el oeste del Tajo y la fortaleza mora de Colmenar de Oreja, cercana a Aranjuez, en el este y que desde el sur del río, aseguraba el control del valle y a su vez se abría hacia las ampliar tierras de La Mancha.
Para Alfonso, tomar la fortaleza de Colmenar era esencial, pero también sabían los moros que su pérdida les reportaría graves problemas, por lo que se aprestaron a defenderla con todo lo que en ese momento tenían.
Los gobernadores almorávides de Valencia, Sevilla y Córdoba, enviaron sus ejércitos y desplegaron a sus espías que pronto advirtieron a los moros que para asegurarse una rápida toma de la fortaleza de Colmenar, el rey cristiano había dejado la ciudad de Toledo, capital de su imperio, completamente desguarnecida.
Ya las tropas cristianas tenían cercada la fortaleza de Colmenar que resistía como podía y las tropas de refuerzo aún se encontraban lejos de aquel lugar cuando recibieron la noticia del desamparo de Toledo y entonces optaron por aplicar una estratagema que hiciera al rey cristiano abandonar el asedio de Colmenar.
Los moros dividieron su ejército y una parte importante marchó hacia Toledo, mientras la otra continuaba su marcha hacia la fortaleza.
Sabían los musulmanes que no era fácil tomar Toledo, dada sus magníficas fortificaciones y el hecho de que, aunque desguarnecida, seguía conservando una fuerte dotación militar que pondría caro el asalto. Pero la intención no era tanto tomar Toledo sino obligar al rey cristiano a acudir en su auxilio, dividiendo sus tropas y aflojando el asedio de Colmenar.
Lo que se dice a partir de este momento forma parte de la tradición, lo que quiere decir que su rigor histórico no sea quizás excesivo, pero siempre tuvo la tradición su fundamento en los hechos históricos que para mayor realce de los personajes, se mitificaron un poco, o se agrandaron, o se les dio un sentido heroico que quizás al hecho concreto le falto. Lo cierto es que en Toledo había quedado la reina Berenguela con sus hijos y sus damas, al considerarse que allí estaban bien a seguro.
Berenguela contaba veintitrés años y tenía ya cinco hijos. Dicen las crónicas que era una mujer atractiva y de carácter, que no pasaba en la corte por un objeto de decoración, quizás razón por la que el rey estaba un poco alejado de ella, pues no era cómodo para el monarca que la disidencia de su esposa en las decisiones reales se hiciera presente a cada momento.
Es la primavera del año 1139 cuando desde las torres de la fortaleza toledana divisan al ejército musulmán. Los encargados de la defensa de la capital del reino hacen saber a la reina que no podrán resistir un asedio por mucho tiempo, pues únicamente se puede confiar en la fortaleza de los muros y en la escasa capacidad de los ejércitos moros de plantear los asaltos a fortaleza, materia en la que siempre anduvieron más bien flojos.
La situación es crítica y en ese momento, la reina Berenguela pide recado de escribir y se dirige al jefe de las huestes musulmanas, en una carta que la tradición ha conservado, pero no es digna de demasiado crédito, no obstante la belleza del gesto de la reina y el resultado, que sí es histórico, hace necesario exponer, a grandes rasgos, qué fue lo que la reina escribió al moro.
Después de presentarse como emperatriz le advertía que defendería el castillo de San Servando, que así se llamaba la fortaleza de Toledo y lo haría empeñando en ello su vida si llegado el caso el jefe de las huestes musulmanas no sentía la vergüenza de luchar contra una mujer, sabiendo los moros, como ella suponía, que el emperador, su esposo, se hallaba con sus tropas en el asedio de la fortaleza de Aurelia, en Colmenar, distante pocas millas de allí y que si era su satisfacción guerrear, podría encontrar en ese lance mucha más satisfacción que la que un grupo de mujeres desvalidas les podía ofrecer.
La tradición ha recordado la carta así: “¿No conocéis que es mengua de caballeros y capitanes esforzados acometer a una mujer indefensa cuando tan cerca os espera el Emperador? Si queréis pelear, id a Aurelia y allí podréis acreditar que sois valientes, como aquí dejaréis demostrado que sois hombres de honor si os retiráis”
No hace falta ser muy listo  para entender el mensaje: si tenéis dos… valores, id a pelear donde están los hombres y dejad tranquilas a las mujeres.
A su misiva unió un gesto de coraje y es que vistiendo su más lujosas galas, hizo trasladar su trono a la torre más alta de la muralla de la fortaleza y allí se sentó bien a la vista de los moros.
Deliberaron éstos y quizás un poco avergonzados, fueron retirándose lentamente, levantando el sitio y marchando hacia Colmenar.
Como es natural la acción de la reina concitó la euforia del pueblo que la aclamó como su salvadora.
La historia es entrañable y algo de verdad debe tener, pues es cierto y está documentado que Alfonso sitiaba Colmenar cuando la fortaleza recibió un fuerte apoyo musulmán, que no impidió que meses más tarde tuviera que rendirse. También se sabe que Toledo no recibió ataque alguno, aunque ya se ha dicho, estaba relativamente cerca y prácticamente desguarnecido.
Desde entonces a ese paño de muralla se la conoce como Torres de la Reina.
Diez años después, moría Berenguela en Palencia, siendo trasladados sus restos a la ya mencionada capilla de la catedral compostelana.



Las Torres de la Reina en una fotografía del siglo XIX

sábado, 28 de junio de 2014

LA COFRADIA DE BELCHITE





Decía una enciclopedia de la Editorial Bruño con la que estudié antes de iniciar el bachiller que: “Los árabes eran un pueblo de Arabia que fanatizados por las predicaciones de Mahoma, emprendieron la conquista del mundo. La capital de su imperio que se extendió por Asia y África, fue Damasco”.
No creo que exista una mayor capacidad de síntesis para describir lo ocurrido y hacérselo comprensible a un niño de menos de diez años.
Porque eso fue lo que en realidad ocurrió, tras la Hégira, que es su huida de La Meca a Medina, las prédicas de Mahoma arraigaron de tal manera que enfervorecieron al pueblo que se lanzó, en una “guerra Santa” que los árabes llaman “Yihad”, a conquistar el mundo.
Y por poco lo consiguen, pues si Carlos Martel no los para en Poitiers, se cuelan en Europa lo mismo que se habían colado hasta la cocina en la Península Ibérica.
Mucho tardaron los cristianos en darse cuenta que el verdadero espíritu aglutinador de la idea de conquista no era otro que el de extender sus creencias hasta los confines de la Tierra, acabando con los infieles e implantando el Islam como religión única y verdadera, y lo que es más importante, como único modo de vida y sociedad.
Ya saben quienes me leen, que en temas de religión soy muy curioso a la vez que escéptico y no me creo nada, o casi nada, de nuestra religión, en la que fui bautizado y adoctrinado. ¡Cómo me voy a creer entonces que un arcángel, de los que inventaron los supuestos evangelistas y la Iglesia les dio carta de naturaleza, se vaya a aparecer a un musulmán! ¿Se le aparece a Mahoma y le inspira que pueden tener varias mujeres, que van a ir al cielo si matan a los cristianos, que no beban alcohol ni coman cerdo? Pues el que quiera que se lo crea.
Pero es que todo no queda ahí porque se cuenta en los “hadices”, algo así como para nosotros son los Hechos de los Apóstoles, que Mahoma recibió la visita del arcángel San Gabriel, el cual le abrió el pecho para sacar su corazón y extraer un coágulo negro. Después lavó el corazón en un recipiente de oro y lo devolvió a su sitio, como si fuese el famosísimo doctor Barnard, mientras le advertía que había limpiado el sitio donde Satán podía seducirle.
Dejando aparte mis personales inclinaciones, lo cierto es que un pueblo inculto y desarrapado como eran los árabes en aquel momento, se creyeron eso y muchas otras cosas más, a pies juntillas y sin pensárselo dos veces, emprendieron la conquista del mundo, como decía mi enciclopedia.
Pero pasados los años, incluso algunos siglos, los árabes se cultivaron y fue un pueblo culto, amante de la ciencia y la sabiduría, aunque siguieron creyendo en las mismas cosas y si me apuras, cada cierto período de tiempo dando un giro de tuerca y apretando más en las creencias fundamentalistas.
Por el contrario, sus oponentes y para centrarnos en nuestro caso, los cristianos de la Península, no entendían aquella invasión como una guerra de religión sino como una vil y consumada apropiación por la fuerza de nuestro suelo patrio, contra lo que lucharon con sus armas y su tesón, en desigual batalla que fueron ganando poco a poco.
No fue hasta que los cristianos se dieron cuenta de que aquel enfrentamiento de siglos tenía que revestirse de una religiosidad similar a como los invasores habían enfocado su tema, que las cosas no empezaron a cambiar.
Comenzando con el Voto de Santiago, que fue tema de un artículo reciente y siguiendo luego con el ejemplo que las cruzadas a Tierra Santa les proporcionaba, encontraron la solución. A las batallas contra los moros de Al-Andalus había que darles el mismo carácter de las cruzadas: como hacía el enemigo, considerarla Guerra Santa.
Sorprende ver el escaso número de batallas importantes acaecidas en los ochocientos años de invasión y presencia musulmana en la Península y es verdad que hubo pocas importantes, pero innumerables escaramuzas fronterizas, pequeñas batallas que se iniciaban de uno y otro lado, con la intención de apoderarse de territorio y colonizarlo.
Me saldré ahora un poco del tema porque me parece muy interesante y curioso comentar lo que viene seguidamente, porque la colonización fue el verdadero motor de la Reconquista y gracias a ella se fue ganando paulatinamente el territorio ocupado por los musulmanes, liberando pueblos y villas, o creándolos nuevos, aunque en estos casos el problema surgía a la hora de repoblar.
Para incentivar a los individuos a afrontar un riesgo cierto y trasladarse a zonas que quedaban casi en tierra de nadie y en donde sabían que les iba a resultar difícil recibir ayuda en caso necesario, se otorgaban, sobe todo en el reino de Aragón, las llamadas Cartas Pueblas o los Fueros, que no eran otra cosa que una relación de privilegios para los colonos, que pasaban a ser los llamados infanzones, o nobleza del pueblo, personas libres y dueñas de las tierras que cultivaban.
En algunos casos los beneficios eran de carácter pecuniario, como exención de tributos, pero en otros era de carácter más espiritual como los derechos de ingenuidad y de franqueza.
Al contrario de lo que pueda parecer, la ingenuidad no era convertir en simples o necios a los colonos, muy al contrario, era el derecho a ser libre por nacimiento y no doblar la rodilla ante el rey; y la franqueza era poder hablarle con claridad, francamente y recurrir a él en demanda de justicia.
Y hecho este paréntesis continúo con  el tema.
En aquella época era muy común ver cabalgar en la batalla, junto al rey, a los obispos o arzobispos implicados en el tema que se dilucidaba. Fueron estos altos cargos de la Iglesia quienes a través de su influencia, consiguieron que los Papas consideraran, como cruzada de la cristiandad, la guerra contra los moros y así, esas cruzadas eran proclamadas por las diferentes órdenes religiosas en todos los rincones de Europa.
Como consecuencia de esa llamada, una gran cantidad de nobles sobre todo franceses, pero también alemanes, italianos, británicos y de muchos otros lugares, se llegaron hasta la Península para ponerse, con sus huestes, a disposición de los reyes sobre todo de Aragón, pero también de Castilla.
Reinaba en Aragón Alfonso I, que ha pasado a la Historia con el merecido sobrenombre de El Batallador, porque fue quizás el rey más guerrero de todos los que coexistieron con el período de dominación musulmana, cuando las batallas contra los sarracenos empezaron a tener el carácter sagrado de cruzada.
Ese fenómeno se daba fundamentalmente porque en la Edad Media apareció un exagerado sentimiento religioso que impregnaba todo en la vida y que se unió a otro sentimiento también muy arraigado como era el ideal de la Caballería.
Un caballero andante se echaba a los caminos a defender al débil y a luchar contra la injusticia. Si era noble y rico, llevaba con él a su mesnada, si no lo era, se arriesgaba solo a afrontar todos los peligros.
Fue tan importante este movimiento que generó una amplísima literatura sobre el género que a todos nos entusiasmó cuando jóvenes.
Al unirse los dos sentimientos, tan fuertemente arraigados, en el contexto de las cruzadas, surgen las llamadas órdenes militares, compuestas por caballeros que abrazan la religión y la espada (miles Christi), dedicando exclusivamente su vida en servicio a la defensa de los Santos Lugares y de los caminos que a ellos conducían.
Estas órdenes fueron inicialmente los Templarios, los Hospitalarios y los del Santo Sepulcro, más tarde aparecieron muchas otras.
Para crear un paralelismo aún más fuerte con el espíritu de las cruzadas a Tierra Santa, el rey Batallador creó en Aragón la que sería la primera orden militar española: la Cofradía de Belchite.
Corría el año 1122 cuando Alfonso I tuvo la feliz idea de crear en la ciudad de Belchite, conquistada a los moros un par de años antes y a la que se dotó de un fuero muy ventajoso, en el que incluso se contemplaba la exoneración de las responsabilidades contraídas por la comisión de cualquier delito, a quien se afincara en sus tierras, una orden religiosa de carácter militar para proteger los campos y los caminos.



Alfonso I el Batallador

Para completar el panorama de dificultades que presentaba la repoblación y dar protección a los colonos que fueran llegando, el rey reunió al arzobispo primado de Toledo, al legado del Papa y a los arzobispos más influyentes de toda la Península, Gelmírez el de Compostela, y Olegario el de Tarragona, que junto a otros varios obispos, tanto leoneses como castellanos, asistieron al rey en la creación de aquella orden militar.
A los  cofrades, por el mero hecho de serlo, se le concedieron privilegios espirituales acorde a los ya concedidos en el fuero y consistentes en indulgencias, levantamiento del ayuno o la abstinencia, etc., pero si además donaban equipamientos o consumibles, postulaban con beneficio a la Cofradía, o la pregonaban, se les llegaba a redimir de las obligaciones propias de la Cuaresma.
Como se aprecia, era todo un beneficio importante en el que buscaron refugio innumerables caballeros tratados por la fortuna de forma poco amable que encontraban entre los muros de la Cofradía su descanso espiritual y físico y en el campo de batalla contra el moro, la máxima satisfacción.
Tan bien le fue al rey aquella invención que dos años más tarde y con la misma finalidad, creo la Orden Militar de Monreal, en la villa de Monreal del Campo, en Teruel.

Años más tarde, la Cofradía de Belchite se adhirió a la Orden del Temple, que fue extinguida el 13 de octubre de 1307, lo que supuso su desaparición, pero los resultados militares obtenidos hasta ese momento, han sido considerados de alto valor.

viernes, 20 de junio de 2014

MIEDO AL MILENIO





Que el hombre es animal de costumbres no hay quien lo ponga en duda. La tendencia a continuar como estamos, prevalece sobre cualquier perspectiva de cambio incluso si éste es a mejor.
Por eso cada Nochevieja brindamos por el año que se nos va y pedimos, casi imploramos, como si en ello no fuera la propia vida, que el venidero sea, por lo menos, igual, temiendo que algo nos pueda cambiar.
Ritualizamos el tema de tal manera que parece que no hemos entrado en el nuevo año si no nos atragantamos con las doce uvas y brindamos con champán, para así congraciarnos con el nuevo tiempo que nos va a tocar vivir y que éste sea indulgente con nosotros.
Si eso es así cada cambio de año, cambiar de siglo es una apuesta que va un poco más allá, pero no representa casi nada temeroso, más de lo que ya era cambiar de año.
Lo que le ha dado pavor a nuestra humanidad occidental ha sido el cambio de milenio, una experiencia que tenemos bien próxima y que por otros motivos distintos a lo que supuso en su anterior edición, también nos turbó, pues hubo quien se encargó de vaticinar que todo el complejo informático sobre el que gira nuestras vidas, se iría al traste y perderíamos hasta nuestra identidad cuando la fecha que manejasen los ordenadores empezara el año por un dos, para lo que no estaban programados.
Nada más falso, pues no pasó absolutamente nada. Los ordenadores continuaron su rutina como era de esperar, pero las Administraciones de muchos países vivieron momentos de verdadera preocupación y congoja, hasta el extremo de que se establecieron servicios de emergencia de personal experto en muchas áreas, incluso en la seguridad pública, para atender los supuestos incidentes que con toda certeza se iban a producir.
Otros vaticinios eran aún peores y en el recuerdo de todos están, pero el que no ha faltado nunca, desde el principio de nuestra Era, ha sido el de la proximidad del fin de los tiempos.
No conviene olvidar, aunque la Iglesia ha hecho lo posible para que así ocurra que Jesucristo, convertido en dios por los apóstoles muchos años después de muerto o desaparecido, era un profeta apocalíptico, o al menos así se presentaba ante la sociedad judía de su época: anunciando el inminente fin de los días, por lo que era tan importante ponerse a bien con Dios.
Eso ya ocurría en el inicio del primer milenio y ese afán catastrofista perduró, acongojando las almas de los fieles, durante muchos años, pero nos dicen los tratados sobre la historia que cuando se aproximaba el fin del primer milenio, cuando el año 1000 estaba próximo, nuevamente corrió por Europa el frío ventarrón del final apocalíptico.
¿Es verdad que existió en la sociedad católica un sentimiento general de temor ante la llegada del nuevo milenio?
Según nos han transmitido parece que sí, que la última noche del año 999, gran parte de la cristiandad la pasó rezando como única protección existente contra la catástrofe que se avecinaba. Pero llegó el nuevo milenio y no ocurrió nada, como nada había ocurrido en su principio ni nada ocurrió a su final, que todos hemos vivido.
Semejante fracaso vaticinador, cuando se está representando a la Iglesia del único Dios verdadero, al que se supone ha de estar bien informado sobre lo que ha de ocurrir y así transmitírselo a sus representantes en la Tierra, debería de ser suficiente motivo para plantearse la verdad de muchas otras cosas, pero jamás se ha realizado un examen a conciencia sobre este particular yo creo que porque muy en el fondo, todos sabemos, vislumbramos, intuimos que estamos asentados sobre una enorme profusión de creencias, sobre las cuales no estamos muy seguros, pero es más fácil, más cotidiano, seguir con la representación que nos han propuesto que viajar por libre y a contrapelo de la doctrina.
Pero lo que resulta aún más lamentable es que para acongojar los corazones de los infelices ciudadanos occidentales de las oscuras épocas en las que la religión católica lo impregnaba todo, cosas como el temor al año mil, ni fue un movimiento ecuménico de la sociedad europea ni era posible que así lo fuera y voy a tratar de explicarme.
Más antigua que la católica eran otras religiones que coexistían en nuestra baja Edad Media. Todas las religiones asiáticas llevaban ya muchos más siglos de historia, sin que nunca se hubiesen preocupado por las catástrofes que los cambios de siglo profetizaban. Muy próxima a nuestros antepasados medievales la religión hebrea nos llevaba siglos de antigüedad
Por contra, la religión islámica vivía en el año cuatrocientos y pico, muy lejos del cambio de su milenio.
Por tanto, de haber existido ese movimiento de terror, habría sido solamente en el entorno cristiano.
En muchos lugares coexistían diferentes religiones como ocurría en la Península Ibérica en donde musulmanes, judíos y cristianos, juntos, pero no revueltos, ocupaban un mismo territorio, pero solamente los cristianos desarrollarían esa especie de histeria colectiva que había ido alentando la Iglesia desde los tiempos de su fundador.
El hecho es que en varias partes de Europa aparecieron falsos profetas que fomentaron el mito de una próxima apocalipsis.
Pero, ¿pudo haber un instante de verdadera histeria colectiva en la cristiandad como se nos ha contado?
Mi opinión es que no y por varias razones.
Desde hace muchos años en todos los hogares del mundo civilizado, detrás de la puerta de la cocina hay un almanaque cuyas hojas vamos desgranando conforme pasan los meses y algunas personas, muy ordenadas, anotan sobre sus guarismos alguna cita de interés. Eso, junto con que se nos repite la fecha y la hora del día en innumerables ocasiones a lo largo de la jornada, hace que todos sepamos el día en el que vivimos y podamos coincidir en celebraciones como el cambio de milenio, pero en la Edad Media no era así.
Dejando aparte algunos colectivos cultos, la gente desconocía el día en el que estaban viviendo y las referencias en relación con los años de una persona era tan ambigua como que se tomaba la coronación de un Papa o de un rey, una guerra u otro acontecimiento importante para centrar el tiempo, pero es que, además las reglas para contar el tiempo eran muy distintas de unos países a otros.
Muchos países seguían rigiéndose por el calendario romano, mientras otros lo hacían por el cristiano que regía desde el siglo VI. Es decir, los primeros databan los años desde la construcción de Roma, los segundos desde el nacimiento de Jesús.
Un sabio llamado Dionisio el Exíguo fue quien calculó que Jesús había nacido el año 753 Ad urbe condita (de la construcción de Roma) y así se empezó a contar, con el solo propósito de establecer las fechas  litúrgicas, no las históricas.
Hoy sabemos que Dionisio se equivocó lamentablemente en la datación y el nacimiento de Jesús debió ser como cuatro o cinco años antes, aunque eso carece de importancia, de igual manera que al desconocer en aquel tiempo el número cero, la era cristiana pasó del año 1, antes de Cristo al año 1 qdespués de Cristo, que en la liturgia se denominaba Anno Domini, o año del Señor, en sustitución del romano Ad urbe condita, o creación de Roma.


Retrato de San Dionisio, el Exiguo

Este calendario se fue imponiendo poco a poco pero tardó más de tres siglos en ser adoptado por casi toda la Iglesia, menos en España y el sur francés, que no contaban los años ni por el calendario romano ni por el litúrgico sino que hacían coincidir el año uno a partir con la pacificación de Hispania, en tiempos del emperador Augusto, ocurrida en el año 37 antes de Cristo.
Eso quiere decir que cuando en España y en el sur de Francia estaban en el año 1037, los que seguían el calendario romano estaban en el 1006 y los que lo hacían por el calendario litúrgico estaban cruzando el milenio.
Por tanto, cabe descartar la teoría de la histeria colectiva que azotó Europa, si bien es cierta la proliferación de vaticinadores que aseguraban el fin de los días y la vuelta del Mesías, vuelta que aún estamos esperando, afortunadamente.
Por cierto, en la tierra de Palestina, donde se desarrolló gran parte de la vida pública de Jesús, muchos de sus contemporáneos y todos los seguidores de la religión judía, siguen esperando la llegada, no la nueva llegada del Mesías, sino su primera venida, porque para ellos, para sus contemporáneos, Jesús era un simple rabí y nunca fue considerado como mesías y mucho menos como “El Hijo de Dios”.

Y que cada cual que piense y crea en lo que quiera. Yo, como siempre, no creo en nada.