viernes, 19 de abril de 2019

EL "SOSIAS" DEL REY HUMBERTO





Hace ya casi cuarenta años, una tarde de feria en mi pueblo, El Puerto de Santa María, me encontraba saliendo de mi trabajo cuando por la puerta de la Comisaría apareció el escritor Camilo José Cela.
Venía acompañado de una señora más joven, vistosa y muy elegante y me preguntó si yo era policía.
Con una cara de asombro que se me debía notar a la legua, comprobé el pronunciado acento argentino de aquel “Cela”, el cual me confirmó que él era comisario de policía de Buenos Aires y no le extrañaba mi estupor ante su extraordinario parecido con el escritor gallego.
Aún recuerdo su nombre: Ernesto Dayafou, aunque no sé si se escribiría exactamente así, pero de esa forma sonaba. Estaba de vacaciones por España y acudía a la Comisaría para pedir consejo sobre las cosas que se podían hacer en la ciudad.
Estuvimos toda la tarde-noche de feria juntos, bebimos más vino fino del que mi nuevo amigo era capaz de soportar y cogió tal borrachera que al final tuve que llevarlos hasta su hotel.
En el curso de las muchísimas cosas de las que hablamos, me contó que en el tiempo que llevaba en España todo el mundo le confundía con el escritor Cela, todavía no premio Noble, pero sí muy famoso y que él creía que era su “sosias”, como en la obra “Anfitrión” de Plauto, mientras no abría la boca.
Nos vimos un par de días más y luego se marchó y no volví a saber nunca más de él.
Hay veces que la naturaleza ofrece estas especies de duplicidades que están constatadas desde muchos siglos atrás, como en la mitología escandinava, donde recibe el nombre de “doppelganger”, una especie de doble que camina al lado y es presagio de graves males.
Algo de presagio maléfico debe haber en la aparición de esos dobles que la literatura ha descrito desde Dostoievski, hasta Saramago y que la historia ha utilizado con profusión.
Se sabe que Churchill, Hitler, Rudolph Hess, Stalin, Ceaucescu, Saddam Husein, Isabel II de Inglaterra y hasta el papa Pablo VI, han utilizado dobles en algunos momentos de sus vidas, para acciones muy concretas.

“Sosias” de D. Trump y de Kim Jong-un

Toda esta introducción viene a cuento para relatar una historia que es tenida como cierta, se cuenta en muchos lugares, la publicó la prensa en su momento, pero debo reconocer que yo no he encontrado una constatación que le dé oficialidad.
A finales del siglo XIX Italia era, por fin, un país unificado. Había sido obra del rey Víctor Manuel II, el cual fallecía en 1878, sucediéndole su hijo que se autodenominó Humberto I de Italia, cuando en realidad le correspondía el ordinal “IV” de Saboya, pero pretendía realzar la corona italiana, sobre su descendencia de la poderosa casa de Saboya.
Humberto era de tendencia ultra conservadora, lo que le acarró no pocos ni leves problemas, tanto en el interior como en el exterior y se caracterizó por su forma de solventarlos, con extremada dureza, sobre todo cuando eran movilizaciones sindicales, organizaciones con las que siempre mantuvo una relación agria y tirante.
En su reinado un hecho de extraordinaria luctuosidad fue la represión de las masivas protestas ocurridas en Milán en 1898 motivadas por la subida del precio del trigo y de ciertos impuestos, contra las que utilizó el ejército ocasionando una masacre en la que perdieron la vida un total de cuatrocientas personas y más de dos mil resultaron heridas.
Este hecho provocó un fuerte odio en el pueblo, sobre todo en las zonas de la Lombardía y el Piamonte, en el norte del país, la zona más industrializada y próspera.
Pero al rey le importaba bien poco lo que se pensase de él. Vivía feliz con su enorme mostacho, tan del gusto de aquella época y su afición a los deportes.
Esta última debilidad le llevó el 28 de julio de 1900 a la ciudad de Monza, al norte de Milán, hoy famosa por su circuito de carreras y ya entonces destacado centro de eventos deportivos.
Allí fue a cenar a un restaurante en unión de sus más íntimos colaboradores y tras la cena tuvo una de las mayores sorpresas de su vida, cuando el propietario del local salió a saludar al monarca.
Al verse, ambos quedaron altamente sorprendidos, pues era como si se estuvieran contemplando en un espejo. Eran dos personas iguales y el rey, sorprendido, le pidió que se sentase a la mesa para conversar con él.
A partir de ese momento se fueron sucediendo una serie de coincidencias que resultan altamente sorprendentes.
El dueño del local se llamaba Humberto, lo mismo que el rey y también había nacido en Turín el mismo día que el monarca, el catorce de marzo de 1844.
No terminaban ahí las coincidencias, pues la esposa del hostelero se llamaba Margherite, igual que la reina y con la que se había casado el mismo día que el rey y aún más, había inaugurado su restaurante el mismo día en que Humberto I había sido coronado rey de Italia.
El monarca no salía de su asombro; era como si hubiese encontrado otro yo, idéntico a él y con las mismas circunstancias personales a lo largo de la vida.
Divertido, invitó a su “sosias” a que le acompañara al día siguiente a presidir las pruebas de atletismo para lo que había ido a Monza, a lo que su doble aceptó gustoso.
Al día siguiente, cumpliendo todos los protocolos, el monarca se dirigió al estadio para ocupar la presidencia del acto, reservando una silla para que la ocupara su otro yo, su “alter ego” que dirían los latinos, pero la prueba comenzó sin que éste hiciera acto de presencia.
Terminó el evento y el invitado no se había presentado, cosa que extrañó mucho al rey que preguntó a su secretario si sabía algo y entonces le comunicó que acababan de darle la noticia de que la persona que esperaban había sido asesinada de un disparo a las puertas del estadio.
Cumplido el protocolo, el rey se despidió de las autoridades y marchó hacia su carruaje que le esperaba a las mismas puertas donde momentos antes había sido asesinado su doble.
Una vez en el coche descapotado, en unión de alguno de sus ministros, se acercó un individuo que sin ser advertido le disparó cuatro tiros, tres de los cuales dieron en el cuerpo del rey que murió casi de inmediato.
El asesino era un anarquista llamado Gaetano Bresci, el cual con su acción magnicida se cobraba venganza por los compañeros muertos en la masacre de Milán.

Dibujo del magnicidio de Humberto I

Fue capturado, enjuiciado y condenado a muerte que le fue conmutada por cadena perpetua, muriendo en la cárcel antes de un año, en lo que se dijo fue un suicidio, pero muchas hipótesis apuntan a que fue asesinado.
A la tercera va la vencida, pues el rey Humberto I había sufrido ya dos atentados; en el primero salió ileso, en el segundo, en Nápoles, fue herido con un cuchillo por el también anarquista Giovanni Passannate y por último fue abatido por otro anarquista.
La historia es cuando menos inquietante, no se comprenden muy bien algunas cosas que quiero resaltar.
Por un lado no he sido capaz de encontrar documentación que acredite la veracidad de la existencia del doble del rey, del que no se conoce ni su apellido, ni el nombre de su restaurante, ni qué ocurrió tras su muerte, lo que resulta extraño.
Por otro lado ni poniéndose en la mentalidad del siglo XIX se comprende que un rey pueda caminar entre el pueblo sin medidas de protección, subir a un carruaje descubierto y permitir que las personas que están presenciando el acto, puedan acercarse tanto como para dispararle casi a quemarropa. Sobre todo cuando ya ha tenido dos atentados anteriores, el segundo de los cuales también cuerpo a cuerpo.
Todo eso me hace pensar que no es que no se adoptaran medidas de seguridad, sobre todo cuando acaba de ocurrir otro atentado en el mismo lugar de una persona a la que, si hacemos caso a la historia, se habría confundido con el rey, sino que algo más se esconde tras estos hechos.
No lo sé y no creo poderlo averiguar porque para eso habría que ir a Monza y realizar una labor de archivos importante, así que dejaremos la historia como está y pensemos que la mitología nórdica tiene razón cuando no presagia nada bueno para “el que camina a tu lado”.

viernes, 12 de abril de 2019

CAMPOAMOR, TESTIGO PRESENCIAL





No me estoy refiriendo al escritor Ramón de Campoamor y Campoosorio, autor de bellísimas y románticas poesías que en nuestra juventud aprendíamos de memoria, sino a otra Campoamor, más reciente y de la que se habla mucho en estos reivindicativos tiempos: a doña Clara.
Luchadora impenitente y verdadera madre del sufragio femenino que comenzó a colocar a la mujer en el lugar que verdaderamente le corresponde.
No me gusta escribir de política porque cada hecho, cada acto, tiene una interpretación según la manera de pensar de las personas; me gusta la historia porque es terca y por mucho que se la intente manipular, al final sale a relucir la verdad.
Por eso, aunque el personaje de hoy salió a la luz pública en el mundo de la política, es un personaje real de nuestra reciente historia.
De modistilla en el barrio de Malasaña por imposición cruel de la vida, a política de primer nivel, en un país en donde una mujer podía ser reina, pero no titular de un derecho tan esencial como el del sufragio.
Tenía Clara treinta y tres años, cuando en 1921, decide continuar aquellos estudios que la vida le había truncado y se matricula de bachillerato, compaginándolo con su trabajo, entonces como auxiliar de telégrafos y profesora de taquigrafía.
Dos años más tarde ya es bachiller y se matricula en la universidad, cursando estudios de derecho, en los que se licencia años más tarde. Abre un despacho en Madrid y empieza a crearse un nombre en el mundo de la abogacía y pasado un año ya es tan conocida que incluso se permite rechazar un cargo que le ofrece el dictador Primo de Rivera en su gobierno.
Años más tarde se declara ya abiertamente republicana integrándose en el partido Acción Republicana y con la proclamación del 14 de abril del 31, comienza a alcanzar la máxima popularidad, aunque después abandona su partido y se une a los radicales de Lerroux.

Recorte de prensa resaltando la noticia

En las primeras elecciones de la República, en las que las mujeres no pueden votar, pero si ser elegidas, obtiene acta de diputado.
Forma parte de la Comisión Constitucional, es nombrada delegada en la Asamblea de la Sociedad de Naciones y comienza su lucha para lograr el voto femenino.
La historia ya la conocemos, la he repetido para dejar bien claro el matiz republicano, la formación jurídica y el sentido común de esta notable mujer, pero la intención de este artículo va mucho más allá.
Un periodista, polémico donde los haya, que entrevistaba a Carlos Herrera, le preguntó si a Franco no había que exhumarlo del cerebro de los españoles y Herrera le respondió de inmediato: Sí, sobre todo del cerebro de los de izquierdas. Bueno, más o menos así.
Y es que de unos años a esta parte se ha desatado todo un tsunami mediático para convertir algo que a nadie había importado, en materia de primera necesidad nacional.
Y todo se inicia hace ya unos años con la ley de memoria histórica, a la que yo me niego a escribir con mayúsculas, porque esa ley no resiste ni siquiera un leve destello de la Historia.
Como en el futbol se quieren ganar en los despachos los partidos que se pierden en el campo y eso es lo que la susodicha ley quiere hacer, presentando como buenos, muy buenos a todos los que estaban del lado de la República y malos, muy malos a los sublevados.
Pues bien, estoy leyendo un libro, altamente recomendable, cuya autora es precisamente la titular de este artículo, doña Clara Campoamor y se llama “La revolución española vista por una republicana”.

Portada del libro

Desde el comienzo del libro, por cierto amenísimo, se entrevé el pensamiento de Campoamor. Comienza por analizar las causas por las que los insurgentes se alzan contra un Estado de Derecho, contra un gobierno nacido de una consulta popular totalmente legal y democrática celebrada en febrero de 1936.
Su análisis no tiene una sola fisura y explica lo que ella vivía como protagonista, en primera línea de aquella sociedad española a la que los líderes de izquierda y derecha prometían cosas que no podían llevar a cabo.
Tras el triunfo de la izquierda, republicanos socialistas y comunistas se ven obligados a formar bloque con los anarquistas, el verdadero núcleo duro y que empezaron a imponer sus programas que los no ácratas no conseguían detener. Se rompió así la continuidad política con los gobiernos anteriores y empezaron a radicalizarse las posturas, a encarnizarse las relaciones entre unos y otros y todos con los de derecha. En fin, una imposible armonía absolutamente necesaria para gobernar ya que el llamado “frente obrero” imponía unas exigencias cuyo cumplimiento se alejaba tanto de las posibilidades del gobierno que éste alargaba las cuestiones lo indecible, ante el incremento del nerviosismo y la agresividad de los otros.
Huelgas interminables asolaron Madrid en donde los del frente obrero iban a comer a hoteles y restaurantes, negándose a pagar las facturas y amenazando a los dueños, mientras que sus mujeres hacían lo mismo con sus compras, acompañadas de fornidos hombres que hacían ostentación de los revólveres que portaban en el cinto.
Se cortó, por averías, el suministro de agua a las casas y el Ayuntamiento, incapaz de arreglarlo optó por repartir agua en grandes cubas que circulaban por las calles. Mas tarde las huelgas empezaron a paralizar toda la ciudad, en donde los ascensores dejaron de funcionar por sabotaje de los obreros de las empresas del ramo, lo que produjo el confinamiento de miles de personas que eran incapaces de bajar las escaleras y a eso había que añadir las cinco o seis bombas que diariamente colocaban los huelguistas en los edificios en construcción, haciéndolos saltar por los aires.
Amnistía para todos los presos de revoluciones anteriores, reposición obligatoria en sus antiguos puestos de trabajo y otras exigencias inadmisibles. El gobierno ya es incapaz de mantener un mínimo de orden público y la agitación y la violencia se trasladan a las zonas agrarias, donde los campesinos revolucionarios iniciaron ataques contra los que no pensaban como ellos y, sobre todo, contra los patronos: ocupación de tierras, palizas, incendios de edificios religiosos y civiles, extorsiones, bandolerismo al estilo del siglo XIX, matanzas de gente de derecha, etc.
Haciendo correr el bulo de que las señoras católicas y los sacerdotes distribuían caramelos envenenados entre los niños, se desató una histeria colectiva que produjo incendio de iglesias y conventos, matanzas de religiosos, señoras católicas y algún vendedor de caramelos. Una verdadera locura.
La delación se impone y por no pagar una deuda se acusa de fascista. Las tapias de la Casa de Campo y la Pradera de San Isidro amanecen cada día llena de cadáveres amontonados. Se imponen los famosos “paseos”, seguidos de un tiro en la nuca.
La propia Campoamor hace un recuento de los primeros tres meses de gobierno del Frente Popular que estremece: centenares de incendios de edificios, laicos y religiosos, a veces con sus moradores dentro; más de setecientos atentados con setenta y dos muertes… y un gobierno incapaz de tomar una decisión contra tamaño disparate.
Ocurre entonces lo irremediable y es que la derecha fascista no sigue dispuesta a dejarse matar sin tomar protección o venganza y aunque eran muy pocos, sin siquiera representación parlamentaria, se enfrentan a los que los están acribillando a balazos y así se llega hasta el asesinato del teniente Castillo y del líder de la derecha Calvo Sotelo, un peso previo al alzamiento militar.
Cuando Campoamor dedica un capítulo entero a este último asesinato, lo hace desde el conocimiento y la frialdad de un análisis que produce escalofríos y lo cuenta ella como testigo presencial y de excepción, pues no cabe duda de que era conocedora de datos que a la mayoría escapaban.
Ella misma se pregunta si al gobierno le sorprende la sublevación militar, cuando desde hace mucho tiempo ha estado sordo y ciego a sus preparativos, es incapaz de reaccionar y lo único que hace es entregar armas a las organizaciones políticas.
Alaba la determinación con la que el pueblo hace frente a los ejércitos sublevados en ciudades como Madrid y Barcelona, pero critica que el gobierno de la República no gobernara ni fuera capaz de detener la entrega de armas y describe a Azaña como un prisionero de los socialistas.
España giraba más y más a la izquierda y las milicias populares, fuertemente armadas no se sometían a ninguna disciplina, actuaban a su aire y fueron las que dirigieron en Madrid el asalto a los cuarteles sublevados, hasta que los sitiados izaron la bandera blanca de la rendición. Se les había prometido respetar sus vidas, pero no fue así y fueron todos fusilados y sus cuerpos amontonados en el patio de los cuarteles, poniendo de manifiesto la falta de mesura por ambos bandos.
Leyendo a Clara Campoamor se comprende fácilmente que algo tenía que pasar, que la situación por la que se atravesaba era de todo punto insostenible y que en el horizonte había solamente tres opciones: la instalación de una república comunista libertaria, auspiciada por los anarco-sindicalistas, o caer bajo la egida de la Rusia bolchevique.
La tercera opción fue la sublevación militar. ¿Hubiésemos preferido cualquiera de las otras dos?
No se lo contó nadie, ni lo leyó en los libros de historia manipulados por los sectarismos. A lo sumo lo pudo leer en la prensa del día, el diario de sesiones del Congreso o en las caras de las gentes por la calle.

viernes, 5 de abril de 2019

EL MARINO QUE HUNDIÓ LA BOLSA DE LONDRES





Antes de escribir este artículo me he cerciorado de que el personaje de esta historia no tuviera ninguna calle dedicada a su memoria en España, ni monumento de ninguna clase destinado a conmemorarle, porque después de lo que estamos viendo y padeciendo, es muy posible que se le tache de fascista, belicoso, xenófobo o cualquier otra lindeza y se retirara su nombre o su figura de lugares públicos.
Afortunadamente parece que no se le pueden hacer agravios de esa naturaleza y no solamente por no haber suscitado el odio injustificado que algunos españoles están desarrollando contra todo lo que huela a grandeza de nuestra historia, sino porque siendo un personaje de enorme talla militar, ha pasado casi desapercibido.
El personaje en cuestión es Luis de Córdova y Córdova, nacido el día cuatro de diciembre de 1706 en Sevilla.
Hijo de noble cuna por parte de sus dos progenitores, su padre fue capitán de navío y caballero de la Orden de Calatrava y a quien desde muy temprana edad solía acompañarlo en sus viajes por mar.
A la edad de quince años solicitó el ingreso en la Escuela Naval que entonces estaba en San Fernando y dos años más tarde recibe los despachos oficiales como alférez de fragata.
Desde su incorporación a la marina como oficial su actividad fue constante, habiendo participado activamente en la toma de Orán y la reconquista de Nápoles y Sicilia; con treinta y tres años es ascendido al grado de capitán de fragata.



Óleo de Luis de Córdova con el escrito de concesión de la Orden de Calatrava

En 1747 ya era capitán de navío y se le entrega el mando del buque de línea de línea “América” que en unión de navío “Dragón” combatieron a dos buques argelinos que rondaban las costas andaluzas y portuguesas y a los que dieron caza en aguas del Cabo de San Vicente.
Uno de los buques argelinos, el “Danzik”, era la nave capitana de la flota argelina, dedicada fundamentalmente a la piratería, que combatió durante un día, al cabo del cual fue abordada y su tripulación hecha prisionera. Era tal el estado en que había quedado el buque que no se pudo recuperar y fue quemado y hundido; el otro buque consiguió huir aunque muy mal parado.
Como consecuencia de tan importante golpe a la piratería berberisca, Luis de Córdova fue nombrado caballero de la Orden de Calatrava, como había sido su padre.
Con cincuenta y tres años, edad ya muy aventajada para la época, fue nombrado jefe de escuadra, en cuyo cargo permaneció catorce años, aunque su vida profesional siguió años más y en esa última época fue en la que protagonizó su hecho más glorioso.
Durante ese período de tiempo realizó innumerables viajes a tierras americanas en labores de escolta de convoyes y de patrullaje por aguas del Caribe, en constante lucha contra todos los barcos que iban a la piratería y el corso contra los intereses españoles. Sus intervenciones contra las naves inglesas y holandesas, fundamentalmente las que infectaban el Caribe, siempre fueron exitosas consiguiendo limpiar amplias zonas en una lucha desesperada contra todos los que se dedicaban a hostigar nuestros convoyes.
Una actividad tan prolongada e intensa le proporcionó una gran experiencia como marino y como guerrero y por esa razón cuando en 1779 España y Francia declaran la guerra a Gran Bretaña, por el tema de las colonias americanas, ambos países reúnen una escuadra combinada que se pone al mando del ya teniente general Córdova.
La escuadra española zarpa de Cádiz el veintitrés de junio y un mes mas tarde se le une la francesa al mando del almirante Guillouet y juntas se dirigen al Canal de la Mancha, sembrando el pánico entre los navíos ingleses que se resguardan en sus puertos. El objetivo final era el desembarcar tropas y proceder a la invasión de Gran Bretaña, pero diferencias de criterios entre el mando español y francés hicieron perder mucho tiempo durante el cual los ingleses se rehicieron.
No obstante la situación de pánico que se vivió en la isla solamente es comparable con la que produjo siglos antes la Armada Invencible. Córdova era partidario de la invasión inmediata, mientras Guillouet se mostraba indeciso porque en sus naves se había desencadenado una epidemia de tifus. La oportunidad fue única y se perdió por culpa francesa, lo mismo que años más tarde se perdió en Trafalgar.
La flota regresó a Brest, abandonando la operación, pero no se deshizo y continuó a las órdenes del marino español, no sin grandes reticencias francesas que argumentaban en su contra que era demasiado viejo para semejante responsabilidad, pero el gobierno español, por una vez, fue contundente y además de que la flota española era superior a la francesa, la experiencia en combate de Córdova no tenía parangón, así que en el famoso navío Santísima Trinidad, se izó la bandera del comandante de la escuadra.
El nueve de agosto de 1780 se realizó una nueva operación naval. En aguas próximas al Cabo Santa María, cerca de la costa de Portugal, el almirante Córdova apresó un convoy compuesto por tres fragatas que escoltaban a cincuenta y siete buques con un cargamento valiosísimo destinado a las colonias y que ha sido considerado como el mayor golpe recibido por la marina británica en toda su historia. Las fragatas nada más divisar al enemigo, se dieron a la vela y abandonaron a sus escoltados.

El Santísima Trinidad (óleo de época)

El asunto comenzó a gestarse cuando unos meses antes, espías al servicio de la corona española advirtieron de la pronta salida de un gran convoy para reforzar militarmente a sus mejores unidades que se encontraban desplazadas en las colonias americanas y en la ocupación de la India. Armas, municiones, enseres, ropas, pólvora, velas, cabos, herramientas y todo lo necesario para abastecer a dos ejércitos se estaba embarcando en el puerto de Portsmouth.
El botín ascendió a más de un millón y medio de libras esterlinas de la época una cifra astronómica que hizo tambalearse a la Bolsa londinense, la cual tardó meses en recuperarse, amén de producir la quiebra de numerosas empresas y consorcios de negocios británicos.
Aparte de los valiosos cargamentos, los buques apresados, que no habían sufrido prácticamente ningún daño, fueron vendidos en su mayor parte a particulares, pero la Armada se reservó los cinco más grandes que fueron incorporados a la flota española.
Días después de conocerse con precisión el alcance de la derrota naval, la Gaceta de Madrid publicaba la traducción de las noticias que habían salido en la prensa londinense en donde se decía que otra poderosa flota que estaba a punto de salir para la colonia de Canadá, había recibido la orden de permanecer en puerto.
Era tal el pánico que corrió por el Reino Unido que durante muchas semanas tuvieron sus buques amarrados a riesgo de dejar desabastecidas sus colonias y parar la producción de sus talleres.
Pero la consecuencia más desastrosa para Gran Bretaña fue el adelanto de la independencia de sus colonias que ante la falta de suministros básicos no pudieron resistir el empuje de los sublevados. La fundación de los Estados Unidos de Norteamérica se adelantó considerablemente gracias a la intervención española,  a la que pagaron con la felonía de arrebatarnos las pocas colonias que nos quedaban en 1898 (Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico).
Pero no solamente fue Córdova un buen navegante, además era una persona de inteligencia despierta que no dudaba en aplicar los avances que se iban produciendo en la navegación, en beneficio de su actividad.
En cierta ocasión, altos mandos navales franceses preguntaron al segundo en el mando de Córdova, el famoso marino José de Mazarredo, que cómo se las arreglaba el almirante para saber retirarse antes de que surgiera una tempestad, o como en medio de ella optaba por salir de puerto.
Mazarredo les reveló el secreto tan bien guardado y es que el almirante hacía tiempo que había comprobado la eficacia de los barómetros para medir la presión atmosférica y cómo ésta, según bajara o subiera, advertía de los cambios climáticos.
Así, si con aparente buen tiempo, observaba que el barómetro empezaba a bajar, era indicación de que se acercaba una borrasca y en consecuencia disponía lo necesario para ponerse a resguardo y, al contrario, cuando refugiado en puerto a causa de un temporal, comprobaba que el barómetro comenzaba a subir, ordenaba que se dispusiera lo necesario para zarpar, ante la sorpresa de todos que uno o dos días después apreciaban el favorable cambio de tiempo.
En fin, un personaje brillante que murió con noventa años en San Fernando y que está enterrado en el Panteón de Marinos Ilustres, en el que el inicio de su epitafio reza: “Aquí está la parte mortal del inmortal Luis de Córdova...”