viernes, 18 de agosto de 2017

BELLA E INDÓMITA




Si en la convulsa Italia medieval hay un personaje verdaderamente insólito, es una mujer: Catalina Sforza, conocida como “La diablesa roja” y “La virago cruelísima”.
Tradicionalmente el papel de la mujer durante toda la Edad Media y buena parte de la Moderna, estaba circunscrito a unas pocas actividades, como el matrimonio, el convento, la brujería y la prostitución, sin embargo ha habido notables excepciones y una de ellas es la mujer que protagoniza esta historia.
Nació Catalina en 1462 en la ciudad de Milán, gobernada por la poderosa familia Sforza, que en aquel momento dirigía el famoso Ludovico, apodado El Moro. Era hija bastarda de un hermano de éste, Galeazzo María Sforza y de su amante, Lucrecia Landriani, esposa de Gian Pero Landriano, amigo íntimo de Galeazzo al que no debía molestarle demasiado los adornos que su esposa le ponía con su mejor amigo, pues la pareja de amantes tuvieron otros dos hijos más.
Aun cuando hija ilegítima, fue reconocida por su padre que, nombrado duque de Milán, se la llevó a vivir con él, ofreciéndole una esmerada educación.
En la corte milanesa, la acogió su abuela y más tarde la esposa de su padre, Bona de Saboya. Estas dos mujeres influyeron poderosamente en el carácter de la joven Catalina.
Con solo diez años y tal como era costumbre, fue prometida en matrimonio a Girolamo Riario, sobrino del papa Sixto IV, que era veinte años mayor que ella. Cuatro años más tarde, apenas cumplidos los catorce, se consumó el matrimonio.
Estaba el papa Sixto tan
contento con aquel matrimonio que lo emparentaba con la familia Sforza, que compró el señoría de Imola, al sur de Bolonia, que actualmente es famosa por el circuito de velocidad dedicado a la marca Ferrari y que regaló al matrimonio.
Más tarde, no contento con el regalo hecho a su sobrino, el papa compró otro señorío, el de Fiorli, al sur de Milán y los convirtió en condes.
Con estas posesiones y con el respaldo de ambas familias, se trasladaron a Roma, a la corte vaticana, en donde Catalina destacó prontamente, tanto por su extraordinaria belleza, su pelo rojo y su atractiva figura, como por su astucia política y sus conocimientos militares.

Catalina Sforza

Rápidamente adquirió fama de magnífica intermediaria entre el papa y los señores feudales que gobernaban la península italiana. Cuando llevaban nueve años de matrimonio Catalina tuvo su sexto hijo, pero no por ello eran un matrimonio bien avenido, pues Girolamo, el marido, era un hombre infiel por naturaleza, y la bella esposa hubo de soportar innumerables infelicidades.
En 1484 falleció el papa, su tío político y benefactor y la vida del matrimonio Riario cambió radicalmente. En primer lugar, tras la muerte del papa se desató en Roma una oleada de saqueos, asaltos y desordenes, mientras la curia vaticana debatía sobre el cónclave a celebrar y el nombramiento del nuevo pontífice.
Uno de los palacios saqueados fue, precisamente, el del matrimonio y lo que es peor, los cardenales reunidos querían recuperar todas las posesiones que Sixto IV había dispendiado, entre las que se encontraban las de los Riario.
Ante la pasividad del esposo, Catalina, decidida a hacerse valer, tomó un puñado de soldados, posiblemente contratados al efecto a algún condotiero y se dirigió al castillo de Sant’Angelo, refugio curial en tiempos de guerra y antes de que nadie pudiera impedirlo, tomaron la fortaleza por asalto, secuestrando a toda la curia y amenazándolos si no se avenían a sus peticiones. Tenía veintiún años y estaba embarazada de siete meses, pero nada fue obstáculo para su decisión.
La curia accedió a que mantuvieran sus posesiones, una fuerte indemnización por los daños en su palacio y el nombramiento de Girolamo como capitán general de los ejércitos pontificios.
El nuevo papa, Inocencio VIII, pertenecía a una familia enemistada de antiguo con los Sforza y los Riario, por lo que las cosas empezaron a ponerse feas.
Retirados en sus posesiones y cortados todos los puentes con el poder de Roma, el matrimonio sobrevivía penosamente, soportando conjuras y amenazas, hasta que a finales de 1485, Girolamo fue asesinado y Catalina y sus hijos hechos prisioneros.
Nuevamente salió a relucir el carácter de la dama, la cual, al tener conocimiento de que una fortaleza de su señorío llamada Rivaldino, se resistía a rendirse a los conjurados, convenció a sus captores de que la dejaran persuadir a la guarnición para que depusiera su actitud.
Los conjurados, a los que encabezaba un hijo ilegítimo del papa, cedieron a su petición, si bien se quedaron con los hijos como rehenes.
Una vez en la fortaleza, Catalina que no tenía otra intención que la de capitanear la resistencia, dispuso lo necesario para soportar el asedio. Al comprender su error los conjurados, amenazaron con matar a los pequeños y ahí se produce un hecho legendario que no se sabe si es cierto o es simplemente una leyenda, al estilo de lo de Guzmán el Bueno. Dicen que Catalina subió al torreón de la fortaleza y alzándose las ropas mostró a los atacantes sus desnudeces, mientras poniendo su mano sobre el pubis les hacía que poseía lo necesario para hacer mas hijos (Ho con me lo stampo per farne degli altri).
No es fácil que se hubiese salido con la suya de no ser por los refuerzos que envió su tío, Ludovico el Moro, con los que derrotaron a los conjurados y restituyeron el orden.
Tras recobrar sus posesiones, gobernó Imola y Forlí, como regente de su hijo mayor y heredero, demostrando también en esta faceta su buen hacer y consiguiendo el beneplácito de su pueblo.
Como todo en la vida Catalina se lo tomaba con apasionamiento, en el amor, también fue una mujer apasionada.
No se sabe si tuvo algún desliz durante su matrimonio, pero es más que posible, dado su carácter y las infidelidades de su esposo, al que es casi seguro que le pagaría con la misma moneda. El mismo año de su muerte y cuando ella tenía veinticinco años, se casó en secreto con Giacomo Feo, de diecinueve y que por cierto nada tenía que ver con su apellido pues era un bello joven y con el que tuvo un único hijo, Carlo. Pero Giacomo era un joven malvado y cruel, incluso con los hijos de Catalina y muy pronto se ganó la enemistad del pueblo de Forli, hasta el punto de que el veintisiete de agosto de 1495 fue asesinado en una nueva conjura delante de su esposa.
La venganza que Catalina tomó sobre los culpables, fue terrible y recayó incluso sobre sus familias. Torturó y mató a numerosas personas, muchas de ellas inocentes. Esta lamentable acción le trajo desagradables consecuencias, pues nunca más volvió a recuperar el afecto de su pueblo.
Pero Catalina se rehacía pronto y un año después conoció a Giovanni de Medici, del que se enamoró perdidamente y con el que se casó y tuvo un hijo que se convirtió en uno de los mayores héroes y de los últimos condotiero de la historia italiana de la época: Giovanni dalle Bande Nere (Juan de las Bandas Negras). Las Bandas Negras era una compañía e soldados mercenarios que formó el propio Giovanni y guerreando con la cual, murió al gangrenársele una herida en un muslo.
A Catalina los maridos le duraban poco y éste murió también un año más tarde, aunque de enfermedad común.
En 1499 se enfrentó a la liga que formaban el papa Alejandro VI y el rey francés Luís XII, que quería desposeerla de sus dominios. Enrocada en su fortaleza de Ravaldino, se dispuso a soportar el asedio de la liga pontificia, que había mandado a César Borgia, hijo del papa, al frente del ejército conjunto. Su cabeza tenía un precio: diez mil ducados para el que la capturase viva o muerta.

Fortaleza Roca de Rivaldino, en Forli

Después de largos días de crudas batallas, la bella señora no tuvo más opción que rendirse a los franceses, los cuales le prometieron tratarla con respeto y la entregaron al Borgia.
En ese momento se conocieron y parece que aquella misma noche se convirtieron en amantes, relación que duró varios años, hasta que consiguió escapar del castillo de Sant’Angelo en la que estaba retenida y marchó a Florencia con sus hijos. Hay quien dice, y es más probable, que la dejaron marchar tras firmar la renuncia a sus territorios.
Y aquí se inició una vida completamente nueva de la bella Catalina, pues empezó a cultivar una de sus aficiones: la alquimia y por derivación compuso un extenso recetario que surge de las prácticas que realiza en su laboratorio y en el que se dan precisas instrucciones para fabricar ungüentos, pomadas, cocciones, aguas medicinales, unas sobre productos “cosméticos” y otras medicinales.
Por ejemplo, hay una receta para blanquear el rostro tostado por el sol, circunstancia que se veía muy desfavorable sobre la condición de las personas; otras para hacer crecer el cabello, o teñirlo de rubio, color que gustaba mucho en Italia. O para tener unos dientes blancos y brillantes, a base de ceniza de tallos de romero; para perfumar el aliento, problema muy extendido en una sociedad que se cuidaba poco de la salud de la boca; contra el dolor de muelas, para lo que empleaba un cocimiento a base de vinagre y raíces de beleño, que es una planta con efectos anestesiante.
Todas estas recetas están recogidas en un libro que se llama Experimentos y que es una muestra bien clara de lo abierta que estuvo su autora a toda clase de aprendizaje.
Sus territorios pasaron a engrosar los Estados Vaticanos, pero a ella le importó ya poco y habiendo estado a punto de recuperarlos tras la muerte de Alejandro VI, al comprender que sus súbditos no habían perdonado su comportamiento con el pueblo tras el asesinato de su marido, desistió de ello.
El veintiocho de mayo de 1509 falleció de una grave neumonía, tras soportar un mes de dura enfermedad. Tenía cuarenta y seis años y había vivido más que ninguna mujer de su época.

viernes, 11 de agosto de 2017

SABIOS ENIGMÁTICOS




Si algo distingue a nuestro pasado siglo XX de todos los anteriores, es por el enorme desarrollo científico, cultural y social que experimentó casi desde su inicio.
Hasta buena mitad del siglo XIX, en la que inventos como el vapor o la fotografía irrumpen en la vida, podría decirse que, con algunos avances, los pueblos, las sociedades occidentales, vivían casi como en tiempos del imperio romano.
Las casas no tenían agua corriente, ni sistemas de alcantarillado, ni luz eléctrica, ni existía la pluma estilográfica, mucho menos el bolígrafo y el jabón para el aseo era un bien escaso. Habían ido cambiando las modas en el vestir, pero siempre respetando las pautas de honestidad impuestas por el cristianismo.
Pero llegó el siglo XX y popularizó el cinematógrafo, los automóviles, los largos viajes en tren, en barco o en avión. Y sobre todo, impulsó el conocimiento científico. Empezamos el siglo con Einstein y seguimos con una larguísima lista de físicos, químicos, matemáticos, de renombre mundial, que jalonan los logros y avances más descollantes de todas las ramas del saber.
Sobre todos estos personajes, hay dos que, además de haber destacado sobre todos sus colegas, se han visto envuelto en un aura de misterio que no deja de  sorprender.
El primero es el serbio Nikola Tesla, que actualmente empieza a ser mucho más conocido que lo era hace una década, a raíz de la creación de una fábrica de coches eléctricos que lleva su nombre. Este científico, sobre el que hace años escribí un artículo que puede consultar en este enlace:
que había nacido a mediados del XIX, está considerado un sabio del siglo XX, a quien hoy se le reconoce la verdadera paternidad del importantísimo invento de la radio, el descubrimiento de los Rayos X, que cedió a un amigo para que siguiera investigando, las ventajas de la corriente alterna frente la continua que promocionaba nada menos que Edison y lo que debería ser lo más importante: la conducción de la corriente sin conductores, esos hilos de cobre que ensucian todos los paisajes.
Parece que trabajaba en este sentido, junto con otras muchas materias de alto secreto porque lo cierto es que cuando falleció, en 1943, su domicilio fue asaltado por agentes no identificados del gobierno de EE.UU e incautada toda la documentación allí existente, que era muchísima.
Pero todo esto y algunas cosas más, ya las contaba en el artículo de referencia y ahora lo traigo a colación solamente por el hecho enigmático de que las investigaciones de un científico de ochenta y siete años, tuvieran tan desmedido interés para el gobierno de la nación y este hecho lo quiero poner en relación con el ocurrido con otro científico, una persona de un talento tan excepcional como para que a los treinta años estuviera reconocido como uno de los físicos más importantes de todos los tiempos.
Me estoy refiriendo al tan extraordinariamente desconocido, como adelantado a  tiempo, Ettore Majorana, del que casi nadie ha oído hablar, salvo personas relacionadas con la física y poco más.
Nació Majorana el día 5 de agosto de 1906 en la ciudad de Palermo, en la isla de Sicilia, en el seno de una familia de científicos e intelectuales. Cuarto de cinco hermanos, destacó desde muy pequeño por su capacidad para resolver operaciones matemáticas complejas, sin usar nada más que su mente y a una velocidad increíble, así como su pericia con el ajedrez, del que llegó a ser campeón provincial.
Hasta aquí nada hay de singular. Muchos son los niños prodigio que en su adolescencia experimentan un proceso de delicuescencia y nunca más se llega a saber de ellos, pero este no es el caso de Majorana. Con diecisiete años ingresó en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Roma, en donde ya su hermano Luciano estudiaba ingeniería aeronáutica y en donde conoció al que más tarde sería premio Nobel de Física, Emilio Segré, que lo introdujo en el laboratorio que dirigía el que también sería premio Nobel, Enrico Fermi, uno de los mayores talentos en el campo de la física.
En seis años se doctoró y empezó a trabajar con Fermi a tiempo total y dedicándose especialmente al mundo del átomo, las partículas atómicas, la ionización y todas las disciplinas relacionadas con esas materias.
Después de un viaje a Alemania, volvió entusiasmado de que sus conocimientos hubieran sido altamente apreciados por los científicos de aquel país, pero solamente por unos pocos, los más destacados, entre los que se encontraba el danés Niels Böhr, premio Nobel por sus descubrimiento sobre la estructura del átomo y la mecánica cuántica.


Böhr, Fermi y Segré, premios Nobel de Física y admiradores de Majorana

Pero no quiero aburrir con esta tediosa relación de méritos, cuando lo que a esta historia importa es el misterioso desenlace.
Majorana se encontraba muy deprimido, pues sus alumnos en la universidad de Nápoles, donde había sido nombrado profesor, no entendían sus explicaciones y cada día abandonaban su aula, hasta quedar desierta. También lo estaba por alguna otra circunstancia desconocida aunque muy probablemente relacionada con sus descubrimiento sobre la estructura de los átomos, que le hacía pensar en negros barruntos.
Tan es así que su mentor, el profesor Fermi, le obligaba a publicar algunos de los trabajos que realizaba sobre las estructuras atómicas, en las revistas especializadas, a lo que él se negaba sistemáticamente, por lo que se hacía con nombres ficticios o de otros investigadores.
En la noche del 25 de marzo de 1938 tomó un barco correo para ir desde Nápoles hasta Palermo, a visitar a su madre, pero lo cierto es que no se tiene la certeza sobre si desembarcó en aquel puerto.
La primera versión que se dio del extraño caso es que Majorana se había arrojado al mar, ahogándose, pero ese detalle no se pudo comprobar, si bien es cierto que semejante comprobación tiene sus dificultades, de no aparecer el cuerpo del ahogado. No obstante esa fue la versión oficial.
Antes de embarcar, escribió dos cartas; la primera quedó en su habitación del Hotel Boloña, en el que se alojaba en Nápoles. Iba dirigida a sus familiares y les pedía que no guardaran luto por él y que si por razones sociales se veían obligados a hacerlo, que no durase más de tres días. Era una clara advertencia de suicidio, pero existieron dos cartas más y entre ambas, un telegrama. Estas comunicaciones iba dirigida al director del Instituto de Física de Nápoles, Antonio Carrelli, la primera también con tintes suicidas, pero tras echarla al buzón de correos, debió arrepentirse, pues puso un telegrama a la misma persona, pidiéndole que no tomara su carta en consideración. Seguidamente escribió otra carta en la que daba a entender que había desistido del suicidio y que continuaría con sus clases. Pero lo cierto es que nunca más se le volvió a ver.
A pesar de eso, pocos creyeron en el suicidio, porque la familia, muy apesadumbrada, empezó una campaña de búsqueda, con publicación de su foto en los periódicos y solicitando información sobre aquella persona. A las pocos semanas se produce el primer resultado, aunque resulta infructuoso: el abad de un convento de clausura de Nápoles, dice haber recibido a un joven muy parecido al de la foto que se está publicando, que a principios de abril le solicitó ingresar en aquel convento, sin más trámite. La petición fue denegada por la forma irregular de realizarla y el joven, sin insistir, se marchó. Pero poco después se recibió otra información, esta vez del convento de San Pascuale, de la ciudad de Portici, muy próxima a Nápoles, con las mismas características que la anterior y en cuyo convento también fue rechazado.

Una de la pocas fotografías del científico


Ninguna noticia más de Italia, ni de Europa, pero años más tarde, concretamente en 1950, el físico italiano Giorgio Dragoni que viajó a Argentina en el buque “Giovanna C”, manifestó a su llegada a Buenos Aires que el desaparecido Majorana, había hecho aquel viaje y que lo había reconocido a bordo del buque.
Algunas investigaciones que se realizaron en Argentina, también revelaron la presencia allí de Ettore Majorana, pero su localización ha sido imposible, aunque con nombre y apellidos, se le ha identificado por dos veces, pero por el tiempo transcurrido no fue posible seguir su pista.
Sobre las causas por las que una persona de la brillantez de este hombre, con apenas treinta y dos años, decide desaparecer de todos los escenarios, se ha especulado mucho y sobre todo lo ha hecho su más importante biógrafo, Leonardo Sciascia y posteriormente el escritos Alfio Caruso, el cual especula, quizás con buen sentido, que Majorana fue un científico muy adelantado a su tiempo y que, muchos años antes de que se hubiese determinado de forma precisa la estructura del átomo, tal como hoy la conocemos, él ya la había descubierto y lo que es más, había comprendido el enorme poder que se escondía dentro de aquella estructura microscópica: la fisión del átomo; el principio para la construcción de las bombas atómicas, en las que todavía se estaba a algunos años de poder desarrollar, pero que evidentemente los gobiernos y entre ellos el de Mussolini, estaban muy interesados en forzar la investigación.
Conocedor de los efectos que ese arma podría tener en manos desaprensivas, optó por desaparecer antes de que pudieran obligarle a trabajar para unos fines indeseables.

Esta hipótesis puede ser tanto verdad como engañosa, pero de cualquier forma ofrece una posibilidad de aclarar las causas de la desaparición del físico nuclear más importante del siglo XX.

sábado, 5 de agosto de 2017

ENTREGA CIEGA




Es así como define el Nuevo Catecismo Cristiano a la fe del creyente y es así como lo ha sido en todos los tiempos. Los creyentes de todas las religiones se entregan ciegamente, sin plantearse duda alguna, ni mucho menos, escudriñar, averiguar, estudiar, qué puede haber de verdad en todo lo que se le ha inculcado.
Eso, que yo calificaría de una desatención y falta de interés por perseguir la verdad, es calificado de acto meritorio por el entregado: No me planteo nada. Las cosas son así, como me las enseñaron y no me importa nada más.
Y sigue creyendo ciegamente sin ningún resquemor de su intelecto.
Si todas las religiones son verdaderas, quiere decir que todas son falsas. Por otra parte, si solo una de ellas es la verdadera y las demás falsas, cómo es que su Dios no la extendió a todos los que somos las criaturas de su creación. Por qué permite que haya confrontación de sus creyentes con los de otras creencias que Él sabe que son falsas.
Puede que los dioses de todas las religiones sea el mismo. Eso explicaría muchas cosas, pero nunca podrá explicar cómo es que unos hablan de matar al infiel y el otro de acogerlo.
 A lo largo de toda la historia las religiones han promovido más guerras que ninguna otra causa y si el imperio romano ha sido el más largo y poderoso de todos los tiempos (más de mil quinientos años gobernando occidente y buena parte de oriente), fue porque siempre aceptó a todos los dioses que se le iban presentando conforme avanzaba en sus conquistas, a muchos de los cuales llevaba a su propio panteón.
Y así, como decía hace unas semanas en el artículo que hablaba del perdón de los pecados, llegado el momento, tuvo la necesidad de incorporar el cristianismo, aquella fe a la que tanto había perseguido.
Y a partir de ese momento la naciente iglesia comenzó su ascensión y el imperio su declive.
La condición para que el imperio aceptase a los católicos y su doctrina era esencialmente una: que dejasen de zurrarse entre ellos y que adoptaran un credo común.
Y tal como decía en el artículo de referencia, lo consiguieron. De todo lo que se había escrito, solamente cuatro evangelios eran los verdaderos, los demás, falsos; apócrifos, como se dice refiriéndose a las escrituras que no están dentro del canon cristiano.
Es curioso que, si como se dice, la Biblia es un libro de inspiración divina, el inspirador no dejara bien claro cuál era la doctrina que quería transmitir y si todos los evangelistas relatan los mismos hechos, cómo existe tal diversidad entre sus escritos.
Por eso, a los señores prebostes de la iglesia que en 325 se reunieron en Nicea, por orden de Constantino y con nuestro insigne obispo Osio a la cabeza, les esperaba una dura tarea; y no era precisamente redactar el Credo Niceno, cosa que acometió nuestro insigne obispo con más que afortunada redacción. El problema estribaba en cribar los escritos y escoger de entre ellos los que más similitud tuvieran, desechando al resto.
Aún así y con un desecho de decenas de textos, se quedaron con cuatro, los Cuatro Evangelios llamados Sinópticos, en los que quisieron ver más similitudes que diferencias, pero que cualquier persona que los lea detalladamente comprende rápidamente que no es así, que discrepan sobre hechos trascendentes; sobre el más trascendente de toda la doctrina cristiana y base sobre la que se soporta, como es la Resurrección de Jesús, hay una versión distinta en cada texto.
Las cosas eran tan metidas con calzador que muchos de los asistentes, todos ellos obispos y padres de la Iglesia, no quisieron firmar las actas del concilio y muchas de las sectas cristianas siguieron practicando el arrianismo, aunque se había declarado herejía en aquel concilio.
La cosa era tan disparatada y así lo dejaban manifestado algunos de los asistentes que lo hacían con un espíritu verdaderamente religioso, sin sumisión al emperador, que aquellos cuatro evangelios citaban a menudo textos, frases, pensamientos, que eran originales de muchos de los desechados como apócrifos.
Corrieron rumores, se disparó el comentario y la imaginación suplió a la realidad y sobre la elección de los textos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, como únicos verdaderos, se dijeron cosas que realmente asustan a la inteligencia, sin embargo, fueron creídas entonces, y se aceptan como base del cristianismo ahora.
Se dijo, y eso está recogido por escrito, que se utilizaron varios métodos en la elección, todos ellos a cual más certero y científico, basado siempre en la elección milagrosa. Uno de los métodos usado fue el del rezo, al que se sometió a todo el concilio y durante horas, los asistentes rezaron con verdadera devoción, tras lo que, los cuatro evangelios, volaron como si de aves se tratara y se posaron juntos sobre un altar.
En otro momento, se colocaron todos los textos sobre una mesa y mientras los apócrifos caían al suelo, los cuatro elegidos no se movieron ni un ápice.
Otra selección, ésta ya con intervención divina, fue colocar estos cuatro textos sobre el altar e implorar a Dios que, si una sola palabra de las contenidas en aquellos libros, era falsa, cayesen al suelo, cosa que como es natural, no sucedió, porque Dios debía de estar de acuerdo con el contenido de aquellos evangelios.
Y por último la mayor expresión de fe: El Espíritu Santo, en forma de paloma, penetró en el lugar del concilio y posándose sobre el hombro de cada uno de los obispos, les fue susurrando cuáles eran auténticos y cuáles apócrifos.
No obstante, según puede leerse en las actas de tan egregia reunión, algunos obispos olvidaron en casa el “sonotone” y no se enteraron de lo que les decía la paloma, o es que directamente no estaba de acuerdo con ella, a pesar de ser quien era, porque rechazaron las actas y no acataron el resultado conciliar.
En fin, que para creer en todo esto hay que tener verdadera fe que “es creer en aquello que sabemos que no existe”.
Como es natural, esta frase no es mía, ya quisiera yo tener ocurrencias así; es de Mark Twain que además de escribir aventuras infantiles con las que nos deleitó, también le daba al “tarro”.
Porque si todas las verdades son iguales que estas, estamos arreglados, y es que tras nuestra muerte no vamos a tener ni castigo ni recompensa. Simplemente vamos a perder los veintiún gramos esos que dicen que perdemos al expirar y se acabó lo que se daba. Todo lo demás será cuestión de creerlo, cosa muy loable, por supuesto.
Y no quería concluir este episodio sin contar algo que me parece de lo más afortunado a la hora de constatar la forma en la que se ha escrito la historia de la Iglesia. Hace unos años, estuve en Roma en donde tuve la oportunidad de contemplar en directo, en todas su magnitud y dimensiones, una escultura de Miguel Ángel que lleva por título “El Moisés”.
Está en una discreta iglesia de Roma llamada San Pietro in Vincoli, en cuya escalinata estuve más de una hora sentado esperando a que abrieran.
Como es natural, ya conocía la célebre escultura, pero al verla “en persona”, cualquier recuerdo que tengas se diluye como un azucarillo en el café. Después de contemplar el conjunto, los detalles y los mínimos detalles, hay una cosa que suele llamar la curiosidad de los espectadores: ¿Qué son esos dos cuernos que parece que salen de la cabeza de Moisés?

El Moisés

No hay muchas respuestas, aparte de las que ha ofrecido la ortodoxia cristiana: Es la radiación que emanaba de Moisés cuando bajaba de su entrevista con Yahveh.
Y así ha pasado a la historia, pero hay otra explicación. Una que viene muy bien al caso de este artículo: ¡Cómo se han inventado las cosas! O bien: ¡Cómo las han tergiversado la ignorancia o la ambición!
Todo parte de la “Vulgata”, nombre con el que se conoce a la Biblia traducida al latín vulgar a finales del siglo IV por San Jerónimo, un padre de la Iglesia. En esa desafortunada traducción, cuando describe que Moisés baja del monte Sinaí, de entrevistarse con Dios, el texto original, en hebreo, dice que “la piel de su rostro era radiante”. En ese idioma, el verbo “radiar”, comparte la misma raíz que el sustantivo “cuerno” y el santo patriarca no se lo pensó más y tradujo aquella frase como: “y su rostro era cornudo”. Y se quedó tan tranquilo; pero lo grave es que aquella traducción se convirtió en el texto oficial que manejaba la Iglesia.

Desde entonces, pintores y escultores no se dieron a averiguar qué era aquella cosa tan extraña de que Moisés hubiese bajado de su entrevista con Dios con unos espléndidos cuernos y se dedicaron a pintarlo y esculpirlo de aquella forma, tan poco afortunada, como enojosa será para Moisés, si es que se ha enterado de semejante desafuero.

lunes, 31 de julio de 2017

EL FUTURO EN EL PASADO




En 1933 el antropólogo francés Marcel Griaule participó en una expedición que cruzó África, desde Senegal a Djibouti, atravesando todo el corazón sahariano de lo que entonces se llamaba África Occidental Francesa. En su recorrido quedó sorprendido cuando al cruzar Malí y a unos cuatrocientos kilómetros al sur de Tombuctú, se encontraron con un pueblo sorprendente, del que hasta ese momento no se había oído hablar.
Era el pueblo Dogón, un grupo étnico que no llega al millón de almas y que anduvo vagando por el desierto hasta que se asentó hacia el sur del río Níger, hace unos mil años. Desde entonces allí han permanecido, prosperando poquísimo en su cultura o su bienestar.
Se sabe que proceden de un pueblo llamado por los griegos “garamantes”, de los que también proceden los actuales “tuareg” y que no dudaban en comer carne humana, si la necesidad los impulsaba.
Las peculiaridades de este grupo, su cultura, pinturas, esculturas y grabados, vestidos y construcciones, fueron revelados al mundo por Griaule que tras su primer contacto con ellos, volvió en otra expedición y se quedó a vivir con aquella extraña tribu que había permanecido impermeable al avance del Islam en toda la zona, aunque algunos grupos muy reducidos son mahometanos, como otros, de igual porcentaje, son cristianos. Los dogón, como pueblo, siguen siendo en su conjunto animistas, en cuyas creencias predomina un espíritu ancestral al que llaman Nommo y la adoración a una estrella, según llega a descubrir Griaule.
Los conocimientos que aquel pueblo poseía sobre aquella estrella y sobre astronomía en general dejaron sorprendido al expedicionario que, habiéndose ganado la confianza de los chamanes y de los ancianos, empezó a recibir información, cada vez más interesante y enigmática, sobre todo de un chamán llamado “Ogotemmeli”, que parecía ser quien más conocimientos tenía.

El chamán Ogotemmeli (foto publicada por El Mundo)


A raíz de la divulgación de las noticias etnográficas del explorador francés, acaba la Segunda Guerra Mundial y cuando el mundo empezó a despertar del terrible sueño, aquella región inhóspita empezó a ser visitada por turistas curiosos, atraídos no solamente por las especiales características de aquella etnia, sino por los conocimientos y las tradiciones que durante muchos milenios habían sabido guardar por tradición oral.
Los dogón contaron al antropólogo que aquella estrella a la que ellos adoraban se llamaba “Digitaria”, al menos así lo entendió el francés, que inmediatamente la identificó con Sirio, el astro más brillante del firmamento que puede verse a simple vista desde el polo Sur hasta el paralelo que pasa por Islandia. Más al norte ya no es visible.
Contaron aquellos hombres que Sirio no era una sola estrella, sino tres, circunstancia que sorprendió al antropólogo, pues estaba muy reciente el descubrimiento de Sirio-2, que no se aprecia a simple vista y nadie había hablado de una tercera estrella. También le dijeron que la segunda estrella, a la que ellos llaman también “Po Tolo” y a la que veneraban más que a su hermana mayor, era del material más pesado que existe en el universo y que su órbita era de cincuenta años, circunstancia que aprovechaban para realizar una celebración especial, a la que ellos llaman “Sigui”.
Para estas festividades usan unas máscaras especiales que, acabada la celebración guardan celosamente en unas cuevas, de donde son recuperadas cincuenta años más tarde. Estas máscaras se han podido examinar y son de una antigüedad superior a los siete siglos.
Para los dogón, una tercera estrella a la que llaman “El Sol de las mujeres”, mucho mayor que la “Po Tolo”, pero menos pesada, gira alrededor de Sirio 1, en una órbita de cincuenta años también. Alrededor de “El Sol de la mujeres” que ellos llaman “Emme Ya”, gira un satélite: “La estrella de las mujeres”.
Esta tercera estrella, Sirio 3 y su planeta, no han sido descubierta hasta 1995.
Sirio, está a una distancia relativamente cerca de La Tierra, a solamente 8,6 años luz y es veinticinco veces más luminosa que el Sol, circula a enorme velocidad por el firmamento y tiene una órbita muy singular, sinuosa.
Esas circunstancias y cierta fluctuación en su luminosidad hizo pensar al astrónomo alemán Bessel, en 1844, que Sirio debía tener otra estrella que la acompañara y que no era visible por efecto de la extraordinaria luminosidad que desprendía.
En efecto, años más tarde, el astrónomo estadounidense Graham Clark por fin pudo observarla. Se llamó Sirio-2 y no ha podido ser fotografiada hasta 1970.
Resultó ser del tamaño de La Tierra, pero con una masa que supone la mitad de la del Sol y fue clasificada como estrella enana blanca. Estas dos estrellas están ligadas en su desplazamiento por el universo y la pequeña va girando alrededor de la mayor, dándole una vuelta cada cincuenta años.
La observación científica de aquellas dos estrellas, hizo notar que la órbita de la más pequeña presentaba ciertas anomalías, desviaciones puntuales o modificación de la velocidad que hizo pensar a los científicos que unas tercera estrella estuviera también ocultada por la brillantez de Sirio. Sería la Sirio 3, el número que los dogón atribuían a aquella pequeña constelación. Pero es que también conocían los cuatro satélites de Júpiter y los anillos de Saturno.
Cuando Marcel Griaule dio a conocer aquellas explicaciones de los ancianos dogón, el mundo científico quedó sorprendido. ¿Cómo era posible que aquella gente, perdida en la inmensidad del desierto, sin apenas contacto con otros pueblos y mucho menos con las civilizaciones actuales, tuviera ese conocimiento?
La explicación la daban ellos mismos: sus conocimientos procedían de los dioses que hacía muchísimos años los habían visitado.
Aquellos dioses a los que identifican como “Nommo”, procedían del planeta que ellos llamaban “La estrella de las mujeres” y llegaron a la Tierra hace unos cinco mil años. Según lo describen sus tradiciones orales, eran unos extraños seres con más apariencia de pez que de hombres, por eso ellos los designan como “Los maestros del agua”, que es lo que viene a definir la palabra “Nommo”, los que les enseñaron todo aquello sobre astronomía y sobre otras muchas cosas, para hacerles la vida más fácil.
Como es natural, la comunidad científica se dividió en dos corrientes francamente encontradas. Por un lado los partidarios de la teoría de los visitantes del espacio, con Robert Temple a la cabeza con su libro El Misterio de Sirio y por el otro, nada menos que Carl Sagan que defiende que esos conocimientos que demuestra tener el pueblo dogón, pueden haber sido adquiridos recientemente, de viajeros como Griaule e incluso por la vuelta de algunos individuos de la tribu que hubiesen emigrado a otros lugares de más avanzada civilización, como los que lucharon en el ejército francés durante la Primera Guerra Mundial.
Todo esto lo explica prolijamente Sagán en un libro que se titula El cerebro de Broca, pero aunque su autoridad en esta materia no la discute nadie, resulta muy peregrino que el científico venga a asegurar que una persona con una vista extraordinaria, puede ser capaz de observar los cuatro satélites de Júpiter sin la ayuda de ninguna óptica, o que ese mismo pueda apreciar el anillo de Saturno.
Eso lo dice Carl Sagan en el capítulo sexto de su libro que se titula “Enanas blancas y hombrecillos verdes” y trata de justificar que cualquiera de las hipótesis que entran en el ámbito de lo que para él es normal, como que esos conocimientos procedan de contactos con europeos, o de la vista de lince de un ciudadano dogón privilegiado, es mucho más plausible que la llegada, en tiempo inmemorial, de unos seres del espacio con aspecto de anfibios que dijeron que procedían del satélite de Sirio 3 que ellos denominaban “Estrella de las mujeres”.
Es cierto que es mejor creer en lo más fácilmente posible que en las teorías indemostrables, pero hay que hacerse algunas preguntas, como por ejemplo, si hace setecientos años, de cuando datan las máscaras festivas de aquel pueblo, los europeos ya viajaban al centro de África o si los dogón marchaban a luchar como mercenarios en Europa y si Europa conocía ya los satélites de Júpiter, el anillo de Saturno o la Sirio 2, teniendo muy presente que la tercera estrella y su satélite no fueron descubiertas hasta 1995, once años después de que Carl Sagan hubiese escrito su libro. 
Yo no creo en ovnis, ni en seres de otros planetas, pero estoy seguro de que son como las “meigas” y si no a qué obedecen tantos testimonios gráficos como se están descubriendo continuamente.