sábado, 14 de diciembre de 2013

SU NOMBRE EN LA LUNA


Que le pongan tu nombre a una calle de tu ciudad es algo que debe llenar de satisfacción a la familia, porque casi siempre que ocurre una cosa así, el homenajeado ya no está con nosotros, pero que escriban tu nombre en el mapa de la Luna debe ser como para volverse loco.
Lástima que, de sucedernos algo tan afortunado, no podamos verlo porque las glorias se reconocen a título póstumo. Pero no deja de ser una gloria.
En el caso de esta persona, cuyo nombre figura en el mapa de la Luna, la satisfacción hubiera sido aún mayor ya que por su fe, pertenecía a los de la Media Luna.
Es decir, que era un árabe, un musulmán andalusí, cuya proyección en la astronomía fue tal que se acordaron de él para nombrar un cráter de la superficie lunar.
Su nombre era un largísimo y a ratos impronunciable nombre árabe, pero por todos fue conocido como Azarquiel o Al-Zarqali, su último apellido, o más bien el mote que su familia arrastraba y por el que era llamado, debido a sus ojos azules claros, también conocidos como “zarcos”.
Nació Azarquiel en una aldea de las inmediaciones de Toledo alrededor del año 1025, en el seno de una familia visigoda de tradición cristiana que por habitar en tierra de moros, se convirtió al Islam como medio de poder vivir sin demasiados problemas, aunque es cierto que en Toledo la convivencia de las dos religiones fue ejemplar, pero más cómoda sin duda para los mahometanos, en aquella época en que Toledo formaba una de las taifas que reinaban en Al-Ándalus.
Empezó a trabajar como orfebre, destacando desde muy temprana edad por la destreza con la que manejaba los metales, lo que hizo que muchos de los científicos afincados en Toledo, en aquel momento la capital cultural del mundo, le encargaran instrumentos de precisión para sus quehaceres.
Había en Toledo una cantera importantísima de astrónomos tanto árabes como hebreos y cristianos, los cuales empezaron a encargarle la fabricación de astrolabios.
El astrolabio es uno de los más antiguos instrumentos de astronomía, pero a la vez de los más avanzados a su tiempo.

Astrolabio

No se conoce ni quién, ni dónde se inventó, pero hay referencias a su uso desde los primeros siglos de nuestra era y ya fue descrito por Ptolomeo en el siglo II y la famosa astrónoma y matemática Hypatia de Alejandría, del siglo IV, trabajo junto a su padre para mejorar el astrolabio.
Su uso, muy extendido entre las civilizaciones orientales, era desconocido en la vieja Europa a donde llegó de la mano de los árabes y procedente de Persia y fue el reino de Al-Ándalus el que lo dio a conocer al resto del continente.
Este instrumento permite determinar la posición de las estrellas en el cielo y fue muy eficaz para los navegantes, con el que podían situarse y orientarse, calcular la hora y la latitud.
Hasta la invención del sextante en el siglo XVIII , fue el instrumento más usado en la navegación. Pero el astrolabio tenía un problema básico y es que había que construir uno específico para cada situación en latitud pues las observaciones que se hacían con él, partían de esa referencia.
Con un astrolabio se podía saber la hora exacta de aquel lugar a la vez que también servía para calcular la altura de un monte o de una torre.
El contacto de Azarquiel con aquel núcleo de científicos y la despierta inteligencia del joven, le llevó a aprender astronomía aunque de una forma totalmente autodidacta, lo cual limitaba la rapidez en adquirir los conocimientos, pero con las ventajas de que al ser producto de su propia investigación, sus conocimientos llegaban a superar los de su época y, sobre todo, que al no estar impregnados de las influencias que las creencias religiosas ejercían sobre determinados puntos, fue un conocimiento mucho más real de toda la materia.
Pronto comprendió Azarquiel las limitaciones del astrolabio y para remediarlo inventó, o mejor dicho, perfeccionó el instrumento dándole otras posibilidades más amplias. En principio construyó dos variedades del mismo instrumento, una que dedicó al rey taifa de Toledo, Al-Mamun, conocida como “mamuniyya” y otra que dedicó al rey de Sevilla, Al-Mutamid ben Abbad, conocida como “abbadiyya”.

Las dos caras de la azafea, en donde se denota su mayor complicación

Con este nuevo instrumento se podía, en primer lugar, calcular la latitud del punto en que se observaba, la hora solar con mucha exactitud, las “casas astrológicas”, fundamentales para la astrología, muy de moda en la época y base del horóscopo, las coordenadas de los astros y el llamado arco diurno que es el que recorre el Sol desde que sale hasta que se pone, fundamental para calcular las horas de luz que tenía un día.
Sobre este instrumento que en nuestra civilización se conoce como “azafea” o “al-safiha”, existe abundante literatura que explicaba su manejo y posibilidades; el propio Azarquiel escribió un tomo titulado Tratado de la azafea que fue traducido al latín siglos después en la famosa Escuela de traductores de Toledo y en la Biblioteca de El Escorial, el manuscrito 962 trata de la azafea, instrumento que describe en cien capítulos. Asimismo, en el manuscrito 156 de la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid también se describe el instrumento a la perfección.
Fue tanta la importancia que el astrolabio conocido como azafea tuvo que su invención está considerada como la más importante de cuantas abrieron la era de la exploraciones oceánicas.
Sin la azafea, que Colón conocía perfectamente, no habría podido descubrir América, ni Magallanes y Elcano le hubieran dado la vuelta al mundo.
Consciente de que su invento o ampliación del astrolabio había resultado un instrumento esencial para la navegación, no había sido esa la razón por la que el sabio lo había construido, pues la finalidad que perseguía era otra mucho más concreta como la efectuar mediciones, trazar órbitas, movimiento de la Tierra, catalogar estrellas y una nueva utilidad que pronto descubrió: la confección del primer almanaque.
Con la azafea pudo determinar el momento exacto en que comenzaban los meses, las posiciones que adoptarían los cuerpos celestes y en consecuencia, predecir los eclipses, así como algo con lo que actualmente se especula y es que pudiera predecir la aparición de cometas antes de que estos fueran visibles.
Este detalle no está comprobado pero de ser así, habría aventajado en muchos siglos a Halley, el descubridor del cometa que lleva su nombre y que demostró que ese cometa era el mismo que había sido visto setenta y siete años antes y que se volvería a ver aproximadamente setenta y siete años después.
El sabio Azarquiel realizó muchos más descubrimientos en el campo de la astronomía, como ser el primero en determinar con precisión cual era el punto de máxima distancia entre el Sol y La Tierra.
Es indudable que nos hallamos ante un  personaje de una gran talla intelectual, viviendo en una época en donde la intelectualidad se premiaba y donde los poderes públicos cobijaban la producción científica.
Pero en el año 1085, Castilla reconquistó la ciudad de Toledo y la gran mayoría de sabios que allí se habían concentrado tuvieron que huir a tierras de Al-Ándalus, entre ellas Azarquiel que se refugió en Sevilla, donde al parecer murió unos años más tarde.
Su obra fue puesta en valor por la Escuela de Traductores que Alfonso X, el Sabio, creó en Toledo, al rescoldo de las enormes hogueras de intelectualidad que en la ciudad hubo y que de alguna manera aún seguían vivas. Pero hasta que se produce la invención de la imprenta, la producción científica y cultural de la Escuela, aunque prolija, no llega al gran público, limitándose a círculos muy exclusivos.
Esa circunstancia y el que algunas obras del insigne astrónomo se perdieron, otras se desvirtuaron con sucesivas traducciones y que, sobre todo, posteriores descubrimientos como el sextante, condenaron al olvido la azafea, de Azarquiel se dejó de hablar y sólo en restringidos círculos científicos se le recuerda.
Pero no es tan frágil la memoria humana en todos los órdenes, porque nueve siglos después de su muerte, la Unión Astronómica Internacional, dio su nombre a uno de los cráteres de la Luna, justo al lado de los dedicados a Ptolomeo y a Alfonso X.
Hoy se puede decir, sin ningún temor a equivocación que Azarquiel es considerado como uno de los más importantes astrónomos hispano-andalusíes y base de la investigación astronómica hasta Copérnico, Kepler y Brahe.
En España el único recordatorio de este insigne personaje ha sido la publicación de un sello de correos del año 1986.


Sello con la cara y la azafea de Azarquiel

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