viernes, 23 de septiembre de 2016

OCURRIÓ UNA NOCHE




En realidad ocurrió en dos noches; dos noches del mes de noviembre pero con treinta y cinco años de por medio. Les ocurrió a dos personas, dos sabios y quizás, las mentes más preclaras de su época, cada uno en su área, aunque en muchos casos, sus actividades se solapaban.
Por dar una mejor explicación, voy a empezar por la segunda de las noche, la del veintitrés de noviembre de 1654, día de San Clemente, papa y mártir, vigilia de san Crisógeno mártir. Cerca de las diez y media y hasta las doce y media.
Así, poco más o menos, iniciaba Blas Pascal un memorial que escribió aquella noche y que cambió radicalmente el rumbo de su vida y privó al mundo del futuro desarrollo y expansión de una de las mentes más preclaras de todos los tiempos.
Nació Blas Pascal el diecinueve de junio de 1623, en la localidad francesa de Clermont-Ferrand, hijo de un magistrado de alto rango y perteneciente a una familia de buena posición, tenía solamente dos hermanas; quedó huérfano de madre cuando contaba tres años de edad. Esta circunstancia hizo que su padre dedicase mucha más atención a sus hijos y, mirando por su futuro, se trasladó con toda la familia a París, en donde veía que los niños tendrían más posibilidades que en una ciudad de provincia, sobre todo el pequeño Blas que ya había dado múltiples muestras de poseer una inteligencia poco común.
Allí pasaron varios años hasta que en 1640 su padre fue nombrado jefe de la oficina de recaudación de impuestos de la región de Normandía, cargo que ejercía con extremado rigor, lo que le acarreó no pocos enemigos.
Viendo a su padre enfrascado constantemente en las sumas y restas de las cuentas de las recaudaciones, el joven Pascal, que entonces contaba dieciocho años, inventó una máquina que en principio solamente realizaba sumas, pero que con el transcurso de los años fue perfeccionando y llegó también a hacer sustracciones. La “Pascalina”, llamó a la máquina sumadora y construyó, manualmente, hasta cincuenta ejemplares, de los que aún se conservan algunos. Es el antecedente más claro que se conserva de las modernas calculadoras.

Una de las nueve “Pascalinas” que se conservan en perfecto estado

Muy pronto, el joven Pascal empezó a destacar en el campo de las matemáticas y la física, disciplinas en las que demostró ser un verdadero genio,  realizando profundas investigaciones sobre los cálculos de probabilidades, investigaciones sobre los fluidos, sobre la presión de los líquidos y el vacío. Pero también destacaba y mucho, en materia de pensamiento, dedicándose muy de lleno a la filosofía y a la teología.
Con solamente dieciséis años, había formulado el conocidísimo Teorema de Pascal, que todavía se estudia en la geometría descriptiva.
Como padecía de constantes calambres en las piernas, no era muy apto para hacer excursiones, pero tenía necesidad de efectuar unas comprobaciones sobre la presión atmosférica, por lo que obligó al marido de su hermana a que subiera a la cumbre del monte Puy-Dome, para comprobar que la teoría de Torricelli, sobre el peso del aire, era cierta, observando que el mercurio contenido en una especie de rudimentario barómetro, iba descendiendo conforme se iba subiendo la montaña hasta comprobar que en la cima experimentaba una subida menor que en la base de la montaña. Era evidente, el aire de la atmósfera tenía un peso.
Trabajó intensamente sobre la teoría de los vasos comunicantes y sobre todo en hidrostática, dentro de la cual expuso la presunción de que la presión que se ejerce sobre un punto cualquiera de un liquido encerrado en un recipiente se transmite con la misma intensidad en todas las direcciones.
Con este principio, inventó la prensa hidráulica, un sencillo mecanismo que nos sirve tanto para elevar un coche, como para sostener la torre Eiffel y sin la cual, la revolución industrial hubiera sido una cosa muy diferente.
Sin otro de sus inventos, la jeringuilla, el mundo tampoco sería lo que es, aunque posiblemente otro la habría inventado con posterioridad.
Profundamente religioso, junto con su familia, entró a formar parte del movimiento confesional conocido como jansenismo, que se caracterizaba por una estrecha aproximación a San Agustín, resaltando la predestinación y la imposibilidad del hombre para hacer el bien sin la intervención divina y que pronto fue proscrito por  el papa.

Pascal, según un grabado de la época

La familia entera vivió la exaltación religiosa de tal forma que su hermana Jacqueline, profesó en un convento.
En este ambiente, en el que por un lado su mente se desarrollaba hacia las ciencias y por el otro hacia la espiritualidad más profunda, llegó la noche del veintitrés de noviembre de 1654.
Qué fue lo que pasó exactamente aquella noche, es algo que se desconoce y ni siquiera se hubiese sabido que algo muy importante tuvo que pasar por la mente del sabio, de no ser porque, a su muerte, se encontró cosido a su ropa, un papel en el que había escrito algo.
Ese escrito se conoce como Memorial de Pascal y empieza como más arriba se dijo por la fecha, los santos del día y de la víspera y la hora. Sigue con la palabra FUEGO, resaltada; a continuación sigue: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, no de los filósofos y eruditos…” lo que continúa es una exaltación a Dios, al que se propone ser lo único en recordar. Todo lo demás queda relegado al olvido. Nombra a Jesucristo como quien le llama de manera vehemente, renuncia a todo sometiéndose exclusivamente a Jesucristo y a la fe y termina con: “Jamás olvidaré tus palabras. Amén.”
Luego se comprobó que desde aquella fecha de 1654, Pascal había dejado de ser el científico que todos esperaban de él. A partir de ese momento se entrega al ayuno, a la mortificación de su cuerpo, colocándose un cilicio por cinturón, olvida la física o las matemáticas y no lee nada más que a San Agustín. Su única obsesión fue la religión, salvar su alma y para eso, abandonó todo placer mundano y como algunos han dicho de él, entró en una etapa de misantropía en la que se dejó morir, lo que ocurrió el diecinueve de agosto de 1662, casi ocho años después del terrible incidente que trastocó su vida y cuando contaba solamente treinta y nueve años de edad.
En realidad su muerte no sobrevino por abatimiento ni descuido, padeció un cáncer de estómago que le produjo metástasis y que acabó con su vida.
Cuando iban a amortajarle, le quitaron las harapientas ropas que llevaba y fue en ese momento cuando se descubrió aquel trozo de papel, cosido a su levita, que había cambiado su vida.
También una noche, treinta y cinco años antes, la vida de otro francés, otro gran matemático y filósofo, cambió radicalmente.
Es el caso de René Descartes, sobre el que ya hace bastantes años publiqué un artículo que se puede consultar en este enlace ( http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-cabeza-de-descartes.html ).
Es sorprendente el paralelismo entre las vidas de estos dos insignes matemáticos y pensadores, pues Descarte también era hijo de un jurista que enviudó cuando el pequeño René tenía apenas dos años de edad.
Había nacido el treinta y uno de marzo de 1596, y era, por tanto, veintisiete años mayor que Pascal.
Autor de la famosa frase: “Cógito, ergo sum”, dijo haber tenido un sueño la noche del 10 de noviembre de 1619, a raíz del cual, se da de baja del ejército, con el que estaba luchando en los Países Bajos contra los tercios españoles, vende todas sus propiedades y se dedica a viajar, aprender y madurar su: “Pienso, luego existo”.
Treinta y cinco años antes, un sueño, una revelación, una aparición, no se sabe muy bien qué cosa fue, despertó en Descartes el deseo de la sabiduría; de aprender y transmitir y así nació su Discurso del Método, que dio el espaldarazo final a su renombre como matemático, astrónomo y filósofo.
Treinta y cinco años después, a otra persona, de características muy similares, un sueño, una revelación o no sabemos qué otra cosa, lo apartó de la ciencia, de la senda del conocimiento y lo encerró en el férreo cofre de la religiosidad, a cuya servidumbre se dedica por entero, haciendo dejación de su propia vida y de sus conocimientos.

Y las dos cosas ocurrieron una noche; noche que, en el primer caso, terminó en una feliz alborada, llena de luz y color y en el otro, no fue capaz de conjurar las tinieblas y quedó en noche para siempre.

2 comentarios:

  1. Es una pena que una mente tan brillante cayera en el jansenismo. Entre otros errores, ellos creían en la predestinación, cosa que por si misma es contraria al propio sentido común, ya que si postulamos que existe un Dios misericordioso y justo, ¿Qué justicia puede haber si desde la concepción y por capricho divino unos son salvos y otros no?. Supongo que aquí se aplica el principio de "no hay tonto que no sea listo ni listo que no sea tonto".

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    1. Buen articulo. Viene a cuento una frase que dice " En un segundo cambia la vida de una persona". Sino que se lo pregunten a San Pablo, cuando lo derribó el caballo..... Jjjjj

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