viernes, 26 de julio de 2019

HEROE POR PARTIDA DOBLE





El declive hegemónico español en el mar empezó mucho antes, cuando las marinas británicas y holandesas dejan de temer a los navíos españoles y a enseñorearse de las aguas, llegando incluso a atacar a las poblaciones costeras, pero el golpe de gracia se lo dio la Batalla de Trafalgar.
Puesta nuestra flota, todavía importante, en manos de un mando único, personalizado en marino francés incompetente, hizo un planteamiento del enfrentamiento naval tan favorable a la escuadra inglesa, que contando con un genio militar como Nelson a la cabeza, no desaprovechó la oportunidad y nos dieron para ir pasando y eso a pesar de la resistencia heroica de los grandes manirnos españoles que comandaban nuestros barcos.
En uno de esos buques, concretamente el “Príncipe de Asturias”, iba como segundo comandante, un jovencísimo teniente de navío al que daba órdenes nada menos que uno de los mejores y más aguerridos marinos españoles: Federico Gravina.

Perfil del Príncipe de Asturias (Revista Todo a Babor)

En el combate de Trafalgar,  Gravina sufrió la amputación de un brazo que una bala de cañón le arrancó, pero aún así, fue capaz, en colaboración con su segundo, de llevar el barco a Cádiz, donde buscó refugio.
Un mes después de tan épica hazaña, falleció en Cádiz a consecuencia de las graves heridas y las infecciones a que la falta de higiene conducían inexorablemente. Su segundo en el mando, reconocida su pericia y sobre todo su valor, fue ascendido a capitán de Fragata y muy malparado física y psíquicamente, se retiró a su tierra natal, Vitoria, para una temporada de descanso.
Este joven marino, héroe de Trafalgar, reúne en su persona unas singularidades tan poco conocidas que es necesario dedicarle unos renglones para poner al descubierto su trayectoria profesional.
Se llamaba Miguel Ricardo de Álava y Esquivel y vino al mundo el día siete de febrero de 1772, en el seno de una noble familia alavesa, en la que existían antecedentes de gloriosos marinos, militares y políticos.
Después de estudiar durante nueve años en el seminario de Vergara, con solo trece años ingresó como cadete de infantería en el Regimiento Sevilla y dos años más tarde conseguía su nombramiento como militar profesional con el grado de subteniente.
Era costumbre en la época cambiar de cuerpos militares y así, completados sus estudios como oficial de infantería, ingresó en la Armada, donde su tío Ricardo era un prestigioso capitán de navío.
A la sombra de este familiar fue adquiriendo una gran experiencia como marino y militar, interviniendo en numerosas acciones de la marina española contra Francia, en el sitio de Tolón, Inglaterra, Italia, defensa de Ceuta contra las tropas marroquíes que intentaban tomar la ciudad que en aquella época se reducía a un presidio militar y las guarniciones correspondientes, así como la participación en otras acciones en las que el valor demostrado lo impulsaron en su rápida carrera y con apenas veintidós años ya era teniente de fragata.
Participó, como ayudante del jefe de escuadra, a la sazón, su tío Ricardo, en buena parte de la vuelta al mundo que dio el navío “Europa” y que se prolongó desde el 1795 hasta el 1800.
Estando en Manila en operaciones de reparación y abastecimiento se le ordenó al joven Miguel regresar a España, para entregar una documentación de suma importancia y embarcó en un mercante americano, con tan mala fortuna que fue abordado por barcos ingleses y sufrió cautiverio por varios meses, aunque esta vicisitud le sirvió para aprender inglés, que más tarde le sería de suma utilidad.

Lienzo de Miguel R. De Álava y Esquivel

Ya en Cádiz, fue destinado como ayudante del teniente general Gravina, jefe de la escuadra española, momento en el que a raíz de la oprobiosa etapa en la que España se rindió a Napoleón, nuestra escuadra se integró a la francesa que mandaba el inepto almirante Villeneuve, posterior artífice de la tremenda derrota de Trafalgar. De sus relaciones con los marinos franceses, adquirió gran soltura en el manejo del idioma, lo que también le sería de gran trascendencia en épocas y hechos posteriores.
Su participación brillantísima en la Batalla de Trafalgar le valió un nuevo ascenso, pero hubo de solicitar una licencia real para reponer su quebrantado estado de salud.
Cuando por fin, España se rebela contra los franceses, a partir del dos de mayo de 1808, Miguel se incorpora al ejército, donde por falta de oficialidad competente, fue promovido a coronel.
Aquí sus conocimientos de inglés y francés hicieron valer sus otros méritos para que fuese designado ayudante del capitán general inglés, duque Wellington, que mandaba en España las tropas de la alianza formada en Europa contra el tirano francés.
Y en acciones de tierra, Miguel de Álava, destaca en la toma de importantes ciudades fuertes del ejército francés: Badajoz, Ciudad Rodrigo, Talavera de la Reina y en batallas memorables que escribieron páginas de honor para las tropas españolas: Arapiles, Vitoria, San Marcial, Tolousse…, pues el duque de Wellington consiguió expulsar a las tropas francesas de España e incluso invadir el sur de Francia, de ahí su participación en la batalla de Tolousse.
Tanta confianza depositó el duque de Wellington en su ayudante Miguel de Álava que no permitía que se separara de él y tras la primera caída de Napoleón, hizo que se le nombrara embajador de España en París.
Como ya se ha expuesto en otros artículos, la reclusión de emperador francés en la isla de Elba no fue más que una pantomima de las medrosas cortes europeas, que aún no sabían qué hacer con él y resultaba muy duro tomar decisiones drásticas cuando se sabía que contaba con el apoyo, no solo de Francia, a la sazón una gran potencia bélica, sino de otros países europeos.
Por eso casi se le deja huir de su cautiverio, en donde se había dejado una fuerte guarnición militar absolutamente fiel al “corso”.
Ya contaba en anterior artículo cómo la prensa francesa fue cambiando de titulares conforme Napoleón se acercaba a París, aglutinando detrás de él a muchos regimientos que le guardaban absoluta fidelidad. Así, desde titular que “el ogro, huido de la isla de Elba, había desembarcado en Antibes, Francia”, fue dulcificando titulares y el siguiente fue “el tigre ha llegado a Gab”, para después comunicar que “el tirano ya estaba en Lyon”. Mas tarde se decía: “el usurpador a seis jornadas de París” y al día siguiente: “Bonaparte avanza a gran velocidad”; hasta que, por fin se publicó: “en la tarde de ayer, su majestad el emperador hizo su entrada en París. ¡Viva el Imperio!”. Todo esto lo puedes releer en mi artículo de 2013 que puedes consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/08/colocate-o-no-sales-en-la-foto.html
Como es natural, las potencias europeas advirtieron desde un principio el peligro que un genio militar como Napoleón, apoyado por un ejército poderosísimo, iba a suponer para todo el continente y, tímidamente al principio, se formó una primera coalición de naciones que forman el imperio Austro-Húngaro y Prusia, temerosos de que la revolución iniciada en Francia se extienda a sus territorios.
Unos años mas tarde se forma una segunda coalición en la que entran además Gran Bretaña y Rusia. Es el año 1779.
Y así se van formando coaliciones hasta la séptima, en 1815 y en la que entran España, Portugal y Suecia, junto a las otras naciones que habían mantenido el avance del que entonces era denominado en Europa como “El Monstruo”.
Y es a través de la integración española en esta séptima coalición, la circunstancia para que Miguel de Álava, militar experimentado en tierra y mar y posiblemente el único de alta graduación que hablase tres idiomas, la razón por la que el gobierno español lo coloca junto a Wellington.
De Álava era un hombre erudito, de una familia en la que destacaban eminentes personajes en muchas ramas del conocimiento y Wellington era, asimismo, amante de la cultura, lo que pudo ser la causa de que entre ambos se trabara una amistad que duraría toda la vida y la consecuencia más importante, a juicio de expertos historiadores es que integrado en el ejército de la coalición fue el único español que participó en la famosa batalla de Waterloo que puso fin al Imperio de los Cien días y acabó con la amenaza napoleónica para siempre.
Esta intervención de Miguel de Álava supone que se da en él la rara circunstancia de haber luchado en el bando napoleónico, en la batalla de Trafalgar y luego, diez años más tarde, haberlo hecho contra el que fue su “aliado” y conseguir su definitiva aniquilación.
Durante la regencia de María Cristina, por la minoría de edad de Isabel II, el  21 de septiembre de 1835, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros, cuando se encontraba en Londres como embajador de España.
Pero el designado no mostró ningún interés por venir a España para hacerse cargo de tan importante nombramiento y ante la supuesta desidia, la Regente se vio obligada a nombrar un presidente interino, a la espera que el titular se presentara, pero Miguel de Álava no regresó nunca más a España, solicitando de la reina regente que aceptara su renuncia al cargo, cosa que no tuvo más remedio que admitir y nombró en su lugar a Mendizábal.

2 comentarios:

  1. Triste siglo XIX para España que empezó con la invasión napoleónica y termino con la perdida de los amadísimos territorios de ultramar (que no colonias). Dicen que a Napoleón le venció el general invierno pero el general invierno es solo un ente abstracto e imponderable de la naturaleza. Lo que parece que nadie quiere saber (y gracias a Benito Perez Galdós tenemos el relato histórico) es que España fue el Vietnam de Napoleón (el primer Vietnam de los franceses) donde empezó a perder batallas y donde el mejor ejército del momento se desangro luchando contra gente normal y corriente que solo buscaba su libertad (irónico que fuesen esas mismas gentes las que luego abrazaran las cadenas). Más tarde, por desgracia y por la inutilidad del peor rey que hemos tenido, no fuimos a Waterloo y todo ese sacrificio que hizo el pueblo español (el pueblo no sus dirigentes) no sirvió para conservar nuestro puesto en la historia al faltar a la última cita decisiva del momento. La conclusión es clara ... no importa los sacrificios que se hagan si no rematamos la faena. Los políticos actuales, muy preocupados con sus intereses, deberían tomar nota de que siempre, siempre, hay que ir a Waterloo. La pena es que nosotros seguimos amando las cadenas y rechazando las oportunidades que la historia se empeña en darnos por culpa del pecado cainita de la envidia que nos domina. En Azores ni siquiera estaba Portugal, soberana de la plaza, y renunciamos a ser de nuevo potencia por la demagogia ideológico que nos sacó de Irak (donde nunca estuvimos) pero permitió que Afganistán fuese regada con sangre española por nada o quizás solo para que un ateo confeso pudiera ir al día de la oración yanqui. No me extraña que el protagonista del artículo prefiriese quedarse en Inglaterra, yo (quizás) hubiese hecho lo mismo, si no fuera porque, desde el exilio que me obliga la inutilidad de nuestros políticos, sigo sintiendo un profundo dolor por todo lo que le pasa a nuestra amadísima España.

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