viernes, 12 de mayo de 2023

LA INVASIÓN COMUNISTA

         


            Tengo escrito este artículo desde hace mucho tiempo y sin gran interés por mi parte para publicarlo pero, recientemente, he leído dos libros en los que se hace referencia al personaje de esta historia y eso me ha hecho pensar en contribuir por mi parte con algo para ayudar a sacarlo del olvido.

Las dos experiencias republicanas de las que los españoles hemos “disfrutado” deberían ser suficientes para no querer incidir en la ya casi eternizada cuestión de Monarquía-República; aunque en los tiempos que corren, hacerse el mártir frente a la monarquía y defender una tercera república, es de las cosas más sencillas y “progres”, simplemente porque la Constitución Española lo permite. Cosa muy distinta es conseguirlo. Estamos bien así, ¡para que cambiar lo que está bien!

Sobre todo cuando recientemente se ha publicado que de entre los diez países más democráticos del mundo, siete son monarquías.

Desde que la II República Española, que decía tenerlo todo para ganar la guerra, salió de España por patas, con la cabeza baja y los baúles llenos, hasta hace muy pocos años, nadie volvió a hablar de las excelencias republicanas y, los muchos partidos que llevaban el republicanismo en sus siglas, que a raíz de la legalización del PCE, empezaron a surgir como hongos, fueron experimentando un fenómeno delicuescente que acabó con casi todos.

Alguno queda, más por matices independentistas que realmente republicanos; pero quedan, aunque han nacido de este lado de la democracia, porque si antes de la muerte del dictador existían, eran una simple anécdota.

Con Franco vivo nadie se atrevió a decir nada, aunque ahora parece que todos luchaban por restablecer la República contra la voluntad del dictador que murió de viejo, en su cama y en loor de multitudes que le adoraban en vida y lo añoran después de muerto, algo que ni comprendo ni comparto.

En los muchos años de dictadura franquista solamente hubo un intento real y cierto de restablecer la República en España y es tan desconocido que bien merece la pena dedicarle algunas líneas. Y no digan los republicanos y los comunistas que lucharon por imponerla, porque el único que lo hizo es el personaje de esta historia.

Durante la II República había en España muchos partidos de izquierda, pero el único con estructura y dirección era el Partido Comunista. Tras la debacle que supone la victoria de las tropas de Franco, todo el gobierno republicano y multitud de comunistas, anarquistas y de otros partidos de izquierda, se refugian en Francia, lugar ideal por la protección que ofrece a los exilados y la proximidad geográfica. Pero cuando se produce el acuerdo entre Hitler y Stalin, previo a la II Guerra Mundial, la dirección del Partido Comunista se traslada a Moscú o a Méjico, dejando muy desamparados a los comunistas que aún tenían la idea de volver a España, derrotar a Franco y reinstaurar la República.

En territorio francés se había creado un “para ejército”, como se diría hoy, llamado Unión Nacional Española y que estaba compuesto por antiguos militares republicanos, comunistas, anarquistas, socialistas y de cualquier otro ideario contrario al nuevo régimen instaurado en España, tachado de fascista.

Curiosamente, la policía francesa, catalogaba a aquel conglomerado de organización terrorista, a la que consideraba con estructura jerarquizada, secreta, de dedicarse al sabotaje, a emitir propaganda contra el gobierno francés, ayudar a pasar por la frontera a los evadidos y a robar explosivos con los que construir bombas.

La UNE se fundó en el año 1941 por un político navarro llamado Jesús Monzón Repáraz y un catalán de ascendencia andaluza que llegó a ser general del ejército republicano llamado Juan Blázquez Arroyo. Los fines de aquella organización eran exclusivamente combatir contra los nazis en suelo francés, hacerse fuertes y trasladar su lucha a territorio español y conseguir cambiar el régimen fascista del general Franco.

Monzón nació en Pamplona en 1910 en el seno de una familia acomodada que mandó a su hijo a estudiar con los jesuitas de Tudela y luego a Madrid donde se licenció en derecho.

 


Jesús Monzón

 

Desde su paso por la universidad, Monzón mostró su afinidad con el marxismo y acabada la carrera, volvió a Navarra donde creó la primera célula del PCE y contrajo el primer matrimonio civil celebrado en Pamplona.

Durante la república fue muy adicto al régimen y llegó a ocupar cargos de Gobernador Civil de Albacete, Cuenca y Alicante. En plena guerra civil, fue nombrado Secretario General del Ministerio de Defensa.

En marzo de 1939 abandonó España hacia Argelia, en el mismo avión que Dolores Ibárruri. Desde allí pasó a Francia en donde participó en la evacuación de refugiados españoles hacia Hispanoamérica y la Unión Soviética.

En la UNE estaban organizados en guerrillas, dentro de la resistencia francesa contra los nazis, apoyándose mutuamente con los ejércitos aliados, consiguiendo logros militares importantes y llegando a juntar un contingente de unos diez mil hombres.

La importancia que Monzón adquirió se debió a que tras el pacto Hitler-Stalin, miles de refugiados políticos españoles quedaron abandonados a su suerte en campos de concentración de Francia. En ese momento Monzón tomó el control de las operaciones en el sur francés y dirigió la salida de refugiados, a la vez que organizaba a los que se quedaron en Francia para luchar contra las tropas nazis, que empezaban a invadir el territorio galo.

En 1943, Jesús Monzón cruza clandestinamente la frontera española y trata de reorganizar a los comunistas en torno al PCE, moviéndose por toda España, desde Andalucía hasta Cataluña, en un esfuerzo por movilizar un contingente que comprendiera no solo a los comunistas sino a todos aquellos opuestos al régimen e incluso a los desencantados de la nueva situación.

No toda la dirección del partido, en el exilio, estaba de acuerdo con la actuación de Monzón y mientras Dolores Ibárruri y la dirección de Méjico lo alababa, Santiago Carrillo y Moscú lo tildaba de traidor.

En los finales de 1944, el “para ejército” de Monzón, con unos siete mil soldados/guerrilleros, cruzaron los Pirineos con intención de hacerse con algunas poblaciones del Valle de Arán e iniciar desde allí una especie de reconquista.

La primera acción fue ejecutada por un grupo de 250  hombres que entró en territorio español por Roncesvalles, enfrentándose a un contingente de la Policía Armada. Casi al tiempo, otro contingente igual penetró por el valle de El Roncal, enfrentándose al ejercito, que ya alertado estaba presto a la intervención. La mayor parte de los participantes salió huyendo en desbandada y el resto fueron capturados o abatidos.

En vista del fracaso Monzón decidió iniciar otra ofensiva con más efectivos que pasaron a España por Hendaya y que se encontró inmediatamente con el ejército que igualmente los puso en fuga, aunque esta vez hubieron de lamentar 21 muertos y muchos heridos.

Enseguida se produjo el asalto final, esta vez por el valle de Arán con la intención de tomar el puerto de la Bonaigua y crear un corredor para recibir ayuda de los aliados, tomando la ciudad de Viella y establecer allí la capital de la Tercera República.

Aunque al principio tomaron muchos pueblos de escaso valor estratégico y vencieron a destacamentos de la Guardia Civil, tuvieron que detenerse porque a las afueras de Viella se encontraron a un ejército mandado por el general Moscardó con miles de soldados y mucho mejor  armamento. En inferioridad total, sin recibir el apoyo que esperaban de los aliados, tras iniciarse las escaramuzas, se retiraron en desbandada hacia Francia, aunque muchos se quedaron con los “maquis” que operaban en la zona. En el campo dejaron más de 5.000 muertos.

Como es comprensible, la operación iniciada por Monzón, no contó con el respaldo del PCE que la consideraba inútil y descabellada y que además podía interferir en sus planes de infiltración social, lenta pero constante, con la que se había propuesto minar el gobierno fascista instalado en España. Santiago Carrillo, ya al frente del partido, inició un proceso de “stalinización” contra Monzón y sus seguidores, que no era otra cosa que ir quitándolos de en medio.

A la misma vez, las fuerzas policiales y militares españolas, trataban de atajar aquel avance comunista y el propio Monzón fue detenido el día ocho de junio de 1945 en Barcelona, cuando iba de camino hacia Francia convocado por la dirección del PCE. Perseguido  por la policía española, lo encontraron refugiado en la casa de un activista comunista llamado Jaume Serra, el cual, junto con un grupo de seguidores, había sido detenido por el asesinato de un líder falangista.

El propio Monzón reconoció que de no haber sido detenido por la policía, hubiera muerto en manos de los que en el partido estaban aplicando el “stalinismo”.

Ingresó en la cárcel de Ocaña y a los tres años se le abrió un consejo de guerra en el que se pedía su pena de muerte. Inexplicablemente no fue ejecutado, pero sí condenado a treinta años de cárcel que cumplió en el penal de El Dueso.

El Partido comunista, o mejor dicho, Santiago Carrillo, se encargó personalmente de desacreditar y criminalizar a este comunista ejemplar acusándolo  de agente del imperialismo ligado a los servicios de inteligencia estadounidenses, cuando nada de eso era verdad ya que todas sus actuaciones iban dirigidas a la victoria del comunismo, del que era un ferviente apóstol.

Jesús Monzón falleció en Pamplona el 24 de octubre de 1973.

En 1986, Gerardo Iglesias, al frente de la nueva dirección del PCE, procedió a la rehabilitación de Monzón y otros antiguos militantes también difamados, pasando a ser considerado como un héroe y un luchador por las libertades.

2 comentarios:

  1. Era un personaje desconocido para mi. Interesante relato. Juan Exposito.

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  2. Un personaje muy curioso con una historia bien singular. Gracias por el artículo.
    Un abrazo, José María.

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