viernes, 5 de mayo de 2023

UN INVENTOR INCÓMODO

          


            La Comunidad Europea prevé que para 2035 no se fabriquen más vehículos de combustión interna; todos habrán de ser eléctricos. La idea es la de combatir la contaminación ambiental que dicen que está acabando con nuestro planeta.

Yo espero no estar aquí para entonces y si estoy, será en unas condiciones en las que me dará lo mismo qué clase de coches se fabriquen.

Me sorprende y mucho, el buenismo con que esta medida se ha acogido por los diversos sectores afectados, porque, en amenazas anteriores que el sector automovilístico ha tenido, las reacciones han sido muy drásticas.

Los países productores de petróleo no han dicho nada, como tampoco los fabricantes de automóviles que serán los más afectados, pues tendrán que cambiar toda su estructura para adaptarse a los nuevos vehículos, a sabiendas de que será imposible tener un mercado tan amplio como el que tienen ahora. Pero es que los usuarios tampoco se han manifestado, cuando todo el mundo sabe que la inmensa mayoría de ciudadanos, que tienen sus coches durmiendo en la calle, les resultará imposible mantener un coche totalmente eléctrico.

Sí que hemos oído voces de reconocida y acrisolada solvencia en la que advierten de las dificultades de imponer el motor eléctrico como única forma de automoción, entre ellas la lentitud de las cargas, la escasez de autonomía, el peso y duración de las baterías y el complicado proceso de fabricación de estos acumuladores.

Puedes ampliar las informaciones sobre los coches eléctricos en este enlace:

https://youtu.be/0gJJnlgVUh8 .

Hace unos días leí un artículo en el que se decía que por cada batería fabricada para mover un coche eléctrico, habrá que remover 500 toneladas de tierra, con el consiguiente gasto, para luego procesarla y obtener los elementos imprescindible como el litio, el cobre, el hierro y otros que no alcanzo a recordar.

O sea, que para no contaminar  con el funcionamiento de los automóviles de combustión interna, nos cargaremos la corteza terrestre porque, si nada más se construyeran un millón de baterías al año, supondría 500 millones de toneladas de tierra movida; pero es que habrá que construir muchos más coches si queremos que se nivelen la oferta y la demanda.

Hace casi diez años que mi mujer tiene un coche híbrido y digo con conocimiento de causa que es un verdadero engaño. La batería a plena carga apenas dura diez minutos y el motor de gasolina tiene que arrancar, no solamente cuando aquella se agota, sino en cualquier momento que le pidas al coche alguna prestación que vaya más allá de un arranque tipo caracol o una velocidad superior a los cincuenta kilómetros a la hora, que es hasta donde llega con el motor eléctrico. El motor de combustión gasta alrededor de cinco litros sin pedirle mucho, así que ya me dirán donde está la economía, teniendo en cuenta que ya mismo habrá de sustituir la batería, pues su vida se agota y ve preparando “una pasta” y eso sin contar el precio de salida de un coche de gama media/baja, al que hay que equipar con dos motores.

Además no tiene caja de cambios, por lo que no puedes reducir velocidad bajando de marcha y cuando subes una cuesta empinada la sensación es que le patina el embrague que no tiene, es decir, se acelera el motor y no aumenta su velocidad.

En fin, una filfa, un verdadero disparate al que todo el mundo parece doblegarse sin ningún atisbo de oposición.

Hace muchos años, un español dijo haber inventado un motor que funcionaba con agua e incluso hizo una demostración. Ese acontecimiento fue objeto de un artículo que escribí hace años y que puedes consultar aquí: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2018/06/invento-o-fraude.html

El final de esta historia es un enigma, pues el caso, después de estudiado, se archivó por orden, al parecer, del propio Franco.

Este otro caso que ahora voy a comentar y que es el que da título a este artículo, es distinto. No se trataba de un milagroso motor de agua, sino una innovación en los motores de gasolina que reduciría su consumo en muchos litros a los cien kilómetros.

El protagonista de la historia es un joven mecánico estadounidense natural de la ciudad de El Paso, en el estado de Texas y justo en la frontera con México, llamado Tom Ogle, nacido el año 1953.

Cierto día, cuando se encontraba cortando el césped de su jardín, el tanque de gasolina de la cortadora sufrió un percance y se agujeró, por lo que la gasolina dejó de fluir al carburador.

Ogle reparó la avería haciendo una especie de “by pass” y metiendo combustible vaporizado directamente al cilindro. Trabajando con este nuevo sistema comprobó que si en vez de inyectar combustible pulverizado en los cilindros de los automóviles, se calentaba la gasolina hasta que se convirtiese en vapor y ese fluido era inyectado a los cilindros, el motor no solamente ganaba en potencia sino que consumía muchísimo menos carburante.

 Realizadas las oportunas experiencias, sustituyó el carburador y la bomba de combustible por un aparato de su invención al que llamó “filtro” y que era una modificación del sistema de carburación que, aplicado a su coche, un Ford Galaxy de 8 cilindros, que consumía alrededor de veinte litros a los cien kilómetros, recorrió esa distancia con un consumo inferior a los cuatro litros.

El secreto estaba en que el combustible llegaba sin presión hasta “el filtro” y allí se calentaba hasta que se convertía en vapor y esos gases se inyectaban en las cámaras de combustión de los cilindros. Por añadidura pudo comprobar que la emisión de gases de la combustión era prácticamente nula.

 


Foto aparecida en prensa del inventor Tom Ogle

 

En 1977, cuando apenas tenía veinticuatro años, hizo público su descubrimiento, causando un revuelo en todo el país. Hizo saber que pensaba recorrer unos trescientos veinte kilómetros, desde la ciudad de El Paso, en Texas, hasta Deming, en Nuevo México, con un gasto inferior a dos galones de gasolina, equivalente a unos siete litros y medio, lo que supondría un consumo de menos de dos litros y medio cada cien kilómetros.

Prensa especializada en el motor, técnicos, mecánicos y expertos en automovilismo, se congregaron para presenciar la prueba y después de comprobar que el coche no llevaba ningún otro depósito escondido, se vertieron los dos galones de combustible y comenzó el recorrido.

La prueba fue un éxito total y así lo señaló la prensa y casi de inmediato, el inventor empezó a recibir muchas ofertas de personas interesadas en invertir para financiar la fabricación de su invento, así como empresas del sector del automóvil  interesadas en la fabricación en serie del nuevo dispositivo sobre el que el joven mecánico tenía la convicción de que en vehículos de menos peso que el suyo, la reducción del consumo sería mucho mayor.

La mejor oferta la recibió de parte de la petrolífera Shell que le ofreció veinticinco millones de dólares por la patente, a lo que Ogle no accedió, siendo consciente de que esa venta sería para guardar la patente en un cajón y olvidarse del invento.

Quizás una campaña interesada por parte de las compañías petrolíferas comenzó a hacer rodar noticias encontradas sobre el nuevo sistema de carburación, del que se dijo que ya existían patentes similares, una de ellas propiedad de la empresa General Motors y que no eran viables .

Esta campaña hizo que muchos de los interesados en invertir, se fueran retirando y los ingresos que se recibían y empleaban en el desarrollo del proyecto fueron desapareciendo, hasta el extremo de que el mecánico fue a la quiebra.

Desesperado, abandonado por su mujer, su vida se hizo imposible, cayendo en una espiral de drogas y alcohol hasta que en 1981, cuando salía borracho de un bar de El Paso, alguien le disparó acabando con su vida.

Curiosamente la policía calificó la muerte de suicidio, aunque el arma no fue encontrada y su taller y su domicilio habían sido escrupulosamente registrados.

            Lo cierto es que con su muerte se acabó el invento y todo volvió a la normalidad que interesaba a los poderosos.
         Pero el invento está ahí. Hay planos, descripciones, estudios y muchas más circunstancias que acreditan la veracidad del “filtro” de Tom Ogle y sería mucho mejor para todos que en vez de trastocar todo el orden con los coches eléctricos, a los que la inmensa mayoría de la población no va a poder tener acceso, se pusieran en marcha investigaciones sobre las posibilidades de disminución del consumo y de la contaminación de los automóviles tradicionales.

3 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo Jose Mari. J.Exposito

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  2. Muy bueno, tocayo. ¿Cuántas patentes tendrán escondidas las poderosas petroleras?

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  3. Comisario. muy acertado recordar el pasado del ahorro de gasolina, pero seguimos camino del absurdo de coches electricos ....., aunque a mis 83 yo tampoco estaré aqui vara verlo y menos para conducrirlo ¡¡¡¡

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