lunes, 1 de abril de 2013

¿QUIÉN FUE JAMES BARRY?

Publicado el 29 de enero de 2012




Hace unos días, mientras escribía un artículo sobre los Dientes de Waterloo, me tropecé con una historia que me pareció tener aristas interesantes y por eso, en cuanto he tenido tiempo me he puesto a investigar hasta llegar a completar lo que se podría calificar entre la realidad y la especulación.
En la batalla de Waterloo, el ejército británico contaba con un médico que llegaría a alcanzar fama mundial por diversas razones.
Este médico se llamaba James Barry y había nacido en Edimburgo alrededor de 1799. Poco se sabe de su familia, pero se conoce que desde muy pequeño demostró un alto interés por la medicina y en cuanto tuvo la edad apropiada, en aquel tiempo muy escasos años, ingresó en la Escuela de Medicina de Edimburgo en donde se matriculó en 1809, graduándose en 1812.
Significa esto que el joven Barry no tendría más de catorce años cuando ya era médico y, un año más tarde trabajaba como asistente en el hospital militar de su ciudad. Ingresó como cirujano en el ejército británico y acompañó a las tropas en la famosa batalla.
Posteriormente desarrolló su trabajo en las Colonias Británicas y sirvió como cirujano militar en la India y en Sudáfrica.
Aproximadamente en 1816 llegó a Ciudad del Cabo, la capital de la Colonia y una casualidad propiciada por la falta de profesionales titulados en medicina, hace que se le nombre Inspector Médico de la Colonia que en aquella época ocupaba todo el cono sur de África.
En aquel país, atenazado por la sed y el hambre, el doctor Barry se esfuerza no solamente en mejorar las condiciones sanitarias de los soldados, sino de toda la población nativa, cuyas condiciones de vida, piensa él que son responsabilidad de la Corona Británica. Por eso se entrega y trabaja sin descanso en la mejora de los suministros de agua potable, pues ya se sabía que las aguas infectas eran la fuente principal de las mayores epidemias que conocía el continente y en esta tarea, en la que puso mucho empeño, se ocupó durante algún tiempo, pero sin olvidar la práctica de la medicina y el cuidado de los enfermos.
En aquellos años y en los países sin desarrollar, diversas circunstancias higiénico-sanitarias hacía posible la expansión de una terrible enfermedad: la lepra. A los enfermos de lepra se los recluía en los lazaretos dejándolos morir poco a poco. En algunos países no existían leproserías y eso ocurría en Sudáfrica, en donde el doctor Barry luchó, hasta llegar a enfrentarse en duelo a un opositor a que se construyera un lazareto en Ciudad del Cabo.
Curiosamente y como ocurriría casi siglo y medio más tarde, se produce en Sudáfrica un acontecimiento médico por primera vez en la historia. Hasta aquel momento, la práctica de la cesárea era una técnica que los cirujanos conocían perfectamente, pero se consideraba tan agresiva que solamente se practicaba cuando la madre gestante había fallecido o estaba a punto de hacerlo. Eso suponía llevar poco cuidado con las lesiones que se pudieran practicar a la madre y todo estaba enfocado en salvar el feto, cosa que en muchos casos se conseguía.
Pues bien, el doctor Barry, fue el primer cirujano de la historia, del que se tiene noticia que practicó una cesárea consiguiendo que la madre y el hijo sobrevivieran a la operación.
El hecho no está muy bien documentado y es más que posible que se tratase de una mujer de raza negra, seguramente joven y fuerte a la que se le presentó un parto complicado. En honor al doctor que había salvado la vida de su hijo, la madre le puso su nombre, habiendo constancia que su apellido era Munnik.
El otro acontecimiento médico de gran trascendencia registrado en Sudáfrica fue el primer trasplante de corazón, llevado a cabo en la década de los sesenta por el doctor Christiann Bernard.
Tras su estancia en el sur de África, el año 1828, el doctor Barry pasó por Trinidad Tobago, Isla Mauricio y Santa Helena, donde Napoleón había sufrido destierro hasta su muerte. Posteriormente fue destinado a Malta, como General Inspector de Hospitales y más tarde pasó por Canadá y Jamaica.
En el año 1845, el doctor Barry contrajo la fiebre amarilla, causando baja por enfermedad y trasladándose a Inglaterra con la finalidad de curarse.
Regresó a Malta al año siguiente y tras algunas dificultades con el clero local, fue destinado a Corfú, en Grecia, con el mismo rango y luego, en 1857 lo destinaron a Canadá, en donde, al igual que en Sudáfrica, encontró problemas relacionados con la alimentación y con la misma y terrible enfermedad de la lepra.
Se retiró del servicio activo en 1864, en contra de su voluntad, pero considerablemente enfermo, pues el 25 de julio de 1865, moría víctima de disentería.
Y al producirse su muerte es cuando realmente esta persona alcanza la dudosa fama que después lo coronaría.
La primera circunstancia realmente sorprendente es que en una carta que entrega a su cuidadora, la enfermera Sofía Bishop, para que sea leída después de su muerte, manifiesta su voluntad de que lo entierren tal como se encuentra en ese momento, sin desnudarlo, lavar el cadáver, amortajarlo o aplicarle cualquiera otra de las prácticas habituales, circunstancia que sorprenden a la enfermera que de inmediato consulta con el médico que atendía a Barry en sus últimos días, el cual también se sorprende y decide no hacer caso del mandato de la carta y proceder como era habitual.
Y al desnudarlo se descubre que no era un hombre. Era una mujer perfectamente formada y sin ningún signo evidente de que hubiera defecto físico que indujera a confusión.
Como es natural y al tratarse de un alto cargo del ejército británico se formó un gran revuelo que fue zanjado por las autoridades militares, permitiendo que se enterrase con el nombre con el que se le había reconocido en la milicia y con la categoría militar que había alcanzado y así figura en su tumba del cementerio londinense de Kensal Greenr, como se muestra en la fotografía.

Lápida en la tumba de Barry

De inmediato se desató la especulación e incluso la investigación sobre las causas y las circunstancias por las que aquella mujer había vivido como un hombre, con una dilatada vida profesional en el ejército y sin que nunca hubiera existido sospecha alguna sobre su verdadera condición. Fruto de las investigaciones realizadas, se sabe que James Barry nació en Irlanda en 1789 con sexo mujer, de nombre Margaret e hija del matrimonio formado por Jeremías Bulkley y su esposa Mary Ann Barry, hermana del famoso pintor irlandés James Barry, profesor de arte de la Academia Real de Londres. Jeremías terminó en prisión y los hermanos de Mary Ann no podían ayudarles económicamente.
Se ignora la razón por la que embarcaron hacia Edimburgo, a donde llegaron adoptada ya la identidad de James Barry, por parte de Margaret.
Allí se matricula en la escuela de Medicina y el resto de la historia ya es conocida.
De igual forma en que Catalina Erauso, la Monja Alférez, suplantó una identidad masculina, o Concepción Arenal se vestía de hombre para poder estudiar derecho, Margaret Bulkley se hizo pasar por hombre para poder cursar estudios de medicina, entonces totalmente vedados a la mujer del Reino Unido, pero lo sorprendente es que luego se hiciese militar y así terminase sus días, sin descubrir jamás su verdadero sexo.
Como suele ocurrir en casos similares, tras su muerte no faltaron los que se jactaban de haber intuido la verdadera identidad del doctor e incluso alguno manifestó conocer la existencia de un embarazo, posiblemente fruto de un romance surgido entre Margaret y Lord Charles Somerset, mientras se encontraban en Ciudad del Cabo, pero esa es una circunstancia que no está adverada.
Se dice que para ocultar sus rasgos físicos usaba vestimentas muy amplias y para disimular la finura de su cutis, o la de su voz, había empezado por quitarse años, lo que puede justificar que con doce terminara la licenciatura. Se conservan algunos retratos del doctor, pero de escasa calidad, en donde no se pueden estudiar sus rasgos de manera adecuada.

Retrato de James Barry

Lo cierto es que como persona, supo ser eficaz en su trabajo, discreta en su vida y buen profesional. No se le conocen escándalos de ninguna clase, salvo los que llegó a protagonizar defendiendo fervientemente la causa médica. Era vegetariana y abstemia y los que trabajaron con ella lo definían como de trato muy humano con los pacientes y sobre todo un dato muy significativo que es la elevada tasa de recuperación de soldados heridos en las diferentes guerras en las que intervino como cirujano militar.
Este hecho es innegable pues figura en las tablas de control que el ejército británico llevaba de cada una de sus actividades.
Unos meses después de la muerte de Margaret, concretamente el 25 de septiembre de aquel año, se licenciaba la primera mujer médico de Gran Bretaña, Elizabeth Garret, de casada Anderson, cuya historia, como la de muchas otras mujeres es realmente apasionante, pues para conseguir licenciarse hubo de emplear estratagemas de todo tipo, como estudiar la carrera en Francia y presentarse al examen de licenciatura a través del colegio de boticarios. Los británicos se negaron a registrar el título que había obtenido legalmente, pero eso no le impidió ejercer la medicina
Tras una vida llena de actividad profesional y política, acabó retirándose a un pueblo de la costa, en donde ejerció tanta influencia que terminó por convertirse en la primera mujer alcalde de Inglaterra.
Dos veces llegó la primera.

LA CARTUJITA

Publicado el 22 de enero de 2012




Una Cartuja es un convento o un monasterio que da albergue monjes de la orden de los cartujos. Existen muchas cartujas muy famosas, una de ellas, la de Jerez, considerada el edificio religioso más importante de la provincia de Cádiz, la tenemos tan cerca y hemos pasado tantas veces ante su puerta que casi no le damos importancia; pero la más famosa es la de Parma, que es una novela de Stendhal en la que, por cierto, la cartuja no tiene protagonismo alguno y siempre fue un enigma la razón por la que su autor eligió ese título. Pero aparte los edificios de las cartujas, merece más hablar de sus habitantes, los cartujos, monjes que hacen voto de silencio y que por toda conversación al encontrarse en el huerto o en las otras dependencias se saludan con un: “hermano, morir habemos”; a lo que el otro responde: “ya lo sabemos”.
En realidad no sé si esto es verdad o fruto de la iconografía formada alrededor de tan interesante orden que tiene más de diez siglos de existencia.
Estos monjes se han destacado desde siempre por su austeridad, por su cercanía a la tierra y por aplicar un principio de autarquía en toda su vida. Es decir, tratan de ser autosuficientes y producir lo que han de consumir. A ellos y a su afán por aprovecharlo todo, se atribuye la invención de “La Cartujita” que no es otra cosa que tortilla de huevo, sin ningún otro aditamento.
Esta tortilla, que en muchas partes de España se le llama Cartujita, es conocida popularmente como Tortilla Francesa, que no es nada francesa, sino española y a mucha honra. La tortilla es un alimento que se conoce desde la antigüedad y que formaba parte de la alimentación de algunos pueblos, no de todos, pues había muchos que desconocían la existencia de las gallinas.
Hace dos mil quinientos años, el faraón Tutmosis I, que sin ser de la familia real llegó a ser faraón y, además, un magnífico gobernante y guerrero, regresaba a su país después de una larga campaña victoriosa que había llevado a su ejército de carros hasta el mismo río Éufrates.
Se había enfrentado a varias tribus asentadas en la actual Siria y había salido victorioso, pero sobre todo, se había quedado perplejo por dos cosas que los sirios habían conseguido. La primera fue la invención de la Seguridad Social. No ciertamente como la conocemos nosotros, sino como una forma arcaica de un igualatorio médico en el que los ciudadanos, cuando estaban sanos, pagaban a su curandero, chamán, brujo o como quiera que le llamaran, una módica cantidad cada cierto período de tiempo y el sanador cuidaba de su salud, pero cuando el ciudadano caía enfermo, dejaba de pagar hasta que sanaba y así obligaba al médico a aplicar toda su ciencia para curarle lo antes posible y seguir cobrándole el peculio. Una forma desde luego avanzada de entender lo que es un seguro médico.
La otra sorpresa del faraón fue que los habitantes de aquel país casi desértico, tenían en sus casas un ave, fea en extremo, pero que cada día les daba un huevo.
El ave era la gallina que habiendo existido asilvestrada desde siempre, había sido domesticada por el hombre que se aprovechaba de su capacidad para reproducirse, sirviendo así de alimento como carne, pues los huevos no se consumían.
Con la idea de la salud y con varias gallinas y algún que otro gallo, Tutmosis I regresó a Egipto.
Cuando sus súbditos le recriminaron que hubiese traído aquel animal tan feo, de triste mirada, plumas desfavorecidas y que ya ni siquiera era capaz de volar, el faraón les dijo: cierto que es fea y no vuela, pero es capaz de tener un hijo cada día y os llenará el corral en pocos meses.
Y más o menos a partir de ahí, se desarrollaron la sanidad pública y las aves de corral.
Durante muchos años, las gallinas y los pollos contribuyeron con su carne a paliar las hambres, pero fue mucho más tarde cuando se empezó a consumir el huevo como tal y en esto, esos frailes de los que antes se habló, tuvieron mucho que ver.
En la diaria recolección de huevos en los huertos de los conventos, algunos se rompían, bien en el traslado, la manipulación o por la propia gallina que los picoteaba. Al no ser aptos para la reproducción era una pena tirarlos, así que a alguno se le ocurrió batirlo y cocinarlo en aceite caliente, hasta que el huevo cuaja y forma la tortilla.
Desde entonces, a la tortilla se le ha echado de todo, desde jamón u otros embutidos, hasta verduras, queso, escabeches, etc. Todas exquisitas, aunque sin lugar a dudas la reina de todas las tortillas es la llamada Tortilla Española o tortilla de patatas y cebollas.
Pero cuenta la historia que durante la invasión napoleónica, las cosas en España estaban muy difíciles y prácticamente no había nada que agregar al huevo para dar mayor consistencia a la tortilla y así nació la tortilla a secas, sólo con huevo, a la que pronto, la imaginación popular denominó “tortilla a la francesa”, porque eran los franceses los culpables de aquella escasez de alimentos.


Tortilla a la francesa, u omelette y Tortilla española o de patatas.


Centrando un poco más el tema, hay quien piensa que el término fue acuñado precisamente en nuestra ciudad de Cádiz y en San Fernando, en donde es lógico pensar que las circunstancias de avituallamiento de la población eran más duras que en otros lugares, y que cuando faltaban las patatas, las tortillas se hacían únicamente con el huevo, pero se perfeccionó tanto la técnica que acabada la guerra, muchas personas recordaban aquellas tortillas que se hacían “cuando los franceses” y de ahí se le habría quedado el nombre a un plato que, cuando está bien cocinado y en su punto de sazón, resulta delicioso. De otra manera puede llegar a ser poco menos que incomible.
Resulta curioso que un término acuñado en España al que se le puso un nombre apropiado a la situación, se haya popularizado de tal manera que, en el mundo entero, se piense que semejante plato es una invención francesa y que los propios franceses denominan “omelette”.
Omelette no significa nada, pero se aplica a la tortilla y en todo el mundo es igualmente conocida. Pero ¿de dónde procede la palabra?
No está muy claro el verdadero origen de esta curiosa palabra que de forma parecida y para referirse a lo mismo, fue utilizada por Rabelais allá por el año 1548, escribiéndola “homelaicte”.
En un recetario francés del siglo XVII ya aparece de forma más parecida a la actual: aumellete.
Según esta forma gramatical, parece que pudiera derivar del latín y que se hubiera convertido en “lemellette” una palabra del francés primitivo que quería significar diminutivo de lámina, haciendo referencia a su forma muy aplastada y, ciertamente, parecida a una lámina, cuando no se la voltea sobre sí misma.
Pero todo son especulaciones porque la verdad, el secreto del origen de esta extraña palabra, lo tenemos en España. Igual que la tortilla francesa es netamente española y destinada a la exportación, el nombre con el que los franceses la han venido conociendo no hace referencia a lámina sino a hombres y omelette es una derivación del latín “homo lettere”, hombre de letras, persona instruida, sabia, que ha sido capaz de convertir la adversidad en placer, inventando que con los huevos rotos, se puede hacer una deliciosa tortilla.
Estos hombres letrados, es decir leídos, no eran otros que los cartujos, aquellos a los que se mencionó al principio y esa es la razón, la única razón, por la que en muchos pueblos de España a la tortilla francesa, u omelette, como queramos llamarla, ellos la llaman La Cartujita.

LA GESTA RODERICI CAMPIDOCTIS

Publicado el 15 de enero de 2012




Un viejo refrán dice que en casa del herrero, cuchillo de palo y ¡qué verdad es! Hace ya unos años, concretamente en 1976, con unos amigos y colegas del Servicio de Inteligencia Naval de los Estados Unidos, visitamos una famosa bodega de El Puerto de Santa María. Nos la enseñó uno de sus propietarios y fuimos a ver la parte del edificio en donde se estableció por primera vez la oficina que gestionaba el negocio de aquella familia. Una placa de latón, conmemoraba la fecha en la que se había inaugurado aquel “escritorio”, como se llamaban entonces las oficinas.
Los colegas americanos contemplaban todo aquello entre sorprendidos y envidiosos y no pude por menos que preguntarles cuál era el motivo de tanta admiración por aquel lugar. Uno de ellos, que hablaba español perfectamente, me comentó que cómo era posible no envidiar aquello cuando una simple oficina, como la que estábamos visitando, tenía más años de historia que los propios Estados Unidos. Me fijé en la fecha y era varios años anterior a su Declaración de Independencia que, precisamente aquel año cumplía el bicentenario.
Y es verdad. Le damos muy poca importancia a la verdadera Historia que pesa sobre nosotros y que debería ser una de las cargas más agradable de soportar y, por el contrario, peleamos constantemente por establecer un concepto abstracto de memoria histórica que nadie sabe muy bien en qué consiste y que al final, se resuelve en tratar de demostrar que una guerra española la ganaron los que la perdieron y la perdieron los que la ganaron.
Y es que basta echar una ojeada a la hemeroteca de los últimos años, para comprobar el enorme desgaste psicológico que estamos padeciendo en aras de satisfacer el ego de cierta clase política que se empeña en hacer ver lo negro blanco y al revés.
En todo el entramado que en nuestro país se ha desatado en los tiempos que nos han tocado vivir, se ha cuestionado todo lo que, desde siempre, ha constituido nuestro más arraigado acervo cultural y desde una óptica que dan en llamar “progresista”, desinhibida o simplemente actual, se pretende que lo que fue, nunca pasó y que nuestros iconos o son falsos o radicalmente contrarios a como nos lo presentaron.
Voy a citar tres ejemplos, de la infinidad que existen y juzgue el lector qué se pretende destruir. El primero es la posibilidad de que Cervantes no escribiera nunca el Quijote; ya se ha incitado y hasta yo he recogido en un artículo la argumentación para una aseveración de este tipo.
Segunda cuestión: juzga a los Reyes Católicos y se los acusa de todo, cuando cualquier país del mundo daría media vida por tener en su historia unos personajes de su envergadura, creadores del Estado Moderno, vencedores del último reducto invasor de nuestro país, con una visión universalista envidiable y gestores de una política matrimonial que años después convierte a España en el país más poderoso de cuantos han existido jamás. Ni el imperio de Alejandro, ni el de Roma, ni el posterior británico, se le podrían igualar. Cosa distinta es que luego hayamos sabido gestionarlo.
Lo tercero y último es que El Cid Campeador nunca existió.
Nuestra historia está cuajada de personajes de leyenda y no porque hayan existido nada más que en esa forma de transmisión, sino porque han sido forjadores de un espíritu que, al menos hasta ahora, nos enorgullecía; pero se ha abierto la veda y cualquier pseudo intelectual se permite criticar, censurar o poner en duda la realidad.
Y digo todo esto, a modo de introducción, porque me he encontrado un trabajo, ciertamente bien construido, en el que se asegura que El Cid no existió; que es un personaje literario creado para exacerbar la furia cristiana contra el moro invasor y justificar la ausencia de Castilla un poco alejada en las tareas de la Reconquista.
Poco menos que, salvo en el Cantar de Mío Cid, el primer trabajo escrito en lengua castellana, ni el personaje, ni la leyenda que encierra, son auténticos.
Se dice, en primer lugar, que El Cid, de haber sido real, no sería castellano, sino gallego, es decir, del reino astur leonés. Cierto que tras la muerte de Fernando I, rey de León, ocurrida en 1065, reparte su reino entre sus hijos, y Sancho II hereda el condado de Castilla, que siempre estuvo incorporado a la corona de León, y es cuando lo eleva a categoría de reino, pero si son ciertos los datos que poseemos, Rodrigo Díaz debió nacer alrededor de 1050, lo que significa que cuando Castilla se convierte en reino debe tener sobre quince años, quizás algunos más. Es evidente que cuando comienza sus hazañas, Castilla ha dejado de ser condado.
La misma teoría mantiene que el escaso bagaje guerrero que presenta Castilla, deslegitiman su historia y le imposibilita imponerse a los otros reinos cristianos como Navarra, León, Aragón o Galicia, que llevan siglos guerreando contra el invasor. Con el fin de paliar un poco esa escasez de méritos guerreros, entre otras cosas, se inventa la figura del Cid Campeador, convirtiendo a un noble ya fallecido, cuyo nombre era Rodrigo Díaz y había nacido en Vivar, cerca de Burgos, en un héroe legendario, que jugaría un papel fundamental cuando el recién estrenado rey castellano, Sancho II, muere al pie de las murallas de Zamora, traicionado por Bellido Dolfos.
Es entonces cuando, según el Poema, El Cid obliga a Alfonso VI, rey de León, a jurar en Santa Gadea que nada ha tenido que ver en el asesinato de su hermano y que al heredar el trono de Castilla, será buen rey para los castellanos.
Sigue el estudio diciendo que no es creíble que un noble, por muy poderoso que fuera, pudiera obligar a un rey del poder de Alfonso a efectuar un juramento así. Un rey que durante su reinado aumentó considerablemente su poder, hasta el extremo de que a su muerte, a su reino se le consideraba uno de los tres grandes imperios de la cristiandad, junto con el de Bizancio y el Germánico.
Claro que todo esto y mucho más, es lo que nos cuenta El Cantar de Mío Cid. Esta obra, escrita hacia 1200, narra las hazañas del caballero Rodrigo, ciertamente que con muchas falsedades en su redacción, como el nombre de sus hijas, doña Sol y doña Elvira, la afrenta de los condes de Carrión en el Robledal de Corpes; la existencia de Vellido Dolfos y otras más que los eruditos han estudiado exhaustivamente.
Presentar al Cid como un caudillo vencedor una y otra vez sobre los almorávides, es no reconocer que en realidad, El Cid, pactó con ellos e incluso estuvo al servicio de varios reyes de las llamadas Taifas.
Pero es que, a pesar de las inexactitudes que se pueden detectar, el poner gratuitamente a la figura del Cid en tela de juicio, sería considerado, en cualquier otro país, como un acto de lesa Patria; una traición de las más grandes que se puedan imaginar y, sin embargo, aquí, nos dedicamos a aplaudir hasta con las orejas a quien tiene la osadía de desencadenar semejante desatino.
¿Se atrevería alguien en Francia a decir algo en contra de Juana de Arco?
La pregunta se contesta sola, pero nosotros, que somos los más patrioteros del mundo, lo hacemos sin ningún rubor.
Quizás parte de la culpa de que todo esto pueda suceder es el gran desconocimiento que de nuestra propia historia tenemos, porque me cabe la duda de que la persona que lanzara aquella especie sobre la existencia del Cid, conociera el dato al me referiré a continuación.
En la Real Academia Española de la Historia se conserva un manuscrito signado como 9/4922, que se denomina “Historia Roderici” o “Gesta Roderici Campidocti”. Este manuscrito fue hallado en 1785 en la Colegiata de San Isidoro de León y es una copia realizada de documento anterior, en un monasterio de Nájera en 1233. Existen otros manuscritos, de la misma factura, mas o menos bellamente copiados.
Este manuscrito, escrito aún en latín, a finales del siglo XII, es la biografía más antigua del Cid y es la base actual para el conocimiento de la legendaria figura.

Comienza la gesta de Rodrigo Campeador”,
se lee en tinta roja


Es muy posible que esta obra fuese la fuente de inspiración del Cantar de Mío Cid, pues recoge tradiciones muy similares, pero lo que parece cierto y en esa afirmación están personas de la talla indiscutible de Menéndez Pidal y muchos otros investigadores, es que la Gesta Roderici fue compuesta por un testigo presencial de los hechos que en ella se narran entre los años 1110 y 1125 y que, sucesivas adiciones a la obra, le han ido añadiendo datos que podrían proceder de hasta un siglo después.
El latín utilizado carece de erudición; es de estilo sencillo y compone una narración homogénea de la vida del Cid y de sus campañas.
Por otro lado y esto es incuestionable, el Cid murió en Valencia en el año 1099 y es un hecho contrastado, porque en la Catedral de la ciudad se conserva un documento considerado como diploma de dotación, fechado en 1098 y en el que se aprecia la firma del que fuera conquistador de la ciudad.

Yo Ruderico”, firma del Cid

¡Se puede afirmar que este personaje no existió!

LA MÁS CORTA Y LA MÁS LARGA

Publicado el 8 de enero de 2012




Hace ya algún tiempo publiqué un artículo sobre el reinado más breve de la historia de España que protagonizó Luís I y que duró once meses. Pero hubo otros reinados mucho más breves, como el de Luís Felipe de Portugal, herido en el mismo atentado en el que perdió la vida su padre, muriendo él veinte minutos después. Fue rey durante ese corto período, aunque ni siquiera se enteró.
Buscando curiosidades así, me tropecé con un acontecimiento que ha pasado a la historia por ser la guerra más corta de cuantas se han celebrado. Ocurrió entre Gran Bretaña y el Sultanato de Zanzíbar y duró cuarenta y cinco minutos. Zanzíbar es un territorio compuesto por dos islas en el Océano Índico: Zanzíbar y Pemga, situadas frente a las costas de Tanzania, de la que en la actualidad forman parte y que fue colonia portuguesa y más tarde británica, hasta que en 1964 alcanzó la independencia.
Aquella guerra ocurrió el veintisiete de agosto de 1896 y duró desde las nueve de la mañana hasta las nueve y cuarenta y cinco.
Dos días antes había fallecido el sultán de Zanzíbar, Hamad Thuwaini, hombre muy proclive a la presencia británica y dispuesto a la colaboración. Tras la muerte y mediante un golpe de estado, que podríamos llamar “de bolsillo”, un primo del sultán, Khalid Barghash, tomó el poder, enfrentándose a los británicos que eran partidario de que la línea sucesoria se respetase y que el trono le correspondiera Hamud Muhammad, persona con la que tenían muy buena relación y que estaba muy dispuesto a continuar en la línea de colaboración.
Los ingleses, que en materias como esta, y muchas otras similares, no se han andado nunca con bromas, ordenaron a Barghash que abdicara de inmediato, pero éste rehusó, comenzando a formar un ejército a la vez que armaba el yate HHS Glasgow, perteneciente a su primo fallecido, el cual estaba anclado en el puerto de Ciudad de Piedra, la más importante de la isla.
Los ingleses mandaron tres cruceros y dos cargueros y desembarcaron dos batallones con novecientos hombres en total, al mando del General Lloyd Mathews.
Con el ejército y la armada desplegados, dieron un ultimátum al sultán golpista, el cual expiraba a las nueve de la mañana de aquel día.
Aunque Barghash trató de usar la influencia del representante de los Estados Unidos en aquel territorio, no consiguió demorar el ataque y a las nueve en punto los británicos abrieron fuego, principalmente sobre el palacio real que quedó gravemente dañado. El impostor salió por la puerta trasera y se refugió en el consulado alemán, donde le concedieron asilo.
De inmediato la acción naval se dirigió contra el yate Glasgow que recibió varios obuses y terminó hundiéndose.

Residencia del sultán tras el bombardeo

Colocado en el trono el sultán Muhammad, los británicos, que tras cuarenta y cinco minutos de guerra sólo tuvieron un herido de escasa consideración, se aseguraron setenta años más de presencia en aquellas islas.
Esta “guerra relámpago” me trae a la memoria el incidente que tuvimos con Marruecos por la ocupación del Islote de Perejil. Aquella operación de desalojo del islote, que se llamo “Romeo-Sierra”, duró también pocos minutos y terminó con la detención de los infantes de marina marroquíes que habían sustituido a los gendarmes que fueron los primeros en ocupar el islote. No hubo que disparar ni un solo tiro, pero también fue un acto de guerra en el que se enfrentaron dos cuerpos de ejército de dos países beligerantes.
Afortunadamente aquello acabó bien y no hemos vuelto a hablar de la Isla de Perejil, que salvo los habitantes de Ceuta, el resto de los españoles desconocían.
Y cuando había sacado información sobre la guerra más corta, me pregunté cual habría sido la más larga y empecé a buscar documentación.
Según los tratados de historia, la guerra más larga tuvo lugar entre lo que entonces se denominaba Provincias Unidas de los Países Bajos y las Islas Sorlingas.
Esta guerra duró trescientos treinta y cinco años y está registrada en los anales de la historia por ser la más larga y, sobre todo, la más aburrida de cuantas contiendas hayan ocurrido.
Se inició en 1651 y se firmó la paz en 1986. En más de tres siglos de guerra, ninguno de los contendientes disparó un solo tiro.
Como en la de Zanzíbar, o en el esperpento de Perejil, en esta ocasión fueron también unas islas, las cuales están situadas a unas veinticinco millas al suroeste de Gran Bretaña, frente a la costa de Cornualles, a cuyo condado pertenecen en la actualidad y en lo que se conoce como Mar Celta. Su característica principal es la de que, a pesar de estar en un mar bastante frío, recibe de lleno la corriente del Golfo de Méjico, lo que hace que su clima sea muy bonancible y en la actualidad dichas islas estén enfocadas al turismo, casi exclusivamente. El archipiélago lo componen cinco islas y numerosos islotes rocosos y deshabitados.

Isla de Tresco, una de las Sorlingas

Este archipiélago configura la punta más occidental de las Islas Británicas y en sus bajos rocosos, vinieron a estrellarse la noche del veintidós de octubre de 1707, los cinco barcos que formaban la escuadra del almirante inglés Clowdisley Shovell, perdiendo cuatro de ellos y dos mil hombres y pereciendo en el naufragio el propio almirante. Es ese quizás el incidente más famoso de cuantos hayan podido ocurrir en aquellas islas, cuyos habitantes estuvieron más de tres siglos en guerra, sin saberlo.
Hay que remontarse a los tiempos de Oliver Cromwell y la guerra entre los partidarios del rey y los del parlamento y que culminó el 30 de enero de 1646 con la cabeza del rey Carlos I rodando por el suelo del patíbulo. Como consecuencia del regicidio, se instauró una república, cuyo parlamento llegó a ofrecer a Cromwell la corona británica. Toda Gran Bretaña es controlada por las fuerzas parlamentarias, pero las Islas Sorlingas permanecen leales a Carlos II, hijo del rey ajusticiado y heredero de la corona y al que también obedecen las fuerzas de la Marina Real.
Cromwell busca el apoyo de un país con una armada fuerte para vencer a la británica y hacerse con el poder absoluto y lo encuentra en los Países Bajos que acaban de independizarse de España. Pero aunque no parece explicable, dada la situación por la que atravesaba Gran Bretaña, la Marina Real aguanta a los holandeses.
El día treinta de marzo de 1651 la escuadra holandesa, al mando del almirante Harpertszoon, desembarca en las Sorlingas y pretende que los careneros reales le reparen los barcos averiados por combates anteriores. Como parece natural, no lo consigue y sin encomendarse a nadie, declara la guerra a aquellas pacíficas islas.
Dice la historia que fue una guerra en la que no se disparó ni un solo tiro y que los habitantes de aquel paradisíaco archipiélago jamás tuvieron conciencia de que estaban en guerra contra Holanda que desde aquel momento empieza a incorporarse al concierto internacional y llega a convertirse en toda una potencia naval.
A mediados de los años ochenta del pasado siglo, alguien en Holanda recuerda que aún están en guerra contra las Islas Sorlingas y surge un debate tan gracioso como lo había sido la propia guerra y lo que no había costado casi nada, se convierte en un elemento publicitario cuando dan a conocer al mundo que Holanda y las Islas firman la paz el diecisiete de abril de 1986.
Termina una guerra sin heridos, ni tiros, ni hambres, ni privaciones, como suelen ser las guerras; por el contrario esta fue una guerra amable, graciosa incluso, lo que también me recuerda a la de Perejil y dicen que ha sido la más larga de cuantas han ocurrido y se tienen noticias.
No puedo estar de acuerdo, en España hemos tenido una guerra de verdad, que empezó con lanzas y flechas y terminó con cañones, mosquetes y arcabuces que duró más del doble que lo que duró ésta y que por ende, se cobró millares de víctimas de ambos bandos.
Indudablemente, la Reconquista fue una guerra en toda regla, librada por los distintos reinos en los que se fue descomponiendo la Hispania visigoda, contra un invasor común que se apoderó de buena parte de nuestro suelo patrio por espacio de ochocientos años.
Cierto que la Reconquista pasó por muy diversos períodos, alguno de los cuales fueron de larga y absoluta paz, pero la mayor parte de esos ocho siglos lo fueron de batallas, escaramuzas, hostigamientos y más batallas, hasta que, por fin, en 1492, se conquistó el último reducto musulmán.

LOS DIENTES DE WATERLOO


Publicado el 1 de enero de 2012




Cualquier persona que haya viajado por países del llamado Tercer Mundo, sabe que no puede sorprenderse de nada; que cualquier cosa que por su imaginación pase, ya existe. Recuerdo que hace algunos años, en uno de estos países visitando un mercado observé un tenderete en el que se ofrecía un género de lo más insospechado. Un señor de mediana edad, gordo y con barba, de aspecto sucio y descuidado, se sentaba en el suelo terrizo de un mercado al aire libre, detrás de una caja de madera sobre la que se exponían no menos de veinte dentaduras postizas. Al lado de la caja había una bacinilla con agua.
No era capaz de creer que aquel producto estuviera allí para su venta, pero así era. Me dispuse a esperar y observar y al cabo de una media hora se acercó al vendedor un posible cliente. Tras un rato de charla y saludos, el cliente tomó una de aquellas dentaduras y se la introdujo en la boca sin ningún tipo de escrúpulo. Hizo algunos movimientos con las mandíbulas y no satisfecho con el resultado, se la sacó, dándosela al vendedor que la introdujo en la bacinilla y después de enjuagarla, la volvió a colocar en la caja. Mientras, el cliente cogió otra y realizó la misma operación; así lo hizo cuatro veces, hasta que encontró una dentadura adecuada a su boca y comenzó la gesticulación para comprobar que todo estaba perfecto, luego, se miró en un trozo de espejo que el vendedor le ofreció, tras lo cual empezaron a regatear hasta que convinieron un precio que el cliente pagó, marchándose contento luciendo su nueva dentadura.
Recordando este episodio, me vinieron a la memoria algunas curiosidades que sobre las dentaduras había leído y me pareció que quizás, todas juntas, merecieran la pena ser narradas.
El primer “dentista” que aparece en la historia era un egipcio que vivió en el siglo XXVIII antes de nuestra Era y que se llamaba Heriré. Era el jefe de los dentistas que atendían el palacio del faraón, durante la III Dinastía. Como es lógico, no era el primero, pues alguien debió enseñarle su arte, pero si que es el primero que con su nombre figura en los anales.
Luego, se sabe que los fenicios trataron de paliar las dificultades que para la alimentación suponía carecer de dientes y comenzaron a fabricar unas dentaduras en las que unían dientes de animales con hilos de oro que trataban de sujetar a alguna pieza dental. Más tarde, los etruscos, pueblo de magníficos artesanos, construyeron dentaduras con dientes humanos y placas de oro, como la que se observa en la fotografía, que data de unos setecientos años antes de nuestra era.


Dentadura hallada en un enterramiento etrusco

De esa época y posteriores, se han encontrado cráneos con injertos de dientes de madera de boj, que es una madera muy densa que no flota en el agua y que una vez seca, admite una talla miniaturista, por eso, desde la más remota antigüedad tuvo utilidades domésticas de lo más variada.
El uso de dientes de madera se extendió por muchos siglos y llegó hasta épocas tan recientes como el siglo XIX, en donde aparece en bocas tan destacadas como reinas, reyes e incluso presidentes de repúblicas, como George Washington que, aquejado desde su juventud de enfermedades de la boca, perdió todos los dientes, poseyendo hasta ocho dentaduras confeccionadas por diferentes dentistas-artesanos, el principal de los cuales era un conocido “odontólogo” llamado John Greenwood, al que se considera el padre de la odontología americana. Algunas de sus dentaduras están expuestas en el museo de Odontología de Baltimore, la capital del estado de Maryland.

Una de las prótesis de George Washington

Estas prótesis encajaban muy mal y a pesar de la densidad de las maderas usadas, se impregnaban de restos alimenticios, lo que hacía necesaria su sustitución cada poco tiempo y además, para ajustarlas a las encías llevaban unos resortes que pueden contemplarse en la foto que hacía que algunas veces saliera disparada de la boca.
Aparte de la confección en madera, existían otras prótesis que eran mejor aceptadas, para quien estuviese libre de escrúpulos.
Durante muchos años se habían usado dientes de animales, así como tallas de marfil o de huesos con la forma de dientes humanos, los cuales se incrustaban en unos soportes que a su vez encajaban sobre las encías, pero el resultado no era demasiado bueno.
Así que a alguien se le ocurrió que para paliar la falta de dientes en las personas, lo mejor era usar dientes de otro y de esa forma se inició un comercio en el que muchos, verdaderamente necesitados, aceptaban sufrir la extracción de algunos de sus dientes a cambio de sustanciosas sumas de dinero. Otros, menos escrupulosos aún, se dedicaron a saquear tumbas y robar los dientes de los cadáveres, a la vez que los verdugos y carceleros, sacaban los dientes de los ajusticiados o muertos en prisión que vendían a los fabricantes de prótesis.
Pero esta práctica trajo lamentables consecuencias pues fue un vehículo transmisor de enfermedades mortales, como la sífilis y la tuberculosis, además de un sin número de afecciones de la boca.
Además, el estrato social del que aquellos dientes procedían no era el más adecuado, pues se trataba de personas de dudosa higiene y salud y las piezas dentarias sufrían aquellas consecuencias.
Tras el descubrimiento de América, el problema de las dentaduras europeas se había multiplicado al iniciarse el consumo de una sustancia hasta ese momento desconocida, el azúcar de caña. Como todo el mundo conoce, el azúcar es enemigo mortal del esmalte dental y más tarde o más temprano acaba con las dentaduras. Eso, unido a la escasa higiene, hizo que más de un quince por ciento de la población europea tuviese graves problemas de pérdidas dentarias y casi un diez por ciento carecía en absoluto de dientes. Y lo que era más significativo, su incidencia era mayor en las clases socialmente elevadas, lo que producía una demanda capaz de satisfacer los costos.
Ni los patíbulos, ni las cárceles, ni siquiera las compras, daban para abastecer al mercado que demandaba dientes humanos para sustituir a los que ya la naturaleza no les daba por tercera vez y así nació un negocio también muy peculiar.
Es más que probable que existiera desde tiempo atrás, pero hubo un momento en el que despuntó con tremenda fuerza. El negocio consistía en seguir a los ejércitos en sus campañas guerreras para extraer los dientes de los soldados muertos en el campo de batalla. Éstos eran individuos jóvenes, normalmente saludables y, además de ofrecer unas piezas sanas, no pedían nada a cambio.
Tras la batalla de Waterloo, en la que fue derrotado Napoleón por las tropas de la alianza formada por Gran Bretaña, Holanda y Prusia, una legión de saqueadores se desparramó por el campo de batalla para extraer los dientes de los cincuenta mil soldados que murieron aquel sangriento día.
Tantos dientes y muelas se extrajeron que desde entonces, en algunos países como el Reino Unido, se conoce a las dentaduras postizas como “Dientes de Waterloo”, con el que se denominaba a las dentaduras confeccionadas con dientes de jóvenes en perfecto estado de conservación, que en principio provenían de los muertos en la famosa batalla, pero luego se empezó a aplicar a cualquier dentadura que luciera esas características.
La demanda de dientes era tal que al terminar las guerras europeas contra Napoleón, el negocio se resintió, pero fue sustituido por los dientes obtenidos en la Guerra Civil Americana y luego en otras contiendas.
Pero era evidente que muchas economías no podían soportar los costes de aquellas prótesis y, además, había personas que no soportaban el llevar en su boca dientes que hubieran pertenecido a otros, y así, se siguieron fabricando dentaduras de madera, más barata y resistentes que las confeccionadas con porcelana que desde 1774 se empezaron a construir, aunque eran de un material muy frágil que tendía a romperse en los mas inoportunos momentos. Hasta que en 1839 se descubre la goma vulcanizada, no se da un verdadero impulso a la odontología.
Este descubrimiento, que se atribuye a Charles Goodyear (¿suena a la marca de unos neumáticos?), fue un claro ejemplo de serendipia, cosas que se descubren por casualidad, y sucedió cuando al tal Goodyear se le cayó en una estufa, un recipiente con caucho y un paquete con azufre. La mezcla, en aquel caso accidental, del caucho con el azufre, existiendo de por medio una fuente de calor, hace endurecerse la goma hasta extremos insospechados y produciendo un compuesto que tiene miles de aplicaciones en la actualidad, en donde el caucho, procedente del látex extraído de diversos árboles, adquiere texturas, durezas o elasticidades bien distintas.
Con la vulcanización se permitía hacer moldes a la medida exacta del paciente y luego incrustar las piezas, unas veces auténticas y otras talladas en la propia goma vulcanizada, hasta conseguir la perfección. Así se olvidaron los dientes de Waterloo, los de madera y todos los artilugios que se hubieron de usar hasta ese momento, pero no nos olvidemos del principio de esta historia. Aún hay mucha gente en el mundo que no tiene acceso a lo más imprescindible: la herramienta que nos sirve para alimentarnos. 

LA ORDEN DEL DRAGÓN

Publicado el 18 de diciembre de 2011




Desde hace ya unos años, tengo un teléfono móvil (celular, que dicen los americanos) en el que hay un juego con el que mi nieta se entretiene a veces. Se trata de una serpiente que repta por un campo lleno de frutas que va comiendo y aumentado de tamaño. La serpiente tiene la propiedad de devorarse la cola a sí misma disminuyendo su tamaño y restándose puntos, pero haciéndose a la vez, más ágil y dinámica.
La imagen de la serpiente siempre ha cautivado al hombre; tanto si siente repugnancia por los reptiles, como si no, lo cierto es que todas las civilizaciones tienen un punto de unión con estos reptiles.
Una serpiente fue la que tentó a Eva en el paraíso; una lengua bífida que engaña a las personas, pero también es signo de regeneración, venganza, sabiduría y ambivalencia.
Presente en el escudo del Estado de Méjico y presente en los emblemas de todas las farmacias, procede del rito iniciático referido al dios griego Hermes Trismegisto.
Pero yo no quería hablar de las serpientes, sino de un antiquísimo símbolo en el que se representa a una serpiente o un dragón, engullendo su propia cola, como en el juego que a mi nieta le encanta y formando un cuerpo de figura circular.
El símbolo se llama “Uróboro” y es la representación de la naturaleza cíclica de las cosas, la lucha y el esfuerzo eterno y también el retorno permanente, el comenzar nada más se acaba.


Representación medieval del Uróboro

Lo mismo que otros símbolos usados recientemente, como las cruces esvásticas, su concepto ha sido empleado en los últimos cuatro mil años simbolizando el tiempo y la continuidad de la vida. Es la representación del Sol que nace y muere cada día.
En nuestros tiempos, las referencias al uróboro son múltiples, en el cine y en la literatura y sobre todo en la moda de los tatuajes.
Confío que muchas de las personas que han decidido dibujarse una serpiente de forma circular en cualquier parte de su anatomía, desconozcan uno de los más macabros significados de ese, al parecer, inocente dibujo.
Porque además de los significados que se han expresado anteriormente, la más poderosa de las significaciones del símbolo es que con él se inicia una etapa histórica caracterizada por el salvajismo y la crueldad, además de dar comienzo a una leyenda que también la literatura y el cine, han aireado en los últimos años. Esta leyenda es la de los “no muertos” entre los que se encuentran los “vampiros” o los modernamente llamados “zombis”. Sin ese revestimiento de misterioso, sangriento y cruel, el cristianismo es el gran impulsor de todas las creencias que amparan la continuidad de la vida, idea que tampoco le es propia, pues religiones más antiguas ya proclamaban la vida tras la vida.
Pero aparte de ese matiz esotérico, la historia es capaz de presentarnos una visión mucho más mundana de ese símbolo cuando el que fuera Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Segismundo de Luxemburgo, rey de Hungría, creó en el año 1408, la Orden del Dragón Invertido que inspirada en otras órdenes militares de muy buen resultado, tenía como principal misión derrotar a los turcos.
Verdad envuelta en unos hechos que se difuminan entre lo histórico y lo irreal.
En el siglo XIV vivió un personaje de lo más extraño y enigmático. Fue conocido como Abramelin el Mago y fue un “Elegido” al que la secta más antigua y hermética de Egipto le reveló sus secretos milenarios, entre los que se encontraba el de la inmortalidad. Eso es, al menos lo que de él se dice.
Segismundo era un hombre cruel y ambicioso que ansiaba el poder absoluto y que se había agenciado como consejero a Abramelín el Mago, con el que pasaba largas horas de estudio y que lo inició en los secretos que había recibido de Egipto: La Magia Póstuma. Fue también Abramelín quien le inspiró la creación de la Orden del Dragón y el que propuso su símbolo con todo lo que su significado conlleva.
El emperador estaba casado con Bárbara de Celje, conocida por sus desafueros sexuales como la Mesalina germana, la cual se convirtió en una musa para la incipiente Orden. Pero quiso el destino que muriese muy joven, dejando a su esposo sumido en la más absoluta de las pesadumbres, hasta el extremo de que, no resignarse con su destino, le pidió a Abramelín que le devolviera la vida.
El mago le confesó que solamente una vez había realizado aquella práctica y que en cualquier su conjuro caso no podría durar más de siete años.
La historia es poco creíble, pero lo cierto es que Bárbara de Celje fue enterrada dos veces, la primera en Hungría y la segunda en Croacia, en donde continúa su tumba en una zona en donde, por cierto, se han dado muchos casos de vampirismo.
Dicen, los que han profundizado en esta historia que Abramelín consultaba constantemente un antiguo grimorio, en el que se contenía toda la sabiduría necesaria para hacer una conexión con otras dimensiones.
Grimorio es el nombre genérico que se da a un libro de magia de los que se publicaron durante la Edad Media y hasta el siglo XVIII. El librito se titulaba “El Grimorio de Armadel”, libro extraño que estuvo desaparecido durante siglos y hallado por pura casualidad en una biblioteca de Venecia, por un tal Samuel Liddel “MacGregor” Mathers, que se lo llevó y publicó posteriormente.
Este personaje es un visionario que dice tener poderes mágicos con los que es capaz de comunicarse con los que han atravesado la frontera de la vida y en unión de otros, entre los que se encontraba Bram Stocker, el creador del mito de Drácula, fundaron una sociedad hermética, tan del gusto de finales del siglo XIX principios del XX que se llamó Orden Hermética del Alba Dorada, una orden que aún hoy tiene algunos seguidores.
Pero lo que ninguno de los supuestos magos, ni herméticos, ni gurús de todas estas sectas dijo nunca y jamás reconocieron es que todos los ritos que se hicieron en todos los tiempos y que tenían como finalidad pactar con el diablo para conseguir riquezas, vida eterna y otras cosas por el estilo, eran tratos que se firmaban con sangre. Sangre que significaba la regeneración y a través de la cual se podía llegar a vencer a la muerte.
Esa sangre que desde Bram Stoker queda asociada al ritual del vampirismo, con la que el vampiro adquiere la vida eterna, contagiando a otras personas en su largo y sangriento peregrinar.
Curiosamente Stoker era uno de los asiduos visitantes de las bibliotecas y museos venecianos y también curiosamente se inspiró en uno de los príncipes rumanos firmantes de la Orden del Dragón Invertido.
A poco de haberse creado esta Orden, muere el regidor de Valaquia, territorio que actualmente forma parte de Rumanía, concretamente la mayor parte de la zona sur, la que limita con Bulgaria. Este regidor era un aristócrata llamado Mircea Cel Batrim, El Viejo, al que sucede su hijo Vlad II que en 1431 es armado Caballero de la Orden del Dragón Invertido, realizando un juramento de vasallaje ante el Emperador Segismundo en Budapest. A partir de ese momento gobernará como Vlad Dracul, es decir, Vlad el Dragón, aunque también se puede traducir como El Demonio.
Un hijo de este, al que se conoce como Vlad III Draculea, es decir, hijo del Dragón, es un personaje sanguinario que si bien consiguió grandes progresos en relación a la presión que los turcos ejercían en todas sus fronteras, pasó a la historia por su tremenda crueldad, siendo conocido como Vlad Teples, o El Empalador, pues su forma de tormento favorita era empalar a sus víctimas introduciéndoles un palo afilado por el ano hasta que los atravesaba totalmente. Los dos adoptaron la figura de un dragón para sus estandartes y con ella causaron pavor entre sus enemigos.
Este es el que al parecer se inspira Stoker para crear su personaje Drácula.
Lord Byron, mucho antes de que Stoker pensara en su creación literaria, ya era consumado visitante de la Isla de San Lázaro, en Venecia, en donde ocurrían cosas inexplicables y que han dejado a la ciudad marcada en esa faz esotérica, sectaria y hermética.
El lado mágico de Venecia no es novedad para nadie. Plagada de palacios que conocieron tiempos de verdadero esplendor, la ciudad de los canales ofrece una faz misteriosa en muchas de aquellas construcciones como el palacio Ca’Dario, rodeado de un halo de misterio y en el que han sucedido muertes tan extrañas y trágicas que hacen imposible su actual venta.
Desde su primer inquilino, Giovanni Dario, que lo inauguró en 1487 y murió de angustia al saberse completamente arruinado, hasta el último, Raúl Giardini que se suicidó en 1993al verse envuelto en el escándalo denunciado por el grupo anticorrupción “Mani Pulite”, creado por Antonio di Pietro, casi todos sus propietarios han muerto de manera violenta y muchos, además, misteriosa, hasta el extremo que en la ciudad se conoce el palacio como “La casa que mata”.
Pero a pesar de todo esto que narro, yo soy escéptico por naturaleza y en lo que se refiere a la vida tras la muerte, no me creo nada. Mucho menos cuando toda esta literatura a la que nos hemos estado refiriendo tiene su base en supuestos pactos con el demonio, criatura que llega a nosotros como inventada por la Iglesia Católica, por cierto nada original y que no tenía más finalidad que poner el contrapunto del mal a la bondad de su apostolado. Es más, hace ya algunos años, la Iglesia reconoció que la figura del Infierno y la de Satanás, tantas veces mencionados en las Escrituras, no existían.
No ha sido fácil encontrar el libro que sobre la Magia Póstuma, como así la denominaban Abramelín y los herméticos, consultaba constantemente y que contiene, siempre según las claves esotéricas, todos los ingredientes para realizar los conjuros necesarios para obtener todas aquellas ventajas a las que antes me he referido: vida después de la muerte, amor de una mujer, riqueza, etc., pero actualmente se encuentra todo y a través de Internet, conseguí una editorial que me lo serviría en pocas fechas. Como el precio me pareció asequible y me apetecía poseer un libro en donde iba a encontrar las claves para conocer el lado práctico del ritual mágico y los Sellos secretos del rey Salomón –así se anunciaba-, lo pedí y me lo enviaron.
Algo tiene el agua cuando la bendicen, reza un antiguo dicho cristiano y algo debe tener todo ese mundo de la magia cuando a lo largo de la historia tantas y tantas gentes haya creído en ella, pero lo cierto es que leyendo opúsculos como éste, es difícil creer que alguien se pueda dejar llevar por un apasionado fervor. La infantilidad de su contenido sorprende a cualquier lector y más parece un breviario católico.
Pretender que con la invocación de los ángeles y arcángeles, con la utilización de sellos o con un ritual de oraciones se va a conseguir algo más que perder el tiempo es de una inocencia que asusta.
Por otro lado, apostar a que esa magia hermética, esotérica, nos viene transmitida de la más remota antigüedad, es querer asegurar que el hombre, en vez de avanzar en el conocimiento, como todo parece indicar, ha ido regresando y cuando hace miles de años, sin apoyo de ciencia de ninguna clase era capaz de traspasar la frontera de la muerte y regresar a la vida, ahora, con toda la tecnología a su favor, no es capaz de hacerlo.
Para el lector que desee comprobar cuanto he relatado, se lo voy a poner fácil porque después de mucho buscar, encontré en Internet una página en la que se puede descargar el libro completo. Solamente tienen que teclear este enlace:


Portada del libro

Cada cual que saque sus propias conclusiones, la mía es que tenemos tanto miedo a morir que cualquier cosa nos parece bien para hacernos a la idea de que vamos a poderle a la vieja de la guadaña.