sábado, 24 de agosto de 2013

COLÓCATE O NO SALES EN LA FOTO



En 1814 Napoleón abdicó forzado por las circunstancias y después de que el Senado francés lo hubiese depuesto. A pesar de la tiranía con la que había gobernado en los últimos tiempos, se le perdonó la vida y no pasó por la guillotina, como sus anteriores en el trono de Francia. Posiblemente por influencia solapada de algunos de sus admiradores, con los que indudablemente contaba en el Senado, fue condenado al exilio y trasladado a la isla de Elba, donde fue confinado.
Así lo estudiamos en el bachillerato y así ocurrió en realidad, lo que en mi caso pasó es que nadie me explicó qué era la isla de Elba, ni dónde estaba. Ahora que lo sé, me parece el lugar menos apropiado para retirar de la circulación a un personaje de la categoría de Napoleón, el gobernante mundial más perpetuado en pinturas y, es más que posible que, quienes tomaron aquella decisión, supieran que desde aquel lugar, el depuesto emperador podría volver cuando le viniese en ganas.
La isla de Elba está a unos veinte kilómetros de la costa italiana de La Toscana y entre la isla de Córcega y la península. Precisamente en Córcega había nacido el emperador, por lo que contaba allí con muchos adeptos.
El lugar era tan poco apropiado que se pensó en trasladarlo a las Azores, o mejor aún, asesinarlo, pero en esta ocasión no se atrevieron a hacerlo y así, tal como estaba casi cantado, el veintiséis de febrero de 1815, aprovechando un descuido y con un plan muy bien trazado, Napoleón embarcó en Portoferraio con un pequeño grupo de 600 soldados que se le habían adherido. Tres días después desembarco en Antibes, en la Costa Azul francesa.


Vista aérea de Elba obtenida de Google

Repuesta en el trono la dinastía de los Borbones, con Luís XVIII, Francia afrontaba un nuevo período tras los agitados acontecimientos en los que había vivido los últimos veinte años y al conocerse la noticia, cundió la alarma. El rey envió inmediatamente a sus tropas para frenar el avance del corso, pero las cosas no estaban muy bien en Francia y los militares y soldados se acordaban con nostalgia de los años de gloria vividos al lado de su emperador y conforme se enfrentaban a las escasas fuerzas que avanzaban sobre París, se le iban adhiriendo, desertando del bando real para pasarse al del depuesto emperador.
Así ocurrió en varias ocasiones y dicen que en París aparecieron unas pintadas, preludio de los actuales grafitis que llenan todos los muros de nuestras ciudades que decían: “Ya tengo suficientes hombres, Luís, no me mandes más. Firmado: Napoleón.”
La prensa seguía el avance de las tropas insurrectas con diarias noticias y el pueblo de París se dividía en opiniones y deseos al respecto. El rey no era una figura popular ni querida y Napoleón evocaba épocas de gloria.
Después de años de revolución y república, los logros ciudadanos formaban ya parte del acervo del pueblo francés y el Borbón, nada más hacerse con el trono, luchó lo indecible por recortar todos los derechos que a costa de sangre habían conseguido los franceses.
Por eso cuando se supo que el emperador había escapado de su exilio forzado, la voluntad de los franceses se dividió y muchos pensaron que era tiempo de despejar del trono a un monarca que iba en contra de las libertades de su pueblo.
Sabiendo el rey que no era querido y cuando comprendió que el avance de Napoleón era imparable, porque una gran parte del pueblo y del ejército lo amparaba, optó por huir de París y refugiarse en Gante, Bélgica, donde sus partidarios y las potencias aliadas contra Francia le prometieron protección.
Con este episodio se inició un período que se conoce como Imperio de los Cien Días, o simplemente los Cien Días, hasta que el repuesto emperador fue derrotado definitivamente en la batalla de Waterloo y cuyas circunstancias han sido analizadas hasta la saciedad por los estudiosos de las artes bélicas.
Las interpretaciones de las causas por las que Napoleón, el mejor estratega de todos los tiempos fue estrepitosamente derrotado en aquella famosa batalla, son para todos los gustos, desde la falta de preparación de su ejército, la climatología adversa, la incompetencia de su lugarteniente o el repentino ataque de almorranas que el emperador sufrió la mañana del 18 de junio de 1815, día decisivo y que le obligó a tomar baños de asiento que le calmaran, mientras los soldados estaban combatiendo. Eso es al menos lo que dicen algunos, como el mismo Víctor Hugo.
Tras la derrota, Napoleón fue derrocado y por segunda vez se reinstauró la monarquía que ya había aprendido algo, pero no demasiado ya que quince años más tarde fue definitivamente derrocada y sustituida por la República que dura hasta el día de hoy.
Napoleón fue preso y con una abundante corte destinada a su servicio, fue trasladado a la isla de Santa Elena, en mitad del Océano Atlántico, de donde ya no saldría y en seis años moriría.
Su muerte también acarreó numerosas controversias, pues desde una hemorragia, producto de un cáncer de estómago que padecía, hasta un progresivo y lento envenenamiento con arsénico, se han barajado como causas de su muerte.
Con él se acabó un mito que produjo grandes adhesiones, tremendas repulsas y miedo, mucho miedo en algunos que no tenían muy claro de qué lado estaban.
Pero su personalidad era tan carismática que a nadie dejaba indiferente y cuando fue recluido en Elba, algunos respiraron tranquilos y otros lo sintieron profundamente. Buena prueba del respeto y el miedo que se tenía al emperador es la anécdota que voy a narrar y es la que da pie al título de este artículo.
La Gazette Nationale, ou Le Moniteur Universel, era en 1815 lo que en España era la Gaceta de Madrid, precursora del Boletín Oficial del Estado. Nació como un periódico en 1789, con la Revolución y durante muchos años fue el diario oficial del gobierno francés, su órgano de expresión, como se diría en la actualidad. Durante el imperio de Napoleón fue, además, su órgano de propaganda y tenía una amplísima difusión tanto en Francia, como en Europa e incluso en los Estados Unidos.
En los primeros años de la Revolución era el Boletín de la Asamblea y desde principios del siglo XIX fue declarado periódico oficial.
Digo todo esto para que no se piense que se trataba de una hoja parroquial o un libelo sin pie de imprenta. Con la trayectoria descrita queda bien claro de qué clase de medio estamos hablando.
Pues bien, en una publicación tan seria como Le Moniteur, nombre con el que era popularmente conocido, la fuga de Napoleón de la isla de Elba no podía pasar desapercibida y así, cuando se tuvieron noticias en París de lo que había acontecido, Le Moniteur se hizo eco  y publicó el siguiente titular:
9 de marzo de 1815: El monstruo escapó de su destierro.
Luego fue siguiendo el avance, imprevisible al principio y más claro después, por lo que cambiando oportunamente de dirección editorial en los días siguientes publicó:
10 de marzo: El ogro ha desembarcado en Antibes (Cabo Jean).
11 de marzo: El tigre ha llegado a Gab.
12 de marzo: El tirano está en Lyon. Cunde el pánico en las calles.
18 de marzo: El usurpador a seis jornadas de París.
19 de marzo: Bonaparte avanza a gran velocidad, pero nunca entrará en París.
20 de marzo: Napoleón llegará a las murallas de París mañana.
21 de marzo: El Emperador está en Fontainebleau.
22 de marzo: En la tarde de ayer su majestad, el Emperador, hizo su entrada pública en París y llegó a las Tullerías. ¡Viva el Imperio!
Hoy diríamos que es periodismo amarillo, pero yo creo que era mucho más respeto o miedo a la situación que se venía encima y como un solo hombre, a la consigna de quietos todos, que el que se mueva no sale en la foto, que es como se dice hoy, respondieron dulcificando la información, conforme veían más seguro que el emperador volvería a sentarse en el trono de Francia.

Así ha sido la prensa desde siempre, acomodaticia y cobarde, pero capaz de forjar conciencias populares. ¡Una verdadera pena!

domingo, 18 de agosto de 2013

LAS VACACIONES DEL ESPÍRITU SANTO, Y III





Nos habíamos quedado en algunos de los papas más detestables y más increíbles de toda la historia de la Iglesia. Sus “hazañas” fueron narradas por los propios cronistas eclesiásticos, algunos de ellos obispos y cardenales, por lo que, dejando aparte que pudieran haberse dejado llevar por el odio hacia estos personajes, es difícil creer que el trasfondo de esos pontífices fuese falso. La Iglesia es muy hábil en estas materias y no se haría un daño innecesario inventando historias como las narradas, pero sigamos con la relación.
A la hora de obtener beneficios económicos (estos son mejor vistos en la Iglesia que los sexuales), la inventiva de los pontífices no tuvo barreras; el papa Sixto IV legalizó un impuesto a las prostitutas, que debían abonarlo si querían ejercer su oficio. Y como el negocio resultó, lo amplió a todos los miembros del clero que mantuvieran barraganas, especie de criada para todo con la que solían tener descendencia y que al parecer, era costumbre que en el clero estaba muy extendida. Claro que si lees su biografía en la Biblioteca Cristiana, el sentido que se le da a esta tasa era otro muy distinto.
A León X se le atribuye, sin que esté totalmente constatado, la redacción de Taxa Camarae, una especie de baremo o tarifa siniestra para perdonar toda clase de pecados, mediante el pago de distintas cantidades, en función de la gravedad del delito y de la conducta del delincuente.
A éste le sucedió su sobrino, que él había colocado en aventajada posición y que tomó el nombre de Julio II, conocido como el papa Guerrero que murió de sífilis.
La verdad es que todos estos papas veían el pontificado más como un reinado terrenal que como la dirección espiritual de la cristiandad y así cayeron en las mayores aberraciones en las que los reyes temporales habían caído y seguirían cayendo.


Grabado de Mastro Titta tras una ejecución

Como, por ejemplo, tener un verdugo en la nómina de los sirvientes de los Estados Pontificios, que es como se llamaba entonces a lo que ahora conocemos simplemente como Vaticano. Es casi seguro que este puesto estuvo ocupado por muchos “funcionarios” a lo largo de la historia, pero de uno de ellos se guarda especial mención y no solamente porque lo relate Dickens en el libro Estampas de Italia. Se trata de un tal Giovanni Battista Bugatti, alias Mastro Titta, que en sesenta y ocho años de profesión, ejecutó a 516 personas de distinto sexo, edad y condición, a todas las cuales anotó en una libreta con sus señas personales, el delito cometido y el tipo de ejecución que le practicaba, porque hasta que la Revolución Francesa puso de moda la guillotina y Mastro Titta ya no utilizó otro procedimiento, antes usó el hacha, la soga, el mazo, etc. Su primer “trabajo” fue el 22 de marzo de 1796, en el que se liquidó a un tal Nicola Gentilucci en Foligno, por homicidio de un sacerdote y de dos hermanos legos.
 A los 85 años se jubiló, pero su nombre no cayó en el olvido porque en Italia existen bares, pubs, pizzerías y otros comercios que llevan por nombre Mastro Titta, en recuerdo de tan singular e insigne personaje.
Parece inexplicable que sus “santidades” hayan mantenido por tantos años una actuación como esa, porque aunque es bien cierto que desde el desmoronamiento del imperio romano, Italia no levanta cabeza hasta su unificación con Víctor Manuel, en ningún caso era competencia de la Iglesia el juzgar, condenar y ejecutar a criminales “civiles” (llamémosle así para diferenciarlos de otros “crímenes espirituales”).
La mayor parte de estas ejecuciones fueron en Roma, pero otras fueron en ciudades distantes más de doscientos kilómetros, como la mencionada más arriba o la de Marco Rossi que tuvo lugar en Valentano, casi a la misma distancia, por lo que queda claro hasta dónde se extendían los brazos justicieros de la Santa Iglesia.
En fin, la historia de las atrocidades cometidas por los diversos papas que hemos ido viendo, parece no acabar, pues a las anécdotas relatadas cabría agregar muchas otras como la de aquel que no permitió que el ferrocarril circulase por los Estados Pontificios porque eso supondría progreso y poder de las clases medias, lo que traería consigo protestas en demandas de mayores derechos, o cuando en pleno siglo XIX y en proceso de unificación, el papa Pío IX (el que visitó España y puso de moda los “piononos”) envió a la guardia suiza a la ciudad de Perugia que se había separado unilateralmente de los Estados Pontificios, masacrando al pueblo que se oponía a la entrada de los dos mil soldados que el papa envió.
Por cierto, que cuando murió este papa en 1878 se practicó por última vez el rito de comprobar que estaba muerto golpeando su frente con un martillo de plata, ceremonia que desde tiempo inmemorial practicaban los camarlengos.
Y para terminar, dos casos mucho más cercanos. El primero fue el del papa Pablo VI al que el historiador francés Roger Peyrefitte acusó públicamente de homosexualidad y de que siendo arzobispo de Milán había frecuentado prostíbulos homosexuales, en donde tenía varios amantes, sobre todo uno de ellos, actor por otra profesión que se convirtió en su preferido.
Peyrefitte era muy conocido por la defensa que hacía de la homosexualidad, tendencia que le obligó a abandonar la carrera diplomática y por lo que se le suponía bien enterado del asunto y por eso se provocó un revuelo en el seno del Vaticano que la Iglesia, poco amante de dar explicaciones, se vio obligada a negar con tanto ardor y tantas veces los hechos denunciados que la sospecha caló profundamente en los círculos de opinión. Hasta el propio papa tuvo que negar su homosexualidad desde el balcón de la Plaza de San Pedro el Domingo de Ramos de 1976.
Aunque su discurso de aquel día ha desaparecido de los documentos de su pontificado, se han conservado alguna grabación del discurso que comienza: “La cose calunniose e orribili che sono state dette sulla mia santa persona…”
Por cierto, este papa que fue el primer papa viajero, no visitó nunca España a pesar del peso que tenía nuestro país en materia de catolicidad, por diferencias con el régimen entonces en el poder.


Roger Peyrefitte

El otro caso sobrecogedor es la repentina muerte de Juan Pablo I y la negativa de la curia a dar explicaciones o a permitir que se investiguen las causas de tan repentina e inesperada muerte.
Pero como decía, parece increíble que en nombre de Dios, con la fe como coraza y con la invocación de tantísima santidad, haya habido al frente de la Iglesia personas como las que se han ido repasando en estos tres artículos.
Cada cual puede llegar a sus propias conclusiones; habrá quien diga que eso fue hace mucho tiempo, que también ha habido gente muy santa… En fin que quien no se consuela es porque no lo desea, porque ni siquiera el hecho de lo vetustas que sean algunas de las historias contadas, puede justificar el fin, ya que, precisamente, estando más reciente la muerte y resurrección de El Salvador, más frescas debieran tener sus enseñanzas. Por otro lado hemos visto que las atrocidades han llegado hasta casi inicios de pasado siglo XX, por lo que no todas eran tan antiguas.
Yo no le encuentro ninguna explicación a las conductas descritas en personas elegidas por los más cualificados “príncipes” de la Iglesia e inspirados por el Espíritu Santo, si no es que la Tercera Persona, el Paráclito, como dijo Jesús que se llamaría y como la Iglesia lo ha denominado, se encontraba de vacaciones en esos momentos, o estaba en otros menesteres, como mudando las plumas, por ejemplo.
Y esto lo digo sin ánimo de injuriar porque hay iglesias en las que se veneran plumas pertenecientes al Espíritu Santa e incluso un huevo de paloma, de una de sus puesta.
No me acierto a explicar cómo es posible que se predicara una doctrina y se adoptaran conductas como las descritas, tan distantes del mensaje que se quería transmitir. Alguno dirá que lo importante es lo primero, la doctrina y que esta es tan poderosa que ha sobrevivido a los desgraciados momentos a los que los dirigentes la han llevado. Si lo creen así, tanto mejor para ellos, pero no olvidemos nunca que a los papas los inspira el Espíritu Santo y que son el Vicario de Cristo en la Tierra, además de infalibles en materia de fe y costumbres. ¿Era voluntad de Cristo tener por representante a un asesino, fornicador, licencioso o corrupto, como los que hemos visto?, o es que lo hacía a mala leche para tener fastidiados a sus seguidores.
Yo creo que todo esto es para pensárselo y dejar a un lado las imposiciones y ponernos a razonar, pero claro, como dijo aquel: ¡cómo te voy a convencer razonando si tu no has razonado nada para creer!
Algunas de las historias narradas en estos tres artículos han sido sacadas del libro en cuestión, otras son de mi cosecha, pero todas son terribles y están perfectamente contrastadas.

LAS VACACIONES DEL ESPÍRITU SANTO, II



Nos habíamos quedado la pasada semana en los comienzos del segundo milenio  y aún quedan muchas historias curiosas y algunas atrocidades que seguir contando sobre el papado.
Con el nombramiento de Juan XII se culmina la etapa conocida como “Edad Oscura”. Este papa era hijo de Marozia, de la que hablamos en el artículo anterior y fue elegido el seis de diciembre de 955, a la edad de dieciocho años.
Se le conoce en la Iglesia por el sobrenombre de “Fornicario” y su pontificado se tiene por el más nefasto de toda la historia de la Iglesia. Su vida fue licenciosa a no pedir más, hasta el punto que el emperador Otón I marchó sobre Roma, lo que obligó al papa a huir, llevándose un gran tesoro perteneciente a la Iglesia. Se celebró entonces un concilio en el que se acusó al huido de incesto, perjurio, sacrilegio, robo y homicidio, por lo que fue depuesto y en su lugar se nombró a León VIII.
Desgraciadamente a los enemigos no se les puede dejar heridos, porque a lo peor se recuperan y éste lo hizo. Buscó apoyos y con el tesoro sustraído formó un poderoso ejército con el que volvió a Roma. Depuso a León VIII y lo excomulgó, junto con todos los que habían participado en su deposición, a muchos de los cuales les cortó las manos, las orejas o la nariz.
Rodeado de un lujo intolerable, llegó a tener dos mil caballos, a los que alimentaba con exquisiteces, mientras el pueblo pasaba calamidades. Era aficionado al juego y no dudaba en invocar al demonio en demanda de fortuna.
Pero un día cometió un deplorable error que fue ir a acostarse con una mujer casada cuyo marido los sorprendió en pleno acto y sin tener consideración de quién era, le dio una paliza de la que falleció a los tres días. No obstante estar contrastada la forma de su muerte, la Iglesia registró su fallecimiento como “una muerte misteriosa”.
Afortunadamente para todos su vida fue corta, pues falleció a la edad de veintiséis años.

Otón I y el Papa Juan XII, en grabado de la época

Pero aún hay quien gane y este campeón de la infamia fue Benedicto IX. Nombrado papa a los catorce años, era sobrino de los dos papas anteriores y su padre Alberico III, verdadero dueño de Italia, quiso comprar un juguete para su hijo y le regaló la tiara papal.
Benedicto era experto en excomuniones y fue creándose un verdadero ejército de enemigos que, por fin, consiguieron echarlo de Roma, nombrando papa a Silvestre III. Pero un año después Benedicto consiguió deponer a Silvestre y volver a sentarse en el solio, aunque por poco tiempo. Enamorado de una bella cortesana, vendió las vestiduras papales a  Giovanni Graciano Pierleoni, el cual era arcipreste de Letrán, que fue proclamado papa como Gregorio VI.
Se conoce que Graciano no le pagó el total de lo acordado, que era la no despreciable cantidad de mil quinientas libras de oro y Benedicto trató de hacerse nuevamente con el poder, pero esta situación encabritó al Emperador Enrique III de Alemania, que marchó sobre Roma y depuso a los tres papas, Benedicto, Gregorio y Silvestre, nombrando a uno nuevo: Clemente II.
El emperador se retiró y Clemente empezó a gobernar, pero murió al poco tiempo, circunstancia que aprovechó Benedicto para ser nombrado papa nuevamente.
Lucio II murió de una pedrada cuando el 15 de febrero de 1145, al frente de un pequeño ejército se dirigió a tomar el Capitolio, donde se habían refugiado artesanos, obreros, comerciantes, funcionarios y demás clase media que solamente pedía al papado que se ocupase de las cosas de la espiritualidad y que dejase lo material para los otros poderes, cosa que, como es natural, al papa no le gustó ni un pelo.
La turba, enfebrecida, recibió al ejército papal a pedradas, con tal fortuna de que una de las primeras piedras que se lanzaron impactó de lleno en la cabeza del papa, causándole la muerte instantánea.
En el año 1208, Inocencio III lanza la cruzada contra los Albigenses, también llamados cátaros, nombrando a un tal Arnau Amalric como su legado. Cuando el poderoso ejército cercó a los herejes en la ciudad de Beziers, los capitanes preguntaban al legado de su Santidad qué hacían con todos los habitantes de la ciudad, pues, obviamente, todos no eran herejes y éste les respondió: Matadlos a todos, el Señor sabrá reconocer a los suyos. ¿Era la consigna recibida del Pontífice?
Teobaldo Visconti se encontraba en San Juan de Acre, Palestina, participando en una cruzada cuando se enteró que lo habían nombrado papa. Hizo la maleta y se encajó en Roma, donde adoptó el nombre de Gregorio X.
Su nombramiento fue espectacular, pues era la primera vez que se elegía en cónclave, que quiere decir bajo llave y es que los cardenales llevaban tres años reunidos en Viterbo, una pequeña ciudad al norte de Roma y divididos en dos facciones irreconciliables: franceses e italianos, incapaces de ponerse de acuerdo.
Por eso, los vecinos del lugar, hartos de soportar tanta estupidez cardenalicia y tanto gasto, los encerraron en una iglesia, los sometieron a dieta de pan y agua y desmontaron la techumbre para que tuvieran que soportar las inclemencias del tiempo. En seguida se pusieron de acuerdo y nombraron a uno que ni siquiera estaba presente ni interesado en el tema.
El primer antipapa, en el Cisma de Occidente, fue Roberto de Ginebra, que adoptó el nombre de Clemente VII, conocido como “El Carnicero de Cesena”. Roberto fue elegido por los cardenales franceses que se oponían a la designación de Urbano VI, al que el Espíritu Santo había elegido.
Siendo Clemente VII legado papal, dirigió un ejército prestado por un poderoso condotiero, Giovanni Acuto, para reducir a la pequeña ciudad de Cesena, recientemente independizada de los territorios pontificios. Allí supervisó la masacre de cuatro mil ciudadanos sin distinción de sexo ni edad, lo que le valió el bien ganado título, claro que al ser luego elegido papa, su nombre quedaría purificado.
Otro antipapa fue Bonifacio VII que lo fue por dos veces. La primera vez fue cuando estando el papa Benedicto VI vivo, un poderoso patricio romano nombró papa, imagino que con el consentimiento de un buen número de cardenales, al diácono que es un orden menor, Francone Ferruchi, que adopta el nombre de Bonifacio VII. Al enterarse Otón II, emperador del Sacro Imperio, envió a un embajador que obligó a huir a Bonifacio, no sin que éste matara al verdadero papa y huyera con un enorme tesoro. El nuevo pontífice, Benedicto VII, excomulga a Bonifacio que se refugia en Constantinopla y al enterarse que el emperador Otón II ha fallecido, regresa a Roma y con los apoyos que le llevaron al pontificado, encarcela al actual papa Juan XIV y vuelve a ocupar el trono de la iglesia. El papa encarcelado muere de inanición, por lo que el bueno de Bonifacio es el asesino de dos papas, un record poco igualable. Por cierto, a Bonifacio también lo asesinaron.
El papa Pablo II era un galante y un cortejador que al ser nombrado quiso tomar el nombre de Hermoso II (Formoso), cosa que desaconsejó la curia que le veía excesivamente provocador. Fue el papa de las festividades y el introductor del carnaval en Roma. Murió de dos formas, la oficial, de un empacho de melón y la popular que su muerte le sobrevino cuando era sodomizado por un paje que se había convertido en su amante. De cualquier manera, su fama de licencioso y homosexual iba muy por delante de él.
Ya hace algunos años publiqué un artículo que se llamaba Los papas sifilíticos que se puede consultar en este enlace:
 http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/los-papas-sifiliticos.html
Como se decía allí, para la concepción cristiana de la vida, nada más alejado que la posibilidad de que las enfermedades de transmisión sexual contagien al príncipe de la Iglesia, pero por muy increíble que parezca, las cosas sucedieron así y desde Alejandro VI, cuyo pontificado fue etiquetado por el sentir popular como de sangre y sexo, y hasta en su propia muerte se esconde la venganza y la traición pues fue envenenado.
El papa Borgia llegó a tener nueve hijos y mantuvo relaciones incestuosas con su hija Lucrecia, todo un personaje.
Se le acusó de envenenar a varios cardenales y él mismo murió envenenado junto a su hijo César, aunque éste, mas joven y fuerte, consiguió salvarse.

Dejaremos en este punto esta apasionante historia para retomarla y concluirla la próxima semana.

sábado, 3 de agosto de 2013

LAS VACACIONES DEL ESPÍRITU SANTO, I




Como preveo que este artículo será largo, lo voy a dividir en tres partes al objeto de no cansar excesivamente a mis queridos lectores. ¡Empecemos!
Días atrás escuché una entrevista en la radio a un tal Javier Sanz, al que no conozco, pero que tiene un “blog” que suelo visitar con frecuencia.
La entrevista versaba sobre un libro que acababa de publicar y en el que contaba algunas anécdotas sobre los papas. Como el asunto me interesaba, lo compré y lo leí.
Que duda cabe que el asunto es mollar, máxime ahora que acabamos de estrenar un nuevo pontífice que parece que va a ser distinto a todos sus antecesores y realmente buena falta que le hace a la maltrecha Iglesia, que entre escándalos financieros, pederastia, filtraciones y dimisiones, no anda muy boyante.
Como en casi todos los procesos vitales, suele ser la muerte por causas naturales la forma de extinción mas común y por correspondencia, el papado que es un cargo vitalicio, debiera terminar con la muerte del papa en el lecho, arropado por los suyos y rezando por su eterna salvación, pero han habido ocasiones en las que el pontífice ha dejado su existencia terrenal por haber sido asesinado, o ha dejado su ministerio por haber sido encarcelado o depuesto de su sede, y hace bien pocos meses, asistimos a un hecho insólito que completa el abanico de casos en los que la muerte no pone fin al pontificado. Según la historia no es la primera vez que un papa renuncia y se retira de la vida pública, refugiándose en un convento, pero si analizamos todos los casos anteriores se comprenderá que la única renuncia “voluntaria” es esta. A las demás las impusieron circunstancias como la cárcel, el exilio, la fuerza militar, etc.
Las verdaderas causas por las que Benedicto XVI ha renunciado nunca las sabremos, aunque todos podemos hacernos alguna idea desde luego poco o nada edificante.
De la lectura del libro que he mencionado se deduce que una cantidad muy importante de papas no murieron en sus camas, ni renunciaron y desde luego, sus circunstancias personales y sus comportamientos hacen pensar muy seriamente que fueron elegidos coincidiendo con las vacaciones del Espíritu Santo. Y digo esto porque la tradición católica dice que la tercera persona de la Santísima Trinidad es la que inspira a los reunidos en cónclave para una acertada elección.
Quizás la Iglesia se quiera desmarcar de semejante aseveración, porque de todo el decorado que montaron, la única figura incontrovertible es la de Jesús, lo demás es pura especulación, pero lo cierto es que hasta tal punto se ha mantenido la teoría de la divina inspiración que una de las anécdotas relatadas en el libro lo deja bien a las claras.
Lo contaba ya Eusebio de Cesarea en el tomo sexto de su obra Historia de la Iglesia y lo recoge Javier Sanz en su libro y ocurrió en el año 236, desde el que, ciertamente, ha llovido mucho; al fallecer martirizado el papa Antero, la comunidad cristiana se reúne junto a una casa en el campo a las afueras de Roma para encontrar sucesor. Como casi siempre, no había un claro candidato y los prelados debatían acaloradamente cuando, un humilde campesino llamado Fabián, acertó a pasar por el lugar de la reunión y al escuchar las voces se acercó al grupo para ver qué pasaba.
En ese preciso momento y cuando algunos de los reunidos veían acercarse al campesino, una paloma se posó sobre su cabeza (Sanz dice que se cagó encima de su cabeza). Como quiera que la iconografía clásica representa al Espíritu Santo en forma de paloma, todos los que contemplaron el “fenómeno” lo interpretaron como una señal, una forma de intervención divina que había hecho su elección del nuevo papa.
Como Fabián era totalmente laico, sobre la marcha lo ordenaron sacerdote, obispo y lo proclamaron papa.
Dejando claro que ese feliz día para Fabián, el Espíritu Santo estaba al pie del cañón y realizando su trabajo con profesionalidad, veamos ahora otros en los que su ausencia queda demostrada por los acontecimientos.

El papa Fabián

El 22 de noviembre de 498 fue elegido papa Símaco y ese mismo día, una facción de obispos disidentes, apoyada por el emperador bizantino Anastasio I, procedió a nombrar a otro papa, Lorenzo.
Recurrieron al rey de Rávena, por cierto un seguidor de la herejía arriana, que sostenía que Jesucristo era hijo de Dios, pero no era Dios, lo cual es muy lógico que zanjó la situación cismática decretando que Símaco era el verdadero papa porque era anterior y además, había sido elegido por muchos más obispo que Lorenzo.
Lorenzo estuvo dando la lata, hasta que por el concilio de Roma del año siguiente se le nombró obispo de Nocera, localidad cercana a Nápoles y se decretó que todo clérigo que durante un pontificado intrigase para la elección del sucesor, sería excomulgado.
El papa Gregorio III, el último papa no europeo hasta la llegada de Francisco, elegido en el año 731, estaba frontalmente enemistado con el emperador de Bizancio por el tema de las imágenes (la conocida herejía iconoclasta), invadió los territorios de Rávena, al norte del Mar Adriático que pertenecían al imperio Bizantino y que eran los que más a mano le quedaban. Allí, el ejército del papa produjo una carnicería tal que las aguas del río Po se tiñeron de sangre y durante seis años nadie consumió pescados de aquel caudaloso río.
A este respecto conviene decir que en las Tablas que Moisés recibió de la propia mano de Yahvé y en donde se contemplan los Mandamientos de la Ley de Dios, en su artículo segundo se dice textualmente: “No tendrás ni reconocerás a otros dioses en Mi presencia ni fuera de Mí. No te harás una imagen tallada ni ninguna semejanza de aquello que está arriba en los cielos ni abajo en la tierra ni en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos ni los adorarás, pues Yo soy El Eterno, tu Dios, un Dios celoso, Quien tiene presente el pecado de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación con Mis enemigos; pero Quien muestra benevolencia con miles de generaciones a aquellos que Me aman y observan Mis preceptos”.
Por qué se enfadaban entonces porque los cristianos de oriente no quisieran tener imágenes en sus iglesias. ¿No era ese el mandato divino? Por cierto que tal precepto no figura entre los Diez Mandamientos llamados de La Ley de Dios y que supuestamente se corresponden con los recibidos por Moisés.
En el año 752 se eligió papa a Esteban II, que no era obispo y que por tanto debía cumplir el trámite de su ordenación como tal para ser nombrado papa. Pero como quiera que era de salud quebradiza, falleció a los dos días sin haber sido proclamado.
Y uno se pregunta: ¿no había obispos sanos? A lo mejor es que les gustaban las controversias.
Otro papa, Bonifacio VI que sucedió a Formoso I, falleció de gota a los quince días de su pontificado y claro, es que la gota se le presentaría de repente, digo yo.
Singular, sin duda alguna, fue la elección el año 867 de Adriano II que estaba casado y con una hija, a pesar de que ya estaba impuesto el celibato. Las dos pobres mujeres fueron decapitadas para quitar testigos incómodos.
Su sucesor, Esteban VI, enemigo mortal de Formoso, quiso vengarse de algunos agravios recibidos de éste y le montó una farsa de juicio, para lo que hizo desenterrar el cadáver de su predecesor, sentarlo en el banquillo y contratar a un actor que desde detrás contestaba a las preguntas que se le hacían al cadáver.
La Edad Oscura es un período que va desde 904, con el pontificado de Sergio III a la muerte de Juan XII en 964. Sesenta años que se conocen como la “pornocracia” en el que dos mujeres, madre e hija, llegaron a controlar el papado. Este término ni es actual ni trata de difamar o atacar a la institución, pues precisamente fue acuñado por uno de sus hombres más sabios, el cardenal Cesar Beronius, en el siglo XVI.
La madre, Teodora, era la esposa de Teofilacto, que controlaba las finanzas de Roma y ella, que fue nombrada senadora, mantuvo una relación carnal con el papa Sergio III y a la muerte de éste fue ella quien nombró a sus tres sucesores, hasta  que falleció en 916.
Pero tomó el relevo su hija Marozia que, con quince años ya había pasado por la cama del mismo papa del que su madre era amante y con el que llegó a tener un hijo al que puso por nombre Juan.

Pintura de la bella Marozia

                                 
Casada con Alberico I, llegan a hacerle frente al papa Juan X, pero Alberico es asesinado, por lo que ella decide remediar la situación de viudedad lo antes posible y como debía ser buena moza, no tardó en encontrar pretendiente en Guido de Toscana, un poderoso marqués con el que se casó. Nuevamente se enfrentan con el papa a consecuencia de la designación del rey de Italia. En esta ocasión salen ganando y su esposo encarcela al papa que muere en prisión y en extrañas circunstancias.
Lo mismo que había hecho su madre, interviene activamente en la elección de los tres siguientes pontífices, el último de los cuales, Juan XI, es su propio hijo.
Como la historia aún da para mucho, continuaremos en las próximas semanas para completar este artículo.


sábado, 27 de julio de 2013

¡MÁS VALIENTE QUE BARCELÓ!




La editorial Navalmil, que centra su actividad en productos relacionados con la mar y con la marina, acaba de publicar un libro interesantísimo sobre la piratería y sobre un insigne, peculiar y olvidado marino español.
Su título es “La piratería Berberisca y su final con los jabeques de don Antonio Barceló” y está escrito por el capitán de navío José Manuel Gutiérrez de la Cámara.
En este interesante e ilustrativo libro, se saca a la luz a un hombre singular que sin haber ingresado en la Armada, como todo los que seguían carrera militar, fue incorporado a la marina por orden real y llegó al más alto rango.
El inicio de esta historia guarda mucha relación con el artículo que publiqué la semana pasada a raíz da la aparición en La Vanguardia de cierto pleito por la Islas Formigues y la antigua presencia de piratas berberiscos en aquellas zonas.
El personaje central de este libro, cuya lectura recomiendo a todos los aficionados a la mar, es Antonio Barceló y Pont de la Terra, un mallorquín que de marinero enrolado en un jabeque propiedad de su padre y dedicado al correo entre Baleares y la Península, llegó hasta Teniente General de la Armada.
Su historia es muy sencilla a la vez que conmovedora, pues se trata de uno de esos héroes, como los que he intentado rescatar del olvido, que no tienen calles en su pueblos ni plazas en las capitales.
Antonio Barceló nació en Palma de Mallorca el uno de octubre de 1717, sintiendo inclinaciones hacia la mar desde muy joven, lo que le impulsó a enrolarse como marinero de cubierta en un jabeque propiedad de su padre Onofre Barceló, junto al que viajó y aprendió hasta obtener el título de tercer piloto cuando aún era un niño.
A los dieciocho años falleció su padre, prematuramente envejecido de los innumerables sufrimientos de la mar y la familia le confió el mando del jabeque cuando lo normal era que lo patronearan hombres más expertos.
Como decía en mi pasado artículo, el Mediterráneo era un enjambre de piratas que importunaban constantemente el comercio, causando graves daños a la economía.
Pero Barceló no era de los que se dejaban atrapar por los piratas y con su jabeque persiguió a los berberiscos que infestaban las islas “Pitiusas”.
Un jabeque era una embarcación muy ágil y muy marinera que unía remos y velas en una combinación que le daba mucha capacidad de maniobra, lo que sumado a la potencia artillera, hacían de estas embarcaciones unos buques incluso mejores que los navíos de línea.
El nombre de Barceló fue haciéndose popular por ser persona valiente que no se entregaba sin lucha y su reconocimiento llegó al máximo cuando, transportando de Baleares a Barcelona un destacamento de dragones, sostuvo un serio combate con dos galeotas argelinas, a las que venció, poniéndolas en fuga y por cuya acción, como era costumbre, el rey le nombró alférez de fragata, aunque, eso sí, “sin derecho a goce de sueldo alguno”.
Tanto se consideraba su arrojo que la frase que da título a este artículo, se hizo muy popular y cuando se quería destacar la valentía de alguien, se hacía comparándola con la ya acreditada del mallorquín: ¡Es más valiente que Barceló!
Algún tiempo después, los berberiscos atraparon un barco español que llevaba doscientos pasajeros, entre lo que se encontraban varios oficiales del ejército. Esta acción pirata causó gran indignación por lo que se ordenó armar en Mallorca una escuadra compuesta por cuatro jabeques y cuyo mando se le concedió al que ya era conocido como “Capitán Toni” que fue ascendido a teniente de fragata.
La escuadra se dirigió a Cartagena en donde se incorporaron dos navíos de línea quedando toda la escuadra al mando de Julián de Arriaga, héroe de la Guerra de la oreja de Jenkins, sobre la que escribí hace tiempo y que los que siguen mis artículos habrán ojeado.
Esta división naval obtuvo algunos éxitos, poniendo en fuga a numerosos barcos piratas de las costas mediterráneas, pero al año siguiente y como siempre ocurre en este país, sin causa justificada, se ordenó deshacer la división, por lo que Barceló volvió a sus antiguos quehaceres.
En cierta ocasión y hallándose en el puerto de Palma de Mallorca, se corrió la noticia de que una flotilla berberisca había sido avistada cerca de las costas de Formentor. El “Capitán Toni” ordenó embarcar una compañía de granaderos en su jabeque y se hizo a la mar en persecución de los piratas a los que localizó en las proximidades de la isla Cabrera. Se trataba de tres naves: una galeota de treinta remos y cuatro cañones y un jabeque pequeño, que llevaban apresado el buque español “Santísimo Cristo del Crucifijo”. Consiguió abordar y tomar la galeota y liberar el buque español, aunque fue herido en el abordaje. Por esta acción se le ascendió a teniente de navío graduado, lo que suponía su incorporación real a la Armada, que se confirma con fecha de treinta de junio de 1756.
Desde entonces abandonó sus actividades de marino mercante y se dedico plenamente a la marina de guerra, alcanzando el grado de capitán de fragata en 1761, momento en el que se le dio el mando de una división naval de tres jabeques, siendo comandante del llamado “Garzota”.

Jabeque de Barceló en 1738



Ese año, al mando de su división, se enfrentó a una flotilla berberisca y apresó siete barcos. Más tarde, navegando en solitario apresó a otro barco pirata, haciendo más de treinta prisioneros, además de los diez que murieron en el abordaje.
Un año después, con su embarcación, presentó batalla y venció a tres barcos piratas, haciendo más de ciento cincuenta prisioneros, entre ellos al famoso “Selim”, un célebre, por lo cruel y aguerrido, capitán pirata.
En aquella ocasión Barceló pagó bien cara su heroicidad pues fue herido por una bala de mosquete que le atravesó la mandíbula izquierda, dejándole una deformidad permanente.
Su ascendente carrera continuó en cuanto estuvo repuesto, apresando un jabeque pirata de veinticuatro cañones en las costas de Marruecos.
Su carrera militar seguía en ascenso y alcanzó el grado de capitán de navío cuando al mando de una flotilla de seis jabeques se enfrentó a una escuadra pirata en la ensenada de Melilla, consiguiendo apresar cuatro barcos.
Su fama alcanzó el zenit cuando consiguió liberar a mil cristianos y hacer mil seiscientos prisioneros.
Luego participó en operaciones de desembarco y castigo, como la del Peñón de Alhucemas o la toma de Argel en las que ambas fracasaron cuando se produjeron los desembarcos, pero no por el comportamiento de la escuadra que no solamente protegió las maniobras con su artillería, sino que se acercaba a las costas para hacerla más efectiva, a la vez que para recoger a los soldados que en gran números eran obligado a retirarse ante la presión enemiga.
La toma de Argel, al mando del general O'Reilly fue una gran derrota militar, aunque supuso el comportamiento heroico y destacado de muchos de nuestros militares y marinos.
Aun cuando su hoja de servicios estaba más que cumplida, aun quedaba al “Capitán Toni” otra acción  encomiable.
El veinticuatro de agosto de 1779 fue nombrado comandante de las fuerzas navales que participarían en el bloqueo de Gibraltar. Al mando de una potente escuadra debía efectuar el bloqueo por mar, mientras que por tierra debía atacar el general Martín Álvarez de Sotomayor.


Óleo de Barceló con uniforme de teniente general



Fue en ese asedio  cuando a Barceló se le ocurrió la genial idea de construir lanchas cañoneras y bombarderas, manejadas a remo y muy ágiles, las cuales dieron grandes éxitos pues con mucha facilidad se aproximaban a los objetivos, presentando a la vez muy poco blanco. Estas lanchas causaban estragos metiéndose entre las formaciones de buques enemigos que huían atemorizados al no poder presentar batalla.
Hay que pensar que en aquella época los cañones se montaban a los costados del buque, por lo que atacándole por la proa eran totalmente vulnerables.
En 1783 fue ascendido a teniente general y reconocido su derecho a cobrar el sueldo que le correspondiese, cosa que no era muy corriente en la época y se retiró a descansar a Palma de Mallorca, donde falleció a los ochenta años y cuando su prestigio había alcanzado tal cota que, despertada la envidia de un grupo de detractores que siempre tuvo, se dedicaron a la tarea de desacreditarlo por carecer de formación y no haber cursado la carrera militar, cosa que como casi siempre ocurre, consiguieron en parte.
Hoy, en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando hay una placa dedicada a su memoria, pues su restos reposan en alguna iglesia de Palma de Mallorca.

Uno más de nuestros héroes olvidados y felizmente sacado a la luz en el libro que la editorial Navalmil ha publicado.

viernes, 19 de julio de 2013

UNA MEDALLA Y UNA ESPADA





El diario La Vanguardia de Barcelona, publicaba, días pasados, un artículo sobre el contencioso que mantienen los municipios de Palamós y Palafruguel, en el litoral de la Costa Brava, por unos islotes inhóspitos y deshabitados conocidos como las Islas Formigues. 
Ambas ciudades se atribuyen la pertenencia de los islotes a sus respectivos términos municipales, aunque su utilidad sea prácticamente nula, pues su altura es tan escasa que cuando hay temporales quedan completamente cubiertas por las olas.
Su único valor son las efemérides, pues en sus aguas se celebró en 1285 la batalla naval de Formigues en la que la escuadra aragonesa derrotó a la francesa que había invadido Cataluña, además de otro suceso que me propongo narrar.
Sin mucho fundamento, por la escasa similitud entre ambos casos, el periódico relaciona este contencioso con el esperpéntico incidente de la Isla del Perejil, con el que no guarda relación alguna, salvo en el escaso valor intrínseco y de todo tipo que el islote y las Formigues poseen.
Pero no es esa coincidencia ni ese pleito lo que atrae mi curiosidad. Refiere el periódico que en el siglo XVIII, ese lugar fue escenario de un combate entre un barco pirata argelino y un barco mercante de Mataró, en el que hubo cuarenta heridos y terminó con una aplastante victoria del lado español.
Es de todos conocido que los piratas berberiscos asolaron las costas mediterráneas por espacio de siglos y sobre todo España e Italia, vivieron en permanente estado de alerta por culpa de las incursiones de estos piratas. La situación era así desde tiempos del Imperio Romano, pues ya Julio César hizo una campaña contra la piratería, pero  empeoró a raíz de dos acontecimientos: la toma de Granada y la caída de Constantinopla.
Con la desaparición del reino Andalusí, muchos de los moros expulsados se pusieron a disposición de los piratas berberiscos que tenían sus bases en el norte de África y, conocedores de la costa y de la lengua, facilitaban enormemente las incursiones en el litoral español.
La caída de Constantinopla supuso el comienzo de la hegemonía islámica en el Mediterráneo y el fortalecimiento de la piratería en el las plazas de Túnez, Argel, Trípoli, Salé, Orán, etc.
Dicho esto para centrar un poco el tema y volviendo a la noticia de días pasados, quise buscar alguna confirmación oficial de aquel hecho, lo que no ha resultado fácil, pero hoy, con las nuevas tecnologías, nada parece imposible.
La noticia no daba, como pueden ver en el enlace que encabeza este artículo, ningún dato confrontable, por lo que la búsqueda, no estando en mi mano la posibilidad de consultar archivos físicos por fechas, creí que no iba a dar resultado positivo.
Pero hurgando en los archivos de la Academia de la Historia, que el Instituto Cervantes tiene digitalizados, en referencia al siglo XVIII, único dato constatable, encontré con un artículo titulado “Una singular merced nobiliaria del principado de Cataluña”.
Me descargué el archivo y me dispuse a leer, con paciencia. la rebuscada literatura de aquellos siglos.
Pronto vi que en él se hacía referencia a un hecho de características tan similares al que se publicaba que, no habiendo encontrado nada más que pudiera relacionarse con el mismo, me inclinaba a pensar que se trata del mismo hecho.
Dice el artículo que mediado el siglo XVIII, hacía ya trescientos años que los monarcas españoles tenían un grave problema con los piratas berberiscos que, muy bien organizados y con grandes barcos, impedían la navegación, adueñándose de las riquezas que venían de las Indias o las que circulaban por el Mediterráneo.
Como la situación de la Marina Real Española era dramática (como siempre), sobre todo después de las guerras contra Inglaterra y Holanda y el desastre de la Armada invencible, fue necesario acudir a otros medios eficaces para combatir a los piratas y uno de dichos medios fue el de autorizar que se “armasen en corso” los navíos mercantes de alto porte, los cuales merecerían la consideración de barcos de guerra. La recompensa ofrecida por la aprehensión de barcos piratas eran privilegios militares, pensiones, empleos, etc.
Por esa razón y faltos del apoyo que la Armada Española podía proporcionar, numerosos barcos dedicados al comercio, pero con porte alrededor de las cien toneladas, decidieron armarse con los cañones que proporcionaban las capitanías marítimas.
No faltaban entre las tripulaciones quienes hubiesen servido en barcos de la Marina Real, por lo que era relativamente fácil encontrar entre los marineros de cubierta a algún artillero y los sirvientes necesarios para abastecer los cañones.
Así las cosas, el día 22 de junio de 1757 surgió en aguas de Palamós una galeota pirata que tenía sembrado el pánico en el Mediterráneo y que llevaba claras intenciones de asaltar al primer barco que pasara o hacer una incursión en tierra.
El capitán y propietario del buque armado San Antonio de Padua, llamado Juan Bautista Balanzó, que venía de Marsella con mercaderías destinadas a Barcelona, se vio sorprendido por la presencia del barco pirata a la altura de las islas Formigues y aunque su nave solamente llevaba cuatro cañones y su tripulación eran quince hombres y dos pasajeros, uno capitán del ejército español y otro un franciscano, decidieron presentar batalla a los piratas, por lo que tras abrazarse todos para darse ánimos, se lanzaron a la aventura de atacar a un barco muy superior a ellos en porte y armamento.
Se inició el combate intercambiando cañonazos y consiguiendo el San Antonio mantener a raya a la galeota pirata y cuando llevaban dos horas de fuego cruzado, un disparo del San Antonio tuvo la buena fortuna de acertar con la Santa Bárbara del barco pirata, provocando una tremenda explosión y echándolo a pique.
Como resultado del estallido del almacén de pólvora, murieron o quedaron mal heridos muchos de los cien tripulantes piratas y entre estos últimos se encontraba el jefe corsario que junto con otros cuarenta consiguieron ganar la costa a nado, donde fueron hechos prisioneros por las autoridades de Palamós y Palafruguel que advertidas de la presencia de los piratas y alertados por los ruidos de los cañonazos hicieron presencia en la costa con un contingente de hombres armados. Los piratas que consiguieron sobrevivir fueron curados y  encerraros en una torre de Palamós, para trasladarlos posteriormente a Barcelona el día cinco de agosto.
El capitán Balanzó, natural y vecino de Mataró, fue recibido con gran alegría por todos los habitantes de la comarca, cuyas autoridades no dejaron pasar el acontecimiento sin dar cuenta de ello al rey.
Conociendo Fernando VI el importante servicio que se había prestado, concedió al capitán Balanzó diferentes mercedes, entre ellas dos de singular calado por lo inhabitual.
La primera es que el rey dispuso que para eternizar la memoria de este suceso, se esculpiera una medalla de oro con su real efigie y que se le entreguase al referido Balanzó, por “envidiable timbre de su persona, honra de su familia y estímulo común”.
La segunda es que le concede “el adorno y porte de espada”, mandando a todos los jefes militares que no pongan obstáculos a su uso.
La concesión de esa medalla, de la que se conserva un ejemplar que estaba en el medallero del rey, otro en el Museo Arqueológico Nacional y otro en poder de los descendientes del heroico capitán, tiene una importancia extraordinaria porque es la única medalla regia creada en España en honor de una familia, pero aún tiene mayor importancia la concesión del uso de la espada, lo que representa ennoblecimiento en la graduación adecuada, pues los reyes concedían a sus súbditos que destacaban con acciones sobresalientes, los privilegios de Ciudadanía Honrada, de Caballero y de Noble.

Medalla conmemorativa del suceso

En este caso la concesión del porte de espada implica el nombramiento de caballero que se llevó a cabo el día 9 de noviembre de 1758 por el Capitán General de los Reales Ejércitos, gobernador de Cataluña y Presidente de su Real Audiencia, Juan de Aragón-Azlor.

La heroica tripulación que solo sufrió algunas heridas, recibió doscientos doblones de oro para su reparto.

domingo, 14 de julio de 2013

ESPARTACO MADE IN AMÉRICA





La hazaña protagonizada por el gladiador rebelde Espartaco es conocida en la historia como la Tercera Guerra Servil que fue la última y la más importante de cuantas protagonizaron los esclavos y los gladiadores enfrentándose al poder de Roma.
En todas las revueltas, el ejército romano aplastó a los insurrectos, llegando en algunos casos hasta el exterminio total, pero en esta tercera guerra la cosa fue muy distinta, porque el contingente de gladiadores sublevados y los esclavos que se unieron a al revuelta contaban con un cabecilla excepcional como era el tracio Espartaco, que de soldado profesional hecho prisionero por las legiones romanas, pasó a ser esclavo y luego a gladiador.
Liderando un ejército bien preparado de gladiadores profesionales y numerosos esclavos que con sus mujeres e hijos se les unieron, llegaron a ser más de cien mil personas en aquella formación que trajo en jaque a Roma, hasta que en el año 71, antes de nuestra Era, la revuelta fue aplastada por las legiones romanas al mando de Marco Licinio Craso.
Espartaco falleció en el combate, junto con otros sesenta mil gladiadores y esclavos, aunque su cuerpo no fue hallado entre los restos de la batalla. Todos sus capitanes y gran parte de sus gladiadores que cayeron prisioneros fueron crucificados y muertos, sin ninguna misericordia.
Que ocurriera en la antigüedad una situación de esclavitud como la que se daba en Roma que utilizaba a esclavos como gladiadores para matarse entre sí y divertir a la plebe, es algo que no sorprende demasiado, pero que hayamos llegado hasta casi el pasado siglo XX, sosteniendo una sociedad muy similar a las de los primeros siglos, es ya más sorprendente, aunque realmente cierto.
Pero la llama de la sublevación estaba siempre  encendida y el esclavo se encargó siempre de mantenerla viva, fomentando el odio y la venganza, con actos individuales de insurrección o con conatos de rebeliones colectivas, sofocados casi de inmediato, porque el poder contra el que habían de luchar era tan superior a las fuerzas que podían aglutinar los esclavos que la secuencia duraba bien poco. Por otro lado era tal la crueldad que se empleaba contra el esclavo que a éste pocas ganas le quedaban de levantarse contra su amo.
Pero aun así hubieron rebeliones de esclavos, algunas con mayor trascendencia de lo que cabría imaginar.
Y fue por una de esas sublevaciones de esclavos como se formó el país de Haití, proclamándose independiente de Francia que hasta ese momento había tenido el dominio de la mitad occidental de la isla La Española, que comparte con la República Dominicana.
Allí, tras una ceremonia vudú de un “chamán” llamado Boukman, celebrada 14 de agosto de 1791 en el Bosque del Caimán, varios líderes de los esclavos haitianos se juramentaron para luchar a muerte hasta obtener su libertad. Tras los rituales enervantes que se emplean en estas ceremonias, los conjurados bebieron la sangre de un jabalí, lo que supuestamente debería darles la fuerza que necesitaban para una empresa tan arriesgada como la que se proponían afrontar. Una semana después, en la llamada Noche de Fuego, se inició la rebelión con la quema de muchas plantaciones y asesinato de todos los blancos que encontraron.
Hasta que las autoridades francesas pudieron realizar una contraofensiva, pasaron varios meses, pues no en vano la población de Haití en aquel momento era de trescientos mil esclavos contra doce mil personas libres, casi todos blancos y algunos mulatos y pasaron años hasta que el primer líder de la insurrección pudo ser apresado, conducido a Francia y ejecutado.
Fue en 1803, doce años después de iniciarse las revueltas, cuando otro líder llamado Dessalines, consiguió vencer a las tropas francesas y un año después declaró la independencia de Haití, proclamándose emperador, lo que no sabemos si fue mejor o peor que lo anterior, pues ya se conoce la situación en la que está ese país, considerado el más pobre del mundo y gobernado permanentemente por personajes macabros que se eternizan en el poder.
Esta primera sublevación de esclavos en las Américas, trajo funestas consecuencias, pues se fueron produciendo otras muchas en diferentes países, sofocadas todas con la misma contundencia inmisericorde.
Ocho años después de la sublevación de Haití e inspirado en aquel movimiento que consiguió la independencia del país, los esclavos negros de Louisiana y más concretamente los de la llamada Costa Alemana, muy próxima al río Mississippi, se levantaron en armas contra los amos.
Siempre hubo conatos de rebeldía por parte de algún esclavo harto de soportar las penosas condiciones de vida que los dueños les imponían, pero en esta ocasión la cosa era mucho más seria.
Un esclavo llamado Charles Deslondes que trabajaba en una plantación y que era una especie de capataz o encargado de controlar el trabajo de otros, aglutinó a su alrededor hasta quinientos esclavos a los que vistió de manera similar y de forma parecida a una uniformidad y los hizo marchar al redoble de un tambor que uno de los esclavos tocaba. También hizo confeccionar banderolas que encabezaban su marcha.
Su idea era la de dar a aquel contingente el aspecto de un ejército regular y él, sobre un caballo, marchaba a la cabeza de su tropa que arrasaba plantaciones, incendiaba cultivos, viviendas e incluso llegó a matar a algún blanco, aunque no era esa su intención.
Pretendían causar solamente daños materiales, pero el hijo de uno de los dueños de una plantación les hizo frente y lo mataron.
La sublevación empezó el ocho de enero de 1811, con veinte esclavos sublevados, a los que rápidamente se fueron agregando muchos otros hasta conseguir el número que antes se ha referido.
Dos días después, tropas regulares procedentes de nueva Orleans, los estaban esperando en una plantación propiedad de un tal Fortier. Los esclavos optaron por dar marcha atrás, pero el ejército, mucho mejor preparado y con un armamento más potente, los persiguió dando captura a todos ellos.
Muchos murieron en el enfrentamiento y los demás fueron momentáneamente esclavizados a la espera de ser juzgados, lo que no se hizo esperar, pues tres días más tarde se dictó pena de muerte por decapitación contra cincuenta de ellos; otros veintinueve fueron colgados y su cabecilla y sus dos colaboradores más inmediatos fueron fusilados y posteriormente decapitados.
Lo más chocante de la situación fue que a los propietarios de los esclavos que hubiesen muerto en la sublevación, por cualquier causa, se les pagó trescientos dólares por cada esclavo muerto.
A la vista de la magnitud de aquella revuelta, las autoridades decidieron que aquello no había ocurrido, que había sido un acto más de pillaje aislado y sin más trascendencia.
Pero no todo se puede ocultar y como quiera que en ningún momento cambiaron las condiciones de vida que se imponían a los esclavos, hubo numerosas revueltas más, alguna de importancia como la que protagonizó el esclavo llamado Nat Turner, natural del estado de Virginia.
Turner más que un alborotador era un visionario que decía recibir mensajes divinos y que hacía interpretaciones de los hechos materiales muy al gusto de las religiones animistas.
Así, ante unos hongos que daban al maíz un aspecto como de gotas de sangre, dijo que el cielo lloraba por los esclavos, o que un eclipse de sol era una advertencia divina de que debía preparar una insurrección.
Por fin, el 21 de agosto de 1831, los esclavos de las plantaciones que seguían a Turner, se levantaron en armas y a una orden de su cabecilla, empezaron a matar a todos los blancos que se encontraban y que llegaron a ser cincuenta y cinco entre hombres, mujeres y niños.
Pero aquella rebelión no tenía la fuerza de la de Deslondes, veinte años antes y en menos de cuarenta y ocho horas fue aplastada y todos sus integrantes masacrados, menos Turner que consiguió huir, ocultándose en los pantanos de las zonas, hasta que unos meses después fue descubierto y apresado.

Grabado de la captura de de Nat Turner



El cinco de noviembre fue juzgado, encontrado culpable y ahorcado seis días después. Tras su muerte, el cadáver fue despellejado y descuartizado y dicen que alguno guardó trozos como reliquia, porque lo cierto es que Turner es considerado como un héroe dentro de la comunidad afroamericana.

Es curioso contemplar cómo un país que había conseguido su independencia por una sublevación contra los ingleses que era la potencia colonial, aplastaban cada sublevación que se producía en su suelo, quizás porque ya se habían olvidado de cómo llegaron hasta allí.