sábado, 19 de octubre de 2013

EL PARTENÓN FUE ESPAÑOL




Después, muchos siglos después de que Atenas, la ciudad-estado capital del territorio conocido como Ática y capital mundial que fuera de la cultura, el arte y la filosofía, las matemáticas y todas las ciencias conocidas, perdiera su esplendor, fue una posesión española.
En realidad sería mejor decir aragonesa, pues todavía España no existía como tal estado, pero de cualquier forma llegó a formar parte de un reino de nuestra península.
Después de las guerras con Esparta, su eterna rival y de la hegemonía de Macedonia sobre toda la península helénica, primero con Filipo II y luego con su hijo, Alejandro el Magno, Atenas comienza su declive que termina cuando Roma conquista Grecia.
Ya no es una poderosa ciudad, aunque quizás nunca lo fue, pero siguió siendo la capital mundial del arte, la filosofía y la cultura.
Su preponderancia cultural continuará durante la dominación romana, sobre todo con los primeros emperadores, pero con la llegada del cristianismo al trono romano, la cosa cambia radicalmente. El pensamiento austero y retrógrado que inicia su período de esplendor, ordena cerrar todas las escuelas paganas de todos los territorios del Imperio y Atenas comienza su verdadero declive.
Siglos más tarde, cuando Teodosio I, el Grande, dividió el imperio romano entre sus hijos Arcadio y Honorio, toda Grecia quedó bajo la dominación del llamado Imperio romano de Occidente o Bizantino, cuya capital era Constantinopla.
Atenas ya había dejado de tener interés militar, estratégico, cultural y artístico y fue declinando hasta convertirse en una ciudad de apenas cuatro mil habitantes de los muchos millares que llegó a tener.
Bizancio ya no se ocupa de la península Helénica, no le interesa y la cede, fragmentada en ducados, a las diferentes casas reinantes en Europa, las cuales le prometen vasallaje y se desentiende así de sus problemas por Occidente, para ocuparse de los verdaderos problemas que son los que les llegan desde Oriente.
Entre las numerosas preocupaciones del imperio bizantino se encontraba la pujante presencia de los otomanos en casi todas sus fronteras y contra cuyo poder las Cruzadas no habían conseguido nada.
Dos siglos de existencia del reino cristiano de Jerusalén, pasados con más pena que gloria, no habían servido para frenar el avance del Islam, que tras la toma de San Juan de Acre, dan al traste con las cristianas aspiraciones de gobernar en Tierra Santa.
Las fronteras de Bizancio se van reduciendo poco a poco ante el imparable avance otomano, para terminar desapareciendo en el momento en el que se fija el paso a la Edad Moderna.
Pero antes de la caída de Constantinopla, el Imperio Bizantino ha pasado por múltiples vicisitudes en las que los emperadores no cesaban de pedir auxilio a la cristiandad para defender sus fronteras del inexorable avance musulmán.
En ese contexto aparece la figura del que había sido un caballero templario expulsado de la orden, Roger de Flor, que se presenta en el reino de Sicilia, dependiente de la Corona de Aragón, para ofrecer sus servicios a Federico II, hijo del rey de Aragón, Pedro III, el Grande, que trata de defenderse de las diferentes casas europeas que pretenden el reino del que dependía una parte importante de la península italiana, conocido como reino de Nápoles.
La experiencia militar de Roger, hace que el rey le entregue el mando de unas tropas mercenarias llamadas los almogávares, compuestas por rudos habitantes de los valles del Pirineo, mandados por oficiales aragoneses y catalanes.
El éxito de esta tropa, al mando de Roger de Flor, es rotundo y consigue frenar las aspiraciones de las monarquías europeas, pero Roger se creía en peligro pues teme que el rey Federico lo entregue a la Santa Sede por los delitos cometidos que causaron su expulsión del Temple, así que convence a su compañía y marchan hacia Constantinopla, como la Gran Compañía Catalana, para ponerse a las órdenes del emperador bizantino Andrónico II.
Tanto prosperaron Roger de Flor y sus almogávares en Bizancio, que el antiguo monje y ahora mercenario llegó a casarse con la hermana del emperador y convertirse en Megaduque del Imperio, un cargo que era de los primeros en importancia en la corte de Bizancio.
Ante el avance implacable de los turcos que vencen a todos los ejércitos imperiales en la península de Anatolia, ya en tierras de Asia, los almogávares cruzan el estrecho del Bósforo y les plantan cara en lo que será la primera batalla seria y que además tendrá  por escenario las ruinas de la ciudad de Cícico, donde ya se habían batido primero espartanos y atenienses y más tarde romanos y griegos.
Un ataque por sorpresa de los aguerridos almogávares masacró a los turcos que se batieron en retirada, dejando infinidad de cadáveres en el camino.
Varias victorias seguidas, dieron a Roger de Flor un prestigio tal que de todas partes le llegaban voluntarios para engrosar su ya poderoso ejército, como ocurrió con Bernat de Rocafort, militar valenciano al servicio del rey de Sicilia que se unió con más de mil hombres a la ya famosa Compañía Catalana.
Pero lo que en principio eran felicitaciones y parabienes, se fue convirtiendo en temor y odio, sobre todo porque la avaricia de los almogávares no tenía fin y cada vez que se retrasaban los pagos de las soldadas, arrasaban ciudades y campos, no importándoles que fuera en territorio amigo o enemigo y llegando a entrar en monasterios y conventos, para apoderarse de sus riquezas, después de exterminar a los monjes.
Como es natural estas acciones no eran bien vistas por la comunidad cristiana y a la larga, supusieron el asesinato de Roger de Flor y de muchos de sus hombres, a manos de otros mercenarios, esta vez bárbaros de las tribus alanas que invadieron Europa muchos siglos antes y que eran financiados por el emperador de Bizancio y su hijo.
Este hecho desató lo que se conoce como Venganza Catalana, en el curso de la cual los almogávares vencieron por dos veces al ejercito bizantino, que quedó pulverizado, muchos de ellos muertos, otros huidos y una parte muy importante desertó enrolándose con los almogávares. A estas victorias siguió el saqueo de inmensos territorios, sobre todo en la zona europea, y más aún en las costas del mar Egeo, áreas que comprenden la actual Grecia.
Convertido en jefe único de la Compañía, Bernat de Rocafort siguió con la tónica de saqueos y crímenes masivos, sin piedad para ninguna persona, lo que los convirtió de héroes en villanos y salteadores, acarreando las iras del rey Jaime II, primero rey de Sicilia y luego de Aragón, que ordenó prenderlo.

Detención de Rocafort

Rocafort fue trasladado a Nápoles donde murió de inanición encerrado en las mazmorras del castillo del rey de Nápoles, deudo de Jaime II.
La Compañía quedó sin jefe, desconcertada y en peligro de ser extinguida por los muchos enemigos que se habían creado a lo largo de su etapa sangrienta, por lo que buscaron a alguien que los contratara como ejército y encontraron al Duque de Atenas, Gutierre de Brienne, cuyo ducado estaba amenazado por todos los nobles feudales de sus fronteras, sin posibilidad de defenderse.
Como se comentaba al principio, el esplendor que otrora tuviera la región conocida como Ática, se había perdido totalmente y del emporio cultural y militar quedaban las ruinas de las bellísimas construcciones griegas, algunas estatuas y poco más.
Durante siglos Atenas había ido languideciendo y ya en el siglo XIII, se convierte, por obra de los integrantes de la Cuarta Cruzada, en el Ducado de Atenas gobernado por la casa francesa de Brienne que es la que encontramos cuando el ducado solicita auxilio militar.
Los tres mil quinientos hombres que integran la Gran Compañía Catalana, se dirigen a marchas forzadas hacia Atenas y se ponen a las órdenes del duque, que los manda a preservar sus fronteras, cosa que hacen a la perfección, despejando todos los territorios y volviendo a la capital a cobrar sus estipendios.
Pero ignoran que el ducado tiene las arcas vacías y Gutierre no les puede pagar lo comprometido. Con el invierno a las puertas, los mercenarios deciden retirarse a un refugio seguro, pero Gutierre sabe que llegada la primavera, tendrá encima la amenaza de la Compañía Catalana y sus terribles represalias.
Con esa certeza, que todos los señores feudales de su entorno comparten, deciden formar un ejército que se les oponga y llegan a reunir hasta quince mil hombres, con los que marcharon al encuentro de los tres mil quinientos almogávares que estaban invernando en Tesalia, a unos doscientos kilómetros al norte de Atenas.
El enfrentamiento tuvo lugar en marzo de 1311, a orillas del río Céfis y a pesar de la inferioridad numérica, infligieron una derrota total al ejército de los feudales francos, lo que les dejó libre el camino a Atenas, en la que entraron victoriosos y al mando de su nuevo capitán, Roger Desallur.
Habían pasado muchos años desde que iniciaron su aventura por oriente y aquella oportunidad de asentarse en Atenas les pareció provechosa, por lo que pusieron el territorio bajo el vasallaje del rey de Sicilia y, por tanto, del de Aragón.
Unos años más tarde, conquistaron los territorios de Tesalia, donde habían invernado y crearon un nuevo ducado, que también pusieron a disposición de la Corona de Aragón.

Dominios de la Corona de Aragón en el siglo XIV

Con esto, consiguieron la mayor expansión de la casa de Aragón que comprendía en aquel momento, además del reino que le era propio, el de Valencia y Mallorca, el de Sicilia, el de Nápoles y los ducados de Atenas y Nuevapatria, nombre que pusieron al de Tesalia.

En consecuencia y durante casi un siglo, el Partenón, joya de la arquitectura griega clásica, fue una propiedad española y en la cumbre del Acrópolis ondeó la bandera de las cuatro barras del reino de Aragón.

viernes, 11 de octubre de 2013

CUANDO NO HABÍA METRO



No me refiero a ese metro que recorre las ciudades por túneles y subterráneos, sino a aquel que aprendimos a definir como la diez millonésima parte del cuadrante del meridiano terrestres que pasa por París, enunciado que se quedó obsoleto cuando se le definió como la distancia que separa dos trazos realizados en una barra de platino e iridio que se encuentra en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas, también de París, pero que también se quedó anticuada cuando se sustituyó por la complicadísima fórmula para encontrar la longitud de onda de un gas noble, y terminar definiéndose, parece que ya de manera científica y definitiva que un metro es la distancia que, en el vacío, recorre la luz en la trescientos mil “millonesimoava” parte de un segundo.


Lógico, si la luz recorre casi trescientos mil kilómetros por segundo, en metros, mil veces más y la unidad metro será el resultado de dividir un segundo entre esa cifra astronómica.
Con el kilogramo la cosa estuvo más fácil que con el metro, si bien gracias a la racionalización de alguien que, durante la Revolución Francesa, propuso que un kilo equivaliera al peso de un litro de agua destilada que es el contenido de un decímetro cúbico, a una temperatura de casi cuatro grados y a presión normal de una atmósfera.
Y para sacar los grados de temperatura hubo que recurrir también al agua destilada que, tan humilde ella, fue capaz de marcar el cero y los cien grados de manera distante de cualquier discusión. Cuando se congela, al nivel del mar, como decíamos antes, está a cero grados y cuando hierve, está a cien. Sencillo y eficaz.
Pero para coordinarlo todo hacía falta otra medida, si cabe más importante que todas las demás, que era el tiempo, si bien, en este caso, el reloj de sol, el de arena o la clepsidra, habían ayudado notablemente, sobre todo porque, en la medida de esta magnitud, existía un patrón fijo que era el momento en el que el Sol pasaba por el punto más perpendicular sobre la tierra, momento en el que se fijó el Mediodía. Desde aquí, dividir la esfera en grados y horas, fue cuestión de tiempo, pero lo cierto es que la máquina rudimentaria que dividía en porciones el día, ancestro de lo que hoy conocemos como reloj, se inventó hacia 1326, por un fraile llamado Richard Wasigford, que vivió en Inglaterra.
Con el tiempo los relojes fueron alcanzando grandes perfecciones, hasta llegar a los péndulos, verdaderas obras de arte y de ingeniería que eran capaces de guardar el tiempo para mostrarlo en cualquier momento y con mucha precisión. Porque en definitiva lo que hace un reloj es guardarnos el tiempo a la vez que nos lo muestra.
Con estas cinco magnitudes podemos valernos para casi todo, pero ¿qué ocurría cuando no había ni metro, ni litro, ni kilo, ni grados, ni hora?
Para el hombre actual resulta extremadamente sencillo establecer distancias, pesos, temperatura, tiempo y cualquier otra magnitud que se nos ocurra, como fuerza, potencia, resistencia, etc., pero qué ocurría antes, cuando no había un patrón que regulase las mediciones con la precisión y la universalidad suficientes para que en todo el mundo podamos comprender con una sola cifra la dimensión de cualquier magnitud. En algunos casos la cosa estuvo relativamente sencilla, en otros no; veamos un poco cómo evolucionaron las magnitudes.
Pues que la cosa estaba muy mal regulada y sobre todo, las medidas de longitud, peso y capacidad, se formulaban en función de unas constantes que no eran constantes.

Reloj de sol de bolsillo


Me explicaré. Una milla, palabra que pusieron en uso los romanos y que quiere decir mil, era el resultado de mil pasos con el mismo pie, es decir, dos mil en total. Un palmo no era la medida de la mano extendida desde el pulgar al índice, sino la de la mano plegada sin el pulgar. Luego los codos, los pies, las pulgadas que todos conocemos y que siguen en uso, las fanegas, los celemines, las gruesas y muchísimas más unidades de medición que era necesario inventar para poder fijar las transacciones normales entre los hombre.
Nuestra estimada arroba, imprescindible para el correo electrónico, era y es una medida de peso y capacidad que si era de aceite equivalía a unos once litros, pero si era de vino su equivalencia eran dieciséis y es de las pocas medidas antiguas que, en tonelería, se siguen utilizando.
Con la fanega, que aún se usa en algunas zonas de España como medida de superficie y que antes lo fue también de capacidad, ocurre algo similar que con la arroba y es que si era una fanega de trigo, su capacidad era distinta a si lo era de avena o de centeno, los cereales más comunes.
Pero para todas esas mediciones se partía de elementos tan aleatorios como el paso de un hombre que no es idéntico al de otro, o el palmo o la pulgada.
Muchas personas eran conscientes de estas deficiencias que el sistema presentaba y así, trataron de remediarlo, aunque, careciendo de un patrón común, la cosa no tenía arreglo.
Eduardo I de Inglaterra quiso unificar el valor de una pulgada, entendiendo que era la medida de tres espigas de avena puestas juntas y suponiendo que dichas espigas eran bastante similares en todas las partes del mundo.
De hecho la espiga de avena sirvió para algo más y fue cuando se utilizaron para señalar la longitud de los calzados. Cuando hoy pedimos un cuarenta y dos en la zapatería, no sabemos a qué nos estamos refiriendo, pues ese cuarenta y dos no se corresponde con ninguna medida conocida y es que deriva, precisamente, de las espigas de avena y sería el número de espigas necesarias para completar la longitud del calzado.
Todo muy confuso y poco concreto, muy sometido a la especulación, lo que traía como consecuencia bastante desconcierto en las transacciones mercantiles.


Espigas de avena

La legua era una medida más de itinerancia que de longitud, pues era la distancia que un hombre recorría en una hora, ya fuera a pie a o caballo, siempre que éste fuera al paso. Como todos pensamos, la diferencia de paso de una a otra persona podía variar tanto, que la legua en realidad lo que media eran horas de marcha y no distancias concretas.
Pero si en tierra era difícil medir las distancias, en la mar la cosa se complicaba muchísimo más. No había manera de medir la distancia que recorría un barco, ni la velocidad a la que se desplazaba, hasta que a alguien se le ocurrió una idea singular. En las embarcaciones llevaban un cabo en el que hacían nudos a intervalo de una braza, que es la distancia que hay entre dos brazos extendidos, aproximadamente dos metros, y con ese cabo se medían las profundidades de las aguas, en brazas, lógicamente.
Con el cabo suelto por la borda y el barco navegando, la fuerza de la velocidad, hacía que ese cabo flotara en uno, dos, e incluso en tres o más nudos, que quedaban a la vista y de esa forma se fijó un patrón de velocidad que, dada la imprecisión de los elementos que entraban a formar parte, podía dar resultados mus distantes.
Los cabos no eran exactamente iguales, los nudos tampoco y las brazas dependían de la persona que extendiera los brazos.
En la actualidad se emplea el término nudo para medir la velocidad tanto en mar como en el aire y se corresponde a una milla náutica a la hora.
Aun se mide la velocidad y la dirección del viento en los aeródromos valiéndose de una manga cónica, con sectores de varios colores que según la velocidad del viento, se mantienen horizontales o cuelgan, un sistema muy similar al de los nudos marinos.
Afortunadamente, desde hace ya muchos años, las cosas son de otra manera. La inmensa mayoría de los países han adoptado como sistema de medidas el métrico decimal, aun cuando sigan manteniendo unidades de medidas propias que usan para determinados servicios.
En Estados Unidos y un par de países más, rige el llamado Sistema Anglosajón de Unidades. Eso significa que la gasolina se vende por galones y no por litros, las distancias se miden en pulgadas, pies, yardas o millas. Y el petróleo se compra y se vende en todo el mundo por barriles.
Los británicos también tienen sus unidades, es el llamado Sistema Imperial y básicamente es igual que en Estados Unidos, pero algunas de sus unidades varían en relación al mundialmente aceptado sistema métrico.
El afán de unificar conceptos ha llevado a la creación de una ciencia llamada Metrología que estudia las mediciones y garantiza su normalización, al objeto de que las unidades de medida, cualquier magnitud que midan, sean idénticas en cualquier tiempo y lugar.

No es muy probable, pero es posible que en un futuro, todo el mundo se rija por el mismo sistema, aunque a veces es muy difícil poner de acuerdo a las personas y buena prueba es que para algo tan simple como es la circulación viaria, no hubo manera y varios países de influencia británica, circulan por la izquierda, cuando el resto del mundo lo hace por la derecha.

sábado, 5 de octubre de 2013

UN ADELANTADO A SU TIEMPO




A lo largo de nuestra historia reconocemos que junto a los auténticos zoquetes que nos gobernaron o que se dejaron gobernar, hemos tenido mentes preclaras que, de haber vivido en otros entornos y si hubieran podido ejecutar sus ideas, nos hubiera ido de manera muy distinta.
Pero en nuestro querido país, en donde la envidia es uno de los pecados capitales más comunes, ni “se come ni se deja comer” y ante la posibilidad de que alguien demuestre su valía, un ejército de mediocres se pone de inmediato en marcha para desacreditar a aquel que parece brillar.
Una de esas mentes privilegiadas, unida a otras muchas cualidades, entre las que la honradez y la lealtad están muy presentes, se conjugaron en un hombre de enorme talla y, lamentablemente, muy olvidado por nuestra historia, aunque su reconocimiento es indudable.
Este hombre era Pedro Pablo Abarca de Bolea, cuyo nombre puede no decir mucho, si no se le asocia con el título nobiliario que ostentaba: X Conde de Aranda.


Retrato del Conde de Aranda

Nació en 1719 en la provincia de Huesca y en el seno de una ilustre familia aragonesa que le proporcionó una esmerada educación, haciéndole estudiar en diferentes seminarios italianos, así como fomentando su afición a viajar, lo que hizo y mucho, por toda Europa, en donde contactó con los incipientes movimientos enciclopedistas.
Con veinte años y una notable cultura y formación, ingresó en el ejército, en donde su carrera fue meteórica y en el que al poco tiempo se advirtió la claridad de su inteligencia y su valía. Fue enviado a Prusia, en donde conoció a Federico el Grande, en aquella época uno de los más importantes representantes del Despotismo Ilustrado, pero cuyo apelativo, el Grande, obedece precisamente a sus muchos éxitos militares.
Fue embajador en Portugal durante el reinado de Fernando VI y con Carlos III fue nombrado gobernador de Valencia.
Pero su salto a la notoriedad vendría tras el Motín de Esquilache, cuando el rey abandonó la Corte para trasladarse con toda la familia a Aranjuez, asustado como un pajarillo que se cae del nido, por el cariz que tomaban los acontecimientos y por la no demasiado remota posibilidad de que el ejército se uniera a los descontentos, lo que sería extremadamente grave.
Tras el motín de la capa y el chambergo (consultad mi artículo De la trucha a la capa), el rey había accedido a las peticiones del pueblo que se centraban en que se desterrase a Esquilache, que la Guardia Valona saliera de España, que los ejércitos volvieran a sus cuarteles, que se abaratara el precio del pan, así como que desaparecieran las llamadas Juntas de Abasto. En realidad detrás de todo el conflicto estaban estas dos últimas cuestiones y la poca simpatía que los ministros extranjeros, traídos de Italia por el rey, tenían entre el pueblo de Madrid.
Como el rey había accedido a todo, era necesario deshacer el acuerdo y para eso se eligió al Conde de Aranda que aunaba el prestigio militar y el reconocimiento ciudadano, el cual inició un proceso que culminó con notable éxito y por dos vías. La primera entablando un diálogo abierto con el pueblo y con las personas que se habían erigido en portavoces durante el motín, así como sosegando a los mandos militares, al borde del levantamiento; y la segunda abriendo un proceso investigador que trataba de demostrar que tras los acontecimientos se encontraba la Compañía de Jesús, cuya expulsión de todos los territorios del imperio español en 1767, fue uno de los hechos mas discutidos del reinado de Carlos III.
Con este monarca y con su sucesor, su hijo Carlos IV, el conde de Aranda alcanzó la época de máximo esplendor, desempeñando los cargos de Presidente de la Junta de Castilla y Secretario de Estado, hasta que fue sustituido por Manuel Godoy, un guardia de corps zafio e inculto, pero de quien la reina María Luisa estaba enamorada y lo mantenía como amante.
Aranda se retiró a Jaén, desterrado, el mismo día en que Godoy se hizo con el poder.
De entre las muchas ideas, inspiradas en el enciclopedismo que el conde de Aranda aportó a la política española, sin lugar a dudas la más revolucionaria era la que había forjado respecto de las Colonias.
Por supuesto que estas ideas no se pusieron en práctica, pues iban en total contraposición con las del monarca absolutista que era Carlos III, al que servía en aquel momento.
Pensaba Aranda que España debía deshacerse de los territorios de América, conservando solamente Cuba y Puerto Rico, como bases de aproximación al continente, en donde, colocando como reyes a tres infantes, se formarían los reinos de Méjico, Perú y el resto de Tierra Firme, mientras el rey de España conservaría el título de Emperador de todos los territorios.
Se basaba Aranda en dos hechos incontrovertibles: el primero que dada la lejanía de aquellas tierras, era imposible atenderlas desde España, como se estaba haciendo desde su descubrimiento y por tanto era mucho mejor considerarlas como reinos independientes, federados entre sí y con España que pudieran establecer sus propias políticas, tanto económicas, como de defensa.
El segundo punto, quizás más preclaro, era la posición que estaban alcanzando las colonias inglesas al norte de los territorios españoles. Conseguida la independencia de varios estados, con la ayuda de España y Francia, Aranda consideraba y con mucho criterio que aquellas colonias eran unos territorios muy pequeños en medio de un vasto continente y que por tanto su aspiración sería anexionarse mas territorios, para lo que habrían de iniciar descubrimientos hacia el Norte y el Oeste y apropiarse de zonas del Sur, fundamentalmente la Florida, con lo que dominaría el Golfo de Méjico, para después empezar a extenderse hacia nuestros territorios de Méjico que desde España no se podían defender y mucho menos contra una nación que formaba frontera y por añadidura, joven, ambiciosa y poderosa.
Sus conjeturas resultaron verdaderas profecías y un siglo después, entre los Estados Unidos y Méjico, se desencadenó la guerra que todos conocemos incitada por el avance expansionista de los vecinos del norte, aunque en aquel momento Méjico ya se había emancipado de la hegemonía española. (Visitar mi artículo El grito de Dolores)
Los historiadores que han tratado este tema señalan que los infantes disponibles en aquel momento para hacerse cargo de los tres nuevos reinos, podrían haberlo hecho sin demasiada dificultad, pues Carlos III y su esposa María Amalia de Sajonia, tuvieron trece hijos y los infantes podrían haber sido:
Fernando, nacido en 1751 y futuro rey de Sicilia.
Gabriel, nacido en 1752, aunque éste murió en 1788, el mismo año que su padre.
Y Antonio Pascual, nacido en 1757.
Eso, por dejar fuera a las infantas María Josefa Carmela y María Luisa, únicas que sobrevivieron a la infancia, durante la que fallecieron cinco de sus hermanas, aunque según la legislación vigente en aquel momento que estaba recogida en la Ley de Sucesión Fundamental, que promulgó Felipe V, las mujeres podían reinar pero solamente si no había hijos, hermanos o sobrinos del rey fallecido.
Evidentemente no era una familia que gozara de buena salud y en la que, además, hubo que alejar de la línea sucesoria al primer varón, Felipe Antonio, que era deficiente mental.
El rompecabezas de Aranda se completaba con el compromiso de que los nuevos reyes de los tres nuevos países deberían casarse con infantas españolas, juramentándose entre todos para seguir esta norma que a la larga conseguiría una unión muy fuerte entre los cuatro reinos y las familias en el poder.
Pero sobre todo, el conde de Aranda incidía que esta fórmula sería capaz de calmar los alborotados ánimos de los habitantes de las colonias, tanto si eran españoles de nacimiento, como nacidos en el Nuevo Continente, o nativo de aquellas zonas, pues no era casualidad que todos estuvieran muy a disgusto con la situación que se atravesaba y con las condiciones en las que se vivía, sintiéndose permanentemente explotados por la metrópoli, por el gobierno de los virreinatos o por los encomenderos.
Lamentablemente este plan, con el que se hubiera podido atajar la debacle en la que devinieron las Colonias muy poco tiempo después, no fue solamente rechazado por la corona y los malos consejeros que rodeaban al rey Carlos III, sino que a la larga, vino en señalar a Aranda como poco patriota e incluso traidor, lo que provocó su destitución.
No estaba tan descaminado el conde porque años después de su independencia, Méjico llegó a ofrecer la corona del inmenso imperio Mejicano a Fernando VII, rey de España o cualquier príncipe de la casa de Borbón.
Pero de manera incomprensible el rey que de “El Deseado” pasó a ser “El rey Felón”, despreció el ofrecimiento, lo que provocó que en Méjico se coronara, aunque de manera fugaz, a Agustín Itúrbide, artífice de la independencia y presidente del primer gobierno provisional, el cual abdicó meses después dando paso a la República Federal.
Nunca se consideró Aranda ni iluminado ni profético, solamente un hombre sensato, inteligente y muy culto, al que sus contemporáneos envidiaban o admiraban y que junto con grandes amigos, tenía también poderosos enemigos.
De toda esta historia sacamos la conclusión de que el conde se adelantó al futuro porque cien años después, lo que él vaticinaba, había ocurrido sobradamente: perdimos todas las posesiones, los Estados Unidos se convirtieron en una gran potencia que arrebató inmensos territorios a Méjico y no era casualidad que nuestra última posesión fuera la isla de Cuba, que también perdimos en 1898.

sábado, 21 de septiembre de 2013

SIEMPRE LOS MILAGROS




Estamos viviendo en España y en gran parte de Europa, unos momentos de crisis y recesión como nunca habíamos visto. Eso es lo que dicen los expertos y es más que probable que lleven razón en lo que a la segunda parte se refiere, es decir, que nunca lo habíamos visto nosotros, pero no tiene nada de cierto en que sean los peores momentos a lo largo de la historia.
España siempre ha estado en crisis y siempre ha sido pobre, a pesar de haber sido durante un siglo el país hegemónico del mundo y de haber recibido en las arcas del gobierno, las fortunas más incalculables.
El oro y sobre todo la plata que llegaban de las Américas nunca fueron capaces de frenar el endeudamiento crónico del estado. Mientras que muchas familias en el entorno del tráfico comercial con el Nuevo Mundo, los famosos Cargadores a Indias, se enriquecían a ojos vistas, la Corona era cada vez más pobre.
Los monarcas españoles estaban permanente endeudados con los prestamistas alemanes, holandeses y de cualquier otro país, casi siempre familias judías y poderosos banqueros, a los que llegaron a hipotecar hasta las minas de cinabrio de Almadén, cuando el metal que se extraía, el mercurio, era imprescindible para obtener oro y plata en América.
Pero así eran las cosas y todo porque España no cesaba de guerrear ni un solo instante y contra todo bicho viviente.
Contra los protestantes, por la cosa del acendrado catolicismo de nuestros monarcas, contra la Gran Bretaña, por ser enemiga mortal desde siempre, haber repudiado a una reina española y darnos constantemente la vara en el mar y para colmo de males, deshacerse de la autoridad papal y crear la religión anglicana a gusto del rey y sin más obediencia que al arzobispo de Canterbury.
En Italia,  para imponer la presencia española y mantener los efímeros reinos de los que disfrutamos, cambiamos, perdimos y al final nos arruinaron.
Y con los Países Bajos, en una guerra eterna que duró ochenta años y que al final, terminamos perdiendo, aunque ganamos casi todas las batallas.
Nuestro sino ha sido estar siempre en crisis, porque entrando el siglo XIX, la cosa no fue a mejor, ni mucho menos; y saliendo el siglo, por la otra puerta salieron todas las colonias, fuente principal de los ingresos del estado.
En fin, que la situación no tiene más remedio que un milagro, un buen milagro que nos saque de este atolladero, como siempre hemos pedido los españoles, tan católicos y cristianos. Y la verdad es que muchas veces las cosas han sido milagrosas y ya he referido en alguna ocasión cómo esos milagros, producidos porque Dios estaba siempre de nuestro lado, han salvado situaciones realmente comprometidas.
Precisamente en la guerra contra Flandes, la de los Ochenta Años, un “milagro” vino a salvar a nuestros Tercios de un desastre sin precedente.
El hecho es muy poco conocido, quizás por lo escasamente rentable que fue al final para nuestras tropas, pero se le ha venido en llamar “El Milagro de Empel”.
Ocurrió el día ocho de diciembre del año 1585, en un lugar de Flandes, entre la desembocadura de los ríos Mosa y Waal. El Waal es el nombre que toma el Rin en su último tramo y que forma un estuario enorme en el que se halla la Isla de Bommel.
Allí se encontraban, arrinconados por tropas de tierra y la escuadra flamenca, al mando del Almirante Holak, unos cinco mil soldados del llamado Tercio Viejo, el más temible ejército de infantería de todos los tiempos, veteranos en mil batallas y aguerridos soldados, al mando del Mariscal de Campo Francisco Arias de Bobadilla, titular del expresivo condado de Puñonrostro y sobrino-nieto de aquel Pedrarias Dávila que viajaba a todas partes con su féretro (consultar mi artículo “Viajando con su ataúd).


Francisco Arias de Bobadilla

Los Países Bajos se llaman así precisamente porque la mayor parte de su territorio está bajo el nivel del mar y las tropas flamencas aprovecharon esa circunstancia para abrir las compuertas del río Mosa y anegar todo el terreno alrededor de donde se encontraba el Tercio español.
Vista su situación de superioridad, el almirante Holak ofrece a los españoles que se rindan, pero la respuesta de Bobadilla es contundente: “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulaciones después de muertos”.
La respuesta es tomada como una insolencia y el flamenco da orden de abrir las demás compuertas y anegar más la zona, tanto, que sólo queda una pequeña colina llamada Empel, emergiendo sobre las aguas.
Sin posibilidad de auxilio, con pocas provisiones, todos los uniformes y pertrechos empapados y tiritando de frío, los españoles se disponen a resistir como se pueda y comienzan a cavar unas trincheras para resguardarse, cuando un soldado tropieza con algo duro, un objeto de madera que una vez desenterrado resulta ser una imagen de la Inmaculada Concepción.
En algún lugar se dice que era una tabla flamenca con la pintura de la Virgen, diferencia que no viene al caso porque lo importante es que, de inmediato y como no podía ser de otra manera en aquellos tiempos, se toma el hallazgo como una señal divina, máxime cuando aquel día es la víspera de la celebración de la festividad de la Inmaculada.
De inmediato se improvisa un altar, los soldados se encomiendan a la Señora y Bobadilla arenga a su gente enalteciéndolas para el combate.
Quiere la casualidad o he aquí el milagro que esa noche se desate un frío extremo, acompañado de vientos huracanados que en pocas horas, convierten en hielo toda el agua que anega la zona. Bobadilla observa el fenómeno y aunque ateridos, ordena a sus hombres caminar sobre el hielo después de comprobar su extrema dureza.
Así, los soldados marcharon sobre la capa helada en dirección a la flota flamenca que había quedado atrapada entre los hielos y que por ningún concepto esperaba un ataque.
El Tercio  Viejo fue, como siempre, implacable y después de asaltar los buques pasaron a cuchillo a sus tripulaciones.
Desde las fuerzas flamencas de tierra observaban cómo los barcos caían en poder de los españoles sin que ellos pudieran hacer nada.
Después de tomar los barcos, los soldados se aprovisionaron de armas y ropas secas y recomponiendo la formación, marcharon sobre el fuerte situado en tierra firme.
Cargaron con una virulencia inusitada y tomaron la posición en poco tiempo, produciendo una desbandada general, seguida hasta por el altanero Holak que no pudo oponerse al avance de los famosos cuadros de chispa y pica que formaban los tercios españoles.
Como parece natural, después de una victoria tan contundente, la Inmaculada fue declarada patrona del arma de Infantería, lo que continúa siendo hasta el día de hoy.
Pero se ve que este milagro no ha sido el único, aunque en esta otra ocasión y dado el carácter totalmente laico del beneficiario, no se atribuyó el hecho a la divina intercesión.
Un suceso muy similar, casi idéntico, ocurrió el día 21 de enero de 1795 durante las llamadas Guerras Revolucionarias Francesas y en un enfrentamiento contra Holanda en el que el general francés Jean Charles Pichegru llegó a tomar Ámsterdam, en donde pensaba fijar sus cuarteles de invierno.
Pero sus espías le informaron que la flota holandesa estaba anclada en Den Helder, una provincia al norte de Ámsterdam, distante unos ochenta kilómetros.
Dadas las características extremas de aquel invierno, la noticia era que todos los ríos estaban helados y que el mar también lo estaba, habiendo atrapado a los quince buques que formaban la escuadra, los cuales estaban inmovilizados y sin posibilidad de defenderse.


Toma de la escuadra en el hielo

En consecuencia, el general Pichegru envió un ejército de húsares a caballo al mando de un general, para que se dirigiera con toda urgencia a Den Helder. Cada caballo llevaba a la grupa a un soldado de infantería y a marchas forzadas se dirigieron a la zona, comprobando que entre Den Helder y la isla de Texel, que es la más próxima a tierra del archipiélago de Frisia Occidental, se encontraban los quince navíos completamente inmovilizados por la mar helada.
Aprovechando la dureza del hielo y la oscuridad de la noche, la caballería francesa llegó por sorpresa hasta los barcos y los tomó, sin que sus tripulaciones pudieran defenderse, pues aparte de que estaban confiados de encontrarse fuera de peligro, los barcos se habían escorado de tal manera que sus cañones apuntaban, una banda al cielo y la otra a pocos metros del propio buque aunque en la pintura no está así representado.
El resultado de la operación fue espectacular pues no hubo ni un solo herido y se capturaron quince navíos, de ellos once completamente equipados, con más de ochocientos cincuenta cañones.
De parte de los franceses estuvo solamente la estrategia y la decisión. En esta ocasión ningún milagro vino a poner la balanza a su favor, claro que los franceses saben de muchas cosas pero no de desenterrar imágenes de Vírgenes.

sábado, 14 de septiembre de 2013

ESCAQUES DE AMOR




Consultando una documentación de contenidos diferentes del ayuntamiento de Valencia, me sorprendió encontrarme con una curiosísima historia que inmediatamente llamó mi atención. Estaba escrita en valenciano, como ya nos resulta casi natural, pero es tan fácil de entender que leyéndolo despacio, te haces perfecta idea de todo.
La historia tenía por título  “Scachs d’amor” y trataba sobre el juego del ajedrez, al que en muchas ocasiones se le ha referido como juego del escaque, en alusión al nombre de cada una de las casillas que forman el tablero.
El ajedrez es el juego de los juegos, tanto que ya se ha convertido casi en un deporte intelectual que arrastra masas entusiasmadas con la maestría de los famosos y ha hecho célebres a nombres como el cubano Capablanca, el español Arturo Pomar, el estadounidense Bobby Fischer, o los rusos Kárpov y Kaspárov.
Se dice que el ajedrez fue inventado en China, de donde pasó a India y a todo el oriente, llegando luego a extenderse hacia occidente hasta llegar a Persia, donde alcanzó la más alta reputación, aunque hay quien afirma que fue invención del bíblico rey Salomón (en caso de que existiera, pues su figura se pone muy en duda actualmente). No falta tampoco quien lo atribuye al dios griego Hermes, también en el supuesto caso de que este dios existiese, lo que demuestra lo incierto de su invención, la cual se pierde en la noche de los tiempos.
La primera alusión a un juego similar, aparece en unos escritos del año 600 antes de nuestra Era, en donde se le menciona con el nombre de “Chaturanga”, un juego indio cuyo nombre en sánscrito se refiere a las cuatro armas del ejército en aquella época: elefantes, caballería, carros e infantería que serían las torres, los caballos, los alfiles y los peones del moderno ajedrez.
Fue en Persia desde donde el juego se expandió hacia occidente, principalmente por la influencia que a partir del siglo VIII empezó a tener el Islam, que fue quien lo trajo a Al-Andalus. Desde la península Ibérica se transmitió luego al resto de Europa a través del Mediterráneo.
Se cuenta una historia, con muchas vertientes, sobre la introducción del juego en Persia y se achaca a un “sha”, aburrido y melancólico que encargó a su visir que le consiguiera un juego que fuese nuevo cada vez que se jugara y que nunca se llegase a dominar. El premio, si lo encontraba, sería lo que él pidiese y el castigo en caso de no hallarlo, la decapitación.
El visir se quedó muy apesadumbrado y sin saber por donde empezar consultó bibliotecas, archivos, a gentes sabias y a embajadores extranjeros hasta que un indio le habló del juego de la Chaturanga y de su complejidad. De inmediato, el visir se hizo con un tablero y las piezas del juego y en el más discreto silencio, comenzó a aprender a jugar según las reglas que regían entonces. Cuando tuvo el juego medianamente dominado, se lo mostró al “sha” que al comprender la magnitud del mismo quedó encantado, y cumpliendo su promesa pidió al visir que le expresara cual sería su deseo.
En visir, ya iniciado en los muchos secretos que el ajedrez y su tablero encierran, le pidió algo muy sencillo: que colocara un grano de trigo en la primera casilla, dos granos en la segunda, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta y así, en progresión geométrica, rellenara todas las sesenta y cuatro casillas del tablero.
El “sha” quedó sorprendido por la extraña petición y pidió a uno de sus cortesanos que mandase traer un saco de trigo del granero para cumplir su promesa.
Con el saco de trigo, empezó a colocar los granos en las casillas y de inmediato comprendió, primero, que no cabían tantos granos en cada casilla y luego más tarde, cuando alcanzó a ver la magnitud de las cifras a las que se enfrentaba, que ni en todo su imperio habría trigo suficiente para llegar a la última casilla.
Más de dieciocho trillones de granos serían necesarios para cubrir los sesenta y cuatro escaques, más de lo que Persia y toda Asia producirían en varias decenas de años. La cantidad es tan tremenda que casi no nos hacemos cargo, pero desglosándola serían dieciocho millones de billones, que a su vez son un millón de millones.
La anécdota es simpática y hasta puede que sea verdad, lo que indica que el visir además de inteligente era un buen matemático que conocía los resultado de la progresión.

Grabado del siglo XII

Anécdotas sobre el ajedrez hay muchas y literatura aún más, pues es quizás el juego que más ha inspirado a escritores, pintores y cineastas.
Pero de aquella Chaturanga al ajedrez actual hay todo un abismo y si no se conoce el origen del juego primitivo, si se sabe y de manera muy documentada a quien se debe la innovación introducida en el mismo y que fijó las actuales reglas del juego.
Y eso es lo que narra la página del Ayuntamiento de Valencia, porque resulta que en 1475, cuando Valencia alcanza su mayor esplendor cultural y económico, tres poetas valencianos llamados Francisco de Castellví, Bernat Fenollar y Narcís Vinyoles, compusieron un poema titulado “Scachs d’amor”, en el que se describe el nuevo movimiento de la reina, que la convierte en la pieza más importante del tablero, a la vez que se da un nuevo movimiento al actual al alfil, la captura del peón al paso y la obligación de anunciar el jaque.
En ese poema, bastante largo, por cierto, incluso reproducen los autores una partida con las nuevas reglas.
Dicen que sus autores se habían inspirado en la reina Isabel, para transferir al tablero toda la fuerza vital de la Reina Católica, cuyo esposo, el rey Fernando, era un ferviente aficionado y ella misma era conocedora del juego.
Unos años más tarde, en 1495, fue otro valenciano, Francesc Vicent, quien escribió el primer tratado moderno sobre el ajedrez y sus nuevas reglas, el “Libro de los juegos y partidas del ajedrez en número de 100”, el cual, beneficiándose de las ventajas que ya ofrecía la imprenta y de que en Valencia había una de las pocas imprentas de Europa, vio pronto la luz y se expandió con una velocidad admirable, haciendo llegar a muchos países la magia del juego que alcanzó pronto una tremenda popularidad.
El libro no se conserva, pero hay muchas referencias al mismo y algunas copias manuscritas de páginas o capítulos que, a manera de apuntes, algún jugador interesado sacara para tener más mano su contenido.
Quizás impulsado por sus reyes, Castilla y Aragón, con los Reyes Católicos, lanzaron el gusto por jugar al ajedrez a todo el mundo civilizado y desde Valencia, entonces integrante del reino de Aragón y a través de su imprenta, se popularizo el juego de reyes, como a veces se le ha llamado.
Aceptado ya que fue en España en donde se le dio a este juego el aspecto que tiene en la actualidad, también es curioso saber que el primer campeón del mundo de ajedrez fue español.
Se trataba de Ruy López de Segura, un clérigo y ajedrecista nacido en Zafra, Badajoz, el año 1540, que llegó a ser consejero y confesor del rey Felipe II.
En el año 1560 viajó a Roma para la coronación del Papa Pío IV y allí derrotó a los mejores ajedrecistas italianos, que eran tenidos como los mejores del mundo, lo que le valió la consideración oficiosa de ser el primer campeón de ajedrez del mundo.
También escribió un tratado al que se considera como el primer estudio científico del juego y que ha sido objeto de infinidad de análisis, todos coincidentes en la enorme valía de un estudio sobre normas, reglas y estrategias que aún están plenamente vigentes.

Azulejo en la fachada de la casa del clérigo

Una singularidad de este juego, o deporte de mesa, como sería mejor llamarle en función del tremendo esfuerzo mental que requiere una partida a cierto nivel, es que es prácticamente imposible que una partida se repita, salvo que se haga ex profeso, pues son tales las cantidades de variaciones que se pueden producir que un matemático, al parecer ocioso, se entretuvo en calcularlas, llegando a la conclusión que no podrá haber dos partidas iguales aunque todos los habitante de la Tierra jugaran día y noche, sin detenerse ni un momento y durante siglos.
Con todo el género humano jugando y moviendo una pieza cada segundo se necesitarían quinientos mil trillones de años para que se pudiesen dar todas las partidas posibles, sin repetir ninguna y siguiendo las reglas actuales del juego.
Curiosidades del juego de los escaques cuya invención se pierde en el tiempo y la historia, pero cuyas reglas para jugar, tal como hoy se conocen, son españolas y desde hace quinientos años.

sábado, 7 de septiembre de 2013

EL PODER DE LAS PALABRAS




Cuando en el bachillerato de aquella época que empieza ya a ser remota, estudiábamos gramática, la estudiábamos de verdad. Conjugar verbos, declinar palabras, aprender las reglas de acentuación, las conjunciones, las preposiciones, el análisis sintáctico y el morfológico y la colocación de los signos ortográficos.
Era fácil con el punto, incluso con el punto y coma, pero la sencilla coma era de mucha más envergadura de lo que su modesta situación pudiera hacer pensar.
La coma separa las oraciones y permite descansar momentáneamente en la lectura de un texto que, sin estas pequeñas aliadas, terminaría por asfixiarnos; y las oraciones tenían (y siguen teniendo), los tres elementos indispensables: sujeto, verbo y predicado. El lugar de la coma lo podían ocupar las llamadas conjunciones copulativas que tenían esa virtud, la de unir dos oraciones sin la presencia del signo ortográfico.
Para aprender bien todo esto, la profesora que nos enseñaba a escribir con corrección, ponía un ejemplo que lo dejaba todo clarísimo. Era una frase en la que no colocaba ninguna coma y que según el lugar en el que la fuera poniendo, cambiaba diametralmente de sentido.
La frase era: “Perdón imposible que se cumpla la sentencia”.
Si la coma va detrás de perdón, el reo sale a la calle, pero si se coloca detrás de imposible, su destino es el trullo.
Una sencilla coma puede afectar a la vida de una persona de manera muy importante. Y es que las palabras tienen un tremendo poder alojados en ellas que sabiéndolo desentrañar, producen obras admirables de la literatura, agravios, alegrías y disgustos de consecuencias inimaginables.
“Por aquí no han pasado”, respondió un monje cuando el capitán de un  destacamento de caballería le preguntaba por una partida de forajidos que al parecer tenían buena protección en las iglesias y conventos de la zona. Y dijo aquella frase que se ha hecho célebre, mientras introducía sus manos en las mangas del hábito, un gesto y una actitud muy al uso de los frailes y monjes y que con la frase y el gesto, lo que quería decir es que por sus mangas no habían entrado, con lo que no quebrantaba su obligación de no mentir, pero tampoco contestaba con la verdad.
Hoy ya no hay frailes de hábitos talares, de capucha y cíngulo, pero de ellos han quedado anécdotas, frases como la anterior o historias como la siguiente.
De los primeros colectivos que adquirieron el vicio de fumar el tabaco que los indios americanos consumían de diversas formas, fueron los frailes. La explicación es muy sencilla porque en cada expedición, en cada aventura, el gobierno designaba a un número de religiosos que compartieran la jornada con la doble función, primero de dar fe, casi como notarios públicos, de las cosas ocurridas en el transcurso de la misión y en segundo lugar con el fin de ganar para el reino de los cielos, las almas de los nativos que era la excusa que se ponía siempre para ir a fastidiarles la vida a aquellos cándidos seres que vivían en su paraísos, sin injerencias de nadie que viniera a imponer sus costumbres, cambiar sus dioses, calzarse a sus mujeres, hacerles trabajar como mulos, o cortarles el pescuezo si no se comportaban como se les exigía.
Los religiosos, una vez entraban en contacto con los nuevos nativos, adoptaban farisaicamente las costumbres del lugar para hacerse ver como personas de talante y a través de los llamados “lenguas”, trataban de hacerse entender y contarles la fabulosa historia de la muerte y resurrección que tan bien aprendida tenían.
Por eso, si los indios fumaban sus “calumets”, con las aromáticas hojas del tabaco, ellos los imitaban y se ponían ciegos de chupar por las boquillas de las pipas, experimentando, primero, la borrachera del tabaco y segundo, su adicción.
La costumbre de fumar se tuvo por muy beneficiosa durante siglos, tan es así que hasta no hace mucho, se vendían cigarrillos especiales para asmáticos, o se esnifaba rapé para descongestionar las vías respiratorias. Por eso no es nada extraño que aquellos religiosos que estuvieron en jornadas, trajeran a sus conventos y abadías la costumbre bien vista de echarse un cigarrito de cuando en cuando y así, el hábito de fumar se extendió y mucho entre la clase religiosa.
Hoy es un disparate el fumar, además de un hábito perseguido por los impuestos, por los gobiernos, por la propia sociedad y, sobre todo, por los conversos, aquellos fumadores empedernidos que habiendo dejado el vicio, no soportan a nadie fumando a su alrededor.
Todo es malo, el fumar y el perseguir, pero sigamos con la historia. Como es bien sabido, el tabaco produce una tremenda adicción que es muy difícil de superar y es lo que hace que una y otra vez, los mejores planes de desintoxicación fracasen estrepitosamente, pues el fumador, además de la buena intención de dejar de fumar, no sabe cómo librarse de la necesidad de consumir que produce el tabaco.
Esa adicción, el “mono”, como ahora se le llamaría, hacía mella en los frailes y monjes adictos al tabaco, que al contrario de lo que se pueda pensar eran muchos y muy enganchados.



Recientemente he leído la última novela de Ildefonso Falcones, en donde se describe muy bien cómo los sacerdotes participaban incluso del contrabando del tabaco, además de ser ávidos consumidores de las labores artesanales que circulaban por España.
Pues bien, dejando sentado que no es ninguna invención que los religiosos estuvieran enganchado en el tabaco, las larguísimas sesiones de rezos que las distintas órdenes practicaban, producían en los abnegados frailes, una necesidad imperiosa de salir a echar un “caliqueño”.
Las deserciones del personal ponían de uñas a los abades y priores que hostigaban al clero sobre la necesidad de la oración ininterrumpida, sin que el personal le hiciera el menor caso.
Se cuenta, y esto no sé si será totalmente cierto que, siguiendo el trámite reglamentario, algunos responsables de las comunidades religiosas, se dirigieron a sus superiores y estos a su vez a los suyos, solicitando aclaración sobre un punto que consideraban caudal: ¿Se podía fumar mientras se practicaba el rezo?
La pregunta fue ascendiendo en el escalafón frailuno, o monjeril, hasta que llegó al responsable supremo que en algunos lugares se dice que fue el propio papa y en otros que la cosa quedó en algún cardenal, arzobispo o cargo similar.
La respuesta, que no se hizo esperar, además de un contundente “NO”, advertía de las desagradables consecuencias que dicha práctica acarrearía a toda persona de comunidad que se atreviese a fumar durante la oración.
El asunto estaba zanjado por la jerarquía eclesiástica, si bien el problema no se había solucionado. La tremenda adicción que produce el tabaco, hacía que los monjes salieran a las puertas de las capillas o de los oratorios para echar su cigarro y entrar luego a seguir orando, pero las diferentes órdenes religiosas acataron la autoridad superior y durante el rezo, fumar estaba totalmente proscrito.
Este problema se presentaba por igual en todas las órdenes, pero, indudablemente, había quienes creían más que otros en el poder de las palabras. Estos últimos fueron los jesuitas que siempre destacaron sobre el resto, hasta el extremo de que cuando no se expulsaba ni perseguía a ninguna orden desde la extinción del Temple, a ellos los expulsaron de todas las posesiones españolas. Pero ya que eran una orden diferente, con muchísima mejor preparación, se lo demostraron a sí mismos y al resto de comunidades religiosas y experimentaron con la misma pregunta, pero de diferente forma planteada: ¿Puede un religioso rezar mientras fuma?
¡Ahí te han cogido! Rezar es bueno en cualquier momento, incluso si se está fumando, por tanto nada malo hay en ello, fue la respuesta oficial de la curia.
Jesuitas al poder, porque ellos siguieron fumando mientras rezaban cuando las demás órdenes no podían hacerlo.
A lo que parece, las dos acciones, rezar y fumar, no son la misma cosa según el orden en el que se coloquen. Eso es lo mismo que decir que, con las palabras, el orden de los factores altera el resultado.
Queda entonces claro cómo se pueden plantear dos preguntas que diciendo lo mismo pero en diferente orden de palabras, se pueden obtener dos respuestas contradictorias; lo que hace falta es tener la suficiente inteligencia como para plantear las cosas de manera que la respuesta sea la que apetece escuchar.

¡Qué poder tienen las palabras!

sábado, 31 de agosto de 2013

LOS NÁUFRAGOS DE LA INVENCIBLE



Estos días he estado ojeando el libro de texto de Historia de España Moderna y Contemporánea que estudié en preuniversitario y leyendo el reinado de Felipe II, observé, no sin cierta sorpresa que pasa casi de puntillas por un acontecimiento tan importante como fue el desastre de la Armada Invencible.
Que en un libro de texto no se mencione nada más que de pasada un desastre naval de esas características me produjo extrañeza y me impulsó a profundizar un poco en el tema, no con ánimo de averiguar las causas de semejante olvido, sino de adquirir algunos conocimientos sobre este importante acontecimiento que allí no encontraba.
Para eso me fui a la página de la Academia de la Historia, donde hay colgados miles de artículos, documentos, estudios y demás publicaciones sobre cualquier acontecimiento histórico y después de mucho mirar, consultar y repasar, he podido sacar en claro algunas cosas que considero de interés.
Para muchos estudiosos de la historia, el desastroso final de la mal llamada Armada Invencible tuvo unas consecuencias que a día de hoy aún no están debidamente sopesadas, si bien, algunas de ellas sí que han sido estudiadas en profundidad. Quizás entre todas esas consecuencias quepa señalar que ese fue el punto de partida para romper la unidad de la Península Ibérica, que durante el reinado de Felipe II había conseguido unificarse en un solo reino, pero no menos desdeñable fue el hecho de perder España la hegemonía del mar y, sobre todo, permitir que pequeños países como Holanda y Dinamarca y no hablemos de Inglaterra o Francia, comenzaran a formarse como las potencias navales del futuro.
Pero veamos un poco cómo se desarrolló la empresa.
El primero que deslizó al oído del rey Felipe la posibilidad de invadir y conquistar Inglaterra fue don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz y magnífico militar y marino.
Felipe, que se había casado en segundas nupcias con María Tudor, hija de Enrique VIII, rey de Inglaterra y Catalina de Aragón, tenía a los ingleses bastante aversión, no en vano dos cuestiones importantísimas hurgaban en la herida de nuestro rey: una era la piratería inglesa y la otra el protestantismo.
Felipe era el rey más católico de Europa, tanto que se le ha tachado de fanático y odiaba profundamente a los protestantes, por eso, cuando vio la posibilidad de invadir Inglaterra, derrocar a la reina Isabel I, hermanastra de su mujer y última reina de la dinastía Tudor y sentarse en el trono inglés, del que se consideraba legítimo heredero, no se lo pensó.
Bueno, sí se lo pensó, pues estuvo varios años devanándose los sesos sobre la forma de llevar a cabo la invasión.
Para mayor infortunio, el Marqués de Santa Cruz murió en Lisboa cuando hacía los preparativos de la escuadra y el rey se quedó de pronto sin sustituto para la empresa, pues a los magníficos marinos que entonces podrían haber dirigido la Armada, entre ellos su hermanastro Juan de Austria, héroe de Lepanto, o el almirante Andrea Doria, no quería darles el mando por temor a un excesivo encumbramiento. Por eso optó por un hombre fiel pero de escasos recursos, el Duque de Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán, al que nombró Capitán General de la Mar Océana, a pesar de que el duque se mareaba nada más subir a un barco.
El duque debía combinar la fuerza naval con la fuerza de tierra que mandaría Alejandro Farnesio, el cual, con veintisiete mil soldados pertenecientes a los famosos Tercios de Flandes, embarcaría más allá del estrecho de Dover, también conocido como Paso de Calais, la parte más estrecha del Canal de la Mancha y ya en territorio de Flandes.
La Armada zarpó de Lisboa el 20 de mayo de 1588 con 130 buques, todos ellos de los que solían emplearse para las comunicaciones y abastecimientos con el Nuevo Mundo, muy aptos para largos viajes, pero poco hábiles en las maniobras y en los aprovechamientos de viento, además de muy malos para enfrentarse a los temporales de los mares del norte de Europa. Por el contrario los buques ingleses eran más maniobreros y mucho más ágiles y veloces.
El plan contemplaba que esta fuerza de invasión desembarcaría en Margate, cerca de la desembocadura del Támesis y después de crear una cabeza de playa debidamente asegurada, se desembarcarían la artillería pesada, municiones, abastecimientos y tropas de reserva, con lo que se lanzaría un ataque contra Londres, mientras la flota controlaba el estuario del Támesis.
Cuando a su alteza imperial se le comentaban las dificultades de semejante operación, su católica majestad repetía como si de una jaculatoria se tratara: “Dios está con nosotros” y con esa invocación daba por zanjado el tema, no dejando lugar a ninguna duda sobre el resultado final, pues la divina intervención habría de inclinar la balanza del lado de los que defendían su fe.
Se comprende la complejidad de la operación en la que había que coordinar la actuación de dos ejércitos sin que hubiese posibilidad alguna de comunicación entre ellos y si a eso se le une la incertidumbre que el duque de Medina Sidonia transmitía a todos sus oficiales e incluso al propio rey en las cartas que le escribía, se comprende que la empresa estaba destinada al fracaso.
Pero no se trata aquí de describir los acontecimientos bélicos más allá de una somera explicación de cuáles eran las circunstancias que lo rodearon y la cuestión es que por falta de decisión estratégica, no se atacó a la flota inglesa, sino que éstos hostigaron a los navíos españoles y los dispersaron, haciendo imposible el desembarco previsto, además de que Farnesio no quiso unirse a la Armada hasta que el mar no estuviese despejado de enemigos.
En realidad las dos escuadras no llegaron a enfrentarse directamente pero los ingleses emplearon un sistema de desgaste que mermó la flota española a la que las tormentas que se desataron, hizo aún más vulnerable.
Así las cosas, los barcos españoles se plantearon regresar, pero el Estrecho de Dover estaba tomado, por lo que decidieron rodear la costa norte de las Islas Británicas en una arriesgada operación en la que los temporales continuaron batiendo a las naves españolas que fueron dejando, a lo largo de toda la costa, un sin fin de barcos naufragados y estrellados contra los arrecifes.
Ni Inglaterra ni España fueron conscientes de la realidad de lo sucedido sino hasta mucho tiempo después cuando empezaron a percatarse los primeros de que en Irlanda o en Escocia, numerosos náufragos habían llegado hasta las costas y eran perseguidos por los soldados y demás autoridades locales y en nuestro país, cuando empezaron a llegar algunos barcos maltrechos, pero aún flotando y en el recuento se supo que se habían perdido un centenar de ellos.
La costa de Irlanda se sembró de esqueletos de buques y de náufragos perdidos entre las breñas y gracias a uno de ellos, se tuvo noticias en España de lo que realmente había ocurrido.

Mapa del recorrido



Este náufrago singular se llamaba Juan de Cuéllar y era el capitán del galeón por nombre San Pedro que el cuatro de octubre del año siguiente, escribió desde Amberes una carta al rey Felipe II que se conserva en la Academia de la Historia.
En dicha carta cuenta que su galeón, maltrecho por los fuertes temporales, era inhábil para la navegación, por lo que decidió fondearlo a poca distancia de la costa, pero el fuerte temporal rompió las anclas y lo lanzó contra los arrecifes, destrozándolo por completo.
Fue Cuéllar uno de los pocos que se salvó del naufragio, consiguiendo ganar la playa y ocultarse entre las breñas y en los bosques cercanos, pasando frío, hambre y penalidades de todo tipo, si bien consiguió esconderse de los soldados que masacraban a cuantos náufragos llegaban a las playas.
Al contrario de lo que pudiera parecer, encontró apoyo en el pueblo irlandés, enemigo tradicional de los ingleses, y con otros ocho españoles llegaron a combatir, junto a los irlandeses, contra los invasores ingleses.
La carta de Cuéllar es muy interesante porque relata con detalle todas las vicisitudes de la escuadra española que no se conocieron hasta que este documento  se hizo público y asimismo detalla las peripecias de los náufragos hasta que por mediación de un obispo irlandés, consiguieron embarcar rumbo a Escocia y posteriormente a Flandes, donde fueron rescatados por las tropas de Alejandro Farnesio.
Los detalles que Cuéllar describe en su carta han sido estudiado por historiadores españoles e ingleses, habiéndose podido determinar con toda precisión el lugar exacto en que su galeón naufragó, así como se han identificado a todas las personas que participaron activamente en proteger a los desvalidos náufragos.

La misma historia de Cuéllar se repitió, con más o menos fortuna en otros cien naufragios, donde los temporales y el desconocimiento de las costas, amparados por la prepotencia del rey, su carácter mezquino y su fanatismo religioso, consiguieron lo que la flota inglesa no logró.