viernes, 22 de agosto de 2014

LA CULIANCHA




Hace unos años, cuando la efervescencia de una determinada inclinación a borrar todo lo que oliera al régimen anterior azotaba España, en el ayuntamiento de Bailén, a lo largo de un pleno, un concejal propuso quitar el nombre a una calle porque le traía malos recuerdos del reciente pasado.
La calle se llamaba, y se sigue llamando, 19 de Julio, pero no hace referencia a 1936, día siguiente al del alzamiento militar contra el gobierno de la república y que a aquel gárrulo concejal levantaba ampollas, sino al año 1808, fecha gloriosa en la historia de España en la que los ejércitos de Napoleón dejaron de ser invencibles a manos de un ejército muy inferior, pero con mucha más estrategia y afán de victoria.
Y es que en esa fecha se dio la famosa batalla de Bailén, en la que el General Castaños, venció a las muy superiores tropas francesas del general Dupont, que aun contando con menos soldados, estaban muchísimo mejor pertrechadas y entrenadas, ya que era un ejercito moderno y completamente profesional, veterano y bien pagado, frente a unas tropas formadas en sus dos terceras partes por restos de regimientos aglutinados: Regimiento de voluntarios de Madrid, de Infantería Mallorca, Ingenieros, Cuerpo de Fusileros, Milicias provinciales, regimiento de Dragones, Infantería Ligera de Barcelona, Húsares, Granaderos, todo ello con un tercio de civiles y guerrilleros, sin instrucción militar.
La batalla de Bailén se ha convertido en todo un mito que junto con la victoria de Los Arapiles y el asedio de Cádiz, son los tres más representativos de la larga contienda contra los invasores franceses.
Varias fueron las circunstancias que se aliaron a favor de las tropas españolas, sin dejar de lado que el valor y el coraje demostrado por nuestro ejército, jugó también un papel muy importante.
Pero fue quizás la climatología el principal aliado de nuestros soldados que junto con el coraje, inclinaron la balanza a favor. Y es que contra el calor es muy difícil combatir y su principal consecuencia, la sed, produce una situación anímica y física contra la que no se puede luchar si no es bebiendo agua.
Todos sabemos dónde se encuentra Bailén, pues ha sido, desde tiempo inmemorial, lugar de paso obligado en las rutas que comunican el norte con el sur de la Península y que atraviesan el paso de Despeñaperros, por la que todos los andaluces hemos pasado.
Es aquella una tierra llana y seca, donde el calor del verano aprieta con ganas de asfixiarte y del que no hay defensa posible, salvo en los tiempos modernos, con el aire acondicionado.
El verano de 1808 fue muy caluroso y aunque los españoles estaban más acostumbrados a la canícula, ésta, causaba estragos en las filas del general Castaños, que era el comandante en jefe de aquel ejército que se formó a la carrera.
Para tratar de dar siquiera un destello de formación militar, los muchos voluntarios que acudían a enrolarse en aquel ejército, eran sometidos a durísimas jornadas de entrenamiento, con una temperatura superior a los cuarenta grados y vestidos con la uniformidad adecuada.
Las tropas francesas estaban al mando del general Dupont, un experimentado y brillante general que había recibido órdenes de dirigirse hacia Cádiz, en donde la escuadra francesa del almirante Rosilly estaba bloqueada, liberar la escuadra y hacerla operativa, a la vez que se tomaba Cádiz, considerada llave del Mediterráneo por los asesores militares de Napoleón.
Tras esa campaña, que a todas luces se suponía un paseo militar, a Dupont le esperaba el ascenso a mariscal, el más alto grado del ejército francés.
Con esa misión, el veintitrés de mayo salió Dupont de Toledo hacia el sur, cruzando Despeñaperros, pero al llegar muy cerca de Córdoba, concretamente a la localidad de Alcolea, se encontró con una sorpresa y es que el gobierno de España, en ese momento instalado en Sevilla, había declarado la guerra a Francia y un contingente de unos tres mil soldados, pretendían impedir el paso de las tropas francesas hacia Cádiz.
Como es natural, las tropas españolas fueron arrasadas por los franceses que, furiosos por el retraso que le había supuesto aquella batalla, entraron en Córdoba donde durante tres días se dedicaron a saquear la ciudad y a violar y asesinar brutalmente a sus habitantes.
Con esta pérdida de tiempo, cuando llegaron a Cádiz no pudieron liberar la escuadra francesa, pues desde La Isla de León se habían cortado todas las comunicaciones por tierra y ya se habían preparado para resistir el asedio francés. Como todos sabemos, las dos ciudades resistieron sin claudicar hasta el fin de la guerra.
En ese momento, el General Castaños comprende que si es capaz, con su ejército, de cortar las comunicaciones y los abastecimientos con el sur, los ejércitos franceses tendrán muy difícil su situación, por lo que prepara a sus soldados para combatirlos, mientras que las partidas de guerrilleros hacen su labor de zapa incordiando cuanto pueden a las tropas y los convoyes franceses.
En vista del peligro que se les presenta por la retaguardia, Dupont retrocede con parte de su ejército, un cuerpo de más de veintitrés mil hombres de infantería y caballería y pensando, quizás, que el enfrentamiento sería un juego, como lo había sido la batalla de Alcolea, se encuentra con Castaños muy cerca de Bailén.
Con cuarenta y cinco grados a la sombra, el día 18, víspera de la batalla, había sido una jornada de verdadero fuego, pero lo había sido mucho más para los franceses, porque el suministro de agua no había sido debidamente planteado y el preciado líquido escaseaba, mientras que el ejército español, apoyado por los vecinos de Bailén y otras localidades cercanas, formaron una verdadera red de suministro de agua en la que participaban los mayores, las mujeres y los niños y todos aquellos que no podían empuñar un fusil o esgrimir un sable.
Los franceses recibieron de Porcuna, una reata de veinte mulas cargadas con cántaros de agua como único suministro.
Y aquí es cuando entra en la historia María “La Culiancha”, así llamada por lo que cualquiera se puede imaginar.
María Bellido Sánchez, “La Culiancha”, había nacido en Porcuna, cuarta hija de un matrimonio que tuvo nueve descendientes; se casó con un alfarero de Bailén llamado Luís Cobo de la Muela que se desplazaba por los pueblos de aquella zona vendiendo sus cántaros, lebrillos, botijos y otros objetos de barro que desde siempre, han tenido muchísima producción en la ciudad, a la que María se trasladó.
Cuando se preparaba la batalla, el general Castaños sabía que quien tuviese el agua, ganaría al final y así, se preocupó mucho en cuidar que pozos, norias, acequias y cuantas conducciones de agua de la zona pudieran servir para mitigar la sed y los calores, estuviesen perfectamente operativas.
Uno de esos pozos estaba en una hacienda muy próxima al río Rumblar, sobre el que se celebró gran parte de la batalla y que era propiedad del marido de “La Culiancha”, que en ese momento tenía sesenta y cinco años, la cual organizó a un grupo de mujeres a las que su esposo abasteció de cántaros con los que transportar el agua.
Cuando más apretaba el calor y más apretaban los franceses en un último esfuerzo por vencer, María, se dirigió con un cántaro hasta la tienda donde se encontraba el general Reding, segundo en el mando de Castaños, al que fue a ofrecerle un poco de agua.
En ese momento, una bala francesa, o quizás española, porque en aquellos momentos cada uno disparaba hacia donde podía, rompió el cántaro que María portaba, rompiéndose y cayendo al suelo, de donde, sin inmutarse apenas, María recogió un trozo que aún conservaba algo de agua y se lo ofreció al general, advirtiéndole que al momento regresaría con otro cántaro, cosa que hizo pocos minutos después.
Sorprendido de la sangre fría que aquella anciana mujer demostraba, el general Reding prometió recompensarla, cosa que se hizo, tiempo después, en la persona de una sobrina, pues María Bellido falleció a los pocos meses de la batalla, concretamente entre el siete y el ocho de marzo del año siguiente.
De todos los héroes de aquel día, es “La Culiancha” la única persona que tiene un monumento conmemorativo y no solamente eso es lo que la destaca del resto, es que la ciudad de Bailén decidió incorporar un cántaro agujereado por una bala al escudo de la ciudad.


Monumento a María Bellido y escudo de la ciudad de Bailén

Lamentablemente a la victoria de Bailén siguió una pésima negociación española, permitiendo a los más de dieciocho mil prisioneros franceses que se marchasen, algunos incluso con el botín de guerra que portaban.
A propósito del héroe de esta batalla, el general Castaño, se cuentan por César Vidal, dos anécdotas dignas de resaltar y que confirman su buen sentido del humor.
La primera es que tras la victoria, el general Dupont, con toda solemnidad y en señal de rendición, le entregó su sable diciéndole que era vencedor en cien batallas, a lo que Castaños le contestó escuetamente: Pues ésta es la primera que gano yo.
La segunda y de más calado es que, terminada la guerra, fue citado por el rey para comunicarle su agradecimiento, en una mañana del frío mes de enero madrileño. Castaño se presentó vestido con la uniformidad de verano y el monarca le preguntó cómo es que con el frío que hacía aquel invierno, iba vestido con aquellas ropas tan ligeras, a lo que Castaño, con ironía le contestó: ¿Invierno? ¡Pues ya ve, su majestad, aún no he cobrado la paga de julio!


jueves, 14 de agosto de 2014

¿QUIEN ERA EL ZORRO?




A los de mi generación se les plantearía una enorme duda: ¿Te refieres a Pepe Iglesias, aquel argentino que silbaba como nadie, creaba personajes cómicos y se presentaba con la cancioncilla de yo soy el Zorro, Zorro, Zorrito, para mayores y pequeñitos…? ¿O es aquel otro, vestido todo de negro, con capa, polainas, antifaz y pañuelo tipo corsario y sombrero de ala ancha?
¡Claro, es a este segundo! El personaje que la literatura, el cine y los comics han popularizado hasta la saciedad y que desde Douglas Fairbanks, hasta Antonio Banderas, han protagonizado diferentes actores.
Pero, ¿cómo nació el mito de este enigmático personaje? ¿Existió de verdad?
La cosa no está muy clara respecto a si es un personaje totalmente literario, como tantos y tantos héroes de ficción, o si su creador tuvo inspiración en un personaje real; parece que los que han profundizado en el tema se inclinan más por esta segunda opción.
De ser así, el personaje en el que se inspira la historia vivió en el siglo XVII. Era este un joven llamado William Lamport que había nacido en Irlanda, en el seno de una familia católica de clase alta pero venida muy a menos, lo que hizo que el joven William, después de algunos años de estudio en Londres, tuviera que buscarse la vida como buenamente pudiera y lo hizo primero como corsario y luego como soldado de fortuna.

         William Lamport, pintado por Rubens

Hastiado de su vida en el corso, no se sabe muy bien en qué fecha, recaló en España, parece ser que por Bilbao, si bien estuvo deambulando por toda la cornisa cantábrica hasta llegar a Galicia, concretamente a La Coruña, en donde su pelo, completamente rojo que le daba un aspecto extraño, su calidad de extranjero, su cultura y conocimiento de idiomas y sus modales y condición de aristócrata, le abrieron algunas puertas, entre ellas las de la casa del Marqués de Mancera, don Pedro Álvarez de Toledo que lo becó para que estudiara con alguna orden religiosa española, dada su condición de católico y de hombre culto.
Pero no era en el campo del estudio donde el joven William se encontraba más a gusto y muy pronto se enroló, a las órdenes del Conde Duque de Olivares, en los famosos Tercios que partían a la guerra contra Francia.
Allí,  el valido del rey Felipe IV se fijó en él como una persona de marcado aspecto exótico, que hablaba varios idiomas, era culto y de refinados modales y se desenvolvía tan bien sobre el campo de batalla como sobe las mullidas alfombras de los salones de palacio y entonces pensó que lo podría utilizar como espía a su servicio, pues nadie pensaría en aquel pelirrojo como una persona al servicio de España.
Entonces William Lamport cambió su nombre y empezó a llamarse Guillén Lombardo, nombre con el que llegaría a ser muy conocido.
Las primeras impresiones del Conde Duque de Olivares eran que había encontrado un filón, con el que conseguiría deshacer todas las intrigas palaciegas que contra él se tejían, pues la habilidad de Guillen para captar informaciones no tenía rival, pero no contaba con un inconveniente muy importante y es que el pelirrojo era muy débil de las partes húmedas y por las mujeres perdía la cabeza y eso le ocurrió con una bella dama, casada, de alta alcurnia, con la que protagonizó un ardoroso romance, fruto del cual se puso en boca de toda la alta sociedad que no vio con buenos ojos, la intromisión de aquel apuesto y desconocido extranjero en sus círculos más íntimos.
Con gran pesar de su mentor, el de Olivares, a Guillén le cabían solamente dos opciones: la cárcel o el exilio.
Como quiera que el irlandés ya había proporcionado importantes servicios al Conde Duque, éste consiguió que se le permitiera exiliarse en la Nueva España, el virreinato de Centro América, en donde el virrey, marqués de Villena, era un personaje del que en España se fiaban muy poco.
Con las credenciales que Guillén portaba, fue rápidamente admitido en todos los círculos de Méjico, la capital del virreinato, en donde muy pronto adquirió importantes conocimientos sobre las actividades del virrey y de otros personajes, que plasmaba en informes que periódicamente remitía al de Olivares.
Pero nuevamente las mujeres jugaron una mala pasada a Lombardo, cuando se engolfó con una dama de la nobleza, protagonizando nuevamente algún que otro escándalo.
Para ese momento, el marqués de Villena ya tenía algunas sospechas acerca de las actividades secretas del irlandés y con el fin de quitárselo de encima y cortar la cadena de comunicación con el Conde Duque de Olivares, fue a la Inquisición con la historia de que  Lombardo se dedicaba a la astrología, haciendo horóscopos a las damas de alcurnia, con lo que se introducía muy hábilmente en sus intimidades, además de que tomaba sustancias estupefacientes como la mescalina que para los indígenas americanos tenía una larga tradición de uso, tanto en ceremonias rituales como en el oscuro campo de la medicina, pero que para los españoles solamente tenía la vertiente estupefaciente.
Inflexible con las debilidades de los demás, la Santa Inquisición encerró a Lombardo en una mazmorra en donde lo tuvo preso por espacio de diez años, al cabo de los cuales consiguió fugarse, sin que se sepa demasiado bien qué ingredientes tuvo aquella fuga, tras la cual, Lombardo se vio obligado a vivir en la más absoluta clandestinidad, oculto permanentemente y sin otra finalidad en su vida que la de distribuir pasquines contra la inquisición, denunciando sus abusos y procurando entorpecerla cuando y como podía.
En esa época es cuando se le empezó a conocer como “El Zorro”, un personaje enigmático que aparecía enmascarado y que colgaba carteles acusando a la Inquisición, en la misma puerta de sus tribunales o en los edificios oficiales, demostrando una osadía poco común. Otra de sus actividades era la protección de los débiles frente a los poderosos, atacando siempre al virrey y a la Iglesia y posicionándose frente a la injusticia.
Quizás si hubiese cambiado sus actitudes, podría haber vivido una larga vida en libertad, pero Lombardo, ahora “El Zorro”, seguía sintiendo aquella innata inclinación hacia las damas y no podía vivir sin seducirlas.
Y en una de esas seducciones fue capturado nuevamente, cuando estaba viviendo un tórrido romance con la esposa de otro noble, el marqués de Cadereyta, que más tarde sería el primer virrey criollo, es decir, español nacido en el Nuevo Mundo.
En esta ocasión ya no le iba a resultar fácil a Lombardo eludir la acción de la “justicia inquisitorial” y tras siete años de proceso, fue condenado a la hoguera en la que murió, dicen que consiguiendo ahorcarse con las cuerdas que le sujetaban para acortar el sufrimiento, antes de que las llamas llegasen a él.
Murió la persona, pero se había creado un personaje de hondo calado en el pueblo y como quiera que casi toda su actividad en los últimos años había sido la de su frontal oposición y ataque a la Inquisición, después de la independencia de Méjico, la masonería, que jugó un papel capital en el proceso independentista, se apropió del personaje de “El Zorro”, como símbolo de la lucha contra la Iglesia y contra España.
Quiso la fortuna que un masón, Vicente Riva Palacio, general, político, escritor y participante en el proceso independentista, conocedor de la historia, por haber tenido acceso a toda la documentación de la Inquisición, escribió una novela sobre el personaje, titulada Memorias de un impostor, don Guillén de Lampart, rey de México, que no resultó ser muy conocida y en la que relataba parte de los hechos acreditados de “El Zorro”, e inventaba otros muchos, para dar mayor realce a la historia.
Se da la circunstancia de que este general era hijo del abogado que defendió al emperador Maximiliano I en el juicio cuando fue depuesto por Benito Juárez, con lo que puede tenerse una idea de lo importante que era su familia en el recién nacido país.
Sin embargo, aquella novela no tuvo éxito, pero años después llegó a las manos de otro escritor, esta vez norteamericano, llamado Johnston McCulley, también masón, que empezó a escribir sobre aquel personaje que había encontrado en el libro de su correligionario y fue el que verdaderamente creó la figura del buen bandido, espadachín y escurridizo que traía en jaque a las autoridades mejicanas.
La primera aparición del personaje “El Zorro” fue en 1919 en La maldición de Capistrano, un cuento de McCulley publicado en la revista All-Story Weekly, con tanta aceptación que se tradujo a más de veinte idiomas y fue leída en el mundo entero.
Se hizo tan popular el personaje que Douglas Fairbanks, otro masón, actor de fama en el incipiente Hollywood, quiso ser el protagonista del personaje en la pantalla y la historia fue llevada al cine con notable éxito.
Años más tarde, Tyrone Power, volvió a representarlo y últimamente lo ha hecho Antonio Banderas.



Fairbanks, Power y Banderas en el personaje de “El Zorro”

¿Realidad o ficción? Poco importa porque el personaje, como ya lo hiciera Robín Hood o la Pimpinela escarlata, era un redentor de pobres frente a los abusos de los ricos, las instituciones, los nobles o el Terror, historia que prende con mucha facilidad en todas las clases sociales y que casi garantiza un éxito.

Tampoco importa que “El Zorro” sea Guillén Lombardo o cualquier otra persona, lo que importa son las maravillosas horas de cine y lecturas que nos hizo pasar en nuestra juventud.

jueves, 7 de agosto de 2014

EL MISTERIO DE JUSTO ARMAS




Lo de la emancipación de las Colonias españolas es tema de difícil comprensión.
Que fueran precisamente españoles, o descendientes de españoles los que pusieran su vida en juego por emanciparse de España, para caer en barrizales mucho peores, es tan inaudito que yo diría que salvo a los españoles, a otro pueblo no le podría suceder.
San Martín, el libertador de Argentina, Paraguay, Chile, Peru…, era militar español e hijo de militar español {ver mis artículos “La cobardía del libertador” ( http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-cobardia-del-libertador.html) y “La otra historia del Libertador”(http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-otra-historia-del-libertador.html)}.
La familia de Simón Bolívar, libertador de Venezuela, Colombia, Bolivia, Panamá…, procedía del País Vasco y el cura Hidalgo, artífice de la independencia de Méjico (Ver mi artículo “El grito de Dolores”, (http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-grito-de-dolores.html), era hijo de un administrador real al servicio de España.
¡Qué razón tenía el conde de Aranda cuando le proponía a Carlos III deshacerse de los territorios americanos! Seguro que nos hubiese ido mucho mejor si el monarca absolutista le hubiese hecho caso, porque lo que vino y de manos de quienes vino, es lamentable.
Pero es mucho más lamentable cuando luego suceden cosas como las que voy a referir en este artículo y de las que, tristemente, estamos poco informados.
Este caso ocurrió con la independencia de Méjico, de la que quisieron sacar tajada todos los países europeos y los propios Estados Unidos, ante la pasividad de los mejicanos que se despojaban de un yugo para caer en otro.
Cuando Méjico alcanza la independencia en 1821, no se constituye en república, ni en otra forma de gobierno moderna, se convierte en Imperio Mejicano y da la corona del mismo a Agustín Iturbide, un militar al servicio de España (Ejército Realista, se llamaba). Naturalmente que el pueblo se levantó de nuevo y lo depuso. Terminó fusilado, una forma de acabar con la gente molesta que luego se convertiría en costumbre y seguidamente cambiaron el imperio por república.
Tras muchas vicisitudes y apoyado por los Estados Unidos y, sobre todo, por la masonería, accede al poder el general Santa Anna, que llegó a ser presidente de la república en once ocasiones y que al final, volvió a sus orígenes y fue el artífice para convertir al país nuevamente en Imperio de Méjico y ahora sentando en el trono a un personaje de sangre real, que encontró en el archiduque Maximiliano de Habsburgo, hermano del emperador austro-húngaro, Francisco José I, al que claramente apoyaba Francia.
¡Vaya cosa más rocambolesca! Salir del dominio español, para entregar el país a una de las familias reales más antiguas de Europa y a un país colonizador como Francia.
Y aquí empieza realmente la trama de este artículo.
Maximiliano gobierna a disgusto de todos, desde 1863 hasta 1867, cuando al perder el apoyo de los franceses, es depuesto por los liberales de Benito Juárez, que se proclama presidente de la nueva república.
Como muchos de los integrantes de las familias reales europeas, Maximiliano era masón, cosa que compartía con el que era su opositor, el liberal y sedicioso Juárez que ocupaba un alto grado dentro de la secreta orden que observa reglas muy estrictas, una de las cuales es que entre correligionarios no se pueden atacar y mucho menos matarse.
Pero según cuenta la historia oficial, Maximiliano I, depuesto del trono, fue fusilado en el Cerro de las Campanas, cerca de Querétaro, el 19 de junio de 1867.
Poco tiempo después, un enigmático personaje apareció en San Salvador, la capital de la República de El Salvador.
Un individuo desconocido, de magnífica presencia y modales distinguidos, que hablaba varios idiomas y mostraba una cultura fuera de lo común.
Pronto enraizó en la alta burguesía local y se dedicó a asesorar a magnates y políticos, a educar en modales y urbanidad a los jóvenes de buena familia salvadoreños y a un negocio mucho más mundano, como era organizar convites y reuniones solemnes y a alquilar vajillas, cuberterías y cristalerías para grandes eventos, pues poseía un inagotable almacén de estos productos.
La nota más característica de este individuo es que a pesar de vestir siempre impecablemente, también, siempre, iba sin calzado.
Como es lógico, esa circunstancia causaba sorpresa a todas las personas que del desconocido solamente obtenían una respuesta bastante ambigua y era que tiempo atrás, había prometido a la Virgen que si salía de un mal trago en el que andaba metido, iría siempre sin zapatos.
Este personaje singular decía llamarse Justo Armas y ser el único superviviente de un naufragio, del que nadie tenía noticias. Desde que llegó al país, fue acogido por la poderosa familia de Gregorio Arbizú, un destacado masón y en aquel momento vicepresidente del país que no dudó en presentar a Justo Armas como correligionario, en los cerrados y secretos círculos masónicos.
El misterioso personaje fue pronto totalmente aceptado por la alta sociedad salvadoreña, entre la que murió, en 1936, a la edad de 104 años.
El asunto habría pasado desapercibido de no ser por un curioso arquitecto llamado Rolando Deneke, al que su abuela le hablaba del misterioso don Justo, al que había conocido por relatos de su madre, que le conocía personalmente y decía de él que había sido emperador de México y que siempre iba descalzo porque así se lo juró a la Virgen si lo salvaba de la muerte frente al pelotón de fusilamiento.
Deneke, ya en su mayoría de edad, no olvidaba aquellas historias y un buen día decidió dedicarse a investigar a fondo todo aquel asunto, habiendo llegado a algunas e interesantes conclusiones.
El primer detalle es el ya resaltado de que Benito Juárez y Maximiliano eran hermanos masones, lo que significa que Juárez no podía matarlo, ni ser responsable de su muerte, por lo que según Deneke, la única opción que tenía era matar al emperador y salvar al hombre.
Siempre siguiendo a Daneke, el fusilamiento de Maximiliano ocurrió en circunstancias irregulares. Solamente una veintena de persona asistieron al mismo, las cuales fueron mantenidas a gran distancia del lugar en el que, el pelotón de fusilamiento, un grupo de campesinos, que nunca habían visto al emperador se enfrentaban a las tres personas que habían de ejecutarse en el mismo acto, que eran el emperador y sus dos generales Miramón y Mejías. 
Hay  una cosa que le resulta curiosa a Daneke y es que a pesar del auge que la fotografía había tomado ya en aquellos años, ni una sola instantánea del acto fue tomada y el único recuerdo gráfico es un cuadro de Manet.
Esto no es cierto, pues parece que hay algunas fotografías, de muy mala calidad, pero testigos mudo del momento, mientras que el cuadro aludido es más una crítica al gobierno francés que un testimonio histórico, pues el pelotón de fusilamiento lo forman militares con el uniforme francés, caracterizados por el singular gorro llamado quepis, mientras el emperador luce un sombrero mejicano, en clara alusión de que a quien se agredía era al pueblo de Méjico, abandonado a su suerte.

El fusilamiento de Maximiliano I

La hipótesis es que Maximiliano fue sustituido por otra persona y a él se le dotó de una nueva identidad y un salvoconducto, con el que llegó a El Salvador.
Se basa esta teoría en que tras el fusilamiento, las potencias europeas exigieron el cuerpo, entrega que fue demorada durante más de siete meses y con distintos pretextos, que no eran otros que procurar que, a pesar del embalsamamiento al que habían sometido al cuerpo, la descomposición lo hiciese irreconocible, pero cuando los restos llegaron a Austria, fueron exhumados en presencia de la familia y la exclamación de su madre, la archiduquesa Sofía, fue inmediata: Este no es mi hijo.
El parecido entre el emperador y el señor Armas es incuestionable y un estudio antropológico realizado en Costa Rica, afirma la identidad de ambas personas. Posteriormente, y tras el fallecimiento de Armas, se obtuvo una prueba de ADN, que dio positivo al compararlo con parientes de Maximiliano.

Fotos que exhibe Deneke para mostrar el parecido

Otro estudio, esta vez grafológico, certificó que las letras de ambas personas eran idénticas y en una investigación sobre las cuberterías y vajillas que Armas tenía, en las que figuraban unas iniciales, se comprobó por la firma francesa “Christofle” que habían sido diseñadas por ellos exclusivamente para el emperador de Méjico.
Parece estar contrastado un dato muy importante y es que en plena Primera Guerra Mundial, embajadores austriacos se presentaron en El Salvador, para ofrecer a Justo Armas la corona del imperio austro-húngaro, dando por sentado que era el archiduque Maximiliano y ya que la salud de su hermano, el emperador Francisco José I, que carecía de descendencia porque su único hijo, Rodolfo, se había suicidado en Mayerling (ver mi primer artículo: Mayerling, un lugar de tragedia, http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/mayerling-un-lugar-de-tragedia.html), estaba en un momento de salud muy delicado. Armas habría declinado el ofrecimiento y nunca más volvió a tener contacto con su país.
Para Daneke, hasta el nombre adoptado por Maximiliano para marchar al exilio, tiene una justificación y según cuenta, tras la ejecución, el presidente Juárez había proclamado un edicto, una de cuyas frases entresaca el arquitecto y que anunciaba que el archiduque Maximiliano (no lo llama emperador) “había sido hecho justo por la armas”.
Una frase muy rebuscada para encajar el nombre adoptado por el depuesto emperador: “Justo Armas”.
Por supuesto que contra todas estas teorías hay revocaciones de quienes no creen nada más que lo que la historia ortodoxa cuenta, pero es bonito que la ortodoxia se salpique de enigmas que no la van a cambiar, pero la hacen más divertida.

viernes, 1 de agosto de 2014

CON VIENTO SOLANO




Verdad o mera leyenda, es lo cierto que varios escritores de la época, todos adornados de enorme prestigio, resaltaron en sus páginas esta historia que voy a contar y que seguro que muchos ya conocerán.
Pero antes de narrarla, es preciso desvelar las fuentes en las que he tomado, siquiera, el sorbo que me ha servido para vertebrar este artículo que no hace otra cosa que recoger lo que Fray Bartolomé de las Casas, López de Gómara y, sobre todo, el Inca Gracilaso, relataron.
La primera vez que tuve noticias de este hecho, fue precisamente leyendo Comentarios Reales, la famosa e ingente obra del Inca Garcilaso, que en su capítulo tercero del Libro Primero, trata de este tema que titula “Cómo se descubrió el Nuevo Mundo”.
El Inca, que fue el primer hombre culto de nacionalidad peruana (llamémosle así) por nacimiento, escribió que allá por el año mil cuatrocientos ochenta y cuatro u ochenta y cinco, es decir, siete u ocho años antes del descubrimiento del Nuevo Mundo, un avezado piloto de la villa de Huelva llamado Alonso Sánchez de Huelva, vivió una extraordinaria aventura.
Este piloto tenía un navío pequeño con  el que transportaba mercaderías desde la Península hasta las Islas Canarias, en las que descargaba y volvía a embarcar, esta vez, frutas y otros productos típicos de Las Afortunadas que trasladaba a la Isla de la Madera (Madeiras), en donde volvía a embarcar azúcar y conservas de pescado, con las que volvía a España en una triangulación que el piloto conocía a la perfección y de la que aprovechaba todos sus vientos para hacer el viaje rápido y beneficioso.
Pero quiso la desgracia que su último viaje fuese menos afortunado que los anteriores y cuando desde las Canarias se dirigía a Madeira, le cogió una fuerte tormenta con vientos solanos, llamados así porque proceden de donde el Sol sale y que soplan invariablemente desde el este, que le sorprendió en mitad de su travesía.
Viendo que era inútil luchar contra aquel desaforado temporal, optó por dejarse llevar por él y durante veintiocho o veintinueve días, se dejó arrastrar por los fuertes vientos, sin saber ni por dónde iba, ni dónde estaba, pues el cielo estaba tan cerrado que durante ese tiempo no divisaron ni el Sol ni la estrella Polar, que les sirviera para tomar altura y para orientarse.
Fueron días de una tremenda zozobra, pues el fuerte temporal impedía a los marineros comer y dormir, proporcionándoles por añadidura un gran trabajo en el achique de la embarcación y en la reparación de las cosas que el temporal iba averiando.
Pasados esos día, la tormenta se fue aplacando, cedió el viento y se calmó la mar, cuando milagrosamente se encontraron frente a una isla para ellos completamente desconocida.
No se sabe qué isla era aquella, aunque el Inca supone que era la llamada La Española, actual sede de la República Dominicana y de Haití, deducción a la que llega aplicando la lógica al considerar que dicha isla se halla al oeste de las Canarias, dirección hacia la que el viento les habría empujado.
Hoy sabemos que esa isla, la segunda más grande de todas las Antillas, se encuentra algo más al sur que las Canarias y que es una isla muy característica, pues tiene un pico montañoso con un poco más de tres mil metros de altura, lo que le da un aspecto muy singular en una zona en donde las islas se identifican por su escasa altitud. De cualquier forma se ignora si el piloto hizo una descripción de la isla, cosa que carece de importancia a los fines de esta historia.
Saltaron a tierra y el piloto tomó la altura del Sol, anotando todo con meticulosidad, desde que empezó la tormenta hasta que desembarcaron.
Hicieron luego agua y leña y volvieron en un viaje a ciegas, sin saber muy bien dónde estaban, nada más que su posición sobre el ecuador terrestre y desconociendo cualquier sistema de vientos que predominara en aquellas latitudes.
Es necesario considerar que desde que el vapor se incorpora a la navegación, los barcos pueden tomar el rumbo que deseen, pero en la navegación a vela se hace necesario conocer los regímenes de viento que imperan en cada latitud, para poder dirigirse a un lugar concreto. Por tanto, sin conocer con qué vientos se encontraría, la aventura de vuelta del piloto onubense fue muy meritoria. Optó por alejarse del ecuador, siguiendo una dirección noreste, esperando encontrar vientos favorables que no halló y que con los conocimientos de siglos después, casi se puede afirmar que su tornaviaje fue posible gracias a la corriente del Golfo.
Pero ese tornaviaje le llevó mucho más tiempo del que hubiera previsto. No encontró vientos de empopada que le habían alejado hasta allí y el agua, los víveres y demás bastimentos empezaron a escasear, lo que unido al mucho trabajo que tanto en la ida como en la vuelta estaban padeciendo, hizo que muchos de los diecisiete marineros que iban a bordo, empezaran a enfermar y luego a morir, de tal manera que cuando al cabo de muchos días avistaron una isla que resultó ser la llamada Terceira, del archipiélago de las Azores, solamente quedaban con vida cuatro marineros y el piloto.
Vivía por aquellos años en la misma isla, un genovés universal, por nombre Cristóbal Colón, ya en aquella época conocido como gran piloto, mareante y cosmógrafo, además de cartógrafo, el cual, enterado de la llegada de aquella nao y de la aventura que había corrido, se apresuró a recibir en su casa a los tripulantes que quedaban con vida, aunque tan escasos de fuerzas y tan diezmada su salud, que todos murieron en su casa, dejándole en herencia toda la documentación que concienzudamente había recopilado el piloto.
Nada pudo hacerse por sus vidas, pues ni una adecuada alimentación ni los cuidos especiales que Colón les prodigó, fueron suficientes para sacarlos del enorme deterioro que su salud presentaba y alguno que había llegado a la isla en estado de inconsciencia, ni capaz fue de recuperar la claridad.
Aquel tesoro en manos de Colón fue el decisivo acicate de su perseverancia en la tarea descubridora.
Ahora estaba seguro de que sus teorías eran ciertas, que se podía llegar a las Indias por occidente y que solo había que seguir una línea recta desde las Canarias hacia el poniente.
Para el Inca Garcilaso esta circunstancia fue el principio y el origen del descubrimiento del Nuevo Mundo, en el que la villa de Huelva, habría jugado el papel fundamental de ser el lugar del que partieron sus dos descubridores.
La tozudez que desde ese momento demuestra Colón, que se ofrece a cualquiera que le quiera escuchar y tenga medios suficientes para ponerlos a su disposición, es una buena muestra de la certeza que abrigaba y cuando, por fin, los Reyes Católicos ponen aquella mísera escuadra a su disposición, lo hacen convencidos de que el navegante sabe de qué está hablando, pues Colón, que guardaba celosamente la preciosa información que poseía, había dejado caer pequeñas gotas en oídos de personas de mucha autoridad y cercanas a los Reyes.
Indudablemente, Colón debía ser un hombre muy convincente, a quien su fama como mareante arropaba cuando, con una certeza que solamente se explica por la circunstancia ya descrita, casi certificaba que navegando hacia poniente se encontraban las Indias.
Que solamente tardara sesenta y ocho días desde que salió del puerto de Palos hasta que puso pies en tierras caribeñas, después de hacer aguada en La Gomera, “solamente se explica porque de la relación que Alonso Sánchez le había entregado, sabía perfectamente qué rumbo debía tomar, pues de otra forma, en un mar tan grande, era casi milagro haber ido allá en tan breve tiempo.”
Así termina el relato el Inca Garcilaso, no sin antes hacer mención a las otras personas que mucho menos a fondo que él, recogieron la historia.
Poco se ha hablado de este piloto y de su aventura, desafortunada para él, pero muy beneficiosa para Colón que, sin lugar a dudas, le debe a Alonso Sánchez, buena parte de su descubrimiento.

            
Estatua erigida en Huelva al marino Alonso Sánchez

viernes, 25 de julio de 2014

UN GUERRILLERO OLVIDADO





Una parte muy importante de la derrota de Napoleón en España se debió a la acción continuada de los llamados “guerrilleros”, partidas de hombres montaraces y aguerridos que desde el principio se emboscaron en los montes y sierras de la Península, haciendo la vida imposible a los “gabachos”, interceptando sus correos, apoderándose de sus suministros y abatiendo a todos los que se ponían a tiro.
El Empecinado, El cura Merino, Chaleco, El Campesino, Renovales, Franch i Estalella, El Barbudo, Espoz y Mina, El Charro, El Marquesito y bastantes más, de los que algunos pasaron desapercibidos y otros, sin causa aparente, fueron olvidados por la historia y que entre todos fueron los verdaderos héroes de la independencia.
Olvidado, como el guerrillero que hoy ocupa estas páginas, un hombre de ciencia que dejó todo, para coger el trabuco y lanzarse a la sierra, culminando su tarea con una memorable victoria militar sobre los franceses que la historia se ha resistido en reconocer.
Cuando Napoleón invadió la Península Ibérica, tenía concebida una idea fija que era la de apoderarse de Cádiz, ciudad que su asesor particular, el duque de Cadore, le recomendaba tomar para hacerse dueño del Mediterráneo.
Y fue, precisamente, Cádiz (y mi querida Isla de León) la única ciudad que las tropas de Napoleón no pudieron tomar y que por dos años se vio asediada y bombardeada insistentemente, si bien con la escasa efectividad que ya la coplilla ha resaltado suficientemente (Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones).
Desde las fortificaciones del Trocadero, cuyos restos se pueden contemplar cada vez que se cruza el emblemático puente sobre la bahía de Cádiz, las bombas apenas llegaban a las murallas de Puerta de Tierra, pues las únicas piezas de artillería capaces de alcanzar los tres y pico kilómetros que los separaban, eran los famosos morteros Grand y de esos, los franceses no tenían muchos, pero sobre todo no tenían munición para ser disparada.
Parece impensable que un ejército con el potencial militar del francés no estuviese bien pertrechado, pero así era y no por fallo logístico, sino por la labor que los guerrilleros hacían en la retaguardia.
Hasta doscientos soldados de infantería y caballería debían acompañar a cada convoy francés de suministros que cruzara los caminos de España y aún así, su éxito no quedaba asegurado.
Mientras, el asedio de Cádiz se prolongaba y uno y otro bando empezaron a tomarse las cosas por una parte, con el humor propio de los asediados y por la otra con la idea chauvinista de victoria del invasor.
Pero en esto ocurre que el duque de Wellington derrota estrepitosamente a los franceses en la batalla de Los Arapiles, celebrada en tierras de Salamanca tras haber tomado dicha ciudad y los franceses huyen despavoridos.
Esta victoria supone la posibilidad de que la Península pueda quedar dividida en dos zonas, norte y sur y que el ejército francés que se encuentra fundamentalmente en Andalucía, quede encerrado en una ratonera, sin posibilidad de suministros y con los caminos de escape cortados.
En vista de esa contingencia, se levanta el asedio de Cádiz, abandonando ingentes cantidades de material que puede entorpecer la retirada y las tropas de Napoleón se repliegan hacia el norte a la máxima velocidad posible.
Ya están pensando los franceses en evacuar Madrid y para no dejar títere con cabeza, llevarse todo lo que puedan para lo que disponen de todo un convoy como nunca se ha conocido.
Dicen que más de veinticinco mil carruajes de todo tipo y veinte mil soldados, también de distintas armas, se concentraron el diez de agosto de 1812, en Madrid, con una sola intención: llevarse todo lo que en ese inmenso número de carros les cupiera.
Y de hecho se lo llevaron. Todo lo que les cupo en los carros y lo que los soldados, ya en pleno saqueo, guardaron en sus morrales.
Conventos, iglesias, monasterios, edificios oficiales y todas las casas particulares que exhibían cierta prestancia, fueron saqueadas por los soldados franceses que se llevaron todo lo que se podía transportar y por supuesto, cuadros y otras obras de arte, bibliotecas enteras, ajuares, vestuarios y hasta los más impensables e innecesarios objetos.
El convoy se marchó con su carga pero la capital seguía en manos de los franceses y era preciso tomarla, liberarla de aquellas hordas saqueadoras que en los últimos momentos, sabiéndose ya derrotados se dedicaban exclusivamente al pillaje, el latrocinio y las violaciones.
Y el libertador de Madrid, no fue otro que el guerrillero olvidado de esta historia: “El Médico”.
Juan Palarea y Blanes nació en Murcia el 27 de diciembre de 1780, hijo de un comerciante de seda, que muy pronto destacó como buen estudiante y niño despierto. A temprana edad, ingresó en el seminario, donde permaneció varios años hasta que comprobó que su inicial vocación había desaparecido, decidiendo entonces estudiar medicina, cosa que hizo en Zaragoza.
Hay historiadores que dicen que no terminó la carrera, pero consta que en el año 1807 consiguió una plaza de médico oficial en la población toledana de Villaluenga de la Sagra. Es probable que no hubiese terminado sus estudios, aunque se le autorizase a ejercer la medicina, si bien en pequeños núcleos urbanos, como el que nos ocupa, cosa que parece era habitual en aquella época de escasez de galenos.


Juan Palarea y Blanes

Tras los incidentes del dos de mayo, Palarea decidió alzarse contra los invasores y fundó su propia guerrilla con los que, dicen, se llamaron a sí mismos, “Los catorce de la fama”, como aquellos conquistadores que se enfrentaron al mapuche Lautaro, en la conquista de Chile.
Pronto la guerrilla de “El Médico” comenzó a tener renombre, en base a las acciones llevadas a cabo contra los franceses y Palarea fue nombrado comandante de guerrilla y alférez de caballería, a la vez que su guerrilla recibió el nombre de  Séptima Partida de patriotas de Castilla.
Tras diversos golpes contra los invasores que lo encumbran, en 1810 alcanzó el grado de teniente coronel, cuando llegó a internarse en la Casa de Campo de Madrid, causando un gran revuelo entre las fuerzas ocupantes. Meses después, consiguió interceptar un convoy de trigo, que salvó del hambre a buena parte de la población española, hecho por el que se le concedió la Cruz de la Orden de San Fernando.
Cuando llegado el momento supremo, el enfrentamiento de las fuerzas anglo-hispano-portuguesas contra los franceses se hace ya evidente, “El Médico” se traslada con su partida hasta tierras salmantinas, ocupando la retaguardia francesa, en donde se dedican a interceptar todos los correos que pudieran recibir o enviar las tropas francesas, así como a atacar los convoyes de suministro, causando un grave daño en la intendencia y sobre todo, en las estrategias que los generales franceses tuvieran pensado emplear y que se transmitían por los correos que ellos interceptaban.
Realizada la labor de zapa y planteada ya la batalla, el guerrillero se puso al lado del duque de Wellington, junto al que combatió valerosamente y su intervención personal, así como la de su partida, en la batalla de Los Arapiles, supuso el reconocimiento por parte del duque de Wellington, el cual le regaló un sable de honor, que le había obsequiado el rey Jorge III, de Inglaterra.
Es fácil comprender que en una España poco cultivada intelectualmente, un hombre de estudios, como este guerrillero, tuviese una inmediata proyección política y tras Los Arapiles, fue nombrado gobernador militar de Toledo.
Ya con fuerzas regulares, a las que se sumaron las de su partida, “El Médico” fue el verdadero artífice de la liberación de Madrid, cuando aquellos veinticinco mil carros se llevaron a Francia todo lo que encontraron de valor. Con sus tropas entró en la ciudad y puso en fuga a lo que quedaba del ejército invasor.
En el año 1813 fue nombrado jefe del Regimiento de Húsares Numantinos y colaboró eficazmente en la retirada definitiva del ejército invasor francés.
Más tarde, durante el llamado Trienio Liberal, se opuso a las tropas francesas que apoyaban al rey Fernando VII y a pesar de su brillante palmarés como guerrillero, es posible que como militar profesional no fuese tan buen estratega y fue derrotado estrepitosamente en León y Oviedo y definitivamente en la batalla de Gallegos del Campo, cerca de Zamora, donde el general francés Bourque lo hizo prisionero.
En 1839 fue nombrado senador, pero lo suyo era la batalla con armas, no la dialéctica y nunca llegó a ejercer de parlamentario.
“El Médico” terminó sus días el 7 de marzo de 1842, sumido en la desgracia, preso en el penal de  Cartagena, acusado de haber participado en el levantamiento militar de 1841.

Sirvan estos modestos renglones para sacar del anonimato a un héroe nacional cuyo nombre debió figurar siempre junto a todos los héroes de la resistencia contra los franceses y al que la Historia se ha olvidado colocar en su lugar.

viernes, 18 de julio de 2014

PEDRO HISPANO





A veces resulta muy costoso encontrar un tema sobre el que desarrollar un artículo, pero en otras ocasiones parece que te encuentras un insignificante cabo, tiras de él y toda una madeja se ofrece como un escondido tesoro sobre el que escribir.
Este es el caso del artículo anterior en el que hablaba de un papa corrupto y fornicador que, no obstante, fue declarado santo. Abundando sobre el mismo tema que yo encuentro apasionante, me topé con una de esa perlas de la historia que han pasado completamente desapercibidas y que es interesante sacar a la luz.
Los de mi generación conocimos a un papa de lo más bondadoso que adoptó el nombre de Juan XXIII. Angelo Giuseppe Roncalli adoptó ese nombre de forma excepcional, porque ya en la Iglesia hubo un papa que lo llevó, con mucha anterioridad.
 Se trataba en realidad de Baldassare Cossa, un antipapa durante el Cisma de Occidente que duró desde 1378 hasta 1417; Cossa fue elegido pontífice, sin ser sacerdote, por los cardenales reunidos en Pisa. Poco después y a la resolución del Cisma por el concilio de Constanza, tras el que fue encarcelado y obligado a dejar su posición, se avino y dejó el papado, terminando sus días como cardenal y obedeciendo al papa Martín V, con el que concluyó la mencionada división de la Iglesia. Su nombre fue borrado de la lista oficial de papas, quedando libre de nuevo.
Para deshacer aquella irregularidad histórica, según la cual había habido un papa, que no fue papa y que se llamó Juan XXIII, Roncalli adoptó ese nombre y la cuestión quedó zanjada más de quinientos años después.

Juan XXIII, el papa bondadoso

Pero con el nombre de Juan, quizás con el que más papas hayan reinado, ha habido más de un incidente, aparte del relatado, y uno de ellos, y muy curioso, es el ocurrido con la persona que se conoce como Pedro Juliâo, papa numero 187 de la Iglesia católica que ocupó la silla de Pedro desde 1276 a 1277 con el nombre de Juan XXI.
Estamos en el último tercio del siglo XIII y la división en el seno de la Iglesia es total. La causa no puede ser más mundana, ni más estúpida y se podría explicar fácilmente diciendo que había dos corrientes: la de aquellos que considerándose hombres normales querían desarrollar su labor apostólica como hombres casados y padres de familia; y la de los fanáticos misóginos que no veían en el matrimonio más que fornicación, vicio y perversión.
Los primeros sostenían y con razón, que nada impuro había en el matrimonio y que por contra, el celibato forzado conducía a la perversión oculta, en sus más diversas formas, tanto naturales, como antinaturales.
Los segundos no tenían otra consigna que la de erradicar las relaciones sexuales dentro del clero, claro que solamente de cara al exterior, porque en lo que a las intimidades se refiere, eran extremadamente permisivos y pervertidos. Cada religioso podía hacer lo que quisiera con el sexo, siempre que fuera de puertas para dentro de su casa, su iglesia, su convento o su palacio.
“Qué malo hay en acariciar o penetrar a otra persona, es roce de dos pieles, como si frotaras una mano contra la otra”, llegó a ser una excusa para tener acceso carnal que más de un alto dignatario empleó.
Detrás de cada facción cardenalicia estaban las poderosas familias italianas y francesas que luchaban por colocar a uno de los suyos en la silla de Pedro, pero tras unos y otros, solo había corrupción.
Una serie de “investigadores” del papa Gregorio X descubrió que el obispo de Lieja tenía setenta concubinas y era padre de setenta y cinco hijos. Se llamaba Enrique de Luttlich y el papa Gregorio se vio obligado a convocar un concilio en Lyon, para destituirle, muy a su pesar, pues había sido su mentor y su jefe.
Este obispo prometía el perdón de la confesión únicamente cuando se pasaba por su cama, claro que eso era si la mujer, o el joven que solicitaba el perdón de sus pecados, era guapa, o apuesto.
Gregorio escribió una carta que no se conserva, pero aparece reflejada en escritos vaticanos en la que recrimina al obispo Enrique de incurrir en simonía, fornicaciones y otros crímenes y lo acusa de entregarse a la concupiscencia de la carne y que desde que es obispo ha tenido varios hijos e hijas y también el haber tomado como concubina a la abadesa de la Orden de San Benito y haber dicho, en un banquete que había tenido catorce hijos en menos de dos años (según el ensayista y profesor universitario Eric Frattini).
Deberías servir a Dios con la misma pasión con lo que te entregas a la lujuria, debió decirle el papa, para que se arrepintiese y pidiese perdón, pero el obispo no lo hizo, continuando con su vida como si tal cosa hasta que un noble flamenco, a cuya hija había dejado embarazada, lo apuñaló repetidamente en la cara, causándole tremendas heridas aunque parece que el obispo no murió de ese incidente.
En enero de 1276 fallecía Gregorio X que ha pasado a la historia por ser el papa que introdujo el cónclave (encerrado bajo llave) para elegir nuevo obispo de Roma.
Y tras su muerte, después de varios papas, llegó al solio un hombre de conveniencia. Los cardenales no lograban ponerse de acuerdo y pasando los días, sus raciones de alimento se les iban disminuyendo y empezaban a pasar hambre, tal como el anterior papa había dispuesto en la famosa encíclica “Ubi periculum” (Cuando haya peligro) que unida a la tensión sexual que alguno ya estuviera padeciendo, hizo que se decidieran por un portugués. El único papa portugués de la historia: Pedro Juliâo.
Juliâo era cardenal y médico eminentísimo, autor de uno de los mejores tratados de oftalmología de la época, a la vez que brillante y muy afamado profesor universitario.
Sobre su figura, como hombre, existe cierta controversia que lo colocan en el campo de lo enigmático. Porque conocido como Pedro Hispano, se le atribuye la autoría de un texto célebre llamado Tractatus, un manual de lógica que se utilizó en las universidades europeas hasta el siglo XVII y del que se hicieron miles de copias, lo que acredita su popularidad, hasta el extremo de que fue llamado por importantes universidades para impartir clases en sus aulas.
Al parecer, había nacido en Lisboa, hacia el año 1215, hijo de un prestigioso médico llamado Juliâo Rebelo. A temprana edad inició sus estudios en la escuela episcopal de la catedral de Lisboa, para trasladarse muy pronto a la universidad de París, donde estudió medicina, teología, lógica, física y otras materias que eran muy comunes en la época.
Sus primeros pasos en la docencia fueron en el campo de la medicina, en la universidad de Siena, lugar en el que se granjeó una bien merecida fama de hombre inteligente y estudioso y en donde escribió su obra sobre oftalmología que se titula Thesaurus pauperum que fue libro de texto en muchas universidades y escuelas de medicina.
En el año 1250 fue llamado para dirigir la universidad de Lisboa y la escuela catedralicia de dicha ciudad y en ese cometido se encontraba cuando fue requerido por el papa Gregorio X, aquel del que antes se habló, que se lo llevó a Viterbo, como médico de la curia romana.
No se sabe muy bien cuándo profesó como sacerdote, pues su carrera personal estuvo siempre supeditada a su condición de intelectual, médico y profesor universitario, pero se sabe que el papa, cuando lo llamó a Italia, a la vez que como médico, lo nombró obispo de Frascati, una ciudad cercana a Roma que en los últimos años había adquirido mucha importancia.
A la muerte de su benefactor, el papa Gregorio X, Juliâo permaneció en Italia y allí continuaba cuando años después murió el Papa Adriano V. Como cardenal, participó en el cónclave de Viterbo que habría de elegir al sucesor de Adriano y en el que, para sorpresa de muchos, fue elegido papa adoptando el nombre de Juan XXI.
Y aquí es donde radica la curiosidad de esta historia porque nunca hubo un papa Juan XX.

Grabado de Juan XXI, en donde dice “PP XX” Hispanus.

No se sabe por qué razón el lugar correspondiente a Juan XX quedó sin cubrir, pero así fue y Juliâo, portugués, médico, profesor universitario y muchas cosas más, nos dejó un enigma que será muy difícil de desentrañar, porque pensar, como han dicho algunos historiadores, en que se debió a un error del propio Juliâo al denominarse, es ser demasiado ingenuo, sabiendo cómo estaban las cosas en aquellos momentos. En el grabado de más arriba, Juan aparece con el ordinal XX y lo identifica de manera indiscutible al llamarlo “Hispanus”. ¿Por qué, entonces, consta en los anales como el XXI?
Muy influido por las ideas de corrupción de la época, trasladó la corte papal a Viterbo, donde se mandó construir una pequeña casa, anexa al palacio episcopal.
Rápidamente empezaron a correr rumores de que el papa mantenía relaciones con una joven perteneciente a una de las familias poderosas, pero nada se ha podido comprobar sobre tal extremo y quizás fuera un bulo para desacreditar su política de rectitud.
Hasta su muerte fue enigmática porque falleció al derrumbarse un muro de la modesta casa que se había mandado construir y cuando solamente llevaba ocho meses de pontificado.

viernes, 11 de julio de 2014

HOGUERA DEL INFIERNO





No es la primera vez que trato sobre la inmoralidad, la promiscuidad sexual, en la que muchos de los representantes de Jesucristo en la Tierra se han visto envueltos, pero es que hay casos en los que, sin querer ofender en ningún momento las creencias de los que tienen la fortuna de seguir una doctrina sin detenerse a analizar su contenido, no tengo más remedio que detenerme y exponerlo, a la vez que expreso mi más profunda sorpresa al comprobar que aún después de tanto escándalo, la doctrina siga existiendo, cuando lo normal es que se hubiera extinguido por la falta de ejemplo de sus más altas magistraturas.
Ya me imagino cual será la respuesta de alguno a los que antes me he referido, pero yo prefiero respuestas más acertadas, más cercanas a la vida real y no tan próximas a la entelequia.
Hasta muy avanzada la Edad Media era normal que los sacerdotes, vicarios, obispos, cardenales e incluso el papa, estuviesen casados, o tuviesen novias, amantes, queridas o como queramos llamarlas, tanto fijas como esporádicas.
Esta costumbre de tener a sus ministros debidamente sujetos en la esfera matrimonial que muchas otras religiones consideran como higiénica y beneficiosa para el clero, tenía una fuerte corriente de oposición dentro de la Santa Madre Iglesia Católica, que consideraba, no sé por qué razón, que Jesucristo había sido un soltero y que sus apóstoles renunciaron a su familia para seguirle.
Indudablemente que tras esta singular creencia se ocultaba la profunda misoginia de algunos de los llamados “Padres de la Iglesia” de los primeros tiempos que abjuraban del matrimonio y que llegaron a decir aquello de: “cosa impía e impura es el matrimonio”, sin considerar que gracias a esa institución estábamos todos aquí.
Pero, en fin, así estaban las cosas y de cuando en cuando, llegaba a la silla de Pedro un pontífice que se las prometía felices para arreglar la cosa de los amancebamientos y las barraganerías, además de prohibir totalmente los matrimonio.
El veintidós de abril de 1073 fue elegido papa uno de esos: Hildebrando de Soana, hombre influyente en la curia romana, pues había sido secretario de Gregorio VI, tesorero de León IX y el hombre más influyente en los papados de Nicolás II y Alejandro II, representando la corriente reformista que trataba de cambiar las costumbres morales del curato, entendiendo por morales solamente las referidas a la sexualidad.
Hildebrando adoptó el nombre de Gregorio VII y ¡oh!, casualidad, resultó que ni siquiera estaba ordenado como sacerdote, requisito imprescindible para ser papa. Por tanto no era cura y mucho menos obispo o cardenal.
Un mes más tarde era ordenado a toda prisa, así que la curia sentó en la silla de San Pedro a un laico.
Por supuesto que no había unidad de criterios en el colegio cardenalicio y una buena facción de los llamados príncipes de la Iglesia le censuraban que había alcanzado el pontificado mediante sobornos, artimañas de baja estofa y otras acciones a cual más censurable, por lo que le daban el apelativo de San Satanás.
Siglos más tarde, el propio Lutero, reformador de la Iglesia, lo definía con el calificativo que da título a este artículo: Hoguera del infierno.
No se puede negar que este Gregorio era un hombre de carácter, pues llegó a excomulgar al emperador del Sacro Imperio, Enrique IV, por el tema, que ya otras veces también he tratado, de las investiduras.
Exigió a reyes y príncipes que besaran sus pies, costumbre que ya existía pero sin exigencias y que se extiende desde entonces hasta que un papa que padecía úlceras sifilíticas en los pies, eximió a la humanidad de besárselos, a la vez que de soportar el hedor que desprendían.
Algunos historiadores eminentes estiman que este papa dictó personalmente el llamado “Dictatus Papae”. Una colección de prerrogativas papales nada desdeñables y a la que todos deberíamos echar un vistazo, aunque sea por la mera curiosidad de adentrarnos un poco en la mentalidad papal de la época.
Con su recio carácter, el papa Gregorio, pretendía imponer el celibato y proscribir el concubinato o el amancebamiento de cualquier clase dentro de la Iglesia, sin embargo él mantenía una relación amorosa con una de las mujeres más influyentes y poderosos de su época: Matilda de Canossa, condesa de Toscana, joven y bellísima esposa del hombre más poderoso de Italia, Godofredo el Jorobado y públicamente reconocida como la amante del papa.

Retrato de Matilda de Canossa

En el año 1075, el papa Gregorio proclamó la Ley del celibato sacerdotal “ad divinis” y destituyó a todos los curas casados, pero su lucha topó con una fuerte contestación, en Alemania, Francia e Inglaterra, aunque entre el populacho aquella directiva papal supuso levantar la veda contra los clérigos y en buena parte de Europa, de la que España no quedó libre, se desató una persecución a muerte que se llegó a cumplir, tan sacrílegamente, como que muchos sacerdotes murieron dentro de las iglesias, asaltadas por las turbas y en el pleno ejercicio de su ministerio. Nada mejor les ocurrió a las esposas de estos clérigos que fueron violadas y asesinadas y su hijos muertos en las mismas iglesias.
Muchos obispos y arzobispos protestaron por tan sangrientos sucesos, recriminando al papa que era capaz de prohibir castos matrimonios dentro de la Iglesia, cuando aprobaba el asesinato. Matar a un clérigo no era un crimen, pero lo era que estos amasen a sus esposas.
Muchas esposas consiguieron huir degradando sus vidas para poder subsistir hasta convertirse en prostitutas, ladronas o buscándose la vida de la mejor manera posible.
Pero aunque el populacho, que si le das la oportunidad de divertirse a costa de un cura o de su mujer, estará encantado en aprovecharla, veía con buenos ojos la política de austeridad que el papa quería imponer, las jerarquías eclesiásticas sabían que no podrían encontrar hombres castos con los que reemplazar a los buenos sacerdotes casados que se negaban a abandonar a sus esposas, pues lo que ocurrió es que mucho advenedizo entró a formar parte del clero con el voto de castidad, mientras oculta en su casa mantenía a su amante. Y así, bajo el liderazgo del obispo de Pavía, un buen número de prelados decidieron excomulgar al papa que había propiciado el libertinaje del clero en lugar de la moral del matrimonio. Los obispos rebeldes, reunidos en el concilio de Brixen, bellísima ciudad del Tirol austriaco, decidieron condenar al papa por el innoble divorcio entre matrimonios legítimos, acusándole además de herejía, magia, simonía y pacto con el diablo.
La Nochebuena del año 1075, mientras el papa Gregorio oficiaba en la iglesia de Santa María la Mayor, un grupo de hombres armados irrumpió por la fuerza en el templo, prendieron al papa y lo hicieron prisionero en una torre del castillo de la familia Cenci. Un grupo de sus adeptos, consiguió liberarlo pocos días después.
Francesco Fiorentini, historiador del siglo XIX, estima que fue Godofredo el Jorobado quien planeó el golpe contra el papa y no solamente por la cuestión sacra, sino también por el peso de los cuernos que cada vez le costaba más trabajo llevar.
El emperador del Sacro Imperio Germánico, Enrique IV y veintiséis obispos, se reunieron en Alemania para juzgar al papa, al que encontraron culpable de tres delitos, el más grave el de su concubinato con mujer casada, pero el papa no lo dudó, los excomulgó a todos y también excomulgó al emperador.
En aquellos tiempos, estar a mal con la Iglesia era una situación muy comprometida, así que Enrique IV decidió pedir perdón al papa, para lo que viajó hasta la fortaleza de Matilda Canossa, en donde se encontraba el papa con su amante, el cual se negó a recibirlo, obligándole a permanecer tres días a la intemperie y solo por la intervención de su amante, consintió recibirlo en ropas de penitente y con la cabeza cubierta de cenizas.

Enrique IV implorando el perdón del papa, ante Matilda de Canossa

Enrique se arrepintió y besó los pies del papa, pero su arrepentimiento duró poco y en 1080 invadió Roma, deponiendo al papa y colocando en el trono de Pedro a Clemente III, un antipapa. Gregorio se refugió en el castillo de Sant Angelo, de donde fue rescatado por un ejército de mercenarios de las más diversas etnias que su amante Matilda formó.
Nuevamente en la silla de Pedro, los mercenarios que le servían de guardia pretoriana, se dedicaron, durante cuatro años, al saqueo y violaciones en la ciudad de Roma, hasta que el pueblo, harto de soportar la situación, decidieron repudiar a Gregorio y reconocer al antipapa Clemente.
Gregorio murió poco después, en 1085. Su sucesor, Desiderio, el abad de Montecasino, le sucedió en el solio pontificio con el nombre de Víctor III y del que se dijo que para llegar al trono había pasado previamente por la cama de Matilda.
Otros dos papas posteriores también pasaron por la alcoba de la bella Matilda que junto con Teodora y su hija Marozia, de las que ya hablé artículos atrás, forma una trilogía de mujeres influyentes en el papado por la vía de lo “húmedo”.

Por cierto, siglos después, concretamente en el XVII, Gregorio fue santificado.