viernes, 3 de octubre de 2014

¡VIAJEROS AL TREN!




Durante muchos años con esta exclamación comenzaban los viajes en tren. Negras locomotoras soltando humo y carbonilla, tiraban de largos trenes formados por vagones de madera e incómodos asientos, hasta que otros más confortables vinieron a sustituirlos y a estos los sustituyeron las camas que hicieron el viaje de lo más confortable. Solamente así se explica la existencia de trenes tan emblemáticos como el Transiberiano o el Orient Espress, con larguísimos recorridos.
Pero, ¿que se hacía antes, cuando no existían estos medios de locomoción?
Pues a recorrer caminos, andando o a caballo, o cruzar los mares a remo o a vela. ¡No había más! Y aun así hubo quien tuvo el valor de recorrer medio mundo y lo que es más importante, dejar por escrito las crónicas de esos largos periplos.

Tren de mediados del siglo XIX

Desde siempre se nos ha presentado al célebre Marco Polo, como el primer gran viajero de la historia de occidente; un mercader veneciano que en el último tercio del siglo XIII viajó hasta el Extremo Oriente en un largísimo itinerario de veinticuatro años y muchos miles de kilómetros. Su aventura nos llegó en una obra titulada El libro de las maravillas, más conocida como Los viajes de Marco Polo que el veneciano dictó a un escritor de la época llamado Rustichello, mientras estuvo preso en Génova, implicado en cuestiones políticas.
Sin desmerecer la epopeya de Marco Polo, con la que nos deleitamos en nuestra juventud, no es cierto que este fuera el primer gran viajero de la Era Cristiana, ni tampoco el primero en dejar por escritos las memorias de sus viajes.
Nueve siglos antes de que el ilustre viajero hubiera nacido, cuando todavía el imperio romano extendía su dominación en una gran parte del mundo conocido, nació y vivió en la provincia romana de “Gallaecia”, una mujer llamada Egeria, escondida durante siglos en los entresijos de la historia y a la que recientemente se la ha rescatado para otorgarle la consideración de primera gran viajera mujer de la que se tiene noticia.
Los datos biográficos que de ella se conocen son bien escasos lo que se da a la especulación sobre sus orígenes y su familia, por eso hay quien la relaciona con la familia de la primera esposa del emperador romano Teodosio el Grande, que había nacido en Cacabelos (antigua Cauca), cerca de Ponferrada, en la comarca de El Bierzo y por tanto en la provincia de Gallaecia, hacia el año 350; otra opinión, también puramente especulativa, es que fue la esposa, o al menos, pareja, del obispo hispano Prisciliano, ejecutado por la Iglesia como hereje y del que en la actualidad se tienen serias sospechas de que sea su cadáver el que tantos peregrinos veneran en Santiago de Compostela ( ver mi artículo
De cualquier forma al pertenecer a una familia adinerada y muy poderosa, gozó de gran predicamento en la sociedad de su época, entre la que destacó por ser una mujer extremadamente religiosa y de una curiosidad ilimitada, habiendo llegado a ser abadesa de algún convento importante de aquella provincia romana, de ahí que se la relacione con Prisciliano, pues en aquella época no existían votos de castidad entre los religiosos.
Se sabe de ella y esta vez con certeza, que visitó los Santos Lugares, en un viaje que realizó en 381 y que duró tres años, recogiendo sus impresiones en un manuscrito en latín vulgar llamado Itinerario a los Santos Lugares (Itinerarium ad Loca Sancta).
Aunque viajar es una actividad que siempre se tiene por arriesgada, en aquella época, hacerlo dentro de los límites del Imperio Romano, no revestía graves dificultades. La Pax romana proporcionaba unos índices de seguridad más que aceptables y, como se verá más adelante, la viajera no lo hacía en solitario, sino fuertemente acompañada.
Aprovechando las vías romanas y el establecimiento en todos los itinerarios de las denominadas “mansio”, o casa de postas que jalonaban los caminos, viajar era relativamente confortable, máximo en el caso de esta abadesa que usó de su influencia para acogerse a la hospitalidad de conventos, monasterios y cuantas instalaciones religiosas iba encontrando en su camino.
Contaba, por añadidura de algún tipo de salvoconducto oficial que debía estar expedido por una alta personalidad del imperio, pues le autorizaba a recurrir a protección militar si llegaba el caso, por lo que en muchas de las etapas del viaje, iba acompañada de una escolta de soldados romanos.
Hay constancia de que en 381 llegó a Constantinopla, desde donde partió hacia Jerusalén, visitando todas las ciudades mencionadas en los Evangelios y describiendo los ritos y ceremonias religiosas que se observan en cada lugar, por lo que su Itinerario tiene el doble valor de libro de viajes y catálogo de cultos y ceremonias de los inicios del cristianismo.

Imperio romano en el siglo IV


En las orillas del Mar Muerto, visita el lugar donde la tradición situaba la estatua de sal de la mujer de Lot, no hallando vestigio alguno de dicha estatua y sube a lo más alto de la montaña en donde la tradición dice que ardía permanentemente la zarza a cuya luz recibiera Moisés las Tablas de la Ley.
En su cumbre, situada a más de mil quinientos metros de altura, esta ubicado el monasterio de Santa Catalina, hasta el que llega, sudorosa y jadeante, pero sin ayuda alguna, mientras que sus acompañantes han de ser socorridos.
Subió también al monte Nebo, lugar desde el que Yahvé permitió a Moisés que contemplase la Tierra Prometida y en el que se dice que está enterrado el patriarca.
Cuando ya se disponía a regresar a Gallaecia, oyó hablar de unos santos monjes de Mesopotamia y sin dudarlo cambió su itinerario para conocerlos.
Así llegó al río Eufrates, del que cuenta que es tan impetuoso como el Ródano, pero mucho mayor.
Acompañada del obispo Eulogio de Siria, visitó a aquellos monjes anacoretas que tanto despertaron su interés, los cuales vivían en pleno desierto y en unas condiciones extremadamente inhóspitas.
De todo aquello que observaba, tomaba buena nota en una colección de relatos que a modo de diario, pero mucho más detallado, iba escribiendo.
Había llegado al extremo oriente del imperio. A partir de aquel punto, se acababa la hegemonía romana y el terreno era peligroso, además, ya no podía contar con escolta militar, por lo que fue convencida de que se volviera y aunque ella quería adentrarse en Persia, fue convencida de que se diera la vuelta, que su viaje estaba cumplido y que le quedaba mucho que contar sobre su experiencia.
Llevaba cuatro años de viaje cuando decidió regresar a Constantinopla en donde siguió escribiendo con la ilusión de que aquellas páginas suyas fuesen leídas por sus queridas monjas de Gallaetia, aunque es más que probable que en ese momento se sintiese mal, pues no intentó siquiera regresar a su tierra.
Falleció con toda posibilidad en aquellas tierras próximas a Constantinopla y allí debe estar enterrada en algún lugar desconocido, perdido en aquel vastísimo territorio.
Lo mismo que su sepultura, su obra literaria también se perdió y durante más de quince siglos, nadie supo de ella.
A finales del siglo XIX, concretamente en 1884, en la ciudad italiana de Arezzo, apareció un códice en pergamino, de treinta y siete folios, que contenía una obra ya conocida de San Hilario de Poitiers y una segunda obra, desconocida e incompleta, a la que faltaban folios del principio y del final y en la que se relataba el viaje a Tierra Santa. Tras muchos estudios y especulaciones, se ha determinado que es una copia del manuscrito del Itinerarium.
Es fácil comprender que Egeria “nació” después de haberse descubierto su libro. Es decir, nadie había vuelto a hablar de ella desde que desapareciera en las postrimerías del siglo IV; la única referencia escrita que de ella se conoce es una carta de San Valerio, obispo de Zaragoza y personaje coetáneo, a unos monjes e El Bierzo, en la que se la menciona profusamente. Fue al descubrirse su libro cuando la autora afloró en la historia, que hubo que recomponer a su medida y más por las propias apreciaciones que ella formula en sus escritos que por verdadera constatación rigurosa.
Por eso hay quien la ha identificado con Pulcheria, hija del emperador Teodosio, del que ya antes se dijo que debió ser familia, lo que justificaría sus enormes privilegios.
A principios del siglo XX, un monje benedictino y destacado hispanista llamado Marius Ferotin, fue quien definitivamente centró el personaje y la autoría del Itinerarium, pues San Valerio había usado muchos de sus datos en aquella carta mencionada más arriba, usando incluso el mismo estilo y vocabulario en la descripción de los trayectos.
Desde entonces nadie duda de la autoría del libro, como nadie lo hace de que estamos ante la primera viajera de la historia que por más de cuatro años y sin descanso, recorrió todos los límites orientales del imperio romano, confeccionando un libro de viajes tenido por el primero escrito por mujer.
Posteriormente se han ido encontrando otras referencias a la obra de Egeria, como la hallada en el Liber de Locis Sanctus que escribió Pedro Diácono, monje benedictino, historiador y escritor del siglo XII.
Es momento de reivindicar para nuestra compatriota el honor que le cabe, tanto como viajera, como de persona de profundas convicciones y sobre todo, de transmisora de sus experiencias.

viernes, 26 de septiembre de 2014

LA CONTAMINACIÓN MEDIÁTICA




Por Rafael Herrero Casaleiz (1)     


Ocurre hoy algo bastante generalizado en nuestra sociedad: Se habla mucho de todo, se sabe poco de casi todo y se reflexiona menos, “… si los españoles sólo  hablaran de lo que saben, se produciría un gran silencio que podríamos aprovechar para estudiar…” (M. Azaña.) (y para reflexionar, agregaría yo). ¿Quien puede poner en duda que, si ello fuera alcanzable, aportaría peso y solvencia, no sólo a la organización mediática, que lo necesita, sino también a una opinión pública, que también lo necesita, y en la que tanto influye aquélla? Sería una noble aportación de los medios que aplacaría las opiniones y juicios vehementes que tanto dañan a la opinión pública.

No es ningún secreto que la actitud de gran parte de nuestros medios está produciendo en la sociedad una contaminación mediática que, a juicio de muchos, es poco soportable. La constante reiteración de noticias seguidas de tan desafortunados como insolventes comentarios, no siempre los más alegres, caen sobre una sociedad que acepta con absoluta credibilidad y sin gran esfuerzo sensorial (le basta con oír o ver) la información que se le ofrece. Al menos, frente a esto, el lector de prensa tiene que realizar el esfuerzo de leer (e incluso reflexionar) y posiblemente sea la causa que justifique la constante caída de sus ventas -pese a su digilitación-.

En un interesante artículo (“La independencia, la verdad”) publicaba L. Enríquez Nistal que: “El respeto por la libertad de nuestros periodistas a la hora de informar o plasmar su opinión sólo tiene un límite: la veracidad de los hechos en cuestión. Garantizar esta premisa (de) libertad y respeto por la veracidad, constituye el eje principal de nuestra gestión. Siempre hemos creído que sin periodistas libres y rigurosos no habrá negocio, del mismo modo que sin negocio no habrá sitio para periodistas libres”.

La atención es la virtud por excelencia que nos enseña a ejercitar el espíritu crítico permitiéndonos no ajustarnos a ningún patrón, sino al propio criterio que forma parte de un estilo de formación y de vida. Vivimos en una sociedad en la que cada vez hay más “ruido”, más dispersión y menos capacidad de concentración, atención y reflexión. La consecuencia más nociva se manifiesta en la pérdida de rigor intelectual y calidad humana. Al propio tiempo destaca una “masa” que acepta con absoluta credibilidad aquello que les ofrecen los medios de comunicación sobre temas escasamente contrastados. Hemos llegado a un momento en que cada vez se pone más de manifiesto la contradicción cantidad/calidad, tanto por la faceta activa como pasiva, en buena parte de los estamentos y niveles de nuestra sociedad.

No es cuestionable que haya que respetar la libertad de nuestros profesionales de la información, pero corresponde a ellos dar a conocer la verdad de los hechos, midiendo los límites a la hora de plasmar sus opiniones y comentarios sin salirse de la veracidad contrastada.

Defendía Martín Municio que: “La libertad, en su más amplia acepción, y como criterio de valor, depende hoy del acceso sin trabas a las fuentes de información y a la cultura de la ciencia. Y, en una sociedad democrática, sólo una ciudadanía adecuadamente informada podrá contribuir de forma responsable a la toma de decisiones”.

Necesitamos, por tanto, una opinión pública que reciba referencias estables, tanto más en un país adicto al pesimismo que aún soporta el legado que nos dejaron  bastantes intelectuales de la “Generación del 98”  (“Me duele España”, de Unamuno, o “Es español el que no puede ser otra cosa”, de Cánovas, etc., etc.). No le hicieron un favor a las generaciones futuras o no eran conscientes de la responsabilidad y transcendencia  de unas manifestaciones, que tanto  iban a influir, negativamente, en el ánimo de nuestra sociedad a lo largo de los años, y que inexorablemente tanto se encona en las situaciones críticas de nuestra historia.

No quiero terminar sin aludir, una vez más,  a la memoria del gran filósofo y sociólogo Karl Popper, que en una transcendente conferencia celebrada en Munich en 1988, afirmaba: “…desgraciadamente son los periodistas…quienes buscan sensacionalismos, cuando ya tenemos sensaciones…Afortunadamente, la verdad puede comprobarse fácilmente: la verdad de que vivimos en Occidente, en el mejor de los mundos que nunca ha existido… Tenemos que llevar a los medios de comunicación a que vean y digan la verdad. Y también tenemos que llevarlos a que vean sus propios peligros y a que todas las instituciones saludables, desarrollen la autocrítica y se pongan en guardia a sí mismos. Se trata de una nueva tarea para ellos. Son grandes los daños que provocan en el presente. Sin su cooperación es prácticamente imposible permanecer optimistas”.

20 septiembre 2014




(1) Es economista. Miembro del Grupo de Opinión “Salvador de Madariaga”

viernes, 19 de septiembre de 2014

PIEL DEL DIABLO





Hace ya unos meses tenía preparada alguna documentación e iniciado un artículo sobre un personaje del siglo XVIII que pese a ser considerado actualmente como todo un erudito, había entrado en las páginas de la historia casi exclusivamente como literato y, por cierto, con no demasiado prestigio, aunque su figura y su trayectoria se están reivindicando.
Mi intención era sacar un poco del anonimato a ese personaje que se llamaba Diego Torres de Villarroel, cuando escuchando un programa de radio, hablaron de él, resaltando su vida de pícaro y su trayectoria intelectual y, sobre todo, su faceta de adivinador del futuro. Esta faceta, quizás la más llamativa, era a mi entender la menos acreditativa de la existencia de un personaje intelectualmente bien dotado, aunque ciertamente la más espectacular.
El hecho de que se refirieran a él en un programa radiofónico, me restó interés por seguir investigando sobre el personaje y, con toda la documentación que ya poseía, quedó arrumbado en una carpeta.
Pasado el tiempo di con un nuevo dato sobre el personaje, cuando encontré una descripción que hace de un fenómeno celeste, ocurrido sobre el cielo de Salamanca y que da toda la sensación de ser un avistamiento OVNI.
Fue entonces cuando decidí que el artículo había que terminarlo, aunque solo fuera para resaltar la descripción del fenómeno y para compensar las diferencias habidas entre erudito y nigromante, sus dos actividades más destacadas. A grandes rasgos, su historia es esta.
Hijo de un librero, nació en 1694 en Salamanca y debió ser un buen mozo, tal como él mismo se describía, con más aspecto de nórdico que de castellano. Brillante en los estudios, simpático en la calle y alocado todo el tiempo, obtuvo una beca para estudiar en el Colegio Trilingüe de la Universidad de Salamanca, en donde se aprendían las llamadas lenguas bíblicas (griego, hebreo y latín).
Diego era muy inteligente aunque no demasiado buen estudiante, pero además era un muchacho díscolo y travieso, un verdadero pícaro al gusto del momento. Su temperamento vehemente le impulsaba a faltar a clase, meterse en peleas, incluso con apuestas de por medio, robar las meriendas de los compañeros y toda clase de travesuras, lo que le hizo ganarse el calificativo por el que era conocido de “Piel del Diablo”.
En la librería de su padre leía con verdadero entusiasmo y sin orden alguno, apasionándose de cada libro que abría y así se aficionó a la astrología o a las matemáticas, ciencia que en aquella época había quedado en desuso prácticamente.
Al salir del colegio y debido a sus muchos desmanes, se vio obligado a huir a Portugal, en donde llevó una vida llena de aventuras habiendo sido desde estudiante de medicina y curandero, hasta bailarín y torero, pasando por ermitaño, alquimista y astrólogo, militar y desertor.
Cuenta en su biografía novelada, llamada Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego Torres de Villarroel, que regresado a Salamanca y para ganarse la vida, montó un negocio que consistía en escribir y editar almanaques y pronósticos que firmaba con el pseudónimo de “El gran Piscator de Salamanca”, haciéndose famoso rápidamente y al que mucha gente acudía para conocer qué le depararía el futuro.
Ciertamente el joven astrólogo y adivinador, hizo varias predicciones en las que acertó plenamente, como la muerte del rey Luís I, el reinado más corto de la historia de España, (ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-mas-breve-y-el-mas-largo.html), que lo publicó en el Almanaque de 1724 y cuya muerte ocurrió, efectivamente, en agosto de aquel mismo año, así como predecía la climatología, sucesos próximos y dos curiosos acontecimientos: el Motín de Esquilache de 1766 y la Revolución Francesa en 1789.



Grabado de Diego Torres


Esta última, con una curiosa y enrevesada poesía que dice:

Cuando los mil contarás
 con los trescientos doblados
 y cincuenta duplicados
 con los nueve dieces más,
 entonces, tú lo verás
 mísera Francia, te espera
 tu calamidad postrera
 con tu rey y tu delfín
 y tendrá entonces su fin
 tu mayor gloria primera.

La profecía se explica así: 1000+(300x2=600)+(50x2=100)+(9x10=90), lo que equivale a 1790, cuando la Revolución estaba en todo su apogeo.
Pero es evidente que como Piscator de Salamanca tuvo que tener otros aciertos que lo encumbraran, pues el Motín de Esquilache no ocurre hasta cuatro años antes de su muerte, en 1766, mientras que la Revolución Francesa no fue hasta diecinueve años después de muerto.
Es decir, estas dos adivinaciones pudieron darle fama póstuma, pero no presente.
Portada de su autobiografía

Después de querer ganarse la vida en el seno de la Iglesia, se hizo subdiácono, pero comprendió que su vida iba por otros derroteros y en 1726 optó a la cátedra de matemáticas de la Universidad de Salamanca, vacante desde hacía muchos años, la cual obtuvo, comenzando a impartir clases a pesar de reconocer él mismo que sus conocimientos de la materia eran bien escasos, aunque superiores a los de los demás opositores a la cátedra.
Su inquieto carácter le impedía asentarse en ningún lugar y por eso, dejó todo en Salamanca y alquilando un borrico, se trasladó a Madrid con todas sus pertenencias.
Si Torres de Villarroel hubiese vivido en nuestros días, sin lugar a dudas que hubiese sido un visitante asiduo de programas sobre esoterismo, ciencias ocultas, fenómenos paranormales y expedientes OVNI y buena prueba de ello son las dos anécdotas que se relatan a continuación.
Una vez en Madrid, se ganaba la vida como buenamente podía, con más intención que fortuna, llegando casi a dedicarse al contrabando si no es porque el mismo día en que iba a salir para Burgos a trasladar unos fardos de tabaco, se encontró a un clérigo conocido suyo que sabiendo la despreocupación tan característica del personaje, le pidió, por favor, que fuese a la residencia de la condesa de los Arcos, un palacete de la calle Fuencarral, en donde cada noche se sucedían extraños fenómenos, por si él era capaz de desentrañar aquel misterio que estaba llenando de terror a la familia de la condesa y a todos sus sirvientes.
Pensando que en tan noble casa llenaría la panza, aquella noche se dirigió al palacete, en donde tras una buena cena, se dispuso a dormir en el salón de la casa, lugar en el que se habían refugiado todos los moradores, tanto familiares como sirvientes, para así, en compañía, darse ánimos con los que poder conjurar los miedos que los atroces ruidos, como de truenos, que cada noche se oían a partir de la una de la madrugada, provocaban en los moradores.
Aquella primera noche, con puntualidad, fue despertado por los ruidos que se escuchaban en toda la casa. Provisto de un hachón y una espada, Diego recorrió todo el palacete, no encontrando causa alguna que justificase semejantes ruidos.
Así fue durante once noche hasta que en la última, al subir a la primera planta, una fuerza inexplicable apagó la antorcha, sumiéndolo en la más absoluta oscuridad. Reptando como pudo, bajó al salón, mientras se seguían escuchando los tremendos ruidos y cómo los cuadros y lámparas se iban descolgando de sus soportes y cayendo al suelo con gran estruendo.
No pudo comprobar nada, pero sacó la conclusión de que una fuerza desconocida se había apoderado de aquel palacio, aconsejando a la condesa que cambiase de vivienda, cosa que hizo.
Dos años estuvo hospedado en la casa de la condesa, durante los que continuó haciendo sus predicciones y pronósticos, los cuales recogió en un compendio que se titula “Extracto de los pronósticos del gran Piscator de Salamanca”.
Testigo presencial de un extraño suceso ocurrido sobre el cielo de Salamanca, lo describe y se recrea, en un opúsculo que dedica a su amigo don Juan Ventura, cuya lectura recomiendo y que se titula: “Juicio y pronóstico del globo y tres columnas de fuego que se dejaron ver en nuestro horizonte español el día dos de noviembre de este año de 1730 y unas preparaciones medicinales para librarse de la malicia de sus vapores y humos”. (la obra puede encontrarse aquí:
Empieza diciendo que del suceso que va a narrar hay precedentes y que tanto de Navarra, como de Andalucía, le ha llegado constancia de que años antes se ha producido un extraño fenómeno muy similar y que él describe minuciosamente, situándolo con precisión en la esfera celeste, entre los signos de Cáncer y Leo, no en vano era docto en astrología y astronomía.
Continúa describiendo el fenómeno como un enorme globo de fuego junto al que sitúa lateralmente dos columnas que le parecen subir y bajar, adquiriendo mayor luz que cambia de color y que duró hasta las cuatro y media de aquella madrugada.
Como es natural, tratándose de aquella época, el primer pensamiento se refiere a la posibilidad de un embajador celestial, enviado para mostrar al mundo la indignación divina. Prosigue analizando que cuantos fenómenos como eclipses, cometas y otras cosas raras de los cielos, se han hecho presentes, otras tantas calamidades han sobrevenido a posteriori y con una clara equivalencia, por lo que aquel fenómeno que él pudo apreciar y que duró más de cuatro horas, traerá, de manera invariable, cuatro años de “destemplanzas”.
Termina con lo que denomina “Prevenciones para huir de la mala condición de los influjos del fenómeno” entre las que recomienda estar alegre, hacer ejercicio, beber “horchata de cuatro simientes”, observar la higiene, comer carne fresca, verduras variadas y leche de cabra y desaconseja las purgas. En fin, una dieta sana, como la entenderíamos en estos tiempos.

Ha sido una suerte que este personaje fuese testigo directo del extraño fenómeno y es una satisfacción para mí el sacarlo, en la medida que me sea posible, del ostracismo en el que ha estado inmerso y destacarlo como erudito, literato extraordinariamente prolijo, adivinador y hombre de ciencia.

viernes, 12 de septiembre de 2014

TIRARSE POR EL VIADUCTO




Casi cada pueblo tiene su tradicional sistema de suicidios que a lo largo de la historia, han ido configurándose de forma adaptada a los nuevos tiempos.
En la Grecia clásica beber la cicuta era el sistema tradicional; en Roma recurrían al físico que seccionaba las venas de los antebrazos. En el Japón se recurría al Hara-Kiri y los azafranados bonzos recurren al fuego purificador.
Pero lo más tradicional ha sido el ahorcamiento, la defenestración, el pistoletazo en la sien, cuando se inventaron las pistolas y arrojarse al tren en los tiempos más modernos.
Una forma de defenestración, palabra que procede del francés y que quiere decir tirarse por la ventana, era la de arrojarse desde cualquier lugar elevado y en este sentido, la ciudad de Madrid tiene un lugar preferido que es lanzarse al vacío desde el puente llamado Viaducto de Segovia, situado en la calle Bailén, muy cerca del Palacio de Oriente.
Este sistema para quitarse de en medio, efectivo donde los haya, comenzó a hacerse popular a mediados del siglo XIX, a raíz de ciertos acontecimientos ocurridos en la capital y de los que ahora vamos a hablar.

El famoso Viaducto de Segovia

De pequeños, muchos de nosotros hemos participado en aquellas cadenas en las que mandabas una tarjeta postal o un sello de Correos a los seis últimos de una lista y con el paso del tiempo recibías miles de tarjetas o sellos. Yo fui, durante bastantes años, muy aficionado a la filatelia, ya lo he comentado en artículos anteriores y en varias ocasiones me apunté a aquellas cadenas milagrosas, de las que debo decir, en honor de la verdad, que nunca recibí nada.
Eran unas cadenas infantiles, desprovistas de maldad en las que los primeros en apuntarse sí que recibían centenares y miles de postales o sellos, pero para los últimos, la cosa era muy diferente.
Estas cadenas, que no dañaban las economías de nadie, tenían su fundamento en otras habidas con mucha anterioridad, en las que sí hubo pérdidas más que cuantiosas, con beneficio exclusivo para el organizador y los primeros enganchados.
Es lo que se ha dado en conocer como Estafa Piramidal, o Esquemas Ponzi que está considerado como delito en muchos países, sobre todo en los llamados civilizados.
Por este sistema se han enriquecido algunos y luego han ido al traste todos; entre ellos empresas tan supuestamente potentes como Sofico, Fidecaya, Gescartera, Forum Filatélico, Afinsa, Madoff y un etcétera al que habrá que agregarle alguna más con el tiempo.
Pero, ¿quién inventó esta forma de estafar?
Casi seguro que estaríamos inclinados a atribuirla a algún avispado financiero/estafador inglés, francés, alemán o americano, pero no. Lo mismo que el Estraperlo lo inventaron dos españoles llamados Pérez y López que junto con el suizo Straus pusieron en marcha el sistema (Stra-Per-Lo), la invención de esta estafa fue de otro español.
En este caso, una española: Baldomera Larra Wetoret, por más señas, hija del afamado escritor romántico, Mariano José de Larra.
Larra era hijo de un médico de los considerados afrancesados que tras la marcha de José I Bonaparte, tuvo que salir de España, con toda su familia, regresando años después con la amnistía de Fernando VII. Debía ser buen médico, pues al poco tiempo ya era médico de la corte, proporcionando a sus hijos un hogar confortable.
No era Mariano José una persona muy equilibrada, antes al contrario, lo que le hizo vivir episodios que en la época se considerarían muy al gusto, pero que evidenciaban que algunos tornillos en su mecanismo interno, no estaban lo suficientemente apretados.
Así, por ejemplo, vino a enamorarse de la amante de su padre, lo que le trajo graves consecuencias familiares, para luego casarse con una mujer simple, Josefa Wetoret, que aparte lo progre de su apellido extranjero, no aportaba a su efervescente vida, ningún matiz.
Con ella tuvo tres hijos, Luís Mariano, libretista de zarzuelas, algunas de mucho éxito, Adela y Baldomera, las cuales tenían cinco y cuatro años respectivamente cuando su padre decidió acabar su vida disparándose un tiro en la sien, a la manera más romántica.
Pero a pesar de la pérdida del cabeza y sustento de la familia, salieron adelante, e incluso las hijas hicieron buenos casamientos, pues la protagonista de esta historia se casó con Carlos de Montemayor, médico sevillano de la Casa Real y también afrancesado, como su abuelo y Adela, más díscola, llegó a ser la amante temporal de rey Amadeo de Saboya.
Amadeo pidió la carta de despido y dejó a Adela con las vergüenzas al aire y  tras la Primera República, con la llegada de Alfonso XII, los afrancesados optaron por salir de España, cosa que secundó el de Montemayor, que marchó a las Américas, abandonando a Baldomera y a sus tres hijos, por lo que, de la noche a la mañana, ambas hermanas se vieron en la calle.
Pero Baldomera era de recursos o al menos, una persona lanzada. En un principio y para sobrevivir, recurrió a prestamistas, en cuyas casas terminaron cuanto de valor tenía el hogar, además de satisfacer unas elevadas cantidades por los intereses.
Fue en ese momento cuando se le ocurrió una forma de ganar dinero que de inmediato puso en práctica. Se trataba de un novedoso sistema, pues acababa de inventar y poner en funcionamiento el sistema de Estafa Piramidal.
Consistía en captar un cliente a quien ofrecía un interés de hasta el cien por cien en pocos meses, en principio dejando en prenda algunas de sus pertenencias. A continuación continuaba con las captaciones y con las aportaciones recibidas por nuevos clientes, abonaba al primero la cantidad aportada y los intereses, siguiendo así con el segundo, el tercero y muchos más.
Esta forma de ganar dinero se corrió rápidamente por todo Madrid, atrayendo cada vez a más clientela, llegando a un número tan elevado de impositores que Baldomera fundó la llamada Caja de Imposiciones, en la que hoy se llama calle Los Madrazo, detrás del Palacio de Las Cortes.

Baldomera Larra de mayor y sin las patillas

Pronto aquel local se le quedó pequeño y se trasladó a la castiza Plaza de la Cebada. Allí operaba con su secretario, Saturnino Isegas, a la vista de todo el mundo, llegando a pagar intereses del treinta por ciento mensual con el dinero que le iban aportando los nuevos impositores.
Cuando parece ser que tenía unos cinco mil impositores, había recaudado más de veinte millones de reales (unos cinco millones de pesetas, cantidad impensable en aquella época), de los que muy buena parte eran sus ganancias.
Alcanzó tal fama con su novedoso sistema que trascendió las fronteras y la prensa de París, Bruselas y otras capitales europeas, se hicieron eco del formidable negocio que Baldomera regentaba.
A Baldomera empezaron a llamarla “La madre de los pobres”, como apelativo cariñoso opuesto a otro con el que se la conocía también, que era “La Patillas”, por dos tirabuzones que llevaba pegados a las orejas y cuando sus impositores le preguntaban en qué sistema se basaba para proporcionar aquellas fabulosas ganancias ella, muy ufana, contestaba que era tan simple como el huevo de Colón.
Como es natural, después de una primera impresión favorable, personas técnicas en finanzas empezaron a hablar del peligro de aquellas inversiones y la prensa, tan favorable en los comienzos, se decantó abiertamente en contra de aquel sistema que ya empezaba a verse como una estafa.
En el año 1876 una buena mañana, los impositores encontraron cerradas las oficinas de Baldomera; había huido con todo el dinero que en ese momento tenía en la caja y sus últimos impositores quedaron de una pieza y sin su dinero.
Dos años más tarde, se tuvieron noticias de que Baldomera vivía en Auteil, una pequeña ciudad de Francia al oeste de París.
El juez de Madrid que llevaba el caso solicitó de las autoridades francesas la extradición, cosa que se consiguió y se la sometió a juicio.
Fue condenada a seis años de cárcel, igual que su secretario, ingresando ambos en prisión, mientras que su abogado, Felipe Aguilera, recurría la sentencia basándose en algo que sería una burla, pero una burla legal.
Baldomera era una mujer casada que carecía de la pertinente autorización de su marido para contratar y obligarse, totalmente imprescindible en aquella época, de forma que los contratos de préstamos suscritos por ella eran nulos, por tanto, todo lo demás ocioso. Es decir, no había acreedores, ni alzamiento de bienes, ni fuga de la justicia.
El 1 de febrero de 1881 fue puesta en libertad junto con Saturnino por sentencia del Tribunal Supremo, para el que los actos cometidos eran de una trascendente inmoralidad, pero que no pudieron constituir obligaciones legítimas sujetas a la acción de los tribunales.
Tras su salida de prisión se le perdió la pista y hay quien dice que marchó a Cuba, en donde vivía su marido y otros que se fue a Argentina, en donde murió a principios del siglo XX.
Sea come fuere, de lo que no hay duda es que a Baldomera le cabe el dudoso honor de haber sido la primera persona del mundo en emplear un sistema o método de estafa encubierta que luego han puesto en práctica muchos otros.
¿Y qué tiene que ver lo del Viaducto? Pues muy sencillo, cuando a la “financiera” le preguntaban qué garantías existían en la Caja de Imposiciones, contestaba con muchos descaro: ¿Garantías?, ninguna, tirarse por el Viaducto.
Curiosamente, desde aquella fecha, se puso de moda en Madrid suicidarse arrojándose por el Viaducto.

Y una última cosa que no me explico: ¡Su padre, tan fino y tan romántico y ponerle a su hija Baldomera! ¿Es que no había otro nombre?

jueves, 4 de septiembre de 2014

EL PAN DE LAS EMBARAZADAS





Sin duda alguna, el mayor avance que la medicina ha experimentado en el campo de los medicamentos, ha sido el descubrimiento de la penicilina.
Es este un tema muy estudiado y publicado y sobre el que pocas cosas nuevas se pueden decir, si no es contar alguna anécdota que haya resultado poco conocida, o desmentir otras, tan extendidas como falsas.
Empezaré por esto último porque sobre el descubridor de la penicilina se han contado muchas cosas y bueno es que éstas se sepan, pero también se han contado falsedades que no venían a cuento ni hacían falta ninguna para dar brillantez a una historia tan deslumbrante como la de Alexander Fleming.
Como casi todo el mundo conoce, Fleming nació en el Reino Unido, concretamente en una pequeña aldea de Escocia, donde vivía su padre con su segunda esposa, de la que tuvo cuatro hijos, al tercero de los cuales pusieron de nombre Alexander.
Su padre murió cuando nuestro protagonista tenía solamente siete años y fue su madre y la ayuda de los hijos mayores, habidos en un matrimonio anterior, los que sacaron adelante a Alexander y sus hermanos pequeños.
Nace aquí un leyenda, demostrada recientemente como falsa, que cuenta que en aquellos bellísimos parajes de Escocia, la familia Churchill acostumbraba a pasar largas temporadas veraniegas y que en una de esas vacaciones estivales, el jovencísimo Winston, que llegaría a ser el más conocido de todos los primeros ministros británicos, jugaba junto a un pantano. El joven resbaló y cayó al agua cenagosa, en la que pronto empezó a hundirse.
A los gritos de auxilio que el joven lanzaba, acudió Hugh Fleming, campesino que cuidaba su ganado que pastaba en las proximidades y que, con habilidad y gran riesgo de su vida, consiguió sacar del absorbente cieno al joven Winston.
Conocido por el padre del muchacho la heroicidad de aquel campesino, cuentan que cierto día se presentó en la casa de los Fleming y reconociendo la enorme deuda que su familia tenía con él, le hizo entrega de cierta cantidad de dinero para que los hijos de aquellos humildes labriegos pudiesen tener la misma educación que su hijo Winston recibiría llegado el momento.
La historia es bonita y emotiva, pero es falsa. Al quedar huérfano, Alexander tenía siete años, iniciando los estudios primarios que acabó con trece, momento en el que se trasladó a Londres, donde vivía el mayor de sus hermanos, producto del primer matrimonio de su padre y que trabajaba en un hospital, el cual lo acogió mientras realizaba dos cursos de estudios superiores en un instituto de la capital, concluidos los cuales, encontró un empleo en las oficinas de una compañía naviera.
Con diecinueve años se alistó como voluntario en el llamado Regimiento Escocés de Londres que se iba a desplazar a Sudáfrica para participar en la Guerra de los Boers, pero antes de que partiera el regimiento, terminó la guerra, por lo que Alexander se quedó con las ganas.
Pero le había gustado la vida militar que llevó aquellos meses y no se desenroló, sino que permaneció agregado al Regimiento Escocés, con el que participó, más tarde, en la Primera Guerra Mundial.
Siempre admiró el trabajo de su hermano en el hospital, por eso, cuando a los veinte años recibió cierta cantidad de dinero, probablemente de la venta de las tierras que la familia tenía en Escocia, decidió emplearlos en estudiar medicina.
Esa fue la verdadera procedencia del dinero que le permitió dedicarse a la actividad que le proporcionaría fama mundial y no un regalo de los Churchill, con quien se le volvió a relacionar muy posteriormente en otra anécdota que también resulta ser falsa.
Contaban que durante la Segunda Guerra Mundial, siendo Winston Churchill primer ministro, enfermó de neumonía, temiéndose seriamente por su vida.
Ya estaba descubierta la penicilina, si bien su uso no se había extendido, quizás por dificultades técnicas, quizás porque otras preocupaciones más importantes ocupaban los planes británicos, pero lo cierto es que hasta que Estados Unidos se interesó por el medicamento, al que consideraban muy superior al poder que tenían las sulfamidas, única medicina contra las infecciones, el antibiótico no despegó realmente.
Esa leyenda dice que Fleming ofreció su penicilina para curar a Churchill y que gracias a ella, sanó.
Hoy, y consultados los archivos médicos del hospital en el que estuvo ingresado el primer ministro, se sabe que no es cierto que se le inyectase penicilina, sino que siguió un tratamiento a base de un medicamento llamado “Sulphapyridine” de los laboratorios May&Baker, al que se refirió Churchill en una entrevista en la que decía que aquel medicamento le había salvado la vida.
Tras muchos esfuerzos, Fleming consiguió que la penicilina se produjese masivamente, no habiendo querido nunca patentar su descubrimiento que muy pronto se mostró como el principal agente para combatir las infecciones, sobre todo en las guerras, en donde el científico había comprobado que la mayoría de los heridos no morían por la gravedad de las lesiones sino por las infecciones producidas, entre ellas la “gangrena gaseosa”, causante de una gran mortandad.

Una de las últimas fotografías del Dr. Fleming

Estas son las dos anécdotas a las que quería referirme sobre la vida de Fleming, las cuales, aun no siendo verdad, no desmerecen para nada el trabajo de este sabio al que se le reconoció su valía con la concesión del Premio Nobel, entre otros muchos reconocimientos.
Pero ¿qué hacía la humanidad antes de que a su disposición estuvieran herramientas poderosas para luchar contra las enfermedades?
Pues hacía lo que podía, eso sí, con un poco de sentido común y mucha menos técnica, aunque hubiera muchos avispados galenos, adelantados a su tiempo que comprendieran, aunque de manera rudimentaria, algunos procesos de las enfermedades.
Se encendían hogueras y antorchas para combatir la propagación de la peste, de eficacia discutible, pero con la lógica finalidad de purificar por el fuego el aire que se había de respirar; también se quemaban los cadáveres y las ropas y enseres y algunos aprendieron que atando fuertemente un pañuelo empapado en agua a la nariz y la boca, la enfermedad no penetraba.
En otro campo, en el de las batallas, desde tiempo inmemorial, algunos curanderos que acompañaban a los ejércitos como médicos o ensambladores, preparaban un pócima cuyo resultado les era bien conocido, aunque no entendían el proceso.
Usaban masa de pan, con la levadura natural que en la época se usaba y dejaban la masa fermentar por unos días en un ambiente fresco y húmedo. Pasado ese tiempo disponían de ella de manera que a los heridos en las batallas, les aplicaban sobre las heridas aquella masa, comprobando que a muchos de ellos no se les infectaban las mismas.
Llegaban incluso a realizar terapias más que agresivas, como cuando algún noble o caballero hubiera sufrido una herida profunda y entonces el médico introducía en la masa fermentada del pan, una espada similar a la que le había herido, dejándola un tiempo, para extraerla e introducirla seguidamente en la herida, con lo que se lograba atajar la infección.
A veces los procedimientos eran más drásticos como el uso de larvas de moscas cadavéricas para devorar las células muertas por necrosis en las ulceraciones.
Se basaba esta práctica en una realidad que nuestros antepasados habían constatado y es que estas larvas solamente consumían la carne muerta, sin que el tejido vivo que la circundaba sufriera la agresión de estos gusanos.
Pero quizás el procedimiento más científico es el que se utilizaba en el sur de España.
En el este de la provincia de Málaga hay una zona intermedia entre la costa y las sierras del interior que se llama Axarquía, en donde durante muchos años se practicó una singular medicina con las parturientas.
Los índices de fallecimiento por fiebre puerperales han sido siempre muy elevados, dada la escasa higiene que se observaba en los partos, en los que se contraían infecciones que acababan, de manera trágica, con la vida de la madre.
Una bárbara costumbre que tuvo vigencia hasta bien entrado el siglo XIX era colocar un zapato viejo en las entrepiernas de la mujer, una vez producido el alumbramiento. Obviamente esta salvaje práctica acabó con la vida de muchas mujeres que en otro caso habrían sobrevivido al parto de manera natural.
Pero contra salvajadas como ésta, otra práctica era observada en la Axarquía, sin que se tenga información de que en otros lugares se empleara también.
Allí, cuando una mujer estaba próxima al parto, la comadrona o la familiar que la iba a asistir, preparaba unos trozos de pan, a los que humedecía y guardaba en un cuarto oscuro y húmedo. A los pocos días, el pan presentaba en toda su superficie un moho verdoso que se daba de comer a la embarazada que hasta el momento del parto, e incluso después, estaba consumiendo aquel pan enmohecido.

Situación de la Axarquía

Tras el parto, no solían presentarse las temidas fiebres y en pocos días las heridas normales del alumbramiento cicatrizaban y la madre podía hacer vida normal.
Este pan era conocido como se dice en el título de este artículo: “El pan de las embarazadas” y no era otra cosa que un aporte de antibióticos naturales procedente de las levaduras fermentadas en la masa de pan.

En definitiva, que la raza humana es inteligente, tanto para descubrir la penicilina, como para emplearla sin haberla descubierto: así de sencillo.

jueves, 28 de agosto de 2014

PRIMERO, EL ROSARIO




Durante muchos años, el mejor y casi único remedio anticonceptivo que conocían nuestras “abuelas”, era una jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.
Y con esa frase confiaban no volver a quedarse embarazadas. ¡Ingenuas!, y bien intencionadas, pero sobre todo ingenuas porque olvidaban que el mensaje divino era justamente lo contrario: Creced y multiplicaos y llenad la Tierra. Y así, con jaculatoria o sin ella, volvían a quedarse embarazadas si el marido la pillaba en uno de sus días fértiles.
Algunas siguieron al pie de la letra el mandato divino, pero otras no consiguieron perpetuar la espacie, por mucho que lo intentaron y es que siempre han existido causas de esterilidad por ambas partes.
Tener muchos hijos era una “bendición de Dios”, no tenerlo podría ser un castigo también divino, pero en las familias normales, las del pueblo llano, ni una circunstancia ni la otra tenían importancia. Simplemente se aceptaban así las cosas y punto.
Curiosamente, en el estamento social en donde más se echaba de menos la capacidad reproductiva de la pareja, era en las familias reales, tan necesitadas ellas de un vástago, a ser posible varón, que perpetuase la línea sucesoria.
Quizás por el abuso de la consanguinidad, quizás por otras causas genéticas y hereditarias, seguro que por padecer ciertas enfermedades, lo cierto es que muchos monarcas españoles tuvieron grandes problemas reproductivos. Enrique IV, El Impotente, Carlos II, El Hechizado, Fernando VII, El Deseado y El Rey Felón…, en fin, y muchos más que pueblan la historia de nuestro país y de los que estos tres son los que me parecen más significativos, pues su falta de capacidad reproductiva trajo graves problemas, como divisiones de la sociedad, cambios de dinastía e incluso guerras y en cualquier caso, ruptura con la situación anterior.
Cuando una reina no se quedaba embarazada se recurría a los métodos tradicionales que eran las rogativas, como primera medida, las reliquias, como segundo ataque mucho más poderoso y por último, el único remedio medicinal que se conocía, el de los baños de aguas medicinales, alguna sangría para compensar los flujos y quizás una dieta alta en picantes, para exacerbar su líbido.
Casi nunca se pensaba que la imposibilidad de reproducción se debiera al varón, causa que solía ser la más común, pues aparte de los problemas hereditarios que ya presentaban por la consanguinidad, muchos estaban aquejados de sífilis congénita y otras enfermedades que devenían en una impotencia total. Cuando murió Carlos II, se descubrió que solamente tenía un testículo, completamente negro y con  el aspecto de un huevo de madera.
Lógicamente así no podía tener descendencia.
Y toda esta introducción para contar una de esas muchas situaciones de esterilidad que provocaron grave consternación en nuestro país.
Se trata precisamente de la del último de los reyes mencionados anteriormente: Fernando VII, que de Deseado, pasó a ser odiado y llamado el Rey Felón.
Después de casarse con su prima María Antonia que se le murió en cuatro años y con la que no tuvo descendencia, se casó en 1816 con su sobrina carnal (hija de una hermana), María Isabel de Braganza, que le duró menos que la anterior: dos años y con la que tuvo una hija que vivió poco más de cuatro meses.
Y en 1819 se casó, por tercera vez, con María Josefa de Sajonia, también pariente suyo y protagonista de esta historia.
María Josefa se quedó huérfana de madre cuando apenas contaba tres años de edad y su padre, loco por buscar otra esposa e incapaz de educar a la pequeña, la ingresó en un convento del que salió a los quince años, para casarse con el rey de España.
La elección de esta joven no había sido cuestión de azar, todo lo contrario, los consejeros del rey habían estudiado perfectamente a la familia de la madre, buena paridora, lo mismo que sus hermanas, primas y demás familiares, por lo que se presumía que al menos, por ese lado, la cosa podría salir bien.
La joven viajó hacia España y el día dos de agosto de 1819 fue recibida en Buytrago por el rey, con el que se casó el veinte de octubre de aquel mismo año.


Fernando VII y María Josefa de Sajonia

La joven María Josefa había recibido una profunda y esmerada educación religiosa, pues en los doce años que estuvo en aquel convento, a orillas del río Elba, no había hecho otra cosa que rezar y leer vidas de santos, sin que nadie le hablara nunca de otras cosas que no fueran de espiritualidad.
Es evidente que la pobre niña desconocía lo que era un matrimonio y las obligaciones inherentes al mismo, por eso, cuando en la noche de bodas, su tío-primo, el rey, veintiún años mayor que ella, con cara de bobo por su acusado prognatismo y al que la baba se le caía por la comisura de los desparejados labios, descubriera sus armas secretas que, al pertenecer de la estirpe de los borbones, deberían ser de cuidado y quisiera hacer uso del matrimonio, es comprensible que ella sintiera un terror que la hizo orinarse en la cama, seguido por un vacío interior que le produjo una vomitera que lo salpicó todo, incluso al rey, entrando a continuación en una crisis de histeria de la que tardo horas en reponerse.
De nada valió que las cortesanas le explicaran que su marido era como todos los hombres y que lo que pretendía era la consumación del matrimonio, cosa normal en todas las parejas.
Ella se había criado entre monjas y jamás había oído nada sobre ese particular, por lo que se pensó que quizás era conveniente que algún sacerdote le explicara cuales eran las obligaciones de la esposa.
Se fue probando con todo el escalafón curial y no había manera de convencer a la joven reina, la cual necesitó que el propio papa se le dirigiese para explicarle lo que una madre le habría dicho, preparándola para el altar.
Con la intervención del papa, la cosa le quedó clara a María Josefa, la cual puso algunas condiciones, como era que antes de realizar el acto carnal, su esposo y ella debían de rezar el rosario.
Como parece lógico, no es esta una situación que contribuya a fomentar el apetito sexual y la verdad es que después de un buen rosario y puesto en paz con Dios, a uno lo que le apetece es echarse a dormir y no empezar con escarceos amorosos.
De todas las formas, el Felón, que era un mujeriego muy aventajado, no iba a permitir que aquella pichoncita de quince años se le escapara virgen, así que con más dificultades que otra cosa por parte de la doncella, consiguió, por fin, consumar la coyunda, eso sí, después de rezar el rosario.
Pero pasaba el tiempo y la reina no se quedaba embarazada y la corona, cada vez más, necesitaba de un heredero que perpetuara por línea directa la monarquía, porque detrás de cada esquina estaba el hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, en torno al cual se amontonaba una camarilla con todos los descontentos de la política gubernamental y que a la larga desembocó en la Primera Guerra Carlista.
Como ni las misas, ni las bendiciones, ni el brazo incorrupto de Santa Teresa o el báculo de Santo Domingo, muy milagrero él, consiguieron que la reina se quedara preñada, se recurrió a lo que la ciencia médica aconsejaba y cada año, durante el verano, la comitiva real se desplazaba a la localidad de Beteta, en la provincia de Cuenca, donde se encuentra el balneario de Solán de Cabra, famoso ya en aquellos tiempos.
Y cuenta César Vidal una anécdota que parece ocurrió en uno de aquellos viajes por tierras secas y polvorientas, con un calor de justicia. La comitiva real caminaba rumbo al balneario levantando una polvareda como la de una manada de búfalos en estampida, cuando su majestad, el rey, sacando la cabeza por la ventanilla del carruaje lanzó un escupitajo para despejar su boca del polvo que iba tragando y dirigiéndose al oficial de la guardia que cabalgaba al lado del carruaje le dijo: “De este viaje vamos a salir preñados todos, menos la reina”.
A los diez años de su matrimonio y pese a las buenas perspectivas que presentaban los prolíficos antecedentes de su familia, María Josefa murió de unas fiebres, sin dar descendencia al rey.
Como es natural, Fernando se volvió a casar, esta vez con María Cristina de las dos Sicilias, hija de su hermana menor María Isabel, por tanto, nuevamente sobrina carnal suya.
Con esta sí tuvo descendencia, aunque no a su gusto, seguramente porque no rezaban el rosario antes del fornicio, pues la reina parió dos niñas, la mayor de las cuales, Isabel, llegó a gobernar con el nombre de Isabel II, después de que el rey decretara y aboliera y volviera a poner en vigor la Pragmática Sanción, que permitía gobernar a las mujeres cuyo reinado estaba proscrito por la Ley Sálica.

Esta decisión real provocó la primera Guerra Carlista por la insurgencia del hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, cuyo partido, los Carlistas, todavía tiene vigencia y que de haber reinado, como posiblemente le correspondía, habría cambiado la historia de España.

viernes, 22 de agosto de 2014

LA CULIANCHA




Hace unos años, cuando la efervescencia de una determinada inclinación a borrar todo lo que oliera al régimen anterior azotaba España, en el ayuntamiento de Bailén, a lo largo de un pleno, un concejal propuso quitar el nombre a una calle porque le traía malos recuerdos del reciente pasado.
La calle se llamaba, y se sigue llamando, 19 de Julio, pero no hace referencia a 1936, día siguiente al del alzamiento militar contra el gobierno de la república y que a aquel gárrulo concejal levantaba ampollas, sino al año 1808, fecha gloriosa en la historia de España en la que los ejércitos de Napoleón dejaron de ser invencibles a manos de un ejército muy inferior, pero con mucha más estrategia y afán de victoria.
Y es que en esa fecha se dio la famosa batalla de Bailén, en la que el General Castaños, venció a las muy superiores tropas francesas del general Dupont, que aun contando con menos soldados, estaban muchísimo mejor pertrechadas y entrenadas, ya que era un ejercito moderno y completamente profesional, veterano y bien pagado, frente a unas tropas formadas en sus dos terceras partes por restos de regimientos aglutinados: Regimiento de voluntarios de Madrid, de Infantería Mallorca, Ingenieros, Cuerpo de Fusileros, Milicias provinciales, regimiento de Dragones, Infantería Ligera de Barcelona, Húsares, Granaderos, todo ello con un tercio de civiles y guerrilleros, sin instrucción militar.
La batalla de Bailén se ha convertido en todo un mito que junto con la victoria de Los Arapiles y el asedio de Cádiz, son los tres más representativos de la larga contienda contra los invasores franceses.
Varias fueron las circunstancias que se aliaron a favor de las tropas españolas, sin dejar de lado que el valor y el coraje demostrado por nuestro ejército, jugó también un papel muy importante.
Pero fue quizás la climatología el principal aliado de nuestros soldados que junto con el coraje, inclinaron la balanza a favor. Y es que contra el calor es muy difícil combatir y su principal consecuencia, la sed, produce una situación anímica y física contra la que no se puede luchar si no es bebiendo agua.
Todos sabemos dónde se encuentra Bailén, pues ha sido, desde tiempo inmemorial, lugar de paso obligado en las rutas que comunican el norte con el sur de la Península y que atraviesan el paso de Despeñaperros, por la que todos los andaluces hemos pasado.
Es aquella una tierra llana y seca, donde el calor del verano aprieta con ganas de asfixiarte y del que no hay defensa posible, salvo en los tiempos modernos, con el aire acondicionado.
El verano de 1808 fue muy caluroso y aunque los españoles estaban más acostumbrados a la canícula, ésta, causaba estragos en las filas del general Castaños, que era el comandante en jefe de aquel ejército que se formó a la carrera.
Para tratar de dar siquiera un destello de formación militar, los muchos voluntarios que acudían a enrolarse en aquel ejército, eran sometidos a durísimas jornadas de entrenamiento, con una temperatura superior a los cuarenta grados y vestidos con la uniformidad adecuada.
Las tropas francesas estaban al mando del general Dupont, un experimentado y brillante general que había recibido órdenes de dirigirse hacia Cádiz, en donde la escuadra francesa del almirante Rosilly estaba bloqueada, liberar la escuadra y hacerla operativa, a la vez que se tomaba Cádiz, considerada llave del Mediterráneo por los asesores militares de Napoleón.
Tras esa campaña, que a todas luces se suponía un paseo militar, a Dupont le esperaba el ascenso a mariscal, el más alto grado del ejército francés.
Con esa misión, el veintitrés de mayo salió Dupont de Toledo hacia el sur, cruzando Despeñaperros, pero al llegar muy cerca de Córdoba, concretamente a la localidad de Alcolea, se encontró con una sorpresa y es que el gobierno de España, en ese momento instalado en Sevilla, había declarado la guerra a Francia y un contingente de unos tres mil soldados, pretendían impedir el paso de las tropas francesas hacia Cádiz.
Como es natural, las tropas españolas fueron arrasadas por los franceses que, furiosos por el retraso que le había supuesto aquella batalla, entraron en Córdoba donde durante tres días se dedicaron a saquear la ciudad y a violar y asesinar brutalmente a sus habitantes.
Con esta pérdida de tiempo, cuando llegaron a Cádiz no pudieron liberar la escuadra francesa, pues desde La Isla de León se habían cortado todas las comunicaciones por tierra y ya se habían preparado para resistir el asedio francés. Como todos sabemos, las dos ciudades resistieron sin claudicar hasta el fin de la guerra.
En ese momento, el General Castaños comprende que si es capaz, con su ejército, de cortar las comunicaciones y los abastecimientos con el sur, los ejércitos franceses tendrán muy difícil su situación, por lo que prepara a sus soldados para combatirlos, mientras que las partidas de guerrilleros hacen su labor de zapa incordiando cuanto pueden a las tropas y los convoyes franceses.
En vista del peligro que se les presenta por la retaguardia, Dupont retrocede con parte de su ejército, un cuerpo de más de veintitrés mil hombres de infantería y caballería y pensando, quizás, que el enfrentamiento sería un juego, como lo había sido la batalla de Alcolea, se encuentra con Castaños muy cerca de Bailén.
Con cuarenta y cinco grados a la sombra, el día 18, víspera de la batalla, había sido una jornada de verdadero fuego, pero lo había sido mucho más para los franceses, porque el suministro de agua no había sido debidamente planteado y el preciado líquido escaseaba, mientras que el ejército español, apoyado por los vecinos de Bailén y otras localidades cercanas, formaron una verdadera red de suministro de agua en la que participaban los mayores, las mujeres y los niños y todos aquellos que no podían empuñar un fusil o esgrimir un sable.
Los franceses recibieron de Porcuna, una reata de veinte mulas cargadas con cántaros de agua como único suministro.
Y aquí es cuando entra en la historia María “La Culiancha”, así llamada por lo que cualquiera se puede imaginar.
María Bellido Sánchez, “La Culiancha”, había nacido en Porcuna, cuarta hija de un matrimonio que tuvo nueve descendientes; se casó con un alfarero de Bailén llamado Luís Cobo de la Muela que se desplazaba por los pueblos de aquella zona vendiendo sus cántaros, lebrillos, botijos y otros objetos de barro que desde siempre, han tenido muchísima producción en la ciudad, a la que María se trasladó.
Cuando se preparaba la batalla, el general Castaños sabía que quien tuviese el agua, ganaría al final y así, se preocupó mucho en cuidar que pozos, norias, acequias y cuantas conducciones de agua de la zona pudieran servir para mitigar la sed y los calores, estuviesen perfectamente operativas.
Uno de esos pozos estaba en una hacienda muy próxima al río Rumblar, sobre el que se celebró gran parte de la batalla y que era propiedad del marido de “La Culiancha”, que en ese momento tenía sesenta y cinco años, la cual organizó a un grupo de mujeres a las que su esposo abasteció de cántaros con los que transportar el agua.
Cuando más apretaba el calor y más apretaban los franceses en un último esfuerzo por vencer, María, se dirigió con un cántaro hasta la tienda donde se encontraba el general Reding, segundo en el mando de Castaños, al que fue a ofrecerle un poco de agua.
En ese momento, una bala francesa, o quizás española, porque en aquellos momentos cada uno disparaba hacia donde podía, rompió el cántaro que María portaba, rompiéndose y cayendo al suelo, de donde, sin inmutarse apenas, María recogió un trozo que aún conservaba algo de agua y se lo ofreció al general, advirtiéndole que al momento regresaría con otro cántaro, cosa que hizo pocos minutos después.
Sorprendido de la sangre fría que aquella anciana mujer demostraba, el general Reding prometió recompensarla, cosa que se hizo, tiempo después, en la persona de una sobrina, pues María Bellido falleció a los pocos meses de la batalla, concretamente entre el siete y el ocho de marzo del año siguiente.
De todos los héroes de aquel día, es “La Culiancha” la única persona que tiene un monumento conmemorativo y no solamente eso es lo que la destaca del resto, es que la ciudad de Bailén decidió incorporar un cántaro agujereado por una bala al escudo de la ciudad.


Monumento a María Bellido y escudo de la ciudad de Bailén

Lamentablemente a la victoria de Bailén siguió una pésima negociación española, permitiendo a los más de dieciocho mil prisioneros franceses que se marchasen, algunos incluso con el botín de guerra que portaban.
A propósito del héroe de esta batalla, el general Castaño, se cuentan por César Vidal, dos anécdotas dignas de resaltar y que confirman su buen sentido del humor.
La primera es que tras la victoria, el general Dupont, con toda solemnidad y en señal de rendición, le entregó su sable diciéndole que era vencedor en cien batallas, a lo que Castaños le contestó escuetamente: Pues ésta es la primera que gano yo.
La segunda y de más calado es que, terminada la guerra, fue citado por el rey para comunicarle su agradecimiento, en una mañana del frío mes de enero madrileño. Castaño se presentó vestido con la uniformidad de verano y el monarca le preguntó cómo es que con el frío que hacía aquel invierno, iba vestido con aquellas ropas tan ligeras, a lo que Castaño, con ironía le contestó: ¿Invierno? ¡Pues ya ve, su majestad, aún no he cobrado la paga de julio!