viernes, 24 de octubre de 2014

LA RAYA CONTÍNUA




No me estoy refiriendo a la elegante raya del pantalón o a esa otra raya, menos exhibida, también de círculos elegantes pero más peligrosa que hace estragos en el cerebro, sino a la modesta raya de pintura blanca reflectante, que divide las carreteras y que afortunadamente, por la proliferación de autovías y autopistas, cada vez se usa menos.
Dividir en dos una carretera dibujando en su centro una raya continua es algo a lo que estamos muy habituados y sabemos que pisarla, aun sin romperla, cuesta unos cientos de euros y algunos puntos del carnet de conducir. La vemos tan cotidiana, tan frecuente en nuestras ciudades y carreteras, que nunca nos hemos parado a averiguar por qué existe, ni quien la puso en uso por primera vez.
Quizás hayamos pensado que es una solución lógica para diferenciar el tráfico que va en una dirección y el que va en la contraria y que como tal solución, se ha puesto en práctica desde que las carreteras dejaron de ser caminos de tierra o piedras, para convertirse en asfalto, pero la realidad es que no ha sido así.
En primer lugar, la raya blanca pintada en el pavimento es muy antigua; tiene siete siglos de vida y nunca obedeció a la necesidad de dividir el tráfico en un sentido y en otro, sino a la de separar el tráfico rodado de carretas y de caballerías, del de personas.
Pero es necesario hacer un poco de historia y centrar el tema.
Hubo en la historia de la Iglesia de Roma, momentos en que las finanzas estaban por los suelos. Muchos Papas y otros prelados distinguidos no hicieron, durante sus mandatos, otra cosa que enriquecerse y vaciar las arcas vaticanas que llegaron a pasar por momentos de tremenda angustia económica, tanto que se puede considerar un “milagro” la forma en la que a veces salieron del tremendo atolladero económico en el que se encontraban.
La falta de finanzas gravitaba fundamentalmente sobre dos pilares, ambos de suma trascendencia: el poder terrenal, basado fundamentalmente en el ejército y las grandes construcciones a que la santa organización tenía acostumbrado a sus seguidores.
Desde que Constantino el Grande trasladara la corte de Roma a Bizancio, rebautizada como Constantinopla, cedió al papado casi toda la península italiana, convirtiendo al Papa en un verdadero rey sobre sus territorios. Para poder gobernarlos era preciso tener un ejército que garantizara toda las acciones del estado y otra cosa más importante, una obediencia civil y religiosa de todos los habitantes del “reino”, usando al ejército cuando la segunda premisa fallaba.
No existía ninguna razón para que Roma fuese la capital de la cristiandad, pero los afanes expansionistas de Pablo de Tarso y sus seguidores y la creencia, quizás infundada, de que el apóstol Pedro hubiera muerto en dicha ciudad, de lo que no hay constancia en un sentido ni en el contrario, supuso a la postre que la necesidad, ya vislumbrada por los primeros cristianos de estar cerca del poder, era más factible trasladándose a Roma que permaneciendo en la mísera y arrinconada Jerusalén.
Como centro de la cristiandad Roma debía convertirse en la ciudad monumental que es y a ello contribuyeron algunos de los Papas, como los que construyeron la Capilla Sixtina o la Basílica de San Pedro, por no hablar de la infinidad de templos y grandes monumentos que la ciudad eterna acoge.
La capilla Sextina, enciclopedia de la pintura renacentista, se debe al Papa Sixto IV y es anterior a la Basílica de San Pedro, para cuya construcción no había en las arcas vaticanas ni un real, pero como muchos de los que se sentaron en el solio vaticano pensaban que más se le iba a recordar por sus obras arquitectónicas que por las espirituales, Julio II, sobrino del de la capilla Sextina, quiso ensombrecer a su antecesor y emprendió la construcción de la basílica.
Para ello no tuvo más que corregir y ampliar una disposición que su tío había puesto en práctica y que no era otra que la de legalizar, vía impuestos, la prostitución en Italia.
Nunca había sido una actividad legal, pero desde que el Papa les exige un impuesto si quieren desempeñar el oficio más antiguo del mundo, se convierten en unas trabajadoras toleradas, además del sostén de la economía vaticana. Julio, al comprobar los inmensos beneficios que reportaba aquel impuesto, lo hace extensivo a todos los miembros del clero que quisieran tener queridas, o simplemente estuviesen casados; y para que aquellos que no tenían votos de castidad, pudiesen deslizarse en la cama de cualquier mujer, sin cometer ninguna falta, otro pequeño impuesto que todos pagaban con sumo placer.
Era una fuente de ingresos fabulosas, lo que da idea de hasta que punto llegaba la concupiscencia de la época, pero no era suficiente para todos los gastos del estado vaticano, así que Julio se dio a pensar y se le ocurrió una gran idea.
No era otra cosa que la de aliviar los daños de las almas sufrientes en el purgatorio, mediante la aportación de un “pequeño óbolo”: las indulgencias.
En palabras del propio Papa: “Los que murieron en la luz de la caridad de Cristo pueden ser ayudados por la oraciones de los vivos. Y no solo eso. Si se dieren limosnas para las necesidades de la Iglesia, las almas ganarán la indulgencia de Dios.”
El negocio era redondo y miles de clérigos marcharon por todo el orbe cristiano vendiendo aquellas panaceas espirituales por cantidades en dinero a veces miserable, pero no importaba porque todo era negocio, ya que la contraprestación, además de inacabable, era gratis.
En aquella época oscura, donde el temor a Dios imperaba sobre todo lo terrenal, la venta de indulgencias era un negocio fabuloso.
Actualmente está en desuso, pero recuerdo que de pequeño mi madre compraba unas indulgencias que permitía a los españoles comer carne todos los viernes  del año, salvo los de cuaresma y que había sido consecuencia de la aportación española en la lucha contra el turco. Bula de la Santa Cruzada, creo que se llamaba, y como mi madre, muchos españoles contribuían así al mantenimiento de las cargas.
Para disimular un poco la desfachatez de ofrecer la remisión de la sagrada condena al purgatorio, mediante una limosna, antes de que las indulgencias se hubieran puesto de moda, otros papas habían inventado diferentes procedimientos que encubrían la misma transacción: tu me das una limosna y yo te garantizo que tu paso por el purgatorio va a ser de lo más liviano.
Claro que si después no resulta así, las reclamaciones al maestro armero, pero la limosna ya estaba en la faltriquera del cura.
Otra forma de ganar indulgencia era peregrinando a los lugares santos, cosa que hacían muchos cristianos a su buen arbitrio y sin organización alguna, hasta que en el año 1300, el Papa Bonifacio VIII tuvo una brillante y feliz idea.
Bonifacio trasladó la corte papal desde Nápoles, a donde la había llevado su antecesor, Celestino V, un ermitaño que quiso alejarse de las intrigas de Roma, y que renunció al papado tras cinco meses desde su coronación.
Además de la sede papal de Nápoles, Bonifacio se encontró las arcas completamente vacías, pues su antecesor era de los de verdad, de pobreza, castidad y rezo, y había repartido entre los pobres todo el dinero que se encontró en la caja fuerte.
Pobre como las ratas, Bonifacio tuvo una idea y promulgó el primer Año Santo que consistía en que todos los peregrinos que visitasen el templo de San Pedro, en Roma, obtendrían indulgencia plenaria.
Eso quería decir que iban a pasar por el purgatorio como la luz por el cristal, sin romperse ni mancharse.
Una verdadera ganga, total, por hacer una excursioncita de nada a Roma. La idea fue aceptada inmediatamente por posaderos, comerciantes, vendedores y todos los demás comprendidos en las categorías de “gentes de mal vivir” que entendieron que aquella congregación de fieles cristianos podría proporcionar pingües beneficios y así, putas y ladrones también acudieron gozosos a recibir su indulgencia.

Plaza de San Pedro abarrotada de peregrinos

Pero algo falló en la logística porque unas semanas después de la proclamación, fue tal la afluencia de peregrinos a la ciudad de Roma que se organizó un caos monumental del que era imposible salir.
Posadas y casas de comidas abarrotadas, obligaban a la gente a dormir a la intemperie y alimentarse como mejor pudieran; infinidad de robos, riñas y pendencias por cualquier motivo se daban en todas partes y lo que resultó más alarmante, un colapso total de las calles en las que resultaba imposible transitar, tal era el revuelto de carruajes, caballerías y caminantes.
Tras varios días de verdadero calvario, el autor de la idea del Año Santo, tuvo otra, quizás no tan magnífica, pero sí mucho más eficiente: ordenó que en todas las calles de Roma se pintase en el centro una línea blanca que separase a los caminantes del resto de los que transitaban por ellas y ordenó a sus guardas hacer cumplir aquella disposición y castigar la contravención con una multa.
No quitarían ningún punto del carnet de conducir, porque eso se inventó más tarde, pero sí que inventaron la raya continua y la multa por pisarla.
¡Y eso a principios del siglo XIV!


sábado, 11 de octubre de 2014

GIMBERNAT Y LOS REALES FALSOS





Seguro que la inmensa mayoría de españoles no ha oído nunca hablar de Carlos Gimbernat. Por mi parte confieso que el primer contacto con este personaje fue hace pocos días y con objeto de documentarme sobre cierta falsificación de monedas españolas ocurrida a finales del siglo XVIII.
Al profundizar en su vida quedé gratamente sorprendido de la proyección internacional de este científico al que en su propia tierra no se le ha hecho ninguna justicia .
Carlos Gimbernat y Grassot nació en Barcelona el 17 de septiembre de 1768, en el seno de una distinguida familia catalana.
Su padre, Antonio Gimbernat, era médico cirujano y fundador de la Escuela de Cirugía de San Carlos, creada en 1787, en Madrid, por iniciativa del rey Carlos IV.
Estudió ciencias naturales, matemáticas, física, química y botánica en Madrid y Salamanca, convirtiéndose en geólogo e historiador natural con sólo veintitrés años, momento en el que como compensación a la dedicación de su padre, fue pensionado por el rey para perfeccionar sus estudios en Inglaterra, Francia y Alemania.
Desde entonces vivió casi siempre en el extranjero, donde fue protegido de Maximiliano José I, rey de Baviera y principal aliado de Napoleón, pero sin desvincularse nunca de España, en donde se le nombró para varios cargos.
Su mayor contribución a la ciencia fue en el estudio de los gases procedentes de las erupciones volcánicas y de las aguas termales, que hizo siguiendo muy de cerca las erupciones del Vesubio.
Más tarde realizó una amplia investigación geológica sobre la formación de la cordillera de los Alpes, demostrando cómo se había producido el cataclismo que dio lugar a los picos más altos de Europa.
Pero no solamente en la historia natural o en la geología destacó este español universal, porque en otras ramas bien dispares, como realizar los primeros estudios sobre la litografía, sistema de impresión aun no puesto en práctica o sobre la estampación de los tejidos con la ayuda de aguas sulfúreas, procedentes de manantiales termales.
De toda su obra, que yo no he leído más que los títulos, lo que más despertó mi curiosidad es un informe que se le encargó recién llegado a Inglaterra para perfeccionar sus estudios, sobre unas falsificaciones de monedas españolas que estaba haciendo mucho daño a nuestra economía.
Para contar lo sucedido es necesario primero hacer un breve recorrido por la historia.
Durante las guerras que trajo como consecuencia la Revolución Francesa, la violencia y la animosidad que las naciones demostraron fue extrema.
La recién nacida república quería aniquilar, extinguir, a todos los reyes y las casas reales, a los que calificaba indiscriminadamente de tiranos. Por su parte, reyes y emperadores europeos se consideraban con todo el derecho a defenderse de aquellos que los querían destruir.
Toda Europa, menos España, declara la guerra a Francia, mientras nosotros nos doblegamos, primero a las ideas “ilustradas” y luego al poderío militar.
Hasta que el pueblo se alzó contra el invasor, nuestros reyes y sus gobiernos estuvieron en brazos de los franceses.
Esto hizo que Gran Bretaña declarase la guerra no solo a Francia, sino también a España y aprovechando su inmenso poderío naval, pretendieron apoderarse por la fuerza de las colonias españolas, a la vez que perturbaban el orden y la economía españolas.
Para esto último, unos “negociantes” de la ciudad de Birmingham, aprovecharon la situación internacional para falsificar la moneda española, concretamente los reales de a ocho, también llamado peso de a ocho y que los británicos conocían como “dólar español”, que era la moneda de plata más fuerte de la época, hasta tal punto que fue la primera moneda de curso legal de los incipientes Estados Unidos. Actualmente, el dólar canadiense, el estadounidense, el yuan chino y muchas monedas hispanoamericanas, tienen su origen en aquella prestigiosa moneda de plata española.


Las dos caras del Real de a ocho de finales del siglo XVIII

Es evidente que una falsificación masiva de esta moneda producía un quebranto más que considerable en la economía española, ya de por sí muy tocada desde siempre y a pesar de las ingentes cantidades de oro y plata procedente de las colonias.
Preocupados por la situación, el embajador de España en Londres, Simón de las Casas y Aragorri, encargó al joven estudiante Carlos Gimbernat que se desplazase a Birmingham al objeto de estudiar las diferentes falsificaciones que allí se estaban produciendo y poder atajarlas.
Gimbernat cumple con su cometido y de manera exhaustiva, informa al embajador de las circunstancias de la falsificación.
En primer lugar establece que ésta se realiza a sabiendas del gobierno inglés, que no toma ninguna medida contra los falsificadores y que algunos de los fabricantes de Birmingham habían llegado a poner en circulación cien mil monedas por semana, haciendo la salvedad de que algunos fabricantes de aquella ciudad eran personas honradas que incluso le habían ayudado en la investigación que había realizado.
Hasta tal punto era la connivencia del gobierno británico que un fabricante llamado Garbett, al enterarse de que un colega suyo había recibido instrucciones de fabricar moneda falsa, se dirigió a las autoridades británicas denunciando los hechos, de las que ni siquiera obtuvo contestación.
En vista de la actitud gubernamental, junto con otros fabricantes honrados, anunciaron que se daría un premio a quien denunciara a un falsificador de monedas.
Solamente se presentó una denuncia que se pasó al único magistrado de la ciudad para que tomara juramento al denunciante, pero resulta que el magistrado estaba ausente y cuando volvió, el que se había ausentado era el denunciante, así que no fue posible seguir procedimiento judicial contra la falsificación.
Tal descaro de permisividad existía en la política británica que incluso un tribunal aceptó la reclamación de un falsificador que pedía al gobierno el pago por su trabajo y terminó sentenciando que “la reclamación del falsificador es justa, fundada y legal, porque debe juzgarse permitida la falsificación”.
Como siempre, Gran Bretaña usaba cualquier argucia para atacar los intereses españoles, de igual manera a cuando fomentaba el corso.
Gimbernat descubrió que había cinco clases diferentes de falsificaciones de los reales de a ocho, habiendo estudiado minuciosamente muchas de aquellas monedas, a los cuales cortaba, limaba, analizaba su composición y cualquier otra práctica para determinar su forma de producción.
Se queja de la dificultad para conseguir especímenes de las monedas, pues aun contando con la connivencia gubernamental, todo el proceso está rodeado de un halo de secretismo que hace que las monedas falsas salgan del país sin que apenas lo perciban las autoridades y por supuesto ignorándolo el resto de la ciudadanía.
Había dos formas de falsificar: una usando monedas legítimas manipuladas; la otra falsificándolas por completo.
En el primer caso se prensaban las monedas, adelgazándolas e imprimiéndole nuevamente cada cara. Así resultaba un sobrante de ochenta y cuatro granos de plata por cada moneda (unos cuatro gramos y medio).
Otra forma era limar una cara de la moneda hasta dejar una finísima hoja con la otra cara, para hacer lo mismo al contrario. Así se obtenían las dos caras de la moneda que eran auténticas, entre las que se soldaba una pieza de cobre, cubriendo el canto con un “cordoncillo” igual al original, así se conseguía una moneda muy difícil de detectar, pues incluso sonaba como las monedas auténticas y solamente por el peso era detectable y el beneficio era el de siete octavos del peso de la plata.
La segunda forma de falsificación era total. No usaba partes legítimas y procedían de la siguiente manera: sobre una plancha de cobre prensaban una finísima lámina de plata a dos caras. Luego se cortaba en círculos del mismo tamaño que la moneda y se imprimían sus dos caras con unas laminadoras en forma de cilindros. El cordoncillo del borde se hacía de igual manera a como se mencionaba más arriba.
Eran estas muy malas falsificaciones, pues las monedas no daban ni el peso, ni el sonido de las auténticas, pero su beneficio era muy alto.
Otra forma era la utilización de estaño chapeado, más burda aún que la anterior y más beneficiosa en su producción.
Estas monedas falsificadas eran utilizadas exclusivamente por la Compañía de las Indias en todas sus transacciones comerciales con Estados Unidos y sobre todo con China y la India y no usaban otra moneda que el real de ocho.
La investigación llevada a cabo por el joven Gimbernat fue sin duda completa y difícil de realizar aunque sirvió de bien poco a los intereses de España porque como ya apuntaba él en su informe, una ley británica sancionaba la falsificación de moneda extranjera, que no circulara por el Reino Unido, como “crimen contra el tesoro” y sus autores y cómplices serían castigados con prisión perpetua y confiscación de todos sus bienes.
Por tanto, concluía el informe, no es por falta de leyes que los gobernantes no quieran castigar esta ilícita actividad y es por eso que continúa, envalentonada por la protección que gobierno y Compañía de Indias ofrecen a los falsificadores.
Otra razón más para calificar a la “pérfida Albión”, como ella misma se merece, a la vez que se intenta sacar del anonimato a un científico español sumamente ignorado.

viernes, 3 de octubre de 2014

¡VIAJEROS AL TREN!




Durante muchos años con esta exclamación comenzaban los viajes en tren. Negras locomotoras soltando humo y carbonilla, tiraban de largos trenes formados por vagones de madera e incómodos asientos, hasta que otros más confortables vinieron a sustituirlos y a estos los sustituyeron las camas que hicieron el viaje de lo más confortable. Solamente así se explica la existencia de trenes tan emblemáticos como el Transiberiano o el Orient Espress, con larguísimos recorridos.
Pero, ¿que se hacía antes, cuando no existían estos medios de locomoción?
Pues a recorrer caminos, andando o a caballo, o cruzar los mares a remo o a vela. ¡No había más! Y aun así hubo quien tuvo el valor de recorrer medio mundo y lo que es más importante, dejar por escrito las crónicas de esos largos periplos.

Tren de mediados del siglo XIX

Desde siempre se nos ha presentado al célebre Marco Polo, como el primer gran viajero de la historia de occidente; un mercader veneciano que en el último tercio del siglo XIII viajó hasta el Extremo Oriente en un largísimo itinerario de veinticuatro años y muchos miles de kilómetros. Su aventura nos llegó en una obra titulada El libro de las maravillas, más conocida como Los viajes de Marco Polo que el veneciano dictó a un escritor de la época llamado Rustichello, mientras estuvo preso en Génova, implicado en cuestiones políticas.
Sin desmerecer la epopeya de Marco Polo, con la que nos deleitamos en nuestra juventud, no es cierto que este fuera el primer gran viajero de la Era Cristiana, ni tampoco el primero en dejar por escritos las memorias de sus viajes.
Nueve siglos antes de que el ilustre viajero hubiera nacido, cuando todavía el imperio romano extendía su dominación en una gran parte del mundo conocido, nació y vivió en la provincia romana de “Gallaecia”, una mujer llamada Egeria, escondida durante siglos en los entresijos de la historia y a la que recientemente se la ha rescatado para otorgarle la consideración de primera gran viajera mujer de la que se tiene noticia.
Los datos biográficos que de ella se conocen son bien escasos lo que se da a la especulación sobre sus orígenes y su familia, por eso hay quien la relaciona con la familia de la primera esposa del emperador romano Teodosio el Grande, que había nacido en Cacabelos (antigua Cauca), cerca de Ponferrada, en la comarca de El Bierzo y por tanto en la provincia de Gallaecia, hacia el año 350; otra opinión, también puramente especulativa, es que fue la esposa, o al menos, pareja, del obispo hispano Prisciliano, ejecutado por la Iglesia como hereje y del que en la actualidad se tienen serias sospechas de que sea su cadáver el que tantos peregrinos veneran en Santiago de Compostela ( ver mi artículo
De cualquier forma al pertenecer a una familia adinerada y muy poderosa, gozó de gran predicamento en la sociedad de su época, entre la que destacó por ser una mujer extremadamente religiosa y de una curiosidad ilimitada, habiendo llegado a ser abadesa de algún convento importante de aquella provincia romana, de ahí que se la relacione con Prisciliano, pues en aquella época no existían votos de castidad entre los religiosos.
Se sabe de ella y esta vez con certeza, que visitó los Santos Lugares, en un viaje que realizó en 381 y que duró tres años, recogiendo sus impresiones en un manuscrito en latín vulgar llamado Itinerario a los Santos Lugares (Itinerarium ad Loca Sancta).
Aunque viajar es una actividad que siempre se tiene por arriesgada, en aquella época, hacerlo dentro de los límites del Imperio Romano, no revestía graves dificultades. La Pax romana proporcionaba unos índices de seguridad más que aceptables y, como se verá más adelante, la viajera no lo hacía en solitario, sino fuertemente acompañada.
Aprovechando las vías romanas y el establecimiento en todos los itinerarios de las denominadas “mansio”, o casa de postas que jalonaban los caminos, viajar era relativamente confortable, máximo en el caso de esta abadesa que usó de su influencia para acogerse a la hospitalidad de conventos, monasterios y cuantas instalaciones religiosas iba encontrando en su camino.
Contaba, por añadidura de algún tipo de salvoconducto oficial que debía estar expedido por una alta personalidad del imperio, pues le autorizaba a recurrir a protección militar si llegaba el caso, por lo que en muchas de las etapas del viaje, iba acompañada de una escolta de soldados romanos.
Hay constancia de que en 381 llegó a Constantinopla, desde donde partió hacia Jerusalén, visitando todas las ciudades mencionadas en los Evangelios y describiendo los ritos y ceremonias religiosas que se observan en cada lugar, por lo que su Itinerario tiene el doble valor de libro de viajes y catálogo de cultos y ceremonias de los inicios del cristianismo.

Imperio romano en el siglo IV


En las orillas del Mar Muerto, visita el lugar donde la tradición situaba la estatua de sal de la mujer de Lot, no hallando vestigio alguno de dicha estatua y sube a lo más alto de la montaña en donde la tradición dice que ardía permanentemente la zarza a cuya luz recibiera Moisés las Tablas de la Ley.
En su cumbre, situada a más de mil quinientos metros de altura, esta ubicado el monasterio de Santa Catalina, hasta el que llega, sudorosa y jadeante, pero sin ayuda alguna, mientras que sus acompañantes han de ser socorridos.
Subió también al monte Nebo, lugar desde el que Yahvé permitió a Moisés que contemplase la Tierra Prometida y en el que se dice que está enterrado el patriarca.
Cuando ya se disponía a regresar a Gallaecia, oyó hablar de unos santos monjes de Mesopotamia y sin dudarlo cambió su itinerario para conocerlos.
Así llegó al río Eufrates, del que cuenta que es tan impetuoso como el Ródano, pero mucho mayor.
Acompañada del obispo Eulogio de Siria, visitó a aquellos monjes anacoretas que tanto despertaron su interés, los cuales vivían en pleno desierto y en unas condiciones extremadamente inhóspitas.
De todo aquello que observaba, tomaba buena nota en una colección de relatos que a modo de diario, pero mucho más detallado, iba escribiendo.
Había llegado al extremo oriente del imperio. A partir de aquel punto, se acababa la hegemonía romana y el terreno era peligroso, además, ya no podía contar con escolta militar, por lo que fue convencida de que se volviera y aunque ella quería adentrarse en Persia, fue convencida de que se diera la vuelta, que su viaje estaba cumplido y que le quedaba mucho que contar sobre su experiencia.
Llevaba cuatro años de viaje cuando decidió regresar a Constantinopla en donde siguió escribiendo con la ilusión de que aquellas páginas suyas fuesen leídas por sus queridas monjas de Gallaetia, aunque es más que probable que en ese momento se sintiese mal, pues no intentó siquiera regresar a su tierra.
Falleció con toda posibilidad en aquellas tierras próximas a Constantinopla y allí debe estar enterrada en algún lugar desconocido, perdido en aquel vastísimo territorio.
Lo mismo que su sepultura, su obra literaria también se perdió y durante más de quince siglos, nadie supo de ella.
A finales del siglo XIX, concretamente en 1884, en la ciudad italiana de Arezzo, apareció un códice en pergamino, de treinta y siete folios, que contenía una obra ya conocida de San Hilario de Poitiers y una segunda obra, desconocida e incompleta, a la que faltaban folios del principio y del final y en la que se relataba el viaje a Tierra Santa. Tras muchos estudios y especulaciones, se ha determinado que es una copia del manuscrito del Itinerarium.
Es fácil comprender que Egeria “nació” después de haberse descubierto su libro. Es decir, nadie había vuelto a hablar de ella desde que desapareciera en las postrimerías del siglo IV; la única referencia escrita que de ella se conoce es una carta de San Valerio, obispo de Zaragoza y personaje coetáneo, a unos monjes e El Bierzo, en la que se la menciona profusamente. Fue al descubrirse su libro cuando la autora afloró en la historia, que hubo que recomponer a su medida y más por las propias apreciaciones que ella formula en sus escritos que por verdadera constatación rigurosa.
Por eso hay quien la ha identificado con Pulcheria, hija del emperador Teodosio, del que ya antes se dijo que debió ser familia, lo que justificaría sus enormes privilegios.
A principios del siglo XX, un monje benedictino y destacado hispanista llamado Marius Ferotin, fue quien definitivamente centró el personaje y la autoría del Itinerarium, pues San Valerio había usado muchos de sus datos en aquella carta mencionada más arriba, usando incluso el mismo estilo y vocabulario en la descripción de los trayectos.
Desde entonces nadie duda de la autoría del libro, como nadie lo hace de que estamos ante la primera viajera de la historia que por más de cuatro años y sin descanso, recorrió todos los límites orientales del imperio romano, confeccionando un libro de viajes tenido por el primero escrito por mujer.
Posteriormente se han ido encontrando otras referencias a la obra de Egeria, como la hallada en el Liber de Locis Sanctus que escribió Pedro Diácono, monje benedictino, historiador y escritor del siglo XII.
Es momento de reivindicar para nuestra compatriota el honor que le cabe, tanto como viajera, como de persona de profundas convicciones y sobre todo, de transmisora de sus experiencias.

viernes, 26 de septiembre de 2014

LA CONTAMINACIÓN MEDIÁTICA




Por Rafael Herrero Casaleiz (1)     


Ocurre hoy algo bastante generalizado en nuestra sociedad: Se habla mucho de todo, se sabe poco de casi todo y se reflexiona menos, “… si los españoles sólo  hablaran de lo que saben, se produciría un gran silencio que podríamos aprovechar para estudiar…” (M. Azaña.) (y para reflexionar, agregaría yo). ¿Quien puede poner en duda que, si ello fuera alcanzable, aportaría peso y solvencia, no sólo a la organización mediática, que lo necesita, sino también a una opinión pública, que también lo necesita, y en la que tanto influye aquélla? Sería una noble aportación de los medios que aplacaría las opiniones y juicios vehementes que tanto dañan a la opinión pública.

No es ningún secreto que la actitud de gran parte de nuestros medios está produciendo en la sociedad una contaminación mediática que, a juicio de muchos, es poco soportable. La constante reiteración de noticias seguidas de tan desafortunados como insolventes comentarios, no siempre los más alegres, caen sobre una sociedad que acepta con absoluta credibilidad y sin gran esfuerzo sensorial (le basta con oír o ver) la información que se le ofrece. Al menos, frente a esto, el lector de prensa tiene que realizar el esfuerzo de leer (e incluso reflexionar) y posiblemente sea la causa que justifique la constante caída de sus ventas -pese a su digilitación-.

En un interesante artículo (“La independencia, la verdad”) publicaba L. Enríquez Nistal que: “El respeto por la libertad de nuestros periodistas a la hora de informar o plasmar su opinión sólo tiene un límite: la veracidad de los hechos en cuestión. Garantizar esta premisa (de) libertad y respeto por la veracidad, constituye el eje principal de nuestra gestión. Siempre hemos creído que sin periodistas libres y rigurosos no habrá negocio, del mismo modo que sin negocio no habrá sitio para periodistas libres”.

La atención es la virtud por excelencia que nos enseña a ejercitar el espíritu crítico permitiéndonos no ajustarnos a ningún patrón, sino al propio criterio que forma parte de un estilo de formación y de vida. Vivimos en una sociedad en la que cada vez hay más “ruido”, más dispersión y menos capacidad de concentración, atención y reflexión. La consecuencia más nociva se manifiesta en la pérdida de rigor intelectual y calidad humana. Al propio tiempo destaca una “masa” que acepta con absoluta credibilidad aquello que les ofrecen los medios de comunicación sobre temas escasamente contrastados. Hemos llegado a un momento en que cada vez se pone más de manifiesto la contradicción cantidad/calidad, tanto por la faceta activa como pasiva, en buena parte de los estamentos y niveles de nuestra sociedad.

No es cuestionable que haya que respetar la libertad de nuestros profesionales de la información, pero corresponde a ellos dar a conocer la verdad de los hechos, midiendo los límites a la hora de plasmar sus opiniones y comentarios sin salirse de la veracidad contrastada.

Defendía Martín Municio que: “La libertad, en su más amplia acepción, y como criterio de valor, depende hoy del acceso sin trabas a las fuentes de información y a la cultura de la ciencia. Y, en una sociedad democrática, sólo una ciudadanía adecuadamente informada podrá contribuir de forma responsable a la toma de decisiones”.

Necesitamos, por tanto, una opinión pública que reciba referencias estables, tanto más en un país adicto al pesimismo que aún soporta el legado que nos dejaron  bastantes intelectuales de la “Generación del 98”  (“Me duele España”, de Unamuno, o “Es español el que no puede ser otra cosa”, de Cánovas, etc., etc.). No le hicieron un favor a las generaciones futuras o no eran conscientes de la responsabilidad y transcendencia  de unas manifestaciones, que tanto  iban a influir, negativamente, en el ánimo de nuestra sociedad a lo largo de los años, y que inexorablemente tanto se encona en las situaciones críticas de nuestra historia.

No quiero terminar sin aludir, una vez más,  a la memoria del gran filósofo y sociólogo Karl Popper, que en una transcendente conferencia celebrada en Munich en 1988, afirmaba: “…desgraciadamente son los periodistas…quienes buscan sensacionalismos, cuando ya tenemos sensaciones…Afortunadamente, la verdad puede comprobarse fácilmente: la verdad de que vivimos en Occidente, en el mejor de los mundos que nunca ha existido… Tenemos que llevar a los medios de comunicación a que vean y digan la verdad. Y también tenemos que llevarlos a que vean sus propios peligros y a que todas las instituciones saludables, desarrollen la autocrítica y se pongan en guardia a sí mismos. Se trata de una nueva tarea para ellos. Son grandes los daños que provocan en el presente. Sin su cooperación es prácticamente imposible permanecer optimistas”.

20 septiembre 2014




(1) Es economista. Miembro del Grupo de Opinión “Salvador de Madariaga”

viernes, 19 de septiembre de 2014

PIEL DEL DIABLO





Hace ya unos meses tenía preparada alguna documentación e iniciado un artículo sobre un personaje del siglo XVIII que pese a ser considerado actualmente como todo un erudito, había entrado en las páginas de la historia casi exclusivamente como literato y, por cierto, con no demasiado prestigio, aunque su figura y su trayectoria se están reivindicando.
Mi intención era sacar un poco del anonimato a ese personaje que se llamaba Diego Torres de Villarroel, cuando escuchando un programa de radio, hablaron de él, resaltando su vida de pícaro y su trayectoria intelectual y, sobre todo, su faceta de adivinador del futuro. Esta faceta, quizás la más llamativa, era a mi entender la menos acreditativa de la existencia de un personaje intelectualmente bien dotado, aunque ciertamente la más espectacular.
El hecho de que se refirieran a él en un programa radiofónico, me restó interés por seguir investigando sobre el personaje y, con toda la documentación que ya poseía, quedó arrumbado en una carpeta.
Pasado el tiempo di con un nuevo dato sobre el personaje, cuando encontré una descripción que hace de un fenómeno celeste, ocurrido sobre el cielo de Salamanca y que da toda la sensación de ser un avistamiento OVNI.
Fue entonces cuando decidí que el artículo había que terminarlo, aunque solo fuera para resaltar la descripción del fenómeno y para compensar las diferencias habidas entre erudito y nigromante, sus dos actividades más destacadas. A grandes rasgos, su historia es esta.
Hijo de un librero, nació en 1694 en Salamanca y debió ser un buen mozo, tal como él mismo se describía, con más aspecto de nórdico que de castellano. Brillante en los estudios, simpático en la calle y alocado todo el tiempo, obtuvo una beca para estudiar en el Colegio Trilingüe de la Universidad de Salamanca, en donde se aprendían las llamadas lenguas bíblicas (griego, hebreo y latín).
Diego era muy inteligente aunque no demasiado buen estudiante, pero además era un muchacho díscolo y travieso, un verdadero pícaro al gusto del momento. Su temperamento vehemente le impulsaba a faltar a clase, meterse en peleas, incluso con apuestas de por medio, robar las meriendas de los compañeros y toda clase de travesuras, lo que le hizo ganarse el calificativo por el que era conocido de “Piel del Diablo”.
En la librería de su padre leía con verdadero entusiasmo y sin orden alguno, apasionándose de cada libro que abría y así se aficionó a la astrología o a las matemáticas, ciencia que en aquella época había quedado en desuso prácticamente.
Al salir del colegio y debido a sus muchos desmanes, se vio obligado a huir a Portugal, en donde llevó una vida llena de aventuras habiendo sido desde estudiante de medicina y curandero, hasta bailarín y torero, pasando por ermitaño, alquimista y astrólogo, militar y desertor.
Cuenta en su biografía novelada, llamada Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego Torres de Villarroel, que regresado a Salamanca y para ganarse la vida, montó un negocio que consistía en escribir y editar almanaques y pronósticos que firmaba con el pseudónimo de “El gran Piscator de Salamanca”, haciéndose famoso rápidamente y al que mucha gente acudía para conocer qué le depararía el futuro.
Ciertamente el joven astrólogo y adivinador, hizo varias predicciones en las que acertó plenamente, como la muerte del rey Luís I, el reinado más corto de la historia de España, (ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-mas-breve-y-el-mas-largo.html), que lo publicó en el Almanaque de 1724 y cuya muerte ocurrió, efectivamente, en agosto de aquel mismo año, así como predecía la climatología, sucesos próximos y dos curiosos acontecimientos: el Motín de Esquilache de 1766 y la Revolución Francesa en 1789.



Grabado de Diego Torres


Esta última, con una curiosa y enrevesada poesía que dice:

Cuando los mil contarás
 con los trescientos doblados
 y cincuenta duplicados
 con los nueve dieces más,
 entonces, tú lo verás
 mísera Francia, te espera
 tu calamidad postrera
 con tu rey y tu delfín
 y tendrá entonces su fin
 tu mayor gloria primera.

La profecía se explica así: 1000+(300x2=600)+(50x2=100)+(9x10=90), lo que equivale a 1790, cuando la Revolución estaba en todo su apogeo.
Pero es evidente que como Piscator de Salamanca tuvo que tener otros aciertos que lo encumbraran, pues el Motín de Esquilache no ocurre hasta cuatro años antes de su muerte, en 1766, mientras que la Revolución Francesa no fue hasta diecinueve años después de muerto.
Es decir, estas dos adivinaciones pudieron darle fama póstuma, pero no presente.
Portada de su autobiografía

Después de querer ganarse la vida en el seno de la Iglesia, se hizo subdiácono, pero comprendió que su vida iba por otros derroteros y en 1726 optó a la cátedra de matemáticas de la Universidad de Salamanca, vacante desde hacía muchos años, la cual obtuvo, comenzando a impartir clases a pesar de reconocer él mismo que sus conocimientos de la materia eran bien escasos, aunque superiores a los de los demás opositores a la cátedra.
Su inquieto carácter le impedía asentarse en ningún lugar y por eso, dejó todo en Salamanca y alquilando un borrico, se trasladó a Madrid con todas sus pertenencias.
Si Torres de Villarroel hubiese vivido en nuestros días, sin lugar a dudas que hubiese sido un visitante asiduo de programas sobre esoterismo, ciencias ocultas, fenómenos paranormales y expedientes OVNI y buena prueba de ello son las dos anécdotas que se relatan a continuación.
Una vez en Madrid, se ganaba la vida como buenamente podía, con más intención que fortuna, llegando casi a dedicarse al contrabando si no es porque el mismo día en que iba a salir para Burgos a trasladar unos fardos de tabaco, se encontró a un clérigo conocido suyo que sabiendo la despreocupación tan característica del personaje, le pidió, por favor, que fuese a la residencia de la condesa de los Arcos, un palacete de la calle Fuencarral, en donde cada noche se sucedían extraños fenómenos, por si él era capaz de desentrañar aquel misterio que estaba llenando de terror a la familia de la condesa y a todos sus sirvientes.
Pensando que en tan noble casa llenaría la panza, aquella noche se dirigió al palacete, en donde tras una buena cena, se dispuso a dormir en el salón de la casa, lugar en el que se habían refugiado todos los moradores, tanto familiares como sirvientes, para así, en compañía, darse ánimos con los que poder conjurar los miedos que los atroces ruidos, como de truenos, que cada noche se oían a partir de la una de la madrugada, provocaban en los moradores.
Aquella primera noche, con puntualidad, fue despertado por los ruidos que se escuchaban en toda la casa. Provisto de un hachón y una espada, Diego recorrió todo el palacete, no encontrando causa alguna que justificase semejantes ruidos.
Así fue durante once noche hasta que en la última, al subir a la primera planta, una fuerza inexplicable apagó la antorcha, sumiéndolo en la más absoluta oscuridad. Reptando como pudo, bajó al salón, mientras se seguían escuchando los tremendos ruidos y cómo los cuadros y lámparas se iban descolgando de sus soportes y cayendo al suelo con gran estruendo.
No pudo comprobar nada, pero sacó la conclusión de que una fuerza desconocida se había apoderado de aquel palacio, aconsejando a la condesa que cambiase de vivienda, cosa que hizo.
Dos años estuvo hospedado en la casa de la condesa, durante los que continuó haciendo sus predicciones y pronósticos, los cuales recogió en un compendio que se titula “Extracto de los pronósticos del gran Piscator de Salamanca”.
Testigo presencial de un extraño suceso ocurrido sobre el cielo de Salamanca, lo describe y se recrea, en un opúsculo que dedica a su amigo don Juan Ventura, cuya lectura recomiendo y que se titula: “Juicio y pronóstico del globo y tres columnas de fuego que se dejaron ver en nuestro horizonte español el día dos de noviembre de este año de 1730 y unas preparaciones medicinales para librarse de la malicia de sus vapores y humos”. (la obra puede encontrarse aquí:
Empieza diciendo que del suceso que va a narrar hay precedentes y que tanto de Navarra, como de Andalucía, le ha llegado constancia de que años antes se ha producido un extraño fenómeno muy similar y que él describe minuciosamente, situándolo con precisión en la esfera celeste, entre los signos de Cáncer y Leo, no en vano era docto en astrología y astronomía.
Continúa describiendo el fenómeno como un enorme globo de fuego junto al que sitúa lateralmente dos columnas que le parecen subir y bajar, adquiriendo mayor luz que cambia de color y que duró hasta las cuatro y media de aquella madrugada.
Como es natural, tratándose de aquella época, el primer pensamiento se refiere a la posibilidad de un embajador celestial, enviado para mostrar al mundo la indignación divina. Prosigue analizando que cuantos fenómenos como eclipses, cometas y otras cosas raras de los cielos, se han hecho presentes, otras tantas calamidades han sobrevenido a posteriori y con una clara equivalencia, por lo que aquel fenómeno que él pudo apreciar y que duró más de cuatro horas, traerá, de manera invariable, cuatro años de “destemplanzas”.
Termina con lo que denomina “Prevenciones para huir de la mala condición de los influjos del fenómeno” entre las que recomienda estar alegre, hacer ejercicio, beber “horchata de cuatro simientes”, observar la higiene, comer carne fresca, verduras variadas y leche de cabra y desaconseja las purgas. En fin, una dieta sana, como la entenderíamos en estos tiempos.

Ha sido una suerte que este personaje fuese testigo directo del extraño fenómeno y es una satisfacción para mí el sacarlo, en la medida que me sea posible, del ostracismo en el que ha estado inmerso y destacarlo como erudito, literato extraordinariamente prolijo, adivinador y hombre de ciencia.

viernes, 12 de septiembre de 2014

TIRARSE POR EL VIADUCTO




Casi cada pueblo tiene su tradicional sistema de suicidios que a lo largo de la historia, han ido configurándose de forma adaptada a los nuevos tiempos.
En la Grecia clásica beber la cicuta era el sistema tradicional; en Roma recurrían al físico que seccionaba las venas de los antebrazos. En el Japón se recurría al Hara-Kiri y los azafranados bonzos recurren al fuego purificador.
Pero lo más tradicional ha sido el ahorcamiento, la defenestración, el pistoletazo en la sien, cuando se inventaron las pistolas y arrojarse al tren en los tiempos más modernos.
Una forma de defenestración, palabra que procede del francés y que quiere decir tirarse por la ventana, era la de arrojarse desde cualquier lugar elevado y en este sentido, la ciudad de Madrid tiene un lugar preferido que es lanzarse al vacío desde el puente llamado Viaducto de Segovia, situado en la calle Bailén, muy cerca del Palacio de Oriente.
Este sistema para quitarse de en medio, efectivo donde los haya, comenzó a hacerse popular a mediados del siglo XIX, a raíz de ciertos acontecimientos ocurridos en la capital y de los que ahora vamos a hablar.

El famoso Viaducto de Segovia

De pequeños, muchos de nosotros hemos participado en aquellas cadenas en las que mandabas una tarjeta postal o un sello de Correos a los seis últimos de una lista y con el paso del tiempo recibías miles de tarjetas o sellos. Yo fui, durante bastantes años, muy aficionado a la filatelia, ya lo he comentado en artículos anteriores y en varias ocasiones me apunté a aquellas cadenas milagrosas, de las que debo decir, en honor de la verdad, que nunca recibí nada.
Eran unas cadenas infantiles, desprovistas de maldad en las que los primeros en apuntarse sí que recibían centenares y miles de postales o sellos, pero para los últimos, la cosa era muy diferente.
Estas cadenas, que no dañaban las economías de nadie, tenían su fundamento en otras habidas con mucha anterioridad, en las que sí hubo pérdidas más que cuantiosas, con beneficio exclusivo para el organizador y los primeros enganchados.
Es lo que se ha dado en conocer como Estafa Piramidal, o Esquemas Ponzi que está considerado como delito en muchos países, sobre todo en los llamados civilizados.
Por este sistema se han enriquecido algunos y luego han ido al traste todos; entre ellos empresas tan supuestamente potentes como Sofico, Fidecaya, Gescartera, Forum Filatélico, Afinsa, Madoff y un etcétera al que habrá que agregarle alguna más con el tiempo.
Pero, ¿quién inventó esta forma de estafar?
Casi seguro que estaríamos inclinados a atribuirla a algún avispado financiero/estafador inglés, francés, alemán o americano, pero no. Lo mismo que el Estraperlo lo inventaron dos españoles llamados Pérez y López que junto con el suizo Straus pusieron en marcha el sistema (Stra-Per-Lo), la invención de esta estafa fue de otro español.
En este caso, una española: Baldomera Larra Wetoret, por más señas, hija del afamado escritor romántico, Mariano José de Larra.
Larra era hijo de un médico de los considerados afrancesados que tras la marcha de José I Bonaparte, tuvo que salir de España, con toda su familia, regresando años después con la amnistía de Fernando VII. Debía ser buen médico, pues al poco tiempo ya era médico de la corte, proporcionando a sus hijos un hogar confortable.
No era Mariano José una persona muy equilibrada, antes al contrario, lo que le hizo vivir episodios que en la época se considerarían muy al gusto, pero que evidenciaban que algunos tornillos en su mecanismo interno, no estaban lo suficientemente apretados.
Así, por ejemplo, vino a enamorarse de la amante de su padre, lo que le trajo graves consecuencias familiares, para luego casarse con una mujer simple, Josefa Wetoret, que aparte lo progre de su apellido extranjero, no aportaba a su efervescente vida, ningún matiz.
Con ella tuvo tres hijos, Luís Mariano, libretista de zarzuelas, algunas de mucho éxito, Adela y Baldomera, las cuales tenían cinco y cuatro años respectivamente cuando su padre decidió acabar su vida disparándose un tiro en la sien, a la manera más romántica.
Pero a pesar de la pérdida del cabeza y sustento de la familia, salieron adelante, e incluso las hijas hicieron buenos casamientos, pues la protagonista de esta historia se casó con Carlos de Montemayor, médico sevillano de la Casa Real y también afrancesado, como su abuelo y Adela, más díscola, llegó a ser la amante temporal de rey Amadeo de Saboya.
Amadeo pidió la carta de despido y dejó a Adela con las vergüenzas al aire y  tras la Primera República, con la llegada de Alfonso XII, los afrancesados optaron por salir de España, cosa que secundó el de Montemayor, que marchó a las Américas, abandonando a Baldomera y a sus tres hijos, por lo que, de la noche a la mañana, ambas hermanas se vieron en la calle.
Pero Baldomera era de recursos o al menos, una persona lanzada. En un principio y para sobrevivir, recurrió a prestamistas, en cuyas casas terminaron cuanto de valor tenía el hogar, además de satisfacer unas elevadas cantidades por los intereses.
Fue en ese momento cuando se le ocurrió una forma de ganar dinero que de inmediato puso en práctica. Se trataba de un novedoso sistema, pues acababa de inventar y poner en funcionamiento el sistema de Estafa Piramidal.
Consistía en captar un cliente a quien ofrecía un interés de hasta el cien por cien en pocos meses, en principio dejando en prenda algunas de sus pertenencias. A continuación continuaba con las captaciones y con las aportaciones recibidas por nuevos clientes, abonaba al primero la cantidad aportada y los intereses, siguiendo así con el segundo, el tercero y muchos más.
Esta forma de ganar dinero se corrió rápidamente por todo Madrid, atrayendo cada vez a más clientela, llegando a un número tan elevado de impositores que Baldomera fundó la llamada Caja de Imposiciones, en la que hoy se llama calle Los Madrazo, detrás del Palacio de Las Cortes.

Baldomera Larra de mayor y sin las patillas

Pronto aquel local se le quedó pequeño y se trasladó a la castiza Plaza de la Cebada. Allí operaba con su secretario, Saturnino Isegas, a la vista de todo el mundo, llegando a pagar intereses del treinta por ciento mensual con el dinero que le iban aportando los nuevos impositores.
Cuando parece ser que tenía unos cinco mil impositores, había recaudado más de veinte millones de reales (unos cinco millones de pesetas, cantidad impensable en aquella época), de los que muy buena parte eran sus ganancias.
Alcanzó tal fama con su novedoso sistema que trascendió las fronteras y la prensa de París, Bruselas y otras capitales europeas, se hicieron eco del formidable negocio que Baldomera regentaba.
A Baldomera empezaron a llamarla “La madre de los pobres”, como apelativo cariñoso opuesto a otro con el que se la conocía también, que era “La Patillas”, por dos tirabuzones que llevaba pegados a las orejas y cuando sus impositores le preguntaban en qué sistema se basaba para proporcionar aquellas fabulosas ganancias ella, muy ufana, contestaba que era tan simple como el huevo de Colón.
Como es natural, después de una primera impresión favorable, personas técnicas en finanzas empezaron a hablar del peligro de aquellas inversiones y la prensa, tan favorable en los comienzos, se decantó abiertamente en contra de aquel sistema que ya empezaba a verse como una estafa.
En el año 1876 una buena mañana, los impositores encontraron cerradas las oficinas de Baldomera; había huido con todo el dinero que en ese momento tenía en la caja y sus últimos impositores quedaron de una pieza y sin su dinero.
Dos años más tarde, se tuvieron noticias de que Baldomera vivía en Auteil, una pequeña ciudad de Francia al oeste de París.
El juez de Madrid que llevaba el caso solicitó de las autoridades francesas la extradición, cosa que se consiguió y se la sometió a juicio.
Fue condenada a seis años de cárcel, igual que su secretario, ingresando ambos en prisión, mientras que su abogado, Felipe Aguilera, recurría la sentencia basándose en algo que sería una burla, pero una burla legal.
Baldomera era una mujer casada que carecía de la pertinente autorización de su marido para contratar y obligarse, totalmente imprescindible en aquella época, de forma que los contratos de préstamos suscritos por ella eran nulos, por tanto, todo lo demás ocioso. Es decir, no había acreedores, ni alzamiento de bienes, ni fuga de la justicia.
El 1 de febrero de 1881 fue puesta en libertad junto con Saturnino por sentencia del Tribunal Supremo, para el que los actos cometidos eran de una trascendente inmoralidad, pero que no pudieron constituir obligaciones legítimas sujetas a la acción de los tribunales.
Tras su salida de prisión se le perdió la pista y hay quien dice que marchó a Cuba, en donde vivía su marido y otros que se fue a Argentina, en donde murió a principios del siglo XX.
Sea come fuere, de lo que no hay duda es que a Baldomera le cabe el dudoso honor de haber sido la primera persona del mundo en emplear un sistema o método de estafa encubierta que luego han puesto en práctica muchos otros.
¿Y qué tiene que ver lo del Viaducto? Pues muy sencillo, cuando a la “financiera” le preguntaban qué garantías existían en la Caja de Imposiciones, contestaba con muchos descaro: ¿Garantías?, ninguna, tirarse por el Viaducto.
Curiosamente, desde aquella fecha, se puso de moda en Madrid suicidarse arrojándose por el Viaducto.

Y una última cosa que no me explico: ¡Su padre, tan fino y tan romántico y ponerle a su hija Baldomera! ¿Es que no había otro nombre?

jueves, 4 de septiembre de 2014

EL PAN DE LAS EMBARAZADAS





Sin duda alguna, el mayor avance que la medicina ha experimentado en el campo de los medicamentos, ha sido el descubrimiento de la penicilina.
Es este un tema muy estudiado y publicado y sobre el que pocas cosas nuevas se pueden decir, si no es contar alguna anécdota que haya resultado poco conocida, o desmentir otras, tan extendidas como falsas.
Empezaré por esto último porque sobre el descubridor de la penicilina se han contado muchas cosas y bueno es que éstas se sepan, pero también se han contado falsedades que no venían a cuento ni hacían falta ninguna para dar brillantez a una historia tan deslumbrante como la de Alexander Fleming.
Como casi todo el mundo conoce, Fleming nació en el Reino Unido, concretamente en una pequeña aldea de Escocia, donde vivía su padre con su segunda esposa, de la que tuvo cuatro hijos, al tercero de los cuales pusieron de nombre Alexander.
Su padre murió cuando nuestro protagonista tenía solamente siete años y fue su madre y la ayuda de los hijos mayores, habidos en un matrimonio anterior, los que sacaron adelante a Alexander y sus hermanos pequeños.
Nace aquí un leyenda, demostrada recientemente como falsa, que cuenta que en aquellos bellísimos parajes de Escocia, la familia Churchill acostumbraba a pasar largas temporadas veraniegas y que en una de esas vacaciones estivales, el jovencísimo Winston, que llegaría a ser el más conocido de todos los primeros ministros británicos, jugaba junto a un pantano. El joven resbaló y cayó al agua cenagosa, en la que pronto empezó a hundirse.
A los gritos de auxilio que el joven lanzaba, acudió Hugh Fleming, campesino que cuidaba su ganado que pastaba en las proximidades y que, con habilidad y gran riesgo de su vida, consiguió sacar del absorbente cieno al joven Winston.
Conocido por el padre del muchacho la heroicidad de aquel campesino, cuentan que cierto día se presentó en la casa de los Fleming y reconociendo la enorme deuda que su familia tenía con él, le hizo entrega de cierta cantidad de dinero para que los hijos de aquellos humildes labriegos pudiesen tener la misma educación que su hijo Winston recibiría llegado el momento.
La historia es bonita y emotiva, pero es falsa. Al quedar huérfano, Alexander tenía siete años, iniciando los estudios primarios que acabó con trece, momento en el que se trasladó a Londres, donde vivía el mayor de sus hermanos, producto del primer matrimonio de su padre y que trabajaba en un hospital, el cual lo acogió mientras realizaba dos cursos de estudios superiores en un instituto de la capital, concluidos los cuales, encontró un empleo en las oficinas de una compañía naviera.
Con diecinueve años se alistó como voluntario en el llamado Regimiento Escocés de Londres que se iba a desplazar a Sudáfrica para participar en la Guerra de los Boers, pero antes de que partiera el regimiento, terminó la guerra, por lo que Alexander se quedó con las ganas.
Pero le había gustado la vida militar que llevó aquellos meses y no se desenroló, sino que permaneció agregado al Regimiento Escocés, con el que participó, más tarde, en la Primera Guerra Mundial.
Siempre admiró el trabajo de su hermano en el hospital, por eso, cuando a los veinte años recibió cierta cantidad de dinero, probablemente de la venta de las tierras que la familia tenía en Escocia, decidió emplearlos en estudiar medicina.
Esa fue la verdadera procedencia del dinero que le permitió dedicarse a la actividad que le proporcionaría fama mundial y no un regalo de los Churchill, con quien se le volvió a relacionar muy posteriormente en otra anécdota que también resulta ser falsa.
Contaban que durante la Segunda Guerra Mundial, siendo Winston Churchill primer ministro, enfermó de neumonía, temiéndose seriamente por su vida.
Ya estaba descubierta la penicilina, si bien su uso no se había extendido, quizás por dificultades técnicas, quizás porque otras preocupaciones más importantes ocupaban los planes británicos, pero lo cierto es que hasta que Estados Unidos se interesó por el medicamento, al que consideraban muy superior al poder que tenían las sulfamidas, única medicina contra las infecciones, el antibiótico no despegó realmente.
Esa leyenda dice que Fleming ofreció su penicilina para curar a Churchill y que gracias a ella, sanó.
Hoy, y consultados los archivos médicos del hospital en el que estuvo ingresado el primer ministro, se sabe que no es cierto que se le inyectase penicilina, sino que siguió un tratamiento a base de un medicamento llamado “Sulphapyridine” de los laboratorios May&Baker, al que se refirió Churchill en una entrevista en la que decía que aquel medicamento le había salvado la vida.
Tras muchos esfuerzos, Fleming consiguió que la penicilina se produjese masivamente, no habiendo querido nunca patentar su descubrimiento que muy pronto se mostró como el principal agente para combatir las infecciones, sobre todo en las guerras, en donde el científico había comprobado que la mayoría de los heridos no morían por la gravedad de las lesiones sino por las infecciones producidas, entre ellas la “gangrena gaseosa”, causante de una gran mortandad.

Una de las últimas fotografías del Dr. Fleming

Estas son las dos anécdotas a las que quería referirme sobre la vida de Fleming, las cuales, aun no siendo verdad, no desmerecen para nada el trabajo de este sabio al que se le reconoció su valía con la concesión del Premio Nobel, entre otros muchos reconocimientos.
Pero ¿qué hacía la humanidad antes de que a su disposición estuvieran herramientas poderosas para luchar contra las enfermedades?
Pues hacía lo que podía, eso sí, con un poco de sentido común y mucha menos técnica, aunque hubiera muchos avispados galenos, adelantados a su tiempo que comprendieran, aunque de manera rudimentaria, algunos procesos de las enfermedades.
Se encendían hogueras y antorchas para combatir la propagación de la peste, de eficacia discutible, pero con la lógica finalidad de purificar por el fuego el aire que se había de respirar; también se quemaban los cadáveres y las ropas y enseres y algunos aprendieron que atando fuertemente un pañuelo empapado en agua a la nariz y la boca, la enfermedad no penetraba.
En otro campo, en el de las batallas, desde tiempo inmemorial, algunos curanderos que acompañaban a los ejércitos como médicos o ensambladores, preparaban un pócima cuyo resultado les era bien conocido, aunque no entendían el proceso.
Usaban masa de pan, con la levadura natural que en la época se usaba y dejaban la masa fermentar por unos días en un ambiente fresco y húmedo. Pasado ese tiempo disponían de ella de manera que a los heridos en las batallas, les aplicaban sobre las heridas aquella masa, comprobando que a muchos de ellos no se les infectaban las mismas.
Llegaban incluso a realizar terapias más que agresivas, como cuando algún noble o caballero hubiera sufrido una herida profunda y entonces el médico introducía en la masa fermentada del pan, una espada similar a la que le había herido, dejándola un tiempo, para extraerla e introducirla seguidamente en la herida, con lo que se lograba atajar la infección.
A veces los procedimientos eran más drásticos como el uso de larvas de moscas cadavéricas para devorar las células muertas por necrosis en las ulceraciones.
Se basaba esta práctica en una realidad que nuestros antepasados habían constatado y es que estas larvas solamente consumían la carne muerta, sin que el tejido vivo que la circundaba sufriera la agresión de estos gusanos.
Pero quizás el procedimiento más científico es el que se utilizaba en el sur de España.
En el este de la provincia de Málaga hay una zona intermedia entre la costa y las sierras del interior que se llama Axarquía, en donde durante muchos años se practicó una singular medicina con las parturientas.
Los índices de fallecimiento por fiebre puerperales han sido siempre muy elevados, dada la escasa higiene que se observaba en los partos, en los que se contraían infecciones que acababan, de manera trágica, con la vida de la madre.
Una bárbara costumbre que tuvo vigencia hasta bien entrado el siglo XIX era colocar un zapato viejo en las entrepiernas de la mujer, una vez producido el alumbramiento. Obviamente esta salvaje práctica acabó con la vida de muchas mujeres que en otro caso habrían sobrevivido al parto de manera natural.
Pero contra salvajadas como ésta, otra práctica era observada en la Axarquía, sin que se tenga información de que en otros lugares se empleara también.
Allí, cuando una mujer estaba próxima al parto, la comadrona o la familiar que la iba a asistir, preparaba unos trozos de pan, a los que humedecía y guardaba en un cuarto oscuro y húmedo. A los pocos días, el pan presentaba en toda su superficie un moho verdoso que se daba de comer a la embarazada que hasta el momento del parto, e incluso después, estaba consumiendo aquel pan enmohecido.

Situación de la Axarquía

Tras el parto, no solían presentarse las temidas fiebres y en pocos días las heridas normales del alumbramiento cicatrizaban y la madre podía hacer vida normal.
Este pan era conocido como se dice en el título de este artículo: “El pan de las embarazadas” y no era otra cosa que un aporte de antibióticos naturales procedente de las levaduras fermentadas en la masa de pan.

En definitiva, que la raza humana es inteligente, tanto para descubrir la penicilina, como para emplearla sin haberla descubierto: así de sencillo.