jueves, 20 de noviembre de 2014

LA QUINTA ESENCIA




Nos estamos volviendo locos. Cada semana salta a los titulares un nuevo caso de corrupción política en nuestro país. Ahora, hasta de partidos que solamente han concurrido una vez a las elecciones y cada día se analizan por los expertos que pululan por los medios de comunicación, las irregularidades cometidas por tantos desaprensivos como nuestra querida España alberga.
¡Y nosotros que pensábamos que éramos un pueblo noble y sacrificado! Pues resulta que no era así. Nunca se ha visto tanto golfante suelto y hasta el más tonto, del rincón más mísero de la piel de toro, es capaz de hacer relojes de madera que andan.
Y con esta frase hecha lo que quiero decir es que cada cual es capaz de inventar una forma de “llevárselo crudo” mientras se mantiene en su puesto político y nos da a todos los demás unas amplias lecciones de moral.
El sentir unánime es que los corruptos, los sinvergüenzas de la política, tienen que pagar por lo que han hecho y devolver lo distraído, pero me temo que pagarán poco y de devolver, nada de nada: lo mío es mío y lo que hay en España es de los españoles.
Pagan, eso sí, con el descrédito y con la vergüenza de ser públicamente señalados con el dedo, pero esta es una pena intangible que hay a quien le afecta mucho y a quien le resbala.
No es suficiente pasar el agobio de ese dedo que te señala, hay que ir mucho más allá, volver a la justicia pública y al castigo ejemplar, para que se sepa que quien la hace, no solamente la paga, es que se le va a caer el pelo.
Corruptos los ha habido desde siempre y la historia está bien documentada de ellos, pero cuando se les pillaba lo pagaban y lo hacían con penas durísimas, de las que las más de las veces no salían con vida.
Así pagaron Juan de Tovar y Antonio Ortiz, con la sentencia dictada el 24 de abril de 1591 de la que más adelante hablaré.
¿Y qué habían hecho estos dos individuos? Pues habían testificado en el caso de un político corrupto y asesino que, por sus muchos y buenos contactos, había conseguido evadirse siempre de la justicia.
Se trataba nada más y nada menos que del poderosísimo Antonio Pérez, secretario y ministro de Felipe II, cuya historia es de sumo interés para los amantes de las intrigas palaciegas y de los sucesos oscuros de la historia.
Para refrescar un poco la memoria, me voy a dirigir a un artículo que publiqué hace ya unos años sobre la princesa de Éboli, amante de Antonio Pérez y que puedes encontrar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-plaza-de-la-hora.html.
Involucrado en el asesinato de Juan de Escobedo, secretario de don Juan de Austria, hermanastro del rey Felipe II, el cual trataba de colocar en la cabeza de su señor la corona de Portugal, en aquel momento vacante. La intención de Antonio Pérez era evitar que se especulase con esa posibilidad.
La cuestión es que fue acusado de instigador de ese crimen y de otro que se cometió a continuación, consiguiendo salvar la vida al huir a Aragón, de donde era procedente su familia y acogerse a la protección del Justicia Mayor, una especie de Defensor del Pueblo.
Pero mucho antes de eso, el infiel secretario había usado hasta los venenos para deshacerse de sus enemigos políticos o de cualquier otra persona que estorbase a sus asuntos.
Una de estas personas que después de haberle servido ampliamente empezaba a estorbarle, pues ya conocía demasiados secretos sobre su pasado y sus actividades, era el clérigo y astrólogo Pedro de la Hera.
El secretario Pérez era un hombre sumamente extraño, muy cuidadoso con su aspecto físico, presumía de tener la dentadura completa a pesar de haber pasado la línea de los treinta años, a partir de los cuales eran pocas las personas que conservaban unos cuantos dientes; aficionado a los perfumes y a la ropa de gran calidad, llegó a tener fama de homosexual, cuando en realidad eran un mujeriego empedernido. Pero también tenía otra afición oculta y esta era la astrología, en la que se apoyaba para la toma de decisiones.

Antonio Pérez vestido con gran lujo

Y en esta afición conoció al clérigo de la Hera, el cual le había trazado muchas cartas astrales y le había hecho innumerables vaticinios sobre las cuestiones que Pérez le solicitaba.
Tras la muerte de Escobedo y antes de su huída a Aragón, primero y después a Francia, donde murió, el clérigo había manifestado su apoyo a las autoridades para esclarecer, por medio del conocimiento de los astros, la autoría del asesinato de Escobedo.
Sabía Antonio Pérez que, en realidad, el clérigo no necesitaba consultar a las estrellas para saber quien era la mano que movió los hilos y conseguir acallar para siempre a Escobedo. Por eso la actitud del clérigo llegó a ponerle muy nervioso.
Días después, Pérez fue a casa del clérigo para hacerle una de las rutinarias visitas que le hacía. Encontrándolo enfermo y en cama, se ofreció para darle una extraña medicina “cúralo-todo” a la que él llamaba “Quinta esencia” y sin pensarlo dos veces, mandó a su casa a recoger la pócima que más tarde ingirió el clérigo, causándole la muerte.
Antonio Pérez tenía aquella pócima sobradamente probada en muchas y controvertidas ocasiones anteriores, si bien nadie se había atrevido a señalarle como envenenador, dada la ascendencia que sobre el rey tenía.
Pero en aquel momento las cosas eran diferentes. Había perdido la confianza del rey, era solapadamente acusado de la muerte de Escobedo y el fulminante fallecimiento de su amigo y depositario de tantos secretos, como el padre de la Hera, acabaron por derribar al árbol que ya se tambaleaba y a estas dos últimas muertes se le unieron las de otras personas como las de Insausti y Bosque, los autores materiales de la muerte de Escobedo y la de Rodrigo Morgado, confidente y recadero de la princesa de Éboli, con la que había tenido Pérez muchísima relación y conocía sus secretas inclinaciones.
Así las cosas, se le había incoado una causa, en el momento en que se quita de en medio; no obstante, la investigación continúa y se cita a declarar a las dos personas que se mencionan al inicio de esta historia: Tovar y Ortiz, los cuales declararon en su favor, diciendo que el “agua milagrosa” que Pérez dio de beber al clérigo era de todo punto inocua y que ellos mismos la habían probado antes de suministrarla al paciente y que otras personas que estaban en la casa, también la habían probado sin que nada les hubiese ocurrido.
Pero las pesquisas del alcalde de Casa y Corte, el doctor Pareja de Peralta, no concluyeron con aquellas confesiones exculpatorias, sino que continuaron con más testimonios, a cuyo final, el propio alcalde sacó por conclusión que el día de la muerte del clérigo, a eso de las cinco de la tarde, Antonio Pérez, acompañado de su mayordomo, Diego Martínez, se presentó en la posada de doña Juana Ribera, en la que el clérigo se hospedaba, precisamente en el momento en que iban a dar una taza de caldo al enfermo.
Entonces, Pérez dijo que no le diesen aquello, que él le daría una medicina mejor y entregando la llave de su casa al mayordomo, le ordenó ir a buscar un frasco que en su escritorio tenía preparado.
Un rato después volvió el mayordomo con el frasco, cuyo contenido echó en una copa a la que Pérez agregó unos polvo que guardaba en una caja que él mismo llevaba y que echó en la copa, dándola de beber al clérigo.
Éste se resistía a beber aquello que ya sabía el resultado que le iba a producir y entonces con la ayuda de Toribia Ribera, una hermana de la dueña de la posada que sujetó la cabeza del enfermo, se lo hizo tragar a la fuerza.
Enseguida el clérigo perdió el sentido y a eso de la medianoche, fallecía entre tremendos retortijones y bascas.
Las declaraciones de las dos hermanas fueron fundamentales para desmentir el testimonio de Tovar y Ortiz, a los que el alcalde decidió someterlos a nueva declaración, comenzando por el primero de ellos.
Empezó Tovar a contestar con respuestas evasivas y conforme le apretaban más las clavijas, empezó a no recordar nada, terminando por negarse a seguir declarando, momento en el que el alcalde (y aquí entra la contundencia del sistema inquisitivo) le previno de que se le sometería a tormento, al que Tovar pareció enfrentarse con gran presencia de ánimo.
Pero cuando, desnudo sobre el potro, atado de pies y manos, el verdugo dio una primera vuelta al artilugio con el empezaba a estirar sus miembros, la presencia de ánimo desapareció y Tovar empezó a cantar de plano y reconoció que la esposa de Antonio Pérez, había recibido una carta de su marido desde Zaragoza, en la que daba instrucciones de lo que tanto él como Ortiz debían decir en la causa y como descargo de la actuación del corrupto Pérez.
Convictos y confesos, como era imprescindible en aquel momento histórico, fueron condenados por testigos falsos a que fuesen hasta la “prisión sobre sendos asnos de albarda, con soga de esparto al pescuezo y voz de pregonero manifestando su delito, traídos a la vergüenza pública por las calles de Madrid y después llevados a galeras para servir a su majestad como galeotes al remo y sin sueldo por tiempo de diez años”.
Perder la confianza es lo peor que le puede suceder a un político y Antonio Pérez había perdido la de su rey al que tanto y tan bien había servido. Su poder, que aun conservaba incluso después de haber huido, le sirvió para conservar la vida, terminando sus días en Francia, enemiga mortal de España en aquellos momentos y en donde el infame secretario tenía muy buenos contactos. Murió en 1611, en la más absoluta pobreza.

Nuestros actuales políticos han perdido toda nuestra confianza y por eso están empezando a caer uno tras otro. No cumplirán condenas como las de los secuaces de esta historia, pero tampoco podrán escapar a ningún sitio. Tendrán que hacer frente a la situación y a la vergüenza pública y a falta de pregonero que manifieste sus delitos, seremos todos los que se los echemos en cara.

jueves, 13 de noviembre de 2014

EL COCODRILO





Nunca había escrito un artículo relacionado con temas de mi profesión. Ni tampoco he participado en tertulias radiofónicas o programas de difusión de actividades policiales, salvo cuando ha sido totalmente necesario hacerlo y eso ha ocurrido en escasas ocasiones. No es que no me guste hablar o escribir sobre lo que, se supone, es la materia que mejor domino, pero es que hay tanto advenedizo dogmatizando sobre lo que creen saber que a mi siempre me han dado reparos entrar a debatir sobre esos temas, en la certeza de que me podía encontrar con alguna de estas personas y conociéndome, como me conozco y me conocen mis amigos más cercanos, seguro que la cosa no iba a terminar bien.
Ciertamente que tendría muchas anécdotas que relatar de los veinte años vividos como policía –no cuento los otros veinte de comisario, porque esa actividad ya es otra cosa muy distinta-, que coincidieron con las primeras aprehensiones de haschís que se dieron en España, allá por el inicio de los años setenta, pues hasta entonces el único “cannavis” que se consumía era la popular y legionaria griffa; coincidiendo también con la aparición de la heroína, la cocaína y, por supuesto, con la reina de las drogas de diseño, el LSD.
Luego nos han venido infinidad de nuevas drogas, naturales y de laboratorio, tantas que casi no merece la pena enumerarlas y todas buscando fundamentalmente dos cosas, volver locos a los consumidores, abstrayéndoles de su realidad y hacer ricos a traficantes y distribuidores. Pongan estas dos premisas en el orden que prefieran.
En el final de la década de los setenta y principio de los ochenta, la heroína era la estrella de las drogas, cierto que, en un principio, su consumo esta constreñido a estratos sociales marginales pero que se fue extendiendo con la velocidad del reguero de pólvora y alcanzó a muchos otros segmentos de la sociedad.
Entonces se decía que lo pernicioso de aquella droga era la dependencia física que producía, pero lo realmente letal era que destrozaba las vísceras desde dentro. Contra aquella plaga, los dogmatizadores del momento recomendaban cambiar el consumo por el de cocaína, menos adictivo y sin tanto poder de dependencia.
Pero mira por donde se descubre que los daños que produce la cocaína son similares a los de aquella y que al final, una y otra, acaban con la economía y con la salud del adicto.
En el Congreso, algunos diputados “progresistas” (léase imbéciles sin escrúpulos) habían llegado a la desfachatez de fumarse algún que otro “porro” porque aquella droga alimentaba la imaginación, la producción artística, aligeraba el ingenio y no hacía ningún daño al organismo. Magnífico ejemplo para una juventud que acababa de liberarse de las ataduras en las que habíamos vivido los últimos cuarenta años. Y el mal ejemplo cundió.
Y entramos en una espiral en la que, contra el tráfico de drogas, solamente la policía se sentía implicada y eso a costa de ser muy mal vista por gran parte de la sociedad irresponsable e ignorante.
Pero el tiempo llega a ponerlo todo en su sitio y lo que se anunciaba como paradigma de la felicidad, empezaba a cobrarse su tributo. No es necesario volver a relatar lo que tantas veces hemos visto y leído: ahí están las hemerotecas; pero sí que se hace necesario decir que poco o nada hemos aprendido de todo aquello. Millares de jóvenes y no tan jóvenes, murieron por sobredosis, por deterioro progresivo, por hepatitis o por Sida, como consecuencia de la nula asepsia al compartir jeringuillas.
Todavía, cada año, varias personas, jóvenes casi siempre, pagan con su vida por el consumo de MDA, del estramonio, como lo ocurrido hace un par de veranos, y de mil cosas más que de manera temeraria introducen en sus cuerpos sin considerar los riesgos que están corriendo. Otros muchos quedan tocados cerebralmente por el consumo de ketamina, éxtasis y tantas otras.
El joven que practica el consumo en fines de semana, se arriesga a un mal viaje, incluso a morir, en una búsqueda de lo que considera la felicidad del momento, aunque al día siguiente no se acuerde si llegó a conseguir la ansiada felicidad o si por el contrario fue víctima de un viaje a los infiernos, producto del consumo de drogas y alcohol en cantidades desaforadas.
Pero sin que esto se pueda justificar, cabría introducir el beneplácito de una duda, poco razonable, pero duda, al fin y al cabo, al considerar que en cuanto, perdida la conciencia y el equilibrio emocional, un joven es capaz de jugarse la vida en un instante de locura; lo que de ninguna de las maneras tiene justificación, es el consumo de drogas que, sin explicitarlo en sus prospectos, porque no los tienen, llevan en su esencia escritos sus efectos, sin que sus consumidores, desde la frialdad de su reflexión, se inmuten ni les importe el resultado final.
Rusia es de los pocos países en donde no ha decaído el consumo de heroína, pero su precio es muy alto y parte de los jóvenes que la consumen no se pueden permitir ese costo, ni aun robando o traficando con otras drogas para financiar su consumo. Por eso, en un rincón de Siberia, se ha inventado un sucedáneo de la heroína, una sustancia que se obtiene a partir de un derivado del opio, la codeína, mezclada con yodo, gasolina y fósforo rojo.
Todo un cóctel explosivo, como se puede ver por sus ingredientes, que produce efectos parecidos a la heroína, pero que pasan mucho más rápido y que obliga a quien la consume a inyectarse más dosis que de la heroína tradicional, pero a un precio infinitamente inferior.
La codeína es un alcaloide derivado de la morfina que se utiliza, a dosis muy bajas, como antitusígeno, porque seda las vías respiratorias y para atajar la diarrea, pues conserva las propiedades astringentes del opio y sobre todo, como analgésico en casos de dolores severos, pero también tiene muchas contraindicaciones importantes, más si se usa durante largo tiempo, en cuyo caso puede afectar la función renal, producir temblores, trombosis, convulsiones y muchos otros efectos.
El fósforo rojo es el que se utiliza en las cerillas, que se incinera por fricción y arde con llama viva y desprendimiento de mucho humo. Es insoluble en agua o alcohol, pero se disuelve fácilmente en los derivados del benceno, lo que obliga a los fabricantes de este cóctel explosivo a mezclarlo con gasolina, para que quede disuelto.
Y todo eso, sin ningún escrúpulo, se pone a la venta y a la disposición de los jóvenes que faltos de información, empiezan a usarlo.
Esta droga ha sido bautizada como “Cocodrilo” y por dos razones distintas aunque íntimamente relacionadas. La primera porque en las fases iniciales del consumo, produce en la piel unas manchas verdes y escamosas que dan a brazos y piernas el aspecto de la piel de dicho reptil. Pero ese no es el más pernicioso de los efectos, pues al cabo de dos o tres años de consumo, en la siguiente fase, el cocodrilo termina sacando su verdadera identidad y, literalmente, devora los miembros de las personas adictas a su consumo.
Sé que es duro exponer fotografías del resultado del consumo de esta droga, pero creo que la ocasión lo justifica.
                                                                                             

               Brazo de un joven ruso consumidor de “cocodrilo”

Si alguna de las personas que ven esta fotografía la consideran de extrema dureza, les puedo asegurar que es de las menos agresiva de cuantas he manejado para ilustrar este escrito y para muestra de cuanto digo están las páginas de Internet en donde podrán encontrar videos y fotos mucho más duras e ilustrativas.
Actualmente muchos países se han echado a temblar al pensar que una cosa así pueda llegar hasta ellos. Afortunadamente parece que el “cocodrilo” está muy localizado en Rusia, más concretamente en algunas zonas de Siberia y que no ha trascendido de sus fronteras, pero no bajemos la guardia; la pertinaz crisis en la que estamos inmersos, puede llevarnos a una situación económica como la del país de los zares y en épocas de vacas flacas es cuando más prolifera la desaprensión y en cualquier momento, dada la permeabilidad actual de las fronteras, el “temible saurio” se nos presenta aquí.

¿Hay alguien que todavía defienda el consumo o la legalización de las drogas?

jueves, 6 de noviembre de 2014

LOS TRÁGICOS FINALES DE MAFALDA




Aparte de la entrañable Mafalda del genial Quino, esa chica que no comprende a los adultos y que odia la sopa, nunca he conocido a nadie que se llame así. Ni siquiera sabía que era un nombre de verdad, hasta que me enteré que en castellano antiguo, portugués o italiano, es el mismo nombre que Matilde.
Esta acepción es poco común y lo cierto es que las escasas referencias de mujeres llamadas Mafalda que he conseguido encontrar, estaban relacionadas con la realeza, menos una portuguesa, que era cantante de fados.
Quien sabe si un nombre tan poco corriente le fuera inspirado al propio humorista argentino por la historia que voy a referir.
Nació en el año 1902 la segunda hija del rey de Italia Víctor Manuel III, a la que pusieron por nombre Mafalda, conocida en la historia como Mafalda de Saboya y a la que se auguraba un futuro de lo más espléndido y prometedor, pero quiso la fortuna, o mejor dicho, el infortunio, que Italia entrase en guerra junto a Alemania y que Hitler se enemistase con su padre, el rey Víctor Manuel, por haber encarcelado a Musolini.
El resultado fue que antes de retirarse de Italia, los alemanes hicieron prisionera a Mafalda de Saboya y la trasladaron al campo de concentración de Buchenwald, en donde murió a consecuencia de las heridas sufridas en un bombardeo aliado. Fue enterrada en una fosa común del cementerio de Weimar y hasta años después no fue posible recuperar sus restos y darles una sepultura definitiva y digna.
Triste final para una princesa que parecía tenerlo todo a su favor, desde su ascendencia familiar, su belleza, su matrimonio y sus hijos.

Mafalda de Saboya de niña

En homenaje a la familia real italiana, la compañía naviera Navigazione Generale Italiana, que era la compañía transoceánica más importante de Italia y de las más competentes de Europa, encargó a principios del siglo XX, a los astilleros de Nápoles la construcción de dos transatlánticos gemelos que llevarían los nombres de “Princesa Yolanda”, la mayor de las hijas de rey y “Princesa Mafalda” .
Corría el año 1908 cundo el primero de los buques estaba listo en las gradas, pero para no dilatar mucho el tiempo entre su botadura y la de su gemelo, decidieron terminar la obra interior a falta de las maquinarias y empezaron por amueblar camarotes, acondicionar salones, preparar cocinas, etc.
No calcularon los ingenieros que aquellas instalaciones habían producido un notable desequilibrio entre el casco y la obra muerta y en el momento de su botadura, al entrar en el agua, el buque, por otro lado espléndido, empezó a escorarse irremisiblemente y en cuanto la primera cubierta entró en contacto con la superficie del mar, a entrarle agua y por consiguiente, a hundirse.
Solamente la pericia de los remolcadores que consiguieron arrastrarlo hasta una zona de bajos fondos, evitó que el trasatlántico se hundiera completamente.
Triste empezaba la historia de los gemelos que homenajeaban a las princesas, pero al menos en esta ocasión no hubo que lamentar desgracias personales.

El Princesa Yolanda, hundiéndose


El dedicado a Mafalda fue botado sin contratiempo en abril de 1909 y se convirtió en el más lujoso y rápido paquebote de su tiempo, realizando la ruta Génova-Barcelona-Brasil (Río de Janeiro y Santos)-Montevideo-Buenos Aires, en un tiempo record de catorce días y a una velocidad de crucero de dieciocho nudos.
Su prestancia, el lujo de a bordo, el confort y la velocidad, hicieron de él el barco preferido de todas las familias pudientes de América del Sur en sus viajes a Europa.
Noventa travesías llevaba anotadas en el cuaderno de bitácora, cuando se disponía a partir, nuevamente, del puerto de Génova, el día 11 de octubre de 1927.
Pero aquel viaje nunca se debió iniciar y su capitán Simón Guli, un avezado marino de cincuenta y cinco años que empezó su vida profesional como grumete para llegar a capitán, dejó constancia por escrito de las malas condiciones en las que el buque se encontraba, sobre todo en las máquinas, en las que se hacían algunas reparaciones que no satisfacían a su capitán y que no llegaban, ni con mucho, a paliar las graves deficiencias.
La mañana de la partida, embarcaron un total de novecientos setenta y tres pasajeros de distintas categorías y que sumados a los doscientos ochenta y ocho tripulantes, hacían en total mil doscientos sesenta y una personas a bordo, en su mayoría emigrantes italianos en busca de mejores horizontes y casi todos con destino a Buenos Aires, aunque algunos se quedarían en Río de Janeiro o Santos.

Princesa Mafalda

La Compañía decidió que fuese la última travesía antes de hacerle importantes reformas, pues el barco iba a cumplir los veinte años de servicio ininterrumpido y a más de haberse quedado anticuado en algunos detalles, necesitaba una puesta a punto de todo lo que componían sus “entrañas”.
Los viajeros de tercera clase eran en su mayoría de los que en aquel tiempo se les llamaba “golondrinas” y cuyo objetivo era trabajar duramente en la Argentina, juntando unos pesos y volver a casa.
También se embarcó un cuarto de millón de liras en oro que el gobierno italiano enviaba al argentino y que era custodiado permanentemente por cinco policías.
Pero pasó la hora fijada para zarpar y el barco no se movía; mientras, los oficiales se disculpaban ante el pasaje con diversas excusas, como que se estaban ultimando unas actuaciones no demasiado importantes, pero que era preciso terminar antes de zarpar.
Por fin, con más de cinco horas de retraso, zarpó el Mafalda con rumbo a Barcelona.
A pesar de que el capitán había recibido la orden de navegar a velocidad de crucero, las máquinas no pudieron mantenerla y llegaron a la ciudad condal con retraso y lo que es peor, con una bomba averiada, lo que les obligó a un nuevo retraso de veinticuatro horas.
Dos horas después de cruzar el Estrecho de Gibraltar, las máquinas de babor dejaron de funcionar.
Más de cinco horas estuvo el barco con las máquinas paradas, en lo que en términos marineros se llama al “garete” y tratando de reparar la avería, que no pudo ser arreglada, obligando al capitán a poner rumbo a las Islas de Cabo Verde, explicándose al pasaje que el cambio de rumbo era para cargar carbón, pero a aquellas alturas los pasajeros sabían que algo iba mal en las máquinas del barco.
Atracado en el puerto de San Vicente, los mecánicos consiguieron que las máquinas de babor volvieran a funcionar y el barco zarpó con rumbo a Brasil. Pero las máquinas seguían parándose con frecuencia, haciendo que el barco se escorase y perdiese velocidad.
La tensión y el miedo se fue apoderando de los pasajeros que incluso intentaron amotinarse y obligar al capitán a dirigirse al puerto más cercano, pero al final imperó la idea de algunos que no veían demasiado peligro en la situación, pues el barco con una sola máquina podía seguir navegando.
Y lo hacía en aquel momento a unas ocho millas al este del archipiélago de las Abrolhos, unas islas casi deshabitadas situadas frente a las costas de la provincia de Espírito Santo, al norte de Río de Janeiro, por tanto, muy cerca de su puerto de destino.
Navegando a velocidad reducida, desde su cubierta vieron como les pasaba un mercante holandés llamando Alhena que llevaba su mismo rumbo y que pronto se perdió por la proa del Mafalda.
Hacía siete años que había corrido una grave noticia y era que el Princesa Mafalda se había hundido precisamente en aquellas mismas aguas que ahora surcaba. La noticia resultó ser una confusión, porque el barco que en realidad se hundió era un pequeño carguero que, curiosamente, tenía el nombre de Mafalda.
Con lo que nunca se contó es con lo que ocurrió la tarde del día veinticinco, cuando un fortísimo ruido sacudió el barco, cuya estructura tembló como un flan, deteniéndose las máquinas de inmediato.
Se había roto el eje de la hélice de estribor que giraba a una velocidad superior a las noventa revoluciones por minuto y que al quedar libre, siguió girando, desprendiéndose y yendo a chocar con el casco al que produjo un tremendo desgarrón, por donde, de inmediato, empezó a entrar agua.
Aunque los tripulantes tratan de calmar a los asustados pasajeros, sólo consiguen a medias su objetivo. De inmediato el capitán ordenó apagar las calderas y tratar de reparar la avería que se había producido, pero sabía que lo sucedido podía ser muy grave y estar dañado el casco del buque, por lo que ordena al radiotelegrafista que empiece a mandar mensajes de socorro, mientras la tripulación prepara al pasaje para las maniobras de abandono del buque.
Con cuanto se tenía a mano: tablones, improvisadas soldaduras, colchones, lonas embreadas, cemento, etc., los marineros trataban de taponar la brecha y cuando parecía que estaba conseguido, la presión del agua acabó con la chapuza que se intentaba realizar y el mar entero se coló por el agujero del casco que ante la fuerza del agua fue aumentando de tamaño, mientras la sala de máquinas se iba inundando rápidamente.
Ante esta nueva contingencia, las labores de salvamento se aceleraron cundiendo el pánico en todos los pasajeros que se lanzaron sobre los botes salvavidas, sobrecargándolos y consiguiendo únicamente que se rompieran o se hundieran al llegar al agua.
A la petición de socorro, el Alhena viró en redondo acudiendo a auxiliar al barco en peligro y aproximándose hasta unos cuatrocientos metros, arriaron los botes salvavidas y remaron violentamente hacia donde los náufragos se debatían.
En el carguero holandés solamente quedó el capitán, como miembro de la tripulación, todos los demás acudieron en los botes a socorrer a los náufragos.
Desde el Alhena, su capitán vio que la popa del Mafalda estaba hundida y que su proa se alzaba al aire, hundiéndose completamente en menos de tres minutos.
No se sabe exactamente cuantas personas perecieron en el naufragio, pero se estima que fueron alrededor de trescientas ochenta, entre tripulantes y pasajeros, muchos de los cuales perecieron por la avaricia de saquear los camarotes que habían sido abandonados a toda prisa y en los que había muchos objetos de valor.
El Princesa Mafalda reposa a mil cuatrocientos metros de profundidad y en sus bodegas continúan las liras de oro que Argentina esperaba recibir.
Trágico final, como el de la princesa Mafalda de Saboya, abatida en plena juventud por fuego amigo.


jueves, 30 de octubre de 2014

LOS NUEVOS VIENTOS




Esta no ha sido una buena semana en lo que a artículos se refiere. No he sido capaz de encontrar un tema interesante para desarrollar, así que, dando ya las boqueadas la noche del jueves, sin nada interesante que llevar a la pluma y revisando mis archivos, me topé con un artículo que de forma novelada, escribí un día sobre una noticia que publicaba la prensa gaditana en aquellos duros años del asedio francés.
Y es que las mujeres de Cádiz habían decidido confeccionar uniformes y calzado para los distintos regimientos que formaban la guarnición de la ciudad.
Se me ha ocurrido publicarlo para llenar el hueco, porque en parte sigue un poco la línea de los demás artículos, solo que esta vez relatado de forma diferente.
Todos los personajes, lugares y circunstancias que figuran en él son reales.
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-¡Maldito Levante! -Exclama tras los cristales de la ventana el diputado Andrés Morales.
Desde hace más de una semana un tórrido viento de levante, el Levante, como se le llama en Cádiz, sopla sin misericordia, levantando, en calles y plazas, nubes ardientes de tierra que se cuelan por las rendijas asfixiando a los habitantes de toda la zona que, como única protección, cierran puertas y ventanas, corren las cortinas para aislar en lo posible sus viviendas y cuando caminan por la calle, sujetan faldas y sombreros para evitar que el viento se los lleve.
El calor no da respiro de día ni de noche y lo que es peor, produce mal humor en muchas personas y Andrés es una de ellas.
Vestido para marchar al Oratorio, espera que la sirvienta le traiga el panfleto que se edita cada día y que gusta leer antes de salir a cumplir con su misión de Diputado del Común. Lo ha elegido el Ayuntamiento por su doble condición de comerciante y capitán de los Artilleros Voluntarios Distinguidos, para que represente los intereses de la ciudad en la redacción de la Constitución.
Apoyado en el alféizar de la ventana, en el primer piso del número ciento sesenta y cuatro de la calle de Linares, observa los remolinos de tierra, hojas y papeles que el viento forma, mientras piensa en la jornada que tiene por delante.
Le duele la grave situación del país, o lo que de él está quedando, pero eso no es más que un acicate para esforzarse en el trabajo que le ha tocado desarrollar y, mientras que los escasos ejércitos españoles y las abundantes guerrillas, se oponen con sus menguadas fuerzas al ejército más poderoso del mundo, cosechando milagrosamente más éxitos que fracasos, los diputados, venidos de los confines del imperio, se reúnen cada día para dar forma a una Constitución que permita a todos vivir en paz y armonía y que a la vez proteja los derechos de los ciudadanos frente al poder absoluto.
Unos golpes en la puerta lo sacan de sus pensamientos. La sirvienta entra ofreciéndole el número cincuenta y seis de El Redactor General, correspondiente a aquel nueve de agosto del año 1811.
Aunque sabe perfectamente la fecha en la que está, a Andrés le gustaba leer desde la primera hasta la última palabra de aquel periódico que empieza como si fuera la orden general de servicios de un cuartel que es en lo que casi se ha convertido aquella plaza sitiada y nombra a los jefes militares, los regimientos que harán la guardia y a los que les toca el baño.
Su amigo Agustín es el Coronel Jefe de día. Hace unas semanas que no lo ve, pero esa tarde, cuando terminen las sesiones irá a la Capitanía General a tomar una copa de vino de Chiclana con él.
“A las damas de Cádiz una gaditana”; así empieza el primer artículo que lee con interés y que firma  L.M.P.

Fotocopia del panfleto


Tira distraídamente de la leontina y saca del bolsillo del chaleco un reloj de plata. Un regalo de su padre cuando allá, en su Nueva España natal, cumplió los veintiún años. Desde entonces no se ha desprendido de él.
Mira la hora alzando la tapa. Faltan pocos minutos para las nueve de la mañana y aún no ha sonado el primer cañonazo. El maldito Levante, además de volver tarumba a las personas, arremolinar toda la suciedad y asfixiar a las gallinas que se apretujan en los gallineros de las azoteas de cada casa, empuja tanto las bombas francesas que casi llegan a Puerta de Tierra.
Como artillero, sabe perfectamente que para llegar hasta la ciudad, los franceses tendrían que construir cañones más grandes. Con los que tienen han hecho todo tipo de experimentos, incluso ahuecando las bolas de hierro que usan de proyectil y rellenándolas de plomo para que pesen más y que así puedan llegar a la ciudad, pero desde el Trocadero les resulta inalcanzable.
¿Qué es lo que dice esta supuesta gaditana? Se pregunta, coincidiendo con el primer cañonazo y volviendo a releer el periódico.  El artículo comenta que le han cambiado el nombre al Regimiento, que desde ahora llevará el de la ciudad de Cádiz y sigue hablando del deseo de esa gaditana de proteger a los beneméritos soldados y confeccionarles uniforme y calzado.
¿Qué es lo que quiere esta mujer? ¿Montar un taller de sastrería para hacerles uniformes a los soldados? ¿Una talabartería para trabajar el cuero? ¿Quién se esconde tras estas tres iniciales? ¿De dónde sacará los paños?
A lo mejor la idea no es mala –piensa–. ¡Seguro que el cura Terrero ya sabe algo de este asunto!
A la hora en punto, como cada día, sale de su casa para dirigirse al Oratorio. Él mismo fue quien propuso aquel lugar para continuar con las sesiones, cuando en la Isla ya era imposible continuar.
Por la calle de los Sacramentos alcanzó a ver la sotana parda y la teja desteñida del cura Terrero, diputado por Algeciras, caminando delante. Apresuró el paso para ponerse a su altura.
–Buenos días, padre Vicente –saludó–. ¿Habéis leído el Redactor? ¿Qué os parece esa idea de proporcionar vestimenta a los soldados?
–Como todos los días, querido Andrés, lo he leído y la idea ya la conocía y me parece bien. Hay una dama gaditana que de momento no se quiere dar a conocer, que propone a otras señoras de la ciudad la creación de una Sociedad Patriótica, como tantas de las que están funcionando en las zonas ocupadas.
–Sí, pero esas sociedades son para otras cosas, no para vestir soldados. De eso tiene que ocuparse el Gobierno. A lo sumo que cada regimiento se procure la uniformidad, tal como he hecho yo con los Artilleros Voluntarios, que incluso he ayudado a diseñar el uniforme.
–La escasez es tal que hasta a los soldados hay que vestirlos, amigo Andrés. ¿Por qué te parece mal la iniciativa? Ahora estamos en verano y hace calor, pero llegarán los fríos y las lluvias y nuestros soldados van casi desnudos y descalzos. ¡Así no podemos hacer frente a los franceses!
–¡Nosotros no podemos hacerle frente a nadie, padre Vicente! Solamente podemos resistir hasta que vengan en nuestra ayuda o los franceses se harten y se marchen. ¡O se muera ese maldito Napoleón!
–Pero mientras que eso ocurra no es malo que las mujeres estén ocupadas en algo productivo y vestir a nuestros soldados es una buena idea.
–¿De dónde van a sacar las telas para los vestidos y los cueros para los zapatos? ¿Lo ha pensado ya esa dama? –preguntó algo airado ante la prepotencia del cura.
–¡Ahí estará el mérito de toda esta operación, querido Andrés! Ya lo he hablado con algunas de las que están dispuestas a colaborar. Se trata de vaciar los armarios de viejas ropas inservibles, descoser vestidos guardados desde años atrás para aprovechar trozos de paños, arreglar pantalones, chalecos, camisas y casacas y luego teñir todas las prendas con un mismo color para que la idea de uniformidad no se pierda. En cuanto al cuero, desde hace ya algún tiempo se están curtiendo los cueros de todos los caballos y burros que mueren en la ciudad.
–Pues a mi me parece que poca ropa queda guardada. Ya no sé cuando fue la última vez que un sastre me confeccionó una casaca y no recuerdo haber visto una pieza de paño en mucho tiempo. Y pocos cueros habrá procedente de los escasos caballos hambrientos que quedan. Yo mismo tuve que sacrificar mi yegua porque no tenía nada que darle de comer. Y acuérdese de aquellos caballos que se comieron todas las cortezas de los árboles del paseo del Perejil. Luego nos los hemos comido a todos
–Seguro que en tu casa hay mucha ropa que ya no usas y aunque esté desgastada, siempre habrá trozos aprovechables. Es de eso de lo que se trata, de descoser y cortar las piezas que puedan servir. Luego volverlas a coser y confeccionar algo de ropa.
–¡Pero es un esfuerzo inútil, baldío! Es mejor reunir fondos y encargar a algún barco que nos traigan paños de Gibraltar o de Mahón. ¡Afán de notoriedad! Seguro que detrás está Frasquita Larrea, ¿verdad, señor cura?
–¡Te equivocas, Andrés! Detrás de esta idea está la de organizar una Sociedad Patriótica que contará con mujeres de la altura de la marquesa de Villafranca, la de Astorga y muchas otras damas que quieren actuar por sí mismas, sin ninguna tutela masculina, como viene ocurriendo siempre que por su iniciativa se crean sociedades: que luego los hombres pasan a dirigirlas, desplazándolas de manera intolerable. ¡Es la hora de la mujer!

Andrés se ha quedado pensativo. Él, que ha propuesto tantas cosas dispares, como que el ejército lo mande quien esté más preparado y no el de mayor graduación, se encuentra que no sabe qué decir ante la idea de que las mujeres tomen la iniciativa.

viernes, 24 de octubre de 2014

LA RAYA CONTÍNUA




No me estoy refiriendo a la elegante raya del pantalón o a esa otra raya, menos exhibida, también de círculos elegantes pero más peligrosa que hace estragos en el cerebro, sino a la modesta raya de pintura blanca reflectante, que divide las carreteras y que afortunadamente, por la proliferación de autovías y autopistas, cada vez se usa menos.
Dividir en dos una carretera dibujando en su centro una raya continua es algo a lo que estamos muy habituados y sabemos que pisarla, aun sin romperla, cuesta unos cientos de euros y algunos puntos del carnet de conducir. La vemos tan cotidiana, tan frecuente en nuestras ciudades y carreteras, que nunca nos hemos parado a averiguar por qué existe, ni quien la puso en uso por primera vez.
Quizás hayamos pensado que es una solución lógica para diferenciar el tráfico que va en una dirección y el que va en la contraria y que como tal solución, se ha puesto en práctica desde que las carreteras dejaron de ser caminos de tierra o piedras, para convertirse en asfalto, pero la realidad es que no ha sido así.
En primer lugar, la raya blanca pintada en el pavimento es muy antigua; tiene siete siglos de vida y nunca obedeció a la necesidad de dividir el tráfico en un sentido y en otro, sino a la de separar el tráfico rodado de carretas y de caballerías, del de personas.
Pero es necesario hacer un poco de historia y centrar el tema.
Hubo en la historia de la Iglesia de Roma, momentos en que las finanzas estaban por los suelos. Muchos Papas y otros prelados distinguidos no hicieron, durante sus mandatos, otra cosa que enriquecerse y vaciar las arcas vaticanas que llegaron a pasar por momentos de tremenda angustia económica, tanto que se puede considerar un “milagro” la forma en la que a veces salieron del tremendo atolladero económico en el que se encontraban.
La falta de finanzas gravitaba fundamentalmente sobre dos pilares, ambos de suma trascendencia: el poder terrenal, basado fundamentalmente en el ejército y las grandes construcciones a que la santa organización tenía acostumbrado a sus seguidores.
Desde que Constantino el Grande trasladara la corte de Roma a Bizancio, rebautizada como Constantinopla, cedió al papado casi toda la península italiana, convirtiendo al Papa en un verdadero rey sobre sus territorios. Para poder gobernarlos era preciso tener un ejército que garantizara toda las acciones del estado y otra cosa más importante, una obediencia civil y religiosa de todos los habitantes del “reino”, usando al ejército cuando la segunda premisa fallaba.
No existía ninguna razón para que Roma fuese la capital de la cristiandad, pero los afanes expansionistas de Pablo de Tarso y sus seguidores y la creencia, quizás infundada, de que el apóstol Pedro hubiera muerto en dicha ciudad, de lo que no hay constancia en un sentido ni en el contrario, supuso a la postre que la necesidad, ya vislumbrada por los primeros cristianos de estar cerca del poder, era más factible trasladándose a Roma que permaneciendo en la mísera y arrinconada Jerusalén.
Como centro de la cristiandad Roma debía convertirse en la ciudad monumental que es y a ello contribuyeron algunos de los Papas, como los que construyeron la Capilla Sixtina o la Basílica de San Pedro, por no hablar de la infinidad de templos y grandes monumentos que la ciudad eterna acoge.
La capilla Sextina, enciclopedia de la pintura renacentista, se debe al Papa Sixto IV y es anterior a la Basílica de San Pedro, para cuya construcción no había en las arcas vaticanas ni un real, pero como muchos de los que se sentaron en el solio vaticano pensaban que más se le iba a recordar por sus obras arquitectónicas que por las espirituales, Julio II, sobrino del de la capilla Sextina, quiso ensombrecer a su antecesor y emprendió la construcción de la basílica.
Para ello no tuvo más que corregir y ampliar una disposición que su tío había puesto en práctica y que no era otra que la de legalizar, vía impuestos, la prostitución en Italia.
Nunca había sido una actividad legal, pero desde que el Papa les exige un impuesto si quieren desempeñar el oficio más antiguo del mundo, se convierten en unas trabajadoras toleradas, además del sostén de la economía vaticana. Julio, al comprobar los inmensos beneficios que reportaba aquel impuesto, lo hace extensivo a todos los miembros del clero que quisieran tener queridas, o simplemente estuviesen casados; y para que aquellos que no tenían votos de castidad, pudiesen deslizarse en la cama de cualquier mujer, sin cometer ninguna falta, otro pequeño impuesto que todos pagaban con sumo placer.
Era una fuente de ingresos fabulosas, lo que da idea de hasta que punto llegaba la concupiscencia de la época, pero no era suficiente para todos los gastos del estado vaticano, así que Julio se dio a pensar y se le ocurrió una gran idea.
No era otra cosa que la de aliviar los daños de las almas sufrientes en el purgatorio, mediante la aportación de un “pequeño óbolo”: las indulgencias.
En palabras del propio Papa: “Los que murieron en la luz de la caridad de Cristo pueden ser ayudados por la oraciones de los vivos. Y no solo eso. Si se dieren limosnas para las necesidades de la Iglesia, las almas ganarán la indulgencia de Dios.”
El negocio era redondo y miles de clérigos marcharon por todo el orbe cristiano vendiendo aquellas panaceas espirituales por cantidades en dinero a veces miserable, pero no importaba porque todo era negocio, ya que la contraprestación, además de inacabable, era gratis.
En aquella época oscura, donde el temor a Dios imperaba sobre todo lo terrenal, la venta de indulgencias era un negocio fabuloso.
Actualmente está en desuso, pero recuerdo que de pequeño mi madre compraba unas indulgencias que permitía a los españoles comer carne todos los viernes  del año, salvo los de cuaresma y que había sido consecuencia de la aportación española en la lucha contra el turco. Bula de la Santa Cruzada, creo que se llamaba, y como mi madre, muchos españoles contribuían así al mantenimiento de las cargas.
Para disimular un poco la desfachatez de ofrecer la remisión de la sagrada condena al purgatorio, mediante una limosna, antes de que las indulgencias se hubieran puesto de moda, otros papas habían inventado diferentes procedimientos que encubrían la misma transacción: tu me das una limosna y yo te garantizo que tu paso por el purgatorio va a ser de lo más liviano.
Claro que si después no resulta así, las reclamaciones al maestro armero, pero la limosna ya estaba en la faltriquera del cura.
Otra forma de ganar indulgencia era peregrinando a los lugares santos, cosa que hacían muchos cristianos a su buen arbitrio y sin organización alguna, hasta que en el año 1300, el Papa Bonifacio VIII tuvo una brillante y feliz idea.
Bonifacio trasladó la corte papal desde Nápoles, a donde la había llevado su antecesor, Celestino V, un ermitaño que quiso alejarse de las intrigas de Roma, y que renunció al papado tras cinco meses desde su coronación.
Además de la sede papal de Nápoles, Bonifacio se encontró las arcas completamente vacías, pues su antecesor era de los de verdad, de pobreza, castidad y rezo, y había repartido entre los pobres todo el dinero que se encontró en la caja fuerte.
Pobre como las ratas, Bonifacio tuvo una idea y promulgó el primer Año Santo que consistía en que todos los peregrinos que visitasen el templo de San Pedro, en Roma, obtendrían indulgencia plenaria.
Eso quería decir que iban a pasar por el purgatorio como la luz por el cristal, sin romperse ni mancharse.
Una verdadera ganga, total, por hacer una excursioncita de nada a Roma. La idea fue aceptada inmediatamente por posaderos, comerciantes, vendedores y todos los demás comprendidos en las categorías de “gentes de mal vivir” que entendieron que aquella congregación de fieles cristianos podría proporcionar pingües beneficios y así, putas y ladrones también acudieron gozosos a recibir su indulgencia.

Plaza de San Pedro abarrotada de peregrinos

Pero algo falló en la logística porque unas semanas después de la proclamación, fue tal la afluencia de peregrinos a la ciudad de Roma que se organizó un caos monumental del que era imposible salir.
Posadas y casas de comidas abarrotadas, obligaban a la gente a dormir a la intemperie y alimentarse como mejor pudieran; infinidad de robos, riñas y pendencias por cualquier motivo se daban en todas partes y lo que resultó más alarmante, un colapso total de las calles en las que resultaba imposible transitar, tal era el revuelto de carruajes, caballerías y caminantes.
Tras varios días de verdadero calvario, el autor de la idea del Año Santo, tuvo otra, quizás no tan magnífica, pero sí mucho más eficiente: ordenó que en todas las calles de Roma se pintase en el centro una línea blanca que separase a los caminantes del resto de los que transitaban por ellas y ordenó a sus guardas hacer cumplir aquella disposición y castigar la contravención con una multa.
No quitarían ningún punto del carnet de conducir, porque eso se inventó más tarde, pero sí que inventaron la raya continua y la multa por pisarla.
¡Y eso a principios del siglo XIV!


sábado, 11 de octubre de 2014

GIMBERNAT Y LOS REALES FALSOS





Seguro que la inmensa mayoría de españoles no ha oído nunca hablar de Carlos Gimbernat. Por mi parte confieso que el primer contacto con este personaje fue hace pocos días y con objeto de documentarme sobre cierta falsificación de monedas españolas ocurrida a finales del siglo XVIII.
Al profundizar en su vida quedé gratamente sorprendido de la proyección internacional de este científico al que en su propia tierra no se le ha hecho ninguna justicia .
Carlos Gimbernat y Grassot nació en Barcelona el 17 de septiembre de 1768, en el seno de una distinguida familia catalana.
Su padre, Antonio Gimbernat, era médico cirujano y fundador de la Escuela de Cirugía de San Carlos, creada en 1787, en Madrid, por iniciativa del rey Carlos IV.
Estudió ciencias naturales, matemáticas, física, química y botánica en Madrid y Salamanca, convirtiéndose en geólogo e historiador natural con sólo veintitrés años, momento en el que como compensación a la dedicación de su padre, fue pensionado por el rey para perfeccionar sus estudios en Inglaterra, Francia y Alemania.
Desde entonces vivió casi siempre en el extranjero, donde fue protegido de Maximiliano José I, rey de Baviera y principal aliado de Napoleón, pero sin desvincularse nunca de España, en donde se le nombró para varios cargos.
Su mayor contribución a la ciencia fue en el estudio de los gases procedentes de las erupciones volcánicas y de las aguas termales, que hizo siguiendo muy de cerca las erupciones del Vesubio.
Más tarde realizó una amplia investigación geológica sobre la formación de la cordillera de los Alpes, demostrando cómo se había producido el cataclismo que dio lugar a los picos más altos de Europa.
Pero no solamente en la historia natural o en la geología destacó este español universal, porque en otras ramas bien dispares, como realizar los primeros estudios sobre la litografía, sistema de impresión aun no puesto en práctica o sobre la estampación de los tejidos con la ayuda de aguas sulfúreas, procedentes de manantiales termales.
De toda su obra, que yo no he leído más que los títulos, lo que más despertó mi curiosidad es un informe que se le encargó recién llegado a Inglaterra para perfeccionar sus estudios, sobre unas falsificaciones de monedas españolas que estaba haciendo mucho daño a nuestra economía.
Para contar lo sucedido es necesario primero hacer un breve recorrido por la historia.
Durante las guerras que trajo como consecuencia la Revolución Francesa, la violencia y la animosidad que las naciones demostraron fue extrema.
La recién nacida república quería aniquilar, extinguir, a todos los reyes y las casas reales, a los que calificaba indiscriminadamente de tiranos. Por su parte, reyes y emperadores europeos se consideraban con todo el derecho a defenderse de aquellos que los querían destruir.
Toda Europa, menos España, declara la guerra a Francia, mientras nosotros nos doblegamos, primero a las ideas “ilustradas” y luego al poderío militar.
Hasta que el pueblo se alzó contra el invasor, nuestros reyes y sus gobiernos estuvieron en brazos de los franceses.
Esto hizo que Gran Bretaña declarase la guerra no solo a Francia, sino también a España y aprovechando su inmenso poderío naval, pretendieron apoderarse por la fuerza de las colonias españolas, a la vez que perturbaban el orden y la economía españolas.
Para esto último, unos “negociantes” de la ciudad de Birmingham, aprovecharon la situación internacional para falsificar la moneda española, concretamente los reales de a ocho, también llamado peso de a ocho y que los británicos conocían como “dólar español”, que era la moneda de plata más fuerte de la época, hasta tal punto que fue la primera moneda de curso legal de los incipientes Estados Unidos. Actualmente, el dólar canadiense, el estadounidense, el yuan chino y muchas monedas hispanoamericanas, tienen su origen en aquella prestigiosa moneda de plata española.


Las dos caras del Real de a ocho de finales del siglo XVIII

Es evidente que una falsificación masiva de esta moneda producía un quebranto más que considerable en la economía española, ya de por sí muy tocada desde siempre y a pesar de las ingentes cantidades de oro y plata procedente de las colonias.
Preocupados por la situación, el embajador de España en Londres, Simón de las Casas y Aragorri, encargó al joven estudiante Carlos Gimbernat que se desplazase a Birmingham al objeto de estudiar las diferentes falsificaciones que allí se estaban produciendo y poder atajarlas.
Gimbernat cumple con su cometido y de manera exhaustiva, informa al embajador de las circunstancias de la falsificación.
En primer lugar establece que ésta se realiza a sabiendas del gobierno inglés, que no toma ninguna medida contra los falsificadores y que algunos de los fabricantes de Birmingham habían llegado a poner en circulación cien mil monedas por semana, haciendo la salvedad de que algunos fabricantes de aquella ciudad eran personas honradas que incluso le habían ayudado en la investigación que había realizado.
Hasta tal punto era la connivencia del gobierno británico que un fabricante llamado Garbett, al enterarse de que un colega suyo había recibido instrucciones de fabricar moneda falsa, se dirigió a las autoridades británicas denunciando los hechos, de las que ni siquiera obtuvo contestación.
En vista de la actitud gubernamental, junto con otros fabricantes honrados, anunciaron que se daría un premio a quien denunciara a un falsificador de monedas.
Solamente se presentó una denuncia que se pasó al único magistrado de la ciudad para que tomara juramento al denunciante, pero resulta que el magistrado estaba ausente y cuando volvió, el que se había ausentado era el denunciante, así que no fue posible seguir procedimiento judicial contra la falsificación.
Tal descaro de permisividad existía en la política británica que incluso un tribunal aceptó la reclamación de un falsificador que pedía al gobierno el pago por su trabajo y terminó sentenciando que “la reclamación del falsificador es justa, fundada y legal, porque debe juzgarse permitida la falsificación”.
Como siempre, Gran Bretaña usaba cualquier argucia para atacar los intereses españoles, de igual manera a cuando fomentaba el corso.
Gimbernat descubrió que había cinco clases diferentes de falsificaciones de los reales de a ocho, habiendo estudiado minuciosamente muchas de aquellas monedas, a los cuales cortaba, limaba, analizaba su composición y cualquier otra práctica para determinar su forma de producción.
Se queja de la dificultad para conseguir especímenes de las monedas, pues aun contando con la connivencia gubernamental, todo el proceso está rodeado de un halo de secretismo que hace que las monedas falsas salgan del país sin que apenas lo perciban las autoridades y por supuesto ignorándolo el resto de la ciudadanía.
Había dos formas de falsificar: una usando monedas legítimas manipuladas; la otra falsificándolas por completo.
En el primer caso se prensaban las monedas, adelgazándolas e imprimiéndole nuevamente cada cara. Así resultaba un sobrante de ochenta y cuatro granos de plata por cada moneda (unos cuatro gramos y medio).
Otra forma era limar una cara de la moneda hasta dejar una finísima hoja con la otra cara, para hacer lo mismo al contrario. Así se obtenían las dos caras de la moneda que eran auténticas, entre las que se soldaba una pieza de cobre, cubriendo el canto con un “cordoncillo” igual al original, así se conseguía una moneda muy difícil de detectar, pues incluso sonaba como las monedas auténticas y solamente por el peso era detectable y el beneficio era el de siete octavos del peso de la plata.
La segunda forma de falsificación era total. No usaba partes legítimas y procedían de la siguiente manera: sobre una plancha de cobre prensaban una finísima lámina de plata a dos caras. Luego se cortaba en círculos del mismo tamaño que la moneda y se imprimían sus dos caras con unas laminadoras en forma de cilindros. El cordoncillo del borde se hacía de igual manera a como se mencionaba más arriba.
Eran estas muy malas falsificaciones, pues las monedas no daban ni el peso, ni el sonido de las auténticas, pero su beneficio era muy alto.
Otra forma era la utilización de estaño chapeado, más burda aún que la anterior y más beneficiosa en su producción.
Estas monedas falsificadas eran utilizadas exclusivamente por la Compañía de las Indias en todas sus transacciones comerciales con Estados Unidos y sobre todo con China y la India y no usaban otra moneda que el real de ocho.
La investigación llevada a cabo por el joven Gimbernat fue sin duda completa y difícil de realizar aunque sirvió de bien poco a los intereses de España porque como ya apuntaba él en su informe, una ley británica sancionaba la falsificación de moneda extranjera, que no circulara por el Reino Unido, como “crimen contra el tesoro” y sus autores y cómplices serían castigados con prisión perpetua y confiscación de todos sus bienes.
Por tanto, concluía el informe, no es por falta de leyes que los gobernantes no quieran castigar esta ilícita actividad y es por eso que continúa, envalentonada por la protección que gobierno y Compañía de Indias ofrecen a los falsificadores.
Otra razón más para calificar a la “pérfida Albión”, como ella misma se merece, a la vez que se intenta sacar del anonimato a un científico español sumamente ignorado.

viernes, 3 de octubre de 2014

¡VIAJEROS AL TREN!




Durante muchos años con esta exclamación comenzaban los viajes en tren. Negras locomotoras soltando humo y carbonilla, tiraban de largos trenes formados por vagones de madera e incómodos asientos, hasta que otros más confortables vinieron a sustituirlos y a estos los sustituyeron las camas que hicieron el viaje de lo más confortable. Solamente así se explica la existencia de trenes tan emblemáticos como el Transiberiano o el Orient Espress, con larguísimos recorridos.
Pero, ¿que se hacía antes, cuando no existían estos medios de locomoción?
Pues a recorrer caminos, andando o a caballo, o cruzar los mares a remo o a vela. ¡No había más! Y aun así hubo quien tuvo el valor de recorrer medio mundo y lo que es más importante, dejar por escrito las crónicas de esos largos periplos.

Tren de mediados del siglo XIX

Desde siempre se nos ha presentado al célebre Marco Polo, como el primer gran viajero de la historia de occidente; un mercader veneciano que en el último tercio del siglo XIII viajó hasta el Extremo Oriente en un largísimo itinerario de veinticuatro años y muchos miles de kilómetros. Su aventura nos llegó en una obra titulada El libro de las maravillas, más conocida como Los viajes de Marco Polo que el veneciano dictó a un escritor de la época llamado Rustichello, mientras estuvo preso en Génova, implicado en cuestiones políticas.
Sin desmerecer la epopeya de Marco Polo, con la que nos deleitamos en nuestra juventud, no es cierto que este fuera el primer gran viajero de la Era Cristiana, ni tampoco el primero en dejar por escritos las memorias de sus viajes.
Nueve siglos antes de que el ilustre viajero hubiera nacido, cuando todavía el imperio romano extendía su dominación en una gran parte del mundo conocido, nació y vivió en la provincia romana de “Gallaecia”, una mujer llamada Egeria, escondida durante siglos en los entresijos de la historia y a la que recientemente se la ha rescatado para otorgarle la consideración de primera gran viajera mujer de la que se tiene noticia.
Los datos biográficos que de ella se conocen son bien escasos lo que se da a la especulación sobre sus orígenes y su familia, por eso hay quien la relaciona con la familia de la primera esposa del emperador romano Teodosio el Grande, que había nacido en Cacabelos (antigua Cauca), cerca de Ponferrada, en la comarca de El Bierzo y por tanto en la provincia de Gallaecia, hacia el año 350; otra opinión, también puramente especulativa, es que fue la esposa, o al menos, pareja, del obispo hispano Prisciliano, ejecutado por la Iglesia como hereje y del que en la actualidad se tienen serias sospechas de que sea su cadáver el que tantos peregrinos veneran en Santiago de Compostela ( ver mi artículo
De cualquier forma al pertenecer a una familia adinerada y muy poderosa, gozó de gran predicamento en la sociedad de su época, entre la que destacó por ser una mujer extremadamente religiosa y de una curiosidad ilimitada, habiendo llegado a ser abadesa de algún convento importante de aquella provincia romana, de ahí que se la relacione con Prisciliano, pues en aquella época no existían votos de castidad entre los religiosos.
Se sabe de ella y esta vez con certeza, que visitó los Santos Lugares, en un viaje que realizó en 381 y que duró tres años, recogiendo sus impresiones en un manuscrito en latín vulgar llamado Itinerario a los Santos Lugares (Itinerarium ad Loca Sancta).
Aunque viajar es una actividad que siempre se tiene por arriesgada, en aquella época, hacerlo dentro de los límites del Imperio Romano, no revestía graves dificultades. La Pax romana proporcionaba unos índices de seguridad más que aceptables y, como se verá más adelante, la viajera no lo hacía en solitario, sino fuertemente acompañada.
Aprovechando las vías romanas y el establecimiento en todos los itinerarios de las denominadas “mansio”, o casa de postas que jalonaban los caminos, viajar era relativamente confortable, máximo en el caso de esta abadesa que usó de su influencia para acogerse a la hospitalidad de conventos, monasterios y cuantas instalaciones religiosas iba encontrando en su camino.
Contaba, por añadidura de algún tipo de salvoconducto oficial que debía estar expedido por una alta personalidad del imperio, pues le autorizaba a recurrir a protección militar si llegaba el caso, por lo que en muchas de las etapas del viaje, iba acompañada de una escolta de soldados romanos.
Hay constancia de que en 381 llegó a Constantinopla, desde donde partió hacia Jerusalén, visitando todas las ciudades mencionadas en los Evangelios y describiendo los ritos y ceremonias religiosas que se observan en cada lugar, por lo que su Itinerario tiene el doble valor de libro de viajes y catálogo de cultos y ceremonias de los inicios del cristianismo.

Imperio romano en el siglo IV


En las orillas del Mar Muerto, visita el lugar donde la tradición situaba la estatua de sal de la mujer de Lot, no hallando vestigio alguno de dicha estatua y sube a lo más alto de la montaña en donde la tradición dice que ardía permanentemente la zarza a cuya luz recibiera Moisés las Tablas de la Ley.
En su cumbre, situada a más de mil quinientos metros de altura, esta ubicado el monasterio de Santa Catalina, hasta el que llega, sudorosa y jadeante, pero sin ayuda alguna, mientras que sus acompañantes han de ser socorridos.
Subió también al monte Nebo, lugar desde el que Yahvé permitió a Moisés que contemplase la Tierra Prometida y en el que se dice que está enterrado el patriarca.
Cuando ya se disponía a regresar a Gallaecia, oyó hablar de unos santos monjes de Mesopotamia y sin dudarlo cambió su itinerario para conocerlos.
Así llegó al río Eufrates, del que cuenta que es tan impetuoso como el Ródano, pero mucho mayor.
Acompañada del obispo Eulogio de Siria, visitó a aquellos monjes anacoretas que tanto despertaron su interés, los cuales vivían en pleno desierto y en unas condiciones extremadamente inhóspitas.
De todo aquello que observaba, tomaba buena nota en una colección de relatos que a modo de diario, pero mucho más detallado, iba escribiendo.
Había llegado al extremo oriente del imperio. A partir de aquel punto, se acababa la hegemonía romana y el terreno era peligroso, además, ya no podía contar con escolta militar, por lo que fue convencida de que se volviera y aunque ella quería adentrarse en Persia, fue convencida de que se diera la vuelta, que su viaje estaba cumplido y que le quedaba mucho que contar sobre su experiencia.
Llevaba cuatro años de viaje cuando decidió regresar a Constantinopla en donde siguió escribiendo con la ilusión de que aquellas páginas suyas fuesen leídas por sus queridas monjas de Gallaetia, aunque es más que probable que en ese momento se sintiese mal, pues no intentó siquiera regresar a su tierra.
Falleció con toda posibilidad en aquellas tierras próximas a Constantinopla y allí debe estar enterrada en algún lugar desconocido, perdido en aquel vastísimo territorio.
Lo mismo que su sepultura, su obra literaria también se perdió y durante más de quince siglos, nadie supo de ella.
A finales del siglo XIX, concretamente en 1884, en la ciudad italiana de Arezzo, apareció un códice en pergamino, de treinta y siete folios, que contenía una obra ya conocida de San Hilario de Poitiers y una segunda obra, desconocida e incompleta, a la que faltaban folios del principio y del final y en la que se relataba el viaje a Tierra Santa. Tras muchos estudios y especulaciones, se ha determinado que es una copia del manuscrito del Itinerarium.
Es fácil comprender que Egeria “nació” después de haberse descubierto su libro. Es decir, nadie había vuelto a hablar de ella desde que desapareciera en las postrimerías del siglo IV; la única referencia escrita que de ella se conoce es una carta de San Valerio, obispo de Zaragoza y personaje coetáneo, a unos monjes e El Bierzo, en la que se la menciona profusamente. Fue al descubrirse su libro cuando la autora afloró en la historia, que hubo que recomponer a su medida y más por las propias apreciaciones que ella formula en sus escritos que por verdadera constatación rigurosa.
Por eso hay quien la ha identificado con Pulcheria, hija del emperador Teodosio, del que ya antes se dijo que debió ser familia, lo que justificaría sus enormes privilegios.
A principios del siglo XX, un monje benedictino y destacado hispanista llamado Marius Ferotin, fue quien definitivamente centró el personaje y la autoría del Itinerarium, pues San Valerio había usado muchos de sus datos en aquella carta mencionada más arriba, usando incluso el mismo estilo y vocabulario en la descripción de los trayectos.
Desde entonces nadie duda de la autoría del libro, como nadie lo hace de que estamos ante la primera viajera de la historia que por más de cuatro años y sin descanso, recorrió todos los límites orientales del imperio romano, confeccionando un libro de viajes tenido por el primero escrito por mujer.
Posteriormente se han ido encontrando otras referencias a la obra de Egeria, como la hallada en el Liber de Locis Sanctus que escribió Pedro Diácono, monje benedictino, historiador y escritor del siglo XII.
Es momento de reivindicar para nuestra compatriota el honor que le cabe, tanto como viajera, como de persona de profundas convicciones y sobre todo, de transmisora de sus experiencias.