viernes, 23 de octubre de 2015

EL PAPA DEL PRIMER MILENIO




El siglo X fue tremendo para la cabeza visible de la Iglesia, es decir, para el papado. Cuesta creer que Cristo permitiera que, uno tras otro, los papas fueran denigrando el pontificado, de la manera que lo hicieron sin hacer nada al respecto. Casi un siglo al que los propios padres de la Iglesia, hastiados y avergonzados de tanta infamia, calificaron como la “pornocracia”, el gobierno de las prostitutas, por que eso es lo que sucedía (recomiendo la lectura de mis tres artículos titulados “Las vacaciones del Espíritu Santo” http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/08/las-vacaciones-del-espiritu-santo-i.html y siguientes).
Pero no todo iba a ser malo en aquella época y cuando el mundo católico andaba preocupado por el inminente fin de los días que llegaría tras el cambio de milenio, que ya se estaba acercando, la Iglesia eligió nuevo papa el día nueve de abril de 999, a un joven brillantísimo que tomó el nombre de Silvestre II.
Su nombre era Gerberto de Aurillac y había nacido en 945, sin que se pueda precisar más la fecha y en algún lugar de Francia del que tampoco se tiene constancia aunque, por el apellido que adoptó, se le supone nacido en aquella localidad del centro del país, o en sus inmediaciones.
Desde muy joven destacó por su enorme capacidad intelectual lo que le llevó a ser “captado” por los benedictinos, los auténticos caza-talentos de la época, que comenzaron su formación en el monasterio que la orden tenía en Aurillac, por lo que no se sabe con certeza si es esa la razón de tomar su apellido, o por ser nacido en aquella localidad.
Como se sabe, la orden benedictina estaba regida por los poderosos abades de Cluny, que no rendían cuanta nada más que ante el papa y cuyo poder, dentro de la Iglesia, era inusitado.

Estatua de Silvestre II en Aurillac

Allí estudió lo que entonces se denominaba “trivium” y aprendió latín, retórica y lógica, las tres materias que componían esta disciplina.
Transcurrieron varios años de vida dedicada al estudio y sin que se tengan otras noticias de él.
Se sabe que en 970 estudiaba matemáticas en el monasterio de Ripoll, donde se conservaba una importantísima biblioteca y era casi único reducto español en donde se enseñaba esta materia, pues el resto del territorio estaba en poder de los árabes, aunque es de reconocer que en el mundo de la intelectualidad las fronteras fueron bastante permeables, lo que posibilitó que Gerberto se trasladase a Sevilla y a Córdoba, en aquellos momentos la ciudad más importante de España y quizás la más grande del mundo, en donde estudió astronomía, álgebra y aritmética, lo que lo convertiría en uno de los pocos cristianos formado en escuelas de doctrinas musulmanas. Allí alcanzó un alto grado de aprendizaje en astronomía, pero lo más importante es que conoció la enorme importancia que tendría el número cero para la posteridad y que los árabes había traído de la India.
Más tarde viajó a Roma, en donde deslumbró con su sabiduría a pesar de su escasa edad,  y en donde lo “ficharon” para que continuara sus estudios en Reims.
No se había ordenado sacerdote, por lo que su carrera tenía ese límite, pero convencido por sus tutores de que tomara hábitos, pudo apreciar que una vez ordenado, inició una meteórica ascensión, siendo nombrado abad del monasterio de Bobbio, el más rico de Italia.
Fue luego preceptor del que sería emperador Otón III, que al acceder al trono, lo incorporó a su corte en Aquisgran.
A la muerte del papa, Otón se hizo con el control de la Iglesia y poco le costó maniobrar para que Gerberto, que ya disfrutaba de la púrpura del capelo cardenalicio, fuera nombrado papa el nueve de abril de 999.
Era el primer papa francés de la historia y por su formación y su trayectoria, no iba a consentir los abusos que se daban entonces en el papado y en la comunidad religiosa en general.
Atacó duramente la simonía, aquel negocio de vender investiduras eclesiásticas, así como el concubinato, práctica normal dentro de la Iglesia y trató de que solamente hombres rectos accedieran a las altas dignidades eclesiásticas.
Por algún tiempo lo consiguió, aunque luego la Iglesia volvió a sus viejas costumbres para rodearse de los placeres de la carne, hacerse con el poder económico y con el poder terrenal.
Con la amenaza que sobrevolaba en relación al cambio de milenio, Gerberto, hombre muy culto y seguramente poco creyente en el cataclismo anunciado, hizo un juego fatal con el que subyugó a todas las autoridades de la Iglesia, amenazando que de la única manera en que los cristianos y todos los demás habitantes del planeta se libraran de la tragedia, sería regenerando la vida y las costumbres mundanas de los servidores de Cristo.
Indudablemente en aquella época de miedos y supersticiones, si el papa aseguraba algo tan favorable a los creyentes, era seguro que todos se pondrían manos a la obra para cambiar el rumbo caótico y degenerado al que habían llegado.
Pero sobre todo, Gerberto de Aurillac, destacó en el campo de las ciencias y más notablemente en el de las matemáticas.
Llevó a Roma el número cero que evitaría los engorrosos cálculos matemáticos, pero además de eso, se le atribuyen una importante serie de inventos como unos precisos relojes de agua, astrolabios y un ábaco muy especial que se usó durante siglos, aunque cayó en desuso por la introducción de los orientales, más rápidos de usar. Pero su mayor logro fue la creación de una cabeza parlante que incluso respondía a lo que se le preguntaba y predecía el futuro.
Claro está que lo de este invento me trae a la memoria la aventura de don Quijote cuando en su marcha a Barcelona se hospeda en la casa de un noble que tenía una cabeza similar, pero en el interior de ésta, que estaba sobre una gran mesa con un pie central, se introducía, no recuerdo si era un enano o una persona de escasa estatura.
En fin todo un truco porque ni la mayor alianza con Satanas, puede hacer que una cabeza de bronce hable por sí sola.
Como es natural en la condición humana, la sabiduría de Gerberto despertaba las consiguientes envidias y pronto empezó a circular en torno a él una leyenda que ha llegado hasta nuestros días.
Se decía que este hombre sabio era, en realidad, un brujo que había obtenido todo su poder de un pacto con el diablo que, no fiándose de él, le puso para su custodia a una guardiana.
Una diablesa o demonio femenino inferior, que recibe el nombre de “súcubo”, la cual se habría enamorado perdidamente de Gerberto y su inmensa sabiduría y renunciando a su inmortalidad se hizo mujer, acompañándole toda su vida.
Es lo cierto que primero Gerberto y luego Silvestres II estuvo siembre a favor del matrimonio de los religiosos, pensando que así se evitarían las rameras de los palacios obispales y de la curia romana, los actos de sodomía y pedofilia y, sobre todo, los concubinatos y los hijos ilegítimos.
Pero como es natural y en aquella época mucho más, encontró la férrea oposición de todo el mundo y lo único que pudo es predicar con el ejemplo, pues aquella mujer, a la que se conoce con el nombre de Meridiana, le acompañó toda su vida y está junto a él en su muerte.
Un halo de misterio rodeó toda la vida de este deslumbrante personaje histórico del que según cuenta el historiador galés Walter Map, que vivió un siglo después, estuvo perdidamente enamorado de la hija del preboste de la catedral de Reims, cuando allí cursaba sus estudios. La joven lo rechazó, parece ser que por su fealdad y desde luego porque ella aspiraría a algo más que a un simple estudiante.
Decepcionado, cayo en un estado de abatimiento, momento en el que conoció a Meridiana, la cual se le ofreció sin condiciones y él aceptó a pesar de los votos de castidad que hubiese jurado. No se tiene constancia de que se hubieran casado, pero la pareja estuvo unida toda la vida y ella le perdonó diferentes infidelidades, sobre todo cuando al llegar al papado, ya fue atractivo para aquella que le había rechazado en Reims y con la que sostuvo un tórrido romance, estando de por medio la tiara papal.
Corría el año 1003 y con motivo de un viaje que el papa tenía proyectado hacer a Tierra Santa, Meridiana hizo un terrible vaticinio: el papa moriría después de decir la primera misa en Jerusalén.
Aún así y con esa tremenda pesadumbre que da el saber que los días estaban contados, el papa se embarcó para Tierra Santa y efectivamente, después de decir la primera misa en Jerusalén, cayo como fulminado. Fue traído a Roma en donde se le ofreció un cortejo fúnebre digno de la máxima autoridad de la Iglesia y fue enterrado en la cripta de la iglesia de San Juan de Letrán.
Poco tardó en seguirle Meridiana, que falleció inesperadamente, lo mismo que había sucedido con el pontífice. A su muerte un grupo de obispos y otros príncipes de la Iglesia, celebraron un concilio en el que decidieron que ella debía reposar junto al que había sido su compañero toda la vida y así, colocaron su cadáver en la sepultura de Silvestre II y allí reposan los dos.
Quienes tenían acceso a la cripta en la que están enterrados decían que a veces se observa salir del féretro un vaho espeso que es premonitorio de la muerte de los papas.
Otros dicen que por las noches se escuchan ruidos, gemidos e incluso sacudidas provenientes del sarcófago.

Nada de eso es creíble, como no lo es lo de que Meridiana fuese diablesa, pero Silvestre II pasó a la historia con los sobrenombre de El Mago y El Brujo.

sábado, 17 de octubre de 2015

EL CORONEL PANCHITO





En estos últimos días ha quedado patente el profundo desconocimiento de la Historia que parte de nuestros gobernantes padecen. En buena medida, la causa ha de buscarse en el sistema educacional que hemos venido padeciendo en las últimas décadas, pero en otras, ni siquiera ese desastre de sistema tiene la culpa.
Es simplemente que hay mucho desinterés por conocer los acontecimientos que han forjado el devenir de los pueblos, de países en los que hayamos tenido gran influencia, si estos no son próximos a nosotros.
Uno de esos acontecimientos, en el que se vieron envuelto varios países sudamericanos, fue una brutal guerra. Guerra que, como casi siempre, iba dirigida a proteger los intereses económicos de algunos países.
Se llama “Trifinio” al punto Geográfico en donde convergen las fronteras de tres países. Al contrario de lo que se pueda pensar, hay casi ciento sesenta trifinios en el mundo, la mayoría completamente desapercibidos, como los de Rusia o China que tienen veintiséis en total.
España tiene dos con Francia y Andorra, pero los más señalados se encuentran en América del Sur y de todos ellos el más famoso sea quizás el llamado “Triple Frontera” que forman la conjunción de Brasil, Argentina y Paraguay, países a los que separan los ríos Paraná y su afluente Iguazú.
Ambos ríos son navegables y siempre han jugado un papel de suma importancia en las comunicaciones, la economía y el comercio de los tres países. Pero era Paraguay el que tenía la soberanía sobre el río Paraná
Era mediados el siglo XVIII cuando la ambición de controlar los ríos, sobre todo de Brasil y Argentina, desencadenó una guerra contra Paraguay cuyas consecuencias fueron tan funestas que el país quedó casi sin hombres, pues casi todos habían perecido en los cinco años de contienda. Quedaron solo ancianos, mujeres y niños y algunos miles de guaraníes que habitaban territorios tan recónditos, que ni siquiera se enteraron de que había una guerra.
Fue la llamada Guerra de la Triple Alianza, que habían firmado el primero de mayo de 1865, Argentina, Brasil y Uruguay, aunque este último país tendría escaso protagonismo y aprovechamiento en la contienda.
En 1844 había sido elegido como primer presidente constitucional de la República de Paraguay, el político y miembro de una poderosa familia paraguaya, Carlos Antonio López, que gobernó el país hasta 1862, en que falleció.
Previendo que la saga familiar continuaría después de su muerte, el hábil político envió a su hijo primogénito, Francisco Solano López de gira por toda Europa con el fin de formarse política y militarmente, adquirir conocimientos generales sobre armas, comprar las más modernas, reclutar mercenarios que estuviesen dispuestos a luchar por su país y sobre todo, relacionarse con los líderes políticos de la época.
En ese viaje y cuando se encontraba invitado en la corte del emperador Napoleón III, conoció a una irlandesa llamada Elisa Alicia Lynch, casada con un oficial francés destinado en Argelia, al que había abandonado.
Se inició un tórrido romance entre ambos, que duró toda la vida del joven Francisco, pues a la hora de volver a su país, Elisa lo acompañó. Nunca se casaron, porque ella no obtuvo el divorcio, pero eso no fue inconveniente para que poco antes de llegar a Paraguay, la pareja viera aumentar la familia con la llegada de un hijo al que pusieron por nombre Juan Francisco, que sería conocido con el nombre de General Panchito.

La Triple Frontera

La llegada a su país fue todo un acontecimiento, pues había comprado un buque de guerra en Gran Bretaña, el Tacuarí, en el cual transportaba numeroso armamento de nueva generación y un buen número de soldados profesionales que había reclutado en diferentes países y con los que pensaba potenciar su ejército. En otro buque, viajaba él con su amante y su hijo.
Paraguay era, en aquellos momentos, uno de los países más ricos y estables de toda América del Sur. Abastecía de tabaco, algodón, maderas y otros productos vegetales a casi todo a los demás países de su entorno. Tenía una gran riqueza maderera que en Europa era muy preciada y poseía incluso altos hornos en donde se fundía el hierro de sus minas, pero era un país muy despoblado, con enormes zonas boscosas casi desconocidas y con infinitas riquezas por explotar, cosa que interesaba a los ingleses que llevaban décadas introducidos en el Mar del Plata y que querían sacar tajada de aquel rico y escondido país.
La familia aristocrática del presidente de la República era inmensamente rica y más rica lo iba siendo con las compras de las propiedades del estado, que el presidente ponía en venta y él mismo adquiría.
A la muerte del presidente López, su hijo, Francisco Solano, ya preparado de antemano y apoyado en la poderosa familia y sus inmensas riquezas, fue proclamado presidente de la república.
Como es natural, el nuevo presidente siguió las directrices ya marcadas por su antecesor, pero, a la vez, puso en marcha todas las inquietudes que su largo viaje por Europa le habían despertado.
Extendió las líneas de telegrafía, construyó unos segundos altos hornos y una nueva fundición, donde se fabricaban cañones y armas largas; construyó una línea férrea, la primera del continente americano y para aprovechar la producción de algodón, creo unas industrias hilanderas y textiles.
Así estaban las cosas en este pequeño país, que se veía prosperar, cuando la única vía de comunicación interna hacia el continente y la salida al mar de toda la parte sur de su vecino Brasil, pasaba por los ríos Paraná e Iguazú, que desde las famosas cataratas que llevan su nombre, era navegable y que eran totalmente controlados por Paraguay, lo que dificultaba el crecimiento económico de todo el interior brasileño.
Por otro lado Argentina mantenía con Paraguay un antiguo litigio en relación con los inmensos y casi despoblados territorios de lo que habían sido sus provincias de Corrientes y Misiones, parte de las cuales habían sido anexionadas por Paraguay.
Tenía entonces este país una población de millón y cuarto de habitantes y el ejército mejor armado y más preparado de toda Sudamérica, por eso, cuando en 1864 su presidente, Francisco Solano, vio venir los acontecimientos que se le echaban encima, no dudó en enfrentarse bélicamente contra la Triple Alianza.
Además del ejército, el pueblo paraguayo, que estaba muy contento con su presidente, con el que había alcanzado un notable nivel de vida, siguió a Francisco Solano en la guerra que se iniciaba y junto al presidente marchaba su amante, Elisa Lynch, a la que su pueblo llamaba “La princesa de la Selva”, su primogénito “Panchito”, al que a lo largo de la contienda nombró coronel y terminó siendo su Jefe de Estado Mayor y varios miembros del gobierno.
Cinco años fue capaz de aguantar el pequeño país de los guaraníes, frente a los poderosos Brasil y Argentina, apoyados por Uruguay, pero el final empezó a verse muy claro.
Fue una guerra durísima, en la que no había prisioneros por ninguno de los dos bandos y en la que los paraguayos demostraron un valor y un coraje digno de alabanza.
Ni siquiera la conquista de la capital del país, Asunción, hizo recapacitar a los paraguayos, que continuaron defendiéndose hasta morir masacrados.

Última fotografía del presidente López
pocos días antes de su muerte

En los diferentes frentes que Francisco Solano tuvo que soportar, perdieron la vida miles de soldados y muchos integrantes de tribus indígenas que se prestaban a ayudar en la contienda, hasta que ya casi desarmado, sin apenas munición, descalzos y sin alimentos, lo que quedaba del ejército paraguayo fue cercado por los brasileños en una zona conocida como Cerro Corá, en el corazón de la selva paraguaya y muy próximo a la región brasileña de Mato Grosso.
Los indígenas guaraníes quisieron esconder en la intrincada selva al presidente y su séquito, pero éste se negó en rotundo y prefirió esperar, junto a sus soldados, la llegada del ejército brasileño.
Más de dos mil quinientos soldados, bien pertrechados, componían la fuerza atacante, mientras los defensores eran apenas cuatrocientos, mal equipados y hambrientos, muchos de ellos acompañados por restos de sus familias.
No se puede decir que lo ocurrido en Cerro Corá fuera una batalla, más bien fue una masacre, en la que cayeron abatidos todos los soldados paraguayos y su presidente, que sable en mano, se defendía de los atacantes, hasta que fue abatido de un disparo.
También su hijo, el Coronel Panchito que tenía diecisiete años, murió combatiendo.
Solamente se salvó la amante, Elisa Lynch, la cual alegó su nacionalidad inglesa para que le fuera respetada la vida.
“Muero con mi patria”, dicen que fueron la últimas palabras de Francisco Solano, sabiendo que tras aquella derrota, Paraguay iba a padecer una muerte técnica de la que tardaría años en recuperarse.



viernes, 9 de octubre de 2015

LA CASA DE LOS MILAGROS




El quince de enero de 1835, a los sesenta y dos años de edad, fallecía en su casa de las afueras de Bruselas, la princesa de Chimay.
Completamente ignorada por la historia, la princesa de Chimay había sido también marquesa por su primer matrimonio. Años mas tarde sería la amante y luego la esposa  del más poderoso hombre de la Revolución Francesa, después de Robespierre y antes de casarse con el príncipe de Chimay, fue posiblemente la mujer más influyente de Francia, tanto en el período revolucionario, como posteriormente.
¡Y lo más sorprendente de todo es que era española!
Se llamaba Teresa Cabarrús y era hija de Francisco Cabarrús, notable financiero de origen francés afincado en España y fundador del Banco de San Carlos, que luego se convertiría en el Banco Nacional, el primero en expedir papel moneda.
Se educó entre monjas y nodrizas, hasta que a los doce años, su padre, personaje de máxima influencia en España, decidió enviarla a París con la doble intención de que completara su formación y que contrajera matrimonio con alguna persona influyente en Europa.
Acompañada de su madre, Antonia Galabert, se trasladaron a la capital francesa, donde la pequeña quedó alojada en casa de una influyente viuda que la acogió bajo su tutela, mientras su madre regresaba junto a su marido.
Precoz, la joven Teresa se enamoró perdidamente de un joven sin fortuna que, lógicamente, no contaba con el beneplácito de su padre, que no había hecho el esfuerzo de separarse de su hija para verla convertida en una simple ama de casa.
El desengaño de la joven precipitó su decisión y contrajo matrimonio, por elección de su padre, con el marqués de Fontenay, miembro del parlamento francés y mucho mayor que aquella niña de apenas quince años.
Un año después nació el único hijo de esa unión al que pusieron por nombre Devin Theodore.
Era el año 1789 y lo que se venía encima a los franceses, sobre todo a su aristocracia, era difícilmente predecible, pero mientras, la grandeza francesa vivía en un mundo de lujo y glamour, sin preocuparse de que el pueblo no tenía pan y mucho menos pasteles para saciar el hambre, como había propuesto María Antonieta. El catorce de julio el pueblo asalta la Bastilla y comienza el episodio más terrorífico y sangriento de la historia de Francia.
En pleno apogeo de la Revolución, los marqueses de Fontenay deciden separar sus caminos y tras solicitar el divorcio toman cada uno por su lado,
Teresa y su hijo se refugian en casa de unos parientes de su padre en Burdeos, en donde viven los sangrientos episodios que se desarrollaron en aquella ciudad, acusada de contrarrevolucionaria. Cuando Robespierre toma el mando de la Revolución, envía a la ciudad de Burdeos al joven Jean Lambert Tallien con instrucciones de usar la guillotina no solo contra los enemigos de la Revolución, sino contra todo aquel que osara interceder por ellos. Era la llamada época del terror y Burdeos lo sufrió casi como París y por el mero hecho de ser la esposa de un noble huido de Francia, Teresa fue encarcelada y condenada a la guillotina.
Pero tuvo la fortuna de que Tallien la conociera y quedara prendado de su hermosura; perdidamente enamorado de ella, la liberó de su cautiverio y la dejó en libertad. Pocos meses después se convirtieron oficialmente en amantes.
La carrera de Tallien fue tan vertiginosa como efímera, llegando a ocupar uno de los cargos más importantes dentro de la Revolución, mientras su bella amante se dedicaba a socorrer a los desamparados y pedir clemencia para los que iban a ser guillotinados.
La fama de Teresa alcanzó a todos los ámbitos y a su puerta había colas de personas solicitando su intercesión y ella acudía a todas las demandas, consiguiendo clemencia para los condenados en muchas de las ocasiones.
Fue tanta la popularidad que alcanzó, que a su casa de París se la empezó a conocer como “La casa de los Milagros” y a ella a llamarla “Nuestra señora de Septiembre o del Buen Socorro”.
Pero tanta fama le perjudicaba notablemente a la pareja, pues su marido, que había moderado sensiblemente su ansia de sangre, cayó en desgracia ante Robespierre y ella misma terminó encarcelada por ir contra la Revolución.
Nuevamente la fortuna sonríe a la española que comparte celda con una tal Marie Josèphe de la Pagerie, que años después se convertiría en la emperatriz de Francia, conocida como Josefina Bonaparte.
Desde la cárcel, Teresa escribe a su amante una carta desesperada, reprochándole su cobardía y diciéndole que no está haciendo nada por salvarla a ella de una muerte segura. Herido en su honor, Tallien se enfrenta a Robespierre y a su imperio del terror, tachándole de tirano y sanguinario.
La reacción que se provocó con aquella carta hizo que una revolución interna terminara con la vida de Robespierre y el ascenso de Tallien, mientras el pueblo entendía que era ella la verdadera artífice del cambio.
Tras el periodo de terror, la Revolución disfrutó una época de relativa calma en la que se iniciaron las convivencias sociales y Teresa se convirtió en la mejor anfitriona de París a cuyas fiestas acudían todos los personajes de la vida política, social y militar de la época, llegando incluso a ser cuna de un nuevo estilo  llamado “Neo Grec”, por su inspiración en la Grecia clásica, que tanto gustó a las damas francesas y que aparecen vestidas de esta moda en innumerables pinturas.
A uno de aquellos saraos acudía asiduamente un joven oficial de artillería llamado Napoleón y que muy posiblemente conociera allí a su futura esposa, Josefina, la amiga de Teresa.
El veintiséis de diciembre de 1794, se casó con Tallien, con el que tuvo una hija a la que pusieron el revolucionario nombre de Thermidor.
Pero la Revolución seguía en marcha y a la época dorada de Tallien siguió otra, conocida como El Directorio, en la que el antiguo revolucionario no tenía cabida.
Ahora el poder pasó a otras manos y estas eran las de Paul Barras, un caótico e inmoral miembro de la baja aristocracia que había sido militar y siempre había apoyado a Tallien hasta que consiguió desbancarlo y que fue quien propició el fulgurante ascenso de Napoleón.
Lo cierto es que nuestra compatriota comprendió bien pronto que Tallien estaba acabado y quizás antes de divorciarse de él, ya había iniciado una relación sentimental con el que ahora mandaba, que no era otro que Barras.
No acabó aquí su vida amorosa pues después de todos estos acontecimientos, llegó a tener cuatro hijos con un riquísimo financiero llamado Ouvrad, que la rodeó de lujos pero no fue capaz de darle el amor que al final encontró en José de Caramán, conde y príncipe de Chimay, el cual a pesar de tener seis hijos, se enamoró perdidamente de ella y con quien se casó en 1805.
Toda la familia se trasladó a las posesiones del príncipe, en la actual Bélgica en donde Teresa encontró por fin la paz que deseaba y donde vivió feliz hasta la fecha de su fallecimiento cuando tenía sesenta y dos años, una edad avanzada para aquella época y más siendo madre de seis hijos.

Teresa Cabarrús vestida a la moda Neo Grec

Cierto es también que durante años estuvo muy afligida cuando comprendió que su vieja amiga Josefina, a la que había salvado de la guillotina con la carta que hizo reaccionar a su amante Tallien, y que siempre había acogido familiarmente en su casa, se distanciaba de ella conforme su marido iba alcanzando la fama y la gloria.
Tallien murió en 1820 después de numerosas vicisitudes al quedarse fuera de la cúpula de mando de la Revolución. Acompañó a Napoleón a Egipto, en la campaña contra los mamelucos con el fin de cortar las rutas comerciales de Gran Bretaña, pero nuevamente cayó en desgracia y fue enviado a Francia con un escrito de acusación por acciones contrarias a la República.
Terminó sus días como agente secreto en España, donde perdió un ojo, lo que le obligó a regresar a Francia, donde murió años después.

Pocas mujeres, como Teresa de Cabarrús, han tenido tanto papel que desempeña en los aconteceres políticos de un país como Francia y muchas menos siendo una extranjera sin apenas arraigo que se ganó todo su protagonismo por su belleza y por “la vía de lo húmedo”, como diría un antiguo conocido mío.

viernes, 2 de octubre de 2015

CON "LA GUITARRA" A CUESTAS




En el año 1984 falleció el escritor Tomás Salvador, autor de una novela que fue llevada al cine con mucho éxito. Se titulaba “Cuerda de presos”, publicada en 1954 y en la que se describía el traslado desde León, ciudad en la que fue detenido, hasta Vitoria, en donde fue juzgado, de uno de los más famosos criminales en serie españoles de finales del siglo XIX. Se trataba de Juan Díaz de Garayo, al que se le ha conocido con el sobrenombre de “Sacamantecas”.
Pero, lamentablemente, la espléndida novela de Tomás Salvador contiene algunos errores de bulto que han confundido al lector.
En primer lugar, Díaz Garayo, que ha pasado a la historia, o al menos a la chismografía popular como el “Sacamantecas”, siguiendo la ancestral tradición de amedrentar a los niños con el popular y funesto “hombre del saco”, no fue detenido en León, sino en la misma Vitoria, en cuyos alrededores vivía. Es más que posible que el autor, que era inspector de policía, supiera cómo dar mayor dramatismo a una historia y escogió el personaje del “Sacamantecas”, muy conocido, para describir aquel largo traslado de once días por cañadas y caminos, valles y montañas, que una pareja de la Guardia Civil recorre con el detenido.

Fotografía de Díaz Garayo, engrilletado por los tobillos

El segundo de los errores, quizás también inducido, es el de adjudicarle el ajusticiamiento del criminal “Sacamantecas” al más ilustre de los verdugos que ha tenido España: Gregorio Mayoral Sendino.
En este caso la equivocación puede deberse a un error que ya cometiera la fuente de la que se surtió Salvador, que no es otra que la del notable y prolífico Pío Baroja, que en una novela llamada “La familia de Errotabo”, menciona al asesino y atribuye su ejecución al verdugo Mayoral.
Pero dicha aseveración no es posible porque el “Sacamantecas” fue ajusticiado en el Polvorín viejo de Vitoria, a las ocho de la mañana del día once de mayo de 1881, cuando Mayoral era aún menor de edad y ni siquiera se habría planteado abrazar aquella infausta profesión.
Había nacido en un mísero pueblecito al suroeste de Burgos llamado Cavia, en el año 1863, en una familia muy humilde que pronto se trasladó a Burgos para poder sobrevivir.
El pequeño Gregorio no hacía ascos a ningún trabajo que le permitiera aportar algo para el sustento de la familia y fue pastor, albañil, zapatero y soldado profesional, donde comprobó su escaso espíritu militar, incluso demostró gran habilidad para componer huesos rotos o luxados, tanto en personas como en animales.
Licenciado de la milicia, volvió con su familia, de la que no quedaba más que su madre y algún hermano y en donde alguien allegado a la casa familiar le propuso aceptar un trabajo que había quedado vacante y que saldría a concurso en breve tiempo. No le dijeron, en principio, en qué consistía aquel trabajo, solamente que era dependiente de la Audiencia Provincial de Burgos y que estaba gratificado con mil setecientas cincuenta pesetas mensuales. La cifra era astronómica y la necesidad de la familia aún mayor, por lo que Gregorio presentó su solicitud para el puesto.
Por haber servido en la milicia, la plaza de verdugo oficial de la Audiencia le fue concedida por delante de otros varios candidatos y Gregorio tomó posesión de su nuevo y escalofriante cargo que tenía dos únicas ventajas: el sueldo y el escaso trabajo, afortunadamente.
En efecto, en una España más que convulsa e insegura, el primer “trabajo” de Gregorio llegó a los dos años de haber tomado posesión, durante los cuales, el verdugo, se había ido familiarizando con su herramienta de trabajo.
La había observado y desarmado; la había aplicado sobre troncos de madera y había comprendido su mecanismo casi al milímetro. Sabía perfectamente en la parte del cuerpo que se aplicaba y conocía su nombre; “Garrote Vil” .

Garrote vil sobre una silla a la que se ataba al reo

Este instrumento de ejecución había sustituido a la tradicional y simple horca, usada durante siglos en España junto con la decapitación, que se reservaba a los nobles, y  que fue adoptado por Fernando VII en vez de la proposición francesa de la guillotina, sin duda por los malos recuerdos que la cuchilla traía a los Borbones.
Mayoral asumió su oficio con absoluta normalidad, pensando que la responsabilidad de su acción recaía en quienes dictaban sentencia, no en quien había adquirido la obligación de hacerla cumplirla.
En su primer trabajo, en 1892, en Miranda de Ebro, ajustició al cabo Domingo Bezares había asesinado de un sablazo a un recluta de su regimiento que luego arrojó al río.
Al aplicar el “Garrote” por primera vez, observó que nada era igual a las prácticas que había hecho y que el aparato adolecía de fallos que era necesario corregir, pues la muerte de aquel infortunado militar fue costosísima y de enormes sufrimientos.
Su lema se convirtió en “precisión y rapidez”, evitando errores e innecesarias pérdidas de tiempo, con el consiguiente alargamiento de la agonía del reo.
 Para eso fue reparando su herramienta hasta conseguir que funcionara con fluidez, y según sus palabras se sentía orgulloso de haber conseguido “humanizar” el “Garrote”, aunque tardó un poco de tiempo en volver a utilizarla y comprobar de hecho las mejoras que le había introducido.
En esta segunda ocasión se trataba de un anarquista que había asesinado nada menos que al artífice de la restauración borbónica y presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo, cuando se encontraba descansando en un balneario guipuzcoano.
El anarquista se llamaba Michele Angiolillo y se hacía pasar por corresponsal de un periódico italiano, bajo cuya protección se hospedaba en el mismo balneario, en donde descerrajó un tiro en la cabeza a Cánovas que le produjo la muerte inmediata y dos tiros más que impactaron en el pecho y en la espalda, cuando ya estaba en el suelo.
También inmediata fue su detención y posterior traslado a Vergara, donde fue juzgado por un tribunal militar, confesándose culpable del hecho. La sentencia no se hizo esperar y para ejecutarla se llamó al verdugo de Burgos, cuya herramienta, según habían comentado algunos compañeros, estaba muy perfeccionada.
Mayoral llegó a Vergara con una maleta negra en la que guardaba el sombrío instrumento al que Gregorio llamaba familiarmente “La guitarra”.
En la estación le esperaban dos guardias a los que costó poco identificar a la persona que aguardaban. Su aspecto tétrico y la pesada maleta negra que casi arrastraba, lo delataron enseguida.
A las diez y media de la mañana del diez de agosto de 1897, Mayoral colocó el collarín alrededor del cuello del anarquista y aplicó fuerza sobre los brazos del torniquete que, cerrando el collarín, acabó con la vida de Angiolillo en pocos segundos.
En una entrevista que el verdugo concedió a un periodista de la época, le describe con satisfacción las mejoras que había introducido en su “guitarra”, de la que decía que no producía ni un rasguño, ni pellizcos, la muerte era casi instantánea y con tres cuartos de vuelta, ejecutaba en dos segundos.
En la misma entrevista se lamentaba del deplorable estado en el que se había encontrado a muchos de los instrumentos que usaban los verdugos de España que no podían compararse con el suyo en rapidez y eficacia.
Estas supuestas cualidades que en su “guitarra” había incorporado Mayoral, se hicieron conocidas en todas las Audiencias de España, por lo que empezaron a llamarlo para que ejecutara a reos en diferentes ciudades que no correspondían a su demarcación.
Así, fue el encargado de ejecutar, junto a otro verdugo llamado Casimiro Municio, verdugo de la Audiencia de Madrid, a los tres implicados en el crimen del Correo de Andalucía, suceso que tuvo una tremenda repercusión social. Municio era un alcohólico como consecuencia de la presión que su trabajo ejercía en él y fue necesario que Mayoral le ayudase en la primera ejecución, pues parecía incapaz de realizarla. Los otros dos reos fueron ajusticiados por  Mayoral con limpieza y prontitud.
A lo largo de su vida actuó en más de setenta ejecuciones y murió a la edad de sesenta y cinco años, estando todavía en activo.
Sus últimos años debieron ser muy duros, viviendo miserablemente, quizás por propio deseo, junto con su nieta Paquita, hija de su hija que los había abandonado para marcharse con un soldado.
Sin cargarse de penas por su tétrico pasado, Mayoral vivió los últimos años cuidando a su nieta y demostrando un amor y entrega por ella difícilmente comparable con la dureza de corazón necesaria para ejercer una profesión como la suya.

viernes, 25 de septiembre de 2015

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS




Hace unos días, remitía a mis amigos un artículo de Pérez-Reverte que me había causado sensación y que puedes consultar en este enlace: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-arturo-perez-reverte/20150913/godos-emperador-valente-8841.html
El artículo trata de la invasión de los pueblos bárbaros en el siglo cuarto de nuestra Era, aprovechando el declive del imperio romano y, como es natural, lo pone en paralelismo con la situación que estamos viviendo en la actualidad, cuando Europa esta sufriendo una verdadera invasión procedente tanto de Oriente Medio, como de África.
A mi correo respondió un buen poeta y mejor amigo que me adjuntaba unos versos del griego Constantino Cavafis que hacían alusión precisamente a esa misma invasión de la que hablaba Pérez-Reverte.
El poema dice así:

-¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan.

-¿Por qué esta inacción en el Senado?
¿Por qué están ahí sentados sin legislar los Senadores?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
¿Qué leyes van a hacer los senadores?
Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.

-¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto
y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,
está sentado, solemne y ciñendo su corona?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
Y el emperador espera para dar
a su jefe la acogida. Incluso preparó,
para entregárselo, un pergamino. En él
muchos títulos y dignidades hay escritos.

-¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron
hoy con rojas togas bordadas;
por qué llevan brazaletes con tantas amatistas
y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;
por qué empuñan hoy preciosos báculos
en plata y oro magníficamente cincelados?
Porque hoy llegarán los bárbaros;
y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.

-¿Por qué no acuden, como siempre, los ilustres oradores
a echar sus discursos y decir sus cosas?
Porque hoy llegarán los bárbaros y
les fastidian la elocuencia y los discursos.

-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto
y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)
¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

¡Claro que sí! Durante mucho tiempo, los bárbaros entonces y los musulmanes ahora, han sido una solución. Una solución de mano de obra barata y sin quejas, que hiciera el trabajo desagradable que ya los europeos no queríamos hacer. Y llegaron por millares y se fueron asentando en nuestros países sin acatar las más fundamentales normas de convivencia y sin que nadie hiciera los esfuerzos necesarios para socializarlos al estilo occidental, el de nuestras vidas y nuestra sociedad. Los recién llegados se retiraron a barrios periféricos y viviendo entre ellos sin siquiera aprender las lenguas de Europa.
Pero a la vez fueron hablando más allá de nuestras fronteras de las excelencias de estas tierras, provocando el efecto llamada que ahora estamos padeciendo.
No los queríamos, pero no podíamos prescindir de ellos y ese detalle me hizo recordar una anécdota que viví en los primeros meses de mi destino en Ceuta.
Como todo el mundo sabe, Ceuta es una ciudad de unos ochenta mil habitantes, con un término municipal que no llega a los veinte kilómetros cuadrados, casi todo en monte escarpado.
Condenada a vivir cara a Marruecos, es una ciudad a la que dicen que el Estrecho no la separa, sino que la une, pero no es verdad.


Vista de Ceuta en la que se contempla casi toda su extensión

Una vez al año, en los meses de verano, la ciudad soportaba una verdadera conmoción con motivo de la Operación Paso del Estrecho. Miles y miles de marroquíes llegaban desde el centro de Europa para pasar el mes de vacaciones en su país.
Llegaban todos de golpe y en uno o dos días se colmataban los llanos preparados en Algeciras para acogerlos a la espera de poder embarcar y cruzar el Estrecho.
Esta Operación, que hoy está prácticamente superada, en el año 92 y sucesivos era de una envergadura tremenda, pues los enlaces marítimos entre Algeciras y Ceuta estaban muy limitados y además ceñidos a barcos tan antiguos como lentos, lo que provocaba larguísimas horas de espera, normalmente a pleno sol y sin las mínimas condiciones de higiene.
Como es natural, en mi calidad de “novato en la materia”, escuchaba en silencio, mientras por dentro temblaba por lo que se nos vendría encima a partir del quince de junio, fecha de inicio de la OPE y, sobre todo, a finales de julio y de agosto, en donde el tráfico de vuelta, afectaba muchísimo más a la ciudad de Ceuta, porque todo lo que se había producido en Algeciras, volvía a repetirse allí, pero con muchísimas más dificultades, fundamentalmente causadas por la falta de espacio.
Ceuta tenía dos problemas; dos cuellos de botella que impedían dar fluidez a la Operación. En el viaje de ida, el problema era la frontera marroquí de El Tarajal. Por varias razones que no es necesario explicar, los aduaneros, los gendarmes, los mehanis marroquíes, retenían el paso, formando tan largas colas que a veces se juntaban en el mismo puerto, donde desembarcaban los marroquíes. A la vuelta, la dificultad la presentaba el puerto y la escasez de enlaces para evacuar a todo el personal allí concentrado. Por el contra, Algeciras solo tenía problema a la ida, en el regreso se dispersaban rápidamente por varias carreteras y salían rápido de la ciudad.
Ya se han dejado de observar, pero en aquellos años era muy frecuente ver verdaderas caravanas de automóviles cargados a tope que, cruzando España, se dirigían a Algeciras para embarcar.
En las múltiples reuniones de seguridad a las que asistí, tanto en Ceuta como en Algeciras y en Madrid, siempre apreciaba el mismo tenor. Había que estar preparados para la catastrófica situación que cada año se planteaba. Allí hablaban los representantes de las navieras, los de Protección Civil, la Autoridad Portuaria, la Cruz Roja, representantes del comercio de la ciudad, la policía Local, la Guardia Civil y todos aportaban sus experiencias de años vividos. Como es natural, yo callaba, escuchaba y tomaba notas.
La situación que se vivía era de verdadero caos: colas interminables de vehículos que recorrían toda la ciudad; ausencia total de higiene, pues los ocupantes pasaban incluso varios días en sus coches, donde comían, bebían su te y hacían sus necesidades. Algunos bajaban a las playas a asearse o lavar sus ropas.
Las escenas que se pintaban causaban terror, pues se hablaba de expansión del cólera, enfermedad que en Marruecos es endémica, deshidratación, robos, riñas y colapso total de la ciudad.
En fin, que era como si Alá nos castigase mandándonos varias plagas por medio de la pacífica invasión de sus creyentes.
Algunos compañeros míos, muy veteranos en aquellas lides, pretendían hacerme ver que las cosas no eran tal como las exponían. Que se habían aportado otras soluciones que hubieran dado mejor resultado y por quienes correspondía, se habían rechazado. Yo no quería creerlos, pues la unanimidad que apreciaba en las juntas era difícil de desmontar.
Nuestra misión, la de la Policía, era fundamentalmente mantener el orden, atender a los casos en los que se precisara y fundamentalmente impedir que en el retorno, embarcaran marroquíes sin papeles, cosa muy frecuente, pues aprovechando lo revuelto de la situación, muchos trataban de colarse, ocultos en los vehículos, o con documentación falsa o insuficiente.
A partir de aquel quince de junio, en que se inició la OPE, empezaron a llegar algunos contingentes de marroquíes, muy desperdigados y, prácticamente sin problemas, eran conducidos a la frontera y pasaban a Marruecos sin dificultad.
Se fue aproximando la fecha en la que se esperaba la primera oleada y todo estaba preparado para recibirlos. Las gasolineras, que las hay casi al pie de los barcos, habían cargado a tope de combustible, que en Ceuta era mucho más barato y los viajeros lo sabían, por lo que esperaban hasta llegar allí para repostar, apurando tanto los depósitos que yo he visto como sacaban sus coches del barco empujándolos hasta la primera gasolinera.
Los supermercados habían hecho acopios de alimentos y agua embotellada. Centenares de vendedores ambulantes mostraban ya sus carricoches con las mercancías. Cruz Roja y protección Civil tenían sus carpas instaladas y con todo su personal en funcionamiento. En fin, todo a punto, esperando únicamente la avalancha.
Y llegaron los primeros días de julio y la avalancha esperada no se producía. Y empezó a cundir un extraño pánico que yo empezaba a comprender y que no quería creer.
-¿Qué pasa? -preguntaba yo haciéndome el ingenuo.
-¡Que no vienen! ¡Que los moros no llegan!
-¡Pues que bien!, que tranquilos nos vamos a quedar este verano.
-¡Qué dices! Esto es una ruina; si no vienen no podemos pasar el invierno. En estos días se hace el negocio de todo el año.
Los nervios estaban a flor de piel. Se consultaba con los puestos fronterizos de los Pirineos, por si estaban pasando, se consultaba con las agencias de venta anticipadas de billetes de barco, incluso yo, por contentar a alguien, llamé personalmente a los puestos fronterizos de Cataluña para informarme de cómo iba el flujo de marroquíes.
Dos o tres días después, empezaron a llegar, primero, tímidamente, luego en oleadas y  cuando los tuvieron a todos allí, colapsando la ciudad, cagando y meando en medio de la calle, lavando a sus hijos en las fuentes públicas e impidiendo la vida normal y la circulación en toda la ciudad, todos aquellos que vaticinaban el caos, volvieron a respirar tranquilos. Todos iban a hacer su particular verano.
Todo era una mentira infame. Estaban deseando que los invadieran, porque como en el poema de Cavafis:

¡Qué iban a hacer sin ellos, si eran la solución!

viernes, 18 de septiembre de 2015

AMORIS Y BÁCULO





El artículo de esta semana es uno de los menos rigurosos que ha salido de las teclas de mi ordenador; antes se diría de mi bolígrafo y más antes, de mi pluma estilográfica, de mi lápiz, de mi cálamo, etc., que esto no viene al caso.
Todo viene porque hace unos días, su santidad el papa Francisco ha emitido un “Motu Proprio”, latinajo que viene a significar “porque me da la gana”, y por el cual agiliza y abarata el divorcio eclesiástico. Hasta ahora para disolver un matrimonio religioso era necesario muy buenos abogados, un fundamento de los admitidos por la Iglesia y dinero, mucho dinero. Con eso y con un poco de paciencia, muchas personas se han vuelto a casar por el rito católico y vestidas de blanco, aunque la pureza que este color representa se hubiese quedado colgada de la puerta de aquel hotel en que pasó su noche de bodas, si no es que la ya hubiera colgado antes.
Lo que Dios ha unido… se ha quedado obsoleto.
¿Y qué decir de con este anillo yo te desposo… en la salud y enfermedad, hasta que la muerte nos separe?
Pues me apetece decir que no. Un no rotundo desde mi platea, pero seguro de que los otros, los que siempre han creído y creen en el sacramento, también dirán que no.
Porque casi todo en la vida es transmisión cultural y colocar el anillo en el dedo anular de la persona con la que vas a contraer un compromiso que se presume de por vida, no es un acto irrelevante. Es algo de trascendental importancia que nos acompaña desde hace más de treinta siglos y que nace de una creencia que se transforma en tradición.
En un programa de la sobremesa televisiva, a esa hora en que esperas que lleguen los documentales para descabezar un sueño mientras los cocodrilos se comen a las pobres cebras que tratan de cruzar el caudaloso río Mara, se hacia una pregunta sobre la razón de por la que los anillos de compromiso matrimonial se colocaban siempre en el dedo anular, ya fuera de una mano o de la otra, que en eso influían las costumbres de cada país.
Dedo anular, que se llama así por la costumbre de colocar los anillos en él.
Pues bien, indagando sobre el asunto vi que desde la más remota antigüedad existía una curiosa creencia y era que por ese dedo, precisamente de la mano izquierda, la más cercana al corazón, pasaba una vena que llevaba directamente la sangre desde el dedo hasta el músculo cardiaco, lugar que se creía residencia de los sentimientos amorosos.
Los egipcios fueron los primeros en pensar que si ese dedo quedaba encerrado por un anillo, regalo de la persona amada, la vena quedaba sellada para siempre y el amor no se rompería. Una tradición tan bella como lejana de la realidad.
La costumbre fue importada siglos después a Grecia, de donde la tomaron los romanos que a aquella vena la denominaron “Vena Amoris” o Vena del Amor
Hoy se sabe que eso no tiene fundamento científico alguno, como muchas otras cosas que han plagado nuestras costumbres pero que, aun sabiendo de su falsedad, siguen incrustadas en nuestro acervo cultural sin poderse erradicar.
Y es que lo que viene de muy antiguo termina por afincarse, como ocurre con una curiosa tradición china que trata de explicar lo estrechamente unidas que están las parejas  en comparación con los dedos de la mano.

Detalle de la mano del David de Miguel Ángel; se observa cómo
 la vena amoris se introduce hacia el dedo anular

Eso sería antes, ahora las parejas se rompen con la misma facilidad que se forman, pero en la lejana y antigua China explicaban con las manos cómo eran las relaciones entre los seres humanos.
Para eso apretaban las palmas de ambas manos y luego juntaban fuertemente los dedos coincidiendo cada falange de cada dedo de una mano, con la misma de la otra.
A continuación se explicaba la teoría que consistía en hacer pensar que la persona era la unión de sus ambas manos; para asignar la representación de los padres se recurría a los dedos pulgares, invitándose a que la persona que se sometía a la práctica, intentara separar los dedos, cosa que hacía con suma facilidad y que se explicaba porque de los padres se tiene la necesidad de separarse llegado un momento de la vida.
A continuación, los dedos índices, representaban a los hermanos y otros familiares, comprobando que también se separaban con facilidad. Seguía la explicación con los dedos medios, los cuales representarían a los amigos y los meñiques que sería la representación de nuestros hijos.
Se podía comprobar que ambos dedos se separaban con suma facilidad, como en la propia vida ocurre y había llegado el momento de prestarle atención al dedo que quedaba, el anular. Este representaba a la pareja, al matrimonio, y se comprobaba que separar ese dedo resultaba mucho más difícil que cualquiera de los otros cuatro.
Podemos hacer el experimento que es por demás sencillo, pero comprobaremos que los dedos anulares también se separan, con más dificultad y con menos espacio entre ellos, pero se separan.
Es más que posible que la capacidad para mover ese dedo, de manera independiente al resto de la mano, sea algo que hayamos adquirido en los últimos milenos y que antes estuviéramos menos capacitados y cuando en la China antigua se hacía este ejercicio resultara más difícil la separación, por la misma razón que la indisolubilidad del matrimonio, en todas las creencias y culturas, se ha ido diluyendo hasta el punto actual en el que incluso muchas parejas optan por otras formas de unión que no pasan por el contrato matrimonial.
Pero no siempre se ganan habilidades o se obtienen beneficios de la evolución a la que permanentemente está sometido el género humano. A veces, en ese camino largo perdemos, como ya casi hemos perdido por completo el vello corporal y otras cosas mucho más importante, como a la que se refiere la segunda parte del título de este artículo.
Me explicaré. Si hacemos caso a lo que dice el Génesis, Dios creó al hombre a partir de una figura de barro a la que insufló vida. Luego vino la frase célebre de que no es bueno que el hombre esté solo y sacándole una costilla, hizo a Eva.
Esto sería verdad si los hombres tuviéramos una costilla menos que las mujeres, pero eso no es así. Ambos sexos tenemos el mismo número de costillas.
Una teoría muy antigua perfectamente superada por la de la evolución de las especies, ya tan asumida que ha obligado a cambiar los tradicionales cánones en que se cimentaban las creencias religiosas.
La mujer Eva no fue creada por una costilla de Adán, ni Adán era un trozo de barro insuflado. La especie humana ha ido evolucionando desde los primates, pasando por el “homo antecessor”, el “pitecantropus”, el “australopithecus” etc., hasta nosotros que somos “homo sapiens sapiens”. Millones de años evolucionando hasta convertirnos de unos monos del montón, en la criatura más inteligente que jamás ha existido.
Pero en esa evolución, además del vello corporal, la cara de mono y otras muchas cosas que nos embellecieron notablemente, perdimos algo muy importante.
Perdimos un hueso de nuestro esqueleto. Un hueso que nuestros ancestros primates conservan y que el hombre lo ha perdido. Solo el hombre, porque la mujer nunca lo tuvo y este hueso, que lo poseen la inmensa mayoría de los mamíferos, es el hueso báculo o hueso peneano.
Este hueso hace el milagro de poder realizar el coito sin que haya una erección. Lo poseen además de los primates, como ya se ha mencionado, todos los mamíferos roedores, carnívoros e insectívoros y algunos omnívoros, como el perro y el gato.


Hueso báculo de un perro, mostrando el canal uretral

En 1978, el zoólogo Richard Dawkins descubrió que este hueso estaba presente al principio de la evolución desde primates hasta nosotros y fue desapareciendo.
De hecho, con un tamaño realmente pequeño, alrededor de tres centímetros, está presente en los grandes simios como gorilas, chimpancés, orangutanes y bonobos. No es mucho, pero sí una ayudita para algunos problemas relacionados con la disfunción eréctil.
El mismo profesor Dawkins expuso una teoría acerca de la pérdida de ese hueso y es que en la selección de la especie las hembras elegían a machos sanos y evidentemente la dependencia de la presión sanguínea en la erección era signo más que evidente de un estado de buena salud.
Hoy se sabe positivamente que esto es así y que enfermedades como la diabetes y sobe todo las neurológicas, inciden negativamente en la erección, como ya intuyeron aquellas primeras mujeres.
Según algunos científicos de la Universidad Johns Hopkins, cuando los humanos primitivos apreciaron la diferencia entre sus cadáveres y los de grandes simios, advirtieron la ausencia del hueso peneano y esa pudo muy bien, ser la causa de la creación de un mito, según el cual, Dios creó a Eva de un hueso y que por un posible pudor a establecer una dependencia tan aferrada al sexo, la Biblia lo cambió por una más insignificante costilla.