domingo, 24 de julio de 2016

EL BUSTO Y EL "PINGURUCHO"




Hoy hemos leído en la prensa que el ayuntamiento de Madrid, de clarísima ideología de extrema izquierda, tiene proyectado dedicar una calle a Mercedes Formica, conocida en el mundo de las letras por el seudónimo de Elena del Puerto. Era esta una mujer destacada en su época, jurista, periodista, novelista, feminista convencida, consiguió que en 1958 se cambiaran sesenta y seis artículos del Código Civil en todos los cuales se mejoraba la condición de la mujer española. Su único y gran defecto es que estuvo afiliada a Falange, organización de la que se desvinculó pronto, cuando comprobó que sus aspiraciones feministas no tenían allí cabida.
Aún con esa lacra en su pasado, va a dar nombre a una calle de la capital de España, con una composición consistorial de ideología contraria a los que esta mujer representara.
Tan extrema que otro ayuntamiento, esta vez el de Cádiz, de la misma ideología que el madrileño, hace unos meses retiraba de la entrada al Instituto de la Mujer gaditano, un busto de la misma Mercedes Formica que se había colocado allí en 2014.
La razón para la retirada es que era falangista.
Más que razón, diría yo, la sinrazón, porque con la que está cayendo, con lo que tenemos que soportar los ciudadanos cada día, con la cantidad de problemas que tienen  los ayuntamientos, que su preocupación sea retirar un busto, o cambiar el nombre de una calle, no deja de ser una sinrazón.
Cosas similares han ocurrido con demasiada frecuencia en los últimos cuarenta años y también el la larguísima etapa anterior y es que se conoce que debe ser un deporte al que, sin saberlo, somos los españoles muy aficionados.
En 1943, ya ha llovido, la ciudad de Almería retiraba, en presencia del entonces aclamadísimo caudillo, un monumento dedicado a los Mártires de la Libertad, pero no a unos mártires reciente, no, a unos mártires de ciento diecinueve años atrás.
Veamos qué ocurrió entonces.
En 1823, Fernando VII recupera el poder absoluto, como ya mencionaba en mi anterior artículo. “Vivan las caenas” era el grito que gustaba a una buena parte del pueblo español, que incluso pensaba que el rey se había quedado corto a la hora de ejercer el poder absoluto.
Tanto, que se produjo una sublevación de los realistas, contra el propio rey que se llamó “La guerra de los agraviados” o de los “malcontents”, en catalán, porque fue precisamente en tierras catalanas donde casi únicamente se dejó sentir.
Fue en realidad una birria de guerra que resolvió Fernando, trasladándose a Cataluña, donde con su sola presencia y el apoyo del ejército que mandaba el conde Carlos de España, militar distinguido en la Guerra de la Independencia, se resolvió prácticamente el conflicto con la rendición de casi todas las tropas que formaban el conglomerado de los malcontents.
Todo era un disparate, pues los motivos por los que estaban descontentos eran, entre otros, porque no se había restablecido la Inquisición, para seguir ajusticiando sin sentido de la justicia; porque el rey mantenía relaciones con los denominados “afrancesados”; por faltas de reformas para conservar el absolutismo, o porque estas eran muy tímidas, o porque las Milicias Realistas que creara el rey, no estaban suficientemente controladas.
Como se ve, todo en contra de lo que eran tendencias mundiales hacia la concesión de libertades y finalización de los regímenes totalitarios.
Los agraviados pensaban destronar a Fernando y colocar en su lugar a su hermano Carlos María Isidro, que sí que iba a misa todos los días.
Como es natural, al acabarse el periodo liberal, distintos movimientos europeos, en los que se habían ido engarzando los liberales españoles que tuvieron que huir de España tras el llamado Terror de 1824, y a los que habría que sumar los miembros de las llamadas sociedades de comuneros y los masones, comenzaron a subvertir el orden en España, pero con tanta timidez y poca contundencia, que nada pudieron contra las fuerzas realistas.
Y uno de esos movimientos, una de las más arriesgadas acciones, fue aquella que en Almería hizo que se levantara un monumento a los Mártires de la Libertad.
Estos mártires fueron un puñado de hombres que la noche del dos de agosto de 1824, zarparon de Gibraltar a bordo de tres falúas con dirección a Almería. Al mando del grupo de sesenta y cinco hombres, iba el coronel Francisco Valdés y la flotilla la dirigía un individuo, contrabandista de profesión y liberal de ideología, apodado “El Borrascas”. No sé que tal navegante era el contrabandista, pero se encontró un fuerte viento de levante que el hizo dar la vuelta y desembarcar en dirección contraria a la que iba: en las playas de Tarifa.
Allí, valiéndose de la sorpresa, asaltaron el presidio en el que había unos cien presos y otros tantos vigilantes, los cuales se pasaron casi todos al bando de los liberales. Pero les duró poco la alegría porque, muy pronto, se vieron rodeados por tropas españolas y francesas y unos días después los bloquearon también por mar.
Cuatro días después, el seis de agosto, liderados por el coronel Pablo Iglesias (nada que ver con otra cosa que no sea la casualidad), volvía a embarcar en Gibraltar un contingente de liberales, nuevamente con dirección a Almería, y esta vez a bordo de un bergantín británico llamado Frederic.
Era un grupo muy heterogéneo, conocido como “Los Coloraos”, por el color de la camisa que llevaban y en el que iban varios liberales extranjeros de reconocido prestigio, así como el director del periódico liberal madrileños llamado “El Zurriago”, que había tenido que cerrar con la llegada del absolutismo.
Pero ya no podía funcionar el factor sorpresa que acompañó a la operación de Tarifa y el buque fue seguido en todo su viaje y cuando fueron a desembarcar en Almería, las tropas realistas los estaban esperando.
Se desató un durísimo enfrentamiento y muchos de los coloraos murieron en la misma playa, mientras otros consiguieron huir hacia la sierra próxima. Allí fueron cercados y capturados todos.
Sin juicio y hasta sin tambor, el día veinticuatro de agosto, los veintidós coloraos capturados, fueron llevados hasta la Rambla de Belén, entonces fuera de la ciudad y obligados a ponerse de rodillas, fueron fusilados por la espalda.
El único que no murió aquel triste día, fue el coronel Pablo Iglesias, el único que fue juzgado en Madrid, siendo ahorcado el 25 de agosto del año siguiente.
Lo mismo que ocurrió con los coloraos de Almería, sucedió con los de Tarifa, en donde fueron capturados ciento sesenta y tras un juicio pantomima, fueron fusilados en las tapias del cementerio de Algeciras.
Años después, la ciudad de Almería encargó a un escultor, un monumento que celebrara aquel acontecimiento y en 1871 fue levantada una columna de mármol en la llamada Puerta de Purchena, en donde permaneció hasta 1899, en que se trasladó a la Plaza Vieja.

Foto de la época del Pingurucho en la Plaza Vieja

Allí permaneció hasta 1943, fecha en la que ya el deporte nacional de cambiar nombres, se ensañó con el infeliz monumento, que tiene tan escasa significación, que el pueblo almeriense lo bautizó con una palabra inventada por ellos: Pingurucho, a falta de otra denominación que aludiera con más acierto a su existencia conmemorativa.
Con la llegada del nuevo régimen democrático, el ayuntamiento de Almería, volvió a colocar la columna en la misma plaza, acordando que cada veinticuatro de agosto se celebre un acto conmemorativo por aquellos liberales que dieron su vida por restablecer la Constitución.
Todo lo acaecido con el famoso y repetido Pingurucho parece cosa normal, pero no lo es.
¿A quién, en 1943, molestaba ese monumento dedicado a unas personas caídas en aras de la libertad un siglo antes?
Yo creo que a nadie, solamente a algún terco y trasnochado fanático de esos que, siendo más papistas que el Papa, lo único que desean es congraciarse con el poder.
¿A quién molestaba en Cádiz el busto de Mercedes Formica? ¿A los mismo que agrada en Madrid?
Solamente a algún mezquino intransigente que tiene atravesado en la garganta, como si de la espina de un pescado se tratara, todo lo que le huela a época anterior, aunque esa época sea de hace dos años.
Solamente a un mentecato que busca mil explicaciones para que la bandera de España no ondee en nuestra ciudad y en su lugar lo haga la de la II República, la del Arco Iris o cualquier otra que no nos representa a todos, sino a los colectivos que a ellos les votan.

¡Lamentable!

domingo, 17 de julio de 2016

EL DECRETO DE JEREZ






 Hace ya unos meses que no vengo alimentando este mi querido blog, debido a varias circunstancias. La primera y principal es la sensación de agotamiento que se produce después de más de doscientos cincuenta artículos salidos con aceptable puntualidad cada semana; con ese ritmo que por momentos se hace frenético, llega un momento en que ya no sabes de dónde seguir bebiendo para mantener viva la llama y ésta, acaba por extinguirse.
Otra razón es que había recuperado la escritura de una novela que empecé hace años y que había quedado abandonada en una carpeta en la pantalla de mi ordenador y que un familiar muy querido, me impulsaba a continuar. Hoy está casi terminada.
Y la razón más importante es que de unos meses a esta parte, me invade la pereza. La ausencia de disciplina en la vida de un jubilado, va minando las resistencias que cada vez más leves, tratan de impedir que te dejes llevar por la molicie total y al final la victoria del “dolce far niente” se impone con toda su tiranía.
Pero a veces he sentido ganas de escribir algún otro artículo en el que divulgar alguna de esas historias que están escondidas detrás de la Historia y eso es lo que me ha ocurrido con el asunto que comprende el título de este artículo.
Hace ya unos meses comencé la lectura de Episodios Nacionales, empezando por Trafalgar y leyendo en el orden cronológico en el que se fueron sucediendo los acontecimientos que es el mismo que el autor fue escribiéndolos. La obra completa es larguísima, como ya saben los lectores y yo aún no he llegado a la mitad, pero estoy absolutamente enganchado y cualquier momento es bueno para continuar la lectura.
Lectura que recomiendo encarecidamente no solamente por la cantidad de información que aporta, sino por la espléndida narración y la belleza literaria de la obra.
Y entre esas múltiples informaciones, me vine a enterar del Decreto de proscripción que curiosamente, al menos para mí, se firmó en Jerez de la Frontera, mi pueblo vecino, el día cuatro de octubre de 1823.
Para mejor comprender esto, sin tener que leer el Episodio denominado El Terror de 1824, es necesario explicar que entre 1820 y 1823, se produce una etapa en la historia de España que se conoce como Trienio Liberal, el cual no era bien visto por la monarquías absolutistas extranjeras, sobre todo por Francia que nos envió a los conocidos y famosos Cien mil hijos de San Luís, cuerpo de ejército con el que se pensaba restablecer el absolutismo.
En vista del peligro que corría la Constitución de 1812, los liberales obligaron al rey y a la familia real a trasladarse a Sevilla, con intención de alejarla del peligro que supondría Madrid, una vez llegasen los franceses y así, se establecieron en la ciudad del Guadalquivir hasta que la proximidad de los absolutistas, obligaron a embarcar hacia Cádiz, precisamente en el primer barco de vapor que navegó por el río sevillano. Para conseguir que el rey acompañe al gobierno liberal, han de declararle enajenado mental, es decir, loco y arrebatarle momentáneamente sus poderes y su capacidad de decisión.
Las fuerzas que apoyan a los absolutistas llegan hasta Puerto Real y desde allí tratan de tomar Cádiz.
Pasan muchas vicisitudes, entre las que se encuentra la toma del fuerte del Trocadero, cuyas ruinas aún puede contemplarse al pie del Puente Carranza, y desde el que se bombardea Cádiz, como ya había sido bombardeada en la otra etapa en que el gobierno y las Cortes estuvieron en la ciudad. Consecuencia final: los liberales salen por piernas, con la Constitución bajo el brazo y con la leyenda de haber traído a España todas las desgracias habidas y por haber.
Era tan insensato aquel pueblo que apoyaba a un rey absolutista que su grito de guerra era: “Vivan las caenas”.
Desde ese mismo momento, repuesto Fernando VII en el trono absolutista, se inicia una caza de brujas en todo el país. El rey ha de volver a la corte y se inician los preparativos para el viaje, pero algo debió pasar cuando la comitiva recorría el camino de Cádiz hasta Jerez, que alojado en la Cartuja jerezana, el rey dicta el Decreto al que se aludió más arriba.
Y este “decretazo”, del mejor talante absolutista, fue bien visto por la inmensa mayoría de los españoles, aun cuando en él se disponía que durante el viaje real a Madrid, y siempre que en el futuro el rey se desplazase a cualquier punto del territorio español, se hallase a más de cinco leguas del contorno de su persona, cualquier individuo que durante el reinado de la Constitución hubiese sido diputado a Cortes en cualquiera de las dos legislaturas pasadas, secretario del despacho, consejero de Estado, vocal del Supremo Tribunal de Justicia, comandante general o jefe político, jefe y oficial de la extinguida milicia voluntaria y además se les cerraba para siempre la entrada en la corte y sitios reales, a los que no se podían aproximar en un radio de quince leguas.

Fachada principal de la Iglesia de la Cartuja

A estas medidas de urgencias que trataban de evitar percances en el retorno a Madrid, han de sumarse otras como la pérdida de los destinos aunque sus poseedores lo hubiesen obtenido de manera legal.
Más de cien mil personas quedaron afectadas por este draconiano decreto para el que resulta difícil encontrar parangón a lo largo de la historia.
Pero no era solamente la dureza de las medidas que contemplaba lo que lo hace realmente difícil de digerir, es la hipocresía que en él se vierte lo que lo hace, si cabe, aún más nocivo.
Muchos y muy buenos ciudadanos fueron condenados a diversas penas, como las de presidio en las ciudades de Ceuta y Melilla; otros fueron desterrados de sus lugares de residencia con prohibición de volver y algunos otros, más señalados durante el trienio constitucional, fueron llevados a la horca con sentencias de todo punto injustificadas.
Concluía el Decreto con una cláusula que decía: “En la desgraciada agitación en que pusieron a mi corazón el año 1820 sucesos que no quisiera recordar, no hallaba mas consuelo que recurrir al Dios de las misericordias para implorar su asistencia a favor de mi digna familia y de mi pueblo, dulces objetos de mis paternales desvelos…”
Y acababa nombrando primer Secretario de Estado a un religioso llamado Víctor Sáez que era su director espiritual, al que colmó de poder, claro que esa situación duró algo más de dos meses y se acabó cuando el cura le llevo la contraria en dos ocasiones.
El rey se restituye todos los poderes que le concernían antes del trienio liberal y solamente excusa el restituir el Tribunal de la Inquisición que había sido abolido por las Cortes de Cádiz.
Tan incomprensible es la actitud del pueblo español que a gritos se manifestaba constantemente pidiendo “más caenas” y acudió en masa para vituperar y escarnecer en el momento de su injusta ejecución, al general Rafael del Riego, condenado a morir en la horca por una ley promulgada con posterioridad al delito por el que se le acusaba, que no era por cierto el levantamiento de Las Cabezas de San Juan, sino el de haber votado a favor de trasladar al rey de Sevilla a Cádiz, lo mismo que habían hecho otros centenares de diputados y miembros del gobierno, sin que para ellos hubiese tenido más consecuencias que el presidio o el destierro, y para bastantes, absolutamente ninguna.
Pero así es nuestro pueblo, al que de gustarles las cadenas que el rey enrollaba en sus cuellos, pasaron a odiarle con el mismo ardor con el que le amaron.
Buscando información para este escrito. Me he encontrado con dos curiosidades que me parecen dignas de relatar y es que todos sabemos que a José I Bonaparte, el rey que nos impuso Napoleón, se le conocía en entre el pueblo por “Pepe Botella”, haciendo alusión a su afición a la bebida. Todos sabemos que no era cierto, que el Bonaparte era totalmente abstemio, pero lo que no es tan conocido es la procedencia entonces de ese curioso mote.
Según el historiador Rumeu de Armas, el moto tuvo su génesis en un decreto del monarca por el que rebajaba considerablemente los impuestos fiscales sobre la venta de bebidas alcohólicas, cosa que se interpretó de forma tan sesgada como irónica, haciendo pensar que bajaba el precio para poder beber más.
Cosa similar ocurrió con otros dos motes por el que también se le conocía, aunque no de tanta popularidad y que eran “Pepe Barajas” y “Rey de Copas”.
El primero obedece también a una rebaja en los impuestos que se pagaban por las barajas de cartas que eran entonces de exclusiva producción del estado y el segundo es una simbiosis de los dos apelativos anteriores.

viernes, 12 de febrero de 2016

¿QUÉ COMEMOS HOY?




Esta es una pregunta que en la actualidad puede tener miles de respuestas, todas diferentes y todas muy apetitosas. Pero en otros tiempos era una pregunta absolutamente innecesaria, porque la alimentación no variaba nada o casi nada de un día para otro y solamente en algunas solemnidades muy señaladas, se introducía en la dieta algún plato que se salía de lo común.
Esto fue así durante siglos y si bien, en tierra, la cosa podría tener alguna diversidad, en la mar, la monotonía alimentaria era tan brutal, que la mayor parte de las muertes que se producían a bordo de los antiguos barcos, eran causadas por la mala alimentación y por la falta de higiene.
Al hablar de alimentación hemos de considerar sus dos vertientes, a saber, comer y beber.
En la más remota antigüedad, cuando los arriesgados marinos empezaron a adentrarse por el Mediterráneo, la navegación era de cabotaje. Casi no se perdía de vista la costa y cada pocos días se acercaban a tierra, donde se abastecían de agua y alimentos frescos, con lo que no existían los graves problemas que aparecieron más tarde, cuando a partir de la conquista de los océanos por portugueses y españoles, los buques perdían durante semanas todo contacto con tierra firme.
Cualquier capitán de aquellas frágiles embarcaciones con las que los portugueses rodearon África o los españoles llegaron a América, sabía lo importante que era la alimentación a bordo, de tal manera que los motines mas atroces surgieron casi siempre por falta de comida y bebida.
La base fundamental de la alimentación era el pan, es decir, la harina de trigo u otro cereal que se consumía con el nombre de galleta de barco, bizcocho o biscuit, palabras estas dos últimas que se derivan de su forma de fabricación que era la de cocer la masa dos veces.

Reproducción moderna de la galleta de barco

El resultado era una especie de piedra que se consumía remojándola en agua, vino, ron e incluso de mar, lo que en su caso le aportaba sal, muy beneficiosa para el organismo.
En su estudio denominado “La vida en las Galeras de la época de Felipe II”, el insigne médico y escritor Gregorio Marañón, cita estos bizcochos, a los que concede mayor poder alimenticio que al pan blanco, hecho de harina fina, que algunas veces se daba a los remeros de las galeras como premio. El bizcocho, que se hacía con trigo integral, aportaba fibras y más nutrientes que la harina blanca.
Cree nuestra eminencia médica que es más que posible que este alimento fuese un sustitutivo casi milagroso de aquellos otros alimentos que se negaban a los galeotes.
Otra pieza fundamental en la alimentación a bordo eran las legumbres que se dividían en dos clases, las ordinarias: habas, judías o guisantes, secos y lentejas; y las finas: garbanzos y arroz. Estas se servían cocidas, a lo sumo con un poco de aceite.
La carne que se consumía a bordo era siempre salada, tasajo, cecina, perniles, que no duraban demasiado, primero porque se consumían rápidamente y también porque la humedad del mar tendía a afectarle, acelerando su putrefacción, estado en el que muchas veces era consumida, produciendo tremendos trastornos intestinales.
A falta de carne, se servía pescado en salazón que era parte importante de la dieta. El padre Benito Feijoo en la Carta XIX de su obra Cartas eruditas y curiosas, menciona a un personaje que aportó a la navegación un importantísimo descubrimiento en materia de alimentación.
Se trataba del flamenco Guillermo Bulkeldio del que el benedictino dice: “que no tubo por dónde distinguirse entre sus compatriotas, mas que por haber inventado el modo de preparar los Arenques, pececillo humilde, pero muy útil, para que pueda conservarse mucho tiempo. Pero esto fue un capítulo de distinción tan ilustre que le hizo merecedor de un magnífico sepulcro; y lo que es mas, que su sepulcro fuese muy de intento visitado por el Emperador Carlos V…”

Arenque ahumado

Indudablemente Bulkeldio, o como realmente se llamara aquel inventor del sistema de ahumados, como forma de conservación de los alimentos, contribuyó de manera notable a mantener una alimentación sana a bordo de los barcos.
La técnica empleada era el ahumado, primero y la salazón, después, técnica que no he conseguido averiguar en que época se sitúa.
En la actualidad, todos los productos ahumados con humo natural, producto de la combustión de maderas, que es lo que siempre se ha utilizado, están prohibidos por las diferentes políticas alimentarias y en su lugar se sustituye por un humo artificial, que no se sabe ni que es ni de dónde procede.
Como en las costas españolas el arenque no es tan abundante como en los países bálticos, pronto se sustituyó este pescado por la sardina, también ahumada y salada, conocida en nuestra gastronomía como sardina arenque, base de la dieta en los largos viajes cuando se acababan las salazones de carnes.
Después del pan, las carnes y el pescado, el tercer grupo de alimentos serían las frutas y verduras, de cuyo contingente se sufría las mayores deficiencias. Tanto que el escorbuto, una enfermedad que se presenta por la carencia de vitaminas, sobre todo la C, era muy frecuente entre los marinos que son repetidamente descritos en la literatura, como total o parcialmente desdentados, porque esta enfermedad, entre sus muchos síntomas, presenta un aflojamiento de las encías y pérdida de las piezas dentarias.
Bastaba añadir a la dieta unas naranjas o limones, o alguna otra fruta o verdura, para que no se presentase, pero los vegetales apenas duraban una semana, porque el calor de los climas por los que se navegaba y la humedad de los pañoles de las embarcaciones contribuían muy activamente a su rápida putrefacción.
Otro capítulo era la bebida. El agua se almacenaba en toneles de madera, en donde se descomponía por los mismos efectos señalados anteriormente, convirtiéndose en un líquido verdoso, caldo de cultivo de bacterias, a la vez que de insoportable hedor.
Se quiso paliar el problema del agua con otras bebidas, como la cerveza, pero tal como se fabricaba en la época de los descubrimientos, tampoco duraba mucho tiempo, o por el ron, que estimulaban a la tripulación y su distribución producía enorme gozo, pero así como una persona normal puede permanecer algunas semanas sin comer, a los pocos días de sequía, se produce la deshidratación.
Tampoco el vino era opción segura, pues las más de las veces, con los movimientos constantes del barco, la mala conservación, el calor y la humedad, se avinagraba y era imbebible.
Algunos marinos desesperados bebieron agua de mar que les producía delirios que desembocaban en locura.
Uno de los embarcados en el cuarto y último viaje de Colón, llamado Antonio de Herrera, autor de la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme de la Mar Océano, narra varias de las vicisitudes del viaje, describiendo que lo normal era que el pan se hinchase de gusanos o que las legumbres contuvieses más insectos que harina, hasta el extremo de que las comidas a bordo se hacían solo por la noche, para que los marineros no viesen los insectos o los gusanos que, cocidos o vivos, venían con el pan o las legumbres.
También Álvaro de Mendaña, en su viaje descubridor a las islas Salomón, narra cómo el agua se había puesto viscosa por el gran número de cucarachas putrefactas que había perecido allí ahogadas.
Tal era la condición del agua, tan fundamental para la vida que ningún marinero quería beberla y solo antes de morir de sed, consentían en beber aquel líquido hediondo.
Pero si el viaje era muy largo, el agua de los toneles solía aclararse por decantación de toda la sustancia que en ella flotaba y el líquido volvía a ser claro, aunque nunca llegaba a perder la hediondez.
En muchos estudios, coetáneos y posteriores efectuados sobre la mortalidad a bordo de los barcos desde tiempos inmemoriales, hasta que la revolución industrial introdujo las necesarias modificaciones, se ha constatado que murieron muchos más marineros y galeotes por enfermedades derivadas de la alimentación, que los que lo hicieron por los combates o accidentes a bordo.
La situación en la que gran parte de las tripulaciones, que conseguían sobrevivir, llegaban a los puertos de destino era tan extremadamente desastrosa, que en los principales puertos se empezaron a construir los llamados hospitales para mareantes o para forzados, si eran para los condenados a galera.
Tal era la merma que cada tripulación sufría tras cualquier viaje, que era lo corriente que cada año se embarcase el doble de la tripulación normal del buque. Es decir, si un barco tenía capacidad y necesidad de ser atendido por doscientas personas, cada año habían de embarcarse no menos de cuatrocientas para poder mantener todos los servicios; tal era la cantidad de gente que moría o enfermaba a bordo.

Y casi siempre por no poder hacer una alimentación adecuada.

jueves, 4 de febrero de 2016

LA OTRA LIBERTAD





 Veinte años se tardó en el diseño, modelado, repujado y construcción total de la Estatua de la Libertad. Veinte años desde que fue concebida hasta que quedó instalada en la Isla Bedloe, desde entonces Isla de la Libertad, a la entrada de la bahía de Nueva York.
La estatua de metal más grande del mundo, que recibió el nombre de “La Libertad iluminando al Mundo”, fue técnicamente posible gracias a la colaboración entre el talento del escultor francés Frederic Bartholdi y las innovaciones tecnológicas del ingeniero Gustave Eiffel.
La historia de todo el proceso es digna de ser contada porque se inició como gesto de buena voluntad entre dos países, Francia y Estados Unidos, que muy juntos  habían afrontado todo el proceso bélico que supuso la independencia de éstos últimos.
Cuando se iban a cumplir los primeros cien años de vida del nuevo país, un político y jurista francés, senador permanente de la Tercera República, llamado Eduard Laboulaye, allá por el año 1865, propuso la idea de ofrecer al joven país americano, una estatua que simbolizara la libertad de aquel pueblo y que esta  estatua fuese sufragada por el país entero.
La idea cuajó en el ánimo francés y se iniciaron las recaudaciones, a la vez que se iban admitiendo bocetos entre los que elegir el más adecuado.
El boceto que presentó Bartholdi fue el elegido, a pesar de las muchas complicaciones que por su forma y tamaño presentaban, pero que, según aseguraba el joven ingeniero Eiffel, todos serían solucionados técnicamente. El arquitecto Viollet-le-Duc, disidente de todas las corrientes arquitectónicas clásicas de la época, fue elegido por el escultor para seleccionar los materiales de que estaría compuesta la estatua, principalmente el cobre del revestimiento exterior.
Se cuenta que el escultor se inspiró en el desaparecido Coloso de Rodas, la enorme escultura de bronce que cerraba el puerto de aquella ciudad, pero como más adelante se verá, parece que no hubo tal inspiración.
Mientras el ingeniero Eiffel iba construyendo el armazón interior, que debía ser de hierro y muy fuerte para soportar todas las inclemencias del tiempo sin que la estatua variase su posición, en el taller del escultor se empezaban a esculpir trescientas láminas de cobre por el sistema de repujado, el cual consiste en ir golpeando la plancha sobre un molde previamente fabricado.
Dada la envergadura de la estatua, se construyó primero un modelo en yeso que tenía unos once metros de altura, menos de cuatro veces la altura que el escultor tenía pensado.
La dificultad de hacer un molde previo a tamaño natural en yeso, para convertirlo luego en madera sobre la que golpear el cobre, era enorme, por lo que el escultor fabricó primero la pieza de once metros que cortó en secciones. Cada una de estas secciones fue milimétricamente agrandada hasta alcanzar las proporciones exigidas y de cada sección se labraron moldes de madera exactamente iguales sobre las que se fueron repujando cada una de las trescientas láminas de cobre.
Por fin, con un coste de casi medio millón de dólares de la época, la estatua fue concluida y presentada al embajador estadounidense en París y a todo el pueblo francés.
Empezaba entonces una nueva etapa: desmontar toda la estatua por secciones y trasladarla junto con el armazón hasta un carguero que transportara las más de doscientas cajas que habían resultado de la operación de desmontaje, hasta el puerto de Nueva York.
Fue una travesía muy larga, procurando que las cajas que contenían las chapas repujadas no sufrieran como consecuencia de los movimientos del buque.
Al llegar a Nueva York aun tuvieron que esperar a que se terminara la plataforma sobre la que se iba a ir asentando cada una de las secciones, pues la falta de fondos había paralizado las obras que también supervisaba el ingeniero Eiffel.
El resultado final es el que hemos visto tantas veces y que es una de las estatuas más fotografiadas del mundo.




Hasta aquí es una historia más o menos conocida, pero hay unos entresijos que han pasado desapercibidos, o mejor dicho, ignorados, durante más de un siglo.
Lo primero, pero no lo más importante, es que la idea del escultor Bartholdi de construir una gran estatua conmemorativa, no fue la de esculpirla para conmemorar la independencia de los Estados Unidos, muy al contrario, su idea era la de ensalzar a la mujer musulmana, colocando una gran estatua a la entrada del Canal de Suez.
En realidad la idea era algo más que eso, pues el escultor ya había confeccionado numerosos bocetos que había presentado al Gobernador de Egipto, entonces una colonia británica.
Parece que las conversaciones iban por buen camino, pero la crisis económica por la que atravesaba el país y su endeudamiento con Gran Bretaña hicieron inviable el proyecto.
Como puede apreciarse en el boceto que figura más abajo, las similitudes entra ambas estatuas son asombrosas, lo que indica que el arquitecto había concebido la idea original cuatro años antes de que surgiera la de obsequiar a los Estados Unidos con la estatua.
Evidentemente, eso que es solo una curiosidad, no desmerece nada el trabajo ingente ni la fabulosa creación artística de Bartholdi, pues de cualquier forma, se trataba de una idea original suya.

La libertad “musulmana”

Distinto aspecto toma esta otra circunstancia que se conoce desde hace poco tiempo.
En Madrid y más concretamente en el claustro del ignorado Panteón de Hombres Ilustres, junto a la basílica de la Virgen de Atocha, se encuentra una estatua de unos dos metros de altura dedicada a la libertad.
Esculpida en mármol de Carrara, está colocada sobre un mausoleo erigido en homenaje a los políticos españoles más sobresalientes de aquella época, mediados del siglo XIX.
Su autor fue un aragonés llamado Ponciano Ponzano, escultor de cierto prestigio a quien se había encargado la escultura de los dos leones que guardan la puerta del Congreso de los Diputados.
Treinta años antes de que la Estatua de la Libertad abriese las puertas del puerto de Nueva York iluminando con su llama, la otra Libertad ya estaba colocada sobre el referido mausoleo.
Hasta aquí tampoco tendría demasiada importancia en que hubiera una coincidencia en el nombre, pero hay que echar un vistazo a nuestra estatua para empezar a sospechar otras casualidades, además del nominal.
No es solamente la diadema de rayos que emergen de su cabeza, ni la posición de los brazos, aunque cambiados, ni siquiera la túnica que cubre a ambas, es que, además, en el orden técnico, hay anotaciones que sorprenden y mucho.
Ponzano esculpió su Libertad en 1853, describiéndola como una joven  gallarda, vestida con ligera túnica, cubierta la cabeza con gorro frígio y desprendiendo rayos de luz que saldrán de su abundante cabellera. Señalaba también que en su mano derecha tendrá los restos de un yugo que habrá roto y que pisará con el pie de ese mismo lado, “dando a la otra pierna mayor función sustentadora”.
Hacia 1879, es decir, veintiséis años después, el escultor francés patentó su obra a la que entre las muchas descripciones que de ella hacía, decía: “Con el cuerpo ligeramente vencido del lado izquierdo, para que la pierna de ese lado mantenga el equilibrio”.

La Libertad madrileña. Las similitudes son asombrosas.

Ponzano no patentó su creación, Bartholdi sí lo hizo y por esa razón, quizás entre otras muchas, mientras el francés era aclamado mundialmente como un genio de la escultura, Ponciano Ponzano moría en la más absoluta miseria.
Y eso que había sido un escultor de éxito, tanto que además de los leones del Congreso, esculpió el frontón del mismo edificio.
Y por contar curiosidades de este ignorado escultor, hace muy pocos años, alguien, de un canal de televisión, advirtió que de los dos leones del Congreso, uno de ellos no tenía sexo visible, por lo que daba a suponer que al escultor se le había olvidado colocarle los testículos, dado que ambos tenían aspecto de macho.
En un alarde de buena voluntad, el canal televisivo se comprometió a sufragar los gastos necesarios para completar la anatomía leonina, a lo que se negó el Gobierno, toda vez que consultado el Ministerio de Cultura, desaconsejó hacer añadidos a una escultura de casi dos siglos.
Todos los que en aquel acto, entre administrativo y polémico, intervinieron, hicieron alarde de una incultura, de un desconocimiento y sobre todo de una falta de interés por informarse, que merece la pena ser destacado.
Ponciano Ponzano, evidentemente, sabía mucho mas de aquellos leones que lo que supiera el canal televisivo y el Ministerio de Cultura, porque aquellas dos esculturas, que por cierto son los mismos leones que tiran del carro de la Diosa Cibeles, en el centro de la fuente más famosa de España, representan a Hipómenes y Atalanta, héroe y heroína de la mitología griega que fueron convertidos en leones precisamente por la diosa Cibeles, cuando se atrevieron a dar satisfacción a sus instintos sexuales en el templo que a ella estaba dedicado.

Por tanto, los leones del Congreso, aunque de aspecto masculino, uno es macho y el otro hembra, mitología que Ponzano conocía y trasladó a su obra con absoluta escrupulosidad.