domingo, 14 de agosto de 2016

ELEGIR A UN "GAFE"




Dice el diccionario de la Real Academia que “gafe” es la persona que trae mala suerte o, en una segunda acepción, que impide o dificulta cualquier diversión. Dejemos aquí la definición y más adelante conoceremos el por qué.
Todo el mundo sabe lo difícil que resulta elegir. No digo ya el hacer una buena elección, o si se es muy perfeccionista, la mejor elección, no; me estoy refiriendo exclusivamente al acto de elegir.
Para muchos, la elección es un proceso que requiere un gran esfuerzo mental, del que se sale completamente agotado y siempre con la incertidumbre de no poder saber si la elección ha sido acertada.
Para otros se resuelve más fácilmente: “pito, pito, gorgorito”, pero se sale con la misma incertidumbre. Cara o cruz, es la manera más fácil y extendida de realizar una elección y la verdad es que es la única que te garantiza un cincuenta por ciento de aciertos. Si la elección se hace por medio del escrutinio, la posibilidad de fallo puede llegar al cien por cien.
Una elección pésima, llevada a cabo por los que supuestamente eran las mentes políticas más preclaras de aquel momento, fue la de Amadeo de Saboya, como rey de España.
¡Mira que podían haber elegido gente buena! Pues no, eligieron a un hombre que venía aureolado de tener la peor suerte del mundo.
Cuando en 1868 triunfó la revolución llamada La Gloriosa, que obligó a la reina Isabel II a interrumpir su vacaciones en San Sebastián y marcharse al exilio, el Parlamento español nombró un gobierno que presidía mi paisano el “cañailla” General Serrano (a los de San Fernando nos llaman cariñosamente “cañaillas”).
No se sabe muy bien de quien fue la idea de crear una nueva monarquía en España que a lo visto, aun no estaba cansada de tanto matalote como se había sentado en el trono de nuestro país, pero es lo cierto que el día dieciséis de noviembre de 1870 los diputados españoles votaron para hacer una elección entre varias personas para ocupar el trono.
El resultado fue abrumador, pues se eligió, por ciento noventa y un votos a Amadeo de Saboya, hijo del rey de Italia, Víctor Manuel, que no tenía ningún derecho a ese trono, pero se estimaba que además de ser de familia real, era progresista, católico (muy importante) y sobre todo, masón, siguiendo la moda del momento y sin estar vinculado con ningún partido político. Quizás también jugara a su favor el haber sido pretendiente a la mano de la princesa Isabel, hija de la reina Isabel II, que no cuajó por la decisión de ésta.
No fue el primero al que se ofreció el trono de España, más bien fue el primero que lo aceptó, cuando se barajaban otros nombres todos ellos con inconvenientes como relata Pérez Galdós: “que si Espartero, septuagenario, que si Fernando Coburgo, rey viudo de Portugal, que si Tomás de Saboya, (hermano menor de Amadeo que tenía trece años), que si el duque de Montpensier, que si Carlos de Borbón, Constantino de Rusia, Federico de Hesse Kassel …”
Quien mejor situado se encontraba era el príncipe bávaro Leopoldo de Hohenzollern, al que el pueblo empezó a llamar “Leopoldo Olé-Olé”, dada la difícil pronunciación de su nombre; estaba emparentado con el rey de Portugal y era hermano del rey Carlos de Rumanía, pero fue obligado a desestimar el nombramiento por Napoleón III.
En consecuencia se decidieron por Amadeo y así fueron las cosas.
En segundo lugar quedaron los partidarios de la República Federal, que obtuvieron sesenta votos y después Antonio María de Orleáns, de la familia real francesa, con veintisiete votos, el general Espartero con ocho y otros con menos votos aún.
Como es natural, el nombramiento contaba con la oposición tajante de los Carlistas, pero como estos no estaban representados en la cámara, no pudieron expresarse y por supuesto, el de los republicanos.
El reinado de Amadeo duró desde que llegó a Madrid, el dos de enero de 1871, hasta el once de febrero de 1873 en que firmó la carta de despido que su esposa leyó ante el Congreso.
¿Fue mala suerte que este rey no cuajara o simplemente había sido una mala elección?
Seguramente fue un poco de todo la mala suerte que ya le acompañaba, los palos en las ruedas que los republicanos ponían, las intrigas palaciegas, y cualquier otra maldad que se les ocurriera a los disconformes para hacer fracasar el proyecto, cosa que al final consiguieron, pero hay que constatar un hecho que a mi modo de ver es fundamental: Amadeo de Saboya era un “Gafe”; un individuo acosado por la mala suerte, como fue la que asesinaran a su principal valedor y hombre fuerte, el general Prim, antes de que el nuevo rey llegase a España.
Mala suerte que se mostró a lo largo de su vida, pero sobre todo en los acontecimientos que rodearon los momentos que debían ser los más felices de su existencia: su boda.
La cosa sucedió así.
En primer lugar, Amadeo de Saboya se casó por amor. No estaba destinado a ocupar ningún puesto en la realeza italiana y como no pasaba de ser un segundón, se le permitió casarse con la bella María Victoria dal Pozzo della Cisterna, de nobilísima cuna y de la que estaba profundamente enamorado.

Retrato de la reina María Victoria dal Pozzo

La boda se celebró el treinta de mayo de 1867 en Turín, conjugando a su alrededor un cúmulo de muertes que comenzaron días antes de la celebración del enlace nupcial, con el suicidio de la modista que estaba confeccionando el traje de la novia, la cual se ahorcó con el traje de la futura esposa en sus manos.
El suceso no dejaba de ser macabro, sobre todo para las mentes supersticiosas del siglo XIX y se vio como un malísimo augurio. Se especuló que la modista estaba perdidamente enamorada de Amadeo y tener que confeccionar el traje de la que sería su esposa acabó sumiéndola en una desesperación de la que no supo salir de otra forma que quitándose la vida
El mismo día de la boda, el mayordomo del palacio de la familia de la novia, encargado de recibir a las personalidades que acudieron para desde allí partir en real comitiva hacia la catedral, en cuya Capilla del Santo Sudario, iba a celebrarse la ceremonia religiosa, cerró las puertas de diferentes salones de tal manera que no se pudieron abrir, siendo necesario derribar o romper alguna de ellas para dar paso a los invitados. Tal fue el disgusto que aquella torpeza causó en todos los miembros de la real familia que el mayordomo abrumado por su torpe acción, se encerró en una dependencia y se suicidó, cortándose las venas.
Por fin, la comitiva partió hacia la catedral encabezada por las reales personalidades y escoltada por un regimiento de lanceros.
Con tanto ajetreo, el coronel que mandaba las fuerzas que daban brillantez al acto, sufrió un sofoco, incrementado por calor y el fuerte sol que aquel día hacía y producto de un cúmulo de circunstancias, terminó padeciendo una insolación que le imposibilitó ordenar a las fuerzas bajo su mando, creándose un cierto desbarajuste hasta que fue retirado y reemplazado por su segundo en el mando.
Pero no pararon ahí las desventuras. En mitad de la ceremonia, uno de los invitados, concretamente un senador, empezó a sentirse mal, hasta el extremo de que cayo redondo, víctima de una apoplejía, lo que hoy llamaríamos un “ictus” que le causó una muerte fulminante.
Y ya van cuatro sucesos encadenados, todos de luctuoso final, pero la cosa no pararía ahí.
Uno de los testigos de la boda, un amigo personal de Amadeo, terminada la ceremonia, se descerrajó un tiro en la cabeza dentro del palacio y murió de inmediato.

Placio della Cisterna, actual sede del gobierno provincial

Tampoco se conocen las causas de una acción tan dramática y se especuló entre los más allegados que, igual que ocurriera con la costurera, cosa similar podría haberle sucedido a aquel amigo, cerrándole toda posibilidad de encontrar otra salida que la muerte.
Si el día hubiese terminado así, habría sido una fecha verdaderamente dramática, digna del más piadoso de los olvidos, pero no fue así. Jamás tantas calamidades recayeron sobre un solo suceso ni en tan corto espacio de tiempo, pero tal como está demostrado, la realidad puede superar a la ficción y las desgracias no cesaron.
Tras el convite, los novios se dirigieron a la estación de ferrocarril, novísimo medio de locomoción por aquellos tiempos, con intención de subir a un tren y comenzar su viaje de novios. Los acompañaba el conde de Castillone que inexplicablemente cruzó las vías cuando el tren llegaba y fue arrollado, muriendo en el acto.
No se sabe muy bien que pensarían los nuevos esposos sobre los hechos que desgraciadamente habían presenciado como testigos directísimos, pero es casi seguro que quedaran afligidos. Muy probablemente cada uno y en su interior, culparía supersticiosamente al otro de aquella cadena de infortunios, sobre todo, teniendo en cuenta que la novia tenía diecinueve años y el novio veintidós, es decir, eran muy jóvenes para afrontar los hechos con sosiego y madurez.
¿Mala suerte?, seguro, pero atraída con una fuerza magnética difícilmente explicables que por fuerza convierte a uno de los dos, si no a ambos, en un “Gafe”.
¿No conocían en España estos acontecimientos? Seguro que sí, pero claro, quien se va a dejar llevar por las supersticiones a la hora de decidir sobre algo tan importante como sentar en el trono al primero, o al último que pasaba por la puerta.
Desde hace ya bastantes años, en los procesos de selección a cargos importantes de los sectores privados, los “caza-talentos” incluyen la suerte como un parámetro muy a tener en cuenta en la elección.

¡Por algo será!

martes, 9 de agosto de 2016

LA PRIMERA MARINA DE CASTILLA




Mirando el almanaque, cosa que los jubilados no hacemos mucho porque poco nos importa en qué día de la semana estamos, ya que nuestro calendario, para diferenciar un poco la monotonía de los días, tiene solamente seis domingos y un sábado, me he dado cuenta de que hoy es un día que en otro tiempo era grande en España y que ahora nos pasa casi desapercibido, de no ser en tierras gallegas.
Efectivamente, hoy es el día de Santiago, patrón de España, matador de moros e inspirador de la ruta religiosa más recorrida del mundo: El camino de Santiago.
Todo empezó con unos huesos hallados en el Campo de la Estela (Compostela) que inmediatamente fueron atribuidos al apóstol Santiago (recomiendo la lectura de mi artículo ¿Santo o hereje?, en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/04/santo-o-hereje.html).
Pero no es de eso de lo que quiero escribir hoy. Mi atención está centrada en un personaje tan oscuro como brillante, impulsor de grandes acciones a quien la historia se ha empeñado en ocultar.
Era esta persona don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago de Compostela, nacido hacia 1067, en el castillo de las Torres del Oeste, en Catoira, en donde su padre, Gelmirio, perteneciente a la baja nobleza, título que había obtenido guerreando al lado de la Iglesia, era el gobernador del castillo a las órdenes del obispo Diego Peláez.


Supuesto retrato del arzobispo Gelmírez


Diego Gelmírez, que también celebraría hoy su onomástica, junto con los Jaimes y Jacobos, destacó desde muy joven por su claro talento. Es muy posible que estudiase en Paris y en algunos conventos franceses de la orden de Cluny, dada la influencia que en su obra se advierte y la vinculación que siempre tuvo con esta orden.
Fue el verdadero precursor del Jacobeo, primer arzobispo de Compostela y promotor e iniciador de la construcción de la catedral actual, pues se estaba construyendo otra de estilo románico, a todas luces ya superado.
Siendo todo esto de enorme trascendencia para su Galicia natal, hay otro rasgo de su personalidad que a mi manera de ver fue muchísimo más importante.
Veamos cómo fue la historia.
Nos hallamos en el primer tercio del siglo XII, en plena Reconquista, aunque aún faltaría mucho para que los invasores árabes, empezaran a tomarnos en serio.
El territorio cristiano se reducía a la franja del Cantábrico, Galicia y unos escasos territorios más al sur que anteriormente habían dado lugar a los reinos de León, con García I y de Castilla con el conde Fernán González. La Reconquista se hacía descendiendo lentamente desde el norte, repoblando con cristianos los territorios conquistados, una batalla de vez en cuando y pocas novedades más.
Quiere esto decir que el proceso se desarrollaba por tierra. El mar no era protagonista en aquella época. Sucedía esto porque, afortunadamente, las costas cantábricas y gallegas no habían sido objeto de piratería naval, por lo que no se había creado la necesidad de defenderse de las invasiones nórdicas que llegarían algunas decenas de años más tarde.
Por supuesto que tanto en Castilla, León, Galicia, o como en Aragón, el otro poderoso reino, habían numerosas embarcaciones de todo tipo, que a su vez se dedicaban a las múltiples actividades derivadas del comercio marítimo, transporte de personas y, sobre todo, la pesca. Lo que no estaba organizada era una marina militar. Una marina para combatir al enemigo, dejando totalmente de lado la faceta mercantil que siempre había representado.
En ese momento histórico se sentaba en el trono de Castilla-León y Galicia, la reina Urraca I . No existía otra política que combatir a los moros meseta abajo, guerrearles y cobrarles tributos cuando se podía. El erario se destinaba a fortificar la frontera, amurallar ciudades y construir castillos en alturas inexpugnables, alguna carretera y un que otro puente para cobrar el pontazgo.
La producción artesanal se centraba en la fabricación de armas, aperos de labranza y enseres domésticos. El lujo era algo que salvo escasas personas muy relevantes, el pueblo desconocía.
Todo muy primitivo y casi de subsistencia. No había más problema que tener huestes abundantes y bien pagadas para seguir extendiendo los dominios cristianos.
Pero empezaron a surgir dificultades derivadas de las incursiones que los normandos y vikingos hacían, sobre todo en las costas atlánticas de Galicia, donde era muy sencillo adentrarse en las rías y esquilmar las poblaciones costeras, mal defendidas y situadas a la misma orilla de la ría, lo que las hacía muy vulnerables.
A estas incursiones han de agregarse las de corsarios moros que basándose en su hegemonía en casi toda la costa peninsular, osan adentrarse hasta Galicia en sus correrías.
El daño que causan estas incursiones afecta a todo Galicia y por supuesto al arzobispado de Compostela, cuya silla ocupa el arzobispo Gelmírez que conoce perfectamente las costas gallegas y sus embarcaciones y, como hombre culto que es, sabe que con los barcos que navegan por las rías o los que hacen recorridos más largos, de cabotaje, no es posible enfrentarse a las naves vikingas y moras.
Hay que construir barcos adecuados para la guerra, galeras impulsadas por fuertes remeros y ayudadas por velas, con espolones de hierro en la proa y cuarteles para protegerse de las flechas enemigas.
Considera el arzobispo que es necesario previamente crear unos buenos astilleros donde construir estas embarcaciones y así crea unas atarazanas en el término de Padrón, en Pontecesures, al fondo de la Ría de Arosa y se trae de Génova a un afamado constructor naval, Roger de Augerio, el que comienza a construir dos galeras que puedan adentrarse en la mar y perseguir a los piratas.
En 1115, estas naves están acabadas y en ellas se embarcan doscientos hombres a las órdenes del genovés, con una primera misión de limpiar las costas gallegas de piratas berberiscos.

Dibujo de una galera del siglo XIII

Actuando conjunta y ordenadamente, las dos nuevas galeras se imponen muy pronto en toda la costa gallega, en donde consiguen hundir e incendiar a numerosas embarcaciones piratas, consiguiendo un suculento botín y numerosos cautivos.
De todos los beneficios obtenidos por esta incipiente fuerza naval, Gelmírez obtiene la cuarta parte, lo que es cantidad nada despreciable. Con su clara visión, dedica los beneficios económicos a pagar las dos galeras y construir alguna otra y a los cautivos los emplea en transportar piedras para la construcción de la catedral de Compostela.
Limpias las costas gallegas, caen los cristianos en la misma tentación que aquellos a los que combatían y libres de ataques, se dedican a atacar ellos, es decir, se convierten en corsarios.
Como es natural, las represalias de los árabes no se hacen esperar y en 1120, se acercan hasta la Ría de Arosa, veinte naves moras, a las que se enfrentan las galeras gallegas, que las detienen a la altura de la isla de Sálvora, a la misma entrada de la ría, entablándose una lucha naval en la que los cristianos se apoderan de tres embarcaciones enemigas y hacen casi novecientos prisioneros, mientras el resto de la flotilla enemiga se da rápidamente a la vela.
En esta ocasión el arzobispo recibe un quinto del botín en dineros, especies y prisioneros.
Por un tiempo, la calma se asienta en las costas gallegas y eso hace que se descuide el mantenimiento y la construcción de nuevas galeras y en 1124, la situación es tan penosa que nuevamente el arzobispo ha de intervenir, pues las autoridades civiles ya se han demostrado incapaces de organizar una marina eficaz y combativa.
En esta ocasión, Gelmírez contrata a otro italiano, un piloto de Pisa llamado Fuxón, al que manda construir una nueva galera, más potente que las anteriores con la que meses más tarde y completamente armada, se inician nuevas expediciones contra los puertos en poder de los moros.
Los beneficios económicos de la primera correría de la nueva galera son enormes y el arzobispo recibe la décima parte del botín y como siempre, emplea a los cautivos para acarrear piedras y los dineros para construir nuevas galeras.
 Así, con planificación, actuación y órdenes concretas, nació la primera marina militar española, impulso y obra casi exclusiva de un miembro de la Iglesia con visión de estado y con arrojo suficiente para emprender cualquier acción.
Esas cualidades quedan debidamente recogidas en la trayectoria personal y profesional de Diego Gelmírez, cuyo primer cargo de importancia, cuando solamente tenía veinte años, fue el de secretario del matrimonio de Urraca I y Raimundo de Borgoña, nuevos condes de Galicia.
Quizás contó con la fortuna como poderosa aliada, sobre todo desde el nombramiento de Calixto II, como nuevo papa, dándose la circunstancia de que este papa era hermano de su primer jefe, Raimundo de Borgoña.
Es indudablemente reconocido por su contribución a que Compostela se considerara ciudad apostólica, circunstancia muy importante, así como que fuera el gran impulsor de Jacobeo.
Siendo arzobispo de Compostela se redactó el “Códice Calixtino”, famoso códice que fue sustraído de la catedral y posteriormente recuperado en fechas recientes y que todos recordamos.

Su figura tiene muchísimas más connotaciones en todos los terrenos, religioso, político y social, habiéndose convertido en uno de los personajes más influyentes e importantes de la Galicia medieval, pero de entre todas sus obras, la más desconocida y a mi manera de ver más importante, fue la creación de un cuerpo de marina con estructura y con formación militar, que además de contribuir muy positivamente en las tareas de Reconquista, se convirtió en la primera “Marina de Castilla”.

domingo, 31 de julio de 2016

EL "PIONONO" Y EL CROISSANT




Conversando anoche con unos amigos, uno de ellos comentó la historia del croissant, la cual era desconocida para mi. El tema me pareció interesante y esta mañana comencé desde muy temprano a recabar información que completé con la del otro pastelillo que compone este artículo.
Como lo tenemos muy cerca en el espacio y el tiempo, casi todo el mundo en España sabe que los “Piononos” son unos dulces parecidos a los bizcochos borrachos en cuanto a su composición, pero enrollados sobre sí mismos y con la parte superior de crema tostada.
¡Riquísimos! Parece que es seguro que su origen fue en la provincia de Granada, aunque de inmediato se desatan las dudas sobre quien fue su creador y tras leer este artículo, también su origen quedara como eclipsado.
Por su nombre, parece que no existe duda de que se quería agasajar al Papa Pío IX, al que los italianos llamaban Pío Nono y aquí castellanizando y uniendo el nombre y el ordinal, se usó para dar nombre a esta delicia de la repostería.
Pero su autoría está en duda, entre unas monjas de un convento de Santa Fe y un pastelero de la misma ciudad llamado Ceferino Isla, aunque es más que posible que ni las unas, ni el otro, inventaran realmente el dulce, que ya debía existir desde tiempos de la dominación musulmana, pasando por diversas concepciones, nombres y estructuras.
Dando por hecho que con su nombre se quiere agasajar al Papa y, también parece, que en los dos casos por un mismo hecho, cabe una duda en cuanto a su aparición, porque según consta en la documentación escrita que al respecto se conserva, tanto las monjas como Ceferino, dieron a la luz sus pastelillos en la década de 1890.
Pío IX fue el papa que en 1854 decidió, unilateralmente y porque así se lo permitía la capacidad de no errar nunca en materia de fe y costumbres, que la Virgen María fue concebida en el seno de su madre, Santa Ana, sin rastro alguno del pecado original que todos arrastramos.
El dogma de la Inmaculada Concepción de María acarreó inmensas oleadas de alegría entre los creyentes y por eso, el pastelero Ceferino Isla ideó aquel bizcochito borracho, de forma redondeada, como era la de su Santidad y coronó la parte superior con una crema tostada, queriendo simular el solio pontificio. Lo introdujo en una barquilla de blanco papel y ya estaba completa la imagen papal.

Típico “pionono” granadino

En el caso de las monjas la historia es muy similar y la cuestión es que en los escaparates de las pastelerías de Granada, primero, y de toda España, después, empezaron a proliferar los Pio Nono o Píos Nonos, que en sus primeros años se escribía con dos palabras.
Pero en el curso de la escritura de la novela titulada La Regenta, Leopoldo Alas “Clarín”, denominó al pastelito como “pionono” y desde entonces se le conoce así, por una sola palabra. Este dato arrastra a la controversia porque encierra una curiosidad más y es que La Regenta se terminó de escribir en 1884, antes, por tanto de que Ceferino y las monjas hubiesen dado a conocer su creación.
Treinta y seis años pasados desde la proclamación del dogma parecen demasiados para agasajar la idea del papa de liberar a la Virgen del original pecado, a menos que la inspiración no se hubiera hecho presenté hasta esa fecha, sobre todo porque, en la prensa madrileña, aparece una primera referencia al pastelillo, con fecha 28 de marzo de 1858, con una proximidad entre los dos actos mucho más comprensible. Además, el artículo, que se puede constatar, explica que la procedencia de la deliciosa golosina, no es de Santa Fe, Granada, sino de Cádiz.
Lo que si parece cierto es que la receta de los piononos de Santa Fe, alcanzaron la máxima popularidad porque eran menos empalagosos, más ligeros y mas bellos de estructura, lo que los hizo los más populares que los demás.
Mas bonita es la historia del Croissant, una especie de bollo que no tiene más especialidad que su forma de amasarlo, pues sus ingredientes son los mismo que para la bollería en general.
Todos pensamos que este delicioso bollo, que tostado con mantequilla y mermelada está exquisito, es un invento francés, dado que su nombre así parece indicárnoslo, pero lo mismo que con el pionono, nos equivocamos.
Es francés desde que la reina María Antonieta puso de moda el comer un dulce típico de su ciudad, Viena y trajo a su corte pasteleros vieneses para que enseñaran amasar y cocer tan exquisito bollo.
Así que fue Viena la ciudad en donde se inventó esta delicia y las circunstancias de su invención son tan curiosas como realmente históricas.

Magníficos croassants, con su forma de media luna

El imperio Otomano, en su afán expansivo, comenzó en el último año del siglo XIII, una serie de conquista que duraron hasta más allá del siglo XVII y que es un período conocido como las Guerras Turcas.
Después de haberse engullido los restos del Imperio Romano de Oriente (Bizancio), prosiguió su incursión por toda Europa Central, conquistando Rumanía, Hungría, Chequia, Eslovaquia y los Balcanes y, mucho más grave, sembrando un terror indescriptible en todas las poblaciones debido a la crueldad con la que se producían sus ataques y sus posteriores represalias.
En su avance imparable, consiguieron llegar hasta Viena, ciudad perfectamente amurallada que detuvo momentáneamente el ataque de los otomanos.
Corría el año 1683 cuando el imperio otomano, que contaba con  poderosos aliados como tribus tártaras, cosacos o con ejércitos de países sometidos, decidió dar el golpe definitivo al Sacro Imperio Romano Germánico. Formó así un ejército de más de ciento veinticinco mil hombres, con los que entró plenamente decidido y a las órdenes de Kara Mustaphá.
El veinticinco de julio de aquel año, el poderoso ejército aparecía frente a las murallas de Viena.
El Sacro Imperio, en el que reinaba Leopoldo I, no tenía tropas para enfrentarse al turco, por lo que pidió auxilio al Papa, para detener el avance de los infieles que ponían en peligro toda Europa.
En su ayuda acudieron España, Portugal y Polonia, juntado un ejército considerable, pero inferior numéricamente al turco.
Estos habían sitiado la ciudad de Viena, en donde se había refugiado el emperador Leopoldo, que viendo la inferioridad numérica, abandonó la ciudad dejándola a su suerte con una pequeña guarnición si bien muy armada con modernos cañones, de los que los turcos carecían.
El asedio duró dos meses en los que los vieneses sufrieron muchas calamidades en forma de hambres y enfermedades, pero otro tanto padecían los ejércitos turcos que no veían la forma de terminar con la resistencia austríaca.
En un último esfuerzo por vencer la resistencia de los sitiados, los soldados turcos comenzaron a horadar galerías subterráneas para llegar a los puntos clave de las murallas, en una labor de zapa que hacían solamente por la noches, para evitar ser descubiertos.
Pero dio la casualidad que muy cerca de las murallas había un obrador de panadería en el que varios panaderos trabajaban toda la noche para que al día siguiente hubiese pan caliente para la población.
En el silencio de la noche creyeron escuchar los débiles ruidos subterráneos que se producían en uno de los túneles, que casualmente pasaba por debajo de la panadería. Inmediatamente dieron la voz de alerta y toda la fuerza regular de la ciudad, auxiliada por numerosos vecinos, se pusieron a la tarea de detectar otros puntos por donde también se estuvieran excavando túneles y para cuando los turcos consiguieron acabar sus galerías, los vieneses los estaban esperando, causándoles tremendas bajas y sobre todo una gran desmoralización, que fue aprovechada días después, con la llegada de un ejército polaco al mando del príncipe Sobieski que presentó batalla, derrotando estrepitosamente a los turcos que abandonaron el asedio.
La noticia de que habparaderos fabricaron un bollo, con forma de media luna, insignia de las fuerzas turcasos puntos por donde ytambi bollo Ccreador.ían sido los panaderos los que se dieron cuenta de que se estaban horadando túneles, convirtió a este gremio en los verdaderos artífices de la victoria y para conmemorarla, el emperador Leopoldo pidió a aquellos panaderos que fabricaran algún bollo o pan, con el que cada año, por aquella fecha, festejarían su victoria sobre los invasores.
Los paraderos fabricaron un bollo, con forma de media luna, insignia de las fuerzas turcas, que es el que hoy conocemos como croissant.
Y con estas dos delicias de la repostería, deseo a todos los lectores una feliz digestión.