sábado, 3 de septiembre de 2016

EL ENIGMA MOLIERE




Hace ya unos cuantos años, en los carnavales de 1998 concretamente, una chirigota de Cádiz llamada “La familia Peperoni”, cantaba un pasodoble cuya letra se iniciaba: “Me han dicho que el amarillo está maldito pa los artistas, y ese color sin embargo es gloria bendita para los cadistas…” . En poco tiempo, la copla carnavalesca se había convertido en el “himno oficialista” del Cádiz C.F, que como todo el mundo conoce, tiene la camiseta amarilla en su principal equipación.
El origen de la supersticiosa costumbre de considerar el amarillo como un color de mal fario en el mundo del arte, es algo bastante conocido y se debe a que Jean-Baptiste Poquelín, el popular dramaturgo y comediante francés, más conocido por Moliere, vestía una camisola larga o una túnica de color amarillo cuando representaba la obra El enfermo imaginario, en el transcurso de la cual tuvo un vómito de sangre, consecuencia de la avanzada tuberculosis que padecía y murió al día siguiente.
En un mundillo tan sujeto a las supersticiones, aquel desagradable incidente fue de inmediato considerado como un síntoma de muy mal augurio, a raíz del cual, el color amarillo empezó a considerarse presagio de calamidades, salvo para la afición cadista.
En España, Italia, Alemania y muchos otros países, el amarillo está reñido con el arte y se excusa su uso en cualquier obra que se precie. Sin embargo, en la propia Francia, lugar en el que ocurrió la trágica muerte del dramaturgo, no es el amarillo el color maldito, sino que lo es el verde, pues retirado Moliere de la escena, cambiaron su blusón amarillo, manchado de sangre, por otro de color verde, con el que le amortajaron, convirtiéndose este color en el proscrito para el arte.
Supersticiones que jalonan una profesión tan antigua como la que más y que a lo largo del tiempo ha ido forjando frases y “tics” muy propios de los comediantes.
A Moliere se le ha considerado el padre de la escena francesa, un dramaturgo de larguísima carrera que empezó como actor para luego escribir una buena cantidad de obras de teatro, con las que se ganó fama mundial.
Pero ya en 1919, el poeta y escritor belga nacionalizado francés Pierre Louÿs, publicó en la revista literaria francesa llamada “Comedia” un artículo que llevaba por título: “Molier es una obra maestra de Corneille” y en el que revelaba que había descubierto un fraude entorno a la obra de Moliere. Según este autor, la mayor parte de las obras del insigne dramaturgo, sobre todo las de su última época, no las había escrito él, sino alguien a su encargo.
Según la investigación que Louÿs había efectuado, el verdadero autor de esas obras era el no menos famoso y magnífico escritor Pierre Corneille.
Como es natural, en casi toda argumentación que vaya contra los criterios ortodoxos largamente mantenidos en la sociedad, aquella teoría tuvo grandes detractores, pero también dio qué pensar a muchos otros investigadores, estudiosos, literatos e incluso abogados que desde 1950 retomaron aquel tema, ya casi olvidado y escribieron sobre la impostura que supone utilizar un “negro” para que escriba las obras que luego firma otro.
La impostura es una figura que se da casi con exclusividad en los escritores y en los músicos. Aquellos artistas que crean en la soledad porque otras ramas del arte exhiben sus progresos de manera que nadie puede dudar de la autoría.
Algunos grandes escritores han sido objeto de duda sobre la autoría de sus obras. Yo mismo escribí, hace años, un artículo sobre las dudas que se tienen acerca la autoría del Quijote (puede consultar el artículo en este enlace: ( http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-quijote-de-cervantes.html ), y de la misma forma se duda de la autoría de las obras de Shakespeare.
Establecer estos elementos de duda razonable obedece a dos tipos de criterios: uno es práctico y el otro es especulativo. Este último tiene la propia duda en su fondo, pero el práctico obedece a criterios exclusivos de notoriedad, crear la polémica, aprovechar la popularidad y no aclarar nada.
Desgraciadamente hay muchos de estos últimos que ven el filón en la discrepancia y lo siguen.

Retrato de Moliere

Así, con uno y otro criterio, estuvieron las cosas sobre Moliere y su supuesto fraude, hasta el último trabajo presentado en sociedad. Esta última obra fue escrita en 2001 por Dominique Labbé, profesor e investigador de la universidad de Grenoble.
La singularidad de este trabajo consiste en que su autor maneja diversos procedimientos, entre ellos uno con base informática que utiliza unas reglas ya definidas y debidamente ordenadas que van permitiendo realizar una operación mediante pasos sucesivos que no generen ninguna duda. Esto es lo que se conoce como “algoritmo” y es actualmente un sistema que ofrece pocos fallos, por lo que es mundialmente utilizado en las más diversas disciplinas.
 Junto con los argumentos históricos que ya desde 1919 se venían esgrimiendo, Labbé dice haber demostrado por medio de la comparación de textos de ambos escritores que de la suma de las diferentes frecuencias con que se utilizan los vocablos, se pueden sacar conclusiones que serían: si todas las palabras de los dos textos se repiten con la misma frecuencia, o si los textos no tienen ninguna palabra en común.
Estas diferencias permiten medir las similitudes o diferencias entre ambos. Con infinidad de fragmentos de textos de más de cinco mil palabras cada uno, Labbé ha llegado a la conclusión de que las primeras obras que escribiera Moliere no guardan correlación alguna con la últimas publicaciones y sí que estas últimas guardan una sospechosa similitud con toda la producción literaria de Pierre Corneille, por otro lado, autor de obras tan importantes como El Cid, en la que se basó la famosa película de Charlton Heston y Sofía Loren.
Parece ser que en 1658, Moliere, a quien no había sonreído la fortuna en sus últimas obras teatrales, llegó a un acuerdo secreto con Corneille, a la sazón dramaturgo de éxito, para que éste le escribiera comedias que luego firmaría el otro que, amparándose en la fama que ya poseía, a nadie extrañaría su producción literaria.
Es desde esa ápoca que la obra de Moliere experimenta un cambio sensible y positivo y es cuando empiezan a aparecer sus obras de mayor fama y prestigio: El médico a palos, El avaro, El misántropo, El enfermo imaginario, El tartufo, Don Juan y algunas más, cuya calidad, en todos los órdenes, nada tienen que ver con las primeras obras de Moliere: El médico volador, El doctor enamorado, Las preciosas ridículas, etc., ninguna de las cuales llegó nunca a alcanzar la popularidad y el reconocimiento de las posteriores; es más, están mal consideradas y de no ser por la “facies” representativa de su autor, Moliere tendría que haberse dedicado a otras cosas, lo que no le hubiera resultado difícil, pues su padre había sido un adinerado comerciante que ejercía el oficio de tapicero real.
Argumentar en contra de esta última teoría es muy sencillo, baste con decir que todo en la vida tiene su aprendizaje y que el caso de Moliere, tan completamente sumido en el mundo del escenario, no iba a ser diferente y así, con el transcurso de los años y la acumulación de representaciones, su estilo, sus conocimientos y su arte, se fueron desarrollando, dando lugar a un nuevo Moliere, más incisivo, más realista, más dramaturgo que actor, que revolucionó la comedia francesa.
Contra esa postura, por demás lógica, los algoritmos de Lebbé dicen que de ninguna manera una persona puede variar su forma de escribir hasta el extremo de que ni un programa informático lo reconozca.
Pero hay más. En 2004, Denis Boissiere publicó un libro titulado L’affaire Moliere en el que se decanta totalmente a favor del fraude tejido entre los dos escritores franceses. En el libro aporta numerosas pruebas, claro que ninguna directa ni concluyente, son todas circunstanciales, pero sumadas, alcanzan unas proporciones que cuando menos, no deja indiferente a nadie.
Dice Boissiere que nunca se ha encontrado un manuscrito de las obras de Moliere, ni hay cartas que estén firmadas por él.
Se quiere ver en esa circunstancia tan extraña como si el autor no quisiera dejar rastro que diferenciara su escritura de la que presentaba el manuscrito que entregaba a la imprenta para su publicación, aunque llevaba su firma, eso sí.
Dice también el crítico que a lo largo de toda la vida, nadie vio a Moliere escribiendo ninguna de sus obras, aunque eso sí, las dirigía y las representaba.
Luego, otra circunstancia sumamente curiosa: Corneille fue un escritor muy prolífico y hasta 1658 había escrito y publicado numerosas obras de teatro, pero después de la publicación y estreno de su drama Nicomedes, que precisamente estrenó Moliere, Corneille estuvo ocho años sin publicar nada.
Apunta también el crítico que hasta 1658 Moliere había firmado siempre y se había hecho llamar por su verdadero nombre y es justamente a partir de ese momento cuando empieza a utilizar el pseudónimo de Moliere, tras pasar varios meses en la localidad de Ruan, donde vivía Corneille.
Por último, aporta el crítico una cuestión puramente subjetiva, pero quizás por eso, con mucho trasfondo y es que, a pesar del “navajeo” constante que entre los literatos existía, Corneille no criticó jamás ninguna obra de Moliere, dato sumamente curioso por lo infrecuente.

Que cada uno piense lo que quiera.

sábado, 27 de agosto de 2016

LOS HAY MÁS "GAFES"




Escribía hace unas semanas sobre la proverbial mala suerte que acompañó a Amadeo de Saboya en el día de su boda.
Efectivamente, hay que ser muy “gafe” para que en tan corto espacio de tiempo, ocurran tantas desgracias alrededor, pero todavía se puede superar la marca si las desgracias te acompañan desde la cuna a la sepultura, incluso más allá.
Y este es el caso de un famoso escritor sudamericano, con el que me tropecé cuando buscaba documentación sobre el infortunado Amadeo.
Cuando leí la historia de la vida de este personaje, de renombre en el campo de la literatura, me propuse dos cosas: la primera conocer algo de su obra y la segunda escribir sobre su mala suerte.
Este personaje, que alcanzó cierta fama en las lides literarias, se llamó Horacio Silvestre Quiroga.
Había nacido en Salto, una ciudad uruguaya situada a orillas del río Uruguay que forma frontera natural con Argentina y en donde su padre era vicecónsul argentino, el día treinta y uno de diciembre de 1878, de ahí que su segundo nombre fuese Silvestre, la festividad del día.
Fue un buen estudiante, además de buen deportista y con algo más de veinte años, se inició en la poesía y en la narrativa corta, comenzando a escribir cuentos y narraciones al estilo de Allan Poe que le dieron buena fama. Actualmente se le tiene por el mejor cuentista hispanoamericano.
Pero no está Quiroga en este artículo por su calidad literaria sino por la mala fortuna que le acompañó toda la vida y que siguió aureolándole incluso después de muerto.
Apenas contaba dos meses de edad cuando se quedó huérfano de padre al morir éste accidentalmente por disparo de escopeta cuando regresaba de una partida de caza y delante de toda la familia.
 Dejaba viuda y cuatro hijos, a los que resultaba muy difícil abrirse camino en aquella zona tan alejada de la civilización.
En consecuencia, la familia se traslada a la ciudad de Córdoba, en Argentina, donde residen durante trece años hasta que vuelven a Salto, posiblemente porque su madre recibiera propuesta de matrimonio de Asencio Barco, un uruguayo que se comportó correctamente con sus hijastros, hasta el extremo de influir notablemente en Horacio.
Pero en 1896, cuando Horacio contaba dieciocho años, un derrame cerebral dejó a Asencio con una movilidad muy reducida y la imposibilidad de hablar.
Muy dura debió ser la vida de este pobre hombre, cuando decidió quitársela, usando la misma escopeta que mató al padre de Horacio. Esta acción se realizó en presencia del joven, por lo que resulta muy posible que, apenado por las condiciones físicas tan deplorables en las que había quedado su padrastro, contribuyera a terminar con sus penalidades.
Penalidades que, para Horacio, no hacen nada más que empezar, pues asmático de nacimiento, la húmeda región donde vivían, no contribuía en nada a mejorar su padecimiento, al que se unía el de ser tartamudo, circunstancia por la que se convertía en el hazmerreir de todos los círculos de estudiantes.
Por eso se aficionó a la mecánica y pasaba horas en el taller de un amigo que quizás fuera el que descubrió que la dificultad en el habla de Horacio, no se correspondía con la facilidad con que se expresaba con la pluma. Allí perfeccionó el reciente invento de la bicicleta tal como hoy se la conoce y con ella hizo un recorrido de más de ciento veinte kilómetro, impensable para la época.
En ese tiempo conoce a la que sería su primer y desafortunado amor, María Esther Jurkovski, pues los padres de la chica le impiden continuar la relación, dada su ascendencia no judía.
Con veintiún años y aprovechando la herencia que su padrastro le había dejado, marcha a París con un capital considerable, pero en poco tiempo, la vida de excesivo lujo le hace volver completamente en la pobreza.
No obstante su ruina, da por bien empleado su tiempo y su dinero porque allí ha conocido a Manuel Machado y ha trabado intima amistad con el nicaragüense Rubén Darío, que influirá notablemente en su producción literaria.
En ese tiempo se convierte en un bohemio, se deja una espesa barba y viste de forma poco convenientes adquiriendo el aspecto tétrico que se refleja en la caricatura.


Caricatura de Horacio Quiroga

Es su mismo aspecto lo que refleja en sus relatos, sus cuentos o sus obras dramáticas, en las que están omnipresentes el crimen, la muerte, la sangre, el sufrimiento y las desgracias en general. Tragedias todas, como su misma vida que cuando se encontraba en el dulce momento de haber publicado su primer libro, en 1901, veía como su hermano Prudencio y su hermana, Pastora, morían de tifus.
Pero seguirían sus penalidades cuando con veinticuatro años, por accidente, mató a su íntimo amigo el poeta Federico Ferrando, en Montevideo.
El hecho ocurrió el cinco de marzo de 1902, en la casa de Ferrando, donde los dos amigos repasaban sus últimas obras literarias. Al concluir su trabajo, Ferrando le mostró a Horacio una pistola de dos cañones que su hermano había comprado por encargo suyo y para utilizarla en un posible duelo que tendría lugar contra Guzmán Papini, un alto funcionario de la administración uruguaya que también escribía, pero sobre todo, criticaba muy duramente a otros escritores, por lo que había sido retado a duelo por varios de ellos, entre los que se encontraba Ferrando.
Horacio examinó el arma encontrando que el seguro estaba demasiado duro, por lo que forcejeando con la pistola, sonó un disparo que acertó de lleno en su amigo en plena boca, dejándole sin vida.
Concluidas las penalidades policiales y judiciales por las que hubo de pasar, la muerte fue declarada accidental y Horacio quedó en libertad.
Superada esta crisis, marchó a vivir con su hermana a Buenos Aires, donde su cuñado le proporcionó un empleo como profesor de español, compatibilizando esta ocupación con estudios de fotografía, arte que se había puesto muy de moda.
Para retirarse de todo y más que nada, para despejar ese halo de mala suerte que le está atenazando, se marcha con su amigo Leopoldo Lugones, a unas expediciones arqueológicas a las ruinas de las misiones jesuíticas en el Alto Paraná. Allí ejercerá de fotógrafo documentador de los descubrimientos que se van haciendo y al poco tiempo conoce a una joven, Ana María Cires, discípula suya, trece años menor, de la que se enamora y con la que se casa.
Compra unas tierras en plena selva y construye una cabaña en la que vive con su esposa. En 1911 nacerá su primera hija a la que puso el extraño nombre de Eglé y un año más tarde su hijo Darío.
Pero no habían acabado las desgracias de Quiroga, pues su joven esposa entra en una profunda depresión y se suicida, ingiriendo líquido de revelar fotografías.
Deja a sus hijos con sus suegros y marcha nuevamente a Buenos Aires, donde su amigo, el político uruguayo y presidente de la República, Baltasar Brum, le consigue un puesto de cónsul.
En 1933, tras el golpe de estado que depuso a Brum de su cargo, éste se suicidó disparándose al corazón.
Tan desafortunada circunstancia le hace perder su puesto de cónsul y nuevamente se ve obligado a buscarse la vida.
Pero durante todo este tiempo ha estado produciendo una ingente cantidad de relatos, de cuentos, de poesías y de obras de teatro, que le han llevado a la máxima popularidad y ya se le cuenta entre los mejores narradores, como su admirado Allan Poe, Rudyar Kipling o Guy de Maupassant.
Esa facilidad literaria le ha abierto siempre muchas puertas y le ha acarreado grandes amistades, como la que tuvo con Alfonsina Storni, de la que se dice fue amante, la cual también se suicidó, introduciéndose en el mar y dejándose ahogar, cuando no se pudo sobreponer al diagnóstico de un cáncer de pecho.
Una vida de tanto infortunio no podía terminar con una plácida muerte en la cama, rodeado de los seres queridos. Quiroga tenía que acabar como casi todos los que le habían rodeado y así, después de estar sufriendo lo que creía era una prostatitis, se descubrió que era un cáncer de próstata al que el escritor no quiso hacer frente.
Tenía cincuenta y seis años y una voluntad decidida. Compró cianuro y se suicidó.
¿De qué otra forma podía acabar quien había vivido siempre rodeado de la mala suerte?
Ojalá que con su muerte hubiese acabado ese gafe que lo acunó durante toda la vida, pero no fue así. Su hija se suicidó un año después de divorciarse, su hijo hizo lo mismo en 1952; y de la misma manera había acabado su gran amigo Leopoldo Lugones en 1938. Hasta su sobrino, el novelista Jules A. Claretie, se suicidó arrojándose a un tren y por último, y parece que aquí se acaba la historia de infortunio que rodea al escritor, su última hija, María Elena Quiroga se suicidó en 1988, a la edad de sesenta años, arrojándose desde un noveno piso.
Ciertamente que Horacio Quiroga no es de los autores hispanoamericanos más conocidos, quizás por no haber practicado una literatura más popular, como la novela, o el relato más amable y no tan ensangrentado y dramático como es el suyo, pero es lo cierto que goza de un gran reconocimiento y quizás sea momento para empezar a conocerlo mejor.

Yo he empezado a leerle.

domingo, 21 de agosto de 2016

LA CAMARADA AMOR




Me cuesta poco reconocer que, hasta hace unos meses, poco conocimiento había tenido de la existencia de una mujer llamada Margarita Nelken que además de ser pintora, periodista, escritora, crítica y conferenciante de arte, músico, fue también diputada en las cortes de la II República y una de las tres mujeres que tuvieron ese privilegio (en febrero de 1936 se unió Dolores Ibarrurri), pero además, en el caso de Nelken, fue la única elegida en las tres legislaturas y solo ella tomó parte de la última sesión de la cámara, que tuvo lugar en los sótanos del castillo de Figueras el uno de febrero de 1939.
Las otras dos fueron mucho más conocidas: Clara Campoamor y Victoria Kent.
¿Y por qué siendo Margarita diputada del PSOE su nombre no ha sido aireado como lo fue la Kent? ¿Hay algo en su trayectoria que no conviene que se sepa? Pues seguramente que sí lo hay, y varias cosas.
Yo no he descubierto nada, todo está escrito y publicado, me he limitado a reunir información para llegar a lo que, a mi manera de entender, es la razón por la que no se le ha querido hacer publicidad.
Todo empezó para mí cuando, leí en la prensa que en Badajoz, por haber retirado un ayuntamiento el nombre de una calle dedicada a Franco, el ayuntamiento siguiente le quitó la calle concedida a Margarita Nelken.
 ¿Y quién era Margarita Nelken? ¿Por qué tenía una calle en Badajoz?
Dos preguntas que se hacía necesario aclarar y a ello me puse.
Margarita Nelken Mansberger nació en Madrid en 1894, hija de una francesa y un joyero alemán hijo de un inmigrante, pues su abuelo paterno había llegado a España con su familia, como relojero de palacio, asentándose en Madrid, donde abrió una joyería en la Puerta del Sol que su hijo regentaba. Aunque nacida en España, no adquirió la nacionalidad española hasta después de las elecciones de octubre de 1931.
De familia adinerada y de notable cultura, era judía por los cuatro costados, circunstancias que le sirvieron para encontrar buenos apoyos que le permitieran estudiar artes como pintura, música o letras. Debía tener Margarita una inteligencia clara y precoz, pues ya a los quince años escribía críticas sobre pintura que se publicaron en una revista de arte londinense llamada The Studio.
A ella se atribuye la primera traducción de una obra de Kafka al español, antes de haberse traducido al inglés o al francés. Estaba considerada como una intelectualidad de su tiempo y se relacionaba con Pérez Galdós o Ramón y Cajal, entre otros muchos literatos e intelectuales de la época.
Se consideraba una feminista militante y así, en 1919, publicó su primera obra que versaba sobre “La condición social de la mujer en España”.
 A partir de esta publicación, abandonó sus otras actividades, dedicándose en cuerpo y alma al activismo político y siguió publicando libros de tono feminista, como “Maternología y puericultura”, “En torno a nosotras”, “Las escritoras españolas” y “La mujer ante las Cortes Constituyentes”.
Recién inaugurada la II República, Margarita, afiliada al PSOE, comenzó a colaborar activamente como integrante del partido en Badajoz, por cuya provincia se presentó en las elecciones de octubre de 1931, siendo una de las primeras mujeres elegida diputado. Repitió legislatura en noviembre del 33 y en febrero del 36, en todas las cuales salió elegida. Curiosamente, se presentó a estas primeras elecciones siendo ciudadana alemana, caso verdaderamente insólito que dice mucho del rigor qen el  que se desenvolvía la recién nacida República.
Es evidente que resultaba una mujer joven y atractiva, culta, conocida en los medios artísticos y literarios y con un pasado limpio, causas que jugaron a su favor para conseguir su primera elección, pero, y esto es curioso, en las primeras elecciones las mujeres aún no podían votar en España, aunque sí podían ser elegidas.
Todo el mundo político del momento pensó que de manera indudable, Margarita Nelken dedicaría toda su energía a conseguir lo que, con su ya extensa obra literaria, había propugnado para sacar a la mujer española del ostracismo y del anonimato que venía padeciendo a lo largo de toda la historia.
En su primera obra había escrito frases como esta: “Desde mujer casada, mujer quebrada, son innumerables los refranes españoles que limitan la actividad de la mujer al círculo de los quehaceres domésticos. La preparación de la mujer para algo que no sea estrictamente el matrimonio, parece cosa insólita que debe ser ridiculizada”.
Pero una vez que tiene el acta de diputado, su actitud comenzó a distanciarse de lo que tanta notoriedad le había proporcionado. Es fácil rellenar páginas con ideas y pensamientos independientes que a nada comprometen, pero es muy difícil acatar las doctrinas y consignas del partido al que ahora pertenecía, cuando estas entran en franca beligerancia con lo que había dicho hasta entonces.

Margarita pintada por Romero de Torres

Así, en un finta digna del mejor espadachín, Margarita Nelken argumentará en contra de conceder el voto a las mujeres. Lo hará hasta la saciedad y empleando argumentos y terminologías, verdaderamente ofensiva para las mujeres.
No estaba sola en esta posición tan incómoda como insostenible, su compañera de partido, Victoria Kent y otros diputados socialistas y republicanos, tampoco eran partidarios de conceder el derecho de sufragio femenino.
Las dos diputadas, ambas de tendencia radical, sostenían que la mujer española carecía en aquellos momentos de la preparación social y política como para efectuar un voto responsable, achacándolo a que estaban muy influenciadas por la Iglesia, por lo que sus votos podrían ir a parar a los partidos conservadores.
Afortunadamente, aunque buena parte del hemiciclo se inclinaba hacia el pensamiento único y dirigido hacia la dictadura del proletariado, mirándose en el espejo de la Rusia bolchevique, otras voces se hacían escuchar en la Cámara, entre ellas la de otra mujer: Clara Campoamor, la tercera fémina entre tanto “macho ibérico”.
En un “derroche de igualdad democrática”, que tanto se pregona ahora desde todas las vertientes políticas, se llegó a proponer en la Cámara que los hombres votaran a los veintitrés años y las mujeres a los cuarenta y cinco. Esta propuesta no salió adelante, pero solamente por una diferencia de cuarenta votos.
La Nelken debió encontrarse muy desairada y no desistió de su posición contumaz.
Aquella que tanto había defendido a la mujer, claro que de boquilla, se oponía abiertamente a que participara en la vida española. Tuvo la feliz idea de hacer una propuesta que secundaba la Kent y que consistía en que las mujeres no votaran en las elecciones generales hasta que no lo hubieran hecho dos veces en las municipales.
¡Una especie de aprendizaje, vamos! Y por poco ganan con esta propuesta. Solamente por cuatro votos fue desechada.
Por fin, en diciembre de 1931, se aprobó el sufragio femenino en contra de las encendidas soflamas y los ardientes discursos de la Nelken que distinguía dos clases de mujeres: Las que compartían sus ideas y las hembras de los señoritos, a las que había que exterminar.
Sí: ¡exterminar! Porque la dictadura del proletariado, que era la idea fuerza de aquel momento, siguiendo al pie de la letra a Marx, establecía como condición necesaria para imponerse, la eliminación de las clases sociales no afines a la causa.
Previo al debate y votación en el que, por fin, se concedió igualdad de derechos a la mujer, en las sesiones de la Cámara de la II República, hubo que escuchar otras voces, seguramente muy cualificadas, como la de un representante de la Federación Republicana Gallega que aseguraba que “la mujer es puro histerismo que se deja llevar por la emoción y no por la reflexión”; o la del representante del Partido Republicano Federal que aseguraba que “el histerismo impide votar a la mujer hasta la época menopáusica”. O la de que se privara del voto a las treinta y tres mil religiosas que había en España, porque era un voto perdido.
La realidad que aquella posición antidemocrática quería ocultar es que los partidos de la izquierda sabían que las mujeres, mucho más moderadas y conscientes de la realidad de lo que se estaba viviendo, iban a inclinar el resultado de las siguientes elecciones hacia la derecha y eso había que impedirlo a cualquier precio, incluso justificando el asesinato, como dijo uno ya muchas veces repetido.
 Es muy posible que al ver como su propuesta de excluir a las mujeres fracasaba estrepitosamente, Margarita Nelken se radicalizara aún más en sus posiciones hasta el punto de que como cronista parlamentaria del periódico El Socialista, animaba al crimen político y al terrorismo, cuando la sublevación de 1934.
En aquella ocasión, como representante de la provincia de Badajoz, se puso al frente de los campesinos sublevados que atacaron a fuerzas de la Guardia Civil, matando a cuatro agentes después de torturarlos y masacrar sus cuerpos hasta dejarlos irreconocibles.
Es muy posible que Margarita Nelken, a raíz de una visita a Moscú, se hubiera convertido en agente del KGB ruso y que de esa forma recibiera consignas acerca del exterminio de las clases sociales consideradas hostiles a la dictadura del proletariado. Así lo asegura Paul Preston en su obra Palomas de guerra, en la que descubre que su nombre en clave era “AMOR”.
Algunos historiadores están investigando su participación en la matanza de Almendralejos o los fusilamientos de Madrid de 1936, pues en aquellas fechas, Kelne que había dejado el PSOE, para ingresar en el PC, muchísimo más radical, se encontraba ejerciendo cargos en el departamento de Orden Público, a las órdenes directas de Santiago Carrillo, relacionado con las sacas de las cárceles y los traslados a Torrejón, Vacia-Madrid, Paracuellos, etc., en donde se efectuaron los fusilamientos masivos.
¿Pueden ser esas las razones por la que su nombre no ha alcanzado la popularidad de sus otras dos compañeras de actas? Es posible que, si todo fue así, como lo he narrado, ahí esté la causa.

Pero como diría aquel: puede que si o puede que no, pero lo más seguro es ¿quién sabe?