viernes, 18 de noviembre de 2016

EL SILENCIOSO




España es tierra de poetas. Si repasamos la historia nos encontramos que en cada época hemos tenido grandes poetas que han enseñoreado nuestras letras y las han paseado por el mundo.
Desde el Cantar de Mío Cid, pasando por el Marqués de Santillana o Jorge Manrique, Lope de Vega, Góngora o Quevedo, hasta llegar a los poetas actuales, el recorrido es casi interminable. Sin embargo, en el lado femenino, encontramos un número considerablemente más bajo.
Dejando aparte la situación social de la mujer española hasta hace bien poco, circunstancia que la ha tenido muy apartada de la vida real, lo cierto es que pocas mujeres han destacado en el campo de la poesía: Santa Teresa de Jesús, Rosalía de Castro, Pardo Bazán, Carolina Coronado y algunas otras ya de nuestro siglo, forman el escaso glosario de poetisas españolas. De habla hispana hay muchas más y algunas magníficas, pero en el fondo, pocas, comparándolas con los hombres.
Esta deficiencia en el número de representantes es mucho mayor en la música y en otras artes, pero afortunadamente, en la actualidad, los dos sexos empiezan a compensarse y no ya por las obligaciones de la “paridad”, sino porque es mejor quien mejor lo hace.
Yo no soy partidario de compensar número de hombres y mujeres en ningún foro. Deben de estar los que más se lo merezcan.
Pero no es de paridad sino de una poetisa y novelista de quien quería escribir y hacerlo sobre una de las más afamadas: Carolina Coronado.
Nació esta poetisa de tan sonoro nombre, al parecer,  en 1823, en la extremeña ciudad de Almendralejo, donde unos años antes había nacido Espronceda, uno de los mejores poetas del romanticismo español. El día de su nacimiento no está debidamente centrado, pues desde el año 20 al 23, se barajan distintas fechas, todas, al parecer, imprecisas.
Siendo aún muy niña, su padre fue destinado a Badajoz como secretario de la diputación, pero poco duró este bienestar, porque acabado el trienio liberal, su padre fue encarcelado por los seguidores del régimen absolutista de Fernando VII.
En el seno de una familia acomodada, sin llegar a ricos, Carolina pasó su infancia y juventud aprendiendo lo que las jóvenes de la época aprendían y que tan importante era para cuando, alcanzada la madurez, tuvieran que hacer frente a toda una familia. Bordar, coser, algo de cocina, la forma de educar a los hijos y poco más, eran los aprendizajes de una joven que ya sentía en su interior la llamada de las letras y en las que se afanaba en los ratos que aguja y dedal le daban asueto y siempre a escondidas de su padre que no veía con buenos ojos esa inclinación literaria.
Pronto se conoció, en su más estrecho entorno, la habilidad para versar que la joven demostraba, pero su arte poético no hubiera sido decisivo si en su vida no hubiera ocurrido un grave incidente.
Carolina padecía la extraña enfermedad de catalepsia, que consiste en una muerte aparente que se puede sufrir por múltiples causas y que si actualmente aún no está perfectamente estudiada, hace casi doscientos años, no se tenía ni la más remota idea de cual era la causa y cual el remedio, si bien se conocía que tenía mucho que ver con la estabilidad emocional, de la que Carolina dio muchas muestras de carecer. Era nerviosa, poco equilibrada, de carácter cambiante. hoy se diría que era de una personalidad disociada.
Así, cierto día, cuando ya Carolina era una joven desarrollada, sufrió esta muerte súbita que a todos confundió, hasta el extremo de que se llegó a publicar una nota necrológica, en la que se glosaban los méritos literarios de la joven y el tremendo desastre que suponía la pérdida de un gran talento literario.
Pero Carolina “resucitó” al día siguiente para alegría de todos, y tuvo además, dos gratas experiencias como consecuencia de su repentina y breve muerte.


Retrato de Carolina donde se aprecia su belleza

La primera fue que pudo leer la noticia en el panfleto local y advertir cómo sus conciudadanos estimaban su poesía y la segunda, quizás más significativa en su vida, que el propio Espronceda, ya consumado poeta, supiese de la existencia de la joven que padecía tan extraña enfermedad y que tan bien manejaba la pluma, para coser palabras, como la aguja y el ganchillo para tejer.
Con el apoyo del poeta, Carolina se dio a conocer en círculos literarios y tertulias literarias, pero su condición de mujer no le facilitaba nada la publicación de sus obras.
Hasta 1843, no consiguió publicar sus primeras poesías, que le acarrearon gran fama y reconocimiento y le permitieron ser admitida en el Instituto Español de las Letras y en los Liceos de muchas capitales españolas.
El reconocimiento público de la poetisa abrió muchas puertas a otras mujeres y la cultura “empezó a democratizarse”, si bien todavía con restricciones en los medios escritos, donde se constreñían las creaciones femeninas a lugares poco propios de la prensa escrita, amen de que los temas sobre los que debían versar tenían que ser fundamentalmente afectivos, es decir: expresiones ante el dolor, el amor a padres o hermanos, afección por la muerte, etc., conservando, además un tono lineal, sin explosiones de pasión humana y con absoluta objetividad. Poesía castrada y tanto, que a una mujer poeta no se la llamaba así, sino poetisa, termino acuñado en aquellos años.
En el año siguiente, la joven Carolina volvió a tener un ataque de catalepsia y todos la volvieron a dar por muerta.
En aquella época, en la que los remedios médicos eran tan escasos y tan poco fiables para combatir las verdaderas causas de la enfermedad, los médicos siempre prescribían lo mismo: tomar aguas en algún balneario, viajar, lecturas evasivas, comida sana, vida reposada, a poder ser en entorno bucólico y alguna que otra sangría para compensar los humores del cuerpo.
Carolina estuvo viajando y apareció por Cádiz, en donde se quedó algún tiempo hasta que en 1850, se estableció con su familia en Madrid.
Allí conoció a un diplomático norteamericano llamado Horacio Perry, del que se enamoró perdidamente y con el que se casó dos años después, no sin antes hacerle el numerito de la falsa muerte, cuando el yanqui pareció no querer saber nada de ella.
En aquella época la llamada “religión mixta” era un impedimento dirimente para el matrimonio, así que los novios tuvieron que celebrar dos bodas, una por el rito protestante, en Gibraltar y la otra, católica, en París. Todo muy sencillo y además, a Horacio lo mandan a Lisboa, como representante consular.
Allí vivieron un verdadero idilio. Se instalaron en un palacete en la localidad de Poço do Obispo, conocido como el palacio de Mitra, cerca de Lisboa en donde nace su primera hija, Carolina y luego su hijo Carlos Horacio, que muere muy joven.

Salón del palacete de Mitra

Siempre fue la poetisa una enferma mental atormentada por la muerte y de tal manera obsesionada, que cuando años después, murió su marido, no lo quiso enterrar, sino que lo mandó embalsamar y lo colocó en una habitación de su palacete, en la que Carolina pasaba horas hablándole de todo lo relacionado con la vida diaria, desde cómo se comportaba su hija, hasta lo mal que les iban los negocios del incipiente telégrafo, en el que Horacio se había metido y en el que se iba despeñando, poco a poco, toda su fortuna, que no era nada desdeñable.

Como es natural, el difunto esposo, a pesar de aquel inmejorable aspecto de vida y salud que el embalsamamiento y los afeites que ella le aplicaba, le hacían parecer, estaba muerto y bien muerto, por lo que jamás respondió a las preguntas o los comentarios de la amante esposa, razón por la que ésta lo llamaba “El Silencioso”, eso sí, con todo cariño.

viernes, 11 de noviembre de 2016

LOS APELLIDOS IRLANDESES



Una céntrica calle de Madrid se llama O’Donnell; yo estudié en San Fernando en una academia que se llamaba O’Dogherty, apellido de su fundador y tengo un compañero que se apellida O’Ferral. Todos son apellidos de origen irlandés y hay muchos más, pero ¿porqué tantos apellidos irlandeses entre nuestros García, Martínez o Rodríguez? Tiene su explicación en un hecho histórico ocurrido cinco siglos atrás.
Y su explicación nace de una guerra, o quizás de muchas guerras que, como casi todas, no tenían otro fin que la afición de los gobernantes a quedarse con lo que no era suyo, o la de imponer su religión sobre las demás. ¡Cuántas guerras lo han sido por motivos religiosos!
Esto último fue muy frecuente en España que estaba permanentemente arruinada, a pesar de todo el oro y la plata que recibía de las Indias, por mantener las guerras religiosas con toda la Europa que no fuera católica.
Algunas guerras tienen tan poco fundamento que se las conoce por el tiempo que duraron: La Guerra de los Cien Años, que no se la puede nombrar de otra manera que por el tiempo que duró; ocurre lo mismo con la de los Treinta Años y así sucede con la de Los Seis Días o las dos de Los Nueve Años porque, para ser poco originales, ha habido dos guerras con el mismo nombre.
Y desgraciadamente, en las dos participó España y en las dos el trasfondo era puramente ambicioso y religioso. Nos interesa la primera; la ocurrida un siglo antes que la otra, concretamente entre los años 1585 y 1604 y fue contra nuestro eterno enemigo: Inglaterra.
Reinaba en España Felipe II y en Inglaterra Isabel I, la cual tenía la fea costumbre de apadrinar a sus piratas con tal de que éstos hostigaran a las naves y los puertos españoles.
Así, el pirata Drake, al que la reina había tenido la desfachatez de nombrar Sir, atacó la ciudad de Cádiz en 1587, mientras que en el mar ya se habían producido varios abordajes a las flotas de Indias.
Esto desencadenó el plan que llevaba por objetivo atacar Inglaterra con una enorme escuadra y con las vicisitudes que ya se conocen, acabó en el desastre de la mal llamada Armada Invencible, en 1588.
En vista del fracaso español, los ingleses se envalentonaron y pusieron a disposición de Drake, al que nombraron almirante, una escuadra poderosísima, a la que se conoce como “Contraarmada” que tenía como objetivo acabar con los restos de la armada española que se había salvado de las tempestades y que estaba reparando en diferentes puertos del Cantábrico, sobre todo en Santander y La Coruña. De camino, asolar ciudades y puertos, hacer botín y seguidamente atacar Lisboa, con la intención de deponer a Felipe II, que en ese momento era el rey de los dos países y reponer en el trono a la dinastía portuguesa, tradicional aliada de los ingleses.
La “Contraarmada” la componían alrededor de doscientas embarcaciones y más de veintisiete mil hombres, entre soldados y marineros.
Pero la indecisión de Drake y el desconocimiento de las costas cántabras, lo llevaron a cosechar una derrota tras otra, hasta el extremo de tener serios problemas a la hora de reportar ante la reina sus planes de ataque y sus estrategias.
La “Contraarmada”, tanto o más numerosa que la Invencible, terminó con mayores pérdidas que ésta, pero ese capítulo apenas se ha aireado y como sucede con muchos otros episodios en los que salimos ventajosos, ha pasado completamente desapercibido. Parece como si nuestra historia nos las escribieran las plumas británicas.
Mientras todo esto sucedía, en Irlanda estaban soportando una invasión inglesa hasta el punto de que en 1541, Enrique VIII, entre divorcio y divorcio, se proclamó rey de Irlanda, un acto que los irlandeses no soportaron.
Evidentemente, la correlación de fuerzas entre uno y otro país no era comparable y los irlandeses se sabían muy inferiores a los ingleses que, además, llevaban varias decenas de años ocupando su territorio y lo tenían organizado a su conveniencia, amén de contar con regiones afines, dentro de la geografía irlandesa, así como poderosos irlandeses leales a su causa.
En vista de la eterna rivalidad entre España e Inglaterra y a la luz de las últimas victorias españolas, que casi habían esquilmado a la flota inglesa, los irlandeses pidieron ayuda militar a España.
Y, como parece natural, España prestó su ayuda. Es cierto que existían las dos razones fundamentales que nuestro país se exigía y que no eran otras que seguir peleando contra Inglaterra y hacerlo ahora en tierra, poniendo frente a los ingleses a los famosos Tercios españoles y combatir de paso el avance del protestantismo.
Una armada compuesta por treinta y tres barcos y más de cuatro mil cuatrocientos soldados, organizados en dos Tercios de Infantería, fue puesta bajo el mando del almirante Diego Brochero, un personaje extrañamente olvidado, gran marino que dio muchas jornadas de gloria a la fuerza naval española. Su destino era desembarcar en Irlanda y combatir a los ingleses que desde hacía cuarenta años se habían enseñoreado del país, en donde una mayoría católica, vivía pisoteada por los gobernantes protestantes.
Pero hacia 1593, en el norte del país se había iniciado un levantamiento armado que, acaudillado por los terratenientes irlandeses O’Donell y O’Neill, luchaba contra los ingleses y eran los que reclamaban nuestra ayuda.
La escuadra española sufrió, como era de esperar, dada la proverbial poca fortuna que planeaba constantemente sobre nuestros enfrentamientos con Inglaterra, una furiosa tempestad que separó de la flota a nueve barcos, en los que iban unos seiscientos infantes, mucha artillería y más municiones, los cuales hubieron de regresar a las costas españolas.
Aun con las fuerzas disminuidas, el general que mandaba los Tercios, desembarcó en Kinsale, al sur de Irlanda, a la entrada del enorme estuario que forma la desembocadura del río Bendon, en diciembre de 1601.
La escuadra española, una vez desembarcados los infantes, regresó a España, dejando a las tropas sin apoyo de artillería, por lo que después de tomar Kinsale, no pudieron seguir avanzando, siendo sitiados por fuerzas inglesas, que reunieron un ejército el doble que el español.
Los rebeldes del norte, al conocer la noticia del desembarco, reunieron sus fuerzas y cruzaron a toda marcha el país, pero al llegar a Kinsale, exhaustas sus fuerzas tras los quinientos kilómetros recorridos, no pudieron forzar el asedio de la ciudad.
En España se preparó una nueva flota de apoyo compuesta por diez barco, pero nuevamente un temporal los separó y solamente llegaron a Irlanda seis, con unos seiscientos hombres, pero con abundante artillería y municiones.
Desembarcaron en Castlehaven, a más de cien kilómetros al oeste de Kinsale e inmediatamente fortificaron la costa con la artillería.
No tardó en aparecer una escuadra inglesa con la que se trabó un duro combate que se resolvió con la retirada nocturna de los barcos ingleses, después de haber sufrido considerables pérdidas.
Decidieron entonces los rebeldes irlandeses y los españoles, atacar al grueso de las tropas inglesas desde Castlehaven y Kinsale, cogiéndolas entre dos frentes, pero advertidos los invasores, planearon su estrategia y lanzaron a su caballería, muy superior a la irlandesa, contra los sublevados que fueron esquilmados, quedando con vida solamente unos cuarenta. Sin otra opción, se vieron obligados a la rendición, cayendo prisioneros casi todos los habían conseguido salvar la vida en la dura confrontación.
Cuando las fuerzas de Kinsale decidieron salir en apoyo de sus compañeros, era demasiado tarde.
Naturalmente que los ingleses aprovecharon la ocasión para asediar Kinsale también por mar y después de resistir notablemente no tuvieron más opción que la de rendirse.

Placas conmemorativas de la batalla de Kinsale

No obstante, la rendición fue muy beneficiosa para los españoles, a los que los ingleses permitieron regresar a España, cosa que sucedió en abril de 1602.
Previendo que la represión inglesa se agravaría considerablemente, muchos de los irlandeses más implicados en la rebelión, embarcaron con sus familias en los barcos españoles, en donde eran muy bien recibidos.
Esta ha sido la única vez que ingleses y españoles se han enfrentado en terreno británico, aunque en aquel momento era los invasores ilegales de Irlanda, pero no dejaban de considerarla parte de su territorio.

Las familias que acompañaron a los expedicionarios españoles en su regreso, se afincaron en España, dedicándose a múltiples ocupaciones e incrustándose de tal modo en la sociedad española, que nos han dejado todo un mosaico de sus extraños apellidos de la “O” y la comilla.

viernes, 4 de noviembre de 2016

CONSTRUYENDO A LO GRANDE




La obsesión del hombre por ofrecer a sus dioses las construcciones más grandes que se puedan imaginar, parece surgir ya en la más oscura noche de los tiempos, incluso con la posibilidad de que sea de otros días muy anteriores a esa noche.
En cuanto el ser humano fue capaz de construir algo, erigió un monumento megalítico a los dioses. Lo más sorprendente es que esa vocación ha sido mundial y en todo lugar, en el que se haya desarrollado una civilización que se asentase en un territorio, con visos de permanencia, erigía monumentos a sus deidades.
Dólmenes, menhires y crómlechs…, salpican la geografía prehistórica de toda Europa; pirámides, zigurats, mastabas y otras construcciones religiosas, señalan puntos de la protohistoria en África, Eurasia y América.
Templos, iglesia, catedrales y mezquitas, pueblan todo el mundo moderno.
Siempre tratando de ser la mayor construcción, siempre procurando que el menhir o el obelisco sea el más alto, o que el dolmen tenga la mayor luz, o que los anillos de piedra del crómlech reflejen lo más exactamente posible las entradas de las estaciones o la posición de las estrellas.
Los lugares sagrados los eligieron los prehistóricos, las sucesivas civilizaciones fueron fiándose de ellos y reemplazando el lugar de culto a los dioses ancestrales, por los dioses que les iban llegando, como consecuencia de la permeabilidad de las culturas.
Cómo elegían los lugares, que con el paso de los siglos siguen mostrando un halo misterioso o mágico, es algo que ignoramos, como ignoramos con qué procedimiento contaron para transportar enormes bloque de piedra a unas distancias que asustan. Pero lo cierto es que antes, mucho antes de conocer el bronce o el hierro, serraron enormes bloque de piedra y los transportaron, a veces, por espacio de muchos kilómetros, sin conocer la rueda, hasta dejarlos depositados en el enigmático lugar elegido.
Esta es una de las muchas incógnitas con las que se enfrentan los estudiosos de las civilizaciones antiguas que han barajado teorías de lo más diversa, que tratamos de explicar.
La más recurrida y la más socorrida es la de que antes, mucho antes de que empezase nuestra prehistoria, existieron otras civilizaciones que alcanzaron un nivel tecnológico capaz de construir Stonehenge, las pirámides de Egipto y del Yucatán, las figuras de la Isla de Pascua, las esferas perfectas de Costa Rica, la de Bosnia o las de Nueva Zelanda, o la Piedra del Sur, de la que luego se hablará.
Estas civilizaciones, desaparecidas sin dejar rastro, o dejando un rastro que fue aprovechado posteriormente por civilizaciones venideras, ocultando aquel pasado, habrían alcanzado un alto nivel de desarrollo tecnológico que, siguiendo esta teoría, habrían recibido a través de visitas de seres de fuera de este mundo.
Es cierto que existen muchos grabados, relieves, jeroglíficos que describen perfectamente lo que ahora denominamos encuentros en la tercera fase, pero es algo tan especulativo que apenas merece la pena entrar.
Es mejor centrarse en buscar una forma que, hace tres, cuatro, o cinco mil años, egipcios, sirios, olmecas, celtas, etc., pudieran utilizar para cortar y transportar enormes bloques de piedra; pero eso no era todo: había luego que colocarlos en su lugar, subiendo al vértice de una pirámide o clavándolo vertical en la tierra.
Una de las técnicas que se ha barajado está centrada en los egipcios, los cuales, dejando de lado el controvertido trabajo de millares de esclavos arrastrando bloques de cuatrocientas toneladas, habrían sido capaces de dominar la fuerza del viento y usando enormes cometas, arrastraban los bloque de piedra con gran velocidad y maestría, subiéndolos a las pirámides a través de rampas perfectamente diseñadas.
Evidentemente, los egipcios conocieron la fuerza del viento y la aprovecharon en sus naves, pero una cosa es empujar una nave en el medio líquido en el que flota y otra muy distinta arrastrar una piedra de quinientas toneladas, aunque fuera ayudándose de rodillos, por cierto, de alguna madera que deberían traer de muy lejos, pues aparte de palmeras, en Egipto casi no hay otro tipo de árbol.
Otra teoría, muy interesante, escudriña en la posibilidad de que los egipcios y por transmisión de ellos, otras civilizaciones, hubieran conocido un método para ablandar la roca, hacerla manejable y volverla a solidificar en su lugar definitivo.
Alguno de los que lean lo que acabo de escribir estará pensando que quien esto escribe no está muy bien centrado, pero no es así.
En 1889, Charles Wilbour descubrió, en la una isla del Nilo llamada Sehel, una piedra con una larga leyenda. Esta inscripción es conocida como la “Estela de Famine”, o “Estela química de Jnum”.
En ella se halla una receta para conseguir un elixir que ablanda las rocas. El científico francés Joseph Davidovit, dice haber conseguido fabricar por este procedimiento roca artificial.
Según la misma estela, este sería un secreto revelado por los dioses, a los que estaríamos obligado a darles figura humanoide, vistiendo traje espacial y escafandra, tal como han sido muchas veces representados.
En caso de que la dicha fórmula funcionara, sería una buena forma de tratar la piedra, haciendo que se acoplase con exactitud milimétrica y formas caprichosas, porque de otro modo resultan un tanto inexplicables construcciones como estas:



La idea, que en principio puede resultar sorprendente, no está muy descaminada de lo que en definitiva ha ocurrido en la naturaleza con las rocas metamórficas, que son aquellas que han sufrido un proceso de transformación inducido por la temperatura, la presión y la existencia de agentes químicos.
Pero no siempre los constructores habrían utilizado esta técnica, pues hay evidencias de las canteras de las que la piedra se ha extraído, así como que no es fácil que dicha fórmula “filosofal” sirviera para todo tipo de roca, ya fueran de arenisca o de granito.
Los bloques de piedra más grandes que se han extraído, trasladado y colocado en su lugar, son tres curiosas piedras conocidas como “Trilithon”, cada una de las cuales pesa alrededor de mil quinientas toneladas.
Estas piedras se encuentran en las ruinas del templo de Baalbeck, una antigua ciudad fenicia dedicada al dios Baal, que luego pasó a ser griega y, por último, fue la ciudad romana de Heliópolis (Ciudad del Sol), en tiempos de emperador Augusto y que actualmente se encuentra en territorio de Libano.
Existen allí las ruinas de un complejo de templos dedicados a Júpiter,  Baco y Venus, unidos por dos grandes patios, uno de ellos de extraña forma hexagonal. Allí, en la base del gran patio, están colocados numerosos bloques de piedra de más de cuatrocientas cincuenta toneladas cada uno de ellos.
Pero no están sobre el suelo, sino sobre una base de dos filas de piedras mucho menores, perfectamente colocadas y sobre estas, otra fila de piedras de mayor tamaño y biseladas, sobre las que, por fin, van colocadas las llamadas “Trilithon”.
Esta construcción ciclópea ya estaba en Baalbeck cuando sobre ella construyeron los romanos los tres templos mencionados más arriba.
Seguro que ya estaban también cuando los griegos colonizaron la ciudad y casi seguro de que precedieron a los fenicios.
Qué civilización construyó esta especie de plaza sustentada por tan colosales piedras, es algo que se escapa, pero un detalle muy significativo se asoma a la ventana de lo enigmático: Aquella formidable construcción era para sustentar algo que estaría sobre el enorme patio.

Compárese el tamaño de las piedras con el de los dos hombres

La enorme diferencia entre el tamaño, el canteado, la colocación y la homogeneidad de las "Trilithon" y sus bases y la muralla que se construye posteriormente por los romanos sobre ellas es tal, que parece como si las primeras las construyeran un gran arquitecto y el mejor maestro cantero del mundo y las segundas dos peones de albañil poco cualificados, pero dejando aparte ese detalle: ¿Qué podría ser algo de tanto peso para necesitar un basamento tan sólido?
De inmediato entramos en el terreno de lo especulativo al no saber exactamente qué podría ser. Analizando el patio se observa que nunca hubo allí ninguna construcción, por lo que se infiere que no era para soportar algo permanente. Si por el contrario, era para soportar provisionalmente una carga, esta debería ser tremenda y transportable, por lo que viéndolo con la perspectiva de hace cuatro mil años, no se ocurre otra cosa que fuera una plataforma para aterrizaje y despegue de naves extraterrestres. Eso suponiendo que existan y que nos visitaran ya en aquellas épocas.
Es una hipótesis que no podremos comprobar, si bien los sucesivos descubrimientos arqueológicos pueden ir centrando el dilema.
Y eso ocurrió efectivamente con un descubrimiento posterior. Fue el de la famosa “Piedra del Sur”, la más enorme talla en forma de columna o base que jamás el hombre haya tallado.
Se encontraba tumbada con cierta inclinación en lo que parecía la cantera de la que fue extraída y que está situada a un cuarto de milla del templo de Baalbeck.
Algo debió ocurrir para que aquella piedra fuese abandonada repentinamente, pero la evidente intención estaba en transportarla hasta la plataforma del templo.
¿Qué extrañas fuerzas podrían mover aquella enorme piedra, si en los tiempos actuales la mayor grúa que se conoce solo es capaz de levantar mil doscientas toneladas?
Nunca lo sabremos, pero lo que en este caso queda claro es que estos ciclópeos constructores no utilizaban el extraño “elixir filosofal” capaz de ablandar la roca. Estos iban a transportarla en sólido, tal como se aprecia en la fotografía.

La Piedra del Sur

En la observación de este gigantesco bloque de más de dos mil toneladas, se aprecia un orificio circular, que no atraviesa el bloque, situado en el lado izquierdo de la parte más próxima. Podría ser un punto de anclaje para efectuar su tracción o desplazamiento, pero también podría ser para el ensamblaje definitivo en su lugar.

No lo sabemos, pero si hoy, con nuestra avanzada tecnología, no podríamos mover este bloque, ¿cómo iban a hacerlo ello?