viernes, 16 de diciembre de 2016

BOMBAS ATÓMICAS EN LA ANTIGÜEDAD



Dicen que cuando el proyecto “Manhattan” hizo explosionar la primera bomba atómica en el desierto de Alamogordo, Nuevo Méjico, los periodistas preguntaron a su inventor y director del proyecto, el profesor Julius Robert Oppenheimer, si había hecho explosión la primera bomba atómica de la Humanidad, a lo que el sabio respondió que era, efectivamente, la primera bomba nuclear de los tiempos modernos.
Daba a entender que ya hubo otras explosiones nucleares en épocas tan remotas que de ellas no sabemos nada, o muy poco porque, aunque cada día se van descubriendo nuevos datos y circunstancias que nos aproximan a su existencia.
Y es que, consultando y estudiando en profundidad vetustos textos sagrados, hay algunas descripciones de cataclismos que, solamente, conociendo la forma en que se produce una explosión nuclear, se pueden explicar con una cierta lógica científica.
En La Biblia y también en el Corán, se relata el fin de las ciudades de Sodoma y Gomorra con una explicación tan poco convincente, como la de que Dios hizo llover azufre y fuego sobre ambas ciudades. Según un informe de la NASA, publicado por su co-director, ambas ciudades debieron ser destruidas por un “bombardeo cósmico” que fue producido por una lluvia de fuego consecuencia de la desintegración de un cometa a su entrada en la atmósfera.
Sin embargo, esta teoría, tenida por la aproximación más científica durante mucho tiempo, se va quedando obsoleta y cada vez toma mayor fuerza la idea de que, algo muy parecido a una explosión nuclear, fue lo que acabó con las dos ciudades. Explosión que habría sido advertida a tiempo para que ciudadanos como Lot y su mujer, se pusieran a salvo.
Este asunto de las dos ciudades malditas, próximas al Mar Muerto, ha sido objetivo de numerosos científicos que han publicado sus trabajos en prestigiosas revistas científicas, convenciendo a unos y dejando a otros a la espera de una explicación más acorde con lo que dicen los libros sagrados.
Pero este no es el único acontecimiento en el que se haya producido la destrucción masiva e instantánea de una ciudad que nos ofrecen los textos sagrados; hay algunos más, aunque en esta ocasión queda lejano para los creyentes occidentales, pues se trata del libro de Los Vedas y más concretamente en el Mahabharata (Guerra de los Bharata), un poema épico que describe las guerras entre dos clanes reales, escrito en sánscrito y que es él único encontrado hasta ahora en el que se describe una enigmática y remotísima ciudad que se vio envuelta en una terrible guerra entre los hombres y los dioses y que acabó con todo vestigio de vida. El poema llama a aquel tiempo “La Edad Sombría” y lo describe como una Apocalipsis que cambió la historia de todo el continente Indio.
Cuando estudiamos la historia ortodoxa, que durante muchos años nos han ofrecido los textos clásicos, se nos enseñaba que la cuna de la civilización se encontraba en Mesopotamia, Sumeria, Egipto y que fue extendiéndose luego a Creta, Grecia, Roma y desde ahí a todo el mundo conocido.
Pero recientes descubrimientos efectuados en el valle del río Indo, señalan que existieron antiquísimas ciudades hace nueve mil quinientos años, lo que tira por tierra la cronología hasta ahora tenida por válida.
En territorio de Pakistán y en el fértil valle del Indo, existió una milenaria ciudad, desaparecida de una forma inexplicable que se llamaba Mohenjo-Daro, que es la que describe el Mahabharata y cuyo nombre significa literalmente “El Montículo de los Muertos”. Esta ciudad, junto con otra llamada Harappa, situada a más de quinientos kilómetros al noreste, eran las más poderosas de aquella amplísima zona.
La ciudad de Mohenjo-Daro se descubrió en 1920, por un arqueólogo, como siempre, inglés, llamado John H. Marshall. Esta ciudad ya existía tres mil años antes de nuestra Era y no es solamente su antigüedad, coetánea con las culturas más antiguas que antes se señalaban, sino el enorme despliegue técnico que la misma poseía y que convertiría a Babilonia, Nínive, o Tebas, en villorrios.

Excavación de Mohenjo-Daro

Su planificación urbanística es impecable: amplias avenidas con calles perpendiculares, todas perfectamente pavimentadas, edificaciones rectangulares, red de drenajes, canales, tuberías para conducción de agua, alcantarillado con arquetas registrables y un larguísimo etcétera que hacen de aquella ciudad un verdadero enigma.
Sobre todo porque, según iban profundizando las excavaciones, los estratos más inferiores, es decir, los correspondientes a períodos más antiguos, presentaban elementos de mayor sofisticación, mayor avance cultural y sobre todo, mayor desarrollo artístico y técnico.
Todo hace suponer que aquella ciudad, mucho más antigua que la datación que en un principio se había efectuado, estaba construida sobre la base de otra muy anterior, pero a la vez muchísimo más civilizada en todos los órdenes.
Sus calles pavimentadas daban idea de que allí circulaban vehículos rodados y por tanto conocían la rueda, como se demostró posteriormente con el hallazgo de un humilde juguete que desveló totalmente el enigma.



Famoso juguete con ruedas

La rueda más antigua de la que se tiene constancia es una aparecida en Eslovenia y que fue datada en cinco mil quinientos años, lo que supone que sería dos o tres milenios más moderna que las que ya existían circulando por la pavimentadas calles de Mohenjo-Daro.
El enigma de aquella ciudad que, cuando más antigua, mas civilizada era y que con el paso de los siglos se va haciendo más rudimentaria, no encuentra muchas explicaciones, si acaso, un declive progresivo de aquella cultura, pero ni siquiera eso fue así.
El cambio es abrupto; de un día para otro y sin que se encontrase, en los años de su descubrimiento, razón alguna que apuntalara aquella idea.
Tuvieron que ocurrir, por primera vez en el mundo, acontecimientos de enorme trascendencia para que los científicos, basándose en las nuevas experiencias, fueran comprendiendo algunas cosas que, estando a su vista, no tenían explicación hasta entonces.
Después de las experiencias nucleares de Hiroshima y Nagasaki, un científico e investigador británico, llamado David Davenport, publicó un trabajo en el que había invertido doce años y en el que asegura que había encontrado un punto en el que en cuarenta metros a la redonda, todo había sido fundido y cristalizado. A pocos metros más allá, los ladrillos de los edificios se fundieron por la cara que miraba al epicentro. Después, todo fue devastado.
Puso sus investigaciones en conexión con lo que el Mahabharata relataba y no pudo concluir más que había sido una explosión nuclear lo que había acabado de golpe con aquella ciudad.
Dice el libro sagrado de Los Vedas: “Humo blanco caliente que era mil veces más luminoso que el Sol subió en brillo infinito y redujo la ciudad a cenizas. El agua hirvió, caballos y carrozas de guerra fueron quemados y los cadáveres caídos fueron mutilados por el terrible calor, tanto que no parecían seres humanos. Era una vista terrible, nunca antes habíamos visto un arma tan terrible.”
La comunidad científica vino a reconocer que, evidentemente, un fenómeno natural no podría haber producido aquellas temperaturas y el impacto de un meteorito hubiera producido huellas y dejado residuos que todavía estarían presentes, lo que no había ocurrido.
Por si estas razones no fueran suficiente, excavando estratos de más de cinco mil años, los arqueólogos se encontraron una nueva sorpresa y esta fue la existencia de cadáveres, todos ellos boca abajo y en las calles. Parecía como si el instante de su muerte los hubiera sorprendido a todos, huyendo.
Pero se hallaron muy pocos esqueletos en comparación con la población estimada de aquella próspera ciudad y no se podía encontrar otra causa que no fuera que muchos de ellos se volatilizaron con la explosión y muchos más habrían huido ante una catástrofe, posiblemente anunciada, de manera similar a como había ocurrido en Sodoma y Gomorra.
Los restos humanos de Mohenjo-Daro presentan claros síntomas de radiactividad y su agrupación, así como la falta de evidencias de que estuvieran defendiéndose de un agresor, parece indicar que la muerte les sobreviene de manera súbita y enormemente violenta.
Como es natural, toda esta teoría tiene sus detractores; científicos que emplean exclusivamente la lógica natural para dar explicaciones a hechos que, a veces, la lógica no alcanza a aclarar. Pretender que la radiactividad encontrada en los esqueletos procede de las condiciones geológicas de la zona, y que, sin embargo, no se encuentra en los estratos superiores del terreno, es querer explicar las cosas con argumentos demasiado fáciles.

Disposición de un grupo de cadáveres tal como fueron hallados

Esta ciudad, junto con la de Harappa, constituían una especie de federación muy similar a la que se ha descrito de las ciudades de Sodoma y Gomorra.
En relación con ambas federaciones, hablan los distintos textos sagrados de una circunstancia, al parecer, común y es que en ambos casos “los dioses” se mezclaron con las hijas de los hombres.
Son demasiadas circunstancias, mucho paralelismo y finales muy similares, para obcecarse en una negación sistemática de lo que, día a día, la ciencia y la arqueología nos van poniendo de relieve.

Todo hace parecer que Oppenheimer tenía razón cuando dijo que aquella explosión nuclear era la primera de los tiempos modernos, otras, podrían haber sido las que se han mencionado, pero hay más, escondidas en literaturas ancestrales y cubiertas de tierra, pero que irán saliendo a la luz.

viernes, 2 de diciembre de 2016

LAS DUEÑAS DE ZAMORA



Mi primer destino como Comisario fue la histórica ciudad de Zamora. Allí pasé tres años disfrutando del destino más agradable que tuve a lo largo de mi vida profesional.
Amigos, charlas, historia, románico y gastronomía. ¡Menudo coctel se me presentó como venido del cielo!
Allí conocí a un compañero, docto aficionado a la historia con el que sigo manteniendo una estrecha amistad y que me enseñó muchísimas cosas de las ásperas tierras zamoranas.
Hace unos meses, llegó a mis manos un estudio bastante serio sobre un convento de la capital, el de las Dueñas y como es natural, de inmediato me puse en contacto con mi amigo y tocayo.
Como también es natural, él conocía perfectamente dicho convento, en donde yo mismo había comprado los exquisitos dulces que fabrican las monjas. Me contó una historia que el documento que yo había encontrado corroboraba perfectamente.
Hace ya unas décadas, mi amigo quiso hacer una investigación en los archivos del mencionado convento, para lo que se valió de sus influencias y consiguió que el obispado le diera una carta de presentación para la madre superiora de las Dueñas a fin de que ésta le permitiese la entrada a sus archivos y la investigación que se proponía llevar a cabo.
Con el salvoconducto obispal, mi amigo se dirigió una fría mañana, muy ufano, al convento de Las Dueñas, al otro lado del Duero, en el llamado barrio de San Frontis. Tras el protocolario acto de presentación, llegó la superiora a la que le fue entregada la carta del obispo.
La respuesta de la superiora dejó a mi amigo como hecho de piedra: Muy bien, pero el señor obispo no tiene ninguna autoridad en este convento.
Sentenció la madre, a la vez que alargaba la carta, devolviéndosela a mi amigo. Sorpresa, incredulidad, estupefacción, fueron sus naturales reacciones.
¿Cómo es posible que el obispo, la máxima autoridad de la diócesis, no tuviera potestad en aquel convento?
Eso era algo que ya aclararía, de momento era necesario camelar a la abadesa para que, de todas formas, le permitiera realizar su investigación. Pocas cosas hay que mi amigo no sea capaz de conseguir con la palabra y en aquella ocasión, aunque la abadesa se le resistió un poco, terminó permitiendo que realizara su investigación.
Era un archivo completamente virgen del que emergieron infinidad de datos que pasaron a engrosar la ya dilatada historia zamorana. Pero eso, evidentemente, es también otra historia.
La que ocupa este artículo está unida a la exagerada religiosidad que presentaba la sociedad castellana a principios del siglo XIII, hasta el punto que las órdenes religiosas empezaron a abandonar sus enclaves monásticos de los medios rurales aislados, en donde los monjes vivían observando estrictamente las normas de las distintas órdenes religiosas, pero que en casi todas se circunscribían a pobreza, ayuno, castidad y oración, para trasladarse a las ciudades. Se abandona el sentimiento de pobreza y se sustituye por la prédica y la mendicidad, acercándose a los más necesitados que suelen estar en los núcleos urbanos. Surgen así las órdenes mendicantes, representadas principalmente por franciscanos y dominicos.
A principios de ese mismo siglo XIII, llegó a Zamora Domingo de Guzmán, que con el tiempo sería conocido como Santo Domingo, fundador de la orden de los dominicos, quizás la que más fuerza ha tenido dentro de la Iglesia y a la que han pertenecido personajes tan relevantes como Santo Tomás de Aquino o San Alberto Magno. Domingo se alojó en casa de una tía, María de Guzmán. La intención que le había llevado hasta allí era abrir un convento de la orden que había creado, a orillas del Padre Duero.
El primer convento que había fundado era un monasterio femenino, en Francia, y a semejanza de aquél, quería hacerlo en Zamora.
Su tía y otra dama de la que se sabe se llamaba Sancha, se apuntan a la obra fundadora y ceden algunas posesiones con el fin de acoger a un grupo de mujeres, viudas en su mayoría, con las que se funda el Monasterio de Santa María de las Dueñas, bajo la disciplina de la orden de los dominicos y las reglas monacales de San Agustín.
Dueñas era el término que se daba a las monjas, o beatas, que vivían en comunidad y que solían ser mujeres de cierta posición social, muchas veces viudas de caballeros o ricos-hombres, que a la muerte del esposo no deseaban contraer nuevas nupcias; aunque también había otras a las que la viudedad no les había dejado nada más que el estatus social y telarañas en la alacena, por lo que recurrían al convento como medio de subsistencia.
Hacia mediados de siglo, las instalaciones que en principio se cedieron y que estaban en el interior de las murallas, se habían quedado pequeñas y se trasladaron fuera de la ciudad, al otro lado del río, a un amplio edificio adquirido por dos damas zamoranas, madre e hija. En aquel lugar, con las consiguientes reformas y adaptaciones, permaneció el convento durante siglos, hasta que en el pasado XIX se trasladaron al que aún ocupan y que en principio iba a ser un palacete que un hombre rico cedió a las monjas cuando estaba en muy avanzado estado de construcción.

Aspecto actual del convento de Las Dueñas

Surgió así lo que se podría clasificar como uno de los escasos conventos que respeta las llamadas reglas de San Agustín, pero bajo el manto exclusivamente dominico, orden religiosa que se había creado por Bula del papa Honorio III, en 1216 y en la que se reconocía su dependencia total del pontífice, quedando muy de soslayo la obediencia que debieran a los obispos y otros prelados; y así, las monjas de Las Dueñas, se resistían a acatar ninguna autoridad, ni episcopal, ni laica.
En el centro de Europa había surgido un movimiento similar al de las Dueñas. Eran las beguinas, mitad monjas, mitad laicas, que formaban comunidades de  mujeres de todas las clases sociales que optaban por recluirse en conventos y monasterios sin normas estrictas, como alternativa al matrimonio o la clausura. Sobrevivían de su trabajo como maestras, enfermeras, costureras, bordadoras, pasteleras y, sobre todo, de las múltiples herencias y donaciones que recibían y que pronto la Iglesia interpretó que, de alguna manera, eran escamoteos que se hacían a lo que podría ser su propio patrimonio.
Así que el convento de las Dueñas optó por la ecléctica solución de ceder al obispado de Zamora los diezmos y primicias, a cambio de no tener ninguna otra dependencia del poder episcopal.
En aquella época ocupaba la poltrona diocesana un obispo llamado don Suero Pérez de Velasco, muy allegado al rey Alfonso X, guardián del sello real y designado directamente por el rey. Quiere decir esto que era uno de los obispos más influyentes y poderosos del panorama que presentaba en esos momentos el reino de León.
Descontento con el cariz que iban tomando los acontecimientos, respecto de aquellas monjas que no acataban su autoridad, giró una visita al convento, por otra parte a escasos metros del palacio episcopal, aunque para llegar hasta el debiera cruzar el Duero.
Se hizo acompañar el tal don Suero del abad de Moreruela, convento de la orden cisterciense y el de Valparaíso, fundado por Fernando III, El Santo, que había nacido en aquel lugar (Peleas de Arriba), los dos conventos más importantes de la provincia.
Llegados al convento de las Dueñas, reúnen a todas en capítulo e imaginamos que llegarían amenazas y otras lisuras, por parte de los “pater eclesiastaes”, conminando a las díscolas monjas a volver al redil de la obediencia.
No debió terminar muy bien aquella reunión, porque don Suero aceptó que dos de las monjas más críticas con su postura, doña Gimena Rodríguez y doña Marina Roderici (posiblemente madre e hija), tomaran la dirección del convento, pensando que quizás volvieran a la obediencia. Pero no fue así.
Persistieron en su postura y no comparecieron cuando fueron citadas a dar explicaciones.
Mientras, recibían a sus “colegas” dominicos en sus celdas, se negaban a los rezos, salían del convento solas y no respetaban las horas, nombre que reciben en los monasterios los rezos que tenían lugar a lo largo de todo el día y de la noche.
El obispo, don Suero, quiso escarmentar a aquella comunidad y se personó nuevamente en el convento, comenzando a interrogar a las monjas, muchas de las cuales reconocieron que era verdad todo lo que se decía de ella, pero otras no solo no asumieron la autoridad del obispo, sino que se marcharon con sus amantes.
Tuvo que intervenir ante el Papa, entonces Honorio IV, la máxima autoridad de la orden dominica, quejándose del acoso que el obispo ejercía sobre un convento que no estaba bajo su autoridad.
Lo cierto es que el papa llamó al obispo don Suero para que en el plazo de cuatro meses se presentara ante él, en el Vaticano, orden que don Suero no pudo cumplir porque en ese período le sobrevino la muerte.
El convento siguió funcionando a su aire y sin acatar otra autoridad que la de su orden y, al parecer, y por lo que mi amigo me contó, así sigue siendo hoy día, porque lo primero que la abadesa le dijo y eso debe ser como el estandarte que tienden, es que “aquí el obispo no manda nada”.

La muerte súbita de don Suero se debió, probablemente, al berrinche que debió coger el obispo más poderoso del reino, cuando pudo comprobar que aquellas monjas, díscolas y pecadoras, tenían más poder que él.

viernes, 25 de noviembre de 2016

¿QUÉ LE PASÓ AL "VALBANERA"?


El “Valbanera” era un buque de vapor, mixto de carga y pasaje, que hacía la ruta de correo entre Barcelona y el Golfo de Méjico.
Fue construido en 1906 en unos astilleros de Glasgow, por aquellas fechas industria puntera de la construcción naval. El buque fue un encargo de la Naviera Pinillos, la compañía naviera más antigua de España, aunque actualmente está integrada en un grupo valenciano más potente llamado Boluda.
La Pinillos, como coloquialmente se la conoce, fue creada en Cádiz en 1840 por un emprendedor riojano de ese apellido que con la prosperidad de sus negocios, encargó la construcción de este magnífico buque al que puso el nombre de una virgen muy venerada en La Rioja. Por un error que no ha sido aclarado, los astilleros escoceses troquelaron en la proa el nombre del barco, escribiendo con “b” la segunda “v”, pues el verdadero nombre de la Virgen es el de “Valvanera”.
En noviembre de 1906, fue botado con éxito el magnífico y potente barco que en muy poco tiempo se alistó y entró en servicio.
Era un buque de vapor de ciento veintidós metros de eslora, provisto de camarotes de primera, segunda y tercera clase; los emigrantes pobres se hacinaban en bodegas, entre cubiertas, pasillos etc., sin ninguna intimidad. Tenía unas potentes calderas que proporcionaban una velocidad de crucero de doce nudos. No era un trasatlántico de lujo, sino más bien un buen barco para cubrir las necesidades migratorias y de correo ordinario, entre España y las Américas.
Capaz para mil doscientos pasajeros, en muchos viajes sobrepasó con creces esa cifra, lo que unido a los fletes de carga y los ajustados precios que ofrecía la naviera, hicieron muy pronto famoso al moderno buque.


Cartel publicitario del “Valbanera”

Pero sus singladuras empezaron a ir mal después de que durante la Primera Guerra Mundial, se hubiese ganado una merecida fama de crucero seguro y rápido. Es de considerar que la neutralidad de España en la citada contienda daba cierto viso de seguridad a nuestros transportes, tanto de pasaje como de materias primas y alimenticias, de las que Europa estaba profundamente necesitada.
Su nombre, con una falta de ortografía considerablemente abultada, suponía un detalle de mala fortuna en los medios marítimos y una contrariedad importante para la familia que, no obstante, deciden no corregir.
Su segunda contrariedad se produjo en julio de 1919 y fue la mayor lacra que sobre el buque pesaría.
Estando en La Habana, presto para embarcar el pasaje con destino a España, la gran demanda de plazas hizo que la avaricia se impusiera y sobrecargaron el buque con cuatrocientas personas más de las permitidas. El hacinamiento en la sobrecubierta, a la intemperie y las malas condiciones meteorológicas que acompañaron la travesía, produjeron una treintena de muertes a bordo, y sin otra opción, los cadáveres de los fallecidos iban siendo arrojados al mar, por falta de sistemas de conservación.
La sobrecarga y, sobre todo, las muertes, se convirtieron en noticia de primera página en la prensa Canaria, primer punto donde arribó el barco.
Los relatos de los emigrantes canarios que regresaban a su tierra fue espantoso, quizás acentuado por la publicidad que se estaba dando al hecho, pero lo cierto era que a bordo se había desatado una terrible epidemia de gripe que acabó con muchas vidas y no es lo peor, sino que, al no haberse tomado medidas sanitarias y continuar el buque su singladura, fue contagiando la enfermedad a cada puerto en el que atracaba. El resultado final fue una pandemia, es decir, una epidemia mundial que es tristemente conocida como “La Gripe Española”. La enfermedad se había detectado meses antes en Estados Unidos, pero fue el “Valbanera” quien la trajo a Europa y luego a todo el mundo.
La crisis de la compañía se cerró con el cese del capitán del buque, sobre el que cayeron, injustamente, todas las responsabilidades y el mando del buque se entregó a un marino joven pero muy acreditado que había mandado otros barcos de la misma compañía.
Y estamos ya ante lo que sería el principio del misterio que rodea a este barco. El diez de agosto de 1919, nada más asearlo un poco después del funesto viaje de la gripe, el “Valbanera” zarpó de Barcelona con una carga de tejidos, pero sin pasaje. Hizo su escala habitual en Málaga, en donde cargó vinos, aceitunas y frutos secos y en esta ocasión treinta y cuatro pasajeros. Tres días después zarpaba con destino a Cádiz, en donde subieron a bordo quinientos veintiún pasajeros.
Desde Cádiz, inició la travesía oceánica para llegar al puerto de Las Palmas el día diecisiete. Después de tocar varios puertos del archipiélago, emprendió la navegación del Atlántico, llevando a bordo mil ciento cuarenta y dos pasajeros y una tripulación de ochenta y ocho personas, dedicadas a todos los servicios propios del buque.
La gente de la mar es muy supersticiosa, conoce perfectamente que una vez dejado el abrigo del puerto, un barco en la mar está a merced de todos los elementos y cualquier cosa que ocurra saliéndose de lo normal exige una inmediata interpretación en forma de agorero pronóstico, pues casi todo suele interpretarse de forma poco favorable. Y en el “Valbanera” ocurrió que cuando realizaba la última maniobra en puerto canario, perdió una de las anclas; mayor infortunio y mala suerte no cabe para un barco que se enfrenta a una larguísima travesía.
Un último detalle que es más un rumor sin contrastar que una verdadera noticia, es que en el buque habían embarcado muchas mujeres que viajaban solas a las Américas, con la intención de dedicarse allí al oficio más antiguo del mundo, circunstancia que no guarda ventajoso crédito entre la marinería, siempre dispuesta a las malas interpretaciones.
La ruta que llevaba el “Valbanera” le debía conducir, en primer lugar a San Juan de Puerto Rico, para seguir luego a Santiago de Cuba, La Habana, Galveston (la ciudad que lleva el nombre del héroe de Macharaviaya Bernardo Galvez. Ver mi artículo sobre el personaje en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-heroe-de-macharaviaya.html ) y por fin, Nueva Orleans.
Hizo su primera escala en San Juan de Puerto Rico sin que se apreciara ninguna incidencia y el día cinco de septiembre atraca en Santiago de Cuba.
Han pasado pocos días y sin embargo algo parece haber cambiado muy sensiblemente a bordo del buque. Tanto, que setecientos cuarenta y dos pasajeros que llevaban billete para La Habana, se desembarcan en Santiago sin razón aparente.
Algunas escenas de histeria, individualizadas en principio y más generalizadas después, empiezan a darse entre los pasajeros, entre los que algunos presienten el hundimiento del buque. Parece que todo empezó con una niña que mostró desde el principio un nerviosismo que se fue trocando en histeria conforme el barco se acercaba a las Antillas y después de San Juan, tomó tal cariz, que sus padres decidieron desembarcar en Santiago, aunque querían llegar a la capital cubana. Como ellos, los más de setecientos pasajeros que quedaron a su merced en Santiago de Cuba, a casi novecientos kilómetros de su destino y con escasos recursos para el traslado a la capital.
En la tarde del mismo día zarparon hacia La Habana con cuatrocientas ochenta y ocho personas a bordo.
A principios del siglo XX no existía apenas predicción meteorológica y los fenómenos de la atmósfera se constataban cuando ya los tenías encima. Algo así debió ocurrir con un huracán que se acercaba imparable a las costas americanas. Alcanzó Puerto Rico cuando ya el “Valbanera” estaba en Santiago, con una virulencia tal que se le catalogó de fuerza cuatro.
Fue el único huracán del año 1919, pero fue devastador. La tarde noche del día nueve, el “Valbanera” consiguió llegar a la bocana del Puerto de La Habana y encendió luces morse para solicitar práctico.
Pero el puerto llevaba horas cerrado y no pudo atender la petición del buque español, que impelido por la fuerza del viento y quizás la intención del capitán de alejarse del centro de la tormenta, tomó rumbo norte, sabiendo que en aquellas latitudes, los ciclones tropicales suelen rolar al oeste cuando tocan tierra.
No se supo nada más del barco; ni un mensaje de telegrafía fue recibido en ninguna estación costera. No se sabía si el barco había naufragado o se encontraba a la deriva en cualquier punto de aquellos mares.
Especular y a toro pasado, no solamente es fácil, sino que viene siendo un deporte muy extendido y entre los pasajeros que habían quedado en Santiago, se oía que el barco venía muy escorado y que el capitán sabía que se aproximaba una tormenta tropical, pues había estado midiendo la presión atmosférica constantemente.
También testigos presenciales decían haber visto al buque navegar muy fuerte en dirección a La Habana, lo que hace suponer que el capitán sabía del peligro que se les venía encima, aunque es muy posible que creyera que no eran tan inminente.
Lo cierto es que días después, tranquilizada la mar, un guardacostas americano descubrió en los Bajíos de la Media Luna, en Cayo Hueso, el más meridional de los cayos de Florida, un mástil y la popa de un buque que sobresalían de la superficie. Estaba tumbado sobre estribor, la borda sobre la que decían escoraba el barco.
Allí el mar tiene escasamente doce metros de profundidad con marea alta y seis en la bajamar, por lo que todos los días del año se ve el esqueleto del pecio que se fue al fondo con sus cuatrocientas ochenta y ocho personas a bordo y de las que ninguna consiguió salvarse.

Una de las primeras fotos del “Valbanera” hundido


El hundimiento del “Valbanera” ha sido la mayor catástrofe marítima que en tiempos de paz, ha sufrido España.