viernes, 23 de diciembre de 2016

NUESTRA GUERRA MÁS LARGA



Hace ya algunos años, escribí un artículo sobre dos guerras que resultaron ser, por sus circunstancias antagónicas,  la más corta y la más larga de la historia.
La corta, apenas duró una hora, la más larga, duró tres siglos, en los que ninguno de los dos contendientes supo que estaban en guerra.
No tan larga como la última, pero sí lo suficiente, por sus ciento setenta y dos años, para ser la más larga de nuestra historia, es esta guerra entre un modestísimo pueblo andaluz y una potencia mundial como era Dinamarca, aunque en aquel artículo que antes mencionaba, hablaba de la Reconquista que, con sus altibajos, duró ochocientos años (http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/04/la-mas-corta-y-la-mas-larga.html ).
Las cosas hubieran seguido como si nada pasase de no haber sido por un historiador e investigador llamado Vicente González Barberán que, en 1981, era el Delegado Provincial de Cultura de Granada.
González Barberán, hurgando en los archivos de la provincia, encontró un documento traspapelado, al que desde el once de noviembre de 1809, nadie había prestado la más mínima atención. El contenido de aquel folio causó una extraordinaria sorpresa y se convirtió de inmediato en noticia.
Noticia que apareció en el periódico El Ideal, de Granada y allí se contaba cómo, desde el año 1809, la ciudad granadina de Huéscar, situada al norte de la provincial casi limítrofe con Albacete, había declarado, unilateralmente, la guerra a Dinamarca y, lo más importante, las dos “fuerzas beligerantes” continuaban en guerra.
Todo un esperpento que cuesta trabajo entender. ¿Cómo se puede adoptar una medida tan descerebrada como la de atreverse, una ciudad perdida en la Sierra de la Sagra, a declarar la guerra a toda una potencia como era Dinamarca?; pero así había sido, claro que aquel país nórdico nunca se enteró de que un “poderoso” enemigo le había colocado en semejante brete.
¿Qué podía haber ocurrido, de tan extrema gravedad, como para impulsar a un hecho semejante?

Texto del acuerdo de la declaración de guerra

Realmente pocas cosas pueden ser capaces de impulsar a un pueblo a declararse en guerra contra un estado, pero lo que fuera, debería ser muy grave.
Quizás tampoco lo era, lo que sucede es que hay que colocarse en el momento y las circunstancias para comprender el apasionamiento que lleva a cometer semejante desafuero.
En 1796 España y Francia, que acaban de poner fin a la Guerra del Rosellón que había durado tres años, firmaron el que se conoce como Tratado de San Ildefonso, por haberse suscrito en la Granja de ese nombre, entre Godoy, representando a Carlos IV y el general Perignon, en nombre del Directorio francés.
Por ese acuerdo, ambos países deciden aliarse en una política común frente a la eterna rival de ambos, que no era otra que Inglaterra. Esa pésima alianza nos condujo al desastre de Trafalgar, entre otras muchas desgracias.
Pasaron algunos años y las relaciones entre ambos países solamente eran bien vistas por una exigua parte de la población española, a los que despectivamente llamaban “afrancesados”, mientras que el ejército y el grueso de la población veía con muy malos ojos la política que estaba siguiendo el rey, a través de su valido Manuel Godoy.
Los ejércitos de Napoleón terminaron invadiendo pacíficamente España, país que, supuestamente, era su aliado, ante la incapacidad del gobierno y la perplejidad del pueblo.
Pero aquella invasión, el intento de secuestro de la familia real española, el motín de Aranjuez y, sobre todo, el Dos de Mayo de 1808, cambiaron radicalmente la postura española que comprendió quien era verdaderamente su enemigo.
Junto a Napoleón ya habíamos tenido bastantes disgustos como para seguir haciéndole la rosca y la diplomacia española se puso a trabajar para conseguir una paz con Gran Bretaña y una posterior ayuda para expulsar a los franceses de nuestro territorio.
Esa es a grandes rasgos la historia que puede ser consultada para refrescar la memoria, o mejor aún, leerla en la ingente obra de Episodios Nacionales, donde se relata de manera magistral y cuya lectura cautiva desde el principio y que recomiendo apasionadamente.
En el año 1807, antes de los heroicos acontecimientos que tendrían lugar, primero en Madrid y luego en toda España, cuando todavía Francia era nuestra aliada y Godoy la máxima autoridad en España, incluido el rey, se envió a Dinamarca un contingente formado por 13.355 hombres, 3.088 caballos, 25 cañones, 116 mujeres, 69 niños y 49 sirvientes, con la misión de apoyar a las tropas de Napoleón.
Se organizaron dos columnas que partieron, la primera de Irún, que cruzó Francia, llegaron hasta Hannover, en el centro de Alemania; y la segunda de Port Bou, encontrándose ambas en  la ciudad alemana, donde pasaron el grueso del invierno.
A principios del año siguiente, las tropas españolas entraron en Dinamarca y se desplegaron por toda la costa de la llamada Península de Jutlandia con la misión de impedir cualquier desembarco de la armada británica, tarea en la que se afana el contingente español. Pero al poco tiempo empiezan a llegar noticias de España.
Se ha producido el motín de Aranjuez, la sublevación del Dos de Mayo, la entrega de plazas fronterizas españolas al estado francés y, en definitiva, el inicio de la Guerra de la Independencia.
Francia advierte, con cierta preocupación, que a sus espaldas, tiene acantonado un ejército bastante numeroso y con fama de aguerrido, lo que entraña un grave peligro ahora que España y Gran Bretaña han firmado un acuerdo contra Napoleón, por lo que el emperador francés ordena a sus generales que procedan a dispersarlo.
Franceses y daneses se empeñan en ello, pero los españoles se resisten y marchan, como van pudiendo hacia la capital, Copenhague, a cuyas puertas son detenidos por el ejército danés.
Desde España se inicia un plan de evacuación que entraña muchas dificultades, pues han de confiar en que buques de la armada británica consigan embarcar a los españoles para llevarlos a Suecia, donde serían recogidos por barcos españoles.
En fin, toda una operación de extraordinaria complejidad agravada por la dificultad de las comunicaciones y los impedimentos que franceses y daneses oponían constantemente.
Por fin, el 5 de septiembre llegaron a Suecia treinta y siete buques españoles que embarcaron a casi nueve mil de las personas destacadas, a los que trasladaron hasta diferentes puertos del Cantábrico: Santander, Santoña y Ribadeo. Pero quedaron en Dinamarca cinco mil hombres y el contingente de caballería que los daneses entregaron a Francia.
En represalia, el gobierno español, que por aquella época se encontraba en Sevilla, huyendo de los ejércitos franceses y refugiándose lo más al sur que podía, no teniendo nada que perder, ordenó el apresamiento de todos los buques con pabellón danés que hubiera en los puertos españoles, rompiendo, a la vez, toda comunicación con Dinamarca.
En el curso de esa operación se capturaron veintidós buques, entre ellos una corbeta de guerra llamada Diana.
Todo el cargamento fue vendido y los buques impedidos de zarpar.
A la vez, se enviaron emisarios a las provincias españolas que no estaban aún ocupadas por los ejércitos franceses, con instrucciones de que se tomasen toda clase de medidas que fuesen contra los intereses de Dinamarca.
Lo cierto es que exceptuando los puertos más importantes, el resto del territorio nacional no tenía relaciones de ninguna clase con el país nórdico, por lo que la medida, en tierras del interior, no tuvo ningún eco, menos en Huéscar.
Allí sí que tuvo repercusión, porque su Ayuntamiento, por unanimidad, decidió aquel once de noviembre declararle la guerra a Dinamarca.
Y así continuaríamos de no ser porque hay personas que escudriñan en la historia y sacan a la luz cosas tan curiosas como esta.
Naturalmente, se decidió que había que firmar la paz de la manera más inmediata y poner fin a ciento setenta y dos años de hostilidades en los que no ocurrió absolutamente nada.
Con un pueblo de balcones engalanados, en donde proliferaron los trajes regionales de una multitud de vecinos de aquél y de otros pueblos limítrofes, el embajador danés en España y el alcalde de Huéscar, en presencia de las principales autoridades civiles y militares de la provincia de Granada, firmaron protocolariamente la paz.
Incluso un piquete de soldados, con uniformes de época, desfilaron marcialmente por el pueblo, dando sabor al acto.

Piquete de soldados desfilando

Y lo más sorprendente fue que, varios centenares de ciudadanos daneses, que se encontraban en España, casi todos por motivos turísticos, se presentaron en el pueblo para tomar parte del acto y para mayor colorido y vistosidad, algunos de ellos fueron disfrazados de vikingos.

Humor vikingo


Como es natural hubo prensa nacional y extranjera que acudió a cubrir tan insólito acto que, como también suele ser natural, terminó en vinos y magníficas chacinas de la zona, con colofón de abrazos y alguna que otra lágrima de emoción.

viernes, 16 de diciembre de 2016

BOMBAS ATÓMICAS EN LA ANTIGÜEDAD



Dicen que cuando el proyecto “Manhattan” hizo explosionar la primera bomba atómica en el desierto de Alamogordo, Nuevo Méjico, los periodistas preguntaron a su inventor y director del proyecto, el profesor Julius Robert Oppenheimer, si había hecho explosión la primera bomba atómica de la Humanidad, a lo que el sabio respondió que era, efectivamente, la primera bomba nuclear de los tiempos modernos.
Daba a entender que ya hubo otras explosiones nucleares en épocas tan remotas que de ellas no sabemos nada, o muy poco porque, aunque cada día se van descubriendo nuevos datos y circunstancias que nos aproximan a su existencia.
Y es que, consultando y estudiando en profundidad vetustos textos sagrados, hay algunas descripciones de cataclismos que, solamente, conociendo la forma en que se produce una explosión nuclear, se pueden explicar con una cierta lógica científica.
En La Biblia y también en el Corán, se relata el fin de las ciudades de Sodoma y Gomorra con una explicación tan poco convincente, como la de que Dios hizo llover azufre y fuego sobre ambas ciudades. Según un informe de la NASA, publicado por su co-director, ambas ciudades debieron ser destruidas por un “bombardeo cósmico” que fue producido por una lluvia de fuego consecuencia de la desintegración de un cometa a su entrada en la atmósfera.
Sin embargo, esta teoría, tenida por la aproximación más científica durante mucho tiempo, se va quedando obsoleta y cada vez toma mayor fuerza la idea de que, algo muy parecido a una explosión nuclear, fue lo que acabó con las dos ciudades. Explosión que habría sido advertida a tiempo para que ciudadanos como Lot y su mujer, se pusieran a salvo.
Este asunto de las dos ciudades malditas, próximas al Mar Muerto, ha sido objetivo de numerosos científicos que han publicado sus trabajos en prestigiosas revistas científicas, convenciendo a unos y dejando a otros a la espera de una explicación más acorde con lo que dicen los libros sagrados.
Pero este no es el único acontecimiento en el que se haya producido la destrucción masiva e instantánea de una ciudad que nos ofrecen los textos sagrados; hay algunos más, aunque en esta ocasión queda lejano para los creyentes occidentales, pues se trata del libro de Los Vedas y más concretamente en el Mahabharata (Guerra de los Bharata), un poema épico que describe las guerras entre dos clanes reales, escrito en sánscrito y que es él único encontrado hasta ahora en el que se describe una enigmática y remotísima ciudad que se vio envuelta en una terrible guerra entre los hombres y los dioses y que acabó con todo vestigio de vida. El poema llama a aquel tiempo “La Edad Sombría” y lo describe como una Apocalipsis que cambió la historia de todo el continente Indio.
Cuando estudiamos la historia ortodoxa, que durante muchos años nos han ofrecido los textos clásicos, se nos enseñaba que la cuna de la civilización se encontraba en Mesopotamia, Sumeria, Egipto y que fue extendiéndose luego a Creta, Grecia, Roma y desde ahí a todo el mundo conocido.
Pero recientes descubrimientos efectuados en el valle del río Indo, señalan que existieron antiquísimas ciudades hace nueve mil quinientos años, lo que tira por tierra la cronología hasta ahora tenida por válida.
En territorio de Pakistán y en el fértil valle del Indo, existió una milenaria ciudad, desaparecida de una forma inexplicable que se llamaba Mohenjo-Daro, que es la que describe el Mahabharata y cuyo nombre significa literalmente “El Montículo de los Muertos”. Esta ciudad, junto con otra llamada Harappa, situada a más de quinientos kilómetros al noreste, eran las más poderosas de aquella amplísima zona.
La ciudad de Mohenjo-Daro se descubrió en 1920, por un arqueólogo, como siempre, inglés, llamado John H. Marshall. Esta ciudad ya existía tres mil años antes de nuestra Era y no es solamente su antigüedad, coetánea con las culturas más antiguas que antes se señalaban, sino el enorme despliegue técnico que la misma poseía y que convertiría a Babilonia, Nínive, o Tebas, en villorrios.

Excavación de Mohenjo-Daro

Su planificación urbanística es impecable: amplias avenidas con calles perpendiculares, todas perfectamente pavimentadas, edificaciones rectangulares, red de drenajes, canales, tuberías para conducción de agua, alcantarillado con arquetas registrables y un larguísimo etcétera que hacen de aquella ciudad un verdadero enigma.
Sobre todo porque, según iban profundizando las excavaciones, los estratos más inferiores, es decir, los correspondientes a períodos más antiguos, presentaban elementos de mayor sofisticación, mayor avance cultural y sobre todo, mayor desarrollo artístico y técnico.
Todo hace suponer que aquella ciudad, mucho más antigua que la datación que en un principio se había efectuado, estaba construida sobre la base de otra muy anterior, pero a la vez muchísimo más civilizada en todos los órdenes.
Sus calles pavimentadas daban idea de que allí circulaban vehículos rodados y por tanto conocían la rueda, como se demostró posteriormente con el hallazgo de un humilde juguete que desveló totalmente el enigma.



Famoso juguete con ruedas

La rueda más antigua de la que se tiene constancia es una aparecida en Eslovenia y que fue datada en cinco mil quinientos años, lo que supone que sería dos o tres milenios más moderna que las que ya existían circulando por la pavimentadas calles de Mohenjo-Daro.
El enigma de aquella ciudad que, cuando más antigua, mas civilizada era y que con el paso de los siglos se va haciendo más rudimentaria, no encuentra muchas explicaciones, si acaso, un declive progresivo de aquella cultura, pero ni siquiera eso fue así.
El cambio es abrupto; de un día para otro y sin que se encontrase, en los años de su descubrimiento, razón alguna que apuntalara aquella idea.
Tuvieron que ocurrir, por primera vez en el mundo, acontecimientos de enorme trascendencia para que los científicos, basándose en las nuevas experiencias, fueran comprendiendo algunas cosas que, estando a su vista, no tenían explicación hasta entonces.
Después de las experiencias nucleares de Hiroshima y Nagasaki, un científico e investigador británico, llamado David Davenport, publicó un trabajo en el que había invertido doce años y en el que asegura que había encontrado un punto en el que en cuarenta metros a la redonda, todo había sido fundido y cristalizado. A pocos metros más allá, los ladrillos de los edificios se fundieron por la cara que miraba al epicentro. Después, todo fue devastado.
Puso sus investigaciones en conexión con lo que el Mahabharata relataba y no pudo concluir más que había sido una explosión nuclear lo que había acabado de golpe con aquella ciudad.
Dice el libro sagrado de Los Vedas: “Humo blanco caliente que era mil veces más luminoso que el Sol subió en brillo infinito y redujo la ciudad a cenizas. El agua hirvió, caballos y carrozas de guerra fueron quemados y los cadáveres caídos fueron mutilados por el terrible calor, tanto que no parecían seres humanos. Era una vista terrible, nunca antes habíamos visto un arma tan terrible.”
La comunidad científica vino a reconocer que, evidentemente, un fenómeno natural no podría haber producido aquellas temperaturas y el impacto de un meteorito hubiera producido huellas y dejado residuos que todavía estarían presentes, lo que no había ocurrido.
Por si estas razones no fueran suficiente, excavando estratos de más de cinco mil años, los arqueólogos se encontraron una nueva sorpresa y esta fue la existencia de cadáveres, todos ellos boca abajo y en las calles. Parecía como si el instante de su muerte los hubiera sorprendido a todos, huyendo.
Pero se hallaron muy pocos esqueletos en comparación con la población estimada de aquella próspera ciudad y no se podía encontrar otra causa que no fuera que muchos de ellos se volatilizaron con la explosión y muchos más habrían huido ante una catástrofe, posiblemente anunciada, de manera similar a como había ocurrido en Sodoma y Gomorra.
Los restos humanos de Mohenjo-Daro presentan claros síntomas de radiactividad y su agrupación, así como la falta de evidencias de que estuvieran defendiéndose de un agresor, parece indicar que la muerte les sobreviene de manera súbita y enormemente violenta.
Como es natural, toda esta teoría tiene sus detractores; científicos que emplean exclusivamente la lógica natural para dar explicaciones a hechos que, a veces, la lógica no alcanza a aclarar. Pretender que la radiactividad encontrada en los esqueletos procede de las condiciones geológicas de la zona, y que, sin embargo, no se encuentra en los estratos superiores del terreno, es querer explicar las cosas con argumentos demasiado fáciles.

Disposición de un grupo de cadáveres tal como fueron hallados

Esta ciudad, junto con la de Harappa, constituían una especie de federación muy similar a la que se ha descrito de las ciudades de Sodoma y Gomorra.
En relación con ambas federaciones, hablan los distintos textos sagrados de una circunstancia, al parecer, común y es que en ambos casos “los dioses” se mezclaron con las hijas de los hombres.
Son demasiadas circunstancias, mucho paralelismo y finales muy similares, para obcecarse en una negación sistemática de lo que, día a día, la ciencia y la arqueología nos van poniendo de relieve.

Todo hace parecer que Oppenheimer tenía razón cuando dijo que aquella explosión nuclear era la primera de los tiempos modernos, otras, podrían haber sido las que se han mencionado, pero hay más, escondidas en literaturas ancestrales y cubiertas de tierra, pero que irán saliendo a la luz.

viernes, 2 de diciembre de 2016

LAS DUEÑAS DE ZAMORA



Mi primer destino como Comisario fue la histórica ciudad de Zamora. Allí pasé tres años disfrutando del destino más agradable que tuve a lo largo de mi vida profesional.
Amigos, charlas, historia, románico y gastronomía. ¡Menudo coctel se me presentó como venido del cielo!
Allí conocí a un compañero, docto aficionado a la historia con el que sigo manteniendo una estrecha amistad y que me enseñó muchísimas cosas de las ásperas tierras zamoranas.
Hace unos meses, llegó a mis manos un estudio bastante serio sobre un convento de la capital, el de las Dueñas y como es natural, de inmediato me puse en contacto con mi amigo y tocayo.
Como también es natural, él conocía perfectamente dicho convento, en donde yo mismo había comprado los exquisitos dulces que fabrican las monjas. Me contó una historia que el documento que yo había encontrado corroboraba perfectamente.
Hace ya unas décadas, mi amigo quiso hacer una investigación en los archivos del mencionado convento, para lo que se valió de sus influencias y consiguió que el obispado le diera una carta de presentación para la madre superiora de las Dueñas a fin de que ésta le permitiese la entrada a sus archivos y la investigación que se proponía llevar a cabo.
Con el salvoconducto obispal, mi amigo se dirigió una fría mañana, muy ufano, al convento de Las Dueñas, al otro lado del Duero, en el llamado barrio de San Frontis. Tras el protocolario acto de presentación, llegó la superiora a la que le fue entregada la carta del obispo.
La respuesta de la superiora dejó a mi amigo como hecho de piedra: Muy bien, pero el señor obispo no tiene ninguna autoridad en este convento.
Sentenció la madre, a la vez que alargaba la carta, devolviéndosela a mi amigo. Sorpresa, incredulidad, estupefacción, fueron sus naturales reacciones.
¿Cómo es posible que el obispo, la máxima autoridad de la diócesis, no tuviera potestad en aquel convento?
Eso era algo que ya aclararía, de momento era necesario camelar a la abadesa para que, de todas formas, le permitiera realizar su investigación. Pocas cosas hay que mi amigo no sea capaz de conseguir con la palabra y en aquella ocasión, aunque la abadesa se le resistió un poco, terminó permitiendo que realizara su investigación.
Era un archivo completamente virgen del que emergieron infinidad de datos que pasaron a engrosar la ya dilatada historia zamorana. Pero eso, evidentemente, es también otra historia.
La que ocupa este artículo está unida a la exagerada religiosidad que presentaba la sociedad castellana a principios del siglo XIII, hasta el punto que las órdenes religiosas empezaron a abandonar sus enclaves monásticos de los medios rurales aislados, en donde los monjes vivían observando estrictamente las normas de las distintas órdenes religiosas, pero que en casi todas se circunscribían a pobreza, ayuno, castidad y oración, para trasladarse a las ciudades. Se abandona el sentimiento de pobreza y se sustituye por la prédica y la mendicidad, acercándose a los más necesitados que suelen estar en los núcleos urbanos. Surgen así las órdenes mendicantes, representadas principalmente por franciscanos y dominicos.
A principios de ese mismo siglo XIII, llegó a Zamora Domingo de Guzmán, que con el tiempo sería conocido como Santo Domingo, fundador de la orden de los dominicos, quizás la que más fuerza ha tenido dentro de la Iglesia y a la que han pertenecido personajes tan relevantes como Santo Tomás de Aquino o San Alberto Magno. Domingo se alojó en casa de una tía, María de Guzmán. La intención que le había llevado hasta allí era abrir un convento de la orden que había creado, a orillas del Padre Duero.
El primer convento que había fundado era un monasterio femenino, en Francia, y a semejanza de aquél, quería hacerlo en Zamora.
Su tía y otra dama de la que se sabe se llamaba Sancha, se apuntan a la obra fundadora y ceden algunas posesiones con el fin de acoger a un grupo de mujeres, viudas en su mayoría, con las que se funda el Monasterio de Santa María de las Dueñas, bajo la disciplina de la orden de los dominicos y las reglas monacales de San Agustín.
Dueñas era el término que se daba a las monjas, o beatas, que vivían en comunidad y que solían ser mujeres de cierta posición social, muchas veces viudas de caballeros o ricos-hombres, que a la muerte del esposo no deseaban contraer nuevas nupcias; aunque también había otras a las que la viudedad no les había dejado nada más que el estatus social y telarañas en la alacena, por lo que recurrían al convento como medio de subsistencia.
Hacia mediados de siglo, las instalaciones que en principio se cedieron y que estaban en el interior de las murallas, se habían quedado pequeñas y se trasladaron fuera de la ciudad, al otro lado del río, a un amplio edificio adquirido por dos damas zamoranas, madre e hija. En aquel lugar, con las consiguientes reformas y adaptaciones, permaneció el convento durante siglos, hasta que en el pasado XIX se trasladaron al que aún ocupan y que en principio iba a ser un palacete que un hombre rico cedió a las monjas cuando estaba en muy avanzado estado de construcción.

Aspecto actual del convento de Las Dueñas

Surgió así lo que se podría clasificar como uno de los escasos conventos que respeta las llamadas reglas de San Agustín, pero bajo el manto exclusivamente dominico, orden religiosa que se había creado por Bula del papa Honorio III, en 1216 y en la que se reconocía su dependencia total del pontífice, quedando muy de soslayo la obediencia que debieran a los obispos y otros prelados; y así, las monjas de Las Dueñas, se resistían a acatar ninguna autoridad, ni episcopal, ni laica.
En el centro de Europa había surgido un movimiento similar al de las Dueñas. Eran las beguinas, mitad monjas, mitad laicas, que formaban comunidades de  mujeres de todas las clases sociales que optaban por recluirse en conventos y monasterios sin normas estrictas, como alternativa al matrimonio o la clausura. Sobrevivían de su trabajo como maestras, enfermeras, costureras, bordadoras, pasteleras y, sobre todo, de las múltiples herencias y donaciones que recibían y que pronto la Iglesia interpretó que, de alguna manera, eran escamoteos que se hacían a lo que podría ser su propio patrimonio.
Así que el convento de las Dueñas optó por la ecléctica solución de ceder al obispado de Zamora los diezmos y primicias, a cambio de no tener ninguna otra dependencia del poder episcopal.
En aquella época ocupaba la poltrona diocesana un obispo llamado don Suero Pérez de Velasco, muy allegado al rey Alfonso X, guardián del sello real y designado directamente por el rey. Quiere decir esto que era uno de los obispos más influyentes y poderosos del panorama que presentaba en esos momentos el reino de León.
Descontento con el cariz que iban tomando los acontecimientos, respecto de aquellas monjas que no acataban su autoridad, giró una visita al convento, por otra parte a escasos metros del palacio episcopal, aunque para llegar hasta el debiera cruzar el Duero.
Se hizo acompañar el tal don Suero del abad de Moreruela, convento de la orden cisterciense y el de Valparaíso, fundado por Fernando III, El Santo, que había nacido en aquel lugar (Peleas de Arriba), los dos conventos más importantes de la provincia.
Llegados al convento de las Dueñas, reúnen a todas en capítulo e imaginamos que llegarían amenazas y otras lisuras, por parte de los “pater eclesiastaes”, conminando a las díscolas monjas a volver al redil de la obediencia.
No debió terminar muy bien aquella reunión, porque don Suero aceptó que dos de las monjas más críticas con su postura, doña Gimena Rodríguez y doña Marina Roderici (posiblemente madre e hija), tomaran la dirección del convento, pensando que quizás volvieran a la obediencia. Pero no fue así.
Persistieron en su postura y no comparecieron cuando fueron citadas a dar explicaciones.
Mientras, recibían a sus “colegas” dominicos en sus celdas, se negaban a los rezos, salían del convento solas y no respetaban las horas, nombre que reciben en los monasterios los rezos que tenían lugar a lo largo de todo el día y de la noche.
El obispo, don Suero, quiso escarmentar a aquella comunidad y se personó nuevamente en el convento, comenzando a interrogar a las monjas, muchas de las cuales reconocieron que era verdad todo lo que se decía de ella, pero otras no solo no asumieron la autoridad del obispo, sino que se marcharon con sus amantes.
Tuvo que intervenir ante el Papa, entonces Honorio IV, la máxima autoridad de la orden dominica, quejándose del acoso que el obispo ejercía sobre un convento que no estaba bajo su autoridad.
Lo cierto es que el papa llamó al obispo don Suero para que en el plazo de cuatro meses se presentara ante él, en el Vaticano, orden que don Suero no pudo cumplir porque en ese período le sobrevino la muerte.
El convento siguió funcionando a su aire y sin acatar otra autoridad que la de su orden y, al parecer, y por lo que mi amigo me contó, así sigue siendo hoy día, porque lo primero que la abadesa le dijo y eso debe ser como el estandarte que tienden, es que “aquí el obispo no manda nada”.

La muerte súbita de don Suero se debió, probablemente, al berrinche que debió coger el obispo más poderoso del reino, cuando pudo comprobar que aquellas monjas, díscolas y pecadoras, tenían más poder que él.