jueves, 20 de abril de 2017

¿POR UNA CAUSA JUSTA?



El  catorce de enero de 1858, cuando el emperador francés Napoleón III y su esposa, la española Eugenia de Montijo, iban en el carruaje imperial camino de la Ópera Garnier, un anarquista italiano llamado Felice Orsini y tres cómplices, arrojaron tres bombas que produjeron ocho muertos y ciento cuarenta y dos heridos, algunos caballos despanzurrados y un carruaje para la chatarra, pero la pareja imperial salió ilesa del atentado.
Orsini, que resultó herido, fue detenido al día siguiente y guillotinado el trece de marzo del mismo año.
Un año antes, con ocasión de un viaje a Inglaterra, Orsini pidió al armero Joseph Taylor que construyera seis bombas que el mismo había diseñado. Se trataba de una bomba arrojadiza que explotaba por impacto, cuando unos resaltes cargados con fulminato de mercurio, el mismo que se utilizaba como “flash” en las primitivas fotografías, iniciaban la explosión de la pólvora que contenía.
Era un artefacto ingenioso que no necesitaba mecanismos de explosión retardado, lo que la hacía efectiva, sin programación previa, en el momento de su utilización. Sin embargo, como se verá, algunas de estas bombas no llegaron a explotar.


Bomba Orsini

Años mas tarde, las bombas Orsini se habían popularizado tanto, que eran la bomba habitual de los anarquistas.
En España se utilizaron varias veces este tipo de bombas, siendo las más famosas las que se usaron por el anarquista Santiago Salvador Franch en el teatro del Liceo de Barcelona.
El final del siglo XIX y el principio del XX fue un época dura, violenta. En una España convulsa, las ideas anarquistas, importadas principalmente de Italia, habían arraigado en zonas muy concretas, pero sobre todo en Cataluña, Levante y Andalucía. Los anarquistas empezaron primero con encarnizadas huelgas, cuya intención era más acabar con los beneficios de la producción, en manos de los aborrecidos burgueses que conseguir mejoras sociales o salariales para ellos mismos. Al no conseguir por estos medios su propósito de descabalgar a la burguesía, dieron paso a los robos, atracos a mano armada y atentados, y dentro de estos, a los más sangrientos: los cometidos con bombas.
Circulaba en manos de las células anarquistas, un libelo llamado El Indicador Anarquista que era un compendio de directrices e instrucciones en donde, entre otras cosas, se enseñaba a fabricar bombas Orsini, e incluso había un par de relojeros en Barcelona que acoplaban un dispositivo de relojería para una explosión retardada.
1893 fue un año especialmente sangriento. Se había atentado contra la casa de Cánovas del Castillo, que seis años después fue asesinado por los disparos del anarquista italiano Angiolillo, cuando se encontraba en un balneario de Guipúzcoa descansando.
Ese mismo año, el veinticuatro de septiembre, el anarquista Paulino Pallás, arrojó una bomba Orsini en una parada militar en Barcelona, con la intención de matar al gobernador militar de Cataluña, el general Arsenio Martínez Campos, autor de la proclama por la que se reinstauró la monarquía tras la Primera República.
El general Martínez Campos salió herido levemente, pero como resultado de la explosión murió un guardia civil. El autor fue detenido y en su juicio alegó que lo había hecho para vengar a tres compañeros anarquistas, ejecutados en Jerez de la Frontera el año anterior.
Como prensa estúpida y sensacionalista la ha habido siempre, algunos periódicos presentaron a Pallás como un héroe y un mártir de la causa, hasta el extremo de exacerbar los instintos de algunos de sus correligionario, como el referido Santiago Salvador, que con unos compinches quiso incluso robar el cadáver de su amigo y compañero para que fuera venerado en círculos anarquistas.

Fotografía de Santiago Salvador

No se conoce muy bien cómo este joven, nacido en Castelserás, un pueblo de Teruel, en el Bajo Aragón, muy próximo ya a Cataluña, que en aquella época tenía poco más de dos mil habitantes y en el que sus padres eran unos agricultores acomodados, había llegado a radicalizarse tanto en el anarquismo.
Sí se conoce que con dieciséis años tuvo que abandonar su pueblo por haber tratado de matar a su padre y marchó a Barcelona, en donde ejerció varios oficios, incluso el de contrabandista, en ninguno de los cuales parece haber cuajado. Como no tenía medios de subsistencia, se dedicó durante un tiempo a los robos, por lo que fue detenido en alguna ocasión y debió ser en la cárcel, cuando por contagio de algún otro recluso, encontrara en el anarquismo un medio de justificación a sus tropelías, pues el movimiento anarquista vivía de los atracos y robos que sus integrantes efectuaban.
Ante la imposibilidad de robar el cadáver de Pallás, decidió vengar su muerte, para lo que el día siete de noviembre, un día frío y lluvioso, vestido como un obrero y con una bata o blusón amplio, de color gris que los artesanos solían usar, entró en el Palacio del Liceo de Barcelona llevando escondidas en una faja, dos bombas Orsini. Subió hasta el quinto piso y allí, en “el gallinero”, esperó el momento propicio para cometer el atentado.
Evidentemente las bombas irían dirigidas al patio de butacas, donde se concentraba la burguesía catalana que tanto escozor producía en el anarquista.
Y el momento propicio lo encontró al final del segundo acto de la ópera Guillermo Tell, que era la que se estaba representado y cuando el público ovacionaba a la cantante, arrojó la primera de las bombas que pulverizó cuatro asientos y destrozó otros muchos a su alrededor, causando veintidós muertos y treinta y cinco heridos.
En ese momento de gritos, carreras, humo, sangre y todo lo que una explosión conlleva, arrojó la segunda de las bombas, que vino a caer en el regazo de una señora que ya estaba muerta por la explosión. La bomba rodo por el suelo inclinado del Liceo y fue recogida intacta.
Con el revuelo formado, Salvador pudo escapar del teatro, que fue rápidamente cerrado y después de deambular varios días por distintas poblaciones, se fue a Zaragoza, a casa un primo llamado Julio Sánchez, que vivía en la calle San Ildefonso 23.
Pero el terrorista no es nada si no proclama sus actos y el de esta historia se dedicaba a ir contando, a quien le quisiera escuchar, que él había sido quien tiró la bomba del Liceo, porque había que acabar con la burguesía.

La prensa internacional se hizo eco del atentado

Como es natural a los pocos días, y más concretamente el uno de enero de 1894, la policía irrumpió en el domicilio donde Salvador se encontraba acostado. Para que no lo cogiesen vivo, ya que los anarquistas temían las torturas a las que decían que los sometía la policía, llevaba siempre un revolver cargado, con el que se disparó en un costado y trató de beberse un veneno de un frasco ya preparado, lo cierto es que el disparo le produjo una herida leve y el frasco no se lo llegó a beber.
Como es natural fue encarcelado, enjuiciado y sentenciado a muerte.
Al preguntársele si al arrojar la primera bomba no se había sobrecogido al ver el dramático escenario que se presentaba, con cuerpos ensangrentados y gritos de terror, el anarquista respondió con una flema que hace pensar en el irregular funcionamiento del cerebro de estas personas, que en un primer momento se quedó impresionado, pero en seguida se sobrepuso y arrojó la segunda bomba, porque creía que actuaba por una causa justa, como era acabar con la burguesía.
Eso mismo repitió en la prisión, hasta la saciedad, a dos sacerdotes que quisieron conseguir su arrepentimiento y que no lo lograron y a los que decía que hasta Jesucristo, en caso de que hubiera existido, sería anarquista.
Salvador fue ejecutado a “garrote vil”, el día veintiuno de noviembre de 1894, un año después del atentado, en el llamado “Patio de los cordeleros”, por el verdugo de la audiencia de Barcelona, Nicomedes Méndez.
El famoso cuadro de Ramón Casas denominado Garrote vil y pintado por aquellas fechas, muy bien podría corresponder a la ejecución de Salvador.

El cuadro de Casas, Garrote vil

Dos curiosidades adornan esta historia: la primera es que en el Museo Histórico de Barcelona se exhibe una bomba Orsini de la que se dice que fue la que no estalló en el atentado del Liceo. Esto es falso, según se ha podido demostrar hace ya unos años. La bomba que no estalló se la llevó a su casa el secretario de la Audiencia Provincial de Barcelona, Pedro Armengol Cornet y actualmente está en manos de su familia
La segunda, ronda en torno a la ópera que se representaba: Guillermo Tell, casualmente era la misma ópera a la que se dirigía Napoleón III, cuando Felice Orsini le impidió disfrutar de su diversión preferida, arrojándole una bomba que desde entonces lleva su nombre.
 ¿Por qué he contado todo esto?
¡Ah, sí!, porque hace muy pocos días hemos tenido que soportar las declaraciones del llamado “El Carnicero de Mondragón”, autor de diecisiete asesinatos y cuyo nombre me resisto a escribir, en las que decía, además de no estar arrepentido de nada, que no se consideraba un asesino, sino un ejecutor, que desconocía los nombres de sus víctimas y no iba a pedir perdón.
Seguramente que este canalla también actuaba por una causa justa.

jueves, 13 de abril de 2017

EL DEDO ACUSADOR



Hace ya bastantes años, cuando empezó a popularizarse Internet, circuló un escrito en el se resaltaban varias coincidencias existentes entre los asesinatos de Abraham Lincoln y John F. Kennedy.
La lectura de aquella relación era estremecedora, tan llena de funestas coincidencias que ponía el vello de punta. Había aparecido por primera vez en 1964, un año después del asesinato de Kennedy, en la prensa estadounidense.
Aunque en un principio se le dio total credibilidad, años más tarde fue desmentida en su mayor parte por el divulgador científico Martin Gardner, en la prestigiosa revista América Científica.
Algunas cosas no eran ciertas, otras no eran casualidades y algunas estaban tan introducidas a martillazos en la relación, que pronto se dejó de hablar de aquello.
Pero llegó Internet y muchas de las cosas que habían sido olvidadas, fueron sacadas a la luz, ahora con una distribución millones de veces superior.
Lincoln y Kennedy han sido el primero y el último presidente de los Estados Unidos asesinados. Por en medio ha habido otros dos: James Garfield y William MacKinley. Otros cuatro fallecieron durante el mandato, pero en realidad ninguno de ellos importa a los fines de este artículo, solamente Lincoln y Kennedy.
Si Kennedy no hubiera muerto tan prematuramente, muchas cosas habrían cambiado.
En primer lugar su imagen de héroe, político exitoso, esposo amantísimo y padre ejemplar, se hubiera desmoronado con mayor crueldad de lo que lo ha ido haciendo en años posteriores. Si no hubiera muerto víctima de un complot, que ni el informe Warren, ni los miles de estudios que posteriormente se han hecho, han sido capaces de elucidar, quizás nos habríamos enterado de algo. Algo habría cambiado.
Sin embargo, con la muerte de Lincoln, varias cosas no cambiaron. Siguieron por el derrotero en el que se habían iniciado y que el presidente, aunque las abanderaba, no era partidario de aquel rumbo.
Abraham Lincoln había nacido en Kentucky el 12 de febrero de 1809, en una familia modesta de granjeros que no proporcionó a sus hijos una educación más allá de lo necesario para contribuir al desarrollo de la granja. Pero Abraham hacía grandes esfuerzos para adquirir una educación que le permitiera salir de aquella vida que no le gustaba.
A los treinta y un años se casó con Mary Todd, hija de un banquero adinerado que, sin embargo, no había tenido una vida fácil que revertía en su insoportable carácter.
Lincoln dijo en muchas ocasiones que los estudios de derecho que consiguió acabar, así como la exquisita educación de la que él mismo hacía gala, eran fruto de su esfuerzo personal; que a lo largo de toda su vida había ido aprendiendo por donde pasaba y que la necesidad le había hecho superarse.
Parece ser que su temperamento no era muy estable y pasaba por altibajos de carácter que hoy estarían perfectamente diagnosticado como episodios depresivos.
Su biógrafo, Clarence Arthur Tripp, activista gay, psicólogo y terapeuta, escribió de Lincoln que fue a su casamiento con la misma alegría con la que va un buey al matadero y que si se casó con Mary Todd fue porque en una incipiente búsqueda de identidad sexual, había tenido acceso carnal con la joven, a la que dejó embarazada y su padre, el banquero, le obligó a casarse, para reparar el daño.
Lo cierto es que el joven Lincoln había mantenido una seria relación de cuatro años, con Joshua Speed, el cual lo abandonó para casarse, lo que le sumió en una depresión muy seria. Una amplia correspondencia acreditan esta relación de alcoba y en las que Abraham se despide con un invariable: “Siempre tuyo”.
Antes había mantenido una relación amorosa con un primo que estaba perdidamente enamorado de él. Billy Green, tenía dieciocho años y Lincoln algunos más.
Como es natural, el matrimonio no mitigó sus ocultos deseos sexuales y siendo ya presidente de los Estados Unidos se llevó como ayudante militar al coronel Elmer Ellsworth, a quien había conocido años antes en Chicago y con el que le unía una íntima amistad.
Da la casualidad de que Ellsworth fue el primer oficial del ejército de la Unión muerto en la Guerra de Secesión.
Su desaparición produjo una honda pena en el presidente, que lo llamaba “mi muchacho”, pero como un clavo saca a otro clavo, poco tardó el primer inquilino republicano de la Casa Blanca en buscarse un sustituto, esta vez en la persona de lo que hoy sería su “jefe de seguridad”, el capitán de la “Compañía K”, David Derickson, con el que se escondía en un refugio que la Casa Blanca tenía a las afueras de Washington para descanso y solaz de los presidentes.
Uno de sus asesores escribía de esas relaciones: Hay un soldado devoto del presidente, conduce con él y cuando la señora no está en la casa, duerme con él
La situación sentimental tormentosa en la que vivía el hombre más importante de la nación más nueva del mundo, era insostenible, a la vez que conjurada por un sello de silencio inquebrantable. Lincoln no podía “salir del armario”, como se dice ahora, momento en los que, hasta los sacerdotes, cuyos votos de castidad son de férreo cumplimiento, confiesan públicamente sus amores homosexuales, no ya sin pudor, sino con exultante y victoriosa alegría.
Pero aparte de esta faceta de la vida privada del presidente, Lincoln ha llegado a esta página por otra circunstancia mucho más trascendente: El paradigma de la abolición de la esclavitud, era un racista intransigente y recalcitrante.
Cuando en el año 1858 hacía campaña con el partido republicano para el Senado, dejó bien claro en sus discursos que él ni era, ni nunca había sido, partidario de la igualdad entre blancos y negros, subrayando que existían tantas diferencias que resultaba imposible que pudieran vivir juntos en situación de igualdad, tanto social, como política, por lo que si en algún momento se produjera aquella conjunción, sería en una posición de inferioridad de la raza negra. Aun así, tres años después se presentó para presidente y arrasó en los estados del norte, donde la inmensa mayoría estaba por la abolición de la esclavitud.
Había cambiado su discurso y ahora se presentaba como defensor de acabar de una vez con la difícil situación en la que vivían los esclavos, pero solamente cambió de discurso, sus sentimientos seguían siendo los mismos y en 1862, siendo ya presidente de los Estados Unidos, recibió en la Casa Blanca a un nutrido grupo de líderes negros a los que advirtió que aunque dejaran de ser esclavos, estaban muy lejos de ser iguales a los blancos y les reconvino a que buscaran la forma de vivir separados, porque eso sería lo mejor para ellos.
Gracias a las biografías que se van escribiendo en los últimos tiempos, fruto del estudio y la investigación, se ha conocido que entre 1854 y 1860, Lincoln pronunció ciento setenta y cinco discursos en los que siempre insistía en que abolir la esclavitud era una medida anticonstitucional.
Evidentemente cambió de criterio y en la Guerra de Secesión, lideró a los Estados de la Unión contra los Estados del Sur, llamados Confederados.
La abolición de la esclavitud estaba empezando a ser bien vista en todo el mundo y con esa bandera ganó la guerra, pero, curiosamente, en un principio, solamente abolió la esclavitud en los Estados confederados, los perdedores, sobre los que todavía no tenía casi control, pero en el norte, de momento, no hizo nada.
La realidad, también cruda con la idea de abolicionista que le encumbra, es que de los más de tres millones de esclavos, solo se emanciparon doscientos mil y eso pensando que, como resultado de su decisión, los negros nunca llegarían a tener iguales derechos que los blancos.
Poco antes de acabar la guerra, estudiaba con sus más directos colaboradores la posibilidad de deportar a todos los negros a algunas tierras fértiles, con buen clima, en donde pudieran vivir sin mezclarse con blancos y pensaba en Brasil, Guayanas, Surinam…
Más tarde, el presidente Monroe compró todo un país en África, al que puso de nombre Liberia y al que deportó miles de negros.
La idea de Lincoln fertilizó años más tarde, cuando ya no había posibilidad de solución a un problema que solamente se hubiese evitado si la esclavitud nunca hubiese existido, pero desgraciadamente no fue así.
En Washington se ha levantado un monumento llamado “Lincoln Memorial”, para conmemorar al presidente que “abolió la esclavitud”. Es un edificio bellísimo a cuyo frente hay un larguísimo estanque en el que se refleja el obelisco erigido en memoria de George Washington. Este obelisco de casi ciento setenta metros de altura, fue el más alto del mundo hasta que se construyó la Torre Eiffel. Desde la entrada principal, arriba de las escaleras que conducen al atrio del “Lincoln Memorial”, se ve el obelisco reflejado en las cristalinas aguas del estanque.
Su punta se dirige a la colosal estatua de Abraham Lincoln que preside la entrada del edificio y parece como si fuera un dedo acusador que quisiera recordarle las mentiras que fueron su vida.

Vista del obelisco reflejado en el estanque

jueves, 6 de abril de 2017

DE DÓNDE PARTIÓ LA BALA



Si hay una figura militar controvertida en España, es la del general Zumalacárregui. Todos lo hemos visto reflejado en los libros de historia que estudiamos en el bachiller, sin profundizar mucho sobre su persona o su trayectoria militar. Algunos otros lo han visto más de cerca en literatura especializada, o entrando en profundidad en las Guerras Carlistas, pero muy pocos han escrito realmente sobre aquel general que empezó su vida como soldado voluntario para combatir a las tropas invasoras de Napoleón y terminó liderando el ejército carlista contra las tropas liberales isabelinas.
Como ya sabemos, a la muerte de Fernando VII sin descendencia masculina, España se divide en dos bandos: los partidarios de que reine el infante Carlos María Isidro, hermano del rey y los partidarios de que lo haga su hija Isabel, después de que su padre, “in extremis”, hubiera dejado en suspenso, la Ley Sálica, que prohibía reinar a las mujeres.
Carlistas e isabelinos, también llamados “cristinos”, por la regencia de María Cristina, la reina madre, dos posturas encontradas sin ningún resquicio de solución, terminan  enfrentándose en una cruenta guerra civil, pues no solamente se disputan el trono de España sino que son el choque entre dos ideologías: las liberales, representadas por los partidarios de Isabel y las tradicionalistas, monárquicos absolutistas, representada por la facción carlista, cuyo lema era Dios, Patria y Rey.
La guerra se resolvió finalmente a favor del bando liberal, que era el gobierno y que tenía el mando sobre todos los ejércitos regulares del país, pero los carlistas presentaron dura batalla.
España se dividió entre las dos tendencias. Del lado carlista estaba la parte norte, pero fundamentalmente el País Vasco, Navarra, norte de Cataluña y la comarca del Maestrazgo, entre Teruel y Castellón. Del otro lado estaba el resto, en el que había muchos simpatizantes tradicionalistas. Pero en todo el resto de España surgieron núcleos o células carlistas, unas más activas que otras, pero presentes en casi toda la geografía nacional, siendo las de Talavera de la Reina, las primeras en levantarse contra el gobierno.
El amplio eco que el carlismo tenía en el sector rural, permitió ir formando escuadras de guerrilleros que, rememorando los tiempos de la lucha contra los franceses, traían en jaque al ejército regular español. Pero en eso llegaron dos personajes de gran talla: Zumalacárregui, que unificó las guerrillas creando un ejército en tierras vaco-navarras y Cabrera que hace lo propio en Aragón y Cataluña. En el resto de España, sin embargo y a pesar de la gran presencia, no se llegan a conformar sino pequeñas guerrillas, más inclinadas al bandolerismo que a la verdadera resistencia política y militar.
Tomás de Zumalacárregui Imaz, nació en Ormáiztegui, provincia de Guipúzcoa el 29 de diciembre de 1788; décimo de once hermanos, recibió una buena educación, como correspondía a la clase media alta a la que pertenecía.
Con veinte años se alistó en el ejército para luchar contra los franceses y padeció los dos sitios de Zaragoza, en el segundo de los cuales fue hecho prisionero. Consiguió escapar de su cautiverio para unirse a la partida de “El Pastor”, un guerrillero aguerrido, totalmente analfabeto, llamado Gaspar de Jáuregui. Tosco e inculto, pero dotado de inteligencia natural, pronto vio buenas cualidades en el joven Tomás y lo convirtió en su secretario que, con paciencia y dedicación, consiguió enseñarle a leer y escribir.
En el campo de batalla, el joven secretario no iba a la zaga de los más valientes e intrépidos guerrilleros y demostrando su valía con las armas en las múltiples refriegas, pronto comenzó su carrera de ascensos y fue destinado al primer regimiento de infantería de Guipúzcoa con el grado de subteniente. Dos años después era capitán, grado con el que terminó la guerra, pasando a desempeñar puestos civiles dentro de la capitanía general de las vascongadas.

Retrato del general Zumalacárregui

Durante el Trienio Liberal, dada su clara ideología absolutista, fue separado del servicio, pero cuando Fernando VII acaba con los liberales en 1823, Zumalacárregui se incorpora al regimiento de infantería y se le da el mando de un batallón de la división realista de Navarra, con el grado de teniente coronel.
Vino después la conocida como “Década ominosa”, en la que nuestro personaje debía encontrarse muy a gusto, pues el Rey Felón había acaparado todos los poderes del Estado y hacía y deshacía a su antojo. Fue ascendido directamente por el rey al empleo de coronel por su labor de organización en los regimientos en los que se encontraba destinado.
Con la muerte del rey y como era de esperar, toma parte por el príncipe Carlos, al que ya designaban como Carlos V y que, vistas como estaban las cosas, se había marchado a Portugal y desde allí se escondió en Inglaterra.
El fusilamiento en Pamplona el 14 de octubre de 1833 del brigadier Santos Ladrón de Cegama, el primer militar que proclamó públicamente al infante don Carlos como rey de España, hizo que Zumalacárregui tomase el relevo como comandante general de Navarra.
Desde el primer momento, el “Tío Tomás”, apodo por el que era conocido entre los guerrillero, se puso a la tarea de transformar a aquellos hombres, de heterogénea mezcolanza, en un cuerpo de ejército serio y formal, con el que poderse enfrentar al ejército gubernamental.
Tres cosas tenía bien claras Zumalacárregui: la primera es que necesitaban victorias que trascendieran fronteras y que obligaran a otros países a posicionarse en la contienda, pues hasta ese momento no se habían producido más que escaramuzas y asaltos guerrilleros.
Así, con su embrión de ejército ya formado, se enfrentó a las tropas isabelinas en repetidas ocasiones, logrando considerables victorias, hasta el punto de que el gobierno destituyó al general jefe de la tropas isabelinas, conde de Villarín, sustituyéndolo por el Marqués de Moncayo, que tuvo una suerte parecida a la de su antecesor y fue derrotado en varias batallas.
Ya había conseguido reconocimiento por parte de las potencias europeas, pero le quedaba una segunda cuestión y es que un ejército no podía luchar a favor de un rey que estaba en el exilio, por lo que obligó a don Carlos a venir a España y más concretamente a Navarra, donde mayor fuerza tenían sus seguidores.
En julio de 1834, don Carlos entró en España por el paso de Elizondo, donde le esperaba el invicto general navarro. Allí se celebró una primera reunión en la que el pretendiente abrazó a Zumalacárregui y le nombró jefe supremo de todas las tropas carlistas, con el grado de Mariscal de Campo.
Desde aquel momento los enfrentamientos entre carlistas e isabelinos, se inclinaban del lado de los primeros, consiguiendo Zumalacárregui una fama de general invicto que le acompañó batalla tras batalla, trascendiendo fronteras y hablándose de él como de un genio militar y estratega comparable a Napoleón.
La tercera cuestión que tenía bien clara el invicto general era que las Cortes Forales no podían seguir legislando a su albedrío y así, recortó sus competencias, dejándolas tan exiguas que solamente tenían capacidad para recaudar fondos que iban directamente a financiar la causa carlista.
Esta circunstancia es tan importante que ha sido sistemáticamente acallada por los nacionalistas vasco-navarros que han enaltecido la figura de Zumalacárregui hasta el extremo de querer presentarla como un luchador por la independencia vasca: un abertzale.
Nada más lejos de la realidad, hasta el punto de que el orate fundador del PNV, Sabino Arana y Goiri, nunca mencionó al general como un germen del nacionalismo vasco y todo tiene su inicio en un rumor. Uno de tantos que luego han hecho formar opinión.
En 1834 y ante el vacío de poder en que se encontraba el territorio, surge el rumor cada vez más creciente, de la posibilidad de que se declarase la independencia de las cuatro provincias y que a la cabeza del gobierno estaría el general Zumalacárregui. Diversos periódicos europeos se hicieron eco del rumor y lo publicaron, dando así carta de naturaleza a lo que nunca estuvo en la mente del general, que tenía un alto concepto del lema de su partido: Dios, Patria y Rey. Y la patria era España, no vasconia.
Es muy posible que la muerte del general, tan imprevista como estúpida, haya contribuido a cimentar su fama, porque es más que probable que tras aquellos inicios bélicos, fulgurantes, hubiese venido el lógico decaimiento porque una fuerza militar muy superior, habría logrado doblegarle finalmente.
Zumalacárregui murió por la septicemia provocada por el pésimo tratamiento de una herida de bala en su pierna izquierda. Se encontraba en un balcón, observando la toma de Bilbao, cuando una bala perdida le hirió levemente.
Se puso en manos de un curandero, un tal “Petrikillo”, que alcanzó tan nefasta fama por la chapuza que hizo en la pierna del general, que ha dado nombre a todos los curanderos-ensambladores vasco-navarros.
De dónde procedió aquella bala, es una incógnita, pues al parecer se encontraba lo suficientemente lejos del frente como para tener una amplia perspectiva, por lo que no parece claro que procediera del enemigo. Más bien fue una faena del llamado “fuego amigo”, o quizás, no tan amigo, porque entre la infausta camarilla del aspirante al trono, Zumalacárregui tenía notables enemigos.

Así han inventado los nacionalistas una historia a su medida que no se compadece con la verdad.