viernes, 12 de mayo de 2017

UN BUEN ALIADO




Es posible perder una guerra habiendo ganado todas las batallas. En realidad, esta aseveración es un sofisma; queda irónico, incluso ingeniosos, pero no puede ser verdad: ¿si ganas siempre cómo es que pierdes al final?, aunque en la historia se han repetido casos como el de Pirro, rey de Épiro, una región costera del Adriático, al norte de Grecia, frente al “tacón de la Bota Italiana” que tras ser felicitado por sus generales por haber vencido a Roma, les contestó con sarcasmo que otra victoria como aquella y tendría que volverse a casa solo.
Hay muchos otros ejemplos, pero de lo que me proponía hablar hoy es de una faceta de la Primera Guerra Mundial en la que no hubo trincheras, ni gases mortíferos, ni nada de lo que convirtió Europa en un queso de Gruyere. Una guerra que no se desarrolló en nuestro continente, sino en el africano y que enfrentaba a alemanes con británicos, al más puro estilo colonial.
Tras años de duros enfrentamientos entre alemanes y aliados, los primeros vencieron en todas las batallas e incluso siguieron guerreando hasta una semana después de haberse acabado la guerra con la rendición de Alemania. Pero al final tuvieron que firmar también su rendición.
Los germanos llegaron tarde a la fiebre de colonización que enfermó al mundo. Se les habían adelantado casi todos los países europeos, pero por aquel entonces el Imperio Alemán era una potencia poderosa y, organizada por Bismarck, se convocó la Conferencia de Berlín de 1884, a la que acudieron todas las potencias coloniales del momento, las cuales permitieron que los del Kaiser se incorporaran a la depredación geográfica de lo poco que ya iba quedando y así, se asentaron con fuerza en las costas Índica y Atlántica de África.
Todo aquel inmenso continente del sur, menos Liberia a la que protegía Estados Unidos y Etiopía, por aquello del “Rey de Reyes”, estaba libre para que los países poderosos se lo apropiaran.
En la costa este africana, bañada por el Océano Índico, los alemanes se apoderaron de los inmensos territorios que hoy forman los países de Tanzania, Ruanda y Burundi; tan extensos como Francia y Alemania juntas.
Los británicos, varios años antes, se habían situado más arriba, en Kenia. Tenían mucha más tradición exploradora y habían contado con personajes de la talla de Stanley y Livingston que había descubierto inmensos territorios para la corona británica.
Así estaban las cosas cuando en 1914 el desgraciado y nunca bien valorado atentado anarquista acabó con la vida del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo y se desencadenó la primera Guerra Mundial.
El Imperio contra todos. El quinto suceso más sangriento de la historia de la Humanidad acababa de empezar y duraría cuatro años.
África no quedaría al margen de la contienda y en la entonces llamada África Oriental Alemana, se iniciaron los preparativos para guerrear contra los vecinos británicos.
Pocos meses antes de que el conflicto bélico se iniciara, Alemania había enviado al coronel Paul von Lettow-Vorbeck para hacerse cargo de todas las fuerzas militares y civiles de la zona; fuerzas por otro lado escasas pues estaban integradas por unos tres mil soldados alemanes bien pertrechados y entrenados y unos doce mil “askaris”, soldados nativos que desarrollaban diversas actividades, desde policía interior, hasta vanguardia del ejército.
Hay una anécdota curiosa en relación con el viaje de von Lettow a África y es que durante los largos días de navegación a bordo de un lujoso crucero de la época, conoció a una dama danesa llamada Karen Blixen, con la que trabó una buena amistad que perduraba incluso cuando sus dos países estaban en guerra. Años más tarde, Karen escribió una novela que la hizo famosa en todo el mundo: Memorias de África.

Coronel Paul von Lettow-Vorbek, con uniforme colonial

Iniciada la Primera Gran Guerra, las escasas fuerzas germanas que tenían que defender los inmensos territorios de la colonia Africana Oriental, estaban en estado de alerta, pendientes de los movimientos que sus vecinos ingleses realizaban y no habían pasado dos meses desde el inicio del conflicto cuando éstos intentaron invadir la colonia de Tanzania.
Para ello trajeron desde la India miles de soldados inativos, sin apenas preparación militar, desmotivados y no acostumbrados a navegar y a los que le cogió muy mal tiempo en la travesía y casi sin reponerse de las penalidades del viaje, se les volvió a embarcar en buques de guerra para intentar un desembarco y conquista de la importante ciudad de Tanga.
Ese fue su error, porque además de estar mandados por un general inepto y dubitativo llamado Arthur Aitken, se eligió un pésimo lugar para el desembarco.
Tanga es una ciudad en el litoral y el puerto más importante de toda la zona norte de Tanzania, situada en una bahía muy cercana a la frontera de Kenia.
Los británicos, oyeron un rumor, que no se molestaron en confirmar, que la mencionada bahía había sido minada, lo mismo que la entrada al puerto de Tanga, cosa que no era cierta, pero sin saber por qué, aceptaron la información como verídica. En consecuencia buscaron un lugar donde desembarcar el contingente de soldados indios y británicos.
El general Aitken eligió un lugar en la costa, al sur de Tanga, pero lo bastante cerca como para que sus soldados pudieran, por tierra, tomar la ciudad, pero durante el tiempo en el que el general inglés se mantenía dubitativo, los alemanes recibieron información del lugar en el que iban a desembarcar y les dio tiempo a fortificarse.
El lugar no podía ser peor para un desembarco. Era una zona de ciénaga, plagada de mosquitos de esos que, como decimos en Andalucía, no pican, simplemente empujan, además de contagiar numerosas enfermedades. No era posible usar caballerías para el transporte de los materiales bélicos y los suministros de boca, por lo que hubieron de servirse de porteadores nativos, que parecían inmunes a las picaduras. Los soldados muy bien pertrechados, pero excesivamente cargados y los porteadores mucho más, avanzaban muy lentamente hundiéndose en el cieno.
Antes de desembarcar, cuando los soldados indios supieron que la zona era pantanosa, usaron un sistema de protección que en su tierra les había dado siempre muy buen resultado y que no era otro que embadurnarse en petróleo para espantar a los tábanos.
Y eso hicieron y los enormes mosquitos huían aterrorizados ante el profundo olor a petróleo, ante el contento de los indios que avanzaban como podían entre aquel fangal.
Lo que no sabían era que poco más adelante, cuando ya el terreno era más seco y la selva se cerraba, había una inmensa población de abejas africanas, esas que se han ganado fama de dañinas y peligrosas. Lo que funcionó para los mosquitos, no hizo con las abejas sino todo el efecto contrario.
Aquel olor intenso, penetrante, alteraba su sistema nervioso hasta volverlas locas y las impulsaba a atacar de forma desaforada contra aquella agresión olfativa que les trastornaba sus sentidos.
Salieron de sus colmenas enfurecidas y se dirigieron como un ejército de millones de aguijones contra los profanadores de sus territorios.
Los picotazos de las abejas eran dolorosísimos y los soldados, no tenían manos para quitarse de encima aquella nube de zumbidos y pinchazos que les oscurecía el Sol y después de mucho manotear contra un ejército incontenible, arrojaron sus armas y sus impedimentas y salieron corriendo en dirección a la costa.
Momento que aprovechó von Lettow para hostigar al enemigo, con las escasas fuerzas de que disponía, pues solamente algunos de sus “askaris” estaban armados con los famosos fusiles Mauser, otros casi los llevaban de adorno y en cuanto a la artillería, tenía muy pocos cañones de corto alcance, que, no obstante, en aquellas circunstancias se mostraron muy eficaces.
Después de diezmar a los británicos, sobre todo a los indios, recogieron del campo de batalla montones de fusiles y armas cortas, así como provisiones de boca y millones de cartuchos. Magnífica recolección que se sumaba a la aplastante victoria obtenida.
Por las características expresadas, aquella batalla ha pasado a la historia como la Batalla de las Abejas, el mejor aliado con que contó Alemania en toda la contienda.
Los británicos intentaron nuevamente atacar Tanga, total, los muertos no eran suyos, pero nuevamente fracasaron y sufrieron muchas pérdidas, por lo que se vieron obligados a reembarcarse y abandonar la zona.
Esta victoria envalentonó a von Lettow, a la vez que desmoralizó a los británicos, porque cuando creyeron que los alemanes los masacrarían, el coronel mandó alto el fuego y permitió a los ingleses embarcar y además ofreció a los médicos alemanes para curar a los heridos del otro bando.
Cada vez que los británicos intentaron una escaramuza, se encontraban con las tropas de von Lettow, que dominaba la inteligencia militar de aquel territorio y volvía a derrotar a los ingleses, en las faldas del Kilimanjaro, o en la batalla de Jassin que tuvo lugar en enero de 1915 y en la que Lettow se proponía alejar la frontera de Kenia del importante y estratégico puerto de Tanga.
En todas las batallas formales que se celebraron en los cuatro años de guerra, siempre la potencia militar estaba de parte de los ingleses y con esa notable ventaja de partida, eran una y otra vez derrotados.
Von Lettow no perdió ni una sola de las batallas y escaramuzas guerrilleras que llevó a cabo contra los británicos, pero aún así, como todo el Imperio, perdió la guerra, aunque por no haberse enterado a tiempo, una semana después del armisticio, seguía hostigando a los ingleses con sus guerrillas y derrotándolos.

sábado, 6 de mayo de 2017

UNA CUEVA CON MISTERIO



Hace ya varios años, quince o más, a altas horas de la madrugada, el afamado locutor del misterio, como alguien lo llamó, Juan Antonio Cebrián, estaba emitiendo su programa La Rosa de los Vientos, que contaba con miles y miles de seguidores, a pesar de que se emitía sábados y domingos, a partir de las doce de la noche. Trataba en aquella emisión de la enigmática Cueva de Hércules, situada en el Callejón de San Ginés, en Toledo, cuando un oyente, tan enigmático como el propio programa, entró telefónicamente en la emisión del programa, para dejar a la audiencia totalmente sobrecogida.
Se conoce como la Cueva de Hércules a unos espacios subterráneos, abovedados, en el subsuelo del centro de la antigua ciudad de Toledo. Mucho se ha escrito sobre esta fabulosa cueva y algunos escritos, tan maravillosos como las antiguas leyendas, afirman que su nombre obedece a que su construcción fue obra Hércules el Egipcio, personaje entre la mitología y la realidad que se considera muy vinculado con Hispania, en donde habría sido desde creador de varias ciudades, entre ellas Cádiz y Segovia, y hasta constructor de emblemáticos edificios, como el faro que lleva su nombre, en La Coruña, o las bases en la que asientan en la actualidad el Alcázar y el acueducto de Segovia.

Juan Antonio Cebrián, durante la emisión de uno de sus programas

En esas cuevas, horadadas por él en la roca granítica del subsuelo toledano, impartiría su lecciones sobre magia y ocultismo y al marcharse de allí, dejaría una advertencia para cualquiera que quisiera profanar aquel lugar de culto y sabiduría, aconsejando que se abstuviera de entrar en aquel lugar si es que temía a la muerte .
Otras fabulas hablan del “Toledo Subterráneo”, una especie de submundo de túneles y grutas en el que se refugiaban los iberos, habitantes de la zona centro peninsular, para defenderse de las múltiples invasiones que amenazaron su tierra. Otras hablan de conexiones misteriosas con otras dimensiones y así, hasta no parar de especular.
Pero la más fantástica de todas es la que atribuye la construcción de las cuevas al mismo arquitecto que construyera el Templo de Salomón, el también mítico rey hebreo, cuya verdadera existencia hoy se cuestiona –ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/existio-el-biblico-salomon.html.
Por razones que no se han explicado por los defensores de esta leyenda, Salomón habría trasladado a esta cueva gran parte de su tesoro, entre el que se encontraría la famosa “Mesa de Salomón”, una maravilla confeccionada en oro, con piedras preciosas y perlas, tan codiciada por templarios, esotéricos, herméticos, buscadores de tesoros y arqueólogos de todas las épocas y que tenía la extraordinaria particularidad de responder a cuantas preguntas se le hicieran sobre el pasado o el futuro.
Esas cuevas fueron usadas por los romanos y esto ya no es leyenda, sino historia constatada, como depósitos hídricos y según la “ciencia oficial” se construirían en la segunda mitad el siglo I. Dentro de las cavidades del subsuelo se construyeron depósitos, con sus correspondientes conexiones, aliviaderos, muros de contención, bóvedas de medio cañón y cuanto fue necesario para convertir el espacio en una aljibe que aprovechara las aguas de lluvia o de algún venero con el que abastecer a la población y que a la vez sirviera como fresco lugar de almacenamiento de determinadas mercancías.
Tras la invasión de los godos, al hacerse dueños de la Península, establecieron su corte precisamente en Toledo y aquellas aljibes fueron cayendo en desuso, quizás alimentado por toda la batería de leyendas que sobre las cuevas existían. Al convertirse al cristianismo el nuevo pueblo invasor, sobre el lugar que protegía la entrada a la cueva, posiblemente un torreón, se construyó una iglesia, dedicada precisamente a San Ginés, lo que dio nombre al callejón que quedaba ante la edificación, y en la que se habilitó un acceso a los subterráneos, protegido por una gruesa puerta, debidamente asegurada.
Por siglos, las puertas de la cueva se mantuvieron cerradas y la tradición imponía que cada nuevo rey que se sentara en el trono de Toledo, tendría que ir agregando un nuevo cerrojo a la puerta, con la promesa de no violar su entrada, so pena de iniciar una serie de desgracias que conllevarían al fin del mundo.
Así vino ocurriendo hasta que don Rodrigo se hizo con el poder en 710, tras derrocar a Witiza y sus partidarios, el cual, lejos de seguir la tradición con respecto a la cueva, profanó sus cerrojos y se introdujo en ella con algunos de sus más leales.
No se tiene constancia de lo que ocurrió realmente, pero algo muy grave perturbó el ánimo de los exploradores de la enigmática gruta, a los que se les vaticinó un cercano final.
Se cuenta que en un arcón, el propio don Rodrigo encontró un trozo de tapiz o tela en el que estaban dibujadas unas gentes de extrañas vestiduras, cubiertas sus cabezas con telas enrolladas y portando espadas curvas.
En efecto, un año después, los árabes, ayudados por los resentidos seguidores de Witiza, consiguieron llegar a la Península y atacar a don Rodrigo en la batalla del Guadalete (o de la Janda), venciendo estrepitosamente a los cristianos e iniciando la conquista que ya conocemos.
Respetuosos los musulmanes con las tradiciones esotéricas, en el tiempo en que Toledo estuvo bajo sus dominios, no se tiene constancia de que se profanara la cueva, aunque sí se convirtió en mezquita la antigua iglesia visigótica y no fue hasta 1546, cuando el arzobispo de Toledo, Juan Martínez Guijarro, filósofo, teólogo, matemático y hombre cultísimo, organizó una expedición para explorarla. Como la anterior exploración, ésta también acabó en tragedia, aunque en los anales de la ciudad no consta exactamente en que consistió, posiblemente debido al enorme poder de la Iglesia en aquellos momentos, que acallaría los nefastos resultados de aquella intrusión.
Hasta aquí, he pretendido narrar un poco de la historia de la cueva más enigmática de nuestro país y sobre la que se pueden encontrar multitud de publicaciones, estudios y artículos de difusión, ciertamente que sin demasiado rigor científico.
Pero algo está ocurriendo en los últimos quince años, porque el interés se ha vuelto a desatar, sobre todo cuando se han sabido cosas realmente curiosas que habían permanecido calladas durante mucho tiempo.
En 1940, iniciada la II Guerra Mundial, los alemanes habían tenido un fulgurante comienzo que los hacía suponerse vencedores del conflicto y amos del mundo. Así, enviaron a España, concretamente a Toledo, una expedición de la Unidad de Arqueología de las “SS”, que mandaba directamente Heinrich Himmler, con la intención de explorar la Cueva de Hércules y buscar la reliquia más sagrada y poderosa del rey Salomón, la famosa mesa, de la que ya se ha hablado.
¿Hasta qué punto deben de existir escritos ocultos que hablen de esa Cueva y sus tesoros, para que los alemanes le dedicasen una atención preferente?
Algo hay que desconocemos y ese algo quiere sacarlo a la luz una persona, de dudoso rigor científico que a veces desvaría en teorías “conspiranóicas” y que se llama Alberto Canosa.
Sobre esta última persona y sobre aquella incursión nazi, así como los secretos y misterio que la cueva oculta, trataba aquel programa de la madrugada de un domingo.
Cebrián, con su estilo tan personal, desgranaba los misterios que recorren la amplísima cueva, las conexiones que tiene con otros túneles, unos cegados por el paso de los años y los derrumbes y otros expeditos, que llegan a salir fuera de la ciudad de Toledo, a unas fincas privadas que en nada favorecen la investigación de tan complejo entramado subterráneo.
En ese momento, en el que se hablaba de la cantidad de misterios e incógnitas que encerraba la cueva, entró la llamada de un oyente. Dijo que se llamaba Pedro, pero ese no era su verdadero nombre. Quería preservar su identidad porque lo que iba a decir era algo de mucha trascendencia y no quería que se le identificase. Dijo haber estado varias veces en el interior de las Cuevas de Hércules, como parte de un equipo de lo que entonces se llamaba CESID (actual CNI) y que sabía muchas cosas que no podía contar.
Por mucho que el locutor trató de arrancarle información, el oyente no soltó ninguna prenda en concreto, pero manifestando de una forma en la que se veía que sabía de qué estaba hablando que el contenido de aquellas grutas nunca serán dados a la luz. Que los secretos y efectos que allí se contienen  son de tal magnitud que nunca serán hechos público. En definitiva, que habían sido considerado del más “Alto Secreto”.
Un corte del programa puede oírse en esta dirección: https://www.youtube.com/watch?v=r3Sf7OnRzZY.
Muy cerca de la Cueva de Hércules existen otras cuevas, posiblemente conectadas, sobre las que no se sabe mucho y sobre las que nadie parece querer aclarar su sentido.
En el año 2009, parte de las cuevas de Hércules fueron abiertas al público tras unas obras de conservación, pero se cerraron arcos que daban paso a otros espacios que continúan sin ser visitables.

Las cuevas tras las obras de conservación. Pueden verse los cerramientos de los arcos

¿Qué secreto contienen estas cuevas? ¿Por qué no se quiere ni se deja a nadie investigar sobre las mismas?
No lo sabemos y quizás, como dijo el enigmático Pedro, nunca lo sabremos

jueves, 27 de abril de 2017

CONEJOS Y ESTORNINOS




Dice el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua que una plaga es la aparición masiva y repentina de seres vivos de la misma especie que causan graves daños a poblaciones animales o vegetales, como la peste bubónica o la filoxera.
En una segunda acepción, define la plaga como calamidad grande que aflige a un pueblo.
No todas las plagas han sido obra de la naturaleza, muchas veces es la mano del hombre la que ha provocado una gran calamidad, queriendo intervenir en el curso natural de las cosas.
Eso pasó, por ejemplo, con el cangrejo de río americano, cuando se quiso repoblar los ríos españoles con esta especie, parecida a nuestro característico cangrejo, pero tan diferente, que acabó con la especie. Pasó con el eucalipto australiano que se puso de moda en caminos y parques y se plantó indiscriminadamente y ahora ha colonizado tanto el territorio que sus raíces causan graves daños en caminos, carreteras y viviendas.
Al fin y al cabo estas dos plagas pueden ser controlables, pero qué ocurre cuando se va de las manos; cuando no se puede controlar lo que en principio parecía una cosa fácil: un desastre, una verdadera calamidad. Como cuando se hace una barbacoa en el monte para diversión  de un grupo de amigos y se le descontrola el fuego extendiéndose hasta arrasarlo todo.
En el año 1859 en Australia no había ningún conejo. Su suelo estaba plagado de especies raras y únicas en el mundo, pero el común y vulgar conejo, no tenía un solo representante.
Los ranchos australianos eran inmensos, como lo es todo el continente y los granjeros dedicaban su tiempo libre a recorrer sus tierras acompañado de sus perros  para divertirse con la caza. Thomas Austin era un rico hacendado dueño de enormes terrenos que se divertía disparando a todo lo que se movía, pero echaba en falta la caza del suculento conejo, la liebre y la exquisita perdiz, que eran tan comunes en su Inglaterra natal.
Por eso, en 1859, mandó traer de Inglaterra una remesa de parejas de los tres animales y concretamente le llegaron setenta y dos perdices, cinco liebres y veinticuatro conejos, que soltó en sus tierras con la malsana intención de disfrutar luego matándolos en el dudoso deporte de la caza.
Lo que el señor Austin desconocía era la tremenda repercusión que su acción traería consigo.
Las perdices contaban con sus depredadores naturales que eran los reptiles y las rapaces, además de su escasa proliferación: una o dos camadas al año; las liebres quizás no se adaptaron bien al terreno, o la escasa población inicial no supuso un crecimiento anormal de la nueva especie, pero los conejos, con una alimentación abundante, sin depredadores naturales y con su extraordinaria proliferación, vinieron a constituir un problema de gran magnitud.
Efectivamente, una hembra de conejo alcanza su madurez sexual antes del año  y no entra en celo como las hembras de los otros mamíferos (igual que sucede con la mujer) y acepta la cópula con cualquier macho en todo momento, incluso estando preñada. Su periodo de gestación es de un mes, después del cual paren hasta catorce gazapos, a los que amamanta hasta que vuelve a parir.
En este ciclo que se puede repetir hasta siete veces al año, puede poner en el mundo más de treinta gazapos por término medio, teniendo en cuenta que la mortalidad en las primeras semanas es muy alta.



Retrato de Thomas Austin

Echando cuentas, nos encontramos que en el primer año pudieron nacer más de trescientos conejos, que si la mitad eran hembras y se reprodujeron al mismo ritmo, al finalizar el año ya habría cuatro mil quinientos y así, en progresión geométrica, bien alimentados y solamente abatidos por algún disparo del granjero Austin, en cinco años un millón y medio de conejos, moverían sus orejas en el suelo australiano sin otro temor que la puntería de los granjeros. El propio Austin había cazado veinte mil conejos en seis años, una cantidad insignificante para la población que había alcanzado.
Y se fueron extendiendo y reproduciendo y empezaron los problemas. Ya no había suficiente vegetación para millones de ejemplares y empezaron a entrar en huertas y sembrados, a horadar madrigueras en cualquier parte y a hacerse tan presentes que molestaban.
A principios del siglo XX el problema era tal, que en amplísimas zonas, la vegetación había sido arrasada, poniendo en peligro de extinción a otras especies animales herbívoras y llevando al limite de desertización lo que antes eran extensas praderas y afectando, sobre todo, a la cabaña ovina, principal fuente de ingreso ganadera.
Para evitar que su desplazamiento demográfico invadiera todo el continente se incentivó la caza del roedor, distribuyendo trampas, venenos, armas y munición hasta el extremo de hacerse capturas como la que se refleja en la fotografía que se expone más abajo.
Pero todo fue inútil y hacia 1887, aunque se llevaban abatidos veinte millones de conejos, la reducción  e la población era insuficiente y los pastos y huertos seguían estando en peligro.
Se ha calculado que la población de conejos llegó en los años veinte del siglo pasado, a los diez mil millones de individuos, cifra, desde luego, harto difícil de calcular.
Entre medio, se intentó todo, desde cercarlos, con una valla de metro ochenta de alto y más de cinco mil kilómetros, que los conejos salvaban sin ninguna dificultad construyendo túneles, hasta lo que, por fin, se mostró eficaz: la guerra bacteriológica.
En este caso, vírica, pues se usó un virus originario de Sudamérica, llamado “mixoma”, que produce la enfermedad conocida como “mixomatosis” que se trasmite por las pulgas y los mosquitos.
En pocos años, la enfermedad mató seiscientos millones de conejos, pero el daño causado a la cabaña ovina, a las otras especies herbívoras autóctonas y a la agricultura en general, fue irreparable.

Cacería de conejos

La otra plaga de la que va a tratar este artículo es mucho más refinada, más culta, podríamos decir.
Como hay gente para todo, alguien, no sabemos quien, se dedicó a la tarea tan improductiva como innecesaria de contar todas las especies de aves que se mencionan en las obras de Shakespeare. Algo trascendental, como el lector podrá apreciar y se llegó a la conclusión de que eran exactamente sesenta especies de aves entre búhos, alondras, cormoranes, ruiseñores, cuervos, pardillos… y estorninos.
Sesenta especies, que se dice pronto, incluso para Eugene Schieffelin, un neoyorkino, fanático de la obra de Shakespeare hasta extremos insospechados, que quiso tener volando en su ciudad y en su país todas aquellas aves mencionadas por su idolatrado dramaturgo y comenzó a hacer un recuento de las que ya se hallaban presente en los cielos de los Estados Unidos.
Casi todas vivían en tierras americanas, menos los estorninos, unos pájaros gregarios que forman sincronizadas y bellísimas figuras en el aire, cuando vuelan por millares, buscando sus lugares donde dormir.
Corría el año 1890 cuando el tal Eugene soltó en Central Park de Nueva York, sesenta estorninos, con la idea de que se reprodujeran. Un año después soltó otros cuarenta.
Intentó lo mismo con otras especies, pero no consiguió que se reprodujeran, ya por las condiciones climáticas, ya por la presión de los depredadores; lo cierto es que alondras y ruiseñores se quedaban fuera de la lista shakesperiana.
No sabía este señor que su amor por la literatura traería tantos quebraderos de cabeza a toda una nación.
Los estorninos se reprodujeron con suma facilidad y se adaptaron perfectamente al entorno y el hecho de volar en grupos los protegía de sus potenciales depredadores.
Pronto, enormes bandadas de estos bellos pájaros, se veían en los cielos de Nueva York y en muy poco tiempo en todos los alrededores; unos años después, en los estados limítrofes y por fin, desde Alaska hasta Méjico.
Con una inspiración tan literaria, era difícil que nadie se hubiera opuesto al proyecto, o que, en unos primeros momentos, hubiese tratado de controlar aquella invasión, pero décadas después, más de seiscientos millones de estorninos devoraban cada día el doble de su propio peso, esquilmando huertas, cultivos de cereales, frutas y cuanto se pusiese al alcance de su pico, incluso basura si escasean otros alimentos.

   

Dos bellas formaciones de bandadas de estorninos

Propietarios de granjas empezaron a quejarse y a alejar los molestos pájaros de sus tierras a base de escopetazos, algunos con un sistema de cohetería secuenciada que conseguía a medias su propósito.
Se empezaron a utilizar rapaces como halcones, milanos, azores, etc., que conseguían desplazarlos de zonas muy concretas, como los aeropuertos, en donde empezaban a constituir un enorme peligro. La mayor catástrofe aérea protagonizada por aves, fue precisamente por una bandada de estorninos que el cuatro de octubre de 1960, se introdujo en los motores de un avión que despegaba del aeropuerto de Boston, causando un accidente en la que murieron sesenta y dos personas.
Pero no es esa la única problemática ciudadana que presentan estas aves, que suelen concentrarse en los lugares de dormidas produciendo con sus cantos un ruido infernal que dificulta el descanso de quien tiene la poca fortuna de tener cerca de sus casas árboles altos y frondosos, en los que suelen pernoctar.
No menos desesperación producen en los propietarios de vehículos que encuentran cada mañana una sorpresa.

Defecaciones de los estorninos

Actualmente se cree que la población ha disminuido y solamente alcanza a unos doscientos millones de pájaros, lo que supondría uno por cada ciudadano de los Estados Unidos.

Uno, por uno, otra curiosidad y es que el estornino se menciona en las obras de Shakespeare ¡en una sola ocasión!, concretamente, en el drama “Enrique IV”.