sábado, 10 de junio de 2017

DE RAMERA A LEGISLADORA


Recuerdo que cuando preparaba las oposiciones, estudiaba el antiguo Código Civil, que fue publicado en 1889 y del que buena parte aún continúa vigente, y en el que se establecía claras diferencias entre los hijos, según estos hubieran nacido dentro del matrimonio o fuera de él.
Los primeros eran los hijos “legítimos”, a los que asistían todos los derechos; los otros podían ser “naturales” cuando sus padres no estaban casados, aunque bien pudieran estarlo, pues no había impedimento para hacerlo, o “ilegítimos”, aquellos cuyos padres carecían de la capacidad para casarse, bien por estar ya casados, por pertenecer a religiones distintas, o por veto de la Iglesia.
Esa vergonzosa distinción estuvo vigente hasta 1974, en que se empezaron a incluir modificaciones que afectaron de manera importarte al estado civil y sobre todo a la equiparación de los hijos.
Y es que los hijos “ilegítimos”, o los “naturales” no tenían las mismas capacidades legales que los hijos “legítimos”. No podían heredar, llevar los apellidos de su padre, sucederle, e incluso en casos muy extremos, los sacerdotes se negaron a bautizarlo o a aceptarlos en el seno de la Iglesia.
Por extraño que esto pueda parecernos hoy, era una costumbre muy extendida, sobre todo en el orbe cristiano, pues otras religiones habían sido más tolerantes con los hijos.
Algo similar ha ocurrido hasta no hace mucho con el divorcio, cuya ley se introdujo en el Código Civil en 1981, aunque en 1932, la II República ya aprobó una ley reguladora de las situaciones matrimoniales, que fue derogada por el régimen surgido de 1936.
En 1985, por Ley Orgánica, se despenalizaron varios supuestos de aborto y en 2010 se legalizaron varios supuestos de interrupción voluntaria del embarazo.
En 1978, el Congreso aprobó la despenalización de los delitos de adulterio y amancebamiento. Estos dos delitos, que en el fondo lo único que suponían era una infidelidad matrimonial: adulterio en el caso de la mujer casada que yace con varón que no sea su marido y amancebamiento que lo cometía el marido que tuviera “manceba” dentro de la casa conyugal o “notoriamente fuera de ella”.
Para el marido un desliz ocasional, la costumbre de visitar asiduamente burdeles o tener una “mantenida” con la necesaria discreción, no era delito, pero para la mujer una sola relación, fugaz, esporádica, la convertía en delincuente.
En fin, que una serie de derechos fundamentales de las personas, habían venido siendo conculcados con el amparo de las leyes y a lo largo de muchos siglos. Cierto que en nuestro país teníamos un gran atraso legislativo, pero no mucho más que una buena cantidad de países que con regímenes muchísimo más liberales que el nuestro, siguen prohibiendo determinadas conductas sexuales consentidas entre personas adultas.
Cuesta trabajo creer que estos logros sociales lo consiguieron algunas naciones en el siglo VI de nuestra era. Y así fue, efectivamente.
Tenemos que trasladarnos al Imperio Bizantino; al punto más alto de su esplendor, cuando además de la hegemonía que el imperio ejerce sobre todo el mundo conocido, sus ciudadanos alcanzan también el punto más alto de sus derechos civiles.
Roma ya sucumbió ante los bárbaros y su imperio se lo han repartido las diversas tribus que llegaron desde los “limes”.
Y este logro de la sociedad fue debido, casi exclusivamente, a una persona: Teodora de Bizancio.
Teodora fue quizás la mujer más influyente y poderosa de su época. Nacida en una humilde familia, no hay conocimiento exacto de su lugar de nacimiento que unos suponen en Siria y otros en Chipre, pero unánimemente, en torno al año 500.
Lo cierto es que su familia, con su padre al frente, se trasladó a Constantinopla, en donde el padre, Acacio, encontró trabajo como entrenador de osos para peleas en el circo y su madre, cuyo nombre desconocemos, trabajaba como bailarina y actriz.
Así, la familia consiguió salir adelante y Teodora, la menor de tres hermanas, era la única que no tenía una actividad remunerada, pues sus dos hermanas, actuaban como actrices en la compañía de su madre.
Teodora era más bien torpe para la interpretación; no conseguía memorizar sus diálogos pero aunque todavía era una adolescente, poseía una belleza sin igual y ya demostraba poseer un don especial para encandilar al personal que acudía a los espectáculos, con contoneos sinuosos y sugerentes que provocaban los delirios de la audiencia masculina, mientras la entretenía contando historias cómicas de contenido picante y dejando ver parte de su cuerpo, mientras se contoneaba procazmente.
Cada día avanzaba un poco más en la desvergüenza y soltura que mostraba en el escenario hasta que llegó a la actuación que la hizo famosa en toda Constantinopla.
Salió al escenario casi desnuda y se tumbó en el suelo. Unos esclavos esparcieron sobre su cuerpo granos de cereales y dejaron entrar seis gansos hambrientos que empezaron a picotear el grano, mientras Teodora simulaba estar sintiendo un inmenso placer con los picotazos de las aves.
Desde entonces la invitaban a realizar números privados en las fiestas de nobles y ricos, ganándose la bien merecida fama de la prostituta más famosa y mejor pagada de la capital del imperio, lo que significaba de todo el orbe cristiano.
Con una amiga, llamada Antonina, abrió la casa de putas más cara y lujosa que jamás se había visto, pero aunque la actividad era muy productiva, la cabeza de Teodora estaba en otra parte, por eso cuando el recién nombrado gobernador de una provincia africana, al que conocía de las fiestas palaciegas, le propuso convertirse en su amante y marchar con él, aceptó sin dudarlo.
Durante cuatro años permanecieron juntos y fruto de esta unión fue una hija sobre cuya paternidad el gobernador tenía serias dudas.
Teodora se marchó de su lado y regresó a Constantinopla. Tenía veinte años y una larguísima experiencia amatoria, además de mucha facilidad de palabra, una mente despierta que lo captaba todo al instante y un raciocinio impropio de su incultura y baja extracción social.
En su viaje de vuelta se entretuvo en Alejandría, pues allí quedó subyugada por la prédicas de Severo, el patriarca de Antioquía y un hombre santo. A su lado, Teodora adquiere una gran formación cristiana, con la que regresa a Constantinopla.
Allí, su amiga y antigua socia, Antonina, sigue dirigiendo el burdel que años antes habían creado juntas, pero Teodora ya no quiere ejercer ese oficio, ahora aspira a otras metas.
Su amiga es la amante del joven general Belisario, el más famoso estratega del imperio y el cual es amigo íntimo de Justiniano, sobrino del emperador Justino y destinado a sucederle.
Antonina prepara una fiesta para que Teodora y Justiniano se conozcan, con el fin de que se haga su amante, pero el futuro emperador queda tan prendado de la joven que se enamora perdidamente de ella, convirtiéndola en su amante, pero con el deseo de casarse con ella.
Por supuesto que aquella boda no estaba bien vista en Bizancio, en donde una ley prohibía expresamente el matrimonio de los nobles con prostitutas, pero Justiniano estaba decidido y tras varios intentos, contrajeron matrimonio. Tenía entonces Teodora veintisiete años.

Teodora y Justiniano

Convertida en emperatriz, empleo todos sus conocimientos hasta convertirse en la consejera del emperador, que no veía más que por sus ojos. Ejerció tal influencia que fue capaz de desplazar a todos los consejeros que tradicionalmente rodeaban al emperador, hombres sabios, ricos, nobles y corruptos, por hombres simplemente sabios, honrados y juiciosos.
Justiniano fue quizás, el mas grande emperador romano de Oriente y a él se debe la mayor recopilación de textos jurídicos de la historia: el “Corpus Iuris Civilis”.
En 532, con ocasión de la revuelta de Niká, censuró la cobardía de su esposo para enfrentarse a las muchedumbres que lo atenazaban y tras pronunciar unas palabras ante el consejo del imperio, hizo ver a todos y en especial a su esposo que “la púrpura es el mejor color para la mortaja”.
Envalentonado por las palabras de Teodora, se lanzó con sus huestes contra los alteradores que eran casi todos los ciudadanos de Constantinopla y consiguió restablecer el orden.
Si a la emperatriz le faltaba algo para el poder absoluto, aquello fue determinante.
Y como decía al principio, Bizancio obtuvo un cuerpo jurídico con unos avances sociales que nunca se habían visto y que no se consiguieron en la mayoría de los países hasta quince siglos después.
La intervención directa de Teodora no solo engrandeció Constantinopla, a la que pobló de fuentes, jardines, plazas y numerosas otras obras sociales, sino que consiguió avances para las clases sociales como el reconocimiento de los mismos derechos, incluida la herencia, para los hijos bastardos, es decir, no legítimos.
Intervino en la edición de una ley que regulaba el aborto en circunstancias determinadas, convirtiéndose en la primera ley que reguló esta materia en toda la historia.
Se autorizó a la mujer a divorciarse con libertad y sin otras consecuencias legales, así como a realizarse matrimonios entre las diferentes clases sociales, o religiones, que tanto había dificultado su propio matrimonio.
Se prohibió la prostitución cuando era ejercida de forma forzosa, lo que hoy diríamos que se designa como “trata de blanca”, a la vez que se regulo su legal ejercicio en condiciones de libertad, prohibiéndose los abusos, los malos tratos, las prácticas vejatorias y una cosa muy importante: todos los prostíbulos debían estar regentados por mujeres. Creó centros de acogidas para prostitutas arrepentidas, instituciones que aún perduran.
Se prohibieron los castigos para las adúlteras y hubiera seguido consiguiendo beneficios sociales para las clases más necesitadas, si con cuarenta y siete años, un cáncer de mama no le hubiese arrebatado la vida.

La Iglesia Ortodoxa la ha convertido en santa, quizás en un exceso, aunque desde su estancia junto a Severo, su conducta cambió y como esposa del emperador, jamás dio motivos para las habladurías.

viernes, 26 de mayo de 2017

LOS VIAJES DE SINDULFO



Qué pena de país el nuestro!; no se tiene respeto por nadie, ni científico, ni literato, ni erudito, ni artista, ni políticos, aunque sean serios y honrados.
Aquí tenemos que ser “okupas”, gays, lesbianas, transexuales y demás "exquisiteces", para que merezcamos todo el respeto; pero si somos persona normal, incluso si destacamos por nuestra inteligencia, o por nuestra preparación en cualquier rama del saber, entonces no seremos digno de ningún respeto. El olvido y el desconocimiento serán los únicos atributos que condecoren a estas personas
Así estamos, que tenemos que hacer un terrible esfuerzo para reconocer la valía de nuestros compatriotas que están destacando en numerosas ramas del saber, pero que se han tenido que marchar de España para triunfar.
Es posible que el Siglo XIX tenga mucha culpa de lo que ahora nos está ocurriendo; eso de “que inventen ellos” nos hizo un daño irreparable: no nos subimos al carro de la revolución industrial, sino que continuamos deslomándonos de sol a sol y, más aún, matándonos entre nosotros como perros rabiosos por un ponme aquí a este rey,  cuando ya todo el mundo civilizado se había dado cuenta que las cosas iban por otros derroteros. Nos alejamos definitivamente del tren que pasaba por nuestras puertas y al que se iban subiendo todos los países de nuestro entorno. Pero quizás lo que más daño hace a nuestro respeto, es la envidia y la escasa capacidad que tenemos a la hora de reconocer los verdaderos méritos de nuestros compatriotas.
Cuando Julio Verne escribió Veinte mil leguas de viaje submarino, y empezó a publicarlo por fascículos, como entonces era costumbre, hacía once años que Monturiol, el insigne inventor gerundense, había construido su “Ictíneo”, un buque sumergible de madera, para recoger corales del fondo del mar, con el que realizó sesenta y nueve inmersiones sin ningún incidente. Este sumergible fue el primer buque no bélico capaz de navegar bajo la superficie, hasta una profundidad de treinta metros.
Pero todos parecen haberlo olvidado y Verne se presenta como un adelantado a su tiempo con la invención de una máquina capaz de navegar sumergida, claro que la adorna con una serie de detalles que hacen la delicia del lector.
El “Ictíneo” permaneció arrumbado en el puerto de Barcelona hasta que el tiempo dio cuenta de él.
Igual suerte corrió el sumergible de Isaac Peral, que después de haber superado todas las pruebas de mar, se pudría en el Arsenal de La Carraca, en  San Fernando, con amenaza de desguace, hasta que en 1929 fue remolcado a Cartagena, donde está colocado en tierra, frente a la entrada de la Base de Submarinos que la Armada tiene en aquella ciudad.
Si Enrique Gaspar y Rimbau hubiera nacido en Londres, en París o en Nueva York, en vez de en Madrid, hoy sería mundialmente reconocido, no solamente por su creación literaria, sino por lo aventajado que fue a su época. Y lo triste es que resulta una persona casi desconocida, por no decir que completamente ignorada por el gran público.
Nació Gaspar y Rimbau el dos de marzo de 1842, en Madrid. Hijo de padres actores, destacó desde muy joven en la creación literaria y fue escritor de novelas, obras de teatro, zarzuelas y entre medias, diplomático de carrera.
Con trece años escribió su primera zarzuela y dos años después, su propia madre protagonizaba la primera comedia salida de su pluma: Corregir al que yerra.
Recién alcanzada la mayoría de edad se trasladó a Madrid, donde empezó a publicar numerosos artículos, narraciones y poesías en los principales periódicos y revistas de la capital, como Blanco y Negro, La Época o La Ilustración Española; al mismo tiempo que lo intercalaba con su producción literaria de más entidad, sobre todo de comedias en prosa y verso que estrenaba con éxito.
Con veintisiete años, ya casado con una aristócrata cuya familia jamás lo aceptó y con un hijo, ingresó en la carrera diplomática y viajó constantemente por Europa y Asia, sin dejar en ningún momento de escribir.
Su producción literaria es inmensa y está plagada de ironía, sátira y crítica social, aunque nunca perdió el estilo elegante y el buen gusto que lo caracterizaba. No tenía aspiraciones literarias y no cultivó la escritura como un arte, sino como un vehículo para contar historias.

Daguerrotipo de Enrique Gaspar y Rimbau

Si toda su obra debería ser más conocida y apreciada, sobre una parte muy concreta de su producción pesa un lastre que no tiene explicación.
En 1887 publicó, en Barcelona, la que sería su obra cumbre “El Anacronópete” que había escrito en 1881 y cuyo título es una especie de acrónimo, invención del autor, que conjuga palabras griegas que querrían decir: volar hacia atrás en el tiempo.
Su protagonista es don Sindulfo García, un científico adinerado, que dedica toda su fortuna a la ciencia y al que una simple sirvienta le abre los ojos sobre los viajes en el tiempo.
Desde ese momento dedica toda su atención y su dinero a construir, en el pueblo de Pinto, cerca de Madrid, su máquina para viajar en el tiempo, el “Anacronópete”, que una vez terminado, desmonta por piezas y traslada a París, en donde se va a celebrar una Exposición Universal.
Allí presenta su invento ante una ciudad que ante la extraordinaria noticia de que se puede viajar en el tiempo, ha colapsado el Auditorio donde el gran Sindulfo explicará en qué consiste el viaje en el tiempo; el Campo de Marte, en donde se exhibe su invento preparado para viajar y todas las alturas de la capital francesa, que en aquel momento se había convertido en la capital del mundo, desde las que se pudiera divisar el acontecimiento.
Dice don SIndulfo en la novela, que me he leído a marchas forzadas para escribir este artículo, que su máquina para viajar el tiempo es como un arca de Noé que utiliza energía eléctrica para desplazarse en la atmósfera girando a velocidad vertiginosa en el sentido contrario a la rotación de la Tierra, con lo cual “retrograda” el tiempo y camina hacia el pasado a una velocidad de un año cada tres minutos.
Para evitar que la marcha atrás pueda afectar a la edad de las personas que la máquina transporta, Sindulfo ha inventado un gas que deja inalterable los cuerpos: el gas García, apellido del inventor.
Bueno, la novela viene a ser una sarta de divertidas situaciones, casi todas disparatadas pero que conducen a un fin común: viajar en el tiempo, pero no intervenir en ningún acontecimiento que pueda variar el curso de la historia. Sindulfo tiene bien claro que solamente pueden ser testigos presenciales, en contra de la opinión de Benjamín, su ayudante que quiere intervenir hasta en la batalla del Guadalete e impedir que los moros se adueñen de España.

Dibujo del “Anacronópete”, parecido al Arca de Noé

Para cualquier amante de la literatura de ficción, el inventor de los viajes en el tiempo es el británico H.G. Wells, biólogo, escritor, historiador y filósofo que en 1895 publicó su obra, de inmediato éxito, “La Máquina del tiempo”.
Pero al contrario que Sindulfo, que explica minuciosamente cada detalle de su extraordinaria máquina, Wells hace una descripción muy superficial que producen incertidumbre en quien lo lee y que solamente saca en claro que existe una cuarta dimensión, por la que se desplaza el artilugio.
Pues bien, con esta obra, mundialmente reconocida como la iniciadora de los viajes en el tiempo, inaugura Wells una etapa que ya había sido inaugurada catorce años antes por nuestro compatriota, sin que nadie se haya molestado en reivindicar el honor de haber sido el primero en pisar el escurridizo terreno de los viajes en el tiempo.
Además, su forma de resolver el viaje hacia atrás en el calendario, ha sido copiado si no recuerdo mal, en la primera película de “Superman”, cuando el héroe, para salvar a su chica de la muerte por la destrucción de una presa, vuela vertiginosamente en sentido contrario a la rotación de la Tierra, para atrasar el tiempo, lo mismo que la nave de Sindulfo.
 No cabe duda de que Gaspar y Rimbau intuyó el viaje en el tiempo antes de que Wells lo hubiera hecho, y no un día ni dos, sino la friolera de catorce años, por lo que de corresponderle a alguien la paternidad de la idea, sería para nuestro don Enrique.

Seguro que si hubiera sido inglés o francés, se le reconocería como el inventor de un género literario que tantos gratos momentos ha dado y sigue dando a sus amantes, además de que, por añadidura, se conocerían las otras producciones literarias del insigne escritor, hasta ahora a resguardo de la inmortalidad en el baúl del olvido.

viernes, 19 de mayo de 2017

UNA CRUZ DE IDA Y VUELTA




El día tres de mayo de 1232, Federico II, rey de Sicilia, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y a la sazón cruzado por orden del papa Honorio III, conquistaba nuevamente y por última vez Jerusalén, donde años antes ya se había coronado rey.
Para cumplir con el protocolo y la tradición religiosa, se impuso sobre el rey la cruz pectoral del obispo Roberto, primer obispo de Jerusalén, de la que se decía estaba confeccionada con la madera de la cruz en la que murió Jesucristo.
El supuesto madero sagrado fue encontrado por Santa Elena, la madre del emperador Constantino, en su visita a Jerusalén en el siglo IV.
Ese mismo día y a muchos kilómetros de allí, en Caravaca, población cercana a Murcia, ocurriría, según dice la leyenda, un hecho insólito, misterioso y milagroso a la vez.
En el trono del reino taifa de Murcia se sentaba Ceyt Abu Ceyt, el cual acaba de lograr una victoria sobre los cristianos, entre los que había hecho numerosos prisioneros. Con intención de dedicar cada uno de ellos a la profesión que tuviere y sacarle así más provecho, se hallaba con su corte interrogando a cada uno de aquellos cristianos, cuando le llegó el turno a uno que dijo llamarse Ginés Pérez Chirino y que su profesión era la de sacerdote misionero.
Le preguntó el rey qué sabía hacer y el sacerdote respondió que decía misas, administraba los sacramentos y proclamaba la palabra de Dios.
Quiso entonces el rey saber cómo era una misa y pidió a Ginés que la celebrara a lo que éste respondió que no tenía ningún inconveniente, siempre que contara con los elementos necesarios.
Conseguidos éstos, se dispuso a iniciar la celebración cuando observó que faltaba lo más esencial: el crucifijo que debía presidir el altar. En ese momento, descendieron desde los cielos dos ángeles y depositaron sobre el altar, una cruz de dos brazos.
Ante tal prodigio, el rey Ceyt y toda su corte se convirtieron al cristianismo.
Ciertamente que yo también me habría convertido de haber presenciado un prodigio semejante, pero me caben algunas dudas sobre la posibilidad de que esta leyenda tenga algún viso de realidad, aunque hay un hecho cierto y es que por la época, había en la región varios reyezuelos, uno de los cuales es llamado en la historia como Zey Abuzey, nombre de similar fonación al de la leyenda, que se convirtió al cristianismo adoptando el nombre de Vicente Bellvis.
A raíz de tan milagroso acontecimiento, el pueblo cambió su nombre y desde entonces se llama Caravaca de la Cruz.
Como es natural no existe documentación alguna que avale este milagro, aunque sí testimonios como el de fray Gil de Zamora, cronista de Fernando III El Santo, cuando años más tarde tomó posesión de aquellos territorios, por vasallaje que el entonces rey de la taifa de Murcia, ofreció a su abuelo Fernando II, para que lo defendiera de otros reyezuelos almohades.
Desde entonces, la Vera Cruz de Caravaca se guardó en un relicario, en la fortaleza-santuario situada sobre un montículo que domina la ciudad.

Santuario-fortaleza de Caravaca

En principio, la custodia de aquella cruz fue concedida a los caballeros Templarios que de forma muy eficiente contribuían al mantenimiento de las fronteras con Al-Andalus, pero aproximadamente medio siglo más tarde, al abandonar la zona los del Temple, le fue concedida a los caballeros de la orden de Santiago.
Partiendo de la base de que la aparición de la Vera Cruz, de la forma en que se ha relatado no se la cree ni el que inventó la leyenda, existen varias teorías acerca de cómo y por qué se encuentra allí tan extraordinario objeto de culto.
En los siglos XII y XIII, la frontera del poderoso reino de Castilla y León, con el reino andalusí de Granada, se renueva con el vasallaje del rey taifa de Murcia produciendo una situación de poder castellano-leonés frente a los musulmanes. Esto hizo que muchas órdenes militares se dirigieran a la zona, para guerrear contra los almohades y entre todas ellas, la más poderosa, la de los templarios que venían precisamente de Jerusalén, de la Sexta Cruzada y que acompañaban al rey aragonés Jaime I, El Conquistador.
Es alrededor de 1244 cundo aparece en Caravaca, un trozo de madera, un  “lignum crucis” del que se dice es parte del madero en el que crucificaron a Jesús.
Esta reliquia actúa de poderoso imán atrayendo no solo a peregrinos, sino a gentes de guerra, con las que se refuerzan las fronteras.
Es más que posible que fueran los propios templarios, a los que no en balde se le asignó la custodia de la reliquia, los que trajesen de Tierra Santa aquellas astillas.
Qué duda cabe que la cristiandad estaba necesitada de estímulos que propiciasen el incremento de la fe, muy maltrecha, no solamente por los escándalos del papado y del clero en general, sino por la certidumbre de que Dios no estaba muy al lado de su Iglesia, pues había permitido que se perdiera el reino de Palestina a manos de los sarracenos.
Por tanto, la veneración de aquellas astillas que se guardaron en una cruz de dos brazos, vino muy bien para incrementar la fe religiosa del momento y de inmediato la Iglesia concedió un reconocimiento oficial hacia aquella Cruz y su veneración.

Cruz de Caravaca actual


Eso hizo que órdenes religiosas como franciscanos, jesuitas, jerónimos y hasta San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús fundaran allí conventos.
Es entre los siglos XVI y XVII, cuando se conceden jubileos especiales a los peregrinos de la Vera Cruz, cosa de trascendental importancia pues en todo el orbe cristiano solo hay cinco lugares jubilares: Roma, Jerusalén, Santiago, Santo Toribio de Liébana y Caravaca de la Cruz.
Por cierto que se dice que el trozo más grande de “lignum crucis”, es precisamente el de Santo Toribio.
Y hasta aquí la importancia que la Vera Cruz de Caravaca tiene para la cristiandad y cómo fue su viaje de ida, pero lo curioso del caso es que si misterio hubo en este primer viaje, misterio hubo en el de vuelta, pero vamos por partes.
La reliquia de Caravaca se conserva en el santuario que ya hemos visto y dentro de un sagrario; no es expuesta al público nada más que en horas de día. Antes de caer la noche el capellán debe retirar la Cruz de su emplazamiento para la veneración pública y guardarla en los aposentos interiores, dentro de un sagrario de plata.
Pero la noche del doce al trece de febrero de 1934, martes de carnaval y por tanto vísperas del Miércoles de Ceniza, al capellán, Ildefonso Ramírez Alonso, se le olvidó guardar la reliquia y por una casualidad, como la de su aparición, persona o personas extrañas, aquella misma noche, hicieron un agujero en la puerta lateral del santuario, que puede verse en la fotografía de arriba y penetrando en el mismo sustrajeron el preciado tesoro.
Nada consiguió la investigación que se llevó a cabo, pues ningún vestigio o huella delataba la presencia de unos ladrones que habían despreciado todas las joyas que en el santuario se guardaban, para llevarse únicamente la reliquia.
Unas herramientas, al parecer poco apropiadas para violentar la puerta, aparecieron abandonadas junto a ésta y un fino bramante, parecía indicar que los autores se habían descolgado de la muralla por aquel lugar, pero nada parecía dar pistas sobre lo que realmente había ocurrido.

Las herramientas empleadas y el agujero practicado en la puerta lateral

Ni vecinos, ni moradores del santuario, vieron ni oyeron nada desde las ocho de la tarde a las seis de la mañana del día siguiente, en la que se abría normalmente el santuario.
Las investigaciones judiciales no condujeron a nada y el sumario quedó estancado. Se ofreció una recompensa de veinte mil pesetas a quien devolviera la Cruz o aportara datos sobre su paradero y se sabe que la recompensa fue cobrada por alguien, pero la Cruz siguió sin aparecer.
En esto vino la guerra y nadie volvió a hablar del suceso, salvo los doloridos vecinos de Caravaca que sentían haber perdido su sagrada reliquia.
En los primeros días de agosto de 1941 el abogado Manuel Martínez Alcaina anunció que estaba a punto de descubrir quien había sido el autor del hecho. Aquella declaración levantó un tremendo revuelo, pero el día doce de ese mismo mes, a las tres de la tarde, cuando el abogado iba para su domicilio, en plena calle, fue asesinado a tiros por José Luelmo Asensio, hermano del entonces alcalde de la ciudad.
Ni en la investigación ni en el posterior juicio se logró saber nada más sobre aquella muerte, ni que relación tuvo con la desaparición de la Cruz. El abogado y su asesino se llevaron el secreto a la tumba.
¿Qué ocurrió entonces con la sagrada Cruz?
Según el juez militar que se hizo cargo de la continuación del sumario, Francisco Redondo Pérez, la tarde del trece de febrero de 1934, un grupo de personas conocidas de la localidad se personaron en el santuario, donde los esperaba el capellán que les entregó la reliquia, sin que fuera necesario ningún tipo de violencia.
Dado el momento político por el que se atravesaba, no queda muy clara la intencionalidad de esta acción y no se sabe si la ocultación fue para preservar la reliquia de las muchas barbaridades que se estaban cometiendo contra lo sagrado, o si fue sencillamente para destruirla. Lo cierto es que tal como llegó se fue.

Pero no se preocupen los creyentes, porque el papa Pío XII, ante las súplicas del obispo de Murcia, le envió un trozo del mismo madero descubierto por Santa Elena y por suscripción popular se construyó un nuevo relicario en el que se guardó la astilla, que es el que hoy se venera.