sábado, 5 de agosto de 2017

ENTREGA CIEGA




Es así como define el Nuevo Catecismo Cristiano a la fe del creyente y es así como lo ha sido en todos los tiempos. Los creyentes de todas las religiones se entregan ciegamente, sin plantearse duda alguna, ni mucho menos, escudriñar, averiguar, estudiar, qué puede haber de verdad en todo lo que se le ha inculcado.
Eso, que yo calificaría de una desatención y falta de interés por perseguir la verdad, es calificado de acto meritorio por el entregado: No me planteo nada. Las cosas son así, como me las enseñaron y no me importa nada más.
Y sigue creyendo ciegamente sin ningún resquemor de su intelecto.
Si todas las religiones son verdaderas, quiere decir que todas son falsas. Por otra parte, si solo una de ellas es la verdadera y las demás falsas, cómo es que su Dios no la extendió a todos los que somos las criaturas de su creación. Por qué permite que haya confrontación de sus creyentes con los de otras creencias que Él sabe que son falsas.
Puede que los dioses de todas las religiones sea el mismo. Eso explicaría muchas cosas, pero nunca podrá explicar cómo es que unos hablan de matar al infiel y el otro de acogerlo.
 A lo largo de toda la historia las religiones han promovido más guerras que ninguna otra causa y si el imperio romano ha sido el más largo y poderoso de todos los tiempos (más de mil quinientos años gobernando occidente y buena parte de oriente), fue porque siempre aceptó a todos los dioses que se le iban presentando conforme avanzaba en sus conquistas, a muchos de los cuales llevaba a su propio panteón.
Y así, como decía hace unas semanas en el artículo que hablaba del perdón de los pecados, llegado el momento, tuvo la necesidad de incorporar el cristianismo, aquella fe a la que tanto había perseguido.
Y a partir de ese momento la naciente iglesia comenzó su ascensión y el imperio su declive.
La condición para que el imperio aceptase a los católicos y su doctrina era esencialmente una: que dejasen de zurrarse entre ellos y que adoptaran un credo común.
Y tal como decía en el artículo de referencia, lo consiguieron. De todo lo que se había escrito, solamente cuatro evangelios eran los verdaderos, los demás, falsos; apócrifos, como se dice refiriéndose a las escrituras que no están dentro del canon cristiano.
Es curioso que, si como se dice, la Biblia es un libro de inspiración divina, el inspirador no dejara bien claro cuál era la doctrina que quería transmitir y si todos los evangelistas relatan los mismos hechos, cómo existe tal diversidad entre sus escritos.
Por eso, a los señores prebostes de la iglesia que en 325 se reunieron en Nicea, por orden de Constantino y con nuestro insigne obispo Osio a la cabeza, les esperaba una dura tarea; y no era precisamente redactar el Credo Niceno, cosa que acometió nuestro insigne obispo con más que afortunada redacción. El problema estribaba en cribar los escritos y escoger de entre ellos los que más similitud tuvieran, desechando al resto.
Aún así y con un desecho de decenas de textos, se quedaron con cuatro, los Cuatro Evangelios llamados Sinópticos, en los que quisieron ver más similitudes que diferencias, pero que cualquier persona que los lea detalladamente comprende rápidamente que no es así, que discrepan sobre hechos trascendentes; sobre el más trascendente de toda la doctrina cristiana y base sobre la que se soporta, como es la Resurrección de Jesús, hay una versión distinta en cada texto.
Las cosas eran tan metidas con calzador que muchos de los asistentes, todos ellos obispos y padres de la Iglesia, no quisieron firmar las actas del concilio y muchas de las sectas cristianas siguieron practicando el arrianismo, aunque se había declarado herejía en aquel concilio.
La cosa era tan disparatada y así lo dejaban manifestado algunos de los asistentes que lo hacían con un espíritu verdaderamente religioso, sin sumisión al emperador, que aquellos cuatro evangelios citaban a menudo textos, frases, pensamientos, que eran originales de muchos de los desechados como apócrifos.
Corrieron rumores, se disparó el comentario y la imaginación suplió a la realidad y sobre la elección de los textos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, como únicos verdaderos, se dijeron cosas que realmente asustan a la inteligencia, sin embargo, fueron creídas entonces, y se aceptan como base del cristianismo ahora.
Se dijo, y eso está recogido por escrito, que se utilizaron varios métodos en la elección, todos ellos a cual más certero y científico, basado siempre en la elección milagrosa. Uno de los métodos usado fue el del rezo, al que se sometió a todo el concilio y durante horas, los asistentes rezaron con verdadera devoción, tras lo que, los cuatro evangelios, volaron como si de aves se tratara y se posaron juntos sobre un altar.
En otro momento, se colocaron todos los textos sobre una mesa y mientras los apócrifos caían al suelo, los cuatro elegidos no se movieron ni un ápice.
Otra selección, ésta ya con intervención divina, fue colocar estos cuatro textos sobre el altar e implorar a Dios que, si una sola palabra de las contenidas en aquellos libros, era falsa, cayesen al suelo, cosa que como es natural, no sucedió, porque Dios debía de estar de acuerdo con el contenido de aquellos evangelios.
Y por último la mayor expresión de fe: El Espíritu Santo, en forma de paloma, penetró en el lugar del concilio y posándose sobre el hombro de cada uno de los obispos, les fue susurrando cuáles eran auténticos y cuáles apócrifos.
No obstante, según puede leerse en las actas de tan egregia reunión, algunos obispos olvidaron en casa el “sonotone” y no se enteraron de lo que les decía la paloma, o es que directamente no estaba de acuerdo con ella, a pesar de ser quien era, porque rechazaron las actas y no acataron el resultado conciliar.
En fin, que para creer en todo esto hay que tener verdadera fe que “es creer en aquello que sabemos que no existe”.
Como es natural, esta frase no es mía, ya quisiera yo tener ocurrencias así; es de Mark Twain que además de escribir aventuras infantiles con las que nos deleitó, también le daba al “tarro”.
Porque si todas las verdades son iguales que estas, estamos arreglados, y es que tras nuestra muerte no vamos a tener ni castigo ni recompensa. Simplemente vamos a perder los veintiún gramos esos que dicen que perdemos al expirar y se acabó lo que se daba. Todo lo demás será cuestión de creerlo, cosa muy loable, por supuesto.
Y no quería concluir este episodio sin contar algo que me parece de lo más afortunado a la hora de constatar la forma en la que se ha escrito la historia de la Iglesia. Hace unos años, estuve en Roma en donde tuve la oportunidad de contemplar en directo, en todas su magnitud y dimensiones, una escultura de Miguel Ángel que lleva por título “El Moisés”.
Está en una discreta iglesia de Roma llamada San Pietro in Vincoli, en cuya escalinata estuve más de una hora sentado esperando a que abrieran.
Como es natural, ya conocía la célebre escultura, pero al verla “en persona”, cualquier recuerdo que tengas se diluye como un azucarillo en el café. Después de contemplar el conjunto, los detalles y los mínimos detalles, hay una cosa que suele llamar la curiosidad de los espectadores: ¿Qué son esos dos cuernos que parece que salen de la cabeza de Moisés?

El Moisés

No hay muchas respuestas, aparte de las que ha ofrecido la ortodoxia cristiana: Es la radiación que emanaba de Moisés cuando bajaba de su entrevista con Yahveh.
Y así ha pasado a la historia, pero hay otra explicación. Una que viene muy bien al caso de este artículo: ¡Cómo se han inventado las cosas! O bien: ¡Cómo las han tergiversado la ignorancia o la ambición!
Todo parte de la “Vulgata”, nombre con el que se conoce a la Biblia traducida al latín vulgar a finales del siglo IV por San Jerónimo, un padre de la Iglesia. En esa desafortunada traducción, cuando describe que Moisés baja del monte Sinaí, de entrevistarse con Dios, el texto original, en hebreo, dice que “la piel de su rostro era radiante”. En ese idioma, el verbo “radiar”, comparte la misma raíz que el sustantivo “cuerno” y el santo patriarca no se lo pensó más y tradujo aquella frase como: “y su rostro era cornudo”. Y se quedó tan tranquilo; pero lo grave es que aquella traducción se convirtió en el texto oficial que manejaba la Iglesia.

Desde entonces, pintores y escultores no se dieron a averiguar qué era aquella cosa tan extraña de que Moisés hubiese bajado de su entrevista con Dios con unos espléndidos cuernos y se dedicaron a pintarlo y esculpirlo de aquella forma, tan poco afortunada, como enojosa será para Moisés, si es que se ha enterado de semejante desafuero.

lunes, 31 de julio de 2017

EL FUTURO EN EL PASADO




En 1933 el antropólogo francés Marcel Griaule participó en una expedición que cruzó África, desde Senegal a Djibouti, atravesando todo el corazón sahariano de lo que entonces se llamaba África Occidental Francesa. En su recorrido quedó sorprendido cuando al cruzar Malí y a unos cuatrocientos kilómetros al sur de Tombuctú, se encontraron con un pueblo sorprendente, del que hasta ese momento no se había oído hablar.
Era el pueblo Dogón, un grupo étnico que no llega al millón de almas y que anduvo vagando por el desierto hasta que se asentó hacia el sur del río Níger, hace unos mil años. Desde entonces allí han permanecido, prosperando poquísimo en su cultura o su bienestar.
Se sabe que proceden de un pueblo llamado por los griegos “garamantes”, de los que también proceden los actuales “tuareg” y que no dudaban en comer carne humana, si la necesidad los impulsaba.
Las peculiaridades de este grupo, su cultura, pinturas, esculturas y grabados, vestidos y construcciones, fueron revelados al mundo por Griaule que tras su primer contacto con ellos, volvió en otra expedición y se quedó a vivir con aquella extraña tribu que había permanecido impermeable al avance del Islam en toda la zona, aunque algunos grupos muy reducidos son mahometanos, como otros, de igual porcentaje, son cristianos. Los dogón, como pueblo, siguen siendo en su conjunto animistas, en cuyas creencias predomina un espíritu ancestral al que llaman Nommo y la adoración a una estrella, según llega a descubrir Griaule.
Los conocimientos que aquel pueblo poseía sobre aquella estrella y sobre astronomía en general dejaron sorprendido al expedicionario que, habiéndose ganado la confianza de los chamanes y de los ancianos, empezó a recibir información, cada vez más interesante y enigmática, sobre todo de un chamán llamado “Ogotemmeli”, que parecía ser quien más conocimientos tenía.

El chamán Ogotemmeli (foto publicada por El Mundo)


A raíz de la divulgación de las noticias etnográficas del explorador francés, acaba la Segunda Guerra Mundial y cuando el mundo empezó a despertar del terrible sueño, aquella región inhóspita empezó a ser visitada por turistas curiosos, atraídos no solamente por las especiales características de aquella etnia, sino por los conocimientos y las tradiciones que durante muchos milenios habían sabido guardar por tradición oral.
Los dogón contaron al antropólogo que aquella estrella a la que ellos adoraban se llamaba “Digitaria”, al menos así lo entendió el francés, que inmediatamente la identificó con Sirio, el astro más brillante del firmamento que puede verse a simple vista desde el polo Sur hasta el paralelo que pasa por Islandia. Más al norte ya no es visible.
Contaron aquellos hombres que Sirio no era una sola estrella, sino tres, circunstancia que sorprendió al antropólogo, pues estaba muy reciente el descubrimiento de Sirio-2, que no se aprecia a simple vista y nadie había hablado de una tercera estrella. También le dijeron que la segunda estrella, a la que ellos llaman también “Po Tolo” y a la que veneraban más que a su hermana mayor, era del material más pesado que existe en el universo y que su órbita era de cincuenta años, circunstancia que aprovechaban para realizar una celebración especial, a la que ellos llaman “Sigui”.
Para estas festividades usan unas máscaras especiales que, acabada la celebración guardan celosamente en unas cuevas, de donde son recuperadas cincuenta años más tarde. Estas máscaras se han podido examinar y son de una antigüedad superior a los siete siglos.
Para los dogón, una tercera estrella a la que llaman “El Sol de las mujeres”, mucho mayor que la “Po Tolo”, pero menos pesada, gira alrededor de Sirio 1, en una órbita de cincuenta años también. Alrededor de “El Sol de la mujeres” que ellos llaman “Emme Ya”, gira un satélite: “La estrella de las mujeres”.
Esta tercera estrella, Sirio 3 y su planeta, no han sido descubierta hasta 1995.
Sirio, está a una distancia relativamente cerca de La Tierra, a solamente 8,6 años luz y es veinticinco veces más luminosa que el Sol, circula a enorme velocidad por el firmamento y tiene una órbita muy singular, sinuosa.
Esas circunstancias y cierta fluctuación en su luminosidad hizo pensar al astrónomo alemán Bessel, en 1844, que Sirio debía tener otra estrella que la acompañara y que no era visible por efecto de la extraordinaria luminosidad que desprendía.
En efecto, años más tarde, el astrónomo estadounidense Graham Clark por fin pudo observarla. Se llamó Sirio-2 y no ha podido ser fotografiada hasta 1970.
Resultó ser del tamaño de La Tierra, pero con una masa que supone la mitad de la del Sol y fue clasificada como estrella enana blanca. Estas dos estrellas están ligadas en su desplazamiento por el universo y la pequeña va girando alrededor de la mayor, dándole una vuelta cada cincuenta años.
La observación científica de aquellas dos estrellas, hizo notar que la órbita de la más pequeña presentaba ciertas anomalías, desviaciones puntuales o modificación de la velocidad que hizo pensar a los científicos que unas tercera estrella estuviera también ocultada por la brillantez de Sirio. Sería la Sirio 3, el número que los dogón atribuían a aquella pequeña constelación. Pero es que también conocían los cuatro satélites de Júpiter y los anillos de Saturno.
Cuando Marcel Griaule dio a conocer aquellas explicaciones de los ancianos dogón, el mundo científico quedó sorprendido. ¿Cómo era posible que aquella gente, perdida en la inmensidad del desierto, sin apenas contacto con otros pueblos y mucho menos con las civilizaciones actuales, tuviera ese conocimiento?
La explicación la daban ellos mismos: sus conocimientos procedían de los dioses que hacía muchísimos años los habían visitado.
Aquellos dioses a los que identifican como “Nommo”, procedían del planeta que ellos llamaban “La estrella de las mujeres” y llegaron a la Tierra hace unos cinco mil años. Según lo describen sus tradiciones orales, eran unos extraños seres con más apariencia de pez que de hombres, por eso ellos los designan como “Los maestros del agua”, que es lo que viene a definir la palabra “Nommo”, los que les enseñaron todo aquello sobre astronomía y sobre otras muchas cosas, para hacerles la vida más fácil.
Como es natural, la comunidad científica se dividió en dos corrientes francamente encontradas. Por un lado los partidarios de la teoría de los visitantes del espacio, con Robert Temple a la cabeza con su libro El Misterio de Sirio y por el otro, nada menos que Carl Sagan que defiende que esos conocimientos que demuestra tener el pueblo dogón, pueden haber sido adquiridos recientemente, de viajeros como Griaule e incluso por la vuelta de algunos individuos de la tribu que hubiesen emigrado a otros lugares de más avanzada civilización, como los que lucharon en el ejército francés durante la Primera Guerra Mundial.
Todo esto lo explica prolijamente Sagán en un libro que se titula El cerebro de Broca, pero aunque su autoridad en esta materia no la discute nadie, resulta muy peregrino que el científico venga a asegurar que una persona con una vista extraordinaria, puede ser capaz de observar los cuatro satélites de Júpiter sin la ayuda de ninguna óptica, o que ese mismo pueda apreciar el anillo de Saturno.
Eso lo dice Carl Sagan en el capítulo sexto de su libro que se titula “Enanas blancas y hombrecillos verdes” y trata de justificar que cualquiera de las hipótesis que entran en el ámbito de lo que para él es normal, como que esos conocimientos procedan de contactos con europeos, o de la vista de lince de un ciudadano dogón privilegiado, es mucho más plausible que la llegada, en tiempo inmemorial, de unos seres del espacio con aspecto de anfibios que dijeron que procedían del satélite de Sirio 3 que ellos denominaban “Estrella de las mujeres”.
Es cierto que es mejor creer en lo más fácilmente posible que en las teorías indemostrables, pero hay que hacerse algunas preguntas, como por ejemplo, si hace setecientos años, de cuando datan las máscaras festivas de aquel pueblo, los europeos ya viajaban al centro de África o si los dogón marchaban a luchar como mercenarios en Europa y si Europa conocía ya los satélites de Júpiter, el anillo de Saturno o la Sirio 2, teniendo muy presente que la tercera estrella y su satélite no fueron descubiertas hasta 1995, once años después de que Carl Sagan hubiese escrito su libro. 
Yo no creo en ovnis, ni en seres de otros planetas, pero estoy seguro de que son como las “meigas” y si no a qué obedecen tantos testimonios gráficos como se están descubriendo continuamente.

miércoles, 5 de julio de 2017

UN CRONISTA DE POSTIN




Hace ya unos años, haciéndome eco de algunas publicaciones y documentación encontrada, escribí un artículo sobre la autoría de la más celebre novela de todos los tiempos: El Quijote, como no.
En dicho artículo ya establecía la tendencia generalizada que tenemos los españoles a desprestigiar a nuestros cerebros más descollantes, pero lo cierto es que en algunos estudios muy serios sobre Cervantes y su obra, se desliza la dificultad de que el Manco de Lepanto, pudiera haber sido el autor de tan insigne y novedosa obra, con la que arranca la nueva concepción de todo un género literario como es la novela.
Evidentemente, si lo que conocemos de la vida de Cervantes es cierto, pocas posibilidades tuvo de adquirir tan vasta cultura como en sus obras rezuma, pues entre desvaríos de juventud, búsqueda de fortuna en la guerra, prisión con los sarracenos y el ajetreo de cobrar alcabalas e ir a la cárcel, por quedarse lo recaudado, se pasó buena parte de su vida.
De dónde sacó el tiempo para manejar y casi aprenderse de memoria, los cuatrocientos veintinueve libros que en su obra relaciona, es una incógnita que de momento resulta imposible despejar; si no se ha sido capaz de aclarar el asunto de sus huesos, cómo vamos a saber qué fue de su vida.
Dejemos las cosas como están y sigamos admirando a tan ilustre escritor, que además de dejar plasmada en su obra su extensa cultura, nos muestra una faceta más que, menos trascendente, también es menos conocida.
Esta faceta es la de cronista. Un cronista de postín, como reza el título.
Y es que a Cervantes le daba tiempo para todo, incluso para estar informado de lo que ocurría a su alrededor. Así, en el capítulo cuarenta y uno de la segunda parte del Quijote, recoge un hecho que, si bien es cierto que ocurrió bastantes años antes, en un momento en el que el único sistema de transmisión de las noticias es el boca a boca, seguro que para la inmensa mayoría de españoles, pasó completamente inadvertido.
Cuando el ilustre hidalgo y su escudero van a montar en el caballo Clavileño para hacer un viaje por los aires, don Quijote le refiere a Sancho la historia del enigmático doctor Torralba, “a quien llevaron los diablos en volandas por el aire”.
Pues bien, ¿qué noticia es esta y quién es ese doctor Torralba? ¿Es tan importante para que se recoja en la más prestigiosa novela de todos los tiempos? Verán.
A finales del siglo XV, nació en Cuenca, Eugenio Torralba; en el seno de una familia acomodada y muy bien relacionada, el joven Torralba se crió en un ambiente culto y pronto destacó por su facilidad para aprender. Con quince años, aproximadamente, fue enviado a Italia colocado bajo la protección de Francesco Soderini, obispo de Volterra, ciudad cercana a Pisa y en el corazón de La Toscana, importante personaje de la Iglesia, emparentado con los Medicis y que años más tarde, estuvo a punto de ser nombrado papa.
Allí permaneció no menos de diez años en los que estudió medicina, teología y filosofía, empezando a ejercer como doctor, el máximo título que se concedía en estos estudios. Pero también aprendió magia y esoterismo, codeándose con importantes figuras del Renacimiento italiano que pululaban alrededor de su protector.
Dice la rumorología, o tal vez lo contara él mismo, que allí recibió un regalo excepcional. Un fraile dominico llamado Pedro, le había donado, para su servicio, un “espíritu familiar”, para que lo protegiese y lo asesorase. Decía de él que su nombre era Zequiel y era un ente poderoso en el saber de las cosas ocultas y futuras, pero tenía por condición que había de confiar ciegamente en él y no porfiarle ni discutir sus sentencias. ¡Ah! Y no tocarle nunca.

Imagen alegórica del Dr, Torralba y su duende

Cuando el joven doctor aceptó la donación de fray Pedro, el espíritu llamado Zequiel se hizo presente como un joven blanco y rubio, vestido de rojo y negro que le hablaba siempre en latín aunque conocía numerosos idiomas.
Esto es algo que hoy conduciría inequívocamente a la risa, pero en aquella época era una creencia muy extendida. Los “espíritus familiares” eran unos entes incorpóreos en contacto personal con un ser humano, al que sirven, asesoran e instruyen y que constituyen el soporte esencial de las creencias esotéricas.
Vuelto a España hacia el año 1510, empezó a ejercer como médico en la corte de Fernando el Católico, alcanzando gran fama no solamente en el campo de la medicina sino como quiromante y sobre todo, como adivinador.
Algunos vaticinios sobre el rey, que se cumplieron, concluyeron de cimentar su fama, tanto que el Santo Oficio empezó a hacer pesquisas sobre sus actividades.
El hecho más famoso de los protagonizados por el insigne médico fue cuando contó que la noche del seis de mayo de 1527, Zequiel le hizo subir sobre un bastón de rugosa madera con el que surcó los cielos, llegando a Roma a tiempo para presenciar el famoso Saco de Roma que protagonizaron las tropas españoles al mando del Duque de Borbón, que fue herido de muerte en el asalto a las murallas de la ciudad.
Concluido el saqueo, Torralba regresó a Valladolid, donde residía y contó a los cuatro vientos lo que nadie sabía aún: el triunfo de las tropas de Carlos I, el bárbaro saqueo de la ciudad y la muerte del de Borbón. Noticias que unos pocos días después se confirmaba oficialmente en España.
En otra parte de su obra, concretamente a partir del capítulo treinta y siete de la primera parte, cuando ya don Quijote se ha batido en desigual combate con unos gigantes que resultaron ser pellejos de vino, llega a la venta en la que posan un cristiano recién venido de tierra de moros, al que se le designa por “el cautivo”, el cual se dispone a acompañarlos en la venta y cuenta la historia de su vida, en la que se ha cruzado con un personaje insigne. 
En su largo deambular, cuenta que ha servido como esclavo a Uchalí, rey de Argel y cuenta una buena parte de la historia de este personaje.
Uchalí, Uluj Alí, cuyo verdadero nombre era Giovanni Dionigi Galeni, nació en Calabria, al sur de Italia, en el año 1519 y llegó a ser uno de los mejores marinos musulmanes de su época. 
A la edad de 17 años Giovanni estaba decido a ingresar en un seminario con la intención de hacerse sacerdote, pero fue capturado por unos piratas berberiscos que se dedicaban a asolar las costas mediterráneas y cuyo jefe era el famoso Barbarroja.
Puesto al remo de una galera estuvo varios años bogando para un paisano suyo convertido al Islam, llamado Cafer Rais.
En poco tiempo, Giovanni destaca entre los demás galeotes por su capacidad de resistencia y la firmeza de su ritmo. Su ascenso en la escala social de los esclavos lo consigue renegando de su fe católica, como su amo y convirtiéndose al Islam.

Uluj Alí como almirante de la flota Otomana

Por efecto de la tiña que había padecido de pequeño, conservaba cicatricen en la cabeza y zonas sin pelo, por lo que era conocido entre sus colegas como “El Tiñoso”.
Según se cuenta, el aspecto de su pelo le causaba muchas molestias, por lo que al ver a los musulmanes cubiertos con turbante, decidió que una forma de ocultar su defecto sería hacerse mahometano, única manera de poder llevar la famosa prenda de cabeza musulmana.
Cuando, por fin, alcanza la libertad, se queda en la galera en la que tantos años había remado, haciéndose contramaestre y participando en los botines que la piratería de mar y de costa proporciona.
En el año 1538 conoce al famosísimo corsario “Dragut”, a cuya escuadra se une y al caer prisionero de la escuadra genovesa que lo perseguía por todo el Mediterráneo, Giovanni, ahora llamado Uluj Alí, emprende la piratería por su cuenta, asolando costas de Italia, Francia y España, sobre todo de las Baleares.
Su fama de aguerrido, astuto y sanguinario, alcanza cotas considerables, por lo que diversas flotas de los puertos preeminentes del Mare Nostrum se lanzan a su captura, pero Uluj Alí es escurridizo y aunque en alguna ocasión está a punto de sucumbir, siempre consigue salir bien parado.
Cuando la rebelión de los moriscos de las Alpujarras, Uluj presta gran ayuda a los rebeldes, los cuales le facilitan informaciones para realizar acciones en las costas mediterráneas.
Tanta fama alcanzó como gran marino y corsario valiente que fue nombrado Rey de Argel, llegando a ser el hombre más poderoso de toda Berbería.

Toda una vida apasionante que merece la pena conocerse y que Cervantes conocía bien, pues la relata con una suerte de detalles que históricamente están recogidos y al que define como “el más cruel renegado que jamás se haya visto”.

lunes, 26 de junio de 2017

EL PERDON DE LOS PECADOS



No hace muchos años, la Iglesia católica nos cambió la letra del Padrenuestro de toda la vida, aquel que Jesucristo enseñó a sus apóstoles, con una desvergüenza total y para así contentar a los sectores financieros que no estaban dispuestos, ni mucho menos, a perdonar las deudas de nadie. Así, pasamos de perdonar deudas a perdonar ofensas, que es otra cosa muy distinta y que como no se puede cuantificar, es más fácil de perdonar.
Pero no era esta la primera vez que la Iglesia cambiaba el sentido de sus creencias para adaptarlas a los poderosos, ni muchísimo menos. Ya lo había hecho otras veces y seguramente estará dispuesta a seguir haciéndolo.
Un ejemplo clarificador es el ocurrido con Constantino I, El Grande, uno de los emperadores romanos más controvertidos que empezó gobernando una cuarta parte del imperio para terminar siendo único emperador, después de haber asesinado, o matado en combate, a sus oponentes.
En el año 312, cuando se dirigía con sus tropas a enfrentarse a su cuñado Majencio, dice que ha tenido una visión en la que una cruz refulgente se le ha presentado sobre unas palabras que decían: “Con este signo vencerás”. Y efectivamente, venció en la famosa batalla de Puente Milvio. Quedaba como único césar de Occidente, mientras en Oriente, gobernaba Licinio.
Constantino adoraba al Sol Invictus, un título que en aquella época se aplicaba al dios Mitra, que de ser originario de Persia, había conseguido un hueco importante en el panteón romano. Pero sus legiones estaban cada vez más cristianizadas y eso lo debilitaba ostensiblemente, pues él mismo había sido nombrado emperador por sus tropas.

Estatua de Constantino I

Concurría otra circunstancia no menos importante y es que el emperador tenía graves problemas de conciencia. Había asesinado con sus propias manos a su hijo y a su esposa, participado en la muerte de su padre y hasta su madre, que llegó a ser santa en la Iglesia Católica, santa Helena, le reprochaba su conducta, aumentando así sus problemas de conciencia.
Necesitaba Constantino dos cosas: apoyo de sus legiones y perdón para sus pecados, de manera que su conciencia le dejase tranquilo.
Y estas dos premisas que lo impulsarían a la felicidad, las encontró en la comunidad cristiana.
Había solamente un problema, pero de proporciones descomunales: la comunidad cristiana era un sin número de comunidades todas mal avenidas y todas con un odio hacia las demás que superaba con mucho el que profesaban a otras religiones, incluso las politeístas.
Había que unificarlas a todas; que tuvieran un mismo credo y que leyeran los mismos evangelios, cosas difíciles de conseguir visto el encarnizado odio que las distintas comunidades se tenían. Y es que dentro de los cristianos había sectas que defendían cosas tan dispares como la virginidad de María, frente a quienes creían que había sido una mujer normal, o la deidad de su hijo, frente a quienes creían que Jesús era simplemente un hombre.
O el papel de María Magdalena y de los “hermanos de Jesús"; o si, como había dicho san Pedro, había que predicar solamente a los circuncidados y no a los gentiles como propuso san Pablo.
En fin, un guirigay de dimensiones impresionantes y sobre todas ellas, una: había que erradicar totalmente la creencia en la reencarnación.
Este último punto puede sorprender a cualquiera, porque no es un detalle conocido que los cristianos creyeran en la transmigración de las almas, pero así era y hasta los propios Evangelios, incluso el Antiguo Testamento, lo recogían en diversos pasajes.
Había en esta creencia una indudable influencia hindú -los Vedas, los más antiguos textos sagrados, base de la religión hinduista y en los que se recoge la teoría de la transmigración de las almas, fueron escritos en el segundo milenio antes de nuestra Era y, por tanto, mucho más antiguos que los más vetustos textos hebreos- pues los judíos creían que su dios, Jehová, había creado un número de almas judías que se irían alternando en su paso por la tierra.
Esta creencia se trasladó al cristianismo y el propio Jesucristo se refirió en varias ocasiones a la necesidad de vivir muchas veces para alcanzar la perfección, como podemos leer en los evangelios.
Pero llega un momento en que, eso de volver a vivir, quita fuerza al dominio que se quiere ejercer sobre el pueblo a través de la religión y Constantino es el primero en darse cuenta del terrible peligro que eso supone, además de una circunstancia añadida que a él le afecta muy directamente y es que de haber otras vidas, de qué le serviría el perdón de sus pecados, que la Iglesia le promete, si no va a ir directamente al cielo.
El emperador está tan poco convencido de estas creencias, hasta el punto de que, aunque ha declarado a la religión católica la doctrina oficial del imperio, ha convocado el concilio de Nicea para unificar el credo católico y los obispos a sus órdenes han decidido qué evangelios son los verdaderos y los demás apócrifos, él sigue practicando su culto al dios Mitra y no es hasta que está en su lecho de muerte que decide que lo bauticen, seguramente por aquello de ir para el otro lado con el mayor número de apoyos.
Pasaron dos siglos en los que la Iglesia, ya transformada en poder fáctico, había conseguido apaciguar a casi todas las sectas que se revolvían en su seno, pero seguía vigente la creencia en la “metempsicosis”, auspiciada por la doctrina de personajes tan transcendentales para el pensamiento católico como Orígenes que en sus obras “Contra Celso” y “De Principis”, aseguraba no solo la inmortalidad, sino la preexistencia del alma y la influencia que sobre ella tenían las acciones anteriores.
Nuevamente, la necesidad de acabar con aquella rueda sin fin de reencarnaciones, le surge a otro emperador, esta vez de Bizancio, de quien hablaba en un artículo publicado semanas atrás: Justiniano I.
Y no solamente por él, sino por su esposa, la bella Teodora, que tenía, junto a las múltiples virtudes que resaltaba el artículo referido, un lado de sombras funestas que pesaban sobre su conciencia, como lo hubieron hecho en la de Constantino.
Si aquel peso que agobiaba su alma podría expiarlo en posteriores reencarnaciones, en futuras vidas, como se desprendía de las mismas enseñanzas de Jesucristo, era llegado el momento, ahora que tenía poder para hacerlo, de abolir de una vez por todas aquella doctrina de la reencarnación.
Pero anular una creencia no es fácil y mucho menos si desde el “poder terrenal” te propones anular una doctrina que pertenece al “poder eterno”. Además tenía radicalmente en contra al papa Vigilio, pese a que éste había sido elegido por imposición de la poderosa Teodora.
Aprovechando que el papa está en Constantinopla, Justiniano convoca un concilio en el año 553, para celebrarlo en la capital bizantina.

Mapa de la Constantinopla bizantina

Al papa no le gusta la idea y decide no presidir el concilio, para lo que se refugia en una iglesia de la capital y el concilio lo preside el patriarca de la iglesia de oriente, Eutiquio y al que asisten once obispo de la iglesia de Occidente y más de ciento sesenta de la de Oriente. El resultado se veía venir y era acatar la voluntad del emperador, convirtiendo lo que pretendió ser un Concilio Ecuménico en una reunión privada de los amigotes del emperador, con su jefe.
Allí se excomulgó la doctrina ancestral que defendía la preexistencia del alma y su reencarnación, pero el concilio no tomó la decisión de considerar falsa esa creencia, y así que quedó redactado en sus actas: “El que enseñare una fabulosa preexistencia del alma y una monstruosa restauración de ella misma, será maldito”.
Aquellas actas ni siquiera fueron firmadas por el papa, requisito imprescindible para oficializar las decisiones y aunque la sentencia anterior no era una decisión del Concilio, caló hondo en el pensamiento de la Iglesia hasta llegar a convertirse en un “hecho histórico”, cuando no fue más que un capricho, o una necesidad, de una persona poderosa que deseaba purgar en esta vida todos sus pecados y, por el milagro del perdón, alcanzar la gloria eterna por decreto.
Por cierto, Teodora era “monosofista”, una doctrina religiosa que sostiene que en Jesucristo solamente está presente la naturaleza divina.
Si era así, Jesucristo era Dios y como tal no se podía haber equivocado cuando dijo respondiendo a preguntas de sus discípulos que Juan el Bautista había sido el profeta Elías, como refiere el evangelio de Mateo; o cuando al contemplar a un ciego le preguntan si había pecado él o sus padres, para haber nacido ciego, como relata el evangelio de Juan y que presupone una vida anterior.
Más claro en el evangelio de Mateo cuando al saludar a su amigo Nicodemo, Jesús le dice que el que no naciera otra vez no puede ver el reino de Dios.
No es mi deseo cansar, ni mucho menos abrumar con datos, pero lo que hoy los católicos consideran una creencia herética, la transmigración de las almas, fue predicada por Jesucristo, defendida por los “padres de la Iglesia” y proscrita por decreto para perdonar, en esta vida, todos los pecados.